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jueves, 9 de junio de 2011

El árbol de Lyautey.



El militar francés Louis Hubert Lyautey tuvo una destacada carrera bélica aporreando razas inferiores en nombre del colonialismo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Luego de que se estableciera el protectorado francés sobre Marruecos en 1912, fue nombrado Residente General, el primero en su cargo, puesto que ejerció hasta su retiro de la vida militar activa en 1925; en 1921 había alcanzado el grado de mariscal de Francia. No se puede decir que Lyautey (que, dicho sea de paso, llegó incluso a ocupar un sillón en la Academia Francesa) fuera un burócrata flojonazo y de mente simple: de hecho le gustaba visitar e inspeccionar personalmente hasta los más lejanos puestos militares de su protectorado para cerciorarse de que todo marchaba en orden. Y en uno de estos puestos transcurre la anécdota que reproducimos en Siglos Curiosos, puesto al que Lyautey había llegado y se había quedado impresionado de que no hubiera un solo árbol. El mariscal exigió entonces que se plantara algún árbol. Al tiempo regresó, y se encontró con el mismo panorama desolado y desolador.

-- ¿Por qué no han iniciado ninguna siembra? -- le espetó entonces al comandante del puesto militar.

-- ¡Mariscal! Envié muestras de la tierra al laboratorio agronómico de Casablanca, para averiguar qué especies convendría plantar aquí, y me respondieron que era inútil, porque cualquier cosa sembrada en este lugar tardaría cien años en dar fruto.

La respuesta de Lyautey no puede ser más directa y lógica:

-- ¿Cien años? ¡Con mayor razón todavía! No hay tiempo que perder.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Y los kusitas sí eran negros a fin de cuentas.


En nuestra época de cierta tolerancia multicultural, el racismo abierto es considerado como algo sumamente ofensivo, y por lo tanto, nos cuesta creer cómo hubo épocas tan impregnadas de éste, que manchaban toda su ciencia histórica con afirmaciones a las claras absurdas, pero que sí cuadraban con un esquema mental de "la raza blanca superior versus las razas inferiores". La investigación arqueológica sobre el Reino de Kush fue una gran víctima de ello. Mientras que la Egiptología moderna principió con la campaña de Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798-1799, la investigación arqueológica seria sobre los kusitas, sus vecinos del sur, debió esperar hasta mediados del siglo XX, para que alguien mostrara un cierto interés sobre este pueblo.

A comienzos del siglo XIX, cuando la egiptomanía invadió al mundo académico europeo, nadie tenía muy en claro hasta qué segmento del Río Nilo valía la pena explorar en busca de nuevas ruinas. El primer investigador del Reino de Kush, como se llamó el poderoso ente político que surgió al sur del Egipto Faraónico, fue un investigador llamado Giuseppe Ferlini (1800-1870), más motivado por saquear tesoros que por verdadera investigación arqueológica. Los métodos de "exploración" de Ferlini eran tan expeditos como volar las capas superiores de las pirámides en Sudán a punta de dinamita, para descubrir cámaras secretas en su interior. Pero cuando reveló que sus hallazgos venían del Africa Negra y no de Egipto, se quedó enormemente chasqueado: ningún arqueólogo serio creía que los "negros" eran capaces de civilización. Consiguió vender su material, sí, pero al final de un laborioso proceso de negociaciones con muchos entes culturales distintos.

Con todo, ya no se podía ignorar que al sur de Egipto habían importantes hallazgos arqueológicos, y hubo egiptólogos que se dignaron darle una mirada a Kush. Uno de ellos fue Richard Lepsius, quien al investigar a los kusitas, quedó lo suficientemente convencido de que eran una cultura importante como para escribir que sus ruinas "pertenecían a una raza blanca", cuando hoy en día es evidente por los testimonios arqueológicos que los kusitas eran de raza negra. A tanto llegó la fijación por atribuirles antecedentes "blanqueados" a los kusitas, que el arqueólogo George Reisner (1867-1942) afirmó después de dedicar los años de 1916 a 1919 a la investigación de éstos, que el gran rey Piankhi, el Faraón Negro que conquistó Egipto hacia el año 715 a.C., era en realidad un mercenario libio que había cruzado todo Egipto de norte a sur y se había impuesto militarmente a los negros kusitas. En el libro "Cuando Egipto gobernaba el Oriente", publicado en 1942 por los egiptólogos Keith Seele y George Steindorff, Piankhi sufrió otro desdén, cuando se escribió de él y sus sucesores nubios en Egipto: "Mas su dominio no duró por tanto tiempo".

