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jueves, 14 de junio de 2012

Helena no era tan zorra.


Entre los personajes de la mitología griega, Helena de Troya tenía una reputación bastante poco amable. Después de todo, citando a Homero, por causa de ella se precipitaron "al Hades muchas almas valerosas de héroes, (...) presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus", porque cuando Helena fue raptada por Paris el troyano, los griegos recolectaron un enorme ejército, le pusieron sitio a Troya, y acabaron por arrasarla (según Homero y la Mitología Griega). Acción que fue una locura porque según comenta Heródoto no sin su cuota de mala leche, "es poco conforme a la cultura y civilización el tomar con tanto empeño la venganza por ellas (...) porque bien claro está que si ellas no lo quisiesen de veras nunca hubiesen sido robadas" (Heródoto, Libro I, 4). Dicho en corto, los griegos creían que tanta sangre derramada no la valía porque Helena en definitiva era una zorra. O sea, Menelao el burlado salía ganando con deshacerse de ella. Y sin embargo...

Entre el movimiento filosófico, educativo y lingüístico de los sofistas (porque todo eso eran, antes de desprestigiarse por algunas manzanas podridas y el enojo de otros filósofos rivales) floreció un tal Gorgias, en el siglo V antes de Cristo, que entre otros documentos escribió un "Elogio de Helena", opúsculo en que defiende a Helena y su reputación con un discurso que ni Perry Mason en los tribunales, óigale usted. Razona Gorgias que una posible motivación para el secuestro es la Fortuna o el mandato de los dioses. Y como es imposible para los mortales resistirse a la Fortuna o los dioses, entonces si éste fuere el caso, Helena es inocente.

Por otra parte, si la causa fue un rapto o violencia ilegal, entonces es el raptor o violento quien debe ser culpado por su acto. Culpar a la raptada o violentada es tan inicuo como culpar a la víctima y absolver al victimario (ya oigo decir a algún zafado: "es que ella andaba provocando..."). Por otra parte, si el asunto no fue de violencia sino de seducción, entonces también Helena debería ser inocente, por el poder que tiene la palabra para suscitar emociones y mover las voluntades de las personas. En el peor de los casos, Helena podría ser criticada por su error, pero no condenada por su debilidad, que es la de cualquier persona frente a un seductor excepcional. Gorgias, por su parte, opina que si fue seducida por palabras bellas, entonces sólo hay mala suerte.

Y llegamos al argumento más delicado: ¿y si Helena estaba enamorada, no resulta aún así culpable? Gorgias argumenta que no, porque los seres humanos somos esclavos de nuestras percepciones (señala él) y actuamos en conformidad a esas percepciones. Conforme a esto escribe: "marchó a Troya, como marchó, a causa de las insidias que padeció en su alma, no por voluntaria decisión de su espíritu; a causa de la inexorabilidad del amor, no por intrigas de su arte". Con todo lo antedicho, Gorgias concluye que "he borrado con mi razonamiento la infamia de una mujer; (...) he intentado destruir la injusticia de un reproche y la ignorancia de una opinión". Juzguen ustedes, estimados lectores, si lo consiguió.

jueves, 23 de abril de 2009

El juicio contra Protágoras.


Protágoras de Abdera fue sin lugar a dudas uno de los filósofos más importantes de la Antigua Grecia. Sin embargo, para nuestra desgracia, a pesar de haber escrito varias obras (Diógenes Laercio, importante biógrafo de la Antigüedad, menciona al menos once), ninguna de ellas se conserva. Y es que Protágoras no pretendía enseñar grandes doctrinas filosóficas (a pesar de que las tenía), sino que tendía a la enseñanza práctica, fundamentalmente de la Oratoria, y por lo tanto, fue presa fácil para los místicos disfrazados de filósofos como Platón y otros (el propio Platón se dignó, de todas maneras, escribir un diálogo sobre Protágoras). Por su parte, Protágoras tuvo un final un tanto desgraciado, a resultas de un juicio que se le siguió por impiedad.

Protágoras llegó a Atenas y vivió en dicha ciudad en el siglo V a.C., un período excepcional como pocos en la Historia, por el cúmulo de genios que allí se reunieron y desarrollaron sus talentos artísticos, científicos, históricos, literarios y filosóficos. Protágoras llegó a ser amigo de Pericles el Olímpico, el principal líder ateniense, y esto pudo haberle valido la desgracia, ya que el juicio contra Protágoras coincidió con una ola general en contra de este líder.

El pretexto que encontraron para enjuiciar a Protágoras fue que éste habría escrito un tratado ("Sobre los dioses") que ponía en duda a los dioses, y que leyó a algún grupo de amigos. Diógenes Laercio cita así sus primeras palabras: "Con respecto a los dioses no puedo conocer ni si existen ni si no existen, ni cuál sea su naturaleza, porque se oponen a este conocimiento muchas cosas: la oscuridad del problema y la brevedad de la vida humana". Es obvio que con estas palabras está haciendo profesión de agnosticismo y no de ateísmo, porque cuestionaba a los dioses, pero no los negaba de raíz, pero esto bastó para que sus enemigos le acusaran (como puede verse, la famosa Ciudad Luz de la Antigüedad y la que muchos consideran "cuna del pensamiento racional", a veces podía también ser harto irracional). Diógenes Laercio menciona a un tal Pitidoro como su acusador, pero Aristóteles menciona a un tal Evatlo, lo que tendría mucho sentido porque según Diógenes Laercio, Evatlo era discípulo de Protágoras y le debía unos honorarios... que jamás tendría que pagar si Protágoras terminaba condenado.

