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domingo, 23 de octubre de 2011

Cuando Beirut fue centro mundial del Derecho.


Sí. Ese Beirut. La capital de ese pequeño estado del Medio Oriente llamado el Líbano. No es la ciudad más importante del mundo, ni siquiera la más importante de su región, más allá de ser la capital del Líbano, que tampoco es el país más importante de su área (honor que quizás les corresponda a Siria e Israel, y si ampliamos la perspectiva geográfica, Egipto e Irán entran en la lista). Por eso puede sorprender que Beirut durante más de un cuarto de milenio, fue uno de los centros jurídicos más importantes del planeta. Su área de influencia abarcaba a todo el Imperio Romano... que era a su vez una de las áreas más civilizadas del planeta, junto con la India, China y Mesoamérica. Da cierto vértigo pensar en ello.

El caso es que Beirut llegó a ser uno de los grandes centros jurídicos de todos los tiempos un poco por suerte. Beirut mismo existe desde la época cananea, anterior a los hebreos, pero había sido saqueada y destruida en una de la interminable seguidilla de guerras entre el Imperio Seléucida (que comprendía las actuales Siria e Irak), y el Egipto de los Tolomeos. Aunque no fue tan arrasada que desapareciera de la faz de la Tierra, sí se había hecho atractiva la idea de fundar allí una colonia romana. De manera que como parte de su política de pacificación del Imperio Romano después del cruento siglo de guerras civiles, el Emperador Augusto fundó una colonia en Beritos (Beirut), en el año 15 antes de Cristo, instalando a contingentes de veteranos de guerra en la región. No es raro entonces que Beirut se haya vuelto la más importante punta de lanza de la romanización en la región.

A la larga, esto llevó a que los romanos adoptaran la costumbre de depositar copias de las leyes imperiales en Beirut (en esa época las copias no abundaban como ahora en que basta descargarse un PDF desde internet, sino que debían ser laboriosamente redactadas por esclavos copistas). Resulta lógico que, estando las leyes a disposición en Beirut, los estudiosos de las mismas en la región acudieran allí. Hacia el año 200 se había implementado ya un curso de cinco años de duración, para formación de juristas de tiempo completo. Si examinamos la Ley de Citas del año 426, en que se le concede la autoridad jurídica a cinco de los más grandes juristas de toda la historia del Derecho Romano... ¡sorpresa! ...dos de ellos, a saber Papiniano y Ulpiano, pasaron por las aulas de Beirut (y un tercero, Paulo, se duda sobre si venía de Siria o de Italia... y si fuera el caso de venir de Siria, es altamente probable que fuera el tercero egresado de las clases de Beirut).

El más grande triunfo de Beirut sobrevino en el siglo VI, cuando el Emperador bizantino Justiniano ordenó codificar el Derecho Romano hacia el año 530. Como parte de su obra, Justiniano reconoció sólo tres escuelas de Derecho en la que los futuros jurisprudentes podían formarse: Roma, Constantinopla, o Beirut. Parecía que el futuro sonreiría a Beirut como escuela de Derecho... pero la fatalidad se cebó en la ciudad. Un terremoto arrasó la escuela hasta los cimientos en el año 551, apenas dos décadas después de que Justiniano hubiera presentado su gran labor de codificación (y estando todavía en el gobierno bizantino). Los estudiantes fueron transplantados a Sidón, pero con la escuela destruida, es poco probable que sus archivos sobrevivieran, y sin ellos, la principal fuente de inspiración jurídica había desaparecido. No es raro entonces que esta importantísima escuela jurídica, que desde el Medio Oriente a través de sus alumnos más aventajados llegó a dictarles las leyes a todo el Imperio Romano y a todo el temprano Imperio Bizantino, acabara por languidecer y finalmente desaparecer sin dejar mayor rastro.

domingo, 1 de agosto de 2010

Los griegos eran los verdaderos romanos.


