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jueves, 7 de julio de 2011

Un par de mesías cabalísticos.


Aunque un mantra clásico de la educación en cuestiones históricas señala que el Renacimiento es el tiempo de la emergencia del Humanismo, el racionalismo, el secularismo, etcétera, lo cierto es que por debajo de las elucubraciones de algunos idealistas seguía siendo una época eminentemente religiosa. Incluso muchos intelectuales eran gente religiosa que hacía vida intelectual "a la moderna" para los antiquísimos fines de la religiosidad de toda la vida. Por tanto, al lado del humanismo florentino existió una enorme cantidad de nigromantes, ocultistas y charlatanes de lo esotérico que se hicieron la América. Entre ellos hubo dos cabalistas hebreos que en el tardío Renacimiento, finales del XVI y comienzos del XVII para ser más precisos, que se lanzaron a la aventura del mesianismo.

Entre la ristra de gente que pupuló alrededor de lo oculto en el tiempo antedicho, destacó en particular un tal Isaac Luria, un cabalista judío que revolucionó de arriba abajo toda la doctrina de la Cábala hebrea y es considerado de los grandes en el rubro. Un aspecto central de las doctrinas de Luria fue el tema del mesianismo (no el mesías cristiano o el Cristo, por supuesto, sino el mesías davídico hebreo). Algunos consideraron que el propio Luria era el mesías, aunque esa idea a la postre no prendió.

Uno de los más importantes discípulos de Luria fue Haïm Vital, nacido en la ciudad italiana de Calabria en 1543, y que al igual que los italianos de Rhapsody of Fire respecto del Heavy Metal nórdico, es más over-the-top, ligeramente más ridículo, y también su poco más entrañable que sus maestros. Este era un tipo raro que tenía visiones y todo, y que se convenció de una manera u otra que su maestro en verdad era el mesías, y que se revelaría en 1575. Es comprensible que se quedara un poco confuso cuando Luria falleció en 1572. Vital le dio entonces un par de vueltas al asunto, y llegó a una increíble conclusión: ¡Luria no era el mesías porque el propio Vital en realidad lo era! Pero guarda silencio: en la tradición hebrea el mesías no puede proclamarse, sino que DEBE ser reconocido y proclamado por los demás (judíos, claro). Por eso, se guardó su sentimiento mesiánico para su propio capote, no diciéndole a nadie su extraordinaria conclusión. Por eso, grande fue su sorpresa cuando en 1574 le visitó un tal Abraham Shalom que... ¡le dice que es el mesías! Shalom le explicó al atónito Vital que éste no era el mesías (Shalom lo es) sino el precursor del mesías, aquél que debe anunciar su llegada. Abraham Shalom le ordenó entonces a Haïm Vital que fuera a Jerusalén a cumplir su misión de proclamar al mesías. No era un viaje tan largo (todo lo antedicho transcurre en Safed, una ciudad palestina entonces bajo dominio del Imperio Otomano), pero aunque desconocemos la respuesta, no es demasiado difícil adivinarla, dado lo que sucedió después (básicamente: nada).

1575 llegó y se fue, y no se produjo ningún acontecimiento que significara la Revelación. Pasaron los años, y Haïm Vital esperó, y esperó, y esperó... En 1612, casi en la setentena y ya muy enfermo, decidió no aguardar más, y escribió un libro en que explicó al mundo que él era el mesías prometido, que lo sabía desde hace 40 años, y que sus sueños y visiones eran la prueba. Por alguna razón, los cuatro gatos que leyeron el texto en la comunidad hebrea no se convencieron demasiado sobre lo firme de las pruebas argüidas por Vital. Tampoco Haïm Vital pereció tan de inmediato como pensaba: el bochorno duró hasta 1620, año en que finalmente falleció, en la ciudad de Damasco. Han pasado casi cuatro centurias desde eso, algunos otros hebreos intentaron presentarse como el mesías, y en definitiva la vida sigue igual...

jueves, 24 de febrero de 2011

César contra César.


Hoy en día, el título de Emperador se encuentra enormemente devaluado. Incluso en Ciencia Ficción, cuando se pretende referir a un gran señor galáctico, se le da el título de Emperador como si tal cosa (por ejemplo, el Emperador de "El regreso del Jedi" o el Emperador Padishah de "Dune"). Pero en términos históricos, el Emperador era el señor supremo del más grande de los imperios conocidos por la mitad occidental de Eurasia, a saber el Imperio Romano, y por lo tanto, sólo podía corresponderle a sus herederos... y a un solo heredero en particular (de ahí que fuera tan violento el acto de Napoleón Bonaparte, de coronarse él mismo Emperador en 1804 a despecho del Emperador de Austria). Algo similar ocurre con el título de "César", que se suponía sólo podía ser aplicado al heredero del Imperio Romano. Y como Imperio Romano había uno, también se suponía que debía haber un solo César. Por eso, una de las curiosidades históricas más interesantes en materia de títulos, es que durante trescientos años hubiera en Europa dos Césares... y ambos, a su manera, ilegítimos.

