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jueves, 22 de marzo de 2012

En torno al cero.


Contrario a lo que se piensa, la noción del número cero no es exactamente un invento de los matemáticos de la India. En realidad, tanto los babilonios como los griegos se habían aproximado al concepto de cero. Después de todo, si usted está trabajando con números, puede preguntarse qué clase de número es lo que resulta cuando usted resta cinco de cinco, por ejemplo. Los babilonios se las trataban de ingeniar para usar un sistema numérico que podríamos considerar semiposicional, pero no llegaron a desarrollar un número cero propiamente tal, de manera que su notación dejaba huecos y vacíos. Leer eso debe haber sido un horror. Los griegos por su parte se hacían la pregunta bastante lógica de que cómo puede la nada ser algo, y de ahí que representar a la nada con un signo se les antojara algo extraño.

Los matemáticos índicos, en cambio, no le temieron a dar literalmente el salto al vacío. Quizás se trate de la filosofía de fondo. El mundo indostánico estaba impregnado de la filosofía de la eternidad, de los incontables ciclos históricos y cosmológicos de esto o aquello, y de ahí que, de tanto llenar el universo con millones de años y millones de mundos, se hayan planteado la alternativa opuesta, es decir, la nada. Para ellos, el cero partió siendo un concepto religioso o filosófico. Brahma, el dios que es casi coesencial al universo mismo, es lo más sagrado, pero también es el vacío absoluto, en una típica voltereta paradojafílica de los pensadores de la India. A este vacío lo llamaron "shunya".

Sólo que la palabra "shunya" prosperó más allá. Cuando los árabes se construyeron su gigantesco imperio desde Asia Central hasta España, en el siglo VII y comienzos del VIII, importaron los números que desde entonces por error llamamos "arábigos". Estos números eran nueve dígitos, más un extraño décimo dígito que representaba el vacío. A este signo lo llamaron con el nombre índico "shunya" que ya mencionamos, ahora traducido al árabe: "sifr". De ahí, los eruditos europeos medievales lo tradujeron al latín como "zephirum", y de ahí pasó al castellano como "cero".

Sólo que la historia no acaba ahí. El famoso "sifr" se transformó en el misterio más misterioso de todo el sistema numérico extraño ése que algunos enteradillos querían utilizar en sustitución de los números romanos, en la Edad Media. A esos números, en una traducción de fonética bruta, los llamaron "cifras". Pero a su vez, como unos pocos sabían manejar esas condenadas cifras, pronto nació un segundo uso para la palabra, que es poner algo en código. Nacieron así las palabras "cifrar" y "cifrado". Y a las operaciones inversas bastó con añadirles el prefijo "de-": así el idioma castellano pasó a crecer con las palabras "descifrar" y "descifrado". El idioma y las matemáticas a veces tienen relaciones muy extrañas entre sí.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El Culto de los Carros.

La Edad Media fue cualquier cosa, menos una época fácil para vivir. Hambrunas, analfabetismo, abusos de los poderosos, y una naturaleza usualmente hostil, se combinaban para crear un fuerte desamparo en las personas. No es raro entonces que el deseo de salvación de las personas los llevaron a extremos increíbles de histeria. Uno de estos penosos casos de psicología social, lo constituye el Culto de los Carros.

Este fenómeno fue reportado principalmente en torno a la construcción de la Catedral de Chartres, una de las pioneras del entonces nuevo estilo gótico, que empezó a levantarse en 1144 (aunque la definitiva data de las extensas reparaciones después de un incendio en 1194). De todas maneras, el fenéno se propagó después a otras partes. Aunque parezca de perogrullo, es necesario señalar que esos leviatanes de piedra que son las catedrales góticas, consumían piedra de manera voraz en su levantamiento, y esa piedra debía salir de canteras ubicadas a muchos kilómetros de distancia. Dicho sea de paso, los picapedreros no trabajaban bajo jornal, sino que se les pagaba según la cantidad de piedra producida. De ahí, había que subir los bloques arriba de carretas transportadas por sufridos bueyes, que tiraban de ellas durante recorridos a veces enormes.

Y es aquí en donde el Culto de los Carros entra en acción. Porque muchos hombres, llevados por su devoción religiosa, se uncían ellos mismos en reemplazo de los bueyes, y tiraban de los carros en expiación de sus pecados. Incluso, cuando arribaban a destino, algunos pedían que los sacerdotes los flagelaran para completar su mortificación. En 1145, el arzobispo Hugo de Ruán escribió al obispo de Amiens: "...los hombres, en su humildad, empezaron a llevar a rastras carros y carretas para la construcción de la catedral, y su humildad estaba incluso iluminada por milagros". El cronista Haymo, abad de Saint-Pierre, escribió por su parte: "¿Quién ha visto, quién ha oído alguna vez, en todas las generaciones pasadas, que poderosos príncipes del mundo, que hombres criados con honor y riqueza, que nobles, hombres y mujeres, hayan doblado sus orgullosos y altivos cuellos ante los arreos de los carros, y que, como bestias de carga, hayan arrastrado esas carretas hasta la morada de Cristo, cargados con vinos, granos, aceite, piedra, madera y todo lo necesario para las necesidades vitales, o para la construcción de la iglesia?".

El mismo Haymo sigue comentando la actitud de los penitentes: "Cuando se detienen en el camino, no se oye nada salvo la confesión de los pecados y la pura y suplicante oración a Dios para obtener el perdón. A la voz de los sacerdotes que exhortan sus corazones a la paz, olvidan todo el odio, la discordia se deja de lado, se perdonan las deudas, se establece la unidad de los corazones". Y sigue: "Pero si alguno ha llegado tan lejos en el mal que no desea perdonar a algún ofensor, o si rechaza el consejo del sacerdote que le ha aconsejado piadosamente, su ofrenda es arrojada instantáneamente de la carreta como algo impuro y él mismo, ignominiosa y vergonzosamente excluido de la sociedad de los santos"... Que el lector de Siglos Curiosos se forme la imagen que quiera, de todo lo anterior.

domingo, 11 de octubre de 2009

No era de Constantino sino de Marco Aurelio.


La estatua ecuestre de Marco Aurelio es única en el mundo, debido a que es la única estatua ecuestre de un Emperador que se conserva desde la época grecorromana. Y esto se debe a que no se la creyó de Marco Aurelio sino de Constantino...

La estatua representa al Emperador montado a caballo (ecuestre, ¿recuerdan?), vestido con una túnica y con el paludamentum (capa que usaban los generales romanos), y alzando la mano derecha para saludar a las tropas. Las fuentes medievales señalan que bajo la pezuña del caballo existía la figura de un jefe bárbaro sometido. El tema de la estatua era, por tanto, la majestad imperial en pleno. La estatua es de bronce, pero en sus buenos tiempos estuvo recubierta de oro, algo congruente con su mensaje imperialista.