Parece ser que Protágoras terminó siendo condenado al destierro, bajo la acusación de "asebia" o impiedad (la misma con la que Sócrates fue condenado a muerte, unos treinta años después). Según refieren varias fuentes, la nave en que viajaba naufragó, y Protágoras habría muerto ahogado. Esto sucedió probablemente hacia 429 a.C., pero las fuentes no concuerdan en su edad (70 o 90 años). Así terminó la breve y triste aventura agnóstica y de libertad de pensamiento de Protágoras, ahogada por el falso puritanismo y su buen poco de mezquindad política...

NOTA DE SIGLOS CURIOSOS: Este posteo sobre libros, libertad de pensamiento, agnosticismo y censura religiosa, es una publicación especial de Siglos Curiosos en el Día Internacional del Libro. Que los lectores de Siglos Curiosos encuentren buen solaz en nuestros viejos compañeros los libros, son los deseos de su seguro servidor el General Gato.

jueves, 26 de marzo de 2009

De cómo Evatlo trampeó a Protágoras.


Protágoras de Abdera, el filósofo griego que prosperó en la Atenas del siglo V a.C., es conocido en la Historia de la Filosofía por sus ideas fuertemente relativistas ("el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son") y su espíritu más bien pragmático. Pero también es famoso por el desdén que le inspiraba a Platón, no sólo por sus ideas (Platón era un fundamentalista místico, y no podía ver con buenos ojos el relativismo protagórico), sino también porque Protágoras cobraba por sus lecciones, mientras que Platón las impartía gratis.

Platón obvia, por supuesto, el hecho de que él mismo pertenecía a una familia aristocrática ateniense y podía dedicarse a la Filosofía ad honorem, mientras que Protágoras era extranjero (de Abdera probablemente) y alguien que podríamos llamar de "clase media", porque las fuentes antiguas informan que trabajó en su juventud como mozo de cuerda, y por ende, era lógico que cobrara por las lecciones que impartía. Al respecto, Platón pone en boca de Protágoras las siguientes palabras: "He establecido para el pago de mis honorarios este criterio: Cuando alguien ha terminado de recibir mis enseñanzas, me paga el precio que le pido, si le parece bien; en caso contrario, yendo a un templo y bajo juramento, manifiesta en cuánto evalúa mis enseñanzas, entregándome sólo esa cantidad".

Pero uno de los estudiantes de Protágoras, un tal Evatlo, salió más astuto que el maestro. Protágoras era conocido por su afirmación de que sobre todas las cosas podía haber dos tesis opuestas. Parece que con ello quiso decir sólo que con buenos argumentos siempre era posible sostener opiniones en controversia, pero esto fue caricaturizado diciendo que Protágoras enseñaba a sostener el argumento más débil y convertirlo en el más fuerte, a base de puras piruetas dialécticas, y que no pueden haber dos ideas opuestas sobre la realidad (olvidando que Protágoras hablaba de opiniones y no de hechos, por supuesto). Por eso la anécdota de Evatlo ha sido repetida con cierto regocijo, por ser la derrota de Protágoras en su propio juego.

Evatlo quería dedicarse a la práctica forense, y para ello acudió a estudiar Oratoria con el mejor, o sea, con Protágoras. Alegó Evatlo que no tenía dinero para pagar la enseñanza, y Protágoras aceptó enseñarle, siempre que Evatlo le abonara sus honorarios después de ganar su primer juicio. Terminó la enseñanza, pero Evatlo se negó a tomar ningún juicio, para así no pagarle a Protágoras. Encontró entonces Protágoras a Evatlo y le dijo:

- Evatlo, te voy a demandar a los jueces por lo que me adeudas. Si pierdes el juicio tendrás que pagarme porque a eso te habrán condenado los jueces y deberás acatar la sentencia. Si lo ganas, habrás ganado tu primer juicio y por lo tanto igualmente tendrás que pagarme, porque así lo acordamos.

Pero Evatlo, tan frescamente, habría respondido:

- Aunque me demandes no te pagaré, porque si gano, entonces deberé acatar la sentencia y no tendré que pagarte, y si pierdo, entonces no habré ganado mi primer juicio y por lo tanto no tendré obligación de pagarte...

domingo, 13 de abril de 2008

Píndaro el poeta de los deportistas.

Cuando uno piensa en poesía, tiende a pensar en un fulano inspirado en un paisaje, mirando las nubes o cantando algunos bucólicos versos sobre las vacas o las abejas. O bien, escribiendo versos eróticos. Pero no se agota ahí la poesía universal. Entre los poetas que se han buscado motivos más inusuales para cantar con sus versos, deberíamos contar a Píndaro de Tebas, ya que éste escribía sus odas... ¡a los deportistas vencedores de los Juegos Olímpicos!

Sobre Píndaro mismo, es poco lo que se puede afirmar, ya que las noticias que nos han llegado de él son fragmentarias. Vivió en Grecia en el siglo V a.C. (hacia 518-438 a.C., aunque las fechas son difíciles de precisar). Pero a contrapelo de la mayor parte de los escritores, artistas y filósofos de su tiempo, no era ateniense ni parece haber pretendido viajar nunca a Atenas, que por aquel tiempo era la capital de lo más excelso en lo que a cultura helénica se refiere. Píndaro era beocio (de la región de Beocia, cuya ciudad más importante era Tebas), y los beocios en general tenían la mala fama entre otras comunidades, de ser palurdos y retrasados; entre los antiguos griegos se hacían chistes de beocios como hoy en día se hacen chistes de gallegos. Aún así, Píndaro no tenía un pelo de tonto. Por el contrario, su poesía es enormemente trabajada y compleja, y marca en cierta medida el non plus ultra de un estilo poético, concretamente el propio de la Grecia Arcaica, que ya en los días de Píndaro estaba, por así decirlo, pasado de moda. Píndaro parece haber sido también un aristócrata, y eso ayudaría a explicar también su acedrado tradicionalismo.

