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domingo, 14 de agosto de 2011

¿Pierden los leprosos pedacitos de su cuerpo...?


Una cantera inagotable de chistes de humor cruel, al menos antes de la era de lo políticamente correcto, era sobre los leprosos y su cuerpo cayéndose a pedazos. Sin embargo, hasta donde sabía la ciencia médica a mediados del siglo XX, la lepra tiene que ver con la piel, los nervios y los músculos. ¿Cómo era posible que los leprosos pudieran perder pedazos de su cuerpo, incluso miembros enteros...? Cuando el médico Paul Brand fundó en la India la Nava Jeeva Nilayam (Centro de Nueva Vida) para rehabilitar leprosos, a mediados del siglo XX, tuvo ocasión de estudiar el tema. Y descubrió la realidad detrás del mito. Que era mito... a medias.

La explicación médica corriente es que si existía dicha pérdida, se debía a la atrofia muscular inherente a la lepra. Pero esto no convencía a Paul Brand: había examinado a pacientes negativos (enfermos asintomáticos) que se quejaban de haber perdido parte de sus dedos a pesar de que los exámenes sobre tejidos musculares no mostraban síntomas de lepra. La respuesta le llegó casi de casualidad. Un día, lidiando con una llave para abrir un candado oxidado, un niño leproso se ofreció a abrirla, e hizo el trabajo por él, sin el menor esfuerzo. Pero cuando Brand vio sangre en el suelo, le pidió al niño que extendiera la mano, y descubrió con horror que el niño se había rajado la mano con la llave tan profundo, que el hueso al fondo estaba expuesto. Y todo eso sin que el niño se enterara. A Brand entonces le cayó el tejo sobre lo que ocurría: los dedos de los pacientes leprosos sí se encogen y pueden caerse a pedazos, pero no por una consecuencia directa de la enfermedad, sino porque al verse afectados los nervios y perder la sensibilidad y el sentir dolor, los leprosos se herían ellos mismos con agentes externos sin darse cuenta.

Pero como buen científico, Paul Brand debía todavía corroborar su teoría. Observó durante meses a los leprosos del taller de rehabilitación que atendía, y descubrió que en casi todos los casos, había una correlación entre las heridas y eventual pérdida corporal de los pacientes, y los accidentes laborales o de la vida cotidiana. A tales accidentes todos estamos expuestos, pero los sanos reaccionamos esquivando o retirándonos del agente (por ejemplo, retirando un cuchillo que nos corta), y curándonos la herida resultante, todo ello debido al dolor de la herida en sí. Los leprosos, al no sentir dolor, no tenían señal de alarma, y se herían hasta el punto de la automutilación, o dejaban que sus heridas se infectaran, y todo esto sin darse cuenta. Brand tenía conocimientos de carpintería, y esto le ayudó a diseñar herramientas más seguras para que los leprosos sufrieran menos accidentes. También dirigió su atención a los pies: descubrió que las llagas e infecciones en éstos, y la pérdida de dedos inclusive, se debían al calzado. Mientras que las personas normales usan poco o cambian de calzado si éste no es cómodo, alguien sin sensibilidad como un leproso no puede saber si al caminar con un calzado incómodo o inadecuado, se está lastimando, hiriendo e incluso mutilando sus pies. De manera que Brand también diseñó un calzado especial para que éstos pudieran utilizar.

Quizás el episodio más tenebroso relacionado con el tema, sea el de un chico que acudió a Brand faltándole la tercera parte del dedo índice. El muchacho se había acostado con su dedo intacto, y había despertado sin él. ¿Sería posible que los dedos pudieran caerse con la lepra, después de todo? Brand inspeccionó la cama del chico y el suelo alrededor, convencido de que el pedazo de dedo estaría ahí, si fuere el caso. Pero no estaba: sólo había manchas de sangre. Al verlas con detención, Brand descubrió unas huellas diminutas: las ratas habían conseguido colarse y darse un festín con el dedo del infortunado chico mientras éste dormía, sin que éste por supuesto se diera cuenta en lo absoluto. Paul Brand recurrió entonces a las soluciones de toda la vida, y trajo gatos a la colonia. Y en el equipo que cada paciente recibía al darse de alta, iba incluido un gatito...

