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domingo, 30 de septiembre de 2012

Leyendas de los Payachatas.


Los Payachatas, o más técnicamente los Nevados de Payachata son dos montañas volcánicas en la Cordillera de los Andes en el norte de Chile. El volcán norte es el Pomerape, y el sur es el Parinacota. Ambos superan los 6000 metros de altura, y de hecho el Parinacota es el número 30, y el Pomerape el número 35, en el listado de volcanes más altos de la cordillera de los Andes. Actualmente ambos forman parte del territorio de Chile y Bolivia, más o menos por mitades cada uno. Son las cumbres más altas compartidas por ambos países, aunque no las más altas de cada uno de ellos en particular (Bolivia posee algunos nevados más altos íntegramente en su territorio, y Chile por su parte posee montañas más altas, aunque compartidas con Argentina, siendo la montaña andina íntegramente chilena más alta, el Pular en la Puna de Atacama, que es menor a los dos que nos ocupan). Pero dejándonos de tanto Trivial Pursuit, vamos a lo verdaderamente interesante, a la leyenda de los Payachatas.

Se dice que hace mucho tiempo, en la época anterior a los españoles, dos príncipes se enamoraron (un príncipe y una princesa, se entiende, que esta historia es heterosexual, ¿vale?). El problema es que sus tribus respectivas estaban enemistadas entre sí, y decidieron antes muertos que casados, y los mataron (para lo que se ponen de acuerdo los infelices...). Para que hablen de buenos salvajes aquí. Pero como esto es una leyenda prehispánica, entonces la cosa no iba a quedar así. Los espíritus de la naturaleza decidieron vengar a los muertitos enamorados, e hicieron llover torrencialmente hasta sepultar a los dos pueblos bajo dos sendos lagos: los actuales lagos Chungará y Cotacotani. Y además, para dejar bien en claro por qué iba el castigo, hicieron surgir dos sendos volcanes en cada una de las tumbas de los enamorados: los actuales Pomerape y Parinacota, por supuesto. Señores, William Shakespeare era una alpargata al lado de estos precolombinos.

Otra leyenda asociada a los Payachatas es que cuando se produjo la invasión española, los incas diligentemente sacaron sus tesoros de Cuzco y se los llevaron para que los españoles no se los rapiñaran. Y claro, cuando quieres esconder tesoros incaicos, te buscas la montaña más alta posible para que estén seguros y ningún extraño les eche mano. Tan seguros están ahí, que nadie de hecho ha conseguido echarle mano (supuesto de que la leyenda tenga algún punto de realidad, claro). Se supone que cuando la nieve se derrite, se pueden ver los escalones fabricados por los sirvientes incas para ascender a la cumbre. Calentamiento global mediante, pronto lo sabremos.

Y aunque quizás sea algo triste arrojar un baño de realidad después de leyendas tan bonitas, a nadie le hace mal saber un poco más. Hoy en día tenemos una explicación diferente para el origen del lago Chungará: la investigación geológica ha probado que hace miles de años, el volcán Parinacota colapsó. La razón la ignoramos: pudo haber sido un terremoto, una erupción volcánica, o ambos. La fecha es discutida, y algunos remontan el suceso hacia 18.000 años atrás, aunque la fecha más probable es unos 8.000 añitos nada más. El caso es que una buena porción del cono volcánico se dejó caer en un aluvión de proporciones cataclísmicas, creando así el tapón en donde se acumularía después el agua que iba a formar el actual lago Chungará. Menos poético que la leyenda de los dos amantes asesinados, claro, pero por otra parte, lo comido y lo mitologizado no nos lo quita nadie...

jueves, 26 de mayo de 2011

¡Ciudad de México se hunde!


Al momento de escribir estas líneas en Siglos Curiosos, en el año 2011, Ciudad de México con sus cerca de 23 millones de habitantes, es la sexta ciudad en tamaño sobre el planeta (detrás de Tokio, Cantón, Seúl, Delhi, y Bombay, y siendo la más grande de América con un milloncejo sobre Nueva York). Pero por otra parte, la capital de México afronta la gran amenaza que representa... ¡el estarse hundiendo! Porque por una fatalidad histórica y geológica, Ciudad de México está condenada a ser la Venecia de América. Aunque no va a terminar debajo del mar (estar a sobre 2200 metros de su nivel ayuda un poco), sí que las consecuencias podrían ser dramáticas y catastróficas. De hecho, ya lo son, cada vez que la ciudad es azotada por un terremoto.

