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domingo, 8 de abril de 2012

Mitologizando el origen de Atenas.

Si una ciudad se transforma en legendaria, sus orígenes también van a subir de estatus. Roma se subió el pelo con su linaje, Nueva York va camino a ello con la historia ésa de que antes fueron Nueva Amsterdam, y Astaná en Kazajistán está transformándose en la versión siglo XXI de ello. ¿Alguien debería sorprenderse de que Atenas se haya inventado su propia leyenda al respecto...? La ciudad que estaba destinada a transformarse en la mayor lumbrera del mundo griego, fue habitada por primera vez en el Neolítico, hacia 3000 antes de Cristo. Quizás su primer asentamiento fue la Acrópolis, el lugar en donde después se construyó el famoso Partenón, debido a que por ser un montículo, era fácilmente defendible y fortificable. La primitiva Atenas parece haber sido una monarquía, aunque de su historia monárquica no sabemos en realidad y con certeza absolutamente nada.

Esto no impidió que los atenienses no se crearan un montón de historias para rellenar ese vacío. Historias que, por supuesto, hablan muy bien de Atenas y el valor de los atenienses. Piensen por ejemplo en Teseo, no el Teseo de "Inmortales", claro, sino el mitológico, el original, rechace imitaciones, el que mató al Minotauro. Pero para la fecha de Teseo, Atenas ya existía. Atenas se construyó su propia historia de los orígenes, y como de costumbre, está cargada de simbolismos. Porque en esta historia se agarran nada menos que dos grandes dioses de la mitología griega, que son Atenea la diosa de la sabiduría, y Poseidón el dios de los mares. Según la leyenda, ambos dioses se disputaron el patrocinio de la ciudad. Poseidón descargó un golpe de su tridente sobre la roca, y desde ahí salió un manantial de agua (no debe olvidarse que Poseidón, además de los mares, era el dios de los terremotos, ahí es nada). Pero el agua resultó demasiado salada, así es que le tocó el turno a Atenea. Ella hizo surgir de la tierra un árbol de aceitunas, que por alguna razón al otro lado del charco las llaman olivas, y los atenienses con buen juicio las encontraron tan ricas y sabrosas (además de que podían extraer el aceite de oliva, por supuesto), que decidieron que se iban a quedar con Atenea y despacharon a Poseidón con viento o tifón fresco, lo que proceda.

Por supuesto que como toda leyenda fundacional, la idea era explicar por qué los atenienses eran lo que eran (entre otras cosas la copa del pino, o del aceituno en su caso, miren que dos dioses de los grandes disputarse el honor de patrocinarlos ya en la cuna). El olivo era el árbol en que se basaba toda la economía agraria ateniense, debido a que es un vegetal que se da bien en un territorio semiagreste como los alrededores de Atenas. Por su parte, la leyenda del manantial de agua salada podría ser un simbolismo sobre el poderío naval ateniense.

Por último, digamos que Platón se dejó caer con otra etimología sobre Atenas. Según el filósofo, el nombre sería una derivación de la frase griega "la mente de Dios" ("ἡ θεοῦ νόησις", "i theoú nóisis"). Considerando que Platón era un aristócrata y se sentía un as de la filosofía griega, que para él era la forma de conocimiento superior, ya podemos imaginarnos que el ínclito se estaba inventando algo para alzarse arriba del piano. Después de todo, hablamos del tipo que se sacó toda la leyenda de la Atlántida de la manga, y se la colgó a algún ignoto sacerdote egipcio para contrabandearla dentro de la credulidad de la gente.

domingo, 3 de abril de 2011

La barra de hierro de Focea.


Para quienes tienen un conocimiento superficial de la historia griega, el nombre de ciudades históricamente importantes suele agotarse en Atenas y Esparta, y con un poco de suerte, con Tebas. Los más duchos se apoyarán también en los nombres de los filósofos, y llegarán así a Mileto (Tales), Abdera (Demócrito), etcétera. Pero sólo ahondando mucho se llega hasta Focea, una de las más importantes ciudades de la historia griega, pero que por un destino desafortunado, es conocido sólo por los más eruditos ratones de biblioteca. Es lo que tiene desaparecer de la obra teatral justo cuando comienza la mejor parte, que el público espectador después no te recuerda.

