Historias desopilantes, anécdotas curiosas, rarezas antiguas: bienvenidos a los siglos curiosos.
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domingo, 22 de enero de 2017
Los peores Presidentes de Estados Unidos.
Hace un par de días, el 20 de Enero de 2.017, debió comenzar una nueva era en la historia 'e la humanitá: Donald Trump como Presi número 44 de Estados Unidos, al asumir la Presidencia número 45 (WHAT??? Seriously. Glover Cleveland fue Presi en períodos no consecutivos, así es que se cuenta dos veces). O eso se supone (programé el posteo de antemano, así es que si en el intertanto al Donald Trump un grupo de terroristas renegaos lo volatiliza atom-level con una nuclear junto a 20 millones de yanketas, o si se atraganta con un oyéjo d'uva y la palma... Not my fault). Well, por "nueva era en la historia 'e la humanitá" queremos decir "quizás la última era en la historia 'e la humanitá", si algún día se fastidia pque amaneció con el tupé torcío, y alivia las tensiones soltando unos cuantos pepinos nucleares así como pa' joer al mundo y sentirse un poquito mejor él mismo. Al menos van a ser wenos tiempos pa' Cine 9009 y Siglos Curiosos. Pque el festeje que nos dábamos a cuenta de George W. Bush, ya no nos lo pudimos repetir con Barack Obama, que en términos políticos fue un poquito diet-Bush, pero, well... el hombre era geek, apareció en comics de la Marvel, se llevó un Nobel pa' la casa por sus cohóne, y se tomó pics en la Casa Blanca con McKayla Maroney, y además era neg... er... afroamericano y por tanto agarrarlo pa'l chuleteo como que no es muuu políticamente correcto, así es que material pa' cashondeo, como que no nos daba musho, en realitá. Pero en fin, desde antes de asumir la Presidencia, ya Donald Trump apuntaba maneras. Se encachó con Meryl Streep, en plan matón 'e barrio, pque vale, la Streep lo refregó en los discursos 'e los Oscares, pero 1.- Ella no dio nombres y por tanto weón por haberse dado por aludío, y 2.- Joer, en una esquina una actriz con unos calvos doraos, y en la otra un multimillonario casi-Presi casi-Commandant-in-Chief con acceso al botón nuclear y además con así peazo bufete abogaos, como que no parece un duelo muuu justo. ¿Irá a ser Donald Trump la peor Presidencia de Estados Unidos? Quién sabe, pero ese es un tema interesante, así es que... vamos a por él.
Sólo a los yanketas puede ocurrírseles algo tan tratratrá como hacer un ranking 'e sus peores y mejores Presis. Vamos, ¿cómo demonios evalúas eso? ¿Por el crecimiento del PGB? ¿Por el respeto a los derechos humanos? ¿Por la cantidá 'e guerras que ganó tal o cual Presi? ¿Por la hegemonía yanketa en el mapa internazonal? ¿Por carisma? Al final, va a ser que eso de quién es el mejor y quién el peor Presi es casi tan subjetivo como mis comentarios de pelis en Cine 9009, que en el fondo es a gusto de quién opina, por más que se haga sentando cátedra. Pero los yanketas, siendo yanketas, no se iban a quedar por esto. Así es que les ha dado, cada X cantidá de años, por hacer encuestas sobre quiénes son los mejores y peores Presis: Schlesinger, la Federalist Society y el Wall Street Journal, Newsweek, C-SPAN, y unos cuantos más. Los mejores Presis, por regla general, terminan siendo... hmmm... a quién le importa. Estamos con ánimo de cashondeo hoy día, así es que a emprenderlas con... ¡¡¡LOS PEORES PRESIS!!! Queda más a tono con Trump, ¿no? Por aquello de "You're fired!", no se piense otra cosa.
De alguna manera no resulta sorprendente, pero el gran aporreao 'e la historia moderna es George W. Bush. El grueso 'e las encuestas lo ponen en el fondo del barril. Ninguna lo pone por encima del puesto 35. Los presis post Kennedy se llevaron lo suyo, aunque algunos agarraron mejor prensa dezpué. Ronald Reagan en particular fue muy mal valorado en su tiempo, pero se rehabilitó (de manera no merecida. Por decirlo en verso: ser neoliberal es ser subnormal). Pero en ningún caso con la consistencia del full de ases de mid-XXs: Roosevelt (FDR, no Theodore, claro), Truman, Eisenhower y Kennedy. En el fondo del barril aparecen consistentemente algunos nombres obvios. Andrew Johnson (no Andrew Jackson, ojo, aunque "Jack" sea diminutivo de "John"... ¡rarezas de la historia!), el tipo al que le sirvieron la victoria en bandeja (fue el sucesor de Lincoln, con la guerra civil ya ganá) y casi lo sacan con un impeachment por incompetente (por borracho no, a pesar de la leyenda, aunque parezque igual le gustaba el etílico en vaso, sino pque él republicano estaba listo con los esclavos, ya eran libres y pa' qué joder más, y su propio Congreso republicano lo quería sacar pa' eso, pa' proteger a los esclavos 'e la venganza 'e los antiguos patrones y la explotazón 'e la gentuza venida del norte a profitar de la derrota). Ulysses Grant, el general que ganó la Guerra Civil y una vez Presi lo único que hizo fue mirar pa'l lao mientras los ricachones se enriquecían explotando a los sureños derrotaos y al proletariado industrial del norte. Franklin Pierce, un tipo tan incompetente que LLEVÓ A SU PAÍS A LA GUERRA CIVIL (marrón que su sucesor, Abraham Lincoln, tuvo que comerse, claro). Y claro, Ricky Dicky Nixon, un tipo tan nefasto que el único historiador que lo defiende es Paul Johnson (que es más o menos como que Francisco Franco alabe a un país pque lo encuentra democrático, pa' que nos entendamos). Sospechosos habituales pa' cualquiera que sepa un poquito de historia de Estados Unidos. Pero, aquí lo interesante...