Repasemos para ponernos en contexto. Antiguamente, la región no era una planicie sino un lago: el Lago Texcoco, alrededor del cual surgieron varias ciudades, y en una de cuyas islas floreció Tenochtitlán, que integrando la Triple Alianza azteca, se transformó en la más importante ciudad de Mesoamérica. Razón de sobra para que los españoles la invadieran, conquistaran y arrasaran, edificando Ciudad de México sobre sus ruinas. Sin embargo, para hacer esto, no tuvieron mejor idea que desecar el lago Texcoco. El problema es que (y esto los españoles no podían saberlo) que el subsuelo entero del área está compuesto de montmorillonita, un silicato arcilloso relativamente raro que presenta una curiosa característica: se hincha con el agua, como si fuera una esponja. El problema es que, desecado el lago (y por lo tanto, detenidas las filtraciones al subsuelo), los mexicanos empezaron a sacar el agua del subsuelo mediante la excavación de pozos. Actividad que se agravó con el crecimiento de la población, en particular desde la oleada industrializadora en la década de 1930, ya que en los siguientes veinte años dicha población pasó de uno a tres millones (haciendo que se utilicen las aguas de los cauces fluviales cercanos... que ya no llegaban a la reserva acuífera del subsuelo). ¿Resultado? Al ir disminuyendo su capa de acuíferos subterráneos, la arcilla del subsuelo se encoge de tamaño, y el peso de los edificios (cada vez menos casas y más rascacielos) hace el resto, compactándola y hundiéndola a una tasa aterradora. Entre 1880 y 1938 el hundimiento fue a razón de cuatro centímetros anuales, pero en los '90s sobrepasó los 7 centímetros anuales, y en 2005 llegó a un récord de 9,2 centímetros (con todo, en 2007 disminuyó a "solamente" 6,1...).

Los resultados son dramáticos. En 1900 se construyó el Gran Canal de Desagüe para sacar agua de lluvia desde la Ciudad de México por un túnel subterráneo (las inundaciones por lluvias en una meseta como la Ciudad de México pueden ser catastróficas). Ya en 1950, la entrada del canal estaba SEIS METROS sobre la ciudad hundiéndose, y ya se habían implementado bombas para alzar el agua. El Palacio de Bellas Artes entregado en 1935, por su parte, en quince años su segundo piso ya estaba a la altura de la calle... ¡que también por su parte se había hundido lo suyo!

No hay dudas de que ser arquitecto o ingeniero en construcción en Ciudad de México es casi para ganarse un galvano al heroísmo. En los '60s, un ingeniero llamado Bernardo Quintana lo explicaba así: "Excavar el suelo para echar los cimientos de alguna obra es algo que destroza los nervios. Apenas empieza uno a cavar, la tierra rezuma y vuelve a llenar el agujero de la noche a la mañana, con lo que se inclinan los edificios vecinos, se hunden las calles hasta una manzana de distancia... y los perjudicados presentan una serie de demandas judiciales. Si se construye una ataguía alrededor de la obra, la tierra sube del fondo casi con la misma rapidez con que logra uno sacarla. Tiene uno pues que construir edificaciones que floten, o edificar sobre pilotes, o hacer ambas cosas"...

jueves, 28 de octubre de 2010

Lucrecio y el ciclo del agua.

El poeta romano Tito Lucrecio Caro (hacia 99-55 a.C.) escribió uno de los poemas más singulares de todos los tiempos, que es "De Rerum Natura" ("De la naturaleza de las cosas"). El poema generalmente es citado por los científicos debido a defender abiertamente la existencia de los átomos (no es que Lucrecio fuera un científico, sino que tomó las ideas filosóficas de Demócrito al respecto), y por los ateos y agnósticos por criticar la existencia de los dioses y el miedo a la muerte. En el fondo, el poema de Lucrecio iba en la vena de hacer una vasta descripción en verso acerca de la naturaleza (bueno, del conocimiento que de la naturaleza se tenía en esa época), desde un ángulo crítico y sin aceptar las supersticiones ni la religión. Fórmula ideal para adormecer al lector de hoy en día (la ciencia de Lucrecio está vastamente superada), pero que aún así contiene algunas interesantes perlas para el lector moderno.