Hoy en día, cuando concebimos al Imperio Bizantino, lo pensamos fundamentalmente como un "imperio griego". A pesar de que éste nació de las cenizas del Imperio Romano de Oriente (puesto gravemente en compromiso y aún en trance de desaparecer durante el siglo VII), lo cierto es que hacía mucho tiempo que el latín había sido reemplazado por el griego, y esto había implicado un enorme cambio cultural. La cultura bizantina, por hablar en plata, no tenía nada que ver con la cultura romana de la que se supone venía el Imperio Bizantino como heredero del Imperio Romano. Pero interesantemente, los propios bizantinos no se veían así, y de manera más interesante aún, los griegos tampoco, o por lo menos no hasta el advenimiento de la Gran Idea (Μεγάλη Ιδέα) del siglo XIX, de crear un Estado Nacional Griego que reuniera a toda la etnia griega, sobre el cadáver del multinacional Imperio Otomano (los "turcos" de toda la vida).

A pesar de que el Emperador del Imperio Bizantino se llamaba a sí mismo con un título griego (Βασιλεύς o "Basileus", "Rey" en griego, a partir de Heraclio en el siglo VII, y después "Αυτοκράτωρ" o "Autokrator", traducible libremente como "Señor Supremo" después), lo cierto es que se consideraban legítimos sucesores del Emperador de Roma. Cuando el Papa León coronó a Carlomagno como "Emperador de Occidente" y pretendió restaurar el Imperio Romano en el año 800, los Emperadores de Bizancio protestaron vivamente, y nunca reconocieron lo que consideraban una usurpación de su legítimo título. Las tierras del Imperio Bizantino recibía el nombre de "Romania", y los propios griegos se llamaban a sí mismos "romaioi", hasta el siglo XIX como ya dijimos.

Y más interesantemente aún, esta concepción se extendió hacia el este, hacia los pueblos islámicos, para quienes la Europa Occidental era apenas una tierra borrosa en los márgenes de su percepción geográfica (y con razón, porque el Imperio Bizantino estaba mucho más desarrollado económica y políticamente que los atrasados territorios feudales de Occidente), y que por lo tanto adoptaron esta manera de ver a los bizantinos. Así, los dominios del Emperador bizantino pasaron a ser "Rum" y sus habitantes fueron los "rumis". Y el Emperador mismo fue conocido como el "Kaisar-i-Rum" entre los turcos, y como el "Quaisar-i-Rum" entre los persas (es decir, el "César de los romanos"). Cuando los turcos tomaron Constantinopla en 1453, se consideraron a sí mismos también como herederos de la grandeza de los césares, y para simbolizar su dominio sobre las antiguas tierras bizantinas, se hicieron llamar también a sí mismos "Kaisar-i-Rum", aunque en estricto rigor no tenían ninguna legitimidad jurídica para adoptar dicho título, como no fuera por derecho de conquista.

Y de manera aún más interesante: los islámicos echaban un poco a saco todo lo que viniera del mundo griego, de una manera un tanto confusa. Así es que llamaron Iskandar Rumí a un personaje histórico que nada tenía que ver con los romanos: su "Alejandro el Romano" (porque tal cosa significa literalmente "Iskandar Rumí") no es otro sino el muy griego Alejandro Magno de toda la vida...

jueves, 29 de julio de 2010

Los siete peces medio fritos de Constantinopla.


Cuando Constantinopla cayó en manos de los otomanos en 1453, el evento no tuvo mayor trascendencia política, ya que hacía rato que el Imperio Bizantino estaba reducido a los intramuros de dicha ciudad, y los otomanos ya eran en los hechos y desde hacía medio siglo antes, señores casi absolutos de los Balcanes y de Turquía, y en cualquier caso los otomanos fueron harto respetuosos con las instituciones bizantinas preexistentes (incluso conservaron el Patriarcado de Constantinopla, aunque ahora bajo su conveniente jurisdicción, claro está). Pero otro cuento fue la significación espiritual que tuvo para Occidente el que la ciudad del Emperador de Oriente terminara en manos del "infiel", por no hablar de los lamentos de los griegos por haber perdido la "Ciudad" por excelencia. El impacto psicológico que tuvo esta conquista se refleja muy bien en una curiosa leyenda que sobrevivió a la caída de la ciudad (conjuntamente con aquella sobre el debate del sexo de los ángeles), y que pasaremos a referir.