...hay un PERÍODO ENTERO de la historia yanketa en que los Presis tienen una reputación desastrosa. Una y otra vez, de manera machacona, las encuestas revelan que las Presidencias entre Andrew Jackson y Grover Cleveland (o sea, entre 1837 y 1885, UN JODIDO MEDIO SIGLO) son el nadir del Ejecutivo en Estados Unidos. Con la significativa excepción de Abraham Lincoln, por zuporto, que ganó la Guerra Civil. Y James Polk también, que ganó la Guerra contra México (ahí, el que sale mal Presi es el de México, supongo). Ganar guerras ayuda, parezque. Pero esta falta de prestigio no debe ser casualitá. Luego de Jackson, Estados Unidos vivió un progresivo eclipse del Ejecutivo, que empezó a caer en la sombra de un Legislativo cada vez más fuerte, que a su vez empezó a ser mangoneao por los partidos (a tal punto que cuando el sistema clásico de partidos colapsó bajo Franklin Pierce, un par de Presidencias dezpué Lincoln tenía que estar luchando por ganar una guerra civil. Los partidos políticos sirven pa'algo, quién lo diría). Luego de la guerra civil, la cosa siguió más o menos igual pque la política estaba entera cooptada por un club de ricachones millonarios que explotaban sin freno a un montón de pobretones, desharapaos e inmigrantes. Habrá que esperar hasta tipos como Grover Cleveland, Benjamin Harrison, William McKinley y Theodore Roosevelt, pa' que el Ejecutivo se ponga los pantalones, y se aboque a la principal crisis de su época, que era la cuestión social derivada de la industrialización. Toos ellos, no por casualitá, también buscaron fortalecer al Ejecutivo. Interesantemente, el salido Barack Obama también intentó impulsar una agenda social que se estrelló de lleno contra un republicanismo atrincherao en el Congreso... con un Donald Trump que promete un gobierno más personalista (y... ¿populista? ¿democrático? ¿protexionista? ¿Proxenetista? ¿Un parque temático con juegos de azar y mujerzuelas, de hecho, olviden el parque...? Chi lo sà...). Se vienen tiempos interesantes. Pero, claro, ya sabemos lo que quieren decir los chinos cuando te lanzan eso de que "ojalá que vivas tiempos interesantes"...
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jueves, 13 de diciembre de 2012
Los negocios de Barrabás.
Ya hemos mencionado en Siglos Curiosos que Chile fue el único país que ha tenido el privilegio de ser gobernado por Barrabás. Bueno, por alguien apodado así, que fue Francisco de Meneses Brito, y que como gobernador fue el azote de Chile entre 1664 y 1667. En realidad, la práctica totalidad de los gobernadores españoles del siglo XVII tuvieron una vena de corrupción, y si no la tenían personalmente ellos, sí que la manifestaban sus numerosos subordinados tanto en lo castrense como en la vida administrativa y civil. Pero ninguno llevó tan lejos el peculado como Francisco de Meneses.
En la época, el principal artículo de comercio de Chile era el sebo. Su principal mercado era, por supuesto, el Perú. Y sin embargo, debido a la enorme producción de sebo en Chile, el precio era bastante barato. Meneses y los suyos se olieron el negocio, y so pretexto de mejorar la balanza comercial de Chile, reglamentaron el comercio estableciendo cuotas de venta y fijando precios. Y para asegurarse de que dicha normativa se cumpliera, no se piense mal de la probidad de Meneses y los suyos, ¡oh, por supuesto que no!, el gobernador y los suyos gentilmente compraban el sebo a los productores locales chilenos, y lo enviaban al Perú en expediciones. Ni qué decir, a los productores se les compraba el sebo a un precio moderado y en bajas cantidades, y luego en Perú este mismo sebo se vendía a precio de oro... y la diferencia entre ambos precios iba a parar al bolsillo de Meneses y los suyos, claro está.
Los resultados fueron cataclísmicos. Júzguese que durante el improvisado estanco de Meneses, el precio del sebo subió de seis a siete pesos el quintal, a veintiocho y treinta la misma cantidad. El sebo tenía muchas aplicaciones en la época, y una de las principales era la elaboración de velas. Hablamos de un tiempo en que no existía iluminación eléctrica, de manera que podrá imaginarse lo que significaba estrangular la provisión de sebo para la vida civil y religiosa de la época. Los productores chilenos, por su parte, empezaron a arruinarse por no tener hacia dónde darle salida a su sebo, y recibir por sus escasas ventas una cantidad demasiado escasa de dinero. Los peruanos enviaron cartas e informes a España quejándose de la situación, mientras que Meneses respondía en sus memoriales que las regulaciones sobre el comercio del sebo era para proteger a los pobrecitos (y expoliados) agropecuarios chilenos, permitiéndoles mejorar sus ganancias obteniendo mejores precios por su sebo.
Por supuesto que Meneses no se detuvo ahí. A los capitanes de puerto comenzó a cobrarles permisos para zarpar, además de obligarlos a transportar su propia carga particular. Que el trigo para el ejército fuera objeto de peculado era costumbre durante la Colonia, pero Meneses fue innovador y emprendedor, y comenzó a intervenir en el negocio de las carnicerías de Santiago. Y para cubrirse las espaldas, vendió cargos en el cabildo de Santiago a los parientes de su esposa chilena, doña Catalina Bravo de Saravia, no por una suma determinada sino pagada en cómodas cuotas. Pero aunque Barrabás se había echado al cabildo de Santiago en el bolsillo, no pudo hacer lo mismo con el Obispo de la ciudad. A la larga, fue este enemigo el que consiguió su caída...
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jueves, 25 de octubre de 2012
Una resolución jocosa de un militar español.
Hace su tiempo atrás acá en Siglos Curiosos nos referimos a Mariano Osorio, el penúltimo gobernador español de Chile, quien ejerció entre 1814 y 1815, y su peculiar estilo para redactar resoluciones administrativas. Pero el historiador decimonónico chileno Diego Barros Arana se las arregla para recordar al respecto a un español llamado Tomás de Morla. No sólo Morla y Osorio eran ambos andaluces de terruño y militares de profesión, sino que además, Mariano Osorio había sido discípulo de Tomás de Morla en la Escuela de Artillería de Segovia. Sin embargo, la hoja de servicios de ambos resulta divergente desde la invasión napoleónica. Mientras que Osorio se unió a los patriotas que lucharon por expulsar al invasor francés, y después emprendió acciones militares en Latinoamérica al servicio de la Reconquista española, Tomás de Morla defeccionó del bando español y pasó a servir a los franceses.
Digamos también de paso, para terminar de perfilar a nuestro personaje, que Morla dejó para la posteridad un tratado sobre artillería en tres tomos, más un tomo adicional de láminas.