No es raro que Píndaro haya encontrado entonces su gran motivo poético, en los vencedores de una institución tan tradicional de la Antigua Grecia, como lo eran los Juegos Olímpicos. Allí, Píndaro encontró la imagen de la areté (el espíritu de superación, un gran valor tradicional helénico), en los vencedores que hacen morder el polvo a los mediocres, y que en los versos de Píndaro, se elevan casi hasta el plano de los dioses; Píndaro aprovecha así para conjurar una serie de mitos griegos, cantando las glorias de la antigua religión y de las antiguas ciudades.

Desgraciadamente, como suele suceder con casi todos los escritores de la Antigüedad, la obra de Píndaro se conserva de manera bastante fragmentaria. Existen una gran cantidad de obras suyas, pero muchas de ellas han llegado mutiladas hasta nosotros, algo no demasiado raro si se piensa que se han encontrado no sólo en compilaciones de cronistas medievales, sino también en fragmentos de papiros rescatados en Egipto.

Para muestra del arte de Píndaro, un botón: "Acepta, hija del Océano, con corazón risueño / el dulce vellón de las excelsas virtudes y las coronas / ganadas en Olimpia, y los obsequios de Psaumis y su carro de mulas de incansable pie. / El, para engrandecer a tu ciudad, Camarina, nodriza del pueblo / honró los seis altares gemelos con majestuosas romerías a sus dioses, / entre bovinos sacrificios y competiciones deportivas de cinco días, / con los carros de caballos y mulos y con los caballos de monta. Te dedicó / la grata gloria de su victoria e hizo proclamar el nombre / de su padre Acrón y el de su reconstruido solar patrio" (Olímpica V, hacia 460 o 456 a.C.).

jueves, 10 de abril de 2008

Beocia y los beocios.


Cuando se mira a la historia de la Antigua Grecia, se piensa generalmente en las dos grandes potencias económicas, políticas y militares que fueron Atenas y Esparta, y muy ajustado tiene que ser el manual de historia de turno para mirar un poco más allá. Y sin embargo, la Hélade, tal y como los antiguos griegos (helenos) la entendían, era un buen poco más grande. Entre las varias regiones antiguohelénicas con una fisonomía cultural propia, estaba la de los beocios, los habitantes de la Beocia.

Beocia era una región de agricultores ubicada al noroeste del Atica (el enclave cuya principal ciudad era Atenas). Como las grandes novedades políticas venían desde Jonia o el Atica, Beocia vivía constantemente retrasada. Así, mientras que el Atica hizo su paso de la oligarquía plutocrática a la democracia en el siglo VI a.C., la Beocia recién vino a hacerlo cerca del siglo IV a.C., y eso sólo a resultas de una reacción popular masiva en contra de Esparta (que, en el intertanto, había hundido a Atenas en las Guerras del Peloponeso, 431 a 404 a.C., y había conquistado toda Grecia). En la Edad de Oro de Atenas, los atenienses despreciaban a los beocios como rústicos, rurales y campesinos, hacían chistes "de gallegos" sobre ellos, y no cesaban de proclamar la superioridad de su propia cultura sobre la beocia. Algo injusto, si se considera que en Beocia también hubo grandes artistas, como por ejemplo el poeta Píndaro. Además, al norte de Beocia había una región semihelenizada todavía más rústica y salvaje, si cabe, que era la Tesalia. Para desgracia de la fama beocia, casi todo el legado cultural de la Antigua Grecia que conservamos, proviene de los atenienses, así es que los beocios pasaron a la Historia sin demasiada propaganda a su favor, que digamos.

Tampoco ayudaba mucho el que los beocios, con perfecta realpolitik, hayan contemporizado con los persas cuando ellos invadieron Grecia durante las Guerras Médicas, algo que tenía perfecto sentido si se considera que los beocios vivían del cultivo de la tierra, y no podían permitirse el lujo de que arrasaran ésta, mientras que los atenienses vivían del comercio internacional con su escuadra, y por lo tanto eran perfectamente capaces de sobrevivir a una invasión militar por tierra firme (algo que, en efecto, consiguieron a pesar de que Atenas fue incendiada por los persas en 480 a.C.). Aún así, por "traicionar" la causa panhelénica, los beocios pasaron a la oscuridad política, y sólo vinieron a redimirse un siglo después, cuando se sublevaron contra los espartanos y destruyeron su poderío en la Batalla de Leuctra (371 a.C.).

Con todo, la ciudad más importante de Beocia era Tebas, y el ciclo mitológico tebano es de los más famosos mitos griegos. Basta mencionar que Edipo fue rey de Tebas, según la Mitología Griega. Y el propio Sófocles, ateniense de pura cepa, no desdeñó tomar asuntos de este ciclo mitológico para sus dos grandes tragedias "Edipo Rey" y "Edipo en Colona"...

jueves, 3 de abril de 2008

Los supervivientes de los 300.

Es famoso, en particular después de la película "300", el sacrificio de los 300 espartanos comandados por Leónidas, el rey de Esparta, quienes pararon en el desfiladero de las Termópilas a un ejército varias veces superior durante varios días, y terminaron siendo doblegados sólo mediante la traición. Menos conocido es el hecho de que algunos de los bravos 300 de Leónidas sobrevivieron a la masacre, aunque tuvieron suertes distintas, y todas ellas desgraciadas.

Uno de ellos fue Pantites, un soldado que fue enviado por Leónidas a Tesalia (es decir, al norte de las Termópilas, temerariamente en dirección a las filas enemigas) con una embajada, probablemente para reclutar aliados para la batalla. Pantites no alcanzó a regresar a las Termópilas a tiempo para luchar (y eventualmente morir) junto con los 300, de manera que regresó a Esparta. El estricto código de honor militar espartano no le perdonó esto, y Pantites, incapaz de soportar la deshonra, acabó colgándose.