El asunto empezó a cambiar recién en 1960. Irónicamente fue el cataclismo de erigir la Represa de Asuán, lo que obró el milagro. Debido a que enormes tierras iban a quedar inundadas por las aguas de la represa, las investigaciones arqueológicas adquirieron un ritmo frenético. Con esto, surgieron (en forma de estatuillas y similares) múltiples evidencias de que los nubios kusitas sí eran de raza negra, en particular por los rasgos negroides de las facciones de muchas estatuas representando a figuras de la época del dominio nubio sobre Egipto (hacia 730-671 a.C.). La sensibilidad hacia el racismo había cambiado su tanto en el período intermedio, en particular gracias a la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, y con ello, el fantasma de los kusitas tuvo una nueva oportunidad de pasar a la Historia, ahora sí como corresponde, sin ser distorsionados ni falseados por los egos racistas de los investigadores.

domingo, 12 de octubre de 2008

El Gran Triángulo de los esclavos.


Probablemente, una de las hipocresías más grandes en que han incurrido los cristianos en la Historia Universal, es que muchos de ellos se ensuciaron las manos en un comercio que niega por completo la igualdad entre los seres humanos que predicó Cristo, cual es el de los esclavos. En la temprana Edad Media había la excusa de que los esclavos existían desde la Antigua Roma, al menos, pero en los Tiempos Modernos, cuando estaba casi extinguida en Europa, la esclavitud encontró no sólo un nuevo campo fértil por el cual avanzar, sino que se sistematizó hasta extremos antaño quizás inconcebibles.

En efecto, los esclavistas desarrollaron, entre los siglos XVII y XIX, un comercio atlántico perfectamente sistematizado. Las naves zarpaban de Inglaterra llevando mosquetes, ginebra y baratijas para comprar esclavos en Africa, después zarpaban de Africa hacia Estados Unidos llevando los esclavos, y desde Estados Unidos viajaban de regreso a Inglaterra con algodón, azúcar, ron y madera. A esto se lo llamó el Gran Triángulo.

Los esclavos eran transportados en condiciones absolutamente inhumanas. Aún en el puerto, se les marcaba con un hierro al rojo vivo que poseía las iniciales del comerciante que trataba con él; de este modo podía identificársele en caso de que pretendiera escapar. Antes de zarpar, era frecuente que algunos esclavos, desesperados, intentaran suicidarse o huir; en tales casos podían ser fusilados, o bien solían ahogarse. Una vez en viaje, eran hacinados en bodegas bajo la cubierta, sin ventilación, hasta el punto que no podía mantenerse encendido un candil, por la falta de oxígeno. Se estima que entre el 10 y el 20 por ciento de los esclavos transportados en estas condiciones fallecía durante el viaje.

A comienzos del siglo XIX, el Parlamento de Gran Bretaña inició una fuerte campaña para acabar con la esclavitud. En 1806 lo consideró "contrario a los principios de justicia, humanidad y sana política". El principal promotor de la abolición fue William Wilberforce, un político y filántropo británico, quien debió lidiar con los intereses comprometidos de los esclavistas, pero que finalmente se salió con la suya cuando se proclamó la abolición en 1833. Aún así, ésta no fue automática. Así, los propietarios de esclavos en las Indias Occidentales, por ejemplo, debieron ser indemnizados con 20 millones de libras esterlinas, para que accedieran a liberar a sus esclavos. En Estados Unidos, fue después de la Guerra de Secesión (1861-1865) que desapareció la esclavitud, y sólo entonces pudo asestársele el golpe de gracia a este comercio.

domingo, 29 de junio de 2008

La casa subterránea de Luke Skywalker.

Quienes hayan visto la primera peli de "La guerra de las galaxias" (o sea, las cuatro quintas partes de la Humanidad), recordarán que la granja de Luke Skywalker estaba bajo tierra. Esto no fue un set de estudio ni un decorado de tramoya. En verdad, la película fue rodada en una casa subterránea. El lugar se llama Matmâta, se encuentra en Tunicia, y tiene su propia historia.