Focea fue una ciudad jónica, instalada en el Asia Menor (la actual costa turca del Mar Egeo). Cuando sobrevino la épica colonización del Mar Mediterráneo, en el siglo VIII antes de Cristo, Focea se inscribió como una de las campeonas en esto de fundar colonias por aquí y por allá. Heródoto señala que los focios fueron los primeros en hacer viajes marítimos de larga duración, y el largo listado de ciudades creadas por los focios pareciera atestiguarlo. Media costa sur de Francia está poblada por ciudades fundadas por los focios, incluyendo la poderosa Massilia, que sobrevive hasta el día de hoy con el nombre de Marsella.

Pero Focea sufrió el destino común a varias otras ciudades jónicas. El reino de Lidia los dejó vivir, pero cuando Lidia fue conquistada por el Imperio Persa en 546 antes de Cristo, los focios estaban en la primera línea de las ambiciones persas. Es lo que tiene ser de los más ricos y prósperos, que todos ambicionan lo tuyo. Un tal Dionisio, que era focio por cierto, obró como almirante de las fuerzas navales que los jonios reunieron contra los persas. Pero todo salió mal, en parte porque a los jonios les gustaba la buena vida, y librar guerras no era mucho de ellos (por lo general eran los atenienses quienes, en tiempos históricos, debían salvarles la papeleta de los persas). Aún así, los focios no se resignaron a perder su independencia, y decidieron marcharse en masa. El grueso de ellos viajó medio Mar Mediterráneo y se asilaron en Alalia, la colonia que ellos mismos habían fundado tiempo atrás en la isla de Córcega (Alalia es la actual Aleria). De ahí que los focios se perdieran todos los grandes acontecimientos griegos, desde las Guerras Médicas en adelante, y por lo tanto no suelan ser muy recordados en los libros de Historia. Pero volviendo a su caída, el siempre pintoresco Heródoto nos señala cuán irrevocable fue su decisión: hundieron un gran pedazo de hierro en el puerto, y juraron que no regresarían hasta que el pedazo de hierro flotara otra vez...

Por cierto, en días posteriores a los de Heródoto (quien escribió en la primera mitad del siglo V antes de Cristo), Focea había sido colonizada de nuevo, por gentes extrañas o por algunos focios mismos que extrañaban su hogar. Pero a pesar de esto (de hecho, la ciudad sigue existiendo con otro nombre hasta el día de hoy), Focea nunca volvió a ser un actor principal de la Historia.

jueves, 17 de febrero de 2011

Griegos sembrando nombres.


Los siglos VIII y VII antes de Cristo vieron un enorme tráfago de gentes a través del Mar Mediterráneo: eran los griegos, que saliendo de su Edad Oscura, y espoleados por el crecimiento de la población, se lanzaron a fundar colonias por todas partes de dicho mar. Lo interesante del caso es que muchas de las ciudades que fundaron los griegos siguen existiendo hasta el día de hoy. Sus nombres hoy en día han sido desfigurados por el paso del tiempo, pero no es difícil rastrear sus significados originales, en algunos casos bastante sorprendentes. Siglos Curiosos ofrece aquí un breve repaso de los topónimos que los griegos nos legaron a la posteridad, en dicha expansión:

-- AGDÉ. Esta ciudad del sur de Francia deriva de "Agathé Tyche" (literalmente, "buena fortuna").

-- AMPURIAS. La españolísima o catalanísima (a según) ciudad de Ampurias es también otra fundación griega, bajo el nombre de Εμπόριον ("Emporion", que significa "mercado"). La prosperidad de Ampurias procedía justamente de ser un punto intermedio en la ruta marítima conectando las riquísimas ciudades de Massilia (la actual Marsella) y Tartessos (cerca de lo que en la actualidad es Cádiz).

-- ANTIBES. Viene del griego "Ἀντίπολις" ("Antípolis"), que si lo miran bien y saben algo de griego, se darán cuenta de que significa "Ciudad opuesta" o "Ciudad contraria". En efecto, si ustedes miran un mapa de la actual Francia, verán que Antibes y Marsella están separadas ambas por un cabo de tierra. Las dos ciudades, por más señas, fueron fundadas por habitantes de la ciudad griega de Focea, lo que justificaría pensar en un nombre que relacionara a ambas.

-- MÓNACO. El nombre arranca de un templo dedicado a Hércules Monoikos ("μόνοικος", "la casa solitaria"), que se construyó en dicho lugar.

-- NÁPOLES. Este nombre es una deformación de "Neápolis", que en griego significa "Ciudad Nueva".

-- NIZA. Esta ciudad francesa deriva su nombre de la palabra Νίκη ("victoria").

-- REGGIO. Esta ciudad en la Italia continental está separada de Sicilia por el Estrecho de Messina. "Ῥήγιον" es la palabra griega original, y significa "grieta", aludiendo precisamente a dicho estrecho.