Los otros dos soldados que sobrevivieron fueron Eurito y Aristodemo. Ambos estaban fuera de las Termópilas, aquejados por una enfermedad ocular. Cuando llegaron las nuevas del desastre de las Termópilas, ambos tomaron decisiones distintas. Eurito, casi por completo ciego, se hizo conducir por un ilota (un esclavo) hacia el campo de batalla, y se paró en éste, dispuesto a ofrendar su vida en combate contra los persas, insensible al hecho de que un soldado solitario nada podía hacer en batalla abierta contra el ejército persa en masa. Al ver la llegada de los persas, el ilota corrió por su vida, pero Eurito se quedó en pie de guerra, y murió combatiendo.

Aristodemo, por su parte, tomó la opción de volverse a Esparta, dando por perdida la causa y por inútil el sacrificio. Apenas llegó a Esparta, cayó sobre él la mancha negra de haberse retirado del combate, la peor deshonra en la que podía incurrir un espartano libre. Ningún espartano estaba dispuesto a compartir con Aristodemo el fuego, ni tampoco a dirigirle la palabra. Tanta fue la humillación, que un año después, cuando los espartanos plantaron cara al ejército persa en Platea, Aristodemo iba de los primeros y se lanzó con furia ciega a lo más denso de las filas persas, muriendo en combate. El triste final es que, aunque se consideró a Aristodemo como redimido por haber caído en combate, esta vez sí, en vez de abandonar el campo de batalla por segunda vez, no se le dieron honras especiales porque los espartanos consideraban la rabia homicida en batalla no como algo gallardo o valiente, sino como una grave muestra de indisciplina. Al menos, de esto Aristodemo no se enteró, porque ya estaba muerto...

domingo, 13 de enero de 2008

"Zapatero a tus zapatos".


En castellano se suele decir "zapatero a tus zapatos" para poner en su lugar a alguien que trata de hacerse el competente en cuestiones que no son de su incumbencia. Menos conocido es que la frase tiene su origen en una anécdota que aconteció a lo menos dos milenios y medio atrás, en la Antigua Grecia.

La anécdota es referida por Plinio el Viejo, historiador y científico romano que vivió en el siglo I d.C. Existió en el siglo IV a.C. un pintor llamado Apeles, que a juzgar por la opinión de sus contemporáneos, fue un gran maestro (de hecho, pintó nada más y nada menos que para Alejandro Magno), aunque ya nosotros no podamos decidir sobre el asunto, porque la crueldad del Padre Tiempo ha hecho que ninguna de sus pinturas haya llegado hasta nuestros días. Tenía Apeles la costumbre de exhibir sus pinturas en público, y esconderse estratégicamente para escuchar los comentarios de la gente, para así, escuchando y valorando las críticas y elogios recibidos, poder mejorar sus pinturas. Pasó por ahí un zapatero, que criticó el haber pintado pocas tiras en una sandalia. Apeles tomó nota silenciosa de esto y lo corrigió. Al día siguiente, pasó otra vez el mismo zapatero, y envanecido al ver corregido aquello que él señaló como un error, empezó a criticar la pierna pintada. Apeles montó entonces en cólera, y le dijo ásperamente "el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias" ("Ne supra crepidam sutor judicaret").

Resulta curioso observar que esto se transformó, en el idioma español, en "zapatero a tus zapatos", que si bien rescata la misma idea, lo expone de manera bastante distinta. Otro tanto ocurre con el inglés, que formula esta idea de una manera más críptica; en este idioma, la frase equivalente es "the cobbler should stick to the last" ("el zapatero debería mantenerse hasta el último"), que es mucho menos precisa y más metafórica.

jueves, 10 de enero de 2008

El astrológico final de Nicias y Demóstenes.

En el año 413 a.C., en el marco de las Guerras del Peloponeso (que, en Grecia, enfrentaron a sus dos ciudades maestras de Atenas y Esparta, recordemos), los atenienses tuvieron la "brillante" idea de tratar de expandir su imperio marítimo invadiendo Siracusa, ciudad de Sicilia que era aliada tradicional de Esparta. Esta empresa era a todas luces descabellada, debido a que Sicilia estaba demasiado lejos de Grecia, como para montar una expedición militar en toda forma, estando el enemigo tan cerca de casa (los espartanos habían puesto sitio a las mismísimas murallas de Atenas más de una vez). Por supuesto que todo resultó de lo peor para los atenienses, y muchos historiadores, partiendo por el gran Tucídides, responsabilizan a esta chapucera planificación geopolítica el final de la gloria de Atenas. Pero el asunto podría haber mejorado un poquito, de no haber intervenido los astrólogos "a favor" del bando ateniense...

La expedición estaba comandada por Nicias, un general bastante competente, pero que cayó enfermo durante la campaña militar. Atenas le envió refuerzos en la figura del general Demóstenes, a quien no le tomó demasiado darse cuenta de que el asedio de Siracusa era insostenible, y debían retirarse cuanto antes, porque ya no se trataba de obtener la victoria, sino de evacuar mientras aún hubiera tiempo. Pero se topó con la obcecación de Nicias, quien se emperró en que los siracusanos hostiles a Esparta podían todavía prestarle ayuda. Un mes después había sucedido lo obvio: no sólo Siracusa no había caído y el "enemigo interno" no colaboraba de manera eficaz, sino que además los siracusanos habían recibido refuerzos desde Esparta. Demóstenes una vez más urgió la retirada, pero...