Pero no es por eso que traemos a colación a don Tomás de Morla, sino por una resolución que rescata Diego Barros Arana, en la que también se expresa en verso... Citando a otro historiador, Barros Arana dice que Morla era "bufón a veces en sus providencias". Y menciona como ejemplo la queja de un vecino de Sevilla, sobre que una academia de baile le resultaba molesta. La respuesta de Morla:
"Siga la danza
Baile el danzante,
Y tenga paciencia el suplicante. Morla"...
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domingo, 9 de septiembre de 2012
El juicio de residencia de Barrabás.
Ya hemos mencionado anteriormente en Siglos Curiosos que Chile tuvo el privilegio increíble de ser gobernado por... Barrabás. Bueno, no el Barrabás bíblico, por supuesto, sino por el ínclito Francisco de Meneses, cuyas tropelías y desmanes en su breve período como gobernador (1664 a 1668, aunque destituido de derecho a fines de 1667) hicieron bueno su sobrenombre. Ya hemos referido la trifulca que armó el susodicho nada más en su llegada a Chile, y para no desteñir, con trifulca también salió del cargo (cuando llegó el nuevo gobernador, Meneses básicamente intentó fugarse de Santiago a Concepción para usar el ejército de Arauco en un autogolpe de estado). Meneses fue apresado, y entonces comenzó el tema del juicio de residencia. Por si el amable lector no conoce o no recuerda el dato, el juicio de residencia era el procedimiento por el cual los altos funcionarios hispánicos debían entregar cuentas de su administración, y en donde por supuesto se exponían a que los perjudicados con la misma le demandaran, incluyendo la posibilidad de recobrar bienes que el gobernador hubiere confiscado para sí. Figúrense lo que significó el juicio de residencia para Barrabás... bueno, no se lo figuren, acá lo escribiremos con algún detalle.
En realidad, el juicio se complicó debido a que Meneses había creado un buen grupo de parciales durante sus tres años, con los consabidos métodos del que defrauda a tutiplén la hacienda pública, claro está. Y estos partidarios estaban muy interesados en que Meneses saliera bien librado, porque de lo contrario ellos mismos deberían restituir lo mal habido. Pero los perjudicados por Meneses eran tantos, que durante los siguientes tres años el caso Meneses ocupó toda la atención de los notables chilenos. Para evitar males mayores, el visitador Lope Antonio de Munive dispuso que Meneses fuera trasladado a Córdoba, en la región de Tucumán (entonces, recordemos, dependiente de la gobernación de Chile). Un fraile de la época nos deja esta perla sobre el alcance de la corrupción de Meneses y sus acólitos: "Hallábase con un millón de hacienda: no había en todo el reino de Chile, oro, plata, alhajas ni cosa preciosa que ya no parase en su poder. Su caballeriza se valoraba en cincuenta mil ducados: los frenos y estribos de plata los despreciaba por comunes y los mandaba labrar de oro: sus vajillas eran inestimables por lo rico y abundante". Exagerado, sin duda, pero da una buena idea de la impresión que el pillaje de Meneses dejó en sus sufridos gobernados.
En paralelo al juicio de residencia de Meneses, se le siguió otro a don Angel de Peredo, quien había desempeñado la gobernación de Chile de manera interina ANTES que Meneses, pero que aún no había sido sometido a residencia porque Meneses se había ensañado persiguiéndole con desprecio de toda legalidad. Peredo había sido un gobernador intachable y su juicio de residencia, que duró un año, terminó también ANTES que el de Meneses: fue recompensado con la gobernación de Tucumán, en donde fallecería algunos años más tarde, muy querido de sus gobernados. Camino a Tucumán, la expedición de Peredo debía cruzarse con la de Meneses, que el intertanto era llevado desde Córdoba a Santiago: consiguió Meneses a última hora que su ruta se desviara, para no sufrir la humillación de pasar en cadenas frente a su antiguo perseguido. Mientras tanto, Munive hacía lo imposible por embargar cuanto bien mal habido estuviera en poder de los partidarios de Meneses: se afirma que a tanto llegaban las exacciones, que el monto de estos embargos casi paralizó la vida económica nacional de Chile. El rigor de la persecusión fue morigerado por las influencias de los amigos de Meneses, y en particular de la familia de su esposa, doña Catalina Bravo de Saravia, que podía mover muchas influencias en Santiago. Meneses por su parte fue enviado a Arica primero, a Lima después, y a Trujillo al último, lugar en donde se le permitió a su esposa reunirse con él. Meneses falleció en esta última ciudad en 1672, el mismo año en que su causa judicial llegó al Consejo de Indias: pasaría aún otra década antes de que el Consejo de Indias terminara de procesar el expediente de Meneses (que estuviera muerto y por lo tanto fuera un tanto inoficioso aplicarle pena de cárcel, no significa que no debiera seguirse el juicio en atención al destino de los bienes e indemnizaciones que correspondieran al respecto).
Digamos para terminar algunas palabras sobre la familia de Meneses. Doña Catalina Bravo de Saravia era mucho más joven que Meneses, y le sobrevivió incluso hasta ver el cambio de siglo, viviendo con sus hijos de manera bastante desahogada en Lima. Uno de sus hijos salió astilla del mismo palo: Francisco de Meneses y Saravia. Nacido en Chile en 1666 o 1667, fue nombrado corregidor de Riobamba en la provincia de Quito. Para tapar sus exacciones y defraudaciones huyó a España, en donde valiéndose de sus relaciones y encanto personal obtuvo el cargo de Presidente de la Real Audiencia en Bogotá, lo que motivó nuevas acusaciones de corrupción. Sus dos hermanos, Fernando de Meneses y Bravo de Saravia y Alonso de Meneses y Bravo de Saravia, por su parte, ya bajo la administración de los Borbones, llegaron a ser gobernadores de Yucatán...
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jueves, 6 de septiembre de 2012
¡Barrabás Gobernador de Chile!
Muy despreciado y despreciable tiene que ser una persona para que en un medio tan profundamente católico como el Chile colonial, y aún el resto del Imperio Español, el mote que le acompañe desde joven sea "Barrabás". Y éste era el apodo que se había ganado con sus... er... barrabasadas, don Francisco de Meneses. Este hombre había hecho carrera en el ejército español, y combatido en Italia y Flandes, ganándose en este último lugar el aprecio de don Juan José de Austria. En 1663 recibió el nombramiento como Gobernador de Chile. En mala hora para Chile. La pura crónica de su llegada ya es una historia de ésas que solemos postear por acá en Siglos Curiosos.
