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jueves, 5 de abril de 2012

Mitologizando el origen de Roma.


A Roma se le dice la Ciudad Eterna por su extraordinaria longevidad, y pareciera aún más Eterna si se considera que sus orígenes no terminan de estar del todo claros. Sobre Rómulo, el pretendido fundador de la ciudad, sólo tenemos un puñado de leyendas, hasta el punto que ni siquiera sabemos a ciencia cierta si fue un personaje histórico o no. En esta campaña de desinformación propagandística ayuda que los propios romanos se esforzaron por crear su propia leyenda de los orígenes. Algo común a otras culturas, claro, pero que en el caso romano, por afán de emulación, llegó a extremos quizás algo ridículos.

Roma creció en la región central de Italia llamada el Lacio. Aunque era una oscura ciudad sin mucha cultura, prosperó gracias al control de los puentes sobre el Río Tíber, y a estar empotrada sobre la ruta sobre la cual debía comercializarse la sal. No en balde, una de las más importantes carreteras de Roma era la llamada Via Salaria. En el año 390 antes de Cristo, los galos saquearon Roma. Como consecuencia colateral, todos los archivos sobre los primeros tiempos de la ciudad desaparecieron durante el incendio que es de rigor en todo gran saqueo que se precie de tal. A partir de entonces, todo lo que se dijo y escribió sobre el origen de Roma son leyendas.

Resulta que a medida que Roma se iba apoderando del mundo, los romanos se sentían cada vez más ofendidos de sus propios mitos originarios. La fundación de Roma se le adjudicaba a Rómulo, pero en la leyenda, éste no era más que un jefe de bandidos responsable del asesinato de su hermano Remo, y la Roma primitiva estaba poblada por todos los indeseables exiliados de otras ciudades. Para colmo, Rómulo y Remo habían sido amamantados por una loba, y ésta era una bestia sin una gran reputación: lobas se les llamaba en la antigua Roma a las prostitutas (la palabra castellana "lupanar", que designa a un prostíbulo, deriva del latín "lupus", que significa "lobo"). De manera que se propagó la leyenda de que la ciudad de Alba Longa, desde cuyo linaje real venía Rómulo, venía desde más antiguo. En concreto, nada menos que de Troya, o sea, de los héroes homéricos mismos. Recordemos que en ese tiempo estaba en juego el afán de emulación de los romanos por los griegos. Esta idea venía en todo caso desde antiguo, parece ser, como lo muestra una vasija etrusca de Tragliatella, que data más o menos del siglo VII antes de Cristo, y en donde se testimonia el "lusus troiae", los juegos troyanos, una danza ejecutada a pie y a caballo. Recordemos que en las leyendas etruscas, éstos venían de oriente, y por lo tanto, eso daba pie al mito del origen troyano remoto de los romanos.

En tiempos del Emperador Augusto, fue el poeta Virgilio quien, en su "Eneida", le dio forma definitiva a esta leyenda. Más allá de sus méritos literarios, lo cierto es que en lo ideológico la "Eneida" es un panfleto patriotero. En la obra, Eneas abandona Troya cuando ésta es asaltada por los griegos (¿justificando que los romanos después conquistaran a los griegos, quizás?). Por azares del destino acaba en Cartago, en donde vive un romance con Dido, hasta que los dioses le llaman otra vez al deber, y zarpa a su destino de fundar Roma. Dido se suicida entonces melodramáticamente arrojándose a una pira, no sin antes profetizar que Cartago algún día será el peor enemigo de Roma, lo que legitima por supuesto que Roma después haya escarmentado a Cartago de la forma salvaje en que lo hizo (¿arar la tierra con sal, alguien...?). Eneas llega a Italia y después de una prolija serie de guerras, termina fundando Alba Longa. De esta retorcida serie de eventos, es que los romanos habrían llegado a ser los romanos.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Culebrón de un historiador chileno.


¿Quién dice que la vida de un historiador tiene que ser aburrida? A la de Vicente Carvallo y Goyeneche no le faltan ingredientes para su propia teleserie. Vicente Carvallo y Goyeneche es considerado el último de los grandes historiadores que produjo el Chile del período colonial, y de hecho, fue soldado en la frontera con los mapuches. Valdiviano de origen, nació en 1742. Aunque abrazó la carrera de las armas, no pudo continuarla por su carácter: era jugador, mujeriego y díscolo.

Pero por otra parte, era un hombre siempre interesado en la lectura, y por lo tanto de gran cultura. Esto lo aprovechaba para escribir sermones por encargo de los frailes y los clérigos, con cuyos ingresos conseguía financiar las calaveradas que, probablemente sobre decirlo, lo tenían de manera permanente al borde de la bancarrota. O de cómo financiar las actividades del Diablo haciéndole trabajos a Dios...