Una de las cosas que Lucrecio trata, es el ciclo del agua. En la actualidad cuando le enseñamos ciencias naturales a nuestros párvulos, hacemos preguntas similares a las que Lucrecio en un lenguaje más alambicado: "Admíranse de que la mar no aumenta / su volumen jamás con tantas aguas / como corren en ellas y los ríos / como por todas partes desembocan". Intuitivamente describe la evaporación: "Roba el calor del sol una gran parte / pues vemos secan sus ardientes rayos / en un instante la mojada ropa". Y añade: "aunque el sol tome una porción muy corta / de cada sitio de por sí, no obstante / debe robar en extensión tan grande / cúmulo inmenso de marinas aguas". Y por si alguien pensara que esto no es exactamente describir el ciclo del agua, que lea esto: "Además, te enseñé que los nublados / atraen a sí las aguas de los mares / y por la haz de la tierra las esparcen / cuando llueve sobre ella, y cuando llevan / los vientos por la atmósfera las nubes". ¡Y esto fue escrito en el siglo primero ANTES de Cristo!

Con todo, no se libra Lucrecio de incurrir en algunos comprensibles errores. Por ejemplo, atribuye a las rachas de viento y temporales mayor poder del que tienen, para llevar agua desde el mar a la tierra. Y el que resulta de bulto es describir a la tierra como un cuerpo poroso por el cual las aguas fluyen desde el mar hacia el nacimiento. En realidad el flujo de aguas subterráneas existe, pero funciona exactamente al revés, yendo del nacimiento a los ríos a los mares por cauces subterráneos, no al revés, por obra de la ley de gravedad. Pero debemos perdonárselo, porque después de todo la idea de la gravedad no era conocida aún en los tiempos de Lucrecio, así como la entendemos desde Newton en adelante. De esta manera, en Lucrecio se reunieron un raro talento literario con una asombrosa concepción racionalista de la naturaleza.

domingo, 21 de marzo de 2010

¡Los terremotos de 1906 predichos!


Hasta el momento, los terremotos tienen cierta fama de impredecibles. Los científicos son capaces de calcular la probabilidad de que venga uno, así como su epicentro, pero no existe un método seguro de determinar cuándo vendrá el siguiente. Por eso, que se haya predicho no uno, sino DOS terremotos en 1906, es algo que alcanza lo abracadabrístico. El responsable es un señor David Cooper, capitán de la Marina Mercante de Chile, y sus observaciones fueron recopiladas por el capitán Arturo Middleton, jefe de la Oficina Metereológica de la Armada Nacional. (Por cierto, esto lo testimonia Patricio Manns en su libro "Terremotos de Chile", así es que le dejo caer el muerto sobre la veracidad de esta nota, y a mí que no me disparen, que sólo soy el mensajero).

Se supone que David Cooper, luego de unos cuarenta años de práctica, y haciendo acopio de cientos de informaciones, consiguió hacer relaciones entre fenómenos atmosféricos, sucesos astronómicos, y perturbaciones de la corteza terrestre que terminarían derivando en los terremotos. La teoría de Cooper indica que si la Luna y el Sol se alinean en ciertas posiciones astronómicas, entonces los fenómenos atmosféricos se incrementarán. Haciendo determinados cálculos matemáticos y astronómicos sobre un mapa, se supone que Cooper podía predecir la influencia de la Luna sobre ciertas áreas de la Tierra, y ésas áreas se harían peligrosas (susceptibles de tormentas, o de terremotos).

Se supone que con estos antecedentes, Cooper consiguió descubrir que se avecinaba algo gordo en San Francisco (Estados Unidos) para el 18 de Abril de 1906. Justamente ese día, hubo un gran terremoto que hizo pedazos a la ciudad. Predijo de la misma manera que habría un terremoto en Valparaíso, para el 16 de Agosto. El 6 de Agosto, Middleton envió a El Mercurio de Valparaíso una nota de su puño y letra, en que escribe "La Sección de Metereología de la Dirección del Territorio Marítimo ha pronosticado fenómenos atmosféricos y sismicos para el día 16 del presente mes, basada en las siguientes observaciones: El día fijado habrá conjunción de Neptuno con la Luna y máximo de declinación norte de ésta. A causa de estas situaciones de los astros, la circunferencia del círculo peligroso pasa por Valparaíso y el punto crítico formado con la del Sol cae sobre las inmediaciones del puerto". Curiosamente, el día del terremoto mismo en Valparaíso (que fue el condenado 16, como un reloj), en dicha tarde, estaba lloviendo... Se supone que dicha carta fue publicada en El Mercurio, de manera que sería bueno ir cotejando los ejemplares de esos días en las hemerotecas para corroborar la presente historia.