Hagamos un poco de historia. El Imperio Romano se conservó unido (con sus baches, eso sí) hasta el año 395, en que se fraccionó en Oriente y Occidente. Cuando el Emperador de Occidente fue depuesto en 476, el Imperio de Oriente reclamó para sí el derecho exclusivo a la herencia romana, y de hecho, se consideraba a sí mismo como el Imperio Romano por antonomasia, seguido en tierras bizantinas. Por eso, los bizantinos encajaron muy mal que en la Navidad del año 800, el Papa León III coronara a Carlomagno, el rey de los francos, como Emperador de Occidente. Pero ninguno de los dos, ni el Emperador carolingio ni el Emperador bizantino, tenían tanto poder para invadir al otro y reclamar el título manu militari, de manera que el tema se manejó a nivel de desprecios y ninguneos diplomáticos hasta que en 1453, el Imperio Romano de Oriente cayó en manos de los turcos.

Mientras tanto, el Imperio de Occidente fue acercándose peligrosamente al este. En 843, el Imperio Carolingio fue partido en tres regiones (Francia, Alemania, y una franja intermedia que fue la Lotaringia). El título de Emperador de Occidente fue retenido por Lotario (el rey de Lotaringia), pero cuando la sucesión lotaringia se extinguió a comienzos del siglo siguiente, el título quedó en el frigorífico por cerca de medio siglo, hasta que Otón de Alemania consiguió hacérselo en 962. Ahora, el Imperio de Occidente (o el Imperio a secas, en realidad) era Alemania, hasta el colapso y hundimiento de la Dinastía Hohenstaufen a mediados del siglo XIII. La reconstrucción imperial vino de la mano de la Casa Habsburgo, cuyos dominios hereditarios estaban en Austria. Sigamos la ruta: desde Francia saltamos al este, a Alemania, y de ahí más al este aún, a Austria. Durante los siglos XIV y XV, el título imperial fue decayendo, hasta que en 1526, después de la Batalla de Mohacz (una importantísima victoria turca que casi les granjeó la conquista de Europa Central), y como solución de urgencia, el título imperial fue restaurado, pero ahora con base en el eje Austria-Hungría (con todo, el Imperio Austrohúngaro como tal sólo surgió en 1867, por motivos completamente ajenos a lo que estamos refiriendo ahora).

Mientras tanto, podía suponerse que después del fin del Imperio Bizantino en 1453, abatido a manos de los turcos, el título de Emperador en Oriente moriría en definitiva. Pero no fue así. Los otomanos tuvieron el tacto suficiente como para proclamarse Césares en lugar del César, y de esta manera heredaron el título, aunque no fuera sino por derecho de conquista. Por lo tanto, a partir de 1526, con otomanos y austríacos puestos frente a frente en el campo de batalla, se dio la circunstancia insólita de que a un lado de la trinchera estaban los turcos, que obedecían a un sultán que a la vez era el Kaisar-i-Rum (el "César de los romanos", en turco), y por el otro estaban los austríacos que obedecían a la Caesarea Majestas ("Majestad Cesárea" en latín). Estado de cosas que se prolongó hasta el estallido de los nacionalismos balcánicos en el siglo XIX. Por cierto, ya arrojados en la pendiente de una imparable decadencia, ambos imperios unieron fuerzas en una misma coalición, con Alemania, durante la Primera Guerra Mundial, y después de la misma, acabó la carrera histórica de ambos "Césares"...

domingo, 1 de agosto de 2010

Los griegos eran los verdaderos romanos.


Hoy en día, cuando concebimos al Imperio Bizantino, lo pensamos fundamentalmente como un "imperio griego". A pesar de que éste nació de las cenizas del Imperio Romano de Oriente (puesto gravemente en compromiso y aún en trance de desaparecer durante el siglo VII), lo cierto es que hacía mucho tiempo que el latín había sido reemplazado por el griego, y esto había implicado un enorme cambio cultural. La cultura bizantina, por hablar en plata, no tenía nada que ver con la cultura romana de la que se supone venía el Imperio Bizantino como heredero del Imperio Romano. Pero interesantemente, los propios bizantinos no se veían así, y de manera más interesante aún, los griegos tampoco, o por lo menos no hasta el advenimiento de la Gran Idea (Μεγάλη Ιδέα) del siglo XIX, de crear un Estado Nacional Griego que reuniera a toda la etnia griega, sobre el cadáver del multinacional Imperio Otomano (los "turcos" de toda la vida).

A pesar de que el Emperador del Imperio Bizantino se llamaba a sí mismo con un título griego (Βασιλεύς o "Basileus", "Rey" en griego, a partir de Heraclio en el siglo VII, y después "Αυτοκράτωρ" o "Autokrator", traducible libremente como "Señor Supremo" después), lo cierto es que se consideraban legítimos sucesores del Emperador de Roma. Cuando el Papa León coronó a Carlomagno como "Emperador de Occidente" y pretendió restaurar el Imperio Romano en el año 800, los Emperadores de Bizancio protestaron vivamente, y nunca reconocieron lo que consideraban una usurpación de su legítimo título. Las tierras del Imperio Bizantino recibía el nombre de "Romania", y los propios griegos se llamaban a sí mismos "romaioi", hasta el siglo XIX como ya dijimos.