En la Edad Media, las estatuas ecuestres eran lisa y llanamente fundidas, por considerárselas símbolos paganos, y ya sabemos que para tales cristianos era más importante la fe que el arte. Además, el bronce fundido solía utilizarse para trabajos de orfebrería con motivos más, ejem, piadosos, y también para la más acuciante necesidad de acuñar circulante. Esta se salvó porque los cristianos la veneraron como "caballus Constantini", la estatua de Constantino el Grande, que como primer Emperador cristiano, no podía acabar fundido de manera tan miserable. En el siglo X fue instalada en la Basílica del Laterano, y en 1538, como parte de los proyectos arquitectónicos de Miguel Angel (gran admirador del arte grecorromano, como buen renacentista que era) fue situada en el centro de la Piazza del Campidoglio. Resulta irónico pensar que la estatua no sólo no representaba al primer Emperador cristiano, sino que además, se trata de Marco Aurelio (161-180), es decir, el Emperador del máximo poderío imperial del pagano Imperio Romano, que además hizo profesión crasa de Filosofía pagana en una obra cumbre del Estoicismo, cual es las "Meditaciones"... Con todo, la estatua duró en su lugar hasta 1981, siendo retirada para trabajos de remodelación, puesto que la contaminación del aire en Roma estaba dañándola como ni los bárbaros ni los cristianos lo hicieron antes. La fue instalada en el mismo lugar, en 1997, en realidad es una réplica.

Dos leyendas circulan respecto de la estatua. Según una, cuando desaparezca hasta el último residuo de oro sobre el bronce, se producirá el Juicio Final. Según la otra, cuando el caballo y el jinete vuelvan a estar cubiertos de oro, como en su día inagural, Roma volverá a ser la dueña del mundo...

jueves, 8 de octubre de 2009

El Coliseo después del Imperio Romano.


El Coliseo es uno de los más representativos edificios del Imperio Romano. Quizás ayude el que todavía esté a la vista. Bueno, parte de él, al menos, que el tiempo y los saqueadores han hecho lo suyo con el pobre. El Coliseo fue edificado en el año 72, e inagurado en el año 80. Los juegos de gladiadores anteriores, incluidos los que se ven en las pelis de cristianos vs. paganos ambientadas en tiempos de Nerón ("Quo Vadis", etcétera), sucedieron principalmente en otro recinto distinto, el Circo Máximo (Nerón gobernó de 54 a 68). Aún así, Nerón dejó su rastro: el Anfiteatro Flavio, como era llamado por haber sido construido por el Emperador Flavio Vespasiano, estaba cerca de una estatua colosal de Nerón, de 20 metros de altura.

Aunque el Imperio Romano de Occidente cayó en el año 476, esto fue en realidad más un hito constitucional que un verdadero cambio de época, ya que los habitantes de aquel tiempo no despertaron al día siguiente diciendo "¡Guau, pasó la Antigüedad y entramos en la Edad Media!". Al revés, la vida cotidiana siguió más o menos como siempre, sin grandes quiebres, y de hecho el Coliseo se siguió utilizando como centro de espectáculos. Después de todo, era un componente integral del "panem et circenses" ("pan y circo") para mantener quietas a las masas, y eso venía bien tanto a los Emperadores romanos como a los usurpadores que se apoderaron de Italia después. Fue recién hacia 523, ya en pleno reinado del ostrogodo Teodorico, que los espectáculos en el Coliseo cesaron por completo. Con todo, suponemos que estos espectáculos eran harto más incruentos que los sanguinarios juegos de gladiadores de la época clásica, los cuales habían sido definitivamente abolidos en el año 404, probablemente por el cambio de sensibilidad del público, influido ahora por la creciente marea del Cristianismo.

Durante la Edad Media, en que la sociedad italiana era demasiado pobre para organizar espectáculos de altura, el Coliseo cayó finalmente en desuso. Pero, aunque mudo testimonio de una época ya ida, seguía estando ahí, como un fantasma del pasado. Ya en pleno siglo VIII, el historiador (¡británico!) Beda el Venerable da testimonio de una profecía: "Mientras el Coliseo exista, Roma existirá; cuando el Coliseo se desmorone, Roma también se desmoronará, cuando Roma desaparezca, el mundo también perecerá". Quién sabe si por ese temor supersticioso, o simplemente por flojera respecto a qué hacer con la estructura, el Coliseo se quedó ahí porfiadamente durante toda la Edad Media, sin que nadie le prestara el mayor caso.

La ironía suprema es que los sufrimientos mayores del Coliseo empezaron a manos de la Iglesia Católica (que por supuesto despreciaba a los símbolos paganos del pasado), pero en su etapa menos cristiana y más renacentista y neopagana. En efecto, necesitada de materiales de construcción a bajo costo para edificar su portentosa nueva Basílica de San Pedro, en el siglo XVI, los Papas se dirigieron sin escrúpulos al Coliseo y extrajeron cuanto material pudieron de él, dándole su actual forma semiderruida, mil años después de que cayera el Imperio Romano. Quizás por esto se dijo de Donato Bramante, el primer arquitecto de la Basílica de San Pedro, aquel verso burlesco: "Donato Bramante, maestro arruinante"... Recién en 1744, los Papas volvieron a fijarse en el Coliseo, y ordenaron su conservación, aunque no por admiración a la antigua cultura grecorromana (pagana, recordemos), sino por motivos píos: se instaló una cruz de bronce en medio de la arena, para recordar a los mártires cristianos que allí se habían dejado la vida en testimonio de lo que consideraban como la verdadera fe. Y así es como, maltrecho y todo, el Coliseo llegó hasta nuestros días...

domingo, 31 de mayo de 2009

Holanda y los Países Bajos.


Frecuentemente se habla de Holanda como sinónimo de los Países Bajos. Y sin embargo, no lo son. Holanda es apenas UNO de los varios Países Bajos que existen. También se suele asociar al Flandes histórico con Holanda, lo que también es incorrecto, porque Flandes es OTRO de los Países Bajos. En sentido histórico, al considerarse a los frisios o frisones como primitivos habitantes de los Países Bajos, pudiera asociarse con Frisia... y una vez más, tampoco es esto, porque Frisia es OTRO de los Países Bajos. ¿Y entonces a qué rayos se corresponde los Países Bajos? Bien puede decirse que en la actualidad, la denominación de "Países Bajos" no tiene ninguna importancia, porque dichos territorios están repartidos en tres naciones actuales: Bélgica, la República de los Países Bajos (conocida bajo su nombre más común y "comercial" de Holanda, aunque en realidad Holanda es la región occidental de dichos Países Bajos) y Luxemburgo, además de territorios en manos de Francia y Alemania.