Es bien sabido que Tunicia es parte del Desierto del Sahara. En dichas tierras se instalaron desde antiguo, explotando los oasis, las tribus bereberes. Nadie sabe muy bien cómo empezaron a construir asentamientos subterráneos, pero muchos suponen que desde la época cartaginesa o romana, algunas tribus egipcias habrían sido enviadas allí para exterminar a todo bereber rebelde. Para controlar mejor la región, estas tribus habrían optado por abandonar la tradicional construcción sobre la superficie, y se habrían escondido en macizos de piedra blanda, que podía excavarse.

Las casas de Matmâta son así una especie de grandes socavones subterráneos, abiertos a la superficie, que sirven de patio común para la colectividad, la que se aloja en habitaciones subterráneas con salida a dicho patio común; algunas de esas habitaciones son destinadas a despensa o para el ganado. Las ventajas de vivir así son varias. En primer lugar, no tienen que preocuparse por conseguir materiales de construcción, algo vital en un medio tan poco hospitalario como el desierto, en donde lo único que abunda es arena y mala bilis. En segundo lugar, el patio subterráneo crea un microclima de sombra que hace más soportable el calor del Sahara. Además, tienen protección contra las tormentas de arena. Y militarmente mejora mucho la defensa, porque una construcción de ese tipo no ofrece un perfil definido en el desierto, por lo que no puede ser detectado desde lejos por un invasor casual.

Las comunidades subterráneas de Matmâta permanecieron casi ignoradas para el mundo occidental, hasta que una desafortunada casualidad las reveló. En 1967 un evento climático altamente inusual en el Desierto del Sahara, a saber una lluvia torrencial que duró 22 días, anegó todas las comunidades. El gobierno de Tunicia envió entonces gente para evaluar el daño y construir nuevas construcciones, encontrándose con la sorpresa de que existían pobladores bereberes completamente escondidos, a quienes nadie había encontrado antes, viviendo de esa manera. Inmediatamente les construyeron casas sobre la superficie, pero los bereberes se negaron a abandonar sus cavernas tradicionales. Por lo que siguieron ahí hasta el día de hoy, con el valor añadido del turismo. El cual se vio aún más potenciado cuando, una década después, el cineasta George Lucas eligió dicho sitio como locación para su nueva película de Ciencia Ficción, "La guerra de las galaxias". Y es que para la gente de la época, dichos moradores de las arenas debieron haber parecido casi como alienígenas en medio del siglo XX...

domingo, 18 de mayo de 2008

La mortalidad según los zulúes.

Todas las culturas poseen una explicación de por qué el ser humano fallece. Incluso con la moderna Medicina, hay occidentales que consideran explicaciones de ultratumba sobre algún supuesto sentido de la vida, para explicar por qué algún día todos hemos de morir. Los zulúes, el poderoso pueblo guerrero de Africa, no fueron la excepción a la regla, y también tenían su propia curiosa leyenda al respecto.

Según los zulúes, existe un ser supremo llamado Uukulunkulu. Este salió de un cañaveral, lugar en el que también fueron creados los seres humanos. Pero a diferencia de estos humanos, Uukulunkulu disponía de la muerte y de la vida. Apiadado de los humanos, envió un camaleón a los humanos, con la noticia de que éstos nunca morirían. Pero el camaleón se entretuvo demasiado por el camino, demoró en dar su mensaje, y le dio tiempo a Uukulunkulu para cambiar de parecer, enviando éste al lagarto para que dijera lo contrario, que los seres humanos sí iban a morir. El lagarto sí que fue diligente, y entregó su mensaje antes que el camaleón, por lo que con esto selló el destino de los seres humanos. En respuesta, los zulúes detestan tanto a los camaleones como a los lagartos.

Por supuesto que todas estas creencias ancestrales, han estado amenazadas desde la llegada de la omnipresente cultura occidental. Sin embargo, la religión cristiana no ha podido penetrar gran cosa en su cultura, y si lo ha conseguido, ha sido a través de prácticas sincréticas, como concesión al orgulloso pasado militar de que los zulúes se jactan.

jueves, 15 de mayo de 2008

La ira contra Gundya Tikoa.

