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jueves, 19 de agosto de 2010

Mercenarios hebreos al servicio de Egipto.


La investigación arqueológica e historiográfica está llena de sorpresas. Del texto bíblico puede colegirse que las relaciones entre los hebreos y el Imperio Egipcio no eran buenas (como no podían serla entre dos Estados cada uno buscando expandirse a costillas del otro), y que los egipcios buscaron repetidas veces invadir a los hebreos. Por eso, cuando en 1893 salieron a la luz los llamados Papiros de Elefantina, los arqueólogos se llevaron una sorpresa mayúscula. Porque lo que tenían entre las manos era la evidencia de que una banda de hebreos había sido efectivamente empleada en la defensa de Egipto. Aunque no en la frontera misma con los hebreos (la frontera nororiental egipcia), claro, sino en la frontera sur, aquella que daba hacia el reino de Napata (los "Faraones Negros"), río Nilo arriba.

Los papiros mismos están escritos no en idioma jeroglífico o demótico, sino en arameo. Datan más o menos del siglo V a.C., y describen la vida cotidiana de una comunidad hebrea dedicada a las labores de defensa, en una ciudad llamada Elefantina. Dicha ciudad estaba cerca de la Primera Catarata del Nilo, y era la frontera sur del Imperio Egipcio durante el Primer Milenio antes de Cristo. El dios local de dicha comunidad era Knum, representación del Río Nilo que al igual que otros dioses egipcios, era representado con cuerpo de hombre y cabeza de animal. El animal asociado a Knum era el toro, clásico símbolo de la fertilidad. Debido a su cercanía a la Primera Catarata, Elefantina era un punto de tráfico importante, ya que obviamente el comercio fluvial debía interrumpirse ahí y ser porteado por tierra para sortear la catarata y seguir al otro lado de la misma, río arriba o abajo según su dirección precedente. En el Primer Milenio, las tierras de los Faraones Negros experimentaron un importante desarrollo, y con esto, es de suponer que también pasó más comercio por Elefantina, lo que hizo crecer su importancia mercantil, y también militar. Además estaba emplazada en una isla, lo que la hacía aún más inexpugnable y estratégica. El nombre le fue dado por los griegos, de hecho, probablemente debido al tráfico de marfil (el nombre egipcio era Yebu).

Se ignora cuando surgió la guarnición hebrea, aunque es seguro que ya existía en el siglo V a.C. Probablemente date de uno o dos siglos antes. El profeta Isaías menciona que existían hebreos viviendo en Etiopía (Isaías 11:11), y él escribió hacia los años 740-700 a.C., aunque una cosa es referir la existencia de hebreos en Etiopía, y otra muy distinta que la guarnición hebrea de Elefantina ya existiera. Otra posible fuente son los emigrados hebreos que escaparon de la invasión caldea que arrasó Jerusalén en 587 a.C. (Segundo de Reyes 25:26). Como fuere, el caso es que los saítas (dinastía que gobernó Egipto en el siglo VI a.C.) empleaba mercenarios griegos y hebreos como alternativa a los socorridos mercenarios libios, que no eran sino fuente de problemas. Porque los mercenarios libios se habían hecho tan indispensables que eran una amenaza perpetua para el poder del Faraón, y a las primeras de cambio, éstos trataban de deshacerse como fuera de ellos.

Más tarde, cuando el rey persa Cambises invadió Egipto en 525 a.C., prescindió de los mercenarios griegos (no en balde, los griegos eran una amenaza militar en la frontera europea del Imperio Persa, y por tanto era mala estrategia utilizar a estos potenciales rebeldes en la frontera egipcia). A la vez, siguiendo la política de su antecesor Ciro de convertir a los hebreos en sus protegidos, la guarnición de Elefantina pasó a ser íntegramente hebrea, si es que no lo era ya. La diferencia de trato es evidente en el hecho de que Cambises mandó a destruir todos los templos egipcios, pero el templo que los hebreos habían construido a Yahveh en Elefantina fue respetado. Más tarde, aprovechando que Arsham el gobernador egipcio estaba rindiendo cuentas en la capital persa de Susa, un complot egipcio convenció al comandante militar persa Widarnag de demoler el templo. La protesta de los hebreos fue tan clamorosa, que tanto Widarnag como sus hijos fueron condenados a muerte. La comunidad hebrea misma, por cierto, había desarrollado una muy peculiar versión de la religión hebrea, identificando al dios local Knum con Yahveh, y construyendo una extraña mixtura entre ambos. Como fuere, esto no sirvió para granjearse el cariño de los egipcios, para quienes los hebreos eran representantes de los odiados opresores persas, y a la primera oportunidad que tuvieron, los egipcios arrasaron con la colonia hebrea. Se supone que esto ocurrió hacia el año 400 a.C. (la destrucción antedicha del templo ocurrió en 410 a.C.), apenas el dominio persa sobre Egipto comenzó a aflojar. Hubo un intento posterior de instalar una colonia hebrea en el sur de Egipto, promovida por el Sumo Sacerdote hebreo Onías IV hacia 150 a.C., pero no parece haber tenido mayor trascendencia.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Y los kusitas sí eran negros a fin de cuentas.