La ciudad con la que quedamos en deuda es Marsella, que viene del antiguo griego "Massilia", pero que no hemos conseguido determinar la etimología de la misma. Si algún lector puede rastrear el dato, se agradece el complemento en los comentarios.

domingo, 13 de febrero de 2011

Demiurgos.


"Demiurgo" es una de esas palabras que tiene una historia interesante por detrás. En la actualidad concebimos a un demiurgo como un Dios Creador. Como las religiones judeocristianas conciben al Creador como el Dios a secas, el calificativo de "demiurgo" no suele aplicársele: éste aparece en concepciones que implican varios espíritus, grados de jerarquía, etcétera. Quienes más desarrollaron el concepto de "demiurgo" son los gnósticos, esa batahola de filósofos orientalizantes de fines del Imperio Romano que crearon complejas (y a menudo abstrusas) cosmogonías de un elevado grado de abstracción. El sello de todas las escuelas gnósticas es la creencia de que el universo está traspasado por alguna clase de espíritu universal, desde el cual emana la materia. El principio primero viene a ser el demiurgo. Interesantemente, en algunos sistemas no es Dios mismo quien es el demiurgo, sino que a veces otra clase de ente inferior al principio supremo: depende de quién emane la materia. En algunas escuelas, este rol le corresponde a Satán (a veces identificado con el Dios fiero y vengativo del Antiguo Testamento, que en estas concepciones es opuesto al Dios amoroso y bondadoso del Nuevo Testamento).

Pero yendo más atrás que la panda de revoltosos que eran los gnósticos, la palabra "demiurgo" designaba otra cosa más terrena. Etimológicamente, "demiurgo" viene del griego "δημιουργός" ("demiourgos"). La raíz "demi-" es bien conocida: significa "pueblo" e integra palabras castellanas actuales como "democracia" o "epidemia". La otra palabra significa "trabajador". Entonces, el demiurgo era alguien que trabajaba para el pueblo, o sea, para los demás (no para sí mismo). Dicho en otros términos, el demiurgo es el artesano, el que vive de la creación de cosas materiales en vez de cultivar la tierra, apacentar el ganado o pescar en el mar (todas actividades que en una economía primitiva, anterior al comercio, se desarrollan "para uno mismo", por así decirlo, porque lo cultivado, lo apacentado o lo pescado se come, y lo manufacturado no). Platón se toma la molestia de incluir y considerar a los demiurgos dentro del proyecto de Ciudad Ideal que promueve en la "República" (quizás de ahí haya saltado el concepto al Neoplatonismo y al Gnosticismo).

Si nos fijamos en la Mitología Griega, podemos darnos una pista de la importancia de los demiurgos en la sociedad griega. Muchas actividades tenían dioses relacionados con la misma de una manera u otra, pero un dios tutelar que se preocupara de ellas, éstas eran más bien pocas. Podemos recordar apenas tres: Hermes (Mercurio), Hefestos (Vulcano) y Prometeo. Hermes era el dios de los mercaderes y de los ladrones (¿habrán querido decir algo los griegos con esto...?). Pero los otros eran dioses tutelares de actividades propias de los demiurgos: Hefestos de la herrería y el trabajo con los metales, y Prometeo (aparte de ser un dios asociado al fuego, claro) era el dios tutelar de los alfareros en el Atica. Herreros y alfareros eran justamente demiurgos. En la Grecia primitiva no existían dioses que se preocuparan de los zapateros, que parece ser aparecieron mucho más tarde en la vida económica griega, o de los agricultores por ejemplo (sí existen deidades protectoras de la agricultura, como Ceres por ejemplo, pero no de los agricultores... ése es el matiz). Y ya que hemos mencionado a los comerciantes, éstos también surgieron mucho después de que la Grecia empezara su evolución histórica (y por tanto, el culto a Hefestos y Prometeo como dios tutelar de una actividad humana es anterior al culto de Hermes). O sea, esto refleja la idea de que en la sociedad griega primitiva, que apenas comenzaba a desarrollar una industria, los demiurgos eran casi genios profesionales, en un mundo en donde casi todos los ciudadanos debían bastarse a sí mismos para sobrevivir porque no había dónde comprar, ni dinero con qué pagar.

jueves, 9 de diciembre de 2010

La verdadera Arcadia.