A grandes rasgos (porque como buen cuento del folclor, esta historia posee varias versiones), la leyenda refiere que un monje estaba friendo siete pescados en una sartén, en vísperas de la caída de Constantinopla. Estos peces ya estaban fritos de un lado, y el monje se disponía a freirlos por el otro, cuando alguien llega y le dice que los turcos habían conseguido superar las defensas y penetrar a saco en la ciudad. Enfadado, el monje jura que "Nunca creeré que los turcos pusieron el pie en la ciudad, hasta que no vea que estos pescados fritos vuelvan a la vida". Y de inmediato sucedió el milagro: los dichosos peces medio fritos saltaron de la sartén y fueron a hundirse en la fuente de la cual fueron pescados, alejándose vivos y nadando... y aún fritos por un lado.

La localización geográfica de la fuente, por su parte, es imprecisa (el nombre turco sería Balykly, pero "balyk" es una palabra turca para designar a los peces fritos, secos o ahumados, por lo que el nombre no es demasiado informativo). Una versión de la leyenda la emplaza en una fuente sagrada cerca de la Puerta de Silimbria (el actual distrito turco de Silivri), y en efecto, después de que Constantinopla acabara en manos turcas, la pesca fue uno de las actividades económicas del distrito (junto con los vinos, la seda y la elaboración de yogurt). Y esto es creíble porque Silimbria fue una de las zonas que más resistió a la invasión otomana, incluso cuando ésta se tornó más desesperada, y sólo se rindió al invasor una vez que la capital Constantinopla hubo caído.

Por supuesto que a la leyenda original se le metieron nuevos añadidos, por partes interesadas en contar mejor el cuento, y si con tintes nacionalistas, tanto mejor. De esta manera, en versiones posteriores de la historia (por parte de los griegos, claro está) se añade que cuando los griegos recapturen Constantinopla de las manos de los infieles, entonces otro monje vendrá a la fuente, capturará los peces y terminará de freirlos. Evento para el cual habrá que seguir esperando, porque de momento Constantinopla (la actual Estambul) está en manos turcas, y es poco probable que Grecia vaya a tomarla en un futuro cercano (como no suceda algún evento inesperado, tal y como algún líder griego que busque resolver la bancarrota de 2010 con una guerra nacionalista, como se ha hecho en otras ocasiones y contextos históricos). El añadido turco, por su parte, le quita fiereza al relato, señalando que de los siete pescados que saltaron a la fuente en 1453, ya sólo quedan cinco...

domingo, 1 de junio de 2008

Castigando a los golpistas en el Imperio Bizantino.

El Imperio Bizantino, en que se suponía que la Palabra de Cristo es ley, era también el imperio de enormes y odiosos castigos. Atentar contra el Emperador no significaba sólo intentar derrocar a un monarca, sino que implicaba además contravenir la mismísima Voluntad de Dios. De ahí que los suplicios para los que no conseguían la hazaña eran horrorosos.

Primero venía la tortura. Esto era meramente procedimental: interesaba saber quienes eran los cómplices del desgraciado. Luego venía el castigo de verdad. Se llevaba al frustrado golpista al Hipódromo, que en el Imperio Bizantino desempeñaba un papel análogo al circo de gladiadores en el Imperio Romano. Allí se le cortaban los pies y las manos. Luego se seguía con la nariz o las orejas. No se privaba al castigado de los correspondientes azotes, con látigos armados de bolas de plomo en las puntas, por supuesto, y luego le sacaban a paseo en un burro, sea por el mismo Hipódromo, sea por las calles de la ciudad, a fin de que la muchedumbre pudiera ensañarse con lo que quedara del infeliz.