En nuestra época de cierta tolerancia multicultural, el racismo abierto es considerado como algo sumamente ofensivo, y por lo tanto, nos cuesta creer cómo hubo épocas tan impregnadas de éste, que manchaban toda su ciencia histórica con afirmaciones a las claras absurdas, pero que sí cuadraban con un esquema mental de "la raza blanca superior versus las razas inferiores". La investigación arqueológica sobre el Reino de Kush fue una gran víctima de ello. Mientras que la Egiptología moderna principió con la campaña de Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798-1799, la investigación arqueológica seria sobre los kusitas, sus vecinos del sur, debió esperar hasta mediados del siglo XX, para que alguien mostrara un cierto interés sobre este pueblo.

A comienzos del siglo XIX, cuando la egiptomanía invadió al mundo académico europeo, nadie tenía muy en claro hasta qué segmento del Río Nilo valía la pena explorar en busca de nuevas ruinas. El primer investigador del Reino de Kush, como se llamó el poderoso ente político que surgió al sur del Egipto Faraónico, fue un investigador llamado Giuseppe Ferlini (1800-1870), más motivado por saquear tesoros que por verdadera investigación arqueológica. Los métodos de "exploración" de Ferlini eran tan expeditos como volar las capas superiores de las pirámides en Sudán a punta de dinamita, para descubrir cámaras secretas en su interior. Pero cuando reveló que sus hallazgos venían del Africa Negra y no de Egipto, se quedó enormemente chasqueado: ningún arqueólogo serio creía que los "negros" eran capaces de civilización. Consiguió vender su material, sí, pero al final de un laborioso proceso de negociaciones con muchos entes culturales distintos.

Con todo, ya no se podía ignorar que al sur de Egipto habían importantes hallazgos arqueológicos, y hubo egiptólogos que se dignaron darle una mirada a Kush. Uno de ellos fue Richard Lepsius, quien al investigar a los kusitas, quedó lo suficientemente convencido de que eran una cultura importante como para escribir que sus ruinas "pertenecían a una raza blanca", cuando hoy en día es evidente por los testimonios arqueológicos que los kusitas eran de raza negra. A tanto llegó la fijación por atribuirles antecedentes "blanqueados" a los kusitas, que el arqueólogo George Reisner (1867-1942) afirmó después de dedicar los años de 1916 a 1919 a la investigación de éstos, que el gran rey Piankhi, el Faraón Negro que conquistó Egipto hacia el año 715 a.C., era en realidad un mercenario libio que había cruzado todo Egipto de norte a sur y se había impuesto militarmente a los negros kusitas. En el libro "Cuando Egipto gobernaba el Oriente", publicado en 1942 por los egiptólogos Keith Seele y George Steindorff, Piankhi sufrió otro desdén, cuando se escribió de él y sus sucesores nubios en Egipto: "Mas su dominio no duró por tanto tiempo".

El asunto empezó a cambiar recién en 1960. Irónicamente fue el cataclismo de erigir la Represa de Asuán, lo que obró el milagro. Debido a que enormes tierras iban a quedar inundadas por las aguas de la represa, las investigaciones arqueológicas adquirieron un ritmo frenético. Con esto, surgieron (en forma de estatuillas y similares) múltiples evidencias de que los nubios kusitas sí eran de raza negra, en particular por los rasgos negroides de las facciones de muchas estatuas representando a figuras de la época del dominio nubio sobre Egipto (hacia 730-671 a.C.). La sensibilidad hacia el racismo había cambiado su tanto en el período intermedio, en particular gracias a la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, y con ello, el fantasma de los kusitas tuvo una nueva oportunidad de pasar a la Historia, ahora sí como corresponde, sin ser distorsionados ni falseados por los egos racistas de los investigadores.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Los gatos en el Antiguo Egipto.

En un posteo anterior hemos hablado de Bastet, la diosa gata del Antiguo Egipto. Ahora corresponde hablar de los gatos egipcios en sí mismos. Hay evidencia que parece apuntar a que fue en el Antiguo Egipto, en donde surgió el gato doméstico por primera vez, y éste es descendiente del Felis Lybica, una especie de gato salvaje africano. La razón es casi obvia, bien mirada. Cuando Egipto empezó a crecer, y por lo tanto se dedicó a construir graneros (algo necesario entre tanta pirámide y templo), las ratas se transformaron en un problema. De ahí que los gatos, como cazadores naturales de roedores, se transformaron en aliados útiles, y de ahí, en verdaderos animales semidivinos. Los egipcios creían muy en serio de que en cada gato estaba una parte de Bastet, la diosa gata, y de ahí el extraordinario cuidado que depositaban en éstos.