El caso es que hacia 1780 se dio a escribir una gran obra histórica sobre Chile. Para su "Descripción Histórico-Geográfica" no sólo incorporó material de cronistas anteriores, sino que incorporó sus propias averiguaciones en la documentación que pudo consultar en los cabildos. Terminado su trabajo de investigación en Chile, Carvallo y Goyeneche pidió autorización a la corte de Madrid para viajar hasta allá y consultar los archivos reales, en busca de más información sobre Chile. La corte le concedió la autorización en 1791. Pero para desgracia del historiador, en la época el gobernador de Chile era Ambrosio O'Higgins, antiguo superior al mando de Carvallo y Goyeneche que conocía su carácter indisciplinado y mantenía una franca enemistad con él, y que temeroso de que éste aprovechara su viaje a Madrid para intrigar en la corte en su contra, se negó a darle autorización para el viaje.

¿Creen ustedes que eso iba a detener a Carvallo y Goyeneche? Por supuesto que no. Su remedio fue cortejar a una viuda rica y añosa llamada Mercedes Fernández, con quien contrajo rápido matrimonio. Luego del cual, por supuesto, se fugó desde Chile dejando atrás a la afligida viuda y llevándose los dineros de la misma. Furia redoblada del Gobernador y del mismísimo Rey, que ordenaron su captura inmediata. Pero Carvallo y Goyeneche se las arregló en la corte para lograr el perdón real, y pudo seguir sus investigaciones en España, aunque por desgracia no obtuvo el acceso a los archivos. Finalmente se radicó en Buenos Aires, ciudad en la que fallecería en 1816. Con todo, su opus magna permaneció inédita durante más de medio siglo, hasta ver la luz finalmente en tres tomos publicados en 1875 y 1876...

domingo, 25 de julio de 2010

Historiadores mongoles escribiendo en persa.

Cuando los mongoles invadieron la India, consiguieron someterla por un lapso de aproximadamente dos siglos, y no perdieron por completo su trono sino hasta pasados tres, ya que en 1857 el último Mogol de la India perdió el trono que en 1526 le habían ganado las armas de su antepasado Babur. Este Babur era un soldado de fortuna que venía desde el Asia Central. En el siglo transcurrido desde la muerte del conquistador mongol Tamerlán (1405), el Asia Central había caído en el caos político, con el trono de la ciudad de Samarkanda aguantando débilmente las arremetidas de los persas por un lado, y de los pueblos estepáricos por el otro. Babur acabó expulsado de Samarkanda, pero descendió a la India, conquistó Delhi, y en 1526 proclamó lo que llamamos el Imperio Mogol de la India.

Conocemos la historia de Babur gracias a que éste nos legó una autobiografía. Es considerada la primera pieza de su género escrita en el mundo islámico. El detalle significativo es que Babur escribió su biografía en idioma turco, y más concretamente, en la variante de turco que se conoce como Chagatai, en referencia a Chagatai Khan. Una nota histórica adicional: Chagatai Khan fue uno de los parientes de Kublai Khan que a finales del siglo XIII se repartieron el imperio mongol de Genghis Khan. El idioma chagatai, hoy en día extinto, por la contigüidad geográfica de Persia y el Asia Central, recibió una fuerte influencia del persa, y la autobiografía de Babur ("Baburnama") fue escrita en ese idioma.

Pero una vez instalados en la India, y aunque oficialmente los mogoles conservaron el idioma chagatai como propio, la cultura de la India que había sido entretanto infiltrada por el persa, debido a los siglos de contactos de los musulmanes de la India con el resto del mundo islámico vía Persia precisamente, acabó por ser más fuerte. Así como Babur dejó una autobiografía, su hijo Humayún fue biografiado por su hermana, la Begún Gulbadan. Y cuando Gulbadan escribió el "Humayún Nama", lo hizo directamente en persa. En la generación siguiente el hijo de Humayún y nieto de Babur, el célebre Akbar, dejó una "biografía oficial" para la posteridad, el "Akbarnama" (como se puede apreciar, esta práctica no apareció con las estrellitas de Hollywood), y el "Akbarnama" está escrito en persa. Y una generación adicional aún, el Raj Jahangir también tuvo su propia biografía, el "Tuzuk Jahangir" o "Jahangirnama", que siguiendo lo que a esas alturas del partido era costumbre, fue también escrito en persa.