Por supuesto que todo este ritual dependía de la imaginación del propio Emperador para inventar nuevos y visuales suplicios. Basilio I (867-886), por ejemplo, fue magnánimo y permitió que a un ofensor contra su persona sólo lo dejaran tuerto y manco, en vez de ciego y con dos muñones por brazos. Otros menos afortunados, que discurrieron atentar contra Miguel III el Borracho (842-867), luego de mutilados, debieron incensarse entre sí en una plaza pública... con el pequeño detalle de que en vez de quemar incienso, se quemaba azufre; luego los condenaron a mendigar durante tres días, cegados y extendiendo la mano que había quedado pegada al cuerpo, porque el otro brazo había sido reducido a muñón. Algunos fueron quemados, como por ejemplo uno que intentó asesinar a León VI (886-912), otro que se la buscó con Romano Lecapeno, o incluso con un Emperador coronado, cual fue el caso de Focas (ejecutado por Heraclio en 610). Uno de los asesinos de Miguel III acabó empalado. No pocas veces, como suplicio final, y para asegurarse de que no hubieran descendientes que pudieran vengarse, los castraban.

En el castigo iba incluido no solo el asesino mismo, sino también su esposa e hijas, que acababa generalmente encerrada en un convento, y sus hijos varones, que terminaban mutilados, expedito método destinado, como dijimos, a evitar venganzas familiares.

jueves, 29 de mayo de 2008

Un poco de autocracia a la bizantina.

Los Emperadores bizantinos, autócratas que gobernaban nada menos que en el nombre de Cristo, a veces llegaban a los máximos caprichos y exacciones. Los insultos más simples podían costarle caro a los ofensores, incluso aquellos lanzados sin conciencia. Le sucedió a una criada que, en un acto perfectamente estúpido, escupió inadvertidamente por la ventana. Cayó sin querer sobre el ataúd de la Emperatriz Eudoxia (no sobre la Emperatriz misma, repito, sino sobre su ataúd, en su cortejo fúnebre), y la infeliz sirvienta acabó condenada a muerte.

En vida del Emperador, las cosas podían ser peores. El Emperador Miguel VI Estratiota (1056-1057), por ejemplo, que había alcanzado una provecta ancianidad, decidió un día que estaba aburrido de los peinados de su tiempo, así es que ordenó que todo el mundo se cortara el pelo como en su lejana juventud. Teófilo (829-842), por su parte, siendo calvo, no soportaba el pelo de los demás, y ordenó a todo el mundo raparse. León VI (866-912), por su parte, tenía una digestión endeble, de manera que al no poder disfrutar él de la sangre de los animales, prohibió que nadie la consumiera.

Pero el pueblo se vengaba cumplidamente, no de manera directa por supuesto, pero sí por medio del remoquete y la sátira más despiadada. Se decía que la pasión urbanística de Miguel Estratiota (el mismo de los cortes de pelo) se debía a que trataba de encontrar una taba (un hueso del pie de la cabra utilizado para apostar como hoy en día al "cara y sello") que había perdido siendo niño. Alejo I Comneno (1081-1118) era representado en las tabernas como un tullido que se arrastraba y gemía de placer bajo los masajes de una marimacho, puesto que, en efecto, tenía gota y era bien dócil a su esposa, Irene Ducaena, que le aplicaba masajes durante sus campañas militares (nótese que este Alejo I debió combatir dos formidables amenazas, la invasión de los normandos a Grecia en 1081-1085 y la presencia militar de los caballeros cruzados en la propia Constantinopla, en 1099). La Emperatriz Zoe, virgen a los 65 años, era representada en medio de dolores de parto (fue brevemente Emperatriz por sí en 1042, pero lo había sido también a través de varios maridos que lo eran sólo de nombre). Teodora, la esposa de Justiniano, había sido la hija de un domador de osos y se había dedicado en su juventud a la venta de servicios femeninos poco honorables, y en el bajo pueblo circulaban incontables corridos burlándose de Justiniano por esto.