En el Antiguo Egipto, era peor matar a un gato que a un hombre. Ante lo último, siempre cabía la posibilidad de un indulto, pero si el muerto era un gato, ni el propio faraón tenía poder para ello; y la condena era a muerte. Es más: si un egipcio descubría un gato fuera de las fronteras egipcias, era su deber y obligación llevarlo a tierra egipcia, sano y salvo. En caso de incendio, el primero en ser puesto a salvo era, adivinaron, el gato. Y si moría, las familias adineradas transportaban el cuerpo a Bubastis, la ciudad sede del culto a la diosa gata Bastet, para ser enterrado allá; para estos efectos, en la época tardía egipcia, llegaron a fabricarse ataúdes con forma de gato, en los cuales podía introducirse el cuerpo del felino, convenientemente momificado. Los arqueólogos modernos han rescatado cientos de estos gatos momificados, y varios de estos ataúdes.

Existen dos anécdotas relacionadas con gatos en el antiguo Egipto. Una de ellas se remonta a la época en que Cambises II, rey del Imperio Persa (528-521 a.C.) conquistó Egipto. Frente a la ciudad de Pelusa, puso cientos de gatos amarrados a los escudos de sus soldados. Los egipcios, ante el dilema de defenderse o respetar la vida de los gatos, optaron por rendir la ciudad. O al menos así se cuenta.

La otra se remonta al año 47 a.C., cuando Julio César invadió Egipto. En la ocasión, un soldado romano mató, accidentalmente o con intención, a un gato. Ni siquiera el Faraón Tolomeo XII pudo hacer algo al respecto: la turba se apoderó del legionario y lo linchó simple y llanamente, como a un blasfemo cualquiera.

ESTE POSTEO ESTÁ DEDICADO A LA MEMORIA DE LA GATA EUDORA (n. cerca 1-XI-2007, f. 6-XI-2008).

jueves, 17 de julio de 2008

¿Cuarenta siglos os contemplan...?


La anécdota es conocida. Durante la campaña militar que emprendió Napoleón Bonaparte contra Egipto, desde 1798 a 1799, éste guió a sus tropas a la famosa Batalla de las Pirámides. Esta fue un gran triunfo de las tropas napoleónicas sobre la infantería de los mamelucos egipcios, y se libró a unos 15 kilómetros de la Gran Pirámide de Gizah, el 21 de Julio de 1798. Para arengar a sus tropas, Napoleón Bonaparte gritó: "¡Mirad! ¡Recordad que desde esos monumentos, cuarenta siglos os contemplan!" ("Soldats! Vous êtes venus dans ces contrées pour les arracher à la barbarie, porter la civilisation dans l'Orient, et soustraire cette belle partie du monde au joug de l'Angleterre. Nous allons combattre. Songez que du haut de ces monuments quarante siècles vous contemplent"). Pero, considerando la vasta extensión de la historia egipcia, podemos preguntarnos... ¿en realidad eran cuarenta siglos? ¿No habrán sido más o menos...? Veamos.

La cuestión sobre la cronología egipcia es un tanto complicada. Resulta que los antiguos egipcios no poseían una cronología basada en una era común, como es nuestro caso. Nosotros contamos todos los años a partir de un Año 1 que coincide, según los cálculos de Dionisio el Exiguo, que no por levemente erróneos son menos utilizados, con el nacimiento de Cristo, y los años anteriores son simplemente numerados en sentido inverso como "antes de Cristo". Los egipcios, en cambio, se limitaban a hacer listas de faraones, sin mencionar sus fechas de ascenso o abandono del poder (por muerte, derrocamiento o la razón que sea), y esto con el agravante de que suprimían a aquellos faraones caídos en desgracia (en particular si el sucesor era un advenedizo o usurpador), por lo que las diversas listas conservadas (no demasiadas, en realidad) no siempre coinciden, y deben ser laboriosamente cotejadas con los registros arqueológicos, tanto egipcios como de otras civilizaciones que tuvieron contacto con los egipcios y dejaron noticias sobre ellos en sus propios registros. Las estimaciones sobre la fecha de la unificación egipcia, por ejemplo, han variado tan grandemente como datarlas en 3400 o 3000 a.C. Aún así, se ha conseguido llegar a una cronología aceptada comúnmente, aunque siempre sujeta a cambios y revisiones de última hora, en particular para las fechas más antiguas.

Dentro de esta incertidumbre cronológica, se suele estimar que la Gran Pirámide fue construida por el Faraón Khufu (grequizado Keops), de la Cuarta Dinastía, y fue concluida hacia el año 2560 a.C. Como es un monumento en piedra, no puede ser datado por Carbono-14, de manera que estamos obligados a confiar en las fuentes antiguas (Heródoto, entre otros), y la sincronización de distintas cronologías, para arribar al resultado. Pero esta es la fecha más aceptada, y podemos tomarla como un dato.