Con todo lo anterior, queda claro que la cultura de los mongoles que invadieron la India, ya a medias vuelta persa, acabó por ser colonizada enteramente por dichos persas. Y más interés tiene el asunto, si se considera que durante buena parte de la tardía Edad Media, los persas estuvieron bajo el dominio del Ilkanato mongol...

domingo, 16 de noviembre de 2008

Y los kusitas sí eran negros a fin de cuentas.


En nuestra época de cierta tolerancia multicultural, el racismo abierto es considerado como algo sumamente ofensivo, y por lo tanto, nos cuesta creer cómo hubo épocas tan impregnadas de éste, que manchaban toda su ciencia histórica con afirmaciones a las claras absurdas, pero que sí cuadraban con un esquema mental de "la raza blanca superior versus las razas inferiores". La investigación arqueológica sobre el Reino de Kush fue una gran víctima de ello. Mientras que la Egiptología moderna principió con la campaña de Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798-1799, la investigación arqueológica seria sobre los kusitas, sus vecinos del sur, debió esperar hasta mediados del siglo XX, para que alguien mostrara un cierto interés sobre este pueblo.

A comienzos del siglo XIX, cuando la egiptomanía invadió al mundo académico europeo, nadie tenía muy en claro hasta qué segmento del Río Nilo valía la pena explorar en busca de nuevas ruinas. El primer investigador del Reino de Kush, como se llamó el poderoso ente político que surgió al sur del Egipto Faraónico, fue un investigador llamado Giuseppe Ferlini (1800-1870), más motivado por saquear tesoros que por verdadera investigación arqueológica. Los métodos de "exploración" de Ferlini eran tan expeditos como volar las capas superiores de las pirámides en Sudán a punta de dinamita, para descubrir cámaras secretas en su interior. Pero cuando reveló que sus hallazgos venían del Africa Negra y no de Egipto, se quedó enormemente chasqueado: ningún arqueólogo serio creía que los "negros" eran capaces de civilización. Consiguió vender su material, sí, pero al final de un laborioso proceso de negociaciones con muchos entes culturales distintos.

Con todo, ya no se podía ignorar que al sur de Egipto habían importantes hallazgos arqueológicos, y hubo egiptólogos que se dignaron darle una mirada a Kush. Uno de ellos fue Richard Lepsius, quien al investigar a los kusitas, quedó lo suficientemente convencido de que eran una cultura importante como para escribir que sus ruinas "pertenecían a una raza blanca", cuando hoy en día es evidente por los testimonios arqueológicos que los kusitas eran de raza negra. A tanto llegó la fijación por atribuirles antecedentes "blanqueados" a los kusitas, que el arqueólogo George Reisner (1867-1942) afirmó después de dedicar los años de 1916 a 1919 a la investigación de éstos, que el gran rey Piankhi, el Faraón Negro que conquistó Egipto hacia el año 715 a.C., era en realidad un mercenario libio que había cruzado todo Egipto de norte a sur y se había impuesto militarmente a los negros kusitas. En el libro "Cuando Egipto gobernaba el Oriente", publicado en 1942 por los egiptólogos Keith Seele y George Steindorff, Piankhi sufrió otro desdén, cuando se escribió de él y sus sucesores nubios en Egipto: "Mas su dominio no duró por tanto tiempo".

El asunto empezó a cambiar recién en 1960. Irónicamente fue el cataclismo de erigir la Represa de Asuán, lo que obró el milagro. Debido a que enormes tierras iban a quedar inundadas por las aguas de la represa, las investigaciones arqueológicas adquirieron un ritmo frenético. Con esto, surgieron (en forma de estatuillas y similares) múltiples evidencias de que los nubios kusitas sí eran de raza negra, en particular por los rasgos negroides de las facciones de muchas estatuas representando a figuras de la época del dominio nubio sobre Egipto (hacia 730-671 a.C.). La sensibilidad hacia el racismo había cambiado su tanto en el período intermedio, en particular gracias a la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, y con ello, el fantasma de los kusitas tuvo una nueva oportunidad de pasar a la Historia, ahora sí como corresponde, sin ser distorsionados ni falseados por los egos racistas de los investigadores.

jueves, 7 de agosto de 2008

De cómo los japoneses se inventaron un pasado a medida.


Los orígenes de Japón son algo nebuloso hasta el día de hoy, pero las investigaciones arqueológicas y algunas crónicas de la época, tanto chinas como japonesas, han permitido desentrañar en parte el misterio de su origen. Lo más probable es que los japoneses llegaran a la civilización un poco de refilón, después de la caída del Imperio Han en China, gracias a la esforzada labor de una horda de misioneros budistas que se lanzaron a evangelizar (o "budizar", mejor dicho) el país. Hacia el siglo VII aparecen así los primeros rastros de una corona imperial japonesa, el Mikado, a partir del Yamato, un reino japonés que consiguió imponerse a sus vecinos y unificar el territorio (la parte meridional, por lo menos, porque en el norte, los bárbaros ainos siguieron en activo); parece ser que el Mikado imitó, tanto en el ceremonial como en lo que podríamos llamar "espíritu constitucional", a la corte del Imperio Tang que emergía en China.