Los mayores avatares de la peripecia fueron causados, era que no, principalmente por el carácter arrogante e impetuoso del personaje de marras. Meneses estaba obsesionado con que el capitán y el armador de la nave querían hacer contrabando, cosa que podría ser verdad o podría ser que no, habida cuenta de las condiciones del, ehm, "comercio" "legal" marítimo de la época. Partieron el 12 de Abril a Buenos Aires, y por el camino, Meneses se las arregló para hacer del crucero un infierno para todos, refregándole a todo el mundo que no le hacían suficientes honores como su rango exigía.
El 27 de Julio arribaron a Buenos Aires. Entonces, Meneses se emperró en quedarse a bordo de la nave, dispuesto a llegar a Chile vía Estrecho de Magallanes. La idea era muy mala, porque en la época Cuyo era todavía parte de Chile, y por lo tanto arribar a Santiago por la pampa argentina era una buena manera de conocer tales tierras que después eran un tanto descuidadas por los gobernadores de Santiago, y además porque el Estrecho de Magallanes tenía y tiene reputación de navegación difícil. Ni la acción combinada del Obispo de Buenos Aires y del Gobernador de Tucumán consiguieron convencer a Meneses. La situación adquirió ribetes dramáticos cuando Meneses se puso tan pesado, que la nave no tuvo otro remedio sino que zarpar con él, a lo que la artillería de tierra replicó disparando sobre la misma. Para insistir en lo obvio: los cañones de costa le disparaban a la nave que llevaba al futuro gobernador de Chile... por desobediente. La nave acabó varada en un banco de arena, y Meneses debió desembarcar con la cola entre las piernas. Por el momento.
Una vez en tierra, Meneses resultó tan complicado y pendenciero, que las autoridades de Buenos Aires le pusieron una guardia a su alrededor, supuestamente por protección, pero en realidad por arresto domiciliario. Después de su partida, ahora sí que por tierra, el 1 de Diciembre llegó a San Luis de Tucumán, ciudad argentina en la actualidad pero que en esa época era la ciudad (o poblacho más bien, hablamos de 1663 después de todo) más oriental del territorio chileno. Allí, aunque estaba prácticamente en un caserío, se hizo recibir de inmediato como Gobernador de Chile, aunque por supuesto aún no había jurado según protocolo. El 13 de Diciembre alcanzaba Mendoza, y allí dictó sus primeros actos de gobierno, dando patente del atolondramiento que iba a ser el resto de su gobernación. Finalmente, el 23 de Enero de 1664 entró en Santiago de Chile, pero gracias a una triquiñuela administrativa, consiguió obrar como gobernador en pleno sin pasar por lo que él parecía considerar la humillación de tener que prestar juramento de su cargo ante el Cabildo de Santiago, como correspondía por procedimiento. Se inició así una gobernación cargada de anécdotas muy sabrosas para la posteridad, pero muy desafortunadas para la pobre Gobernación de Chile, que debió soportar a semejante personaje con santa paciencia (y a veces no tan santa y no tan paciencia) hasta 1667. Baste decir por ahora que la cantidad de cargos que le levantaron con ocasión de su juicio de residencia fue tal, que al fallecimiento del susodicho en 1672 todavía no había recibido sentencia.
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domingo, 30 de octubre de 2011
Los juegos de Indira Gandhi.

El mundo entero miró con atención a la India el año 1966, fecha en que asumió el poder Indira Gandhi. Si cuatro décadas después la elección de Michelle Bachelet en Chile, o la que pudo haber sido elección de Hillary Clinton en Estados Unidos, todavía son tópicos por el tema de "si la nación está preparada para ser gobernada por una mujer", la India no se hizo problemas por ello. El día de la elección, cuando se hizo el anuncio en el exterior, la multitud preguntó jocosamente si "era niño o era niña"... (el otro candidato era varón). Pero de todas maneras, en un Parlamento de aproximadamente 500 miembros en la época, 59 de ellos eran mujeres. El grave error de los oponentes políticos había sido subestimar a Indira Gandhi. Rammanohar Lohia, virulento oponente contra Jawaharlal Nehru (padre de Indira), la llamaba "Gungi Gudiya" ("Muñeca Tonta"). Craso error.
Deberían haberle prestado más atención a la biografía de su oponente, porque los juegos infantiles de Indira Gandhi eran un tanto atípicos. Después de todo, ella era hija de uno de los más connotados líderes independentistas de la India, y por lo tanto, su padre se la pasaba más tiempo en la cárcel que con su familia. (Valga recordar que Indira Gandhi no tiene parentesco con Mahatma Gandhi, y la coincidencia de apellidos es sólo eso, coincidencia).
De esta manera, Indira Gandhi declaró después: "No recuerdo haber jugado con otros niños. Mi diversión favorita consistía en trepar sobre una mesa y endilgar tremendos discursos políticos a la servidumbre de la casa, congregada en torno mío"... Jugaba con muñecas, sí, pero lo que hacía era enviarlas a protestar en manifestaciones, punto en que aparecían otras muñecas que se llevaban a los manifestantes a la cárcel...
Por cierto, quizás valga la pena recordar que después Indira Gandhi sería enormemente cuestionada por mantener políticas de autoritarismo extremo, incluyendo dos años de estado de sitio entre 1975 y 1977. Y cuando reprimió manu militari a una sublevación de los sijs, terminó siendo asesinada a balazos en 1984 por dos de sus propios guardaespaldas, que profesaban esa religión... Y dejaré la evaluación de si fue o no una buena estadista, a la discreción de los lectores que averigüen más sobre ella.
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jueves, 1 de septiembre de 2011
Los decretos poéticos del gobernador Mariano Osorio.
Toda la parrafada anterior en realidad fue para enmarcar la curiosa tendencia que tenía Mariano Osorio, de entregar respuestas y emitir decretos o providencias no en la seca prosa legal característica de estos documentos, sino... véanlo ustedes mismos. A una consulta sobre si unos dineros fiscales eran para pagar a las tropas o para una fiesta pública: "Lo primero es lo primero, Osorio". A un patriota preso que pedía residir en su casa bajo fianza: "No quiero, Osorio". A un oficial que pedía permiso para pasar a Lima: "Buen viaje, Osorio".