Ahora bien, para la época de la campaña napoleónica en Egipto habían pasado casi dieciocho siglos después de Cristo (el "siglo I" queda completo en el año 100, el "siglo II" en el año 200, y así el "siglo XVIII" cabal debe quedar completo en el año 1800). En cuanto a los siglos antes de Cristo, son 25 a 26 siglos. Sumando 18+25 o 18+26, obtenemos la cifra de 43 a 44 siglos, desde que la Gran Pirámide fue concluida hasta que Napoleón Bonaparte le dio un saludo militar a los mamelucos en sus cercanías. Retórica aparte, la estimación napoleónica fue entonces bastante precisa (un margen de error de aproximadamente un diez por ciento), considerando que en aquel tiempo, el conocimiento sobre el Antiguo Egipto estaba casi en embrión, y no existía siquiera una cronología universalmente aceptada sobre el antiguo mundo egipcio. Pero por supuesto, Napoleón eligió las palabras por su efecto retórico y no por su valor científico: después de todo estaba dirigiéndose a un grupo de brutos que iba a pelear una batalla, no a un simposium científico...

domingo, 13 de julio de 2008

Kadesh y el autobombo de Ramsés II.


Quienes creían que distorsionar la Historia para hacerle propaganda al Gobierno era invento de Goebbels, el manipulador ministro de propaganda de Hitler, o de la Rusia Estalinista, que revise otra vez. Porque el primer caso conocido de manipulación de la Historia para hacerle propaganda al Gobierno tiene nada menos que tres mil años de Antigüedad. Es cierto que hay testimonios de victorias militares contadas por sus reyes que son aún más antiguas, como por ejemplo la Estela de los Buitres mandada confeccionar por el mesopotámico Eannatum (hacia 2800 a.C.), pero en este caso no contamos con versiones paralelas que nos ayuden a descubrir cuánto de verdad y cuánto de mito hay en ellas. En el caso que nos ocupa sí. Para colmo, el mentiroso pillado en flagrancia es nada menos que Ramsés II, conocido como el Grande, y que bien mirado, no fue tan grande como se pretende. He aquí la historia...

A su advenimiento como Faraón (hacia 1.279 a.C.), Ramsés II había heredado una compleja situación política. Su gran área de expansión (su "hinterland", diríamos geopolíticamente) era la región de Palestina y Siria, pero en esos territorios se había hecho fuerte una potencia rival, el Imperio Hitita. Más tarde o más temprano, ambas potencias iban a chocar, y desde comienzos de su reinado, Ramsés II empezó a preparar la inevitable colisión.

El choque entre el ejército egipcio del joven e impetuoso Ramsés II, y el ejército hitita del más cazurro rey hitita Muwatallis II, se produjo en la ciudad siria de Kadesh. Marchaba Ramsés con cuatro divisiones de 5000 hombres cada una, un ejército considerable para aquellos tiempos. Confiando en la información de desertores hititas, Ramsés ordenó a sus dos divisiones de vanguardia avanzar, sin esperar a las dos restantes... y sin apercibirse de que estos "desertores" habían sido enviados por Muwatallis mismo para desinformar a Ramsés. Muwatallis rodeó la ciudad de Kadesh por el este, mientras Ramsés pasaba por el oeste, y atacó por detrás a sus dos divisiones de vanguardia, mientras las dos divisiones de retaguardia aún no llegaban. El ejército de Muwatallis también se componía de unos 20.000 hombres, pero como peleaba contra la mitad del ejército de Ramsés, la proporción era de 2 a 1, a favor de los hititas. Obviamente, la división de vanguardia fue hecha pedazos y Ramsés completamente acorralado.

Tiempo después, Ramsés mandó escribir un bello poema épico, el "Poema de Pentaur", en donde dice como su fuerte brazo le hizo contraatacar y retroceder a los cobardes hititas, arrinconándolos contra el Río Orontes y ahogándolos. La verdad parece haber sido distinta, si atendemos a las crónicas hititas. El Imperio Hitita era lo que llamaríamos hoy en día "multinacional", y esta diversidad de culturas se reflejaba en un ejército poco disciplinado y cohesionado, por lo que cuando tuvieron el campamento de Ramsés a la mano, lo saquearon sin darse cuenta de que estaban a metros del joven Faraón, que seguía batiéndose con denuedo. La llegada de un contingente de refuerzos salvó a Ramsés, que pudo huir a la desesperada. Y por si esto no fuera suficiente, las propias crónicas egipcias señalan que en Siria, algunos aliados de Ramsés se pasaron al bando hitita, algo perfectamente ilógico y estúpido si Ramsés hubiera sido el vencedor en la jornada (generalmente son los perdedores quienes se pasan al bando ganador, y no al revés).