Pero para el orgullo y arrogancia de una corte única, debió parecer este origen semibárbaro como muy poca cosa, así es que se dieron activamente a la tarea de reconstruir su propio pasado nacional. Especial empeño mostró en esto el Mikado Temmu, quien gobernó al Yamato entre 672 y 686, y que intervino activamente en cuestiones religiosas, utilizando a la fe como una palanca para asegurar el poder imperial. Uno de los golpes maestros de Temmu fue encargar la redacción del "Koji Ki", cuyo significado literal es "Crónica de las cosas antiguas". La versión definitiva del Koji Ki, que ha llegado hasta nosotros, data del año 712, y es una frondosa historia que, al igual que la Biblia como crónica de la monarquía hebrea, se remonta nada menos que al comienzo del mundo. Describe el Koji Ki una serie de aventuras de los dioses creadores, dándole especial protagonismo y relevancia a Amaterasu, la diosa del Sol, a la que se elevó a la categoría de antepasada del Mikado. Esta falsificación fue tan hábil, que consiguió engarzar los hechos legendarios de la primera parte con un final extraído de distintas crónicas históricas, puesto que acaba con la muerte de la Mikado Suiko en 628, personaje que efectivamente existió en la realidad. De este modo, el Koji Ki contribuyó a crear un aura de legitimidad alrededor del Yamato, enmascarando sus orígenes humildes y confiriéndole estatus divino. Tan efectiva fue esta receta, que debieron pasar doce siglos, hasta el Emperador Hirohito en 1945, para que el Mikado reconociera carecer de origen divino.

Hay una obra ligeramente posterior, el "Nihonshoki", que reelabora los acontecimientos del "Koji Ki" filtrando un poco más los mitos y proponiendo por tanto un enfoque algo más científico, aunque se vicia por su pretensión de ser una historia alternativa a la real, en la que Japón antecede históricamente a China (como hemos visto, fue justamente al revés, algo que golpeaba el orgullo de la corte nipona). Ambas obras, el "Koji Ki" y el "Nihonshoki", y en particular la primera, fueron consideradas antes de la Segunda Guerra Mundial con un valor religioso sagrado, casi a la manera de los cristianos que leen la Biblia literalmente, y proporcionaron la base intelectual para el nacionalismo japonés de preguerra.

domingo, 3 de agosto de 2008

La Visión Capitolina de Edward Gibbon.


Edward Gibbon es probablemente uno de los más importantes historiadores de todos los tiempos. Su obra cumbre, la "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano" ("The History of the Decline and Fall of the Roman Empire") es un clásico histórico prácticamente imperecedero. Por supuesto que algunas de sus conclusiones son discutibles (de hecho, se han discutido), en particular su ataque contra el Cristianismo, feroz más allá de toda medida, pero no queda lugar a dudas que es una obra enormemente sólida y lúcida. El origen de esta enorme obra, que fue publicada en seis volúmenes entre 1776 y 1788, es una anécdota de celebridad entre los eruditos: la Visión Capitolina.

Gibbon nació en 1737, y casi alcanzando la veintena, se transformó en un lector voraz de Historia. En 1761 publicó su opera prima, el "Essai sur l'Étude de la Littérature", que le ganó reputación en los círculos intelectuales parisinos, por ese entonces el más importante del mundo occidental. Al año siguiente emprendió el Grand Tour, que estaba muy de moda en los círculos intelectuales de la época, y consistía básicamente en viajar a Italia a visitar las ruinas neoclásicas y empaparse del espíritu grecorromano. Es comprensible entonces que Gibbon estuviera tan excitado al llegar a Roma, que milenio y medio antes había sido nada menos que la capital del Imperio Romano, entidad política de enorme prestigio en el mundo ilustrado dieciochesco.

El evento decisivo que lo llevó a componer su opus magna, la mencionada "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano", Gibbon la describe así en una carta (la traducción es personal, del inglés): "Estaba en Roma el 15 de Octubre de 1764, y estaba sentado meditando en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos estaban cantando las vísperas en el templo de Júpiter, que la idea de escribir la decadencia y caída de la Ciudad primero empezó en mi mente". Para la mentalidad ilustrada y anticlerical de Gibbon, la idea de esos monjes descalzos vivos pisando las ruinas de un muerto mundo romano era simplemente insoportable. Y escribió su obra para describir como esos sucios monjes se habían incubado dentro del Imperio Romano, hasta carcomerlo por completo.