...ocurrió un eclipse total de luna. Los astrólogos lo consideraron un mal presagio, y dijeron que debían esperarse "tres veces nueve días" para proceder a la evacuación. Tres veces nueve días después, los felices siracusanos habían ubicado trirremes en la bahía que era el punto de acceso de los atenienses a la isla, y los encadenaron entre sí para que ninguna nave ateniense pudiera pasar. La única alternativa era romper el cerco por tierra, pero todos los intentos atenienses por zafarse del cerco fracasaron. De 50.000 tropas de élite atenienses, sólo 7.500 sobrevivieron, sólo para terminar sus días en las canteras (una de las peores maneras de ser condenado a muerte en vida, en el mundo antiguo). El valiente pero demasiado crédulo Nicias, por su parte, así como el bravo y prudente Demóstenes, y podemos suponer que la cohorte de adivinos y astrólogos de Nicias también, terminaron todos ellos en el patíbulo.

domingo, 17 de junio de 2007

El triste descubrimiento matemático de Pitágoras.

El filósofo Pitágoras de Samos, quien vivió en el siglo VI adC, fue uno de tantos prominentes griegos que en la época viajaron por Egipto y Babilonia, naciones más antiguas que Grecia, y por tanto, con un mayor saber acumulado. Aparentemente, en tales tierras aprendió varios secretos matemáticos desconocidos entre los greigos, y gracias a ello, cuando se instaló en la ciudad de Crotona, en la Magna Grecia (actualmente el sur de Italia), utilizó esos secretos para construir una secta mística de la cual Pitágoras era, por supuesto, el jefe.
Predicaba Pitágoras que el universo entero era pura armonía, y dicha armonía era numérica. Es decir, la naturaleza del universo podía expresarse por relaciones y proporciones entre números, el medio a través del cual se expresaba la armonía divina. Por ello, grande debió ser el disgusto cuando descubrió que la raíz cuadrada de 2 no entraba en ninguno de sus supuestos armónicos.
Los antiguos griegos conocían los números naturales, y también habían avanzado hasta el concepto de fracción de un número, aunque concebían a éstas como la relación o razón entre dos números naturales. Así, por ejemplo, el número "0,25" era la razón o relación entre 1 y 4 (o sea, "1/4"), y el número "0,6666..." es la razón o relación entre 2 y 3 ("2/3") Por eso, éstos se llaman "números racionales".
Pero Pitágoras llegó un paso más allá. Usando el precisamente llamado Teorema de Pitágoras (que no inventó, parece ser), que establece la relación entre los lados de un triángulo rectángulo que están en ángulo recto entre sí (catetos), y el tercer lado (hipotenusa). Esta relación suele enunciarse así: "la suma de los cuadrados de los catetos, es igual al cuadrado de la hipotenusa". Ahora bien, aplicando esa fórmula a un triángulo de dos catetos iguales, cada uno de lado 1 (1 metro, 1 kilómetro, lo que sea, pero de tamaño 1), entonces la hipotenusa mide 1,416... y pueden seguir dividiendo sin llegar jamás hasta un número que pueda ser expresado como una razón entre otros dos números enteros, por grandes que sean. Pitágoras había dado así por primera vez con un número que no podía ser expresado como una razón o proporción, con un número no racional, con el primer número irracional conocido...
Se dice que Pitágoras, perturbado por un descubrimiento que enviaba al traste todas sus teorías sobre la armonía numérica universal, mandó a sus discípulos mantener su descubrimiento en secreto, con un celo más propio de un fanático religioso que de un científico. Pero uno de sus discípulos habló. Años después, éste discípulo pereció en un naufragio. ¿Coincidencia...?

domingo, 22 de abril de 2007

La superstición según Teofrasto.

El libro "Los caracteres", escrito por el griego Teofrasto en algún minuto del siglo IV a.C., ha perdido en la actualidad bastante de la mordacidad con la que fue escrito, ya que critica muchos temperamentos y formas de ser a través de usos y costumbres que no son ya los nuestros. Aún así, para el historiador es una fuente inavaluable de datos sobre la cultura de la Antigua Grecia.
En la descripción que hace Teofrasto del supersticioso, hay una divertida compilación de supersticiones comunes en la época. Así, el que se cruce una comadreja por el camino era mal augurio, y debía esperarse a que otra persona pasara, o bien echar tres piedrecitas al lado del camino.
Al ir a la ciudad, para conseguir buena suerte el supersticioso debía lavarse la cabeza con el agua de las fuentes de las plazas.
Por su parte, al ver una serpiente en la casa, inmediatamente levanta en ese lugar un altar.
El superticioso además, siempre según Teofrasto, siente la necesidad de purificar constantemente la casa (algo que no ha cesado hasta el día de hoy, para el regocijo pecuniario de charlatanes vendedores de hierbas mágicas y similares), de evitar sentarse en una tumba, o de entrar en la habitación de una mujer parturienta.
Y si ve a un hombre con un ataque epiléptico, el supersticioso se escupe horrorizado en el propio pecho, para apartar la desgracia de uno mismo.
Todas estas costumbres pueden parecer pueriles y ridículas para el sentido moderno, pero sin embargo, ¿quién no se pone nervioso cuando se cruza un gato negro, o evita pasar por debajo de una escalera...?

jueves, 19 de abril de 2007

Estatuas griegas.