En la Edad Media, la denominación de "Países Bajos" empezó a tomar cuerpo cuando después de los saqueos de los vikingos, las ciudades en torno a la desembocadura del Río Rin empezaron a desarrollarse. Dicha región era un privilegiado nudo de comunicaciones fluviales (el mencionado Río Rin) y marítimas (el Mar del Norte), y la llave entre Europa del Norte y el mundo mediterráneo, por lo que pronto se enriqueció. Surgieron varios Estados más o menos soberanos entre sí, y su denominación común fue la de "Países Bajos". Además, lingüísticamente desarrollaron variantes dialectales de un idioma conocido como "Antiguo Holandés". Pero en ese mismo tiempo, al este regía el Sacro Imperio Romano Germánico, y al oeste crecía la corona de Francia, por lo que la región se transformó en peón de los intereses políticos. Por viscicitudes del destino, esta región cayó en poder del dominio feudal de Borgoña (hablamos del siglo XV), y después, por el matrimonio de Maximiliano de Habsburgo con María de Borgoña pasó a su hijo Felipe el Hermoso primero, y a su nieto Carlos V de Alemania después (de hecho, Carlos se crió en Flandes, no en España ni en Alemania).

En la fecha, los Países Bajos estaban conformadas por las llamadas "Diecisiete Provincias". El listado completo de ellas es, más o menos de suroeste a noreste: (1) el Condado de Artois, (2) el Condado de Flandes, (3) el Señorío de Malinas, (4) el Condado de Namur, (5), el Condado de Hainaut, (6) el Condado de Zelanda, (7) el Condado de Holanda, (8) el Ducado de Brabante, (9) el Ducado de Limburgo, (10) el Ducado de Luxemburgo, (11) el Principado-Arzobispado de Utrecht (declarado después Señorío), (12) el Señorío de Frisia Occidental, (13) el Ducado de Güeldres y el Condado de Zutphen, (14) el Señorío de Groninga, (15) el Ommelanden, (16) el Señorío de Drente, Lingen, Wedde y Westerwolde, y (17) el Señorío de Overijssel.

La pregunta clave es cómo, si conformaban una sola realidad geopolítica, dichos territorios acabaron tan desmembrados en nuestro mapa actual. Y la respuesta es sencilla. Durante la Guerra de Ochenta Años (1568-1648) en que las Provincias Unidas intentaron independizarse del dominio de los Habsburgo de España, sólo las provincias del norte consiguieron librarse, y conformaron una pujante república protestante (los actuales "Países Bajos" u Holanda), mientras que el sur siguieron sujetos a la corona hispánica y se alejaron de la influencia puritana del norte. Después de otra tanda de avatares políticos demasiado largos para reseñar aquí, y como consecuencia de la Revolución de 1830 precisamente, Bélgica adquirió su independencia, la que conserva hasta el día de hoy, aunque como una nación fuertemente fracturada entre un componente flamenco al norte y valón al sur. Y Luxemburgo, por su parte, se zafó definitivamente en 1794 y tras los azares de las Guerras Napoleónicas, consiguió su independencia definitiva en 1815. Pero el corolario de esta historia es que estas tres naciones (Holanda, Bélgica y Luxemburgo), enanas en un mapa de superpotencias, durante el siglo XX iniciaron un acercamiento económico e institucional que cristalizó en la formación del Benelux (BElgica-NEerland-LUXemburgo), una asociación comercial y crecientemente política, que aún sigue en vigor el día de hoy...

domingo, 22 de febrero de 2009

Los glosadores.


Uno de los fenómenos históricos más interesantes de la Edad Media, fue el nacimiento del llamado Derecho Común (ius commune) en el siglo XII. Este fenómeno se encuentra estrechamente vinculado al resurgimiento del Derecho Romano en Occidente, por el redescubrimiento del "Corpus Iuris Civilis", la codificación del Derecho Romano ordenada por Justiniano en el siglo VI. Y los héroes de esta jornada, en una primera etapa al menos, fueron los llamados glosadores.

Durante los inicios de la Edad Media, el Derecho europeo era una interminable retahíla de decretos reales, fueros, cartas pueblas y un largo etcétera, cuya característica más importante era el localismo, o sea, que los fueros aplicables en una aldea carecían de todo valor en la aldea vecina... y Europa era un enorme mosaico de aldeas, ciudades, feudos, obispados, casteles, etcétera. En el siglo XI un monje llamado Irnerio, descubrió en Bolonia la antigua codificación de Justiniano, que en Oriente había perdido vigencia en el siglo VIII, y en Occidente nunca había tenido una gran aplicación, como no fuera en los escasos apéndices que el Imperio Bizantino se había construido en sus efímeras cabezas de playa italianas o españolas. Este redescubrimiento permitió el lanzamiento de la Universidad de Bolonia como la más prestigiosa casa de estudios jurídicos en toda Europa, estatus que mantendría durante toda la Edad Media. El "Digesto" de Justiniano se transformó en el libro más importante de toda la cultura jurídica occidental, gracias a los profesores de Bolonia, y lo seguiría siendo hasta la época del Código Napoleónico, siete siglos después. Y es que, frente a la fragmentaria realidad jurídica de la época, tener a disposición una especie de juego de leyes que fueran únicas para todo el continente, hicieron muy atractiva su enseñanza: en las cátedras de Derecho medievales, en que habían alumnos de todas las regiones de Europa, no se enseñaban los mil y un derechos forales, sino un único ius commune basado en el Corpus Iuris Civilis en general, y en el Digesto en particular.

En este escenario entran los glosadores. Resulta que el Derecho Romano era nada menos que la ley del antiguo Imperio Romano, que para el mundo medieval tenía un estatus mítico (no en balde querían resucitar la idea del "imperio universal" que sería un Imperio Romano redivivo, etcétera). Además, muchos de quienes estudiaban el Digesto eran monjes, primitivamente al menos, partiendo por el propio Irnerio, y por lo tanto, le aplicaban los mismos métodos de estudio sacramentales que al Evangelio. De ahí que los glosadores, en un comienzo, no escribieran manuales de estudio sobre el Derecho (ni siquiera manuales de compilaciones de casos, a pesar de preferir un "derecho de casos" a un "derecho de doctrina" o un "derecho de leyes"), sino que se limitaran a glosar el Digesto, esto es, a hacer materialmente anotaciones marginales o interlineares sobre el texto del Digesto, explicando el sentido y alcance de cada palabra, de cada frase, de cada párrafo. De ahí que se les conoce como los "glosadores", los que hacían glosas al Digesto, igual que el trabajo similar de los teólogos con los textos sagrados. Para estos glosadores, la idea de adaptar, actualizar, modernizar o simplemente "europeizar" la redacción del Digesto les hubiera parecido tan herética como cambiar una coma o una tilde de las Sagradas Escrituras.

En una etapa más tardía, hubo glosadores que empezaron a escribir Summas, que buscaban resumir el Corpus Iuris Civilis o aspectos del mismo en manuales un poco más manejables para la enseñanza, o bien "questiones disputatae", en que ya no se limitaban a explicar el Digesto sino que además tomaban posturas doctrinales sobre tal o cual materia. A mediados del siglo XIII, el jurista Accursio se dio el laborioso trabajo de escribir una minuciosa "Glossa ordinaria", llamada también "Magna Glossa", en donde compiló las toneladas de glosas escritas en siglo y medio de trabajo de los glosadores, en un trabajo que pudiera ser manejado como un único texto. En cierta medida, con semejante recopilación, que seguiría siendo texto de estudio obligado entre los juristas de Europa durante siglos, el trabajo de los glosadores ya podía darse por terminado. Sus sucesores ya no se limitarían a explicar el Digesto, sino que además empezarían a comentarlo abiertamente: son los comentaristas o "postglosadores".

domingo, 17 de agosto de 2008

El Califa convertido en máquina de aprobar.