Casi todas las religiones siguen un esquema mítico similar para explicar el pecado en el mundo: hay un dios creador y benevolente contra el cual los humanos hacen algo (o se rebelan, o simplemente cometen el error que no debían cometer), y por lo cual "caen de la Gracia". Por eso, la historia de Gundya Tikoa es tan peculiar. Porque si de los hotentotes se trata, por muy dios creador que sea, Gundya Tikoa puede irse al demonio.

Los hotentotes son un pueblo africano que se instaló en la región sur del continente (actualmente Sudáfrica) hacia el siglo VI, y habitan las regiones más áridas debido a la presión de un grupo migratorio posterior, los bantúes (bueno, eso y los bóers para rematarla). Se dividen en varias tribus, y de ahí que su mitología no es perfectamente unitaria ni coherente. Pero trataremos de reseñarla.

En Gundya Tikoa se funden dos dioses supremos hotentotes, el dios Gamab o Gauna por una parte, y el dios Utixo por otra. Resulta que este dios creó al primer ser humano, que por mera coincidencia era negro y hotentote... Este primer hombre salió bastante zafado, y con sus innumerables pecados, incurrió en la ira de Gundya Tikoa, quien lo maldijo. Sin embargo, lejos de adoptar una actitud contrita y humilde, como las grandes religiones, los hotentotes reaccionaron con orgullo y simplemente se limitan a despreciar a Gundya Tikoa, a quien lo pintan como un señor del cielo que se la pasa arrojando flechas hacia abajo (esa es la explicación de la existencia de la muerte). Con perfecto sentido lógico, los hotentotes se dicen: ¿qué sentido tiene adorar a un ser superior que se comporta así? Para otra leyenda, Gundya Tikoa envió el mensaje de que proveería de inmortalidad a los humanos con un conejo, lo que fue una torpeza inenarrable, porque el conejo enredó el mensaje, dijo que lo que sería eterno sería la muerte, y de ahí la rabia suprema de los hotentotes contra su dios creador; en cualquier caso, es probable que en esta leyenda haya su poco de influencia cristiana posterior, porque es en crónicas cristianas que aparece recopilado este mito.

En cualquier caso, la religión hotentote presenta la peculiaridad de creer en un ser supremo casi todopoderoso, al que sin embargo no vale la pena rendirle culto ni adoración, y de hecho no lo hacen. Creen que, a veces, Gundya Tikoa toma forma humana y camina como un hotentote más por la tierra, aunque sin que estos periplos tengan significado mitológico alguno. De todas maneras, en tiempos recientes, esta religión tradicional hotentote ha sido progresivamente abandonada, conforme las tribus hotentotes se han ido convirtiendo al Islamismo.

domingo, 11 de mayo de 2008

El Obispo lingüista de Nigeria.

La vida de Samuel Crowther podría perfectamente inspirar uno de esos peliculones hollywoodenses sobre ganarle a la vida y sus adversidades con el espíritu interno, etcétera. Porque este personaje, a pesar de ser africano del siglo XIX, y haber sido por un tiempo esclavo, se transformó andando los años en uno de los más importantes personajes africanos que hayan existido. Su historia es la siguiente.

Nació hacia 1809 como Ajayi, un niño de la etnia yoruba, que ocupa lo que hoy en día es Nigeria y Sierra Leona. Cuando tenía doce años, otra etnia, los musulmanes fulani, que se dedicaban a la caza de esclavos, le atraparon y esclavizaron. Fue vendido a traficantes portugueses, pero la nave de éstos, nada más zarpar, fue atacada por los británicos. De esta manera, liberado de sus antiguos dueños, Ajayi fue llevado de regreso a Sierra Leona. Una vez allí, fue cuidado por una misión anglicana, en la que aprendió el inglés, y fue finalmente bautizado, tomando el nombre de Samuel Crowther en 1825.