A veces, la Historia Universal nos suele jugar malas pasadas en la apreciación del arte antiguo. Y es que muchas veces una obra de arte se conserva por criterios bien distintos a los propios de la calidad artística, y eso también vale para la calidad de la copia. Por ejemplo, tendemos a asociar la estética de los tres mil años de historia egipcia, al período de Ramsés II (1290-1210 a.C.), únicamente porque es de su período que se conservan más grabados y relieves en los cuales basarnos para recrear artísticamente a dicha civilización.
Un caso paradigmático de esto es el arte plástico griego. Para el profano, pareciera que el gusto plástico de los griegos se vertió exclusivamente en la Escultura y la Arquitectura, en los trabajos que podríamos llamar "en 3-D", esquivando la Pintura como al demonio. Y nada más lejos de la realidad. Por testimonios de historiadores y escritores, sabemos que existía en la antigua Grecia una floreciente industria pictórica, y la reputación de un pintor como Apeles (siglo IV a.C.) podía ser tan buena como la de un escultor como Praxíteles. Pero desgraciadamente, lo que se han conservado para la posteridad son esculturas y no pinturas, así es que poco sabemos de este arte antiguo griego, como no sea por algunos deslavados frescos romanos.
A su vez, las esculturas griegas tienen su propia historia. Es clásico ver a una escultura como la "Venus de Milo", y a otras más, sin brazos. Pero los griegos no esculpían estatuas sin brazos. Lo que pasa es que, con el saqueo de las ciudades griegas y romanas por los bárbaros, éstos no repararon en destruir todo lo que estuvo a su alcance, incluyendo estatuas...
Para colmo, en muchos casos no se conservan las estatuas originales, sino en copias romanas, y no tenemos la menor idea de qué tan buenas eran esas copias, respecto de las originales.
Y el detalle supremo: la visión de una Atenas o una Roma plagada de esculturas de brillante bronce o liso mármol, que las películas de Hollywood han popularizado, es falsa. Esto, porque en el mundo grecorromano la costumbre era PINTAR las esculturas. Lejos de ser ciudades de "gusto clásico", sus esculturas estaban llenas de vivo color. Lo que pasa es que muchas esculturas que sobrevivieron al paso de los siglos, lo hicieron semienterradas o bajo ruinas y escombros, y como es natural, la pátina de pintura se les salió...

miércoles, 21 de febrero de 2007

Bucéfalo.

Uno de los caballos más recordados de todos los tiempos, es probablemente Bucéfalo, el fiel corcel de Alejandro Magno, el conquistador macedónico que se anexó la totalidad del Imperio Persa en apenas seis años (336-330 a.C.).
Se cuenta que cuando Alejandro era aún un mozalbete, y su padre el rey Filipo II estaba todavía vivo, llegó a la corte de Pella (capital del reino de Macedonia) un caballo tan fiero, que nadie lo podía montar ni domesticar. Alejandro observó pacientemente a todos los palafreneros ir fracasando uno por uno, hasta que descubrió cuál era la falla: el caballo le tenía miedo a su propia sombra.
Alejandro se acercó entonces al caballo, lo situó mirando hacia el Sol, de modo que no pudiera ver su propia sombra, y poco a poco fue domándolo, hasta hacerlo por completo suyo. Filipo, el rey, y padre de Alejandro, se dirigió a éste entonces con estas palabras que resultarían proféticas para el futuro conquistador:
- Hijo mío, búscate un reino a tu altura, porque Macedonia es demasiado pequeña para ti.
Alejandro llamó Bucéfalo al caballo, que en griego significa "cabeza de buey", probablemente debido a la mancha blanca que tenía en su frente, más amplia que lo normal en un caballo. Bucéfalo fue su montura en todas sus expediciones militares como rey, contra los ilirios de la actual Yugoslavia, los tracios del norte, los griegos, y después los persas. Falleció años después, a consecuencias de heridas recibidas en la Batalla de Hidaspes, en que Alejandro derrotó a Poro, el rey de la India. Bucéfalo tenía 28 o 30 años al momento de su muerte. En su honor, Alejandro fundó una ciudad llamada Bucefalia, la cual es en la actualidad, con toda probabilidad, una ciudad de Pakistán llamada Jelum.
La historia de Bucéfalo es referida por el historiador griego Plutarco. La fecha de muerte y su edad es referida por otro historiador griego, llamado Arriano de Nicomedia.

domingo, 18 de febrero de 2007

Heródoto el Padre de la Historia

El historiador griego Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.) es conocido por el apoteósico título de Padre de la Historia. Título bien merecido, por cierto, porque hasta donde sabemos, él inventó la Historia tal y como la conocemos. Antecedentes existían, incluyendo un libro de Hecateo de Mileto hacia el año 550 a.C., pero Heródoto es el primero que trasciende la mera descripción geográfica acompañada de noticias históricas, para tratar de encontrar las razones, causas y circunstancias de los acontecimientos. De ahí que Heródoto califique a su propia obra como Historia ("historié", en griego, significa "averiguación", "investigación").
Eso sí, el estilo de Heródoto y su manera de estructurar los datos, resulta un poco compleja para el lector de hoy. Como bien señala C. M. Bowra, esto se debe no sólo a que faltaban algunas herramientas básicas para el libro de hoy, como los mapas, los gráficos o las notas a pie de página, sino también a que los relatos de Heródoto no estaban destinados a ser leídos, sino ESCUCHADOS.
A la edad de veinte años, probablemente por motivos políticos, Heródoto debió abandonar su ciudad natal de Halicarnaso, y emprendió un largo viaje por Oriente, que le tomó ocho años completos. Viajó así por Egipto, Palestina y Mesopotamia, y quizás llegó incluso hasta la India. Sus "Nueve libros de la Historia", o simplemente "Historia" como se le conoce también, es el resultado de dichos vagabundeos. Lo leyó en público por primera vez en el año 456 a.C., con ocasión de los Juegos Olímpicos de aquel año, y después hizo de esto una especie de modus vivendi, transformándose en un narrador de historias para sus diversos públicos. Parece ser que como erudito, fue consultado incluso por Pericles, el más importante estadista de Atenas, respecto de asuntos de política extranjera. Alabado por muchos, criticado a veces por su credulidad, corregido minuciosamente por historiadores modernos cuando éstos tienen otras fuentes a la mano, lo cierto es que Heródoto sigue siendo una fuente capital de conocimientos sobre el mundo antiguo, que de otra manera yacerían irremisiblemente perdidos para nosotros.

domingo, 20 de agosto de 2006

Safo y las lesbianas.