Con todo, aunque efectivamente el terremoto haya sido predicho con exactitud, debemos tener presente que en la época, el origen de los terremotos era todavía un misterio. Faltaban todavía seis años para que Alfred Wegener postulara la Teoría de la Tectónica de Placas, y cerca de medio siglo antes de que sus ideas sobre la deriva continental y su vinculación con los terremotos, comenzaran a encontrar apoyo en la comunidad geológica internacional. Que la Luna podría tener alguna influencia en los terremotos no es descartable a priori, aunque sea porque la Luna causa mareas terrestres tanto como causa mareas oceánicas, si bien debido a la rigidez de la corteza terrestre, éstas mareas son mucho menos pronunciadas que las marítimas (apenas unos centímetros). Lo que sí parece un disparate es que Neptuno, un planeta ubicado cerca de 30 veces más lejos que la Tierra respecto del Sol, tenga desde esa enorme distancia alguna posibilidad de influir gravitatoriamente o de alguna otra manera por debajo de la corteza terrestre. ¿Habrá acontecido esa profecía? ¿No habrá sido una falsificación? ¿Acaso una conjetura afortunada, simple coincidencia...? ¿Habrá alguna base científica en las ideas de David Cooper? Una cosa es segura: si realmente con los métodos de David Cooper pudieran predecirse los terremotos, entonces partes bastante importantes de los manuales de Geología deberían ser reescritos prácticamente desde cero...

jueves, 25 de febrero de 2010

¿Considera la Biblia que la Tierra es plana o redonda?

Hace un par de semanas atrás, un inquieto lector de este blog Siglos Curiosos me sugirió escribir sobre la cuestión de si la Biblia considera a la Tierra como plana o redonda, y como me parecía haber leído algo sobre el particular, vuestro seguro servidor el General Gato puso su inquisitiva nariz en marcha. Cualquier persona escéptica con una base científica de conocimientos, así como muchos creyentes, no se calentarían la cabeza por el tema, sea que una u otra postura tengan razón, ya que consideran que la Biblia es un texto religioso y no científico, y no se supone que exprese verdades científicas sobre el mundo (a pesar de que, bien mirado, si la Biblia fuera en verdad un libro inspirado por Dios, el Señor de los Ejércitos podría haber tenido la amabilidad de escribir sobre la vacunación, los antibióticos o la talla de lentes ópticos, y le hubiera hecho un tanto más llevadera la vida a sus súbditos israelitas, por no hablar de nosotros). Pero para los fundamentalistas de la Biblia, el tema es mortalmente serio. Precisamente tengo a la vista dos libritos de los Testigos de Jehová ("La vida, ¿cómo se presentó aquí? ¿por evolución, o por creación?", y "La Biblia, ¿la palabra de Dios, o palabra del hombre?"), que afirman la exactitud de la Biblia en su sentido más literal. Y ambos librillos defienden (entre otros gruesos errores lógicos y fácticos) que la Biblia proclama una Tierra redonda ("La vida..." pags. 200-202, y "La Biblia..." pags. 99-100, si tiene un ejemplar no se moleste en consultar el otro porque dicen lo mismo casi textualmente). Así es que vale la pena indagar un poco en el particular, para confirmar o refutar el texto bíblico - en lo que se refiere al tema presente, claro está.