La palabra "Arcadia" forma parte de la cultura popular. Son incontables las referencias a este nombre, incluyendo desde pueblos de Estados Unidos hasta navíos, pasando por la fantasía y la Ciencia Ficción (¿alguien recuerda la Arcadia de "Espartaco y el sol bajo el mar"?). Y sin embargo, la más olvidada de todas las Arcadias es probablemente la Arcadia misma, la región que lo comenzó todo.

La chifladura por la "Arcadia" comenzó con Virgilio (el mismo de la "Eneida"), que ambientó en dichas regiones un conjunto de poemas, que son las "Eglogas". Como los renacentistas estaban cucufatos con Virgilio, los humanistas restauraron el mito de la Arcadia. Un poeta llamado Jacopo Sannazzaro le dio finalmente carta de naturaleza, escribiendo un poema llamado precisamente la "Arcadia", que apareció publicado por primera vez en 1504. El poema refiere la historia de un poeta desengañado de amores, que se marcha a la región de Arcadia justamente, y descubre un mundo idílico, pastoril, etcétera, en donde unos afectados pastores se lanzan bonitos poemas sobre la naturaleza bucólica y soñolienta los unos a los otros. Se abrió así la compuerta para toda la mitología pastoril, tan cara a los soñadores renacentistas y sus continuadores.

Pero como decíamos, la Arcadia de verdad fue bastante más bruta. En la geografía griega antigua, Arcadia era la región central de la península del Peloponeso, la única que carecía de acceso al mar (el Peloponeso es famosa por ser el emplazamiento de Esparta, pero esta ciudad estaba más hacia el sureste, en la región de Laconia, no en Arcadia). La región que nos ocupa era pobre y mugrienta, agreste y llena de montañas, y por lo tanto muy poco productiva. Sus habitantes eran terriblemente rústicos, con apenas un barniz de civilización encima, y parece ser que en épocas tan avanzadas para la Hélade como el Siglo de Pericles, ellos aún conservaban la costumbre de hacer sacrificios humanos en ciertos rituales religiosos. En lo político ni siquiera adoptaron el sistema de la pólis o ciudad estado, porque no tenían ciudades de importancia: se organizaban como en una especie de confederación de cantones o de clanes, un poco como Suiza o Escocia, pero a lo bestia. Tan pobre era su suelo y tan salvaje sus habitantes, que ningún conquistador, ni siquiera los fieros espartanos, se sentían tentados a invadirlos. Los árcades (habitantes de Arcadia) se salvaron así de numerosas invasiones, lo que creó la leyenda de que los arcadios era uno de los dos pueblos originarios de Grecia anteriores a todas las invasiones (incluyendo los antiquísimos aqueos y dorios), y que poseían dicho territorio desde antes de la creación de la Luna (el otro pueblo es el de Atenas, pero ellos por otras razones). El estudio de la toponimia, los nombres de lugares geográficos, parece darles la razón, porque muchos nombres árcades ni siquiera pertenecen al idioma griego.

¿En qué minuto se produjo entonces la transformación literaria? Los culpables fueron los poetas alejandrinos. En la Grecia Helenística, dentro de una cultura sofisticada y artificiosa, los poetas sintieron la pulsión de "regresar a la naturaleza" dándole un puntapié a la ciudad, demasiado grande y opresiva para su gusto. En este escapismo, dieron con referencias de esa región montañosa y salvaje, y en vez de imaginársela sucia y miserable, la creyeron una especie de refugio natural intocado por la "civilización". Estos poetas dieron nacimiento a la novela y la poesía pastoril, aunque como se ha observado varias veces, y el caso de los árcades parece confirmar, en realidad estos pastores son más nobles disfrazados que otra cosa. Milagros que produce la literatura de ficción...

jueves, 19 de julio de 2007

Los gritos de Estentor.


La palabra "estentóreo" es hoy por hoy un arcaísmo, pero se utilizó antiguamente para designar a las personas que eran capaces de dar grandes voces: así, la persona en cuestión era capaz de "dar gritos estentóreos".

El origen de la palabra se remonta a la Mitología Griega. Existía en ella un personaje llamado Estentor, que tenía justamente la capacidad de gritar con todos sus pulmones, por decirlo de alguna manera. Homero proclamó de él, que su sola voz se comparaba con el tumulto de cincuenta hombres.

Estentor pereció por la razón de siempre, tratándose de los mitos griegos: los dioses se cebaron en él, fieles a su política de que ningún mortal debía levantar cabeza. Así, el dios Hermes (el romano Mercurio) le desafió a un duelo de gritos. El resultado es que Hermes, por ser dios, ganó, mientras que Estentor pereció de manera miserable, reventando como un sapo.