Lesbiana es una chica a quien le gustan otras chicas. Sin embargo, la historia del nacimiento de la palabra es algo menos conocida.
Originalmente, los lesbianos eran los habitantes de la isla griega de Lesbos. En la Antigüedad, Lesbos era una de las más importantes islas del Mar Egeo. Hacia el siglo VI a.C. floreció allí una poetisa llamada Safo, quien probablemente vivió en Mitilene, la ciudad más importante de Lesbos.
Sobre Safo misma, es poco lo que se sabe. Se la supone de familia noble. Se cree que estuvo enamorada, de amores desgraciados, de un tal Faón, del que tampoco nada se sabe. Lo que sí parece seguro, es que Safo se rodeó de una pequeña corte de chicas, con las cuales también se dedicaba a las artes poéticas.
Safo perteneció a una época en que la poesía griega comenzaba a desvincularse de los viejos temas heroicos a la manera homérica. La antigua edad agraria de señores feudales luchando entre sí cedía paso a una pujante sociedad comercial, y los poetas estaban adaptándose a la situación. La poesía de Safo, por esto, se refiere a cuestiones más mundanas que los viejos temas de Homero sobre los dioses y héroes, o de Hesíodo sobre la vida campesina. La poesía de Safo, así como de su contemporáneo Anacreonte, respira una sensualidad nueva.
Muchas poesías de Safo son, por tanto, ambiguas. Habla en ellos de sus amigas y discípulas, pero lo hace con tanta pasión, que uno puede buenamente preguntarse si de verdad eran sólo amigas, o si Safo había hecho suya la costumbre masculina griega de la homosexualidad... La maledicencia antigua lo da por sentado, y de ahí que se comenzara a hablar de las chicas de Lesbos, o lesbianas, como de "chicas liberales", por decirlo de alguna manera, y de ahí quedó el apelativo (además de que, a veces, como una figura literaria de exquisita erudición, hay quien habla de las "artes sáficas" para referirse a la práctica del lesbianismo).
De Safo no conservamos casi nada. Lo poco que se salvó para la posteridad, fue quemado por orden de la Iglesia Católica.
Para que el lector mismo decida, aquí va un texto escrito por Safo, de los pocos que se han podido rescatar:
"De veras, quisiera morirme. Al despedirse de mí llorando, me musitó las siguientes palabras: "Amada Safo, negra suerte la mía. De verdad que me da mucha pena tener que dejarte." Y yo le respondí: "Vete tranquila. Procura no olvidarte de mí, porque bien sabes que yo siempre estaré a tu lado. Y si no, quiero recordarte lo que tu olvidas: cuantas horas felices hemos pasado juntas. Han sido muchas las coronas de violetas, de rosas, de flor de azafrán y de ramos de eneldo, que junto a mí te ceñiste. Han sido muchos los collares que colgaste de tu delicado cuello, tejidos de flores fragantes por nuestras manos. Han sido muchas las veces que derramaste bálsamo de mirra y un ungüento regio sobre mi cabeza."

viernes, 28 de julio de 2006

Contra Sócrates


El retrato más famoso que la posteridad ha recibido de Sócrates (en términos literarios, por supuesto), es el que nos ha legado Platón. Gracias a él, vemos a Sócrates como una especie de semidios de la sabiduría, llegado hasta nosotros los pobres mortales para iluminar nuestras pequeñas mentes. Esto es, por supuesto, pura propaganda: después de todo, Platón había sido discípulo de Sócrates, y al alabar la sabiduría de su maestro, indirectamente Platón alababa la suya propia ("miren que buen maestro tuve, ¿eh?").
Menos conocido es el hecho de que hay retratos literarios harto menos amables. Jenofonte, por ejemplo, aparte de su obra más famosa, la histórica "Anábasis", escribió un tratadito sobre actividad campestre, en donde Sócrates aparece como un amable interlocutor, sin rasgos especialmente negativos, pero tampoco como un superhombre ni un semidios. Jenofonte había sido también discípulo de Sócrates, pero evidentemente pesaba en él más el historiador objetivo que el filósofo megalomaníaco.
Pero la palma se la lleva Aristófanes, el atrevido comediante ateniense. Contemporáneo de Sócrates, le dedicó una de las once comedias que se conservan de él, "Las nubes". En ella presenta un retrato simplemente demoledor. En la obra, el rústico Estrepsíades contrae matrimonio con una mujer de ciudad, con la que concibe un hijo. El hijo sale a la madre, derrocha el patrimonio del padre, y éste se llena de deudas. Afligido, busca a Sócrates para que éste le enseñe como ser "un morral de engaños, al que nunca faltan palabras, que se burla de los procesos, que hace trizas las leyes, un taravilla, un coyote, todo lleno de arterías, escurridizo cual anguila, voluble, fácil de huir, resbaladizo"... El problema es que el hijo sale mejor alumno de Sócrates que el padre, y al tiempo que éste huye de los acreedores, recibe una feroz paliza de su propio hijo, que para colmo argumenta, usando los mismos argumentos de Sócrates, que dicha paliza es muy justa...
A continuación, algunas perlas que Aristófanes pone en boca de Sócrates:
- "¿Por qué me llamas, efímero mortal?" (Sócrates presentándose en plan "yo, el modesto").
- "Nunca pudiera ver yo con claridad las cosas celestiales, si no elevara mi alma suspendida de arriba y me hallara en una atmósfera semejante a la de los astros" (Sócrates, haciendo de bola hinchada de aire sabio y caliente).
- "¡Son las Nubes, diosas grandes para el inactivo! Ellas dan sabiduría y modo de argumentar, ellas dan mente que capta y una gran facundia, parlería y arte de enredar al contrario y de hacerlo titubear" (vale, ahora sabemos para qué se inventó la filosofía).
- "Es que cuando mueven las nalgas, comienza a tronar" (Sócrates refiriéndose a las nubes como agentes de la metereología).
- "Pero también tienes que reconocer que no hay dioses sino los nuestros. El Caos, las Nubes, la Lengua. Sólo esos tres, no hay más" (mi secta, disfrazada de filosofía).
Y mejor no sigo, antes de que algún catedrático de Filosofía del Derecho se sienta demasiado tocado por todo esto.

jueves, 1 de junio de 2006

¡Yo soy el más capaz!