Gracias a su contacto con los ingleses, Crowther desarrolló un gran interés por los idiomas, estudiando Latín y Griego, pero también los idiomas temne, un tronco africano de lenguajes. En ese tiempo de escasos estudios sobre la materia, estudiar lenguas africanas significaba no sólo sentarse frente a los libros de un escritorio, sino ir al lugar en donde las mismísimas tribus habitaban y ponerlo por escrito en terreno... Algo peligrosísimo tratándose de un Africa casi inexplorada, con vastos territorios casi inhabitables, y con numerosos señoríos locales en permanente pugna entre sí. Aprovechó que un misionero se embarcó en 1841 para explorar el Río Níger y llevar la palabra cristiana a tales tierras, para acompañarle y estudiar el idioma de los hausa, otra por ese entonces mal conocida etnia de la región.

Una vez de regreso viajó a Londres, en donde fue ordenado sacerdote por la Iglesia Anglicana, regresando después a Africa. Empezó entonces otro gran empeño, el de traducir la Biblia al Yoruba, así como el Libro de Oración Común, que contiene las bases de la liturgia anglicana. Se dedicó también a estudiar varios idiomas africanos, sistematizándolos y publicando consecuentemente diccionarios y gramáticas. En 1864 fue ordenado Obispo por la Iglesia Anglicana, y se transformó en el primer africano en alcanzar tal condición. Falleció a avanzadísima edad, habiendo sobrepasado la ochentena, el 31 de Diciembre de 1891, después de haberle dado tantos brillantes aportes al estudio moderno del Africa.

jueves, 8 de mayo de 2008

El Gran Viaje de los voortrekkers.

Es propio de las civilizaciones social y tecnológicamente más avanzadas, utilizar esas fuerzas para colonizar territorios más salvajes, primitivos, despoblados o desorganizados. Los europeos, que durante la Edad Media debieron afrontar una serie de invasiones (sarracenos, magiares, vikingos, mongoles...), pasaron a la ofensiva en el siglo XVI, y desde ahí en adelante ya no pararon de colonizar. Uno de los más rudos grupos de colonos, fueron los bóers.

Los bóers eran descendientes de los holandeses que fundaron Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, en 1652. Resulta insólito pensar que un enclave tan ventajoso para las comunicaciones marítimas entre el Océano Atlántico y el Indico no fuera controlado sino hasta esa fecha, pero así fue. Fueron recibidos por unos nativos de economía pastoral, que se llamaban a sí mismos joijoin, y que por eso los holandeses, en son de burla, los llamaron hotentotes. La viruela hizo el resto, y los hotentotes fueron prontamente subyugados. Los bóers también se las hubieron con los bosquimanos y los zulúes, que tenían el territorio a su favor. Pero los bóers, por su parte, eran protestantes, y muchos venían arrancando de persecusiones religiosas en Europa, y el fanatismo religioso, más las armas de fuego, les dieron la superioridad. Muchos nativos fueron asesinados, y los supervivientes debieron escapar a los Montes Drakensberg o al Desierto del Kalahari, en donde debieron adaptarse a modos de vida que aún conservan. O bien fueron esclavizados.

En el siglo XIX, declinando ya el poder holandés y gobernándose los bóers por sí mismos, llegaron los británicos. Y ahí se produjo la gran reversión de fortuna. Porque los británicos impusieron sus leyes en Ciudad del Cabo, incluyendo la prohibición de la esclavitud, algo que disgustó a los bóers, que usaban esclavos negros para mantener sus plantaciones. Incapaces de resistir, fueron ahora los bóers quienes emprendieron la emigración en masa, hacia el interior del Africa, en la década de 1830. A esto se le llamó el Gran Viaje, y estos emigrantes fueron llamados voortrekkers (literalmente, "quienes viajan hacia adelante"). Se abrieron paso hasta el espacio entre los ríos Orange y Limpopo, y fundaron dos repúblicas, Transvaal y el Estado Libre de Orange. Allí consiguieron mantener el modo de vida que habían ejercido durante dos centurias, hasta que en los albores del siglo XX, en las llamadas Guerras de los Bóers, las tropas británicas conquistaron dichos territorios y los redujeron a colonias de su gigantesco imperio mundial. Hoy en día, tanto Ciudad del Cabo como los territorios de Orange y Transvaal pertenecen a Sudáfrica, después de que esta república se independizara del Imperio Británico.

domingo, 23 de diciembre de 2007

¿Quién fue Lucy?