Lo cierto es que después de una batalla en que ningún bando pudo asestarle un golpe de muerte al otro, hititas y egipcios se sentaron a la mesa de negociaciones y decidieron mantener el status quo fronterizo con un tratado de paz formal. Ramsés no parece haber vuelto a librar guerras de importancia suprema, pero a cambio llenó Egipto de carísimos monumentos que pueden haber ayudado a quebrar el erario nacional egipcio. A cambio de su autobombo y de haberse compensado su fracaso militar con monumentos, a la manera de las mujeres que se compensan la baja autoestima ingiriendo comida en forma compulsiva, la Historia lo recompensó con el título de "Ramsés el Grande"...

jueves, 10 de julio de 2008

Piankhi el Faraón Negro que conquistó Egipto


Las imágenes más características sobre el Antiguo Egipto, para el común de la gente, son las grandes manadas de esclavos cargando bloques gigantescos para la Gran Pirámide, o el esplendor de la corte de Ramsés II, o el riquísimo ajuar de la Tumba de Tutankamón. Sin embargo, la historia egipcia desde sus orígenes neolíticos hasta la época romana cubre casi cuatro mil años, y está repleta de numerosos episodios e incidentes mucho menos conocidos. Uno de ellos, es el dominio de tres cuartos de siglo, en que los egipcios perdieron su independencia frente a los nubios del sur, los llamados Faraones Negros de Africa.

Durante milenios, Nubia (lo que actualmente es la República de Sudán) fue el patio trasero de Egipto: mientras en las regiones cercanas a la Desembocadura del Nilo florecía una civilización capaz de construir enormes templos y pirámides, los nubios, más relacionados con el Africa tropical, oficiaban de aprendices de la civilización, además de puerto de comercio para los bienes y manufacturas egipcios. Pero los nubios aprendieron, y lo hicieron bien. Después de la muerte del Faraón Ramsés III (hacia 1155 a.C.), los egipcios entraron en una imparable decadencia, mientras que los nubios empezaron a fortalecerse.

Finalmente, hacia el año 730 a.C., un tal Tefnakht, rey del Delta, atacó a Tebas. Puestos entre la espada y la pared, los tebanos prefirieron la pared y pidieron ayuda al rey nubio Piankhi. Este no perdió tiempo en escuchar el llamado de sus nuevos "protegidos", y envió a sus tropas Río Nilo arriba (literalmente: en barcazas), les ordenó purificarse en las aguas del Río Nilo antes de cualquier combate, por propósitos rituales, y rindió tributo a Amón, el dios de Karnak (el templo edificado por Ramsés II), dando así una señal de considerarse como legítimo Faraón elegido por los propios dioses para enseñorearse sobre Egipto (cuatro siglos después, a Alejandro Magno esto le seguirá pareciendo una magnífica idea, y repetirá el hacerse consagrar por los Faraones de Amón).

Las tropas de Piye o Piankhi (según la transliteración) barrieron a todos los señores militares de Egipto. Tefnakht, para salvar el pellejo, envió el siguiente mensaje a Piankhi: "¡Sé misericordioso!, que soy incapaz de ver tu rostro en los días de deshonra; no puedo erguirme ante tu fulgor, porque temo tu grandeza". Después de saquear Egipto a discreción, acción en la que los propios egipcios consintieron, felices de librar al menos la vida, Piankhi se tornó a Nubia y nunca más se dignó regresar a Egipto. La campaña militar había tomado apenas un año. Tefnakht consiguió rearmarse, pero su poder permaneció encajonado en el Delta, ya que Tebas pertenecía ahora indiscutiblemente al área de influencia geopolítica de Nubia.

Al fallecer, hacia el año 715 a.C., Piankhi fue enterrado en una pirámide construida en la mismísima Nubia, cuando ya dicho estilo de enterramiento llevaba dos milenios pasado de moda en el propio Egipto. Era la manera de Piankhi de honrarse a sí mismo, aún post mortem, como verdadero señor de Egipto, por más que en realidad no fuera más que un afuerino intruso. Sus sucesores Shabaka, Shebitku, Taharqa y Tantamani, sí que prestarían mayor atención a Egipto, y convertirían la expedición puntual de Piankhi en una ocupación en toda regla: la Dinastía XXV, que gobernó a Egipto durante cerca de tres cuartos de siglo. Finalmente, en el año 671 a.C., serían ignominiosamente derrotados y enviados de regreso a Nubia, pero no por un levantamiento nacionalista egipcio. Los sufridos egipcios pasaron del relativamente suave dominio nubio, al temible dominio asirio. Este, no lo soportaron demasiado, y a su tiempo, se encargaron de expulsar a patadas a los asirios de su territorio.

domingo, 6 de julio de 2008

Sheshonq o la restauración de Egipto.

No todos los personajes históricos egipcios son Faraones que parecieran gobernar desde la Eternidad y hasta la Eternidad, como un Ramsés II cualquiera. En los revueltos tres milenios de historia egipcia hubo una enorme cantidad de advenedizos y usurpadores que hicieron carrera como cortesanos intrigantes o soldados de fortuna, y alcanzaron la corona del Faraón. De hecho, los tres milenios de las famosas treinta dinastías egipcias (algunas de las cuales no gobernaron a todo Egipto, otras lo hicieron en paralelo, y además parecen haber dinastías adicionales, pero en fin...) ofrecen un curioso contraste con la única dinastía japonesa que ha regido a Japón desde los tiempos del Yamato hasta la actualidad, durante un lapso de unos quince siglos completos (si no más). Uno de esos advenedizos egipcios fue Sheshonq. Fue uno de los más competentes Faraones de Egipto, en una época relativamente complicada para su nación, y puso a Egipto de regreso en el mapa internacional.