Dentro de la visión histórica de Gibbon, el Imperio Romano era la creación más noble y majestuosa del género humano (el primer episodio es una loa mayestática del Imperio Romano a finales del tiempo de la Dinastía de los Antoninos, en 180). Y luego sus virtudes cívicas y su temple habían sido carcomidos por los bárbaros desde el exterior, y por los cristianos desde el interior. Su gran conclusión es una frase épica famosa hasta el día de hoy: "he descrito el triunfo de la barbarie y la religión". Esta visión profundamente anticristiana le significó a Gibbon la censura y una enorme cantidad de críticas en su tiempo, pero le granjeó fama inmediata por ir muy en sintonía con el espíritu profundamente secularista de la Ilustración (la primera parte se publicó en el año de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y la segunda un año antes de la Revolución Francesa). El papel del Cristianismo en la caída del Imperio Romano es tema discutido hasta el día de hoy, claro está, pero nadie duda que la Visión Capitolina es uno de los episodios más significativo en la Historia de quienes estudian la Historia.

domingo, 13 de julio de 2008

Kadesh y el autobombo de Ramsés II.


Quienes creían que distorsionar la Historia para hacerle propaganda al Gobierno era invento de Goebbels, el manipulador ministro de propaganda de Hitler, o de la Rusia Estalinista, que revise otra vez. Porque el primer caso conocido de manipulación de la Historia para hacerle propaganda al Gobierno tiene nada menos que tres mil años de Antigüedad. Es cierto que hay testimonios de victorias militares contadas por sus reyes que son aún más antiguas, como por ejemplo la Estela de los Buitres mandada confeccionar por el mesopotámico Eannatum (hacia 2800 a.C.), pero en este caso no contamos con versiones paralelas que nos ayuden a descubrir cuánto de verdad y cuánto de mito hay en ellas. En el caso que nos ocupa sí. Para colmo, el mentiroso pillado en flagrancia es nada menos que Ramsés II, conocido como el Grande, y que bien mirado, no fue tan grande como se pretende. He aquí la historia...

A su advenimiento como Faraón (hacia 1.279 a.C.), Ramsés II había heredado una compleja situación política. Su gran área de expansión (su "hinterland", diríamos geopolíticamente) era la región de Palestina y Siria, pero en esos territorios se había hecho fuerte una potencia rival, el Imperio Hitita. Más tarde o más temprano, ambas potencias iban a chocar, y desde comienzos de su reinado, Ramsés II empezó a preparar la inevitable colisión.

El choque entre el ejército egipcio del joven e impetuoso Ramsés II, y el ejército hitita del más cazurro rey hitita Muwatallis II, se produjo en la ciudad siria de Kadesh. Marchaba Ramsés con cuatro divisiones de 5000 hombres cada una, un ejército considerable para aquellos tiempos. Confiando en la información de desertores hititas, Ramsés ordenó a sus dos divisiones de vanguardia avanzar, sin esperar a las dos restantes... y sin apercibirse de que estos "desertores" habían sido enviados por Muwatallis mismo para desinformar a Ramsés. Muwatallis rodeó la ciudad de Kadesh por el este, mientras Ramsés pasaba por el oeste, y atacó por detrás a sus dos divisiones de vanguardia, mientras las dos divisiones de retaguardia aún no llegaban. El ejército de Muwatallis también se componía de unos 20.000 hombres, pero como peleaba contra la mitad del ejército de Ramsés, la proporción era de 2 a 1, a favor de los hititas. Obviamente, la división de vanguardia fue hecha pedazos y Ramsés completamente acorralado.

Tiempo después, Ramsés mandó escribir un bello poema épico, el "Poema de Pentaur", en donde dice como su fuerte brazo le hizo contraatacar y retroceder a los cobardes hititas, arrinconándolos contra el Río Orontes y ahogándolos. La verdad parece haber sido distinta, si atendemos a las crónicas hititas. El Imperio Hitita era lo que llamaríamos hoy en día "multinacional", y esta diversidad de culturas se reflejaba en un ejército poco disciplinado y cohesionado, por lo que cuando tuvieron el campamento de Ramsés a la mano, lo saquearon sin darse cuenta de que estaban a metros del joven Faraón, que seguía batiéndose con denuedo. La llegada de un contingente de refuerzos salvó a Ramsés, que pudo huir a la desesperada. Y por si esto no fuera suficiente, las propias crónicas egipcias señalan que en Siria, algunos aliados de Ramsés se pasaron al bando hitita, algo perfectamente ilógico y estúpido si Ramsés hubiera sido el vencedor en la jornada (generalmente son los perdedores quienes se pasan al bando ganador, y no al revés).