Por lo general, y a pesar de todo su poder, los Emperadores no eran tan estúpidos para no permitir este inocente desahogo a la multitud descontenta. Por lo que se veía en Constantinopla el curioso espectáculo de que estas sátiras contra el poder más absoluto que conociera la temprana Edad Media, se daban incluso en el mismísimo pórtico real, sin que nadie se escandalizara en demasía. Era una autocracia bastante estrambótica, claro está, pero si le funcionó a un Imperio que, bien o mal, pudo sostenerse con altibajos unos mil años...

jueves, 31 de enero de 2008

El Emperador que volaba.

Todos los pueblos de la Tierra con algún grado de organización política más allá de la simple jefatura, han tratado de hacer espléndidas exhibiciones de poder, construyéndose magníficos palacios y diseñando elaboradísimos rituales. Y el Imperio Bizantino, que pretendía ser gobernado nada menos que por Cristo mismo, no podía ser una excepción.

El traje habitual del Emperador era el propio de un icono sagrado. Así, usaba una túnica rígida como una capa. En la cabeza, su corona estaba rematada por una cruz. Y el domingo de Pascua, se hacía rodear de doce personas, que representaban a los doce Apóstoles, en medio de los cuales el Emperador es un verdadero Cristo. El rito mismo era de índole religiosa. El papias, el portero del palacio, sin ir más lejos, era un eclesiástico.

El rito de recepción a los visitantes, por parte del Emperador, no podía ser más grandilocuente. La habitación tenía forma octogonal, y estaba rematada por una gran cúpula. En el mobiliario había toda clase de bestias confeccionadas en oro: leones, pájaros, quimeras... Cuando el visitante llegaba, todo aquel grupo de esculturas se activaba de improviso por mecanismos ocultos, llenando la habitación de estruendo, al tiempo que las bestias de oro parecían animadas por medios que debían seguramente parecer magia, para el inculto visitante de aquellos tiempos. No podía menos que prosternarse ante el trono, pero cuando levantaba la vista, el trono ya no estaba. Un mecanismo de poleas alzaba en las alturas, tanto al trono como al Emperador, haciéndolo virtualmente inaccesible ante cualquiera que quisiera llegar hasta él. ¡Magnífica manera ésta, para endiosar al Emperador...!

domingo, 27 de enero de 2008

El Imperio de Cristo sobre la Tierra.


Muchos reinos y repúblicas cristianas han afectado gobernarse o ser gobernadas en el nombre de la Virgen María, de Cristo o de Dios. Incluso hasta fechas recientes, en Chile existía el juramento para asumir un cargo público; lo cual fue cambiado por juramento o promesa para darle cabida a que los agnósticos no tuvieran que jurar según el rito cristiano. Pero seguramente que pocas naciones terrestres han llevado tal megalomanía hasta los extremos del Imperio Bizantino.

El Imperio Bizantino, en efecto, como sucesor del muy cristiano Imperio Romano del Oriente, y ante la caída de Occidente ante la barbarie medieval, se tomó muy en serio la idea de que ellos eran la única fortaleza del Cristianismo. Así, en el anverso de las monedas de oro era posible encontrar la efigie de Cristo, pero coronada con la diadema propia del Emperador de Bizancio. Los iconos, por su parte, representaban a Cristo con la stemma en la cabeza, el scaramangion en el cuerpo y la campagia en los pies, vestimentas todas propias del Emperador bizantino. Y los desfiles de los soldados eran acompañados no con marchas militares al uso, sino con salmos bíblicos. Y las leyes, por su parte, eran promulgadas nada menos que en nombre del "Señor Jesucristo nuestro maestro".