En la época de Sheshonq (siglo X a.C.), el antiguo esplendor de Egipto era cosa pasada. Hacia 1190 a.C., Egipto había librado una mayúscula guerra por su supervivencia, contra la invasión de los llamados Pueblos del Mar, y si bien había conservado su independencia, cayó en una enorme postración política, más acentuada aún cuando falleció el Faraón Ramsés III, hacia 1155 a.C. En un ambiente de clara anarquía política, los libios encontraron las puertas abiertas para emplear sus talentos de bárbaros en las arenas desérticas, como mercenarios a soldada de las distintas facciones. Sheshonq era descendiente de uno de estos libios, y de hecho era sobrino del Faraón Osorcón I (992-986 a.C.), que sí era libio.

Sheshonq hizo una gran carrera militar, y aunque no es claro cómo llegó al poder, sí se sabe que no tenía otro vínculo familiar con su antecesor Psausanes II, que ser padrino de su hija Maatkare. De hecho, con él principia la dinastía XXII. Como buen militar, impuso el orden sobre Egipto (más o menos), y una vez con las manos libres, emprendió varias campañas militares contra Palestina. La Biblia recuerda bien todo esto (menciona a Sheshonq con el nombre hebraizante de Sisac). Primero, cuando Jeroboam se alzó contra Salomón, instigado por el profeta Ajías de Silo, Sheshonq le prestó refugio (Primero de Reyes 11:40). Luego de que murió el Rey Salomón, Jeroboam regresó a Palestina y lideró la rebelión de los jefes israelitas contra el trono de Roboam, hijo de Salomón y heredero a la corona hebrea. Sucedió como lo había previsto Sheshonq: el Reino Hebreo se partió en dos (el rebelde y victorioso Jeroboam al norte como rey de Israel, el "legítimo" Roboam al sur como rey de Judá), y Jeroboam consumó la división política montando un santuario religioso en Dan, que fuera paralelo al de Jerusalén.

Con esto, Sheshonq tuvo el camino pavimentado. Jerusalén estaba atenazada entre Egipto al suroeste e Israel al norte, y Sheshonq se sintió con las manos libres para intervenir militarmente en Palestina. Invadió Jerusalén y saqueó tanto el Templo de Jerusalén como el Palacio Real (Primero de Reyes 14:25). De esta manera, Sheshonq consiguió que el equilibrio político en Palestina girara desde los hebreos a los egipcios. Cuando Sheshonq falleció, Egipto era una nación grande y poderosa; no tanto como en sus días clásicos, en que sus tropas habían pasado sin problemas por toda Palestina y Siria, pero desde luego mucho más fuerte de lo que había sido antaño.

martes, 18 de diciembre de 2007

Bastet diosa gata de Egipto.

Bast o Bastet era la diosa de los gatos en el Antiguo Egipto, una de las más importantes de su panteón. Como es el caso de los otros dioses egipcios, Bastet tenía cuerpo humano (de mujer en su caso, claro está), y cabeza del animal respectivo, en este caso la gata. Y también como otros dioses egipcios, el culto a Bastet está plagado de imprecisiones, derivados de que a pesar del extraordinario conservadurismo de la civilización egipcia, su mitología no fue algo completamente estático, sino que mutó en el tiempo según el vaivén de la política y la sociedad, y con ellos, las creencias sobre Bastet.

La diosa Bastet fue primitivamente el ídolo totémico de la ciudad de Bubastis, un asentamiento en el Bajo Egipto, concretamente en el lado oriental del Delta del Río Nilo. En dicha ciudad, los egiptólogos han encontrado un vasto cementerio con cientos de gatos momificados, y en la época de los Tolomeos y del Imperio Romano (cerca de 300 a.C. a 300 d.C.) se construían ataúdes especiales con forma de gato para enterrar a estos animalitos. El historiador griego Heródoto, por su parte, documenta las grandes fiestas que en dicha ciudad se celebraban en su honor; y siglos más tarde, Diodoro mencionó que un romano fue limpiamente linchado por una multitud de egipcios, por haber asesinado involuntariamente a un gato. A pesar de ser la diosa local de Bubastis, en el período faraónico el culto de Bastet se difundió por todo Egipto, formando tres tríadas divinas, una con Ptah y Neferte, y otra con Sejmet y Ra. La enemiga de Bastet era Neith, una diosa guerrera, y esta enemistad, más que mitológica, era política, porque Neith era adorada en el otro lado de la desembocadura del Delta, en el lado occidental.