Muchas chicas a lo largo de la Historia se han llamado Lucy, incluyendo por supuesto a la prota de "I Love Lucy", a Lucy Liu, a Lucy Pinder, y a Lucy Westenra, la lúbrica amiga de la prota del "Drácula" de Bram Stoker. Pero la más antigua, y quizás la más famosa de todas, vivió en Africa, hace la friolera de 3.200.000 años atrás.

Hoy en día, los científicos nadan en una relativa abundancia de fósiles homínidos y prehomínidos, pero la situación era muy distinta en los '70s. Por eso, cuando un grupo de paleontólogos que trabajaba en el Valle de Afar (Etiopía) encontró, el 24 de Noviembre de 1974, aproximadamente el 40% del esqueleto de un Australopiteco Afarensis, pudieron considerarse de fiesta. El fósil recibió el nombre código de AL 288-1, pero pronto los paleontólogos, demostrando sentido del humor, empezaron a referirse cariñosamente a AL 288-1 con el apodo de "Lucy", porque en aquellos días la banda sonora del grupo expedicionario estaba compuesta entre otras por la canción "Lucy in the Sky with Diamonds", de The Beatles, y que reproducían a porfía en una cinta de audio.

Inmediatamente empezaron los misterios alrededor de Lucy. Donald Johanson, uno de sus codescubridores, llegó a la conclusión de que es una hembra, debido a la estructura de su pelvis, congruente con una mamífera capaz de parir pequeños lucitos. Pero incluso este dato básico ha sido controvertido. Así, Peter Schmid y Martin Häusler, desde su cátedra en la Universidad de Zürich, propusieron que Lucy fue en realidad un macho. La airada respuesta de Owen Lovejoy, y del propio Donald Johanson, se basa en la creencia aún no plenamente confirmada de que los australopitecos habrían presentado un fuerte dimorfismo sexual, con machos notoriamente más grande que las hembras; Johanson dijo al respecto: "Si Lucy era un macho, imagina lo pequeña que serían las hembras de la especie" (Lucy mide apenas 110 centímetros, algo más de un metro de altura).

Si incluso este hecho simple ha sido controvertido, pueden imaginarse lo que ha costado ubicar a Lucy dentro del árbol genealógico humano. Porque algunos convierten a su especie, el Australopiteco Afarensis, en progenitor de casi todos los restantes australopitecos y homínidos, incluyendo al Homo Sapiens, mientras que otros lo consideran una rama evolutiva abordada, que en último caso conduciría al Australopiteco Robustus y al Australopiteco Boisei. Lucy podrá ser uno de los más valiosos hallazgos arqueológicos de todos los tiempos, pero en apariencia también es una chica, y por tanto, es esperable que siga guardando más de algún misterio por mucho tiempo...

domingo, 2 de diciembre de 2007

El primero que regresó vivo desde Timbuctú.

El primer europeo que consiguió alcanzar Timbuctú y regresar vivo para contar la historia, fue un francés llamado René Caillié. Su viaje marcó unos cuantos precedentes, y por eso merece ser recordado.

Caillié nació en 1799, y se crió entre la escoria de la sociedad. La lectura de "Robinson Crusoe" le redimió de un posible futuro criminal, ya que le metió el bicho de la aventura. Por aquellos años Africa era en su mayor parte un continente inexplorado para los europeos, y el Desierto del Sahara era una tierra prohibida no sólo por la aridez misma, sino también porque los musulmanes mataban a cualquier infiel que se introdujera allí, temiendo que les robara sus secretos (rutas comerciales, oasis, lugares de abastecimiento, etcétera). La Société de Géographie ofrecía por esas fechas una recompensa de 10.000 francos al primer europeo que alcanzara la legendaria ciudad de Timbuctú, en el Africa Central, y volviera vivo para contar su historia.

Caillié aceptó el reto. A contrapelo de las tendencias en materia de exploración africana, no recurrió a contingentes de hombres ni soldados. Por el contrario, decidió él mismo asimilarse en la población, aprendió árabe, estudió las costumbres bereberes, se convirtió al Islam, y haciéndose pasar por egipcio, consiguió infiltrarse en el norte de Africa. Partió desde Senegal con una caravana, diciéndole a sus compañeros que buscaba regresar a su patria en Egipto, y gracias a esto, consiguió llegar hasta Timbuctú, saliendo después desde allí hacia Marruecos, en donde se embarcó hacia Europa. Había alcanzado Timbuctú en 1827, pero ignoraba que el año anterior, un tal Alexander Gordon Laing, británico, había realizado la mitad de la hazaña (llegar a Timbuctú), pero había sido asesinado a la salida de la ciudad. Por lo que Caillié cobró el premio, recibió enormes honores, e inclusive fue condecorado con la Legión de Honor.