Pero quizás la mayor muestra de este sentimiento de ser gobernados por Cristo mismo, se encuentra en las reuniones de embajadores. Ahí, frente a los plenipotenciarios extranjeros, había dos tronos, uno al lado del otro. Uno de ellos estaba ocupado por el Basileo, el Emperador del Imperio Bizantino. Y el otro estaba vacío, con sólo el Evangelio abierto delante suyo. Y los bizantinos se le acercaban con reverencia y emoción. Ese trono, era aquel en el cual Cristo invisible se sentaba, para gobernar a todos los bizantinos...

jueves, 24 de enero de 2008

Porfirogénetas.


Varios Emperadores y Emperatrices del Imperio Bizantino lucieron el título de "Porfirogéneta". El más famoso es, probablemente, Constantino VII Porfirogéneta (913-950, aunque en dos reinados separados por el de Romano I Lecapeno entre 920 y 944), pero aparte de éste, hay varios otros Porfirogénetas. Este título se ha traducido como "nacido en la púrpura", aunque quizás una traducción más exacta sería "nacido en el pórfido" (en todo caso, para los clasicistas afectos a la fuente original, la palabra griega es Πορφυρογέννητος). La explicación es la siguiente.

Dentro del recargadísimo ceremonial del Imperio Bizantino, se estilaba que la Emperatriz diera a luz en una cámara especial, la llamada Cámara de Pórfido, también llamada Habitación del Amor. Esta se encontraba dentro del Palacio Imperial de Constantinopla. Como su nombre lo indica, estaba recubierta enteramente por (cuando decimos enteramente, nos referimos a literalmente todo: paredes, suelo y techo) losas de una piedra llamada pórfido. El pórfido es una roca rojiza que combina varios atributos muy apreciados por los constructores imperiales de muchas culturas, partiendo por su dureza, superior a la del granito, y siguiendo por su color, que por coincidencia, es muy similar al de la púrpura, el carísimo tinte con el cual se teñían las vestimentas de los nobles y aristócratas. Cubrir una habitación completa con losas de pórfido era entonces no sólo un rasgo de lujo, sino un signo de realeza.

Los principitos que nacieran en esta habitación (y que, requisito adicional, fueran hijos del Emperador y de la Emperatriz, y que ambos estuvieran unidos en matrimonio y no fueran por tanto simples concubinos), por lo tanto, eran tan especiales, que recibían el calificativo de "nacidos en la púrpura", como una manera de decir que habían nacido en la realeza: de ahí lo de Porfirogénetas. Hasta aquí, dirán ustedes, esto no es la gran cosa, porque en todas épocas y lugares hay príncipes que nacen cómodamente arrullados en una cuna de oro. Sin embargo, debe recordarse que el Imperio Bizantino no se caracterizaba por su estabilidad política y era, entre otras cosas, el imperio de los golpes de estado, que hubo un sinfín de dinastías gobernantes, y que por tanto, ya era un signo de capacidad no sólo gobernar lo suficiente para conseguir que naciera un heredero en la dichosa Cámara de Pórfido, sino que además éste consiguiera alzarse a la corona bizantina, una vez que el progenitor del porfirogéneta hubiera fallecido...

domingo, 20 de enero de 2008

¿Por qué las leyes se dividen en artículos?

En la actualidad, todas las leyes que se dictan se subdividen en artículos; puede decirse que la ley es un conjunto interrelacionado de distintas normas, y cada artículo se refiere a una norma más pequeña. Así, al estructurarse en un articulado, se hace más fácil la consulta y la cita del texto legal. Hasta tal punto llega esto, que muchas veces por costumbre, cuando se trata de una sola norma, se dictan leyes "de artículo único", a pesar de que en este caso, dicha estructuración de la norma es obviamente redundante. Y sin embargo, pocos se ponen a pensar que ésta no es la única manera de redactar una ley. Y de hecho, pueblos tan legalistas como los antiguos romanos o los germanos, desconocían la técnica de redactar las leyes en artículos.