Lo cierto es que después de una batalla en que ningún bando pudo asestarle un golpe de muerte al otro, hititas y egipcios se sentaron a la mesa de negociaciones y decidieron mantener el status quo fronterizo con un tratado de paz formal. Ramsés no parece haber vuelto a librar guerras de importancia suprema, pero a cambio llenó Egipto de carísimos monumentos que pueden haber ayudado a quebrar el erario nacional egipcio. A cambio de su autobombo y de haberse compensado su fracaso militar con monumentos, a la manera de las mujeres que se compensan la baja autoestima ingiriendo comida en forma compulsiva, la Historia lo recompensó con el título de "Ramsés el Grande"...

domingo, 30 de marzo de 2008

¿Lloró Julio César...?

Hay una célebre anécdota sobre Julio César, que lo pinta llorando porque cuando tenía 33 años (la edad en que murió Alejandro Magno), César no había hecho nada mientras que Alejandro había conquistado el mundo. Cierto es que la gran carrera política de César empezó después del Segundo Triunvirato (es decir, pasada la cuarentena de César), ya que de ahí se lanzó a las guerras de las Galias, luego a la guerra civil, y a la dictadura, después de lo cual fue asesinado. Pero la anécdota tiene otro componente interesante, y es cuán imperfecto es nuestro conocimiento histórico sobre el pasado, porque tenemos dos testimonios sobre este supuesto llanto de César, y ambos se contradicen entre sí.

Uno de ellos es de Suetonio. Refiere Suetonio que, siendo César cuestor en España, pasó delante de una estatua de Alejandro Magno, y a la vista de ésta, se echó a llorar. El otro relato es del historiador griego Plutarco, quien dedicó una de sus 46 "Vidas Paralelas" a la biografía de Julio César; y en ella refiere que César estaba descansando de los trabajos de la pretura (nótese que ya no es cuestor sino pretor), cuando estalló en llanto mientras leía una biografía de Alejandro Magno. Por cierto, Plutarco no nos informa de qué biografía se trataba.

A pesar de que tanto Suetonio como Plutarco nacieron unos cien años después de Julio César y escribieron de manera más o menos contemporánea, es posible que el testimonio de Suetonio sea más creíble, porque Julio César tenía en efecto 33 años cuando era cuestor, mientras que era algo mayorcito cuando fue pretor. Sin embargo, si ambos historiadores estaban igualmente distantes de la anécdota que referían, ¿qué hace pensar que Suetonio estaba mejor informado que Plutarco...? Obviamente se trata de una anécdota, sin excesivo valor para el estudio de la historia, las instituciones o el modo de vida de los romanos, pero algo dice sobre las dificultades que entraña reconstruir el pasado a partir de testimonios fragmentarios e inconexos, y muchas veces, quién puede saber cuán fiables...

domingo, 11 de noviembre de 2007

Iris Chang contra la verdad oficial sobre Nanking.

La masacre de Nanking había sido uno de los episodios más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. Hubiera quedado así quizás, de no ser por la paciente labor de la historiadora Iris Chang, quien arrojó nueva luz sobre el tema. Pero el precio a pagar por ello fue el más alto posible: la investigadora sobrevivió apenas por un tiempo a su propia investigación.

Iris Chang nació en Estados Unidos en el año 1968. Sus padres eran inmigrantes taiwaneses, y sus abuelos maternos escaparon por los pelos de la masacre de Nanking. De ahí su curiosidad por el tema, encontrándose con que de dicha masacre, no parecía haber registro alguno, en comparación por ejemplo con el genocidio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. De manera que, titulada como periodista, inició su propia investigación. Lo que encontró en el transcurso de ella, fue una serie de horrores que nada tienen que envidiarle a las atrocidades perpetradas por los asirios o los nazis. La propia Chang empezó a verse afectada por la investigación.