Existen dos citas esgrimidas por los defensores de "la Biblia preconiza una Tierra redonda": una de Job, y otra de Isaías (para efectos, usaré la versión Reina Valera de 1909). Job dice: "Extiende el alquilón sobre vacío, Cuelga la tierra sobre nada" (Job 26:7), lo que se toma como que el texto bíblico habla de una Tierra suspendida en el vacío del espacio exterior. Isaías, por su parte, dice: "El está asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores son como langostas: él extiende los cielos como una cortina, tiéndelos como una tienda para morar" (Isaías 40:22). Leídos así, suenan impresionantes: ¿acaso de verdad los escritores de la Biblia sabían que la Tierra era redonda y estaba suspendida en el vacío dos milenios antes que Copérnico y Galileo...? Pero si escarbamos un poco más, descubrimos otras cosas. La traducción acá de Isaías es falaz porque la palabra original es "círculo", o sea, un disco plano, y no "globo", como hasta el propio texto de los Testigos de Jehová debe admitir (si bien alega que para los antiguos hebreos ambas palabras son idénticas, lo que no es así tampoco). Además, si Isaías compara los cielos como las cortinas de una tienda de campaña, es lógico que la Tierra sea como el suelo de esa tienda. Y hasta el momento no me ha tocado saber de una tienda de campaña que tenga el suelo esférico en vez de plano. En cuanto a Job, si en vez de limitarnos a esa cita nos leemos el capítulo 26 completo, es claro que habla de una Tierra plana, ¡y con columnas! Particularmente ilustrativo es que según este mismo autor, los mares están cercados, lo que no tiene sentido en una esfera (como efectivamente los océanos terrestres no están cercados ni mucho menos), pero esta cita sí que tiene sentido si la Biblia concibe una Tierra plana: "El cercó con término la superficie de las aguas, Hasta el fin de la luz y las tinieblas" (Job 26:10). Y sobre las columnas del cielo: "Las columnas del cielo tiemblan, Y se espantan de su reprensión" (Job 26:11). Y a mayor abundamiento, el propio Job dice en otro pasaje: "¿Has tu mandado á la mañana en tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar, Para que ocupe los fines de la tierra, Y que sean sacudidos de ella los impíos?" (Job 38:12-13), cuando claramente en una Tierra redonda el alba no podría ocupar ningún lugar en el confín de la Tierra, ya que las superficies de las esferas carecen de confines, mientras que las superficies planas sí que los tienen.

Pero, desmontados los argumentos en favor de "la Biblia dice que la Tierra es redonda", hay todavía más argumentos a favor de que la Biblia concibe al mundo como un plano. Uno de ellos implica la idea de que en un mundo plano habría un "arriba" y un "abajo" claramente definidos, mientras que ambos conceptos pierden sentido si asumimos (como efectivamente es) que la Tierra es una esfera (lo que es arriba para un terráqueo, es abajo para otro situado en sus antípodas). Ejemplos hay varios: el Génesis, el más cosmológico de los libros de la Biblia, menciona que el cielo es azul porque son "aguas superiores" separadas de las "aguas inferiores" (los mares) durante el Segundo Día de la Creación (Génesis 1:6-8). Más adelante, durante el episodio de la Torre de Babel, la gran preocupación de Dios es que cuando los que construyen la Torre la terminen, tomen literalmente el cielo por asalto, como si de asaltar las murallas de una ciudad se tratara. Y este sinsentido se prolonga incluso hasta el Apocalipsis, ya en tiempos cristianos, cuando la Nueva Jerusalén desciende también desde el cielo (¿desde qué parte del Cielo?).

Y se pone peor. Proverbios 8:27-29 hace decir a Dios: "Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; Cuando señalaba por compás la sobrefaz del abismo; Cuando afirmaba los cielos arriba, Cuando afirmaba las fuentes del abismo; Cuando ponía á la mar su estatuto, Y á las aguas, que no pasasen su mandamiento; Cuando establecía los fundamentos de la tierra" (nótese que "la sobrefaz del abismo" es la Tierra, que es plana y circular porque es señalada "por compás", y que habla de "los fundamentos de la Tierra", o sea, las columnas sobre las que se sostiene el mundo). Y cuando interpreta un sueño, Daniel dice (Daniel 4:10-11): "Aquestas las visiones de mi cabeza en mi cama: Parecíame que veía un árbol en medio de la tierra, cuya altura era grande. Crecía este árbol, y hacíase fuerte, y su altura llegaba hasta el cielo, y su vista hasta el cabo de toda la tierra". Si la Tierra es una esfera, no tiene sentido hablar de "el medio de la Tierra", y que crezca hasta "alcanzar el cielo", por no hablar de que sólo si la Tierra es plana podría el árbol verse desde todas partes (si la Tierra fuera redonda, como efectivamente lo es, el dichoso árbol no podría verse en las antípodas debido a la curvatura de la superficie terrestre). La misma cuestión sobre ver toda la superficie de la Tierra se plantea en el Nuevo Testamento, cuando Satán le muestra a Jesús todos los reinos de la Tierra (Mateo 4:8). Volviendo al Antiguo Testamento, se nos dice que "De los dioses de los pueblos que están en vuestros alrededores cercanos á ti, ó lejos de ti, desde el un cabo de la tierra hasta el otro cabo de ella;" (Deuteronomio 13:7), cuando en realidad la superficie de una esfera no puede tener un cabo, y menos dos. Por no alargar este reporte en este blog Siglos Curiosos, no seguiré citando más versículos de la Biblia en que se sigue hablando de cabos y confines de la superficie terrestre, de cosas que están arriba o debajo de ella, de pilares del mundo o de los cielos, etcétera. Baste entonces todo lo anterior para dejar sólidamente asentado que la Biblia considera que la Tierra es plana, y así ha quedado como Palabra de Dios, amén.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El Diablo contra Georges Cuvier.