Pero por otra parte, el resultado de su expedición fue decepcionante. En Europa se creía que Timbuctú era una ciudad grande y opulenta, algo que en la Edad Media verdaderamente había sido, pero que a comienzos del siglo XIX había degenerado en un villorrio pobre y semiabandonado. Por otra parte, como resultado de sus peripecias africanas, Caillié había contraído la malaria, que lo llevó prematuramente al sepulcro cerca de una década después de su hazaña, y faltándole poco para alcanzar la cuarentena.

domingo, 6 de mayo de 2007

Bóers poco deportivos.


A comienzos del siglo XX existían en Africa dos pequeñas repúblicas conformadas por descendientes de colonos holandeses, llamadas Orange y Transvaal, que habían quedado varadas en dichos parajes por incidencias de la política internacional. Sus habitantes eran los bóers, quienes habían transformado su idioma desde el holandés nativo hasta una mezcolanza entre holandés y dialectos locales, llamada afrikaans. A estos blancos abandonados de la mano de Dios, los ingleses declararon la guerra, para anexárselos como lo que en realidad eran, dos insignificantes reductos contra el colosal Imperio Británico.
Pero las dos guerras bóers fueron bastante complejas para los ingleses, porque los bóers luchaban no sólo por su tierra, sino que también usaban cualquier táctica, menos la de los ejércitos regulares, que se enseñaban en las paradas y desfiles de los granaderos de Su Majestad en Londres. Resulta desconcertante que los británicos se ofendieran con los bóers porque tomaran la muy saludable decisión de disparar a cubierto desde sus reductos, en vez de salir a pelear a campo abierto. El general británico Kitchener, uno de los más destacados de su tiempo, expresó con disgusto: "Los bóers no son como los sudaneses que permanecen de pie para combatir de forma limpia. Se escapan permanentemente montados en sus pequeños ponis"... ¡Por supuesto que resulta fácil exigir una justa "deportiva" cuando se cuenta con más hombres, armas, y se tienen a la espalda todos los recursos del Imperio Británico a disposición! Orgullo imperialista y una pizca de etnocentrismo, que le llaman.

domingo, 29 de abril de 2007

Los fenicios alrededor de Africa.


Sin lugar a dudas, el pueblo antiguo más destacado en el arte de navegar fueron los fenicios. En una época en la cual había pueblos con alergia al mar, y otros apenas se atrevían a bordear las costas, los fenicios emprendieron audaces viajes que los llevaron hasta Inglaterra por un lado (casi con toda seguridad), y hasta bien avanzada Africa por el otro. Y se piensa que los fenicios fueron también los primeros en circunnavegar por completo el llamado "Continente Negro".
Hacia el año 610 a.C. llegó al poder en Egipto un faraón llamado Necao II, quien emprendió campañas militares contra Palestina y engrandeció a su nación. Uno de los más ambiciosos proyectos de Necao fue construir un canal que conectara al Río Nilo con el Mar Rojo, idea que es el antecedente del actual Canal de Suez (que no conecta el Río Nilo, sino el Mar Mediterráneo, al Mar Rojo). Pero parece ser que las dificultades técnicas del proyecto fueron muchas para la tecnología de la época, así es que optó por enviar una expedición marítima hacia Africa. Y como los egipcios eran malos navegantes, contrató a una escuadra de fenicios.
Según el historiador griego Heródoto, los fenicios partieron desde el Mar Rojo y fueron bordeando Africa, en un viaje de dos años hasta que alcanzaron las Columnas de Hércules (el actual Estrecho de Gibraltar). El relato de Heródoto no ha sido acreditado en ninguna otra parte, y por lo tanto muchos dudan de éste, aunque por otra parte, Heródoto describe acertadamente que muy al Sur, navegando hacia el oeste, el Sol de mediodía se ve hacia el Norte (en el Mar Mediterráneo, ámbito natural de fenicios y griegos, navegando hacia el oeste se ve el Sol de mediodía hacia el Sur, no hacia el Norte). La incógnita, de todas maneras, sigue abierta.

domingo, 26 de noviembre de 2006

Ayesha debe ser obedecida.