El éxito de Bastet se debe posiblemente a varios factores. No es el menor de ellos, el que los gatos hayan sido tan útiles para los egipcios, como guardianes de los graneros en contra de las plagas de ratones. Pero por otra parte, en su camino, Bastet parece haber asimilado los rasgos de la diosa leona, Sejmet; de este modo, en la época clásica, se presentaba a veces como una gata amable y gentil, pero también como una fiera leona. Los griegos la identificaron con Artemisa (su equivalente romano es Diana), la diosa cazadora y de los bosques. A diferencia de otros dioses, identificados claramente con el Sol o con la Luna, Bastet es identificado con ambos (probablemente era solar, y su identificación con la lunar Artemisa creó esta ambigüedad), según sea su faceta la leona o la gata; quizás el resorte psicológico de la ambigua diosa-mujer, ayudó a su popularidad.

Este posteo está dedicado a la memoria de la gata Maia (n. 17-I-1995, f. 17-XII-2007).

domingo, 29 de abril de 2007

Los fenicios alrededor de Africa.


Sin lugar a dudas, el pueblo antiguo más destacado en el arte de navegar fueron los fenicios. En una época en la cual había pueblos con alergia al mar, y otros apenas se atrevían a bordear las costas, los fenicios emprendieron audaces viajes que los llevaron hasta Inglaterra por un lado (casi con toda seguridad), y hasta bien avanzada Africa por el otro. Y se piensa que los fenicios fueron también los primeros en circunnavegar por completo el llamado "Continente Negro".
Hacia el año 610 a.C. llegó al poder en Egipto un faraón llamado Necao II, quien emprendió campañas militares contra Palestina y engrandeció a su nación. Uno de los más ambiciosos proyectos de Necao fue construir un canal que conectara al Río Nilo con el Mar Rojo, idea que es el antecedente del actual Canal de Suez (que no conecta el Río Nilo, sino el Mar Mediterráneo, al Mar Rojo). Pero parece ser que las dificultades técnicas del proyecto fueron muchas para la tecnología de la época, así es que optó por enviar una expedición marítima hacia Africa. Y como los egipcios eran malos navegantes, contrató a una escuadra de fenicios.
Según el historiador griego Heródoto, los fenicios partieron desde el Mar Rojo y fueron bordeando Africa, en un viaje de dos años hasta que alcanzaron las Columnas de Hércules (el actual Estrecho de Gibraltar). El relato de Heródoto no ha sido acreditado en ninguna otra parte, y por lo tanto muchos dudan de éste, aunque por otra parte, Heródoto describe acertadamente que muy al Sur, navegando hacia el oeste, el Sol de mediodía se ve hacia el Norte (en el Mar Mediterráneo, ámbito natural de fenicios y griegos, navegando hacia el oeste se ve el Sol de mediodía hacia el Sur, no hacia el Norte). La incógnita, de todas maneras, sigue abierta.

domingo, 3 de septiembre de 2006

¿Eran los egipcios maniáticos de la muerte?


Egipto es quizás una de las culturas más asociadas al tema de la muerte. Es bien conocida la relación de este pueblo con los muertos. Como vivían en el desierto, se daban perfecta cuenta de que los cuerpos conservados en sequedad no se descomponían. Por tanto, diseñaron todo un sistema de creencias basado en la inmortalidad del alma. También es conocida la complejidad de los rituales de entierro de los egipcios, en particular en las clases pudientes que podían pagarse esos lujos. El cuerpo del difunto era sumergido en una solución salina a base de natrón, un compuesto que los químicos llaman carbonato de sodio. Allí debía permanecer 70 días, un número mágico porque tal era la cantidad de días que Sotis (la estrella Sirio) desaparecía en el horizonte. Previo a esto, se le sacaban las vísceras, y se depositaban en unos pequeños jarrones llamados cánopes. Luego, cuando el cuerpo estaba bien seco, se lo envolvía en vendas: nacía así una flamante nueva momia. Y no vale la pena insistir sobre el arte de la construcción de tumbas: las más conocidas son las famosísimas pirámides, pero también existen otros modelos que fueron populares de acuerdo a la época, como por ejemplo la mastaba (una especie de recinto rectangular) y el hipogeo (una tumba subterránea). Todo esto ha inspirado truculentas historias en donde los faraones maniáticos construen enormes pirámides, o de momias que vuelven a la vida y se ponen a recorrer las calles de Londres para encontrar el camino a casa, y de paso cumplir las maldición de rigor para quienes profanen la tumba del faraón...
Y sin embargo, toda esta visión de los egipcios como un pueblo que vivía más en la ultratumba que en la vida terrenal, es eminentemente falsa. Los modernos arqueólogos saben bien que los egipcios eran un pueblo amante de la vida, como cualquier otro, y sabían sacarle mucho partido a la misma. ¿Cómo es entonces que nos construimos una imagen tan fúnebre de los egipcios?
Sucede que los egipcios hacían su vida en torno al Río Nilo y construían sus casas en materiales perecederos, como paja, adobe y madera, por lo que la inundación anual del río a lo largo de sucesivos años tenía que barrer cualquier rastro de su vida en tales lugares. En cambio, las tumbas faraónicas estaban emplazadas en lugares bien secos, como el Valle de los Reyes, o bien en pleno desierto, como las pirámides de Gizah (las más altas de todas), y además, estaban construidas en un material casi indestructible, comparativamente hablando, como es la piedra. Resultado: las tumbas sobrevivieron más o menos incólumnes al paso del tiempo (descontada la acción de los saqueadores de tumbas), mientras que los edificios de la vida cotidiana egipcia desaparecieron.
¿Y cómo sabemos entonces que los egipcios no eran tan fanáticos dle los ritos mortuorios como pensábamos? Simplemente porque una de las más hermosas costumbres de los antiguos egipcios era enterar a los faraones con maquetas y representaciones en pequeña escala de vida cotidiana egipcia. En ellos se ve un pueblo alegre, optimista y lleno de vida, con sus campesinos, pescadores, panaderos, médicos y taberneros. Todo esto está refrendado por las inscripciones y papiros egipcios, que dan cuenta de la actividad mercantil de la época. Así que los egipcios no eran un pueblo tan macabro como el cine serie B del antiguo Hollywood nos ha querido hacer creer.