Georges Cuvier (1769-1832) fue uno de los más destacados naturalistas de comienzos del siglo XIX. Entre otros méritos, desarrolló los estudios de Anatomía comparada entre fósiles, e impuso la idea de que las criaturas antiguas podían en efecto llegar a extinguirse. Descubrió el primer fósil de pterodáctilo del que se tenga noticia, así como una bestia marina reptiliana, el mosasaurio, y tuvo la muy certera intuición, que se confirmaría después de su muerte, de que antes del predominio de los mamíferos, había existido una época en la que el planeta había sido dominado por los reptiles. Con todo, no se libró de cometer algunos errores, el peor de los cuales fue ser un antievolucionista convencido. Para Cuvier, los fósiles eran restos de animales prehistóricos, vale, pero no habían evolucionado, sino que habían sido barridos por catástrofes sucesivas en la historia terráquea.

En su mentalidad, Cuvier se mantenía más o menos apegado a la idea de Creación. Para él, las especies sobre la Tierra surgían y se mantenían inmutables en el tiempo, hasta que un cataclismo las barría. Observó que las partes de distintos animales se correspondían, y formuló así una "ley de la correlación". Según Cuvier, un animal con cuernos y casco siempre tendrá dentadura de hervíboros, y si tiene uñas y garras, necesariamente tendrán dientes de carnívoro. Esta idea, llevada al extremo, es como mínimo un poco complicada, pero Cuvier con esto adelantó la noción de que podemos saber si un fósil pertenecía a un hervíboro o un carnívoro mirándole los dientes, y en general, de que podemos saber cosas sobre el comportamiento y costumbres del animal observando su anatomía. Con esto, creía estar amarrando al Reino Animal, y cerrando la puerta a cualquier clase de evolución. Después de todo, si los animales permanecen dentro de sus respectivas correlaciones porque es su forma natural, es imposible que cambien con el tiempo.

Un buen día, un grupo de estudiantes decidió gastarle una broma. Uno se vistió de diablo y se puso cuernos, además de zapatos con suela en forma de casco. Con ese disfraz se metió a la casa de Cuvier, mientras el resto se quedaba afuera, esperando el resultado. El disfrazado se acercó a Cuvier, que estaba durmiendo, y le gritó cerca del oído:

- ¡Despierta, hombre de las catástrofes! ¡Soy el Diablo, y vengo a comerte!

A sabiendas de que era alguna clase de broma, o simplemente demasiado adormilado para asustarse, Cuvier replicó:

- ¿Quieres comerme? Es imposible. Tienes cuernos y pezuñas. Según la ley de las correlaciones, eres hervíboro.

Y se vuelta sobre su cama para seguir durmiendo. Los estudiantes, mientras tanto, al escuchar esto, descargaron una gran ovación.

Por cierto, como ya explicamos en Siglos Curiosos, la imagen del Diablo fue confeccionada a partir del dios griego Pan, que tenía patas de macho cabrío, esto es, de un hervíboro. Entonces, la afirmación de Cuvier no iba tan desencaminada...

jueves, 13 de marzo de 2008

El polo vagabundo.

El Polo Norte geográfico es el punto en el cual el Eje Terrestre (la línea imaginaria que cruza el centro de la Tierra, y alrededor de la cual rota el planeta) emerge desde el interior hacia el exterior del planeta. No pocas veces se piensa que la brújula apunta hacia éste, pero eso no es así. La brújula se guía por el magnetismo de la Tierra, y éste no se relaciona con la rotación de ésta, sino con los movimientos y convecciones del poderoso núcleo terrestre, que al ser en buena parte ferroso, genera el campo magnético terrestre. Por tanto, el Polo Norte geográfico y el Polo Norte magnético no necesariamente tienen que coincidir, y de hecho no coinciden.