Hacia inicios del siglo IX, el Califa de Bagdad era con toda probabilidad el más importante de todos los monarcas de la Tierra. Su poder era mayor que el Emperador bizantino de Constantinopla, siempre en guerra civil contra sus propios súbditos caídos en la herejía, que el Emperador de Occidente (apenas falleció Carlomagno en 814, su Imperio Carolingio entró en guerra civil), que el Emperador del Imperio Tang (que entraría en una devastadora crisis a mitad de centuria) o que el Mikado del Japón. Por eso, la historia de su largo declive hasta la supresión (temporal, eso sí) del título califal en 1258 tiene algo de penoso. Pero más asombroso aún es que los gobernadores que iban minando el dominio del Califa... ¡No sólo pretendían gobernar en su nombre, sino que se peleaban por obtener reconocimiento de éste!

El Califato nació en 632, cuando murió el profeta Mahoma y se planteó la cuestión de quien preservaría su legado. Los Califas Omeyas (661-750) crearon un gran imperio que iba desde la India hasta el Mar Mediterráneo, y los Califas Abasidas (750-1258) lo consolidaron. El Califato era así la expresión máxima de la unidad de todos los musulmanes, más aún que el Papado para los cristianos, toda vez que el dominio del Califa se entendía indistintamente tanto civil como político. Por eso, cuando falleció el gran Califa Harún al-Raschid (786-809) y el poder efectivo de los califas se vio minado por sucesivas guerras civiles posteriores a su muerte, la reputación del Califa permaneció intacta. En la práctica, empero, el Califa vivía recluido en su palacio, se lo había sacado de la vista pública, y su primer ministro, el visir, hablaba por él. Se dio entonces que el visir empezó a hablar más inclinado hacia los intereses de la guardia turca de los Califas, que de los Califas mismos, con lo que éste, aunque formalmente seguía siendo el amo absoluto del Islam, en la práctica era prisionero de su propio cuerpo de guardaespaldas.

Pero como conservar esta pantomima era necesario para que el pueblo ignorante atribuyera legitimidad a los líderes que intentaban independizarse de Bagdad, éstos tomaron la costumbre de pedir reconocimiento oficial al Califa de Bagdad. Esto siguió incluso aunque la crisis política llevó a la creación de dos califatos paralelos al "oficial", el Califato Fatimida de Egipto (910-1171) y el Califato de Córdoba (929-1031).

Así, el conquistador turco Mahmud de Gazna, que manu militari entre 998 y 1030 se creó un gran imperio en la India, pidió reconocimiento del Califa Al-Qadir (991-1031), y lo obtuvo. En 1055, los turcos selyúcidas se tomaron Bagdad con el permiso oficial del Califa de Bagdad, con el pretexto oficial de liberar a los abasidas del dominio de los buyíes, sólo para transformarse ellos mismos en los nuevos carceleros del Califato. Yusuf, el señor de la guerra almorávide que controlaba toda la mitad occidental del Desierto del Sahara, consiguió hacia 1086 que Bagdad reconociera su dominio. Un siglo después, en 1175, el conquistador kurdo Saladino y su ejército de turcos, que habían conseguido destruir el poderío de los Fatimitas en El Cairo y se había entronizado él mismo sobre ellos, se volvió humildemente hacia Bagdad y pidió reconocimiento para sus pretensiones (por más señas, este Saladino después será el guerrero musulmán contra el que lidiará la Tercera Cruzada, retratada en la película "Cruzada" del 2005). El Califa, orgulloso de que Saladino reconociera al "verdadero Califato" y no a los herejes fatimitas, se apuró a concederle su bendición.

De esta fantasmal manera, a pesar de que el Califa ya no tenía poder efectivo alguno, seguía cumpliendo una importante función social: legitimaba a los soldados de fortuna que se labraban imperios, asegurando así la tranquilidad de conciencia de los musulmanes. El Califato de Bagdad desapareció en 1258, cuando los mongoles arrasaron con el dominio de los turcos selyúcidas, y no se molestaron en tomar para sí las insignias califales. Los reyes mamelucos que gobernaban desde El Cairo se apresuraron entonces a crear su propio Califato (en 1261, tres años después del saqueo mongol de Bagdad), y alegaron que era el mismo Califato "oficial" de Bagdad, que ahora continuaba en tierras egipcias... Esta impostura destinada a asegurar la supremacía del gobierno mameluco duró hasta que los mismos mamelucos fueron abatidos por los otomanos en 1517, pasando el título "oficial" de Califa ahora a los Sultanes Otomanos, quienes por diversas circunstancias políticas recién vinieron a darle valor en el siglo XVIII. En tierras otomanas persistió hasta que el Imperio Otomano fue abolido, y sus territorios remanentes fueron reconvertidos en la República de Turquía. Una larga vida espectral para los califas, si se consideran que su poder efectivo no valía casi de nada, durante el más de un milenio que se extendió entre 809 y 1923...

jueves, 14 de agosto de 2008

Especialización de las universidades medievales.


Las primeras surgieron en el siglo XII. Hubo luego una explosión de ellas en el siglo XIII, y esta tendencia alcanzó su apogeo en el siglo XIV. Las universidades marcaron a fuego la vida intelectual de la segunda mitad de la Edad Media, y muchas de ellas siguen teniendo nombradía hasta el día de hoy: Oxford, Cambridge, La Sorbona, Salamanca... A la distancia diera la impresión de que todas ellas eran parecidas, con orondos sacerdotes dictando cátedra desde púlpitos en donde afligidos alumnos armados con plumas de ganso escribían lo mismo siempre y en todas partes. Después de todo, no existía la profusión de carreras universitarias de hoy en día, ya que sólo se estudiaba Derecho, Filosofía, Teología y Medicina. Además, los viajes por Europa no eran cosa sencilla, por lo que parecería que la competencia entre universidades debería ser mínima. Pero las implacables leyes de la Economía valían incluso en aquellos tiempos precapitalistas, y así, las universidades europeas medievales debieron recurrir a la especialización para diferenciarse unas de otras y prosperar en el competitivo mercado de los estudiantes universitarios.

La Universidad de París era considerada como la más importante de Occidente porque ésta era el centro de novedades de las disciplinas más elevadas que existían, entendiendo por "elevadas" en un concepto medieval, claro está. París era la campeona indiscutible de la Filosofía y la Teología, disciplinas que pretenden cubrir visiones totalizantes de la naturaleza, y que por tanto tenían enorme prestigio en la época de las catedrales. La Universidad de París era entonces literalmente donde se ordenaba el mundo del pensamiento medieval, la más acabada representación de la "universitas litteratum", la universalidad de las ciencias y el conocimiento. En París tuvo lugar por ejemplo la célebre pugna ideológica entre Bernardo de Claraval y Pedro Abelardo (siglo XII), sobre el problema de los Universales, y a París tuvo que ir a estudiar Tomás de Aquino, el más grande teólogo medieval, bajo las órdenes de Alberto Magno, el más importante teólogo de la generación inmediatamente anterior.