Con todo, Brand demostró que en cerca del uno por ciento de los casos, la lepra sí invade los huesos, volviéndolos lo suficientemente quebradizos como para que en efecto puedan separarse. El resultado en este caso es justamente el de la sabiduría convencional sobre la lepra: perder ese pedacito de cuerpo.

jueves, 26 de febrero de 2009

Socks en la Casa Blanca.


El pasado 20 de Febrero de 2009 falleció finalmente Socks, nuestro veterano compañero gato que estuvo nada menos que... ¡en la Casa Blanca! Porque Socks ("calcetines", en castellano) fue el gato mascota de Bill Clinton. O mejor dicho, el gato mascota de Chelsea Clinton, la hija de Bill. El caso es que el buen Socks fue el gato mascota cuasi-oficial durante los ocho años de gobierno de Clinton en la Casa Blanca.

El gato apareció un buen día, prácticamente porque se le dio la gana. Se le supone nacido en Marzo de 1989, pero como sucede con frecuencia respecto de los gatos, esta noticia es incierta. En Little Rock, un día de 1991, Chelsea Clinton, quien por entonces tenía 11 años, volvía de sus lecciones de piano. Socks jugaba con su hermana Midnight, y simplemente llegó y le saltó a sus brazos. El gesto le ganó gracia, y Socks se quedó con los Clinton. En la época, Bill Clinton era Gobernador de Arkansas, y allá fue a alojarse el gato. Después, en 1992, cuando Bill Clinton fue elegido Presidente de los Estados Unidos, Socks los acompañó y se transformó en el gato de la Casa Blanca.

La estancia de Socks en la Casa Blanca fue un tanto movida. Se transformó en uno de los más eficaces relacionadores públicos de la misma (lo que habla bastante mal de ustedes, humanitos, que hasta un gato puede hacer su trabajo...). Con otro gato que andaba dando vueltas allí, llamado Slippers, hizo buenas migas, y compartió comida y agua. Pero en el segundo período presidencial, los Clinton tuvieron la desafortunada idea de meter a un labrador llamado Buddy en la Casa Blanca. La que se armó después fue Israel y Palestina: lo de Buddy y Socks fue odio inmortal y eterno.

Cuando se acabó el gobierno de Bill Clinton, Buddy fue el elegido para seguir con la familia. El pobre Socks por una vez no se salió con la suya, pero la secretaria Betty Currie (quién, dicho sea de paso, tuvo su peso en la investigación del asuntillo ése con Monica Lewinski) se lo llevó consigo. Desde ese entonces el gato, que ya rondaba más o menos los once años, tuvo una vida retirada del público. Aún así, se las arregló para alcanzar la provecta edad de 18 años (quizás 19). Finalmente la naturaleza hizo lo suyo, y Socks enfermó de las tiroides y los riñones, lo que se agravó con lo que probablemente fue un cáncer. Cuando se negó a comer, fue finalmente dormido. Había sobrevivido nada menos que siete años a su mortal enemigo Buddy: el pobre labrador terminó malogrado el 02 de Enero de 2002, luego de que corriendo, fuera arrollado por un automóvil.

jueves, 22 de enero de 2009

Dinictis el felino primitivo.

Los primeros ancestros de lo que actualmente son los carnívoros (cánidos como los perros, felinos como los gatos, úrsidos como los osos, mustélidos como las mangostas, etcétera) vinieron al mundo hace unos 40 millones de años, aproximadamente. El más famoso de los felinos primitivos probablemente es el famoso Smilodon, el tigre dientes de sable, pero no fue ni con mucho la única especie de su tiempo. Otra especie llamada a veces el "falso tigre dientes de sable", y cuyo verdadero nombre es Dinictis, se extendió a la sombra de los más grandes y famosos Smilodones.

El Dinictis aparece en el mundo hace unos doce millones de años, aproximadamente. En realidad, Dinictis es un género animal, y cuatro especies distintas (Dinictis cyclops, Dinictis felina, Dinictis priseus y Dinictis squalidens) se agrupan dentro de ésta. Era un plantígrado, lo que quiere decir: caminaba con la planta del pie, como los humanos. Esto lo diferencia de los felinos actuales que no son plantígrados sino digitígrados, es decir, que caminan sobre sus dedos (a veces los dibujos de gatos hechos por niños quedan con los pies "raros" porque a esa edad no suelen captar el detalle... así como muchos adultos). El tamaño del Dinictis era más bien menor, con apenas un metro de largo, lo que le dio una ventaja decisiva durante las glaciaciones frente a otras especies cazadoras más grandes, que para alimentarse requerían mayores cantidades de las presas, de por sí escasas en su medio ambiente.