Se sabe, por el estudio de los sedimentos marinos, que el Polo Norte magnético se desplaza a lo largo de la Tierra, y que se han producido inversiones magnéticas de la Tierra, de manera que el Polo Norte magnético ha coincidido a veces con el Polo Sur geográfico. Menos conocido es el hecho de que estos movimientos se han producido no sólo en escala geológica, sino incluso en el breve espacio de tiempo que ha ocupado el ser humano sobre la Tierra... incluyendo nada menos que la última centuria.

Un oficial de la Royal Navy (la Armada de Inglaterra) llamado James Clark Ross emprendió en el siglo XIX cuatro expediciones hacia las por entonces inexploradas tierras árticas. En una de ellas, en 1831, le cupo el honor de descubrir el Polo Norte magnético, localizándolo en el continente norteamericano, concretamente en Canadá, algo por encima del Círculo Polar Artico (aproximadamente 70° Norte y 95° Oeste). En 1904, el noruego Roald Amundsen (conocido porque años después competiría con Robert Falcon Scott en la carrera por llegar al Polo Sur) emprendió su propia expedición al Artico, y reportó un hecho inquietante: el Polo Norte magnético se había desplazado levemente por el continente hacia el norte.

En 1948, Canadá empezó a realizar mediciones regulares para determinar la posición del Polo Norte magnético. Para esas fechas, éste había abandonado el continente propiamente, y se había asentado en la Isla del Príncipe de Gales, aproximadamente a 73° Norte y 100° Oeste (o sea, tres grados al norte y cinco al oeste de las mediciones de 1831). Y fue el comienzo. En 1972, el Polo Norte magnético estaba sobre la Isla de Bathurst, y en 1994 sobre la Isla Ellef Ringnes. O sea, en los 46 años entre 1948 y 1994, se había deslizado más distancia que durante todo el siglo anterior, alcanzando casi el paralelo 80° Norte, y acercándose a los 105° Oeste. Para el año 2005, el Polo Norte magnético ya había abandonado incluso el archipiélago norteamericano, y se había adentrado derechamente en el Océano Glaciar Artico. Esto suma un movimiento de aproximadamente 1100 kilómetros (la distancia entre el Polo Norte geográfico y el Ecuador es de aproximadamente 10000 kilómetros), el más grande desde el siglo XV a lo menos.

Curiosamente, la única gran complicación que hubiera podido causar este desplazamiento, ya no es tal. Sucede que el desplazamiento del Polo Norte magnético incide en la formación de auroras boreales, y con ello dificulta a la navegación por brújula. Esto hubiera sido un inconveniente siglos atrás, pero en la actualidad, con el sistema de posicionamiento global GPS, no pasa de ser un simple entremés del viaje.

jueves, 17 de enero de 2008

La muerte de Plinio el Viejo.


De todos los lugares en donde podría haber muerto, Plinio el Viejo no podía haber elegido uno más famoso y representativo en la Historia Universal. Porque falleció en una erupción. Y no una cualquiera, sino en la que sepultó la famosa ciudad de Pompeya, o sea, la del Volcán Vesubio, el año 79 d.C. La historia es la siguiente.

Plinio el Viejo era, hasta cierto punto, un bicho raro en la vida intelectual del Imperio Romano. En los siglos anteriores el estudio de las ciencias naturales alrededor del Mar Mediterráneo, en la civilización grecorromana, había alcanzado grandes cotas, pero ya en tiempos de Plinio el Viejo, bien asentado el Imperio Romano, las glorias de la ciencia eran cosa del pasado, y sólo parecía haber lugar en este terreno para los recopiladores de lo antiguo, no para los investigadores de lo nuevo. Los esfuerzos de los intelectuales de la época, como Séneca por ejemplo, estaban dirigidos a la Filosofía, con fuerte énfasis en la moral, y por ende, no había interés en los fenómenos del mundo físico. Por esto, la "Historia natural" de Plinio el Viejo es una obra rara para su época; Plinio se propuso escribir un vasto tratado natural que pudiera funcionar como una enciclopedia tanto de la naturaleza como de la moral, y en verdad su propósito funcionó, porque hasta tiempos bastante recientes, el texto de Plinio estuvo en la cabecera de muchos estudiantes que buscaban profundizar en los misterios de la naturaleza.