Y más interesantemente aún, esta concepción se extendió hacia el este, hacia los pueblos islámicos, para quienes la Europa Occidental era apenas una tierra borrosa en los márgenes de su percepción geográfica (y con razón, porque el Imperio Bizantino estaba mucho más desarrollado económica y políticamente que los atrasados territorios feudales de Occidente), y que por lo tanto adoptaron esta manera de ver a los bizantinos. Así, los dominios del Emperador bizantino pasaron a ser "Rum" y sus habitantes fueron los "rumis". Y el Emperador mismo fue conocido como el "Kaisar-i-Rum" entre los turcos, y como el "Quaisar-i-Rum" entre los persas (es decir, el "César de los romanos"). Cuando los turcos tomaron Constantinopla en 1453, se consideraron a sí mismos también como herederos de la grandeza de los césares, y para simbolizar su dominio sobre las antiguas tierras bizantinas, se hicieron llamar también a sí mismos "Kaisar-i-Rum", aunque en estricto rigor no tenían ninguna legitimidad jurídica para adoptar dicho título, como no fuera por derecho de conquista.

Y de manera aún más interesante: los islámicos echaban un poco a saco todo lo que viniera del mundo griego, de una manera un tanto confusa. Así es que llamaron Iskandar Rumí a un personaje histórico que nada tenía que ver con los romanos: su "Alejandro el Romano" (porque tal cosa significa literalmente "Iskandar Rumí") no es otro sino el muy griego Alejandro Magno de toda la vida...

jueves, 29 de julio de 2010

Los siete peces medio fritos de Constantinopla.


Cuando Constantinopla cayó en manos de los otomanos en 1453, el evento no tuvo mayor trascendencia política, ya que hacía rato que el Imperio Bizantino estaba reducido a los intramuros de dicha ciudad, y los otomanos ya eran en los hechos y desde hacía medio siglo antes, señores casi absolutos de los Balcanes y de Turquía, y en cualquier caso los otomanos fueron harto respetuosos con las instituciones bizantinas preexistentes (incluso conservaron el Patriarcado de Constantinopla, aunque ahora bajo su conveniente jurisdicción, claro está). Pero otro cuento fue la significación espiritual que tuvo para Occidente el que la ciudad del Emperador de Oriente terminara en manos del "infiel", por no hablar de los lamentos de los griegos por haber perdido la "Ciudad" por excelencia. El impacto psicológico que tuvo esta conquista se refleja muy bien en una curiosa leyenda que sobrevivió a la caída de la ciudad (conjuntamente con aquella sobre el debate del sexo de los ángeles), y que pasaremos a referir.

A grandes rasgos (porque como buen cuento del folclor, esta historia posee varias versiones), la leyenda refiere que un monje estaba friendo siete pescados en una sartén, en vísperas de la caída de Constantinopla. Estos peces ya estaban fritos de un lado, y el monje se disponía a freirlos por el otro, cuando alguien llega y le dice que los turcos habían conseguido superar las defensas y penetrar a saco en la ciudad. Enfadado, el monje jura que "Nunca creeré que los turcos pusieron el pie en la ciudad, hasta que no vea que estos pescados fritos vuelvan a la vida". Y de inmediato sucedió el milagro: los dichosos peces medio fritos saltaron de la sartén y fueron a hundirse en la fuente de la cual fueron pescados, alejándose vivos y nadando... y aún fritos por un lado.

La localización geográfica de la fuente, por su parte, es imprecisa (el nombre turco sería Balykly, pero "balyk" es una palabra turca para designar a los peces fritos, secos o ahumados, por lo que el nombre no es demasiado informativo). Una versión de la leyenda la emplaza en una fuente sagrada cerca de la Puerta de Silimbria (el actual distrito turco de Silivri), y en efecto, después de que Constantinopla acabara en manos turcas, la pesca fue uno de las actividades económicas del distrito (junto con los vinos, la seda y la elaboración de yogurt). Y esto es creíble porque Silimbria fue una de las zonas que más resistió a la invasión otomana, incluso cuando ésta se tornó más desesperada, y sólo se rindió al invasor una vez que la capital Constantinopla hubo caído.

Por supuesto que a la leyenda original se le metieron nuevos añadidos, por partes interesadas en contar mejor el cuento, y si con tintes nacionalistas, tanto mejor. De esta manera, en versiones posteriores de la historia (por parte de los griegos, claro está) se añade que cuando los griegos recapturen Constantinopla de las manos de los infieles, entonces otro monje vendrá a la fuente, capturará los peces y terminará de freirlos. Evento para el cual habrá que seguir esperando, porque de momento Constantinopla (la actual Estambul) está en manos turcas, y es poco probable que Grecia vaya a tomarla en un futuro cercano (como no suceda algún evento inesperado, tal y como algún líder griego que busque resolver la bancarrota de 2010 con una guerra nacionalista, como se ha hecho en otras ocasiones y contextos históricos). El añadido turco, por su parte, le quita fiereza al relato, señalando que de los siete pescados que saltaron a la fuente en 1453, ya sólo quedan cinco...

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