La Universidad de Bolonia era, por su parte, la campeona absoluta en materia de Derecho. En dicha ciudad de Italia Central, sometida en su tiempo al poder bizantino, se habían conservado copias del "Corpus Iuris Civilis", la mayestática colección jurídica recopilada por orden del Emperador bizantino Justiniano. A finales del siglo XI, el monje Irnerio redescubrió dicho legado jurídico en Bolonia, y lo puso de moda otra vez en Europa. Como consecuencia lógica, la Universidad de Bolonia se transformó en la principal sede de estudios jurídicos europeos hasta por lo menos el siglo XVI.

Y si de Medicina se trataba, a la cabeza estaba la Escuela de Medicina de Salerno. Ubicada en el sur de Italia, en la ciudad de Salerno confluyeron los manuscritos médicos recopilados por los sacerdotes, así como las tradiciones médicas de árabes y judíos (el Mediterráneo Occidental en la época era una vasta zona comercial en donde circulaban más o menos libremente ideas de todo tipo), mucho más empíricas y tolerantes que el pesado y a menudo abstruso dogmatismo de la enseñanza en la Europa cristiana. Los salernitanos tenían fama de ser médicos prácticos, y su escuela de Medicina marcó pauta hasta el siglo XIV (aún así, fue cerrada recién en el siglo XIX). Esta Escuela de Medicina no era una Universidad propiamente tal, en el sentido moderno del término (en el mejor de los casos se correspondería con la idea actual de "facultad"), pero aún así se la considera con justicia como una de las primeras universidades propiamente tales que surgió en la Edad Media de Occidente.

domingo, 10 de agosto de 2008

El filósofo escocés nacido en Irlanda.

¿Se puede ser escocés si no se nace en Escocia...? Sentimientos nacionalistas de inmigrante aparte, la verdad es que sí, al menos en un caso, y éste es el de Juan Escoto Erígena, teólogo del siglo IX. Porque éste, a pesar de su origen ("escoto" significa más o menos "el escocés", porque Escocia le debe su nombre al pueblo de los escotos, que lo colonizó hacia el siglo VI), su apodo lo delata como nativo no de Escocia, sino de Irlanda, ya que "genos" en griego significa "nacido", y "Erín" es el nombre que recibía la isla ("Irlanda" viene del inglés "Eire Land", que significa "Tierra de Erín", precisamente). O sea, Juan Escoto Erígena era Juan el escocés, pero un escocés nacido en Irlanda. ¿Cómo es esto posible?

La verdad es que, durante la temprana Edad Media, la historia de Escocia y de Irlanda estaba más vinculada de lo que podría parecer a primera vista. Las Islas Británicas estaban pobladas por tribus celtas en la época de la conquista romana, pero éstos sólo conquistaron Inglaterra, es decir, la región sur de la isla de Gran Bretaña (a veces se identifica a Inglaterra con la totalidad de Gran Bretaña, lo que es incorrecto). Es decir que Escocia, la región norte, e Irlanda, la isla occidental a Gran Bretaña, jamás cayeron en manos romanas. Debido tanto a su cultura común como a la resistencia contra el invasor romano, hubo buenas relaciones entre ambos territorios. En el siglo VI, la región norte fue invadida por la tribu de los escotos, y éstos dieron nombre a Escocia, pero por ser celtas, siguieron tan fieles a los celtas de Irlanda como siempre. De manera que, desde la Europa Continental, se les dio el nombre de escotos tanto a los escoceses mismos como a los irlandeses.

Las invasiones vikingas cambiaron esto. Los montañeses de Escocia, frente a la presión, se unieron, y en el año 844 crearon un reino unificado (bueno, más o menos, pendencieros como eran los highlanders, en realidad), bajo la dirección de Kenneth MacAlpin, señor de los escotos, que fue aceptado también por los pictos, otra tribu de Escocia, convirtiéndose así en Kenneth I de Escocia y fundando la monarquía escocesa. Irlanda, por su parte, tuvo menos suerte, y los vikingos no sólo la arrasaron, sino que fundaron un puesto de avanzada (la futura ciudad de Dublín), desde la cual dominaron la isla durante casi un par de siglos. Con lo que las tradiciones culturales escocesa e irlandesa divergieron, y cada territorio asumió su propia identidad, si bien con raíces culturales célticas comunes.

Y una nota final. Juan Escoto Erígena, a pesar de venir desde las Islas Británicas, floreció en la corte de Carlos el Calvo, Rey de Francia. Esto no es casualidad. En la época, los más importantes pensadores procedían de Irlanda (en realidad, antes de que la población irlandesa fuera diezmada por los vikingos y su cultura aniquilada). De ahí que un escocés nacido en Irlanda, encontrara finalmente su campo de trabajo en Francia...

domingo, 8 de abril de 2007

Las desventuras de Bohemundo de Nápoles.

Si alguna vez se hiciera el ranking de los perdedores más grandes en la Historia Universal, seguramente Bohemundo de Nápoles ocuparía un prominente lugar, ya que fue el clásico personaje que llegó siempre segundo en todas las empresas que intentó.
La Italia del siglo XI era dominada, en su mitad inferior, por bizantinos y árabes, que atravesaban un gran período de debilidad, lo que aprovecharon algunos capitanes normandos para infiltrarse y conquistar territorios para sí. Uno de éstos fue Roberto Guiscardo, padre de Bohemundo. Roberto conquistó todo el sur de Italia, y luego atacó en la mismísima Grecia al Imperio Bizantino, por ese entonces regido por Alejo Comneno. Bohemundo le acompañó, y cuando Roberto debió regresar a Italia, para atender una llamada de auxilio del Papa, quedó a cargo de los ejércitos normandos en Grecia. En mala hora, porque los bizantinos, que iban de derrota en derrota, se repusieron.
En eso murió Roberto Guiscardo (año 1085). A pesar de que Bohemundo era su hijo, al estar lejos su tío Rogerio (hermano de Roberto) se apoderó de su reino. Cuando Bohemundo volvió a Italia, ya era tarde, y quedó desheredado.
Chasqueado, se embarcó en la Primera Cruzada. Esta, guiada por el Conde Raimundo de Tolosa y por Godofredo de Bouillon, se congregó en Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino... y Bohemundo debió pasar por la humillación de jurarle lealtad al Emperador bizantino, al mismísimo Alejo Comneno al que antes había enfrentado.
Algo después, en 1099, estaba Bohemundo en la primera línea, durante el asedio a la importantísima ciudad de Antioquía. Luego de que ésta y Jerusalén cayeron, Bohemundo consiguió, a fuerza de prepotencia, hacerse Príncipe de Antioquía. Entonces apareció Alejo Comneno, exigiéndole que respetara su juramento. Bohemundo, ávido de gobernar sin amos, se negó. Estalló la guerra, y Bohemundo acabó como prisionero de Alejo. Para obtener su libertad, debió renovar su juramento de lealtad.
Bohemundo decidió entonces que libraría la guerra contra el Imperio Bizantino a muerte. Viajó a varias cortes de reyes europeos y trató de convencerlos de liderar una cruzada contra los bizantinos (que en esa época se habían separado de la Iglesia de Roma, el año 1054). Pero le atendieron mal, y se convirtió en el hazmerreir de toda la nobleza europea. Y cuando por fin las cosas le resultaban, y estaba reclutando su ejército para combatir a los bizantinos, murió. Corría el año 1115.

jueves, 5 de abril de 2007

La Cruzada de los Niños.