Alejandro Magno, el gran conquistador macedónico que derribó al todopoderoso Imperio Persa en apenas cuatro años, encontró una manera muy hábil de sembrar el caos para después de sus días. Cuando estaba en su lecho de muerte, los generales le preguntaron quién habría de sucederlo en el trono, ya que Alejandro no dejaba ningún hijo que pudiera ser su heredero (consecuencia ingrata de una vida íntegramente dedicada a la homosexualidad). Ante la pregunta que se le hacía, Alejandro se limitó a responder: "el más capaz".
Por supuesto que como todos sus valientes generales se sentían cada uno el más capaz, entablaron una violenta guerra civil que destruyó al imperio y trajo cuarenta años de guerra ininterrumpida. El anillo con el sello real había quedado en manos de Pérdicas, administrador de Alejandro, quien consiguió mantenerse vivo tan solo un año, antes de ser asesinado.

jueves, 2 de febrero de 2006

Triple juego.

Que un político o un general defeccione y se pase al bando contrario, es algo que se ha visto muchas veces en la historia. Pero que alguien traicione a tres bandos distintos en una misma guerra y vuelva a su propia nación como héroe, ésa es una hazaña singular.

En la antigua Grecia, uno de los políticos más influyentes posteriores a Pericles fue Alcibíades. Este se las arregló para que en el año 413 a.C., se dirigiera una empresa militar para atacar Siracusa, ciudad de Sicilia que era aliada de Esparta, enemiga de Atenas. La idea de atravesar medio Mar Mediterráneo con los precarios medios tecnológicos de la época era a todas luces una locura, aunque Atenas fuera el más poderoso imperio marítimo de su tiempo, y por eso las cosas salieron como salieron, es decir, mal.

Como los atenienses querían la cabeza de Alcibíades para hacerle pagar (como si ellos no hubieran sido tan insensatos de aprobar en asamblea el proyecto), éste decidió salvar el cuello cambiando de bando, pasándose a los espartanos.

Alcibíades era un hombre vividor y amante de los placeres, pero como los espartanos eran frugales y sencillos, Alcibíades tuvo que cambiar. Su mimetización fue tan prodigiosa, que le reccibieron con los brazos abiertos, y aún más cuando el traidor reveló todos los puntos débiles de Atenas que conocía.

Empero, Alcibíades terminó por meterse con la mujer que no debía (la esposa de uno de los dos reyes que regían Esparta), así es que tuvo que salir arrancando. ¿A dónde? Al Imperio Persa, enemigo tradicional de los griegos, que contemplaba complacido como atenienses y espartanos se aniquilaban en su cruenta guerra (y le daba algún financiamiento a Esparta, de paso). Alcibíades se vendió a los persas como un buen conocedor de las debilidades griegas, y pronto manejó a su amaño la política financiera persa para, ejem, "aceitar" a los agentes griegos que trabajaban para el Rey de Reyes persa.

Pero la nostalgia le invadió, así es que una vez más traicionó, ahora a los persas, y regresó a Atenas. Los convenció de que había estado trabajando de incógnito para sabotear la relación entre espartanos y persas, y le recibieron como un héroe. Y para colmo ¡los atenienses le dieron otra vez mando militar! Fue la ocasión en que Alcibíades confirmó lo que ya se sabía: era un pésimo militar, y su jefatura sólo significó derrotas a los atenienses.

No teniendo donde huir, Alcibíades se escondió en el exilio, pero ya se había suscitado demasiados enemigos, y pronto una banda de sicarios le cercó y dio buena cuenta de él a puñaladas. El más grande, único y mejor triple jugador de la Historia tenía 46 años...


miércoles, 4 de enero de 2006

La muerte de Esquilo.

Esquilo conforma, junto con Sófocles y Eurípides, la gran tríada de dramaturgos atenienses en el siglo V a.C., y sus obras (como por ejemplo "Prometeo encadenado") están consideradas con justicia como de las más grandes obras literarias de todos los tiempos.

Dice la leyenda que Esquilo falleció de una manera cuando menos curiosa. Caminaba tranquilamente un día, cuando de pronto un águila dejó caer una tortuga sobre la cabeza, y lo mató. Es sabido que las águilas muchas veces recurren al expediente de estrellar a las pobres tortugas para quebrarles la caparazón y devorar el interior, por lo que... ¿habrá algún águila confundido la prominente calva del dramaturgo (en la foto) con una roca...?

Tampoco hay certezas sobre la edad que tenía Esquilo en ese tiempo, aunque debió de haber fallecido anciano. Según la leyenda tenía la patriarcal edad de 95 años, aunque muchas veces se le estima menos (75 a 80 años). Sin embargo, está bien comprobado que muchos grandes prohombres del mundo griego fallecieron a avanzadísimas edades. Se sabe que los "tres tenores" de la dramaturgia griega incluso se dieron el lujo de escribir obras hasta bien avanzada edad, en vez de babearse y balbucear incoherencias, una clara muestra de que la vida simple a veces hace harto más que el progreso tecnológico por nuestras vidas...

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