Pero Plinio el Viejo tenía también una carrera política, que consiguió mantener en tiempos tan turbulentos como los de Nerón. Uno de sus sucesores, el Emperador Vespasiano, en el año 77 d.C. lo nombró prefecto de la flota romana, cargo que le obligaba a estar en el puerto de Miseno. De ahí que, cuando estalló la erupción del Vesubio, que sepultó a Pompeya y Herculano bajo toneladas de lava, en el año 79 d.C., fuera Plinio el Viejo quien estuviera encargado de las labores de rescate de los pobladores de las zonas afectadas. Debe decirse que esta misión la cumplió con enorme celeridad, evacuando por mar a la gente perseguida por la lava, pero entonces, el científico se impuso al oficial, y decidió aventurarse hacia la erupción, dispuesto a echar una miradita que pudiera enseñarle un poco más sobre aquel fenómeno natural, que quizás no tuviera una nueva oportunidad de estudiar. Nunca más regresó.

El destino final de Plinio el Viejo, lo conocemos gracias a su sobrino Plinio el Joven, que trabó amistad con el Emperador Trajano (98 a 117 d.C.), amistad que nos ha legado una copiosa correspondencia, valiosísima para entender ese período histórico. En una de las cartas, 27 años después de la erupción del Vesubio, Plinio el Joven se refiere a la muerte de su tío, y de ahí podemos hacernos una idea del desventurado destino de este esforzado y solitario aventurero científico, que sin duda, por su espíritu pionero merecía un destino mucho mejor.

jueves, 3 de enero de 2008

Los antepasados de Pangaea.


Cuando a comienzos del siglo XX, el geólogo Paul Wegener propuso la Teoría de la Tectónica de Placas (básicamente, que los continentes se mueven y que alguna vez, Africa y Sudamérica estuvieron pegados), todo el mundo le tomó por loco. Sin embargo, desde entonces se ha acumulado toneladas de evidencia, que le dan a Wegener toda la razón: los continentes se mueven. Y es más, todo parece indicar que durante el Mesozoico, la Era de los Dinosaurios, todos los continentes estuvieron reunidos en una única gran supermasa continental que los científicos han llamado Pangaea o Pangea, del griego "pan" ("todo") y "Gea" ("Tierra"), o sea, "Toda la Tierra". Pero la historia no se detiene ahí. Porque análisis científicos más detallados, han llegado a la conclusión no sólo de que podría surgir en 250 millones de años más otro gran supercontinente (llamado "Pangaea Ultima", o bien "Amasia", según dos hipótesis científicas distintas), sino que Pangaea es sólo el último espectacular representante de un tipo de estructura geográfica planetaria que se ha repetido de manera cíclica a lo largo de la cuatrimilmillonaria Historia de la Tierra.

Algunos científicos apuntan la existencia de un supercontinente llamado Vaalbara, que habría comprendido la Tierra entera hace la friolera de 3.600 a 3.300 millones de años atrás, y cuyos restos estarían en cratones de Sudáfrica y el oeste de Australia. Sin embargo, el primer supercontinente cuya existencia puede considerarse como más o menos cierta, es Ur, el cual existió hace 3.000 millones de años atrás; de todas maneras, no se sabe si Ur era una simple gran masa continental al estilo de Eurasia, o un supercontinente único al estilo de Pangaea. Se suele teorizar que Ur habría ido a parar contra otras masas continentales para formar Rodinia, el primer gran supercontinente estilo Pangaea plenamente confirmado, que habría coleccionado todas las tierras emergidas entre 1.000 y 750 millones de años atrás. La ruptura de Rodinia habría generado cambios climatológicos tan graves, que habrían desembocado en violentas edades de hielo, frente a las cuales aquella que atacó a la Tierra durante el Paleolítico es apenas una suave brisa de Abril.

Estos no son los únicos supercontinentes, pero son los más representativos. La evidencia de su existencia incluye la datación radiactiva de ciertos territorios, además de la evidencia paleomagnética (cómo se alinea el suelo frente al campo magnético terrestre). Los científicos piensan que, lejos de ser anomalías, los supercontinentes forman un ciclo regular de separación y reunión, a partir del cual volverían a separarse cuando el gran tamaño del supercontinente impida al magma ubicado por debajo escapar, generando actividad vulcánica que los fracturaría. Parece ser también que la existencia de supercontinentes no sólo influye decisivamente sobre el clima, sino que además, al poner en contacto las especies biológicas terrestres, tendería a retrasar la evolución, al impedir el aislamiento de las mismas, algo necesario para que las poblaciones se diferencien unas con otras hasta generar especies distintas.

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