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domingo, 25 de marzo de 2012

Contando hasta 27 de una sola tacada.


Ya referimos acá en este blog, en el neolítico de Siglos Curiosos, cómo el sistema numérico de base 10 que nos parece tan natural, es en realidad uno de tantos sistemas posibles. En principio, la cantidad de números que se pueden utilizar como unidades, antes de tener que ampliar la base (como ocurre en nuestro sistema al pasar del 9 al 10, o del 99 al 100, etcétera), debe ser al mismo tiempo alta para no tener que ampliar la base a cada rato (cualquiera que haya tratado con una base binaria de ceros y unos sabe lo frustrante que es esto), pero no tan alta que una sola persona no pueda memorizarse los símbolos básicos y esenciales. El 10 es un compromiso aceptable, aunque también para otras culturas lo era el 12 (para los babilonios era el 60, nada menos, razón por la que aún dividimos la hora en 60 minutos y el minuto en 60 segundos). Lo único que se requiere para la mnemotecnia, es asociar los números con algo, para que los niños puedan aprenderlo. Nosotros asociamos nuestros 10 dígitos con los dedos de la mano, y tan felices.

Pero los que baten alguna clase de récord en la materia son los telefol y los oksapmin, dos tribus de las innumerables que existen en Papúa Nueva Guinea. Porque sus matemáticas funcionan con una base... 27. Así, tal y como suena. Nosotros contamos hasta nueve y tenemos que ampliar la base para escribir 10. Ellos pueden contar hasta 27 antes de ampliar la base al pasar al 28. Es como si nosotros en vez de tener diez signos (0,1,2,3,4,5,6,7,8,9) tuviéramos 27. Una locura. Pero a los telefol les funciona.

La clave del sistema telefol u oksapmin es que no asocian los números sólo a los dedos de las manos, sino también a otras partes del cuerpo. Ellos parten con una mitad del cuerpo, y cuentan los dedos: ahí tienen cinco dígitos. Luego cuentan las partes del brazo (muñeca, brazo, codo, antebrazo y hombro) y tienen otras cinco: van diez. Luego, tienen el huesito que conecta el hombro con el cuello, el ojo y la oreja: van trece. Si se considera que todas las personas tienen todas esas partes por duplicado, asignando valores distintos según si la parte del cuerpo en cuestión está a su lado izquierdo o derecho, duplicamos a veintiseis. Sumémosle la nariz, y tenemos 27 (la nariz es el 14, y la cuenta por el otro lado del cuerpo va desde el 15 hasta el 27). Un "número" consiste en la parte del cuerpo, más el apuntar hacia la misma. O sea, si quiere significar "ocho", se apunta a su propio codo del lado respectivo (el codo del otro lado es veinte...). Las palabras que usan para los números son las mismas que utilizan para la parte del cuerpo en cuestión, de manera que "tan-besa" puede significar al mismo tiempo "el otro brazo" o "veintiuno", según el contexto.

Por supuesto que hablamos de tribus con una cultura cercana al Paleolítico, que no necesita del álgebra o del cálculo avanzado para su existencia diaria. Con una aritmética simple les basta, y rara vez se enfrentan a situaciones en las que deban expresar una cantidad numérica superior a 27 (si lo hacen, expresan los números como una cantidad determinada "más 27", tantos "más 27" como hagan falta). Porque no me van a negar que resulta rara la imagen mental de Al-Juarismi, Friedrich Gauss o Albert Einstein apuntándose a toda la parte superior del cuerpo como si tuvieran sarpullido, para sacar adelante sus matemáticas. La solución de estas tribus es rara para nuestros estándares, pero para lo que necesitan ellos es muy funcional, habida cuenta de que es un sistema de conteo muy visual, a la vez fácil de entender en su mecánica, y que permite operar con las cantidades bajas que ellos utilizan en su vida cotidiana.

domingo, 21 de octubre de 2007

La historia de Pelorus Jack.


Tenía que ser, alguna vez. Su buen amigo el General Gato no puede olvidarse de que a través de los siglos curiosos ha habido no sólo seres humanos curiosos, sino también animales curiosos. Ya nos referimos a historias como la de Jakob el Ganso, Petra el Cisne, o la Pata Perky (¡caramba, predominio de aves!), y ahora llegó el turno de... un delfín. Esta es la historia de Pelorus Jack, el delfín de Nueva Zelanda.