El libro fue publicado en 1997, y desató una tormenta. Porque los chinos querían normalizar sus relaciones con los japoneses, y los japoneses olvidar sus propios crímenes de guerra. Además, Iris Chang hace la sugestión de que Estados Unidos contribuyó a crear un manto de impunidad sobre estos crímenes de guerra, a cambio de la información que Japón pudiera proporcionar sobre sus experimentos realizados en el campo de la guerra bacteriológica, con prisioneros de guerra chinos precisamente. Numerosos nacionalistas japoneses agresivos se lanzaron contra el libro de Iris Chang, negando todos aquellos eventos. Particularmente críticas resultaron las sugestiones abiertas de Iris Chang, de que Japón debía pedir públicamente perdón por sus crímenes contra la Humanidad. Iris Chang se vio envuelta en una vorágine de supervivientes y verdades oficiales que la llevó lentamente a la depresión. El 09 de Noviembre de 2004, Iris Chang salió de su casa conduciendo su automóvil, y a poca distancia se pegó un tiro de pistola en la cabeza. Tenía 36 años, y fue llamada "la última víctima de Nanking".

jueves, 12 de abril de 2007

La megalomanía de Oswald Spengler.


Después de la Primera Guerra Mundial, la Entente (Francia, Inglaterra y Estados Unidos) impuso condiciones tan draconianas de victoria a Alemania, que ésta se hundió en una crisis económica sin precedentes, al tiempo que la naciente y socialdemócrata República de Weimar tenía que sobrevivir a grupos ultraizquierdistas como los espartaquistas, o ultraderechistas como los nacionalistas (futuros nazis). En medio de este panorama, un filósofo alemán llamado Oswald Spengler publicó una obra llamada "La decadencia de Occidente", en dos tomos (1918 y 1923). Esta obra pasó a ser un gran éxito de ventas en todo el mundo, porque prometía explicar por fin el viejo problema de por qué las civilizaciones decaen y los imperios se derrumban.
Según Spengler, las civilizaciones son como organismos vivos, aunque la unión entre sus elementos es de carácter un tanto más espiritual. Por tanto, como los organismos vivos, nacen, se desarrollan, crecen, declinan y mueren. Todo, con la monótona regularidad de un reloj. Según Spengler, la civilización occidental, cuyo nacimiento hace coincidir con el Imperio Carolingio, estaba ya entrando en el invierno de su existencia, y le faltaba bien poco para morir.
A pesar de lo ímprobo de sus ideas, Spengler pasó a ser un autor muy popular, debido a un cierto rasgo de megalomanía. Spengler hacía coincidir el colapso de Alemania nada menos que con el colapso de toda la civilización occidental en su conjunto. Para Spengler, como para una ristra de alemanes anteriores y posteriores a él, Alemania era lo mejor que había producido la cultura europea, y por ende, el fracaso de Alemania en la Primera Guerra Mundial era nada menos que la trompeta del Apocalipsis para toda Europa. Conforme el resto de Europa fue cayendo bajo la férula de Estados Unidos y la Unión Soviética, también otros europeos (no alemanes) adoptaron las ideas de Spengler.
Huelga decir que las ideas de Spengler están hoy en día abandonadas, y ningún historiador responsable las toma en serio, en particular por ese tufillo decimonónico que tienen sus cogitaciones sobre "el desarrollo del espíritu" y cosas así. Sin embargo, aún sigue dando trigo que trillar a los molinos de intelectuales alarmistas que profetizan el fin en breve del mundo occidental.

domingo, 18 de febrero de 2007

Heródoto el Padre de la Historia

El historiador griego Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.) es conocido por el apoteósico título de Padre de la Historia. Título bien merecido, por cierto, porque hasta donde sabemos, él inventó la Historia tal y como la conocemos. Antecedentes existían, incluyendo un libro de Hecateo de Mileto hacia el año 550 a.C., pero Heródoto es el primero que trasciende la mera descripción geográfica acompañada de noticias históricas, para tratar de encontrar las razones, causas y circunstancias de los acontecimientos. De ahí que Heródoto califique a su propia obra como Historia ("historié", en griego, significa "averiguación", "investigación").
Eso sí, el estilo de Heródoto y su manera de estructurar los datos, resulta un poco compleja para el lector de hoy. Como bien señala C. M. Bowra, esto se debe no sólo a que faltaban algunas herramientas básicas para el libro de hoy, como los mapas, los gráficos o las notas a pie de página, sino también a que los relatos de Heródoto no estaban destinados a ser leídos, sino ESCUCHADOS.
A la edad de veinte años, probablemente por motivos políticos, Heródoto debió abandonar su ciudad natal de Halicarnaso, y emprendió un largo viaje por Oriente, que le tomó ocho años completos. Viajó así por Egipto, Palestina y Mesopotamia, y quizás llegó incluso hasta la India. Sus "Nueve libros de la Historia", o simplemente "Historia" como se le conoce también, es el resultado de dichos vagabundeos. Lo leyó en público por primera vez en el año 456 a.C., con ocasión de los Juegos Olímpicos de aquel año, y después hizo de esto una especie de modus vivendi, transformándose en un narrador de historias para sus diversos públicos. Parece ser que como erudito, fue consultado incluso por Pericles, el más importante estadista de Atenas, respecto de asuntos de política extranjera. Alabado por muchos, criticado a veces por su credulidad, corregido minuciosamente por historiadores modernos cuando éstos tienen otras fuentes a la mano, lo cierto es que Heródoto sigue siendo una fuente capital de conocimientos sobre el mundo antiguo, que de otra manera yacerían irremisiblemente perdidos para nosotros.

jueves, 15 de febrero de 2007

La más antigua historia alternativa conocida.