Aunque hoy en día algo pasada de moda (aunque con el auge del feminismo, quizás algún día más temprano que tarde regrese desde el averno), el personaje de Ayesha marcó fuertemente a la generación de lectores que vivió a finales del siglo XIX y comienzos del XX.
El novelista inglés H. Rider Haggard es conocido especialmente por "Las minas del rey Salomón", un clásico de aventuras africano publicado en 1885, y en donde introdujo al personaje de Allan Quatermain, que siguió en otras novelas, pero además publicó un ciclo novelístico dedicado a Ayesha, Aquella Quien Debe Ser Obedecida. La primera novela fue "Ella", seguida de "Ayesha: El regreso de Ella", el cross-over "Ella y Allan" (con Allan Quatermain, obviamente), y la precuela "La hija del Destino". En ellas, configura la biografía de un personaje literario decimonónico fascinante, e injustamente olvidado.
Ayesha es una antigua egipcia que, adentrándose en Africa, descubre la manera de hacerse inmortal y conservarse eternamente joven. Se instaura así como una fiera reina guerrera, en dominios fuera del alcance de toda civilización, hasta el siglo XIX. Ayesha es un personaje femenino todopoderoso, cargado de magnetismo sexual, y profundamente amoral (tópicos todos con bastante morbo para el lector de la Inglaterra victoriana, claro está). Cuando un grupo de exploradores británicos en apariencia la ha destruido, ella se rearma creando una nueva base de operaciones en el Tibet, en donde complota otra vez contra el mundo occidental que invade sus dominios. Ayesha es otra vez detenida y en apariencia muere, pero ¿quién puede asegurarlo con una criatura que ha conseguido sobrevivir la friolera de 5000 años...?
Aparte de transformarse en una especie de sex-symbol literario victoriano, Ayesha impresionó incluso a los próceres del psicoanálisis, Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, quienes la utilizaron como ejemplo del "eterno femenino", la esencia femenina universal detrás de las mujeres particulares.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

El viaje de Mansa Musa.


La clásica visión eurocéntrica de la Historia Universal hace ignorar a muchos que algunos de los más poderosos reyes de la Edad Media no eran europeos. En el siglo XIV, una de las más grandes potencias económicas del planeta era el Imperio de Mali, ubicado en el país actual de tal nombre, y que desde su capital Timbuctú controlaba la totalidad del comercio en el Desierto del Sahara, desde las junglas del Africa Central hasta el Mar Mediterráneo. Además, sus yacimientos auríferos eran la principal fuente de oro para toda Europa, y no es exagerado decir que buena parte del oro empleado por orfebres y artistas del Renacimiento venía de aquellas minas africanas.
Uno de los reyes más poderosos de Mali fue Mansa Musa, quien gobernó en el siglo XIV. Entre sus obras se cuenta el apoyo constante a los artistas y a la cultura en general, siendo un gran benefactor de la Universidad de Timbuctú (o lo que en el mundo musulmán era lo equivalente a una universidad europea). Los eruditos estudiosos del Islam podían hacerlo en dicha Universidad, y esto de manera completamente gratuita.
Sin embargo, la anécdota más famosa de Mansa Musa es la siguiente: como todos los reyes de Mali, Mansa Musa era musulmán, y por lo tanto, estaba obligado a cumplir con el mandamiento del Corán, según el cual todo buen musulmán debe visitar La Meca al menos una vez en la vida. Mansa Musa lo hizo, ¡y de qué manera! Emprendió una expedición repleta de esclavos y soldados, y con una enorme cantidad de oro; se reporta que viajó con un centenar de camellos, repletos de dicho metal. El peregrinaje fue probablemente motivado no sólo por la piedad, sino también por hacer una exhibición de poderío. Y lo consiguió. En el trayecto entre Timbuctú y La Meca, y en particular en El Cairo, gastó tanto oro, que desató una gran inflación en todo el Norte de Africa, y aún entre los musulmanes de Asia. Los precios tardaron más de una década en regresar a sus niveles más o menos normales, después de la incursión de Mansa Musa.

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