En homenaje a Estentor, en los tiempos de Alejandro Magno fue bautizado como tubo estentorofónico un invento que consistía en una trompeta unida a un cuerno amplificador, que podría ser el abuelito de los actuales megáfonos.

viernes, 27 de abril de 2007

Dánae y la lluvia de oro.


Es indudable que los mitos griegos han mostrado una enorme capacidad de supervivencia, y a lo largo de 3000 años han pasado por poemas, cuadros, novelas, obras teatrales y adaptaciones para el cine. Mucho de su fuerza radica en, por qué no decirlo, la truculencia de sus historias. La de Dánae es un estupendo ejemplo de ello.
Refiere la leyenda que un antiguo oráculo profetizó al rey Acrisio que si su hija Dánae llegaba a tener a su vez un hijo, éste hijo le daría muerte. Asustado, Acrisio encerró a Dánae en una torre, para que nadie pudiera acceder carnalmente a ella. Pero la belleza de Dánae atrajo al dios Zeus, quien se convirtió en una lluvia de oro y se infiltró en la habitación de Dánae, fecundándola. Acrisio decidió entonces abandonar a su hija y a su nieto a su suerte, para que murieran, pero los dioses intervinieron para hacerlos sobrevivir. El hijo en cuestión fue Perseo, quien con el tiempo, después de múltiples aventuras, mató accidentalmente a su abuelo Acrisio, durante unos juegos.
A lo largo de los siglos, la historia de Dánae ha sido enormemente popular debido a las segundas lecturas que posee. La más inocente de ellas la interpreta como que algún príncipe pagó a precio de oro un soborno para acceder a Dánae. Otra versión más mórbida, remarcan como la doncella virginal es seducida (¿corrompida?) por el oro. Y aún hay una tercera versión, más mórbida si cabe, derivada de cierta práctica sexual llamada también "lluvia de oro"... si no saben lo que es, investiguen por su cuenta.
Debido a los aspectos morbosos de la historia de Dánae, numerosos pintores y grabadores han retratado el momento en que ésta es alcanzada por la lluvia de oro; además, el motivo mitológico proporciona pretexto para insinuar un acto sexual sin caer en lo pornográfico, sin mostrar un coito o contacto sexual "real", y de esta manera esquivar a la censura de épocas más religiosas. Y para los cinéfilos, digamos que el mito de Perseo fue recreado en el cine, en la película "Furia de titanes", con un jovencícismo Harry Hamlin en 1981; por desgracia, la película parte con el castigo de Dánae y Perseo, y por ende, principia después de la escena de la lluvia de oro. Y es que aunque han pasado siglos, la escena sigue teniendo todo su morbo original, y quizás la escena era demasiado fuerte para la censura de la época...

miércoles, 19 de abril de 2006

La dieta de los griegos.


En los primeros tiempos, los griegos comían carne a destajo. Como buenos pastores que eran, el asado era parte primordial de su dieta, como lo testimonia Homero. No en balde, los héroes homéricos se la pasan de barbacoa en barbacoa, entre medio de los combates...

Pero más tarde, cuando la población griega creció, las tierras tuvieron que ser usadas para la agricultura, y la carne, por consiguiente, se volvió muy cara. A la vez, los griegos, como pueblo con muchas costas, se volcaron al mar. Por eso en la época clásica (la de la construcción del Partenón, más o menos por ahí), el principal producto de consumo griego no era la carne roja, sino el pescado.

Lo acompañaban con el trigo, por supuesto, además de otra especialidad de lo que se ha dado en llamar la dieta mediterránea: las olivas o aceitunas. De los olivos, los griegos no sólo sacaban su fruto, sino también aceite con el que encendían sus lámparas.

En cuanto al vino griego, era bastante espeso, por lo que solían beberlo mezclado con agua. Los héroes griegos antiguos, para pasar el olor a carne de los asados, solían también echar resina de pino al vino, para que su sudor oliera después más agradable, costumbre que siguió persistiendo entre los griegos con posterioridad.

En cuanto a los espartanos, su dieta era algo aparte. El "plato nacional de Esparta", por llamarlo de alguna manera, era tan frugal y funcional como todo en la vida espartana. Se la llamaba la "sopa negra", y estaba hecha de (agárrense) tocino, sangre, vinagre y sal. Se la comían disciplinadamente en los cuarteles, sin queja alguna. Se cuenta que un ateniense, después de probar semejante brebaje, comentó: "Ahora sé por qué los espartanos no le temen a la muerte"...

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