Uno de los eventos más insólitos de la Edad Media es, seguramente, la llamada Cruzada de los Niños. Corría el año 1212, y Europa estaba bastante convulsionada. Por una parte, el surgimiento de las ciudades creaba bastante inestabilidad en el bien engrasado sistema feudal. Por la otra, el surgimiento de herejías y de nuevas teorías filosóficas y teológicas hacía que muchos se refugiaran en un Cristianismo más simple, con muestras de devoción. Al mismo tiempo, estaba vivo el ideal de la Cruzada, ya que en 1209 había sido lanzada ésta sobre los herejes del sur de Francia.
En todo este ambiente, algunos predicadores populares insistieron en convocar a los niños, fieles al mandato bíblico según el cual "de los niños es el Reino de los Cielos", y partieron tan campantemente hacia Tierra Santa, a combatir a los infieles paganos que habían conquistado Jerusalén (en el año 1187, por más señas). El propio Papa Inocencio III los alentaba diciendo: "¡Estos niños avergüenzan a los adultos, pues mientras nuestro ardor se adormece, ellos parten con alegría a conquistar la Tierra Santa!".
Investigaciones modernas apuntan a dos expediciones, una francesa y alemana. Parece ser que, contra lo planteado por cronistas medievales más preocupados de embellecer la Historia que de narrarla tal y cual fueron los hechos, no había sólo niños involucrados en la Cruzada de los Niños, aunque la mayoría eran jóvenes simples y de baja condición (no adultos ni guerreros feudales). También se incorporaron mendigos, sacerdotes, artesanos, bandoleros y mujeres.
Por supuesto que, jóvenes y ayunos de experiencia militar, confiando sólo en los portentos y maravillas del Señor, estos bravos expedicionarios terminaron mal. Los miembros de la expedición francesa arrendaron barcos para pasar a Tierra Santa, pero los desalmados navieros se los llevaron a Egipto y los vendieron como esclavos. Unos quince años después, estos comerciantes tuvieron la desgracia de caer en manos de Federico II, Emperador de Alemania, quien había organizado una Cruzada "seria"; Federico mandó a ahorcarlos sin mayor trámite. La expedición de Alemania llegó hasta Italia, y el obispo de Brindisi consiguió impedir que se embarcaran, aunque en el camino de regreso, murieron a miles, víctimas del hambre y los bandoleros.
Hay quien piensa que las leyendas y cuentos infantiles sobre el Flautista de Hamelín tienen su origen en estos sucesos históricos, deformados por supuesto para adaptarlos al gusto popular.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

El viaje de Mansa Musa.


La clásica visión eurocéntrica de la Historia Universal hace ignorar a muchos que algunos de los más poderosos reyes de la Edad Media no eran europeos. En el siglo XIV, una de las más grandes potencias económicas del planeta era el Imperio de Mali, ubicado en el país actual de tal nombre, y que desde su capital Timbuctú controlaba la totalidad del comercio en el Desierto del Sahara, desde las junglas del Africa Central hasta el Mar Mediterráneo. Además, sus yacimientos auríferos eran la principal fuente de oro para toda Europa, y no es exagerado decir que buena parte del oro empleado por orfebres y artistas del Renacimiento venía de aquellas minas africanas.
Uno de los reyes más poderosos de Mali fue Mansa Musa, quien gobernó en el siglo XIV. Entre sus obras se cuenta el apoyo constante a los artistas y a la cultura en general, siendo un gran benefactor de la Universidad de Timbuctú (o lo que en el mundo musulmán era lo equivalente a una universidad europea). Los eruditos estudiosos del Islam podían hacerlo en dicha Universidad, y esto de manera completamente gratuita.
Sin embargo, la anécdota más famosa de Mansa Musa es la siguiente: como todos los reyes de Mali, Mansa Musa era musulmán, y por lo tanto, estaba obligado a cumplir con el mandamiento del Corán, según el cual todo buen musulmán debe visitar La Meca al menos una vez en la vida. Mansa Musa lo hizo, ¡y de qué manera! Emprendió una expedición repleta de esclavos y soldados, y con una enorme cantidad de oro; se reporta que viajó con un centenar de camellos, repletos de dicho metal. El peregrinaje fue probablemente motivado no sólo por la piedad, sino también por hacer una exhibición de poderío. Y lo consiguió. En el trayecto entre Timbuctú y La Meca, y en particular en El Cairo, gastó tanto oro, que desató una gran inflación en todo el Norte de Africa, y aún entre los musulmanes de Asia. Los precios tardaron más de una década en regresar a sus niveles más o menos normales, después de la incursión de Mansa Musa.

domingo, 19 de noviembre de 2006

El reino de los jázaros.


Contraviniendo al menos en parte la fama de ser una religión oprimida y perseguida, lo cierto es que en forma regular e intermitente, el Judaísmo ha aparecido en la Historia como la religión oficial de varios estados, que a veces no tienen sino una conexión muy remota con los hebreos o con Palestina.
El más importante de estos pueblos judíos fue, probablemente, el Imperio Jázaro. Es poco conocido el hecho de que Crimea y Ucrania, es decir, las regiones al sur de Rusia, fueron dominadas en la temprana Edad Media por un pueblo guerrero altamente organizado de procedencia turca, quienes eran los jázaros, precisamente. En la época, los turcos habían conseguido construir una gran confederación semiimperial que iba desde China hasta el Imperio Bizantino, y que era la pesadilla de los pueblos ubicados en terreno sedentario (en esa época los turcos aún no alcanzaban Turquía, sino que tenían su base de operaciones en lo que entonces y ahora se llama, por ellos, el Turkestán, en el Asia Central). Cuando esta confederación turca se deshizo, la horda de los jázaros consiguió hacerse con el control del sur de Rusia, creando un imperio enorme y vasto en la estepa.
Las razones por las cuales los jázaros se convirtieron al Judaísmo son desconocidas. Una posible explicación es que los jázaros podrían haber querido salirse de las querellas religiosas que por ese tiempo (el siglo VII) envolvían al Imperio Bizantino: una buena opción para no tomar partido por alguna facción cristiana, y a la vez no ser tildados de paganos, era hacerse judíos. También podrían haberse hecho musulmanes, pero las guerras que jázaros y musulmanes libraron en el Cáucaso abortaron para siempre tal posibilidad.
Los jázaros desaparecieron tan neblinosamente en la Historia como surgieron. Hacia el siglo X, desde el norte de Rusia y por los ríos, llegaron los vikingos, quienes fundaron una serie de ciudades, la más importante de las cuales fue Kiev. El destino final de los jázaros es absolutamente desconocido: quizás fueron asimilados por la cultura vikinga, aunque se sostiene muy en serio que los judíos azkenazíes podrían ser descendientes de los jázaros.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Los gatos y la Peste Negra.