Pero las resoluciones más célebres de Osorio, fueron las que pasó en verso. Un caso fue el del militar español Raimundo Sesé, realista que sirvió bajo armas patriotas y que, no pudiendo escapar después de la Reconquista, tuvo que justificarse ante el tribunal de vindicación. Sesé fue absuelto, pero la resolución tenía ciertas consideraciones que dadas las circunstancias, Sesé consideraba infamantes, por lo que éste, ni corto ni perezoso, apeló a Osorio. La respuesta fue:
Se encarga al interesado
que no revuelva lo que está tapado
Mejor aún fue la respuesta que se llevó don Juan Martínez de Luco y Aragón, un realista que como era moneda corriente entre los partidarios del antiguo régimen ahora restaurado, estaba a favor de los privilegios, en particular de los suyos propios. Resulta que cuando se intentaron imponer contribuciones a los bienes raíces, este hombre le pidió a Mariano Osorio una exención, basada en un antiguo privilegio. Mariano Osorio, seguramente tapado con varias otras solicitudes similares, le respondió, para regocijo de los vecinos de Santiago cuando se enteraron:
Como Luco y Aragón,
libre de contribución.
Como vecino y pudiente,
pagará al día siguiente... Osorio.
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jueves, 21 de octubre de 2010
Los censos y la censura.

Todos los países desde que la civilización es civilización, han necesitado herramientas para determinar cuánta población poseen. Hay dos razones obvias: en primera, saber cuántos ingresos pueden conseguirse por vía de impuestos (mientras más habitantes, y mientras menos privilegiados exentos de impuestos, más ingresos), y en segunda, saber cuántos hombres pueden ser puestos en pie de guerra, llegado el caso. Hasta el siglo V a.C., dentro de la República Romana, tales atribuciones estaban en mano de los cónsules, pero en dicho siglo fueron creados funcionarios especiales, encargados de hacer las listas de ciudadanos, o sea, el censo. Estos fueron los censores.
Como la legislación romana no era igualitaria, esto permitía imponer como pena para ciertos delitos, el perder los derechos ciudadanos. Entonces, había que tachar el nombre de la persona de la lista de los ciudadanos, labor que por supuesto le correspondía administrativamente al censor. El fundamento era que los derechos cívicos sólo podían corresponderle a personas de moral probada, o de lo contrario la República decaería. Así, la censura se extendió a ciertos delitos, al lujo inmoderado, incluso al descuido y la negligencia, y particularmente a lo que podríamos llamar "decencia" y "buenas costumbres". Como estas actividades implicaban que el censor intervendría, podía calificárselas como "censurables", y de ahí que se diera el salto desde el censo demográfico a la censura como actividad destinada a mantener la moral y las buenas costumbres (cercenando la libertad de expresión, claro, pero nadie dijo que fuera a ser bonito, ¿no?).
En los tempranos tiempos del Imperio, bajo el gobierno de Octavio Augusto (31 a.C. a 14 d.C.), la censura fue absorbida por el poder del Emperador. Hubo algunos intentos de volverla a instaurar, ahora ya no en su faceta demográfica, sino para promover la reforma de las costumbres. En fecha tan tardía como 250, cuando ya todos los ciudadanos del Imperio eran iguales ante la ley (salvo los esclavos, que jurídicamente no eran personas sino cosas), aún el Emperador Decio, empeñado en recobrar las antiguas virtudes cívicas por encima del caos en que el Imperio estaba cada vez más sumergido (y del que, entre los siglos II y V en que el Imperio Romano decayó, ya no se recobraría), nombró a Valeriano como censor. El nombramiento duró tanto como el gobierno de Decio, que como otros Emperadores de su tiempo, tuvo un período deprimentemente corto (249 a 251, en concreto). Muerto Decio, la censura volvió al arcón polvoriento de los recuerdos. Aunque regímenes políticos de variado tipo y calibre, hasta el mismísimo siglo XXI siguen nombrando sus propios censores con el pretexto de "vigilar la decencia y las buenas costumbres"...
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jueves, 10 de junio de 2010
La capital de Nueva York no es Nueva York.

Como suena. Si a la gente se le preguntara cuál es la capital de Nueva York, todos dirían, como si fuera la respuesta más obvia del mundo: pues, Nueva York, ¿verdad? Y la respuesta es un rotundo NO. Y no es una pregunta capciosa, tampoco. Porque podría pensarse que estamos hablando de la ciudad de Nueva York, y en ese caso la respuesta sería obvia: Nueva York no puede ser la capital de Nueva York porque una ciudad no puede ser capital de sí misma. Pero por otra parte, debemos recordar que Nueva York es uno de los 50 Estados de la Federación en Estados Unidos. Y el Estado sí debería tener una capital. Que, repetimos, no es Nueva York.
En realidad, si en la fecha actual un Presidente de los Estados Unidos decidiera corregir el mapa administrativo de su país, relocalizaría la capital de Nueva York en Nueva York precisamente, que no por nada es la ciudad más importante del Estado, y por fuerza tiene que serlo, siendo también probablemente la ciudad más importante del mundo, entre otras cosas porque importantísimos aportes a la cultura mundial como Woody Allen o "Sex and the City" han salido de allí. Pero no es la capital por razones históricas, y he aquí donde entroncamos con Siglos Curiosos. Porque Nueva York no fue la primera ciudad que surgió en el territorio que actualmente es el Estado de Nueva York. Ese honor, el primer asentamiento europeo en la región, le corresponde a Albany. La ciudad de Albany fue colonizada en fecha tan temprana como 1540, si bien fue recién en 1624 que, por obra de los holandeses, Albany pasó a ser sede permanente de colonos europeos (si bien bajo los holandeses se llamaba Beverwyck). Albany (bueno, Beverwyck) no es sólo la más antigua ciudad de la zona, sino también el más antiguo asentamiento que actualmente sobrevive, de los que alguna vez integraron las Trece Colonias. Pero su nombre actual data de 1664, cuando los ingleses adquirieron dichas tierras de manos holandesas. En esas fechas pasaron a manos inglesas tanto Nueva York como Albany (ambas holandesas). Y en honor de Jacobo Estuardo (príncipe en ese entonces, y futuro rey Jacobo II de Inglaterra a partir de 1685), Nueva Amsterdam fue rebautizada como Nueva York, y Beverwyck como Albany. La razón: Jacobo Estuardo ostentaba los títulos tanto de Duque de York como de Duque de Albany, en Inglaterra.