La costumbre de dividir una ley en artículos deriva del Derecho Romano Tardío. Durante toda la época de la vigencia del Derecho Romano más clásico, es decir, entre los siglos III a.C. y III d.C., había una relación entre los edictos de los cónsules y pretores, que eran leyes escritas en nuestro sentido moderno, y los jurisprudentes, que eran quienes opinaban sobre las leyes. La opinión de los jurisprudentes era tan respetada, que muchas veces se basaba la resolución de un caso judicial no tanto en lo que dijera el edicto del pretor, sino en la opinión consagrada de un jurisprudente. El sistema legal romano alcanzó así una gran complejidad.

Por supuesto que las opiniones de los jurisprudentes eran todo lo disímiles que podían llegar a ser, y no pocas veces tenían ideas contrapuestas sobre varios puntos. De manera que cuando la evolución del Derecho Romano cesó, y se produjeron intentos de sistematizar toda la frondosa literatura jurídica que se había producido en el intertanto, se decidió darle el favor a determinados jurisprudentes por sobre otros. Pero como esto no bastó, finalmente el Emperador Justiniano (527 a 565 d.C.) encargó a Triboniano, su jurista de confianza, que recopilara en un todo orgánico la totalidad de la ley romana, lo que llevó a la elaboración de una obra capital, el "Digesto", cuya versión definitiva data de 533 d.C.

Lo que hizo Triboniano fue, en esencia, entresacar opiniones y frases sueltas de los más prestigiosos jurisprudentes, tratando de armonizar los dichos de unos con otros, copiándolos textualmente y retocándolos en algunas partes. Aunque se conservó en cada fragmento el nombre de su autor y la obra de la cual procedía, con el paso del tiempo la estructura del Digesto (y de otras obras que lo complementan, conformando el "Corpus Iuris Civilis") fue copiada en leyes sucesivas promulgadas ya en pleno Imperio Bizantino, ahora numerando cada uno de los fragmentos para así poder manejarlos mejor. Y de ahí deriva la costumbre de numerar los artículos en las leyes.

domingo, 8 de abril de 2007

Las desventuras de Bohemundo de Nápoles.

Si alguna vez se hiciera el ranking de los perdedores más grandes en la Historia Universal, seguramente Bohemundo de Nápoles ocuparía un prominente lugar, ya que fue el clásico personaje que llegó siempre segundo en todas las empresas que intentó.
La Italia del siglo XI era dominada, en su mitad inferior, por bizantinos y árabes, que atravesaban un gran período de debilidad, lo que aprovecharon algunos capitanes normandos para infiltrarse y conquistar territorios para sí. Uno de éstos fue Roberto Guiscardo, padre de Bohemundo. Roberto conquistó todo el sur de Italia, y luego atacó en la mismísima Grecia al Imperio Bizantino, por ese entonces regido por Alejo Comneno. Bohemundo le acompañó, y cuando Roberto debió regresar a Italia, para atender una llamada de auxilio del Papa, quedó a cargo de los ejércitos normandos en Grecia. En mala hora, porque los bizantinos, que iban de derrota en derrota, se repusieron.
En eso murió Roberto Guiscardo (año 1085). A pesar de que Bohemundo era su hijo, al estar lejos su tío Rogerio (hermano de Roberto) se apoderó de su reino. Cuando Bohemundo volvió a Italia, ya era tarde, y quedó desheredado.
Chasqueado, se embarcó en la Primera Cruzada. Esta, guiada por el Conde Raimundo de Tolosa y por Godofredo de Bouillon, se congregó en Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino... y Bohemundo debió pasar por la humillación de jurarle lealtad al Emperador bizantino, al mismísimo Alejo Comneno al que antes había enfrentado.
Algo después, en 1099, estaba Bohemundo en la primera línea, durante el asedio a la importantísima ciudad de Antioquía. Luego de que ésta y Jerusalén cayeron, Bohemundo consiguió, a fuerza de prepotencia, hacerse Príncipe de Antioquía. Entonces apareció Alejo Comneno, exigiéndole que respetara su juramento. Bohemundo, ávido de gobernar sin amos, se negó. Estalló la guerra, y Bohemundo acabó como prisionero de Alejo. Para obtener su libertad, debió renovar su juramento de lealtad.
Bohemundo decidió entonces que libraría la guerra contra el Imperio Bizantino a muerte. Viajó a varias cortes de reyes europeos y trató de convencerlos de liderar una cruzada contra los bizantinos (que en esa época se habían separado de la Iglesia de Roma, el año 1054). Pero le atendieron mal, y se convirtió en el hazmerreir de toda la nobleza europea. Y cuando por fin las cosas le resultaban, y estaba reclutando su ejército para combatir a los bizantinos, murió. Corría el año 1115.