Los gatos han sufrido las más diversas famas. Es sabido que los antiguos egipcios los consideraban dioses, pero en otros tiempos, los gatos han pasado a ser considerados los compañeros naturales de brujos y hechiceras. Esta mala reputación, avalada por la Iglesia Católica, llevó a la muerte de cientos de estos animalitos, acusados injustamente de ser criaturas del demonio, ya que se suponía que Satanás se encarnaba en éstos para aconsejar a sus diabólicos adláteres.

Pero la Europa de la Edad Media pagó muy cara su ignorancia. La Peste Negra de 1348, que se extendió por dos o tres años aproximadamente, se llevó consigo a la cuarta parte de la población europea, 25 millones de habitantes de los 100 que por ese entonces habitaban el continente, lo que representa en las familias extendidas de la época, a más de un muerto por núcleo familiar.

La costumbre de quemar a los gatos tuvo mucho que ver con la rápida propagación del mal. Hoy en día, el sospechoso más seguro de haber desatado la Peste Negra es un bacilo llamado Yersinia Pestis, cuyo vector natural, o sea, el medio de transmisión al hombre, es la pulga de la rata. ¿Y quién mantenía a raya la población de ratas en la Europa de la Edad Media? Con los gatos sobreviviendo como mejor podían a las razzias de la Iglesia Católica, nadie. Para peor, cuando estalló la Peste, no pocos opinaron que aquello era asunto de brujas, y las quemas de gatos recrudecieron, con lo que el problema se hizo incluso peor. He ahí las funestas consecuencias de maltratar a los pobres y vilipendiados gatos.

Este posteo está dedicado a la memoria de la gata Espíritu (n. 5-X-1995, f. 3-X-2006). A partir del próximo posteo, Siglos Curiosos vuelve a su especial sobre la América Precolombina.

domingo, 27 de agosto de 2006

Muere primero y reina después.


¿Leyenda o realidad? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero no podíamos dejar de reproducir una historia tan conocida, como la de Inés de Castro, la mujer que hubo de reinar después de morir...

Transcurría el siglo XIV. Inés de Castro esta era una dama castellana que viajó a Portugal, acompañando a su prima, que contrajo matrimonio con Pedro. Este Pedro era nada menos que el heredero a la corona de Portugal. Tan fuerte fue la pasión desatada entre Inés y Pedro, que pronto la prima murió de rabia durante el parto (así aseguran las crónicas, por lo menos).

El problema es que Inés estaba emparentada con una poderosa familia que hacía sombra en Castilla y en Portugal, y por tanto era una amenaza al mismísimo rey. Se ignora si Alfonso IV, el rey de Portugal, consintió en atentar contra Inés de Castro, pero lo cierto es que tres caballeros portugueses la emboscaron y apuñalaron sin piedad alguna.

La venganza de Pedro fue terrible. Reza la leyenda que, apenas instalado como rey Pedro I de Portugal, mandó exhumar el cadáver de Inés y obligó a los cortesanos a besar la mano de la muerta, entronizándola como reina. En cuanto a los asesinos, uno pudo escapar, pero los otros dos fueron martirizados arrancándoles el corazón: uno por el pecho y el otro por la espalda. En cuanto a Pedro e Inés, éste ordenó que la tumba propia fuera construida frente a la de Inés: así, cuando ambos se levantaran de sus sepulcros en el día del Juicio Final, lo primero que verían sería el uno a la otra...

domingo, 2 de julio de 2006

Razones de la usura medieval.


Una de las imágenes recurrentes de la Edad Media, o por lo menos de finales de ésta, cuando ya Europa había salido del letargo feudal y se había vuelto otra vez una sociedad activa, emprendedora y comercial, es la figura del usurero. Este hombre, usualmente un judío (como el de "El mercader de Venecia"), hacía préstamos a intereses desorbitados, que cuando no podían ser pagados, llevaban a la ruina al hombre que hubiera pedido un préstamo. Y a veces, ese hombre no era solo el simple peatón, sino grandes señores feudales que hipotecaban sus tierras en garantía de los préstamos que pedían. Hoy en día se cobran intereses que pueden rondar el dos, el cinco o incluso el 10%, pero en aquellos tiempos podía fácilmente un usurero cobrar el 33, el 50 o el 66% de interés, sin arrugarse.
La Iglesia Católica condenaba la usura como un robo, porque consideraba injusto que alguien se enriqueciera con dinero que en definitiva parecía salido de la nada.
Pero, ¿verdaderamente sale el interés abusivo de la nada? Echemos un vistazo.
Existen dos factores que determinan la tasa de interés (esto es, el nivel que alcanzarán los intereses por sobre el capital prestado). Uno de ellos se refiere a la expectativa de poder invertir el dinero a futuro. Es decir, si yo presto a interés, estoy renunciando a gastar ese dinero, con la esperanza de que ese mismo dinero lo voy a poder invertir mejor en un futuro, y el interés opera así como un cebo o un señuelo para hacerme preferir ahorrar a gastar. Pero por este lado las tasas de interés medievales deberían haber sido mínimas, ya que en ese tiempo, con casi nulo progreso científico, y enormes incertidumbres políticas, económicas y sociales, las perspectivas de gastarse el dinero de una buena vez eran más tentadoras que de ahorrarlo para invertirlo después.
El otro factor de importancia es el riesgo. Es decir, si yo presto a interés, quiero tener una garantía de que el dinero volverá a mis manos. A lo mejor el fulano al que presté dinero es un sinvergüenza y se fuga con él, algo que en la Edad Media era enormemente fácil, ya que bastaba con cambiarse de ciudad y esconderse. O peor aún: el fulano es un rey, y simplemente, haciendo uso de sus potestades regias, simplemente se le frunce no pagar (no pocos banqueros medievales quebraron así). O a lo mejor el fulano está empeñado en usar el dinero para armar tres carabelas y llegar a la China por el oeste, algo que como todos saben es imposible porque la Tierra es plana y el desgraciado se va a caer abismo abajo por toda la eternidad, así es que mejor asegurarse de que si regresa, me compense sobradamente por el enorme riesgo que voy a correr invirtiendo en él.
He aquí entonces la explicación de los intereses tan abusivos. Si prestaban a intereses de un tercio, la mitad o los dos tercios por sobre el capital, era porque en muchos casos, probablemente no volverían a ver el dinero. Y es que, como se ha dicho repetidas veces, el aparentemente más simple viaje de Colón tenía muchas más probabilidades de fracasar que el viaje del Apolo XI a la Luna (entre el primer viaje tripulado en 1961 y la explosión del Columbia en 2003 han habido sólo cuatro o cinco expediciones tripuladas perdidas entre las decenas de misiones realizadas, y ¿cuántos naufragios pueden contarse en igual cantidad de viajes, en el siglo XVI?).

miércoles, 17 de mayo de 2006

"Estar en sus trece".