Y ahora viene lo más interesante de todo, que es la razón del predominio de Albany sobre Nueva York en la época colonial. El asunto es que ambas ciudades se fundaron en el Río Hudson. Pero mientras que Nueva York era el puerto de la desembocadura, Albany se fundó en el punto más interior al cual los colonos podían arribar navegando Hudson arriba. En esa época, recordemos, los barcos tenían un calado insignificante en comparación a los grandes cargueros actuales, a los cuales les sería imposible no sólo remontar el Hudson, sino casi cualquier otro río del mundo. Por lo tanto, Nueva York se transformó en apenas un lugar de paso y un punto que era forzoso colonizar para proteger la ruta comercial, pero ésta iba desde Holanda hasta Albany, y siendo Albany la terminal (el punto en el cual las mercancías pasaban a la ruta terrestre, controlada por supuesto por los indígenas), es obvio que prosperó más Albany que Nueva York.
Pero esto cambió en la época de la independencia y en tiempos inmediatamente posteriores, en que los yankis pasaron a controlar las rutas terrestres, y por lo tanto, Albany como puesto de intercambio comercial perdió importancia. Al mismo tiempo, la industrialización a mansalva llevó a las ciudades a necesitar mano de obra barata, y aquí es donde Nueva York le cobró ventaja a Albany, que por estar río adentro, recibía apenas las goteras de las oleadas de inmigrantes que desembarcaban en Nueva York, y que ahí se quedaban. En 1857, Nueva York se transformó en la tercera ciudad del planeta en alcanzar el millón de habitantes (después de Londres y París, y no demasiado después que ellas), y el resto es historia. Pero aunque desplazada, y después engullida por el voraz crecimiento de Nueva York (en el fondo una única gran ciudad que va desde Nueva York hasta Washington), por pura inercia administrativa Albany siguió conservando un sitial de privilegio que en los hechos hacía tiempo que había perdido. Y así es como llegamos a una actualidad en la que, de una manera quizás un tanto fantasmagórica, Nueva York no es la capital de Nueva York...
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domingo, 18 de octubre de 2009
La caída en desgracia de Fouquet.

Nicolas Fouquet (1615-1680) fue el Superintendente de Finanzas de Luis XIV. Vale decir, en otras palabras, el hombre que administraba sus dineros. Nacido en la nobleza, su posición con los años se fue fortaleciendo cada vez más. En 1653, bajo el gobierno del Cardenal Mazarino (Luis XIV ya era rey de Francia, pero en los hechos era Mazarino quién tenía la última palabra sobre todo), pidió y obtuvo para sí la superintendencia en cuestión. En los años siguientes, y de manera un tanto sospechosa, la fortuna personal y los gastos extravagantes de Fouquet se incrementaban, al tiempo que las finanzas del reino eran cada vez más confusas y inoperantes. Miren qué coincidencia, ¿eh?
En 1661 falleció el poderoso Mazarino, y Fouquet vio llegada su oportunidad. Desde inicios de siglo que Francia había estado realmente en manos de los validos: Richelieu primero y Mazarino después. ¿Por qué no iba a haber un tercer valido después de los dos? Para asegurarse la posición, Fouquet invitó a Luis XIV, a la reina madre, a la corte de París (en esa época no existía aún el Palacio de Versalles) y a Luisa de La Vallière (amante oficial del rey) a una fiesta, a celebrarse el 17 de Agosto de 1661. Fouquet no escatimó gastos. La cena estaba a cargo de Vatel, uno de los más reputados gastrónomos de todos los tiempos, de cuyo perfeccionismo se dice que se suicidó en una ocasión en que un pescado no llegó a la mesa a tiempo. El ballet que se presentó fue compuesto, nada más y nada menos, que por el gran dramaturgo Molière, escenificado por el pintor Le Brun, y con música del compositor Jean-Baptiste Lully, todos ellos la crème de la crème del arte francés de su tiempo. Hubo también fuegos artificiales, y magníficos regalos para los presentes. El derroche que Fouquet hizo en aquella jornada, se hizo legendario.
¿Qué pretendía Fouquet con todo esto? ¿Congraciarse con el rey y conseguir el nombramiento? ¿Amenazarlo veladamente con su propio vasto poder económico? En cualquier caso, el tiro salió mal. Luis XIV había pasado por la muy traumática experiencia de la Fronda, una revuelta en la que los nobles habían estado cerca de aherrojar a la monarquía de la misma manera en que los ingleses le habían impuesto un Parlamento a su Rey, y no estaba dispuesto a dejar que le atropellaran de esa manera (¡o peor aún, le derrocaran!) una panda de nobles insurrectos que se consideraban en más que su propio monarca. En vez de agradarse con el homenaje, o de sentirse intimidado, Luis XIV concibió un sordo resquemor contra Fouquet, que fue determinante en su caída. Tres semanas después, de manera casi subrepticia, Fouquet fue arrestado por el capitán D'Artagnan (en este D'Artagnan histórico se inspiró Alejandro Dumas, siglo y medio después, para escribir "Los tres mosqueteros"). Pasó todo el resto de su vida (casi veinte años, según los registros oficiales) en prisión. Y murió en ella, claro está.
Hasta el día de hoy, los eruditos no consiguen despejar de dudas un misterio adicional respecto de Fouquet: en su misma prisión y más o menos en la misma época que él, apareció el "Hombre de la Máscara de Hierro". Alejandro Dumas, en su historia "El vizconde de Bragelonne" (tercera parte de la saga iniciada con "Los tres mosqueteros"), le hace el hermano gemelo de Luis XIV. Se ha supuesto que el Hombre de la Máscara de Hierro sería el propio Fouquet, o bien uno de sus sirvientes. En cualquier caso, si bien parece haber una conexión entre ambos personajes, la naturaleza de la misma es algo que permanece en el misterio.
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domingo, 4 de octubre de 2009
El Tabularium de Roma.

Parte importante del funcionamiento de cualquier Estado de tamaño medio hacia arriba, descansa en un adecuado sistema de registros de sus actos públicos. El Imperio Romano, que en su momento de mayor expansión iba desde Escocia hasta Mesopotamia, no podía ser la excepción. Y los romanos, diligentes y organizados como solían serlo en todo, desarrollaron también su propio sistema de registro burocrático. Después de todo, en la época no existía el papel, el papiro era fragilísimo, y los pergaminos no eran baratos. La solución que encontraron: planchas de metal.