Pelorus Jack fue visto por primera vez en 1888, desde la goleta Brindle. El lugar fue el llamado Paso Francés, un traicionero estrecho marítimo en el centro del archipiélago de Nueva Zelanda, con corrientes marítimas violentas, rocas y vórtices que se han tragado íntegramente a más de alguna embarcación. Desde aquel día, el amistoso Pelorus Jack tomó la costumbre de nadar cerca de los barcos que circulaban por el Paso Francés, y de guiarlos nadando fielmente a su lado; en todo el período que Pelorus Jack fungió de guía aficionado, que cubrió más o menos un cuarto de siglo, no se reportó ningún naufragio en esa zona tan peligrosa para la navegación. A tanto llegó la fe de los marinos en Pelorus Jack, que cuando llegaban al Paso Francés y el delfín no aparecía, detenían la nave para esperar a su guía cetáceo.

Por las fotografías que se le tomaron a Pelorus Jack, se ha deducido que éste era un calderón gris (Grampus Griseus), un delfínido que puede medir algo más de cuatro metros de largo y unos 680 kilogramos de peso, y que a diferencia del delfín común, carece casi por completo de morro. Es de color gris, aunque los calderones grises suelen desarrollar heridas con el paso del tiempo (por ejemplo, al luchar entre sí, o bien con calamares gigantes), por lo que a veces de lejos parecieran ser blancos. Otra característica de los calderones grises es que no presentan dimorfismo sexual, por lo que no hay manera de saber si nuestro querido Pelorus Jack era macho o hembra. Los calderones grises suelen ser reluctantes a la hora de acercarse a una nave (y considerando lo mamarrachos que ustedes los humanos son con la naturaleza, tienen toda la razón del mundo), lo que hace aún más curiosa la afición de Pelorus Jack por guiar barcos, más aún considerando que la zona en donde aparecía, no es común detectar a los de su especie, pese a estar repartida por buena parte de los océanos de la Tierra.

La relación entre los humanos y Pelorus Jack fue bastante buena. La prensa local se refirió a él, y también apareció como objeto de tarjetas postales. En 1904, algún cretino tuvo la mala idea de disparar contra él, desde un barco. La indignación por el suceso llegó a tanto, que en Nueva Zelanda se pasó una ley especialmente para declarar a Pelorus Jack como criatura protegida. Lejos de resentirse por el intento de delfinicidio, Pelorus Jack siguió alegremente en su faena autoimpuesta de guiar a las naves por los mares. Lo hizo por última vez en 1912, 24 años después de su primera aparición, y las razones de su desaparición son desconocidas. Creció la leyenda negra de que arponeros extranjeros le habrían dado caza, pero otros piensan, observando las últimas fotos en que aparece, en particular por su piel blanquecina (indicador de edad en su especie), que lo más probable es que haya fallecido por causas naturales. Ojalá así haya sido.

jueves, 18 de octubre de 2007

La religión de los papúes.

Los papúes, habitantes de la isla de Nueva Guinea (al norte de Australia), tienen algunas ideas religiosas que, encuadrándose dentro de lo que podemos llamar "animismo", presentan algunas características peculiares.

Los papúes consideran que en el mundo existen innumerables espíritus invisibles. Lo novedoso es que dichos espíritus son antepasados, y éstos se corresponden con una humanidad más antigua que la nuestra, y por ende, diferente. Adoran también a distintos dioses que, curiosamente, suponen que estuvieron vivos en los tiempos antiguos, pero que en la actualidad estarían muertos. Puede ser que estos dioses integren por tanto la tierra de los difuntos, pero también pueden rondar por el mundo actual, ayudando a los distintos seres humanos.

Otro detalle peculiar de la religión de los papúes son los monumentos de piedra. Estos son de pequeño tamaño, casi como menhires en miniatura. Lo curioso es que los propios papúes no tienen mucha idea o conciencia acerca de su procedencia. Quizás esto apoye, en la conciencia propia de los papúes, la idea de una cultura anterior a la suya propia. Por su parte, los arqueólogos tampoco pueden proporcionar respuestas ciertas sobre estos primeros estadios culturales de los papúes, de momento al menos.

domingo, 7 de mayo de 2006

En el sepulcro del Batavia.