Durante mucho tiempo se consideró al Dinictis como un ancestro directo, o al menos emparentado, de los actuales felinos. Hoy en día, la clasificación del Dinictis es algo más problemática, habiendo quienes consideran al Dinictis (a "los" Dinictis, deberíamos decir, porque como dijimos, son varias especies distintas) como un "primer gato", y otros que lo estiman en realidad una rama muerta del árbol evolutivo. Las respuestas, como suele ser desesperantemente frecuente en la Paleontología, suelen no estar ciento por ciento a firme.

Este posteo está dedicado a la memoria del gato Bucanero (n. Bastet sabe cuándo, f. 19-I-2009).

jueves, 13 de noviembre de 2008

Van Turco el gato del Lago Van.


Todavía en pleno siglo XX, aunque explorada prácticamente toda la Tierra, el mundo de los felinos seguía dando sorpresas. Una de ellas fue el hallazgo del Van Turco. Su historia es la siguiente.

El Lago Van, una cuenca endorreica (es decir, sin salida acuática, lo que le confiere una gran salinidad) a 1600 metros de altitud, y ubicada en una zona altamente inhóspita, es bien conocido por los historiadores de la Antigüedad, debido a que en sus cercanías surgió el poderoso reino de Urartu (el de los hurritas, por más señas), bien custodiado por los contrafuertes montañosos de Armenia. Por ello, en siglos posteriores fue peleado por varios imperios distintos. En la actualidad, el Lago Van está en manos de Turquía.

A orillas del Lago Van surgió una raza de gatos salvajes llamada Van Kesidi. En 1955, la viajera Laura Lushington, conocida también como especialista en gatos, viajó por sus orillas, y en un pueblo descubrió una raza desconocida de gatos. Le obsequiaron dos cachorros, que se llevó prestamente a su país. Después, parece ser que se identificó la raza en estado salvaje, en otras regiones de Turquía, pero el nombre de Van, debido al hallazgo original, quedó. Los gatos descendientes de las dos crías transportadas por Laura Lushington, se transformaron después en la raza Van Turco.

El Van Turco, un gato de manto (pelaje) blanco con apenas un par de manchas en la cabeza, suele ser considerado como cariñoso e inteligente. Pero el rasgo que le aseguró fama inmediata entre los criadores de gato, es que, haciendo honor a sus orígenes a orillas de un lago como el Lago Van, y a diferencia de otros gatos, el Van Turco sabe nadar, y además de eso, disfruta de bañarse en lagos, piscinas, piletas...

ESTE POSTEO ESTÁ DEDICADO A LA MEMORIA DEL GATO JAMES (n. cerca 1-I-2004, f. 9-XI-2008).

domingo, 9 de noviembre de 2008

Los gatos en el Antiguo Egipto.

En un posteo anterior hemos hablado de Bastet, la diosa gata del Antiguo Egipto. Ahora corresponde hablar de los gatos egipcios en sí mismos. Hay evidencia que parece apuntar a que fue en el Antiguo Egipto, en donde surgió el gato doméstico por primera vez, y éste es descendiente del Felis Lybica, una especie de gato salvaje africano. La razón es casi obvia, bien mirada. Cuando Egipto empezó a crecer, y por lo tanto se dedicó a construir graneros (algo necesario entre tanta pirámide y templo), las ratas se transformaron en un problema. De ahí que los gatos, como cazadores naturales de roedores, se transformaron en aliados útiles, y de ahí, en verdaderos animales semidivinos. Los egipcios creían muy en serio de que en cada gato estaba una parte de Bastet, la diosa gata, y de ahí el extraordinario cuidado que depositaban en éstos.