En el siglo I a.C. era obvio que el aparato estatal de la República Romana estaba esclerotizado, diseñado para controlar apenas un puñado de territorios en circunstancias que los romanos se habían extendido por el mundo. Como parte de las reformas más urgentes, se decidió la construcción de un edificio en que estuvieran centralizados los decretos del Senado, y hacer así más eficiente la gestión gubernamental. Y como eficiencia era el lema romano, se trajeron ocho columnas de un templo más antiguo dedicado a Saturno, el Aerarium, que era también el Tesoro estatal, de manera que ambas funciones pasaron a estar más o menos unificadas.
El procedimiento era el siguiente. Una vez emitido un decreto del Senado, se mandaba a confeccionar en una plancha. Esta era generalmente de bronce, por razones económicas obvias, pero a veces, en ocasiones sumamente especiales, y como una especie de homenaje supremo podían ser hechas en oro o en plata (como fue el caso de algunos honores extraordinarios que se concedieron a Julio César). Legalistas como eran los romanos, decidieron que el decreto carecería de todo valor, hasta que la plancha respectiva estuviera guardada en el Tabularium (un poco como, hoy en día, se entiende la ley vigente desde el momento en que ésta se publica).
De esto se aprovechó Tiberio (Emperador entre 14 y 37 después de Cristo) para reforzar la autoridad del Emperador sobre el Senado, ya que dispuso que los decretos del Senado debían esperar diez días, antes de ser ingresados al Tabularium. La razón más obvia es que si el Emperador estaba ausente, tendría tiempo de imponerse a las medidas del Senado, y eventualmente cambiarlas, lo que podía ser la diferencia entre la vida y la muerte (por ejemplo, con decretos del Senado ordenando la pena capital). Un motivo más soterrado, pero bastante claro, es la sorda lucha emprendida por los Emperadores para arrebatarle al Senado sus últimos restos de poder, reduciendo con esta medida al Senado casi a la inoperancia.
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domingo, 20 de septiembre de 2009
Liándose con la numeración de las regiones de Chile.

La historia de la regionalización de Chile tiene sus estos y sus aquellos. Porque el intento por perfeccionar el sistema ha generado algunas situaciones que, bien miradas, pueden ser calificadas de bochornosas en términos de imagen. Hagamos un breve resumen para explicarnos. Desde que Chile empezó el proceso de autonomía (1810) que remataría en la independencia plena (1818), que surgieron tres grandes regiones: La Serena al norte, Santiago al centro y Concepción al sur. Los dos últimos fueron más importantes porque entre ambas ciudades estaba el grueso de la actividad económica chilena. Hubo varios intentos por organizar el país en más o menos territorios, hasta que se montó una organización por provincias. Esta resultó bastante eficaz porque Chile inició una fuerte expansión territorial (anexión de Magallanes en 1843, de la Araucanía en 1881, del Desierto de Atacama en 1884, de la Isla de Pascua en 1888), y bajo este sistema, era simplemente cuestión de ir creando sucesivas provincias a medida que nuevos territorios debían ser organizados. Las provincias, destaco esto para lo que viene a continuación, tenían nombres, pero no se les había asignado ninguna numeración.
Pero como el sistema fue complicándose (llegaron a existir 25 provincias), durante el gobierno militar de Augusto Pinochet se decidió reformular el sistema entero desde cero. Aprovechando que desde la fijación de sus fronteras definitivas, a caballo entre los siglos XIX y XX, Chile tiene una estructura alargada de norte a sur, segmentaron el país en trece regiones. Y aunque les designaron nombres, con mentalidad típicamente militar les asignaron también un número romano del 1 al 12 (o del I al XII, mejor dicho). Y para hacer más interesante el berenjenal, la Región Metropolitana de Santiago quedó sin número, aunque coloquialmente (no en forma oficial) se la llama la "Región número 13". (Se hizo lugar común llamar "Región XIV" a los chilenos residentes en el extranjero, bastante abundantes desde 1973 por razones de dominio público).
El asunto es que los redactores de la Constitución de 1980 decidieron no hacer alusión a la regionalización, y así darle flexibilidad al sistema, permitiendo que fuera cambiado por ley, en vez de introducir una reforma constitucional. Pero se les fue un detalle. Porque en la primitiva Constitución se creó un sistema que vinculaba los cupos en el Senado a las regiones, y anotaron explícitamente que habrían senadores "en atención a las trece regiones del país". Y listo: ahora, si querían crear o suprimir una región, había que intentar nada menos que una reforma constitucional...
La Constitución se cambió finalmente en el año 2005, suprimiendo la alusión a las "trece regiones", y al año siguiente, en 2006, se crearon dos nuevas regiones: las regiones XIV (Arica y Parinacota) y XV (de los Ríos). Y como hubiera sido un lío cambiar la numeración, el esquema correlativo de numeración de norte a sur se rompió. Porque ahora Chile, de norte a sur, parte con la Región XIV (¡¡!!), y LUEGO viene la Región I (de Tarapacá). Luego vienen todas las regiones en orden, salvo la Región Metropolitana, que sigue sin número (¡aunque debería ser llamada la Región XIII! ¡Ni que quisieran evitar ponerle número por superstición contra el 13!), hasta la Región IX (Araucanía), que da paso a la región XIV (de los Ríos), y luego a la X (de los Lagos), para rematar con las Regiones XI y XII.
Déjenme ser más claro con un ejemplo. ¿Qué opinarían ustedes si leyeran una novela de quince capítulos cuyo primer capítulo se numera 14, sigue con el capítulo 1 (que es el segundo, en realidad), sigue con todos los capítulos desde el 2 hasta el 5, luego viene uno intermedio sin número, siguen los capítulos en numeración correlativa desde el 6 hasta el 9, el siguiente se numera 15, y después siguen los capítulos 10, 11 y 12, y por ninguna parte hay un capítulo numerado como 13...? ¿Acaso no pensarían que ese novelista es en realidad un chapucero...?
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jueves, 17 de septiembre de 2009
El baile del período presidencial chileno.