Batavia era el nombre de la ciudad que los holandeses construyeron en Indonesia, como capital de su imperio colonial, en lo que actualmente es Yakarta. Y también se llamó así un barco de línea que en su viaje inagural desde Holanda a Indonesia, naufragó estrepitosamente en las costas de Australia, en 1628. Dicha catástrofe es con toda probabilidad una de las peores tragedias marítimas de todos los tiempos, no tanto por el naufragio en sí como por lo que aconteció después con los supervivientes.

Como dijimos, el Batavia zarpó desde Holanda hacia Indonesia, siguiendo la peligrosa ruta austral. Es decir, desde El Cabo en Sudáfrica, debían llegar hasta el meridiano de la isla de Java (en donde estaba la ciudad de Batavia), y allí ir recto al norte. Como con las precarias técnicas de navegación de la época era fácil pifiar el meridiano (en particular porque el corredor de vientos a través del Océano Indico solía acelerar la marcha de las naves), no pocas de esas embarcaciones, el Batavia incluido, terminaron varadas en la por entonces casi completamente desconocida costa australiana.

El desastre fue casi absoluto, porque embarrancados en un arrecife de coral, el filo de éstos se encargó de triturar el casco, cuando la marea bajó más aún. Los supervivientes tuvieron que ser trasladados a unas islas
de origen coralino que apenas sobresalían del mar. No tenían agua ni alimentos, como no fueran las escasas reservas que pudieron sacar del barco, así es que el capitán exploró un poco la costa australiana, y al no encontrar más que acantilados y desiertos, optó por dejar a los náufragos abandonados a su suerte, y viajar con un frágil esquife hasta Java en busca de ayuda, confiando en que éstos, entretanto, se las arreglarían de alguna manera para sobrevivir.

Fueron los supervivientes quienes se llevaron la peor parte de la tragedia. Estaban encajonados en el llamado Sepulcro del Batavia, una isla sin agua ni comida ninguna. Entre los supervivientes estaba un tal Jeronimus Cornelisz, antiguo boticario que había escapado desde Holanda en oscuras circunstancias, y que combinaba dos cualidades potencialmente letales: era con toda probabilidad un psicópata, y tenía un seductor don de gentes. Había estado complotando para llevar a cabo un motín, y ahora, en riesgo de verse descubierto, decidió pasar a la acción. Rápidamente reunió a los complotadores, y empezó a acumular todo el poder en la isla, hasta construir un verdadero estado policíaco. Cornelisz sabía que sin comida ni agua, los supervivientes eran muchos y morirían de todas maneras de sed e inanición, así es que optó por empezar a diezmarlos. Los primeros asesinatos, los hizo en términos perfectamente "legales", usando el poder que los otros náufragos le habían concedido para "imponer la disciplina". Sin embargo, andando el tiempo, sus matones (hombres todos de la peor ralea posible, ya que no de otra clase trabajaban en las inhumanas condiciones que les imponía la Compañía Holandesa de las Indias Orientales) probaron el gusto de la sangre humana, y empezaron a matar con frenesí cada vez mayor, y a medida que los ubicados fuera de la conspiración disminuían en número, ya no se cuidaban de hacerlo abiertamente, con la mayor brutalidad posible: no solamente con puñales y estoques, sino también a garrotazo limpio. En lo que a las mujeres se refiere, éstas eran pocas, casi todas pasajeras, así es que se las reservó para ser violadas sistemáticamente, y era rara la mujer que no era "requerida" por los acólitos de Cornelisz dos o tres veces en un día. En cuanto a los enfermos, eran los primeros "bocas inútiles" en ser muertos, y de los niños, tan solo sobrevivió uno.

Este reino del terror duró hasta que consiguió abrirse paso hasta dicho lugar una expedición de rescate (de rescate de la carga del Batavia, entendámonos, y si alcanzaba para salvar algún superviviente, tanto mejor). Los conspiradores intentaron apoderarse de la nave de rescate, pero fracasaron. Cornelisz sufrió una suerte relativamente suave: sólo se le cortaron ambas manos, y fue ahorcado a continuación sin mayor trámite. Otros conspiradores la pagaron del mismo modo. Algunos escasos conspiradores que no fueron ajusticiados ahí mismo, al llegar a Batavia (la ciudad) sufrieron una suerte incluso peor.

Esta muy apretada reseña no alcanza a dar cuenta de todos los horrores vividos por aquellas personas, ni la magnitud de los asesinatos cometidos. Baste decir que la isla del archipiélago en donde se cobijaron los náufragos, se llama hasta hoy "Sepulcro del Batavia".

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