En el Antiguo Egipto, era peor matar a un gato que a un hombre. Ante lo último, siempre cabía la posibilidad de un indulto, pero si el muerto era un gato, ni el propio faraón tenía poder para ello; y la condena era a muerte. Es más: si un egipcio descubría un gato fuera de las fronteras egipcias, era su deber y obligación llevarlo a tierra egipcia, sano y salvo. En caso de incendio, el primero en ser puesto a salvo era, adivinaron, el gato. Y si moría, las familias adineradas transportaban el cuerpo a Bubastis, la ciudad sede del culto a la diosa gata Bastet, para ser enterrado allá; para estos efectos, en la época tardía egipcia, llegaron a fabricarse ataúdes con forma de gato, en los cuales podía introducirse el cuerpo del felino, convenientemente momificado. Los arqueólogos modernos han rescatado cientos de estos gatos momificados, y varios de estos ataúdes.

Existen dos anécdotas relacionadas con gatos en el antiguo Egipto. Una de ellas se remonta a la época en que Cambises II, rey del Imperio Persa (528-521 a.C.) conquistó Egipto. Frente a la ciudad de Pelusa, puso cientos de gatos amarrados a los escudos de sus soldados. Los egipcios, ante el dilema de defenderse o respetar la vida de los gatos, optaron por rendir la ciudad. O al menos así se cuenta.

La otra se remonta al año 47 a.C., cuando Julio César invadió Egipto. En la ocasión, un soldado romano mató, accidentalmente o con intención, a un gato. Ni siquiera el Faraón Tolomeo XII pudo hacer algo al respecto: la turba se apoderó del legionario y lo linchó simple y llanamente, como a un blasfemo cualquiera.

ESTE POSTEO ESTÁ DEDICADO A LA MEMORIA DE LA GATA EUDORA (n. cerca 1-XI-2007, f. 6-XI-2008).

martes, 18 de diciembre de 2007

Bastet diosa gata de Egipto.

Bast o Bastet era la diosa de los gatos en el Antiguo Egipto, una de las más importantes de su panteón. Como es el caso de los otros dioses egipcios, Bastet tenía cuerpo humano (de mujer en su caso, claro está), y cabeza del animal respectivo, en este caso la gata. Y también como otros dioses egipcios, el culto a Bastet está plagado de imprecisiones, derivados de que a pesar del extraordinario conservadurismo de la civilización egipcia, su mitología no fue algo completamente estático, sino que mutó en el tiempo según el vaivén de la política y la sociedad, y con ellos, las creencias sobre Bastet.

La diosa Bastet fue primitivamente el ídolo totémico de la ciudad de Bubastis, un asentamiento en el Bajo Egipto, concretamente en el lado oriental del Delta del Río Nilo. En dicha ciudad, los egiptólogos han encontrado un vasto cementerio con cientos de gatos momificados, y en la época de los Tolomeos y del Imperio Romano (cerca de 300 a.C. a 300 d.C.) se construían ataúdes especiales con forma de gato para enterrar a estos animalitos. El historiador griego Heródoto, por su parte, documenta las grandes fiestas que en dicha ciudad se celebraban en su honor; y siglos más tarde, Diodoro mencionó que un romano fue limpiamente linchado por una multitud de egipcios, por haber asesinado involuntariamente a un gato. A pesar de ser la diosa local de Bubastis, en el período faraónico el culto de Bastet se difundió por todo Egipto, formando tres tríadas divinas, una con Ptah y Neferte, y otra con Sejmet y Ra. La enemiga de Bastet era Neith, una diosa guerrera, y esta enemistad, más que mitológica, era política, porque Neith era adorada en el otro lado de la desembocadura del Delta, en el lado occidental.

El éxito de Bastet se debe posiblemente a varios factores. No es el menor de ellos, el que los gatos hayan sido tan útiles para los egipcios, como guardianes de los graneros en contra de las plagas de ratones. Pero por otra parte, en su camino, Bastet parece haber asimilado los rasgos de la diosa leona, Sejmet; de este modo, en la época clásica, se presentaba a veces como una gata amable y gentil, pero también como una fiera leona. Los griegos la identificaron con Artemisa (su equivalente romano es Diana), la diosa cazadora y de los bosques. A diferencia de otros dioses, identificados claramente con el Sol o con la Luna, Bastet es identificado con ambos (probablemente era solar, y su identificación con la lunar Artemisa creó esta ambigüedad), según sea su faceta la leona o la gata; quizás el resorte psicológico de la ambigua diosa-mujer, ayudó a su popularidad.

Este posteo está dedicado a la memoria de la gata Maia (n. 17-I-1995, f. 17-XII-2007).

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