Una de las vergüenzas en la aplicación de la Constitución de 1980, en Chile, es el baile desvergonzado de períodos presidenciales. Sin acercanos a breves períodos de inestabilidad política (1826 a 1831, la Guerra Civil de 1891, y el período semiestable de 1924-1932), y salvando la tan estable como, ejem, poco constitucional dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), en Chile casi todos los Presidentes de la República han conseguido completar sus respectivos períodos. Bajo la vigencia de la Constitución de 1833, el período presidencial era de cinco años, y así fue entre 1831 y 1925. A la vez, este período era reelegible hasta 1871, lo que dio origen a los llamados "decenios" (José Joaquín Prieto en 1831-1841, Manuel Bulnes en 1841-1851, Manuel Montt en 1851-1861, José Joaquín Pérez en 1861-1871). Todos los años en que cambiaba un período presidencial, terminaban en consecuencia en "1" o "6". Esto cambió en 1910 porque Pedro Montt, quien estaba en su cuarto año de Presidencia, falleció en su mandato (según algunos, por un insigne yetador argentino... ya lo referimos en Siglos Curiosos), y a partir de entonces los años de cambio de período presidencial pasaron a estar terminados en "0" o "5"...
La Constitución de 1925, por su parte (que no llegó a ser realmente operante sino hasta 1932, en lo que a institucionalidad política se refiere al menos), fijó un período presidencial de seis años. Arturo Alessandri Palma lo completó (era su segundo período presidencial, y lo cubrió desde 1932 a 1938). Sus dos sucesores, por el contrario, fallecieron de causas naturales ejerciendo el mando supremo. A partir de 1946 los sexenios se sucedieron sin interrupción (Gabriel González Videla, el segundo período de Carlos Ibáñez del Campo, Jorge Alessandri y Eduardo Frei), hasta que Salvador Allende fue derrocado en 1973, a mitad de su período.
Una de las primeras labores a que se abocó la Junta de Gobierno fue la creación de una nueva Constitución Política. La Comisión Ortúzar se decantó por un período de ocho años, pero el Consejo de Estado recomendó, por 15 votos y una abstención, seguir con el período presidencial de seis años. A su vez la Junta de Gobierno (o sea, Pinochet y los suyos) desestimaron esto, y el período quedó fijo en ocho años. El primer período iba a ser cubierto por Pinochet mismo, por supuesto, y en vez de haber elecciones en 1988, habría un plebiscito. El plebiscito fue rotundamente negativo para Pinochet (la historia del plebiscito también la referimos en Siglos Curiosos), y se fijó un cronograma para entregar el mando en 1990, no sin antes (primera reforma), rebajar el período presidencial a seis años sin reelección, más un primer período (segundo en realidad) que sería de cuatro años sin reelección. Así, Patricio Aylwin fue Presidente de Chile entre 1990 y 1994.
El cambio creó un enorme desajuste electoral, porque el período de los diputados era (y sigue siendo) de cuatro años, y el de los senadores de ocho, de manera que las elecciones presidenciales y parlamentarias en el sistema antiguo coincidían. Pero cambiando el período presidencial, el cronograma de elecciones se desbarajustó, sometiendo al sistema político chileno desde 1990 a una alta rotativa de elecciones. Para complicar más el panorama, sólo dos Presidentes gobernaron seis años (Eduardo Frei Ruiz-Tagle desde 1994 a 2000, y Ricardo Lagos Escobar desde 2000 a 2006), porque para cuando Michelle Bachelet asumió la Presidencia, otra vez se había rebajado el período a cuatro años... y una vez más sin elección. Por lo que constitucionalmente un Presidente ha gobernado ocho años (Pinochet, desde 1981 a 1988, aunque no entregó el mando en 1989 sino en 1990... y sus siete años anteriores fueron con la Constitución de 1925 suspendida), dos gobernaron seis años (Frei Ruiz-Tagle y Lagos) y dos cuatro años (Aylwin y Bachelet, si completa su período en 2010). ¡Y todo eso en apenas treinta años de Historia Constitucional! Cierto es que Chile es más estable políticamente que muchos países de la región, pero podemos suponer que en democracias más perfeccionadas, no hay tanto baile con la duración del período presidencial. En Estados Unidos, por ejemplo, desde 1800 todos los períodos presidenciales han sido de cuatro años sin excepción...
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jueves, 22 de mayo de 2008
La estructura política del Imperio Azteca.

De entrada, el Imperio Azteca era cualquier cosa, menos centralizado. Esto se entiende mejor si se considera que los aztecas no eran sino una tribu más de las varias chichimecas que pasaron desde algún punto en los actuales Estados Unidos, hasta el Valle de México. Las tribus chichimecas nunca abandonaron del todo su vieja organización tribal, hasta el punto que las políticas públicas se confundían con el patrimonio y los asuntos privados de la familia real; la monarquía era, por cierto, electiva, rasgo éste reminiscente de organizaciones tribales en las que el líder no sólo debe tener derecho al trono, sino imponerse en él.
Durante mucho tiempo, las tribus aztecas vivieron sometidas al poder de la tribu de los tepanecas, que se habían hecho fuertes en Azcapotzalco, y para quienes trabajaron durante mucho tiempo como mercenarios. Sin embargo, cuando consiguieron rebelarse y doblegar a Azcapotzalco en 1428, fueron tres ciudades las que tomaron el control: Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán. Esta es la génesis de la llamada Triple Alianza. Porque en verdad el Imperio Azteca no era un imperio, sino una confederación. Y el control que Tenochtitlán, la gran capital azteca, ejercía sobre otros territorios, no era administrativo ni militar: en muchos casos, después de conquistar las ciudades, en vez de someterlas a gobierno directo reinstalaban a los reyes que ellos mismos derrocaban, a cambio de que éstos en adelante fueran sumisos y pagaran un tributo anual a Tenochtitlán. Y ésa es toda la magnífica organización imperial azteca.
A lo largo del tiempo, Tenochtitlán fue prosperando sobre sus dos congéneres. En 1502 se produjo un cambio radical, cuando en vez de elegirse como tatloani a un jefe militar, fue elegido un sacerdote: Moctezuma II. ¿Habría devenido este proceso en una reorganización administrativa? ¿Habría llegado con él, el Imperio Azteca, a ser de verdad una organización imperial centralizada como las de toda la vida? Eso jamás lo sabremos. En 1519, Moctezuma II recibió la visita de un puñado de conquistadores españoles que a sangre y fuego (y pólvora) se impusieron sobre los aztecas, y anexaron su federación al más vasto Imperio Español. Mesoamérica recibió entonces una organización imperial en forma, pero ésta vino de manos extranjeras, españolas, y no de parte de los propios aztecas.
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