domingo, 11 de junio de 2006

Un dios fabricado a pedido.

La historia de Serapis, el dios egipcio, es, cuando menos, curiosa. Porque Serapis es un "dios de encargo", un dios manufacturado ex profeso con finalidades políticas, que tuvo un éxito impensado, aunque a fin de cuentas, limitado. Pero veamos su historia.

Después de que Alejandro Magno dejara convertido el Medio Oriente en un follón, sus leales generales se repartieron el Imperio. A Tolomeo tocó en suerte Egipto, y tuvo que afrontar un duro desafío. Los egipcios estaban hastiados de dominación extranjera (persa, en su caso), y querían libertad, no un mero cambio de amos. Así es que Tolomeo decidió literalmente darles un dios que pudiera ser un símbolo de unidad entre los egipcios y los macedonios.

De esa manera, una comisión de eruditos notables estudió la religión egipcia, y decidió mezclar al dios egipcio Apis, que era emblematizado como un buey y protegía la fertilidad, con los ritos mistéricos de Dionisos. El resultado fue Serapis, un dios egipcio que era representado como romano. Se intentó vender este dios a los egipcios como un gran y poderoso dios, con consecuencias risibles, ya que los egipcios preferían el producto original, y no cedieron a la "moda griega". Pero al revés, entre los griegos, el asunto prendió. En tiempos del Imperio Romano, el culto a Serapis se propagó en regiones tan distantes como Europa, aunque en definitiva sería siempre un culto minoritario, y no tendría la menor oportunidad de enfrentarse a otros cultos mistéricos como el Cristianismo o el Mitraísmo.

domingo, 5 de febrero de 2006

El verdadero Imhotep.

Hace algunos atrás, las películas sobre la maldición de la momia volvieron a ponerse de moda gracias a la trilogía conformada por "La momia", "La momia regresa" y "El Rey Escorpión", que pusieron en el candelero a Brendan Frasier, Rachel Weisz y La Roca. El villano en las dos primeras era el malvado Imhotep, quien siguiendo la más pura tradición de los filmes de Boris Karloff para la Universal en los años '40 del siglo XX, despertaba de entre los muertos para sembrar la destrucción y esparcir el mal a diestra y siniestra.

Lo que no es tan conocido, es el hecho de que en verdad hubo un Imhotep, o que al menos, el nombre del personaje no es el invento de la calenturienta mente de algún guionista de Hollywood, sino que verdaderamente hubo un personaje histórico de tal nombre. Y para mayor fama, Imhotep es nada menos que el más antiguo arquitecto conocido, además de apuntar en su currículum profesional nada menos que haber inventado las pirámides de Egipto.

Antiguamente, los egipcios se enterraban en unas especies de cubículos rectangulares con unas cámaras subterráneas, llamadas mastabas. Imhotep, el arquitecto del Faraón Djoser o Zóser (inicios de la Tercera Dinastía, o sea, hacia 2600 a.C.), tuvo la idea de que su señor tuviera una pirámide que fuera "una mastaba sobre otra mastaba", hasta completar seis de éstas, una sobre otra. Esta es la llamada "pirámide escalonada de Saqqara", por el lugar en donde fue construida, que pasa por ser la primera pirámide egipcia registrada (y que aparece en la foto de entrada de esta post). Andando el tiempo, alguien discurrió meterle argamasa entre nivel y nivel, hasta diseñar las pirámides de paredes más o menos lisas que conocemos en la actualidad.

Así es que flaco favor le hicieron al pobre Imhotep, los productores de Hollywood, al bautizar con su nombre a un patético villano, que para colmo era interpretado por Arnold Voosloo (que después hizo de terrorista malo en "24")...

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