En el siglo XX se ha puesto de moda la ucronía y la historia alternativa, como géneros literarios por sí mismos, incluyendo obras claves como "El señor en el alto castillo" de Philip K. Dick, "Roma Eterna" de Robert Silverberg, y un largo etcétera. Pero la ucronía, esto es, la descripción de una historia alternativa o paralela a la nuestra, a la "historia real", basada en un "que tal si...", es mucho más antigua.
El ejemplo más antiguo conocido fue escrito, de hecho, por un historiador romano. En la época del Emperador Octavio Augusto (31 a.C. a 14 d.C.) vivieron varios escritores, y entre ellos estuvo Tito Livio, que escribió una contundente historia de Roma en la ciclópea cantidad de 143 libros, la mayor parte de los cuales se encuentran hoy por hoy, por desgracia, perdidos.
En el Libro IX, secciones 17 a 19, Tito Livio hace una serie de especulaciones sobre qué hubiera pasado si Alejandro Magno, el más grande de los conquistadores antiguos, se hubiera dirigido al oeste, a Roma, en vez de al este, a Persia. Esto es para Tito Livio algo así como todas esas novelas y relatos de tipo "qué tal si los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial". Hace una serie de disquisiciones sobre las posibilidades de Alejandro de desembarcar en Italia, las fuerzas que tendría, el uso que le habría dado a la falange, y en ello basa sus conclusiones.
De manera quizás no demasiado sorprendente, Tito Livio opina que los romanos le hubieran dado una paliza a Alejandro. Esto, porque el Imperio Persa era un imperio de pueblos sometidos, sin voluntad, etcétera, mientas que los romanos eran libres y tenían a su República, etcétera. El que escribiera esto en tiempos de Octavio Augusto, el hombre que liquidó a la República y creó el Imperio Romano, tiene su miga, por supuesto, ya que huele a panegírico a lo lejos, pero como atenuante, debe señalarse que Tito Livio era uno de aquellos intelectuales pagados por la corte imperial, por lo que no podía salirse de cierto libreto, por mucho que su especulación fuera una inocente "historia alternativa"...

jueves, 13 de julio de 2006

Gracias a Tácito por Tácito.

Tácito, quien vivió a caballo entre los siglos I y II d.C., es uno de los más importantes historiadores de todos los tiempos. Sus libros, entre ellos las "Historias" y los "Anales", son importantísimas fuentes de información sobre Roma a inicios del Imperio Romano, tanto por la minuciosidad de su relato, como por su penetrante agudeza al interpretar los datos (aunque a veces peque de ser un tanto tendencioso). Pero la manera en que la obra de Tácito nos ha llegado a la posteridad, no tiene nada que ver con su calidad científica, sino con un inesperado accidente del destino.

Entre los años 235 y 284, el Imperio Romano se vio azotado por una terrible crisis política, en la que hubo más de una cincuentena de emperadores, a veces dos o tres de ellos reclamando al mismo tiempo el trono, enzarzados en una espantosa guerra civil. Uno de estos breves emperadores se llamó también Tácito, y no por casualidad, ya que era descendiente del historiador. En general, Tácito era un emperador más o menos competente, que trató de introducir algunas reformas en el sistema político, buscando limitar el poder del Senado, que en esa época luchaba a muerte por mantener sus privilegios a costa de todo el Imperio Romano. Fue asesinado al año siguiente de asumir el poder, luego de una gloriosa victoria militar.

Entre otras cosas, ordenó Tácito recopilar toda la obra histórica de su ilustre antepasado, la que volvió a ser transcrita. A partir de estas transcripciones es que Tácito se transformó en uno de los historiadores grecorromanos cuya obra es mejor conocida (a pesar de lo cual hay grandes vacíos en ellas, con texto faltante).

Bueno, gracias a Tácito el Emperador, y también a los monjes irlandeses del siglo VI, que después de la caída del Imperio Romano conservaron todos los textos latinos que tuvieron a su alcance, hasta que Europa se tranquilizara un poco de los revueltos tiempos bárbaros...

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