En el buen y castizo idioma español, "estar en sus trece" o "mantenerse en sus trece" es sinónimo de porfiar y porfiar más allá de toda razón posible. El dicho lo originó un Papa español. En 1378 una confusa situación política llevó a la elección de dos Papas, que gobernaron simultáneamente. En 1409 se les pidió a ambos que dimitieran, y se eligió un tercer Papa, pero como los otros no renunciaron, ahora habían tres Papas peleando por el trono pontificio. Uno de estos tres Papas, el ezpañolísimo Pedro de Luna, se hizo llamar Benedicto XIII. En 1417 hubo un nuevo intento de hacer renunciar a los tres Papas, que ahora sí tuvo éxito porque estaba todo el poder del Emperador de Alemania por detrás, para asegurarse que los cardenales rebeldes al nuevo y flamante Papa Martín V, terminaran por obedecer. Benedicto XIII se dio a la fuga, y se escondió en el Castillo de Peñíscola, en Aragón. Como allí era inexpugnable, pero a la vez ya no era una amenaza para nadie, debido a que todos sus seguidores le habían abandonado, se le dejó en paz. Así pasó sus últimos años, hasta su indigna muerte en 1423, abandonado de todos, fulminando todos los días excomuniones contra Martín V, los otros Papas, el Emperador y sus propios antiguos seguidores, alegando ser él quien era legítimo Papa. De ahí que Benedicto XIII fue el primero en "mantenerse en sus trece"...
Como Benedicto XIII pasó a ser considerado antipapa, hubo después otro Benedicto que tomó idéntica numeración. Este Benedicto XIII gobernó entre 1724 y 1730.
En la imagen superior, el Castillo de Peñíscola, tal y como luce en la actualidad.

domingo, 9 de abril de 2006

Ghino el ladrón caballero.

Ghino di Tacco, quien vivió en Italia a aballo entre los siglos XIII y XIV, era un salteador de caminos bastante curioso. Se habían apoderado él y su banda de un castillo ubicado entre Roma y Siena, y desde allí hacía sus trapacerías. Claro que él no era un bruto, ¡ah, no señor!

Digamos que un mercader caía en sus manos. Amablemente, Ghino le preguntaba cuánto podía dar. Si el mercader decía que 500 ducados, Ghino tomaba sólo 300, dejándole 200 para que invirtiera (suponemos que en el viaje de vuelta lo despellejaría otra vez por la diferencia, ya que de todas maneras le quedaría utilidad si había invertido bien el resto)... A los clérigos les despojaba de sus magníficas mulas, pero no le dejaba sin locomoción, aunque eso fuera un jamelgo que se cayera de puro viejo. Si el asaltado era un goliardo, uno de aquellos estudiantes medievales que viajaban a las universidades, en vez de robarle solía darle algún dinero, más algunos consejos para que se condujera bien y adquiriera saber.

Tan famoso fue Ghino di Tecco, que Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio se dan tiempo para mencionarle. El segundo dice que se dedicó a la vida de bandolero no por malignidad de carácter, sino por la injusticia de enemigos poderosos, y lo describe como hombre generoso y de gran ingenio.

De todas maneras, eso no impidió que Ghino di Tecco, al final, pereciera acorralado y combatiendo contra sus enemigos. Muerte de héroe, cierto, pero muerte a fin de cuentas.

domingo, 29 de enero de 2006

El nombre de los bancos.

Como en la Edad Media, la primera región europea en inventar de nuevo el comercio fue Italia, varios términos e invenciones comerciales proceden de allá. Entre ellos está la etimología de la palabra "banco".

Los primeros bancos italianos eran precisamente eso, bancos o mesas que se instalaban en las plazas de las ciudades, muchas veces frente a la catedral. De ahí que se habla también de "la banca", porque claro, los bancos de mesas también pueden ser "bancas". Los primeros banqueros eran avispados burgueses que se instalaban en sus bancos para captar dinero de la gente, a cambio de un boleto o billete en el cual el banquero reconocía su deuda. Estos fueron los primeros "billetes de banco", y debido a que eran "al portador", podían transferirse de mano en mano, por lo que se transformaron en una forma de dinero. En la actualidad, los billetes de banco son emitidos por un banco especial, el Banco Central de cada país, pero en esos tiempos de rudimentaria actividad bancaria, cada banco emitía los suyos. Claro que si un banco no tenía suficiente respaldo, el valor de sus billetes se iba a pique, y ya se imaginan ustedes la que se armaba entonces...

Cuando esto ocurría (que un banco no podía responder a sus obligaciones), estos primeros banqueros tenían que manifestarlo públicamente de una manera muy gráfica, para que todos se enteraran: agarraban a hachazos la banca en que habían estado efectuando sus operaciones y romperla. De ahí que el cese de operaciones financieras haya pasado a ser la "bancarrota" (banca rota a hachazos, se entiende), tanto en italiano como en español.

jueves, 12 de enero de 2006

Guillermo el Bastardo.

Antes de ser conocido universalmente por su apelativo más célebre, Guillermo I de Inglaterra fue llamado Guillermo el Bastardo.

Guillermo el Bastardo nació en el Ducado de Normandía, y era hijo del duque Roberto el Diablo (¡ésos eran nombres!), quien un buen día se marchó a Tierra Santa y como solía suceder en aquellos años, nunca más volvió. La madre de Guillermo era mujer de humilde condición, y él mismo no era hijo legítimo, nacido dentro de matrimonio, por lo que Guillermo padeció toda su infancia y juventud los caprichos de la nobleza normanda, que le miraba en menos.

La venganza de Guillermo fue terrible. Una vez bien aposentado en el trono, ordenó a todos los nobles de su reino jurar fidelidad no sólo a su propio señor inmediato, sino también al duque mismo (o sea, él). Desató una persecusión tan dura, que muchos normandos prefirieron emigrar y reclutarse como mercenarios al servicio de los príncipes italianos, o del emperador bizantino. El propio Guillermo, para afirmar aún más su desprecio sobre los nobles, firmaba cartas y documentos oficiales como "Guillermo el Bastardo", escupiéndoles a la cara que debían obedecer... bueno, a un bastardo.

Pero su mayor triunfo llegó años después. Muerto el rey anglosajón Eduardo el Confesor, Guillermo reclamó el trono inglés por ser pariente del difunto, y cruzó el Canal de la Mancha con un ejército. En la Batalla de Hastings derrotó al rey Haroldo, y conquistó Inglaterra (año 1066). Desde entonces, Guillermo el Bastardo pasó a ser conocido como Guillermo el Conquistador.

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