domingo, 5 de marzo de 2006

Bizantinismo.


La expresión "discusión bizantina" y "bizantinismo", tienen un origen histórico.

Los bizantinos eran muy aficionados a la teología, y sus eruditos debatían hasta el final sobre cuestiones para ellos candentes, y tal vez un tanto abstrusas para nuestra mentalidad. Sin embargo, cuando se llevaron la palma, fue en Mayo de 1453, durante el asedio que los turcos otomanos pusieron a Constantinopla, capital del Imperio Bizantino (o lo que quedaba de él, para aquellas fechas). Mientras los otomanos, después de un mes de asedio, conseguían quebrar las defensas constantinopolitanas y entrar a saco en la ciudad, se dice que sus sacerdotes estaban enfrascados en una apasionante discusión sobre el sexo de los ángeles.

Cabe decir que esta leyenda, a pesar de ser muy famosa, no ha sido históricamente corroborada. Pero es un estupendo ejemplo de bizantinismo, de aquel debate que es llevado hasta las últimas consecuencias, sin otro beneficio que el de polemizar sobre asuntos sin ninguna relevancia.

miércoles, 25 de enero de 2006

Basilio el Matador de Búlgaros.

El año 977 d.C., después de un período de tensiones entre Bulgaria y el Imperio Bizantino que duró más o menos un siglo completo, estalló finalmente la guerra. Esta duró treinta años, y agotó casi por completo las fuerzas de ambos contendientes. Para obtener una victoria que parecía cada vez más lejana, el gobernante bizantino Basilio II recurrió a una bárbara estratagema.

Había capturado un ejército de 15.000 hombres aproximadamente. Anunció entonces a Samuel, el Zar de Bulgaria, que le devolvería a sus hombres, como una muestra de buena voluntad. Acto seguido, ordenó que la totalidad de los prisioneros fueran cegados, con la excepción de 150 de ellos, con los cuales fue un tanto más misericordioso, ya que ordenó sólo arrancarles un solo ojo. A continuación, envió a los búlgaros de regreso a Pest, su capital, de modo tal que cada tuerto tenía por misión guiar a un pelotón de un centenar de ciegos cada uno.

Se dice que el shock de contemplar a su ejército en tan lamentables condiciones fue tanto para Samuel, que sufrió un infarto ahí mismo, y falleció dos días después. La guerra continuó uno o dos años más, pero los búlgaros fueron derrotados en toda regla. Desde entonces, Basilio II fue conocido con el apelativo de "Bulgaróctonos", esto es, el "Matador de Búlgaros".

Dicho sea de paso, la victoria de Basilio fue pírrica, ya que si bien anexó la totalidad de Bulgaria a sus dominios, lo hizo a costa de la feudalización de sus propios territorios, por lo que legó un imperio descompuesto políticamente a sus sucesores.
También digamos que cegar a los enemigos políticos era una costumbre común entre los bizantinos, tan común o más que amputarse las manos en duelos con sable láser en Star Wars, y los bizantinos eran uno de los pueblos más civilizados de la Tierra en su minuto, aunque como puede apreciarse, no habían dejado atrás ciertas costumbres cavernarias...

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