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domingo, 1 de julio de 2012

Los suizos hacen escabechina de caballeros en Morgarten.


Usualmente se suele considerar la Batalla de Azincourt, librada en 1415 entre la caballería francesa y los arqueros ingleses, como el punto pivotal en que el arte de la guerra europea dejó definitivamente en el camino a los pesados y cada vez más ineficientes caballeros, en beneficio de una infantería renovada. Y sin embargo, ya venían existiendo síntomas desde a lo menos un siglo antes de que los días de la caballería estaban contados. La Batalla de Morgarten fue librada exactamente un siglo antes, en 1315, y ayudó a consolidar la reputación de los suizos como guerreros temibles, reputación que mantendrían gloriosamente durante los dos siglos siguientes, por lo menos hasta que quedaran sobradamente en evidencia durante la Batalla de Bicocca, a la que ya nos referimos en Siglos Curiosos. Pero volviendo a Morgarten...

Hagamos un poco de historia. Aunque la Casa Habsburgo es conocida por haber regido Alemania, Austria y España, sus orígenes hereditarios están en la actual... Suiza. Dicho país no existía como entidad política independiente, subsumida entera dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, hasta que en 1291 surgió una confederación de cantones que buscó secesionarse del Imperio. Puede que los dominios suizos no fueran exactamente los núcleos más productivos del Imperio o de la Europa de su tiempo, pero controlaban algunos pasos vitales que conectaban las tierras imperiales con Italia. Después de la muerte de Federico Barbarroja en 1250, las cruzadas imperiales en Italia parecían acabadas, pero los Habsburgo (que se habían confirmado en el trono imperial en 1273) aún tenían interés en dichos territorios, y el surgimiento de Suiza era un estorbo geopolítico considerable. Después de algunas tensiones irresolutas, en 1314 estalló una guerra civil entre dos pretendientes al trono imperial. Los suizos tomaron partido CONTRA la Casa Habsburgo, de manera que Leopoldo el Duque de Austria emprendió una campaña militar contra ellos. Con los resultados sabrosamente desastrosos que referiremos.

Leopoldo tuvo la peregrina ocurrencia de subir a las montañas suizas con la caballería al frente. Para colmo, Leopoldo no parece haber intentado siquiera enviar reconocimiento previo de la ruta. La misma era estrecha, y tenía a un lado la montaña y al otro el lago Egri. Por lo tanto, para avanzar los caballeros debieron marchar en fila. Para los suizos fue pan comido: les bastó con hacer rodar piedras hasta un recodo del camino para bloquearlo, defender el bloqueo con un pequeño destacamento, y a esperar.

Cuando la vanguardia de la caballería se encontró con el obstáculo, no pudo volver grupas o retroceder, porque los caballeros más atrás en la fila, ignorantes de lo que ocurría, seguían avanzando. Esa masa confusa de caballeros fue atacada entonces por rocas arrojadas desde lo alto, y por piqueros suizos armados con alabardas que atacaron desde arriba a todo el flanco de la línea de caballeros. Los mismos, imposibilitados de cargar montaña arriba, de seguir a través del bloqueo, o de retroceder sobre el resto de su propia caballería, sufrieron dos destinos posibles: o bien fueron aplastados por las rocas o ensartados por las alabardas suizas, o bien fueron empujados contra el lago y perecieron ahogados por el peso de sus armaduras. Leopoldo retrocedió con toda su infantería, la que ni siquiera llegó a prestar batalla, mientras que toda su caballería, unos 2000 jinetes, fue brutalmente masacrada. Leopoldo al menos tuvo la decencia de dar pelea mientras trataba de sacar a sus hombres del atolladero, y salió vivo y libre de la ordalía, sólo para... poder ser derrotado en otras batallas después (dicho muy en serio, el hombre era un imán de derrotas), y perecer finalmente una década después, con unos 35 años de edad.

domingo, 25 de abril de 2010

El arco y la pica derrotados.

A finales de la Edad Media, en el siglo XIV, la estrategia militar europea dio un enorme vuelco. Frente a la cada vez más imponente (y onerosa) caballería militar pesada, conformada por aristócratas capaces de financiar un caballo y una armadura de tal peso y tamaño, los ingleses y los suizos empezaron a explotar la mayor debilidad de esta contundente arma de ataque: su lentitud y dificultad para la maniobra. En la Batalla de Crécy (1346), y después en Poitiers (1356) y Azincourt (1415), los ingleses recurrieron a grandes contingentes de arqueros, cuyos arcos eran baratos de fabricar y premunir, y barrieron lindamente con la caballería francesa. Los suizos, por su parte, aprovechando su terreno montañoso, se hicieron maestros en el uso de la pica, para ensartar a todo lo que se llama caballo en el enemigo, y al desmontar sus jinetes, dejarlos absolutamente inermes dentro de armaduras acorazadas tan pesadas que dentro de ellas no se podían mover. El siglo XV vio así la edad de oro del arquero inglés y del piquero suizo, y el hundimiento a plomo de la caballería acorazada, que desde entonces quedó cada vez más relegada a las ocasiones festivas, con sus pintorescas justas y torneos (aún en 1559 habría ocasión para que Enrique II de Francia muriera en una justa...). Los suizos habían ganado tanta fama, que mientras en su propio país apenas eran molestados, en el extranjero obtenían buenos beneficios empleándose como mercenarios.

Pero los ingleses y suizos sucumbieron, como antes los caballeros, a la tentación de creer que habían clavado la rueda del destino. Pero sus enemigos, siendo ahora los derrotados, no iban a dejarse estar. La Guerra de los Cien Años (1337-1453), en la cual los franceses habían llevado las de perder una y otra vez por su conservadurismo táctico, fue rematada a su favor en parte gracias a que el conservadurismo había cambiado de bando, y ahora eran los ingleses quienes se aferraban a sus viejas tácticas, ignorando que el arco y flecha estaban en tris de ser superados por las nuevas innovaciones procedentes del uso de la pólvora: el arma de fuego. En 1450, los franceses marcharon a la Batalla de Formigny equipados con culebrinas. Estas armas eran todo lo toscas que se podía querer (básicamente un tubo de metal con un agujero en el fondo para la mecha, y poco más que eso), pero estos ancestros del mosquete, dentro de toda su patosidad, funcionaron mortíferamente bien a la hora de barrer con la arquería inglesa. En la Batalla de Castillon, en 1453, la Guerra de los Cien Años fue definida de una buena vez gracias a un centenar de piezas de artillería que bombardearon sin piedad a los ingleses.

A los suizos, por su parte, no les fue mejor. La filosofía de la pica es mantener a raya al enemigo, y atravesarlo como una barbacoa antes de que éste tenga ocasión de llegar al cuerpo a cuerpo. Pero para ser más efectivas trinchando cristianos, las picas suizas debían ser pesadas. Así, la infantería española descubrió el truco: si se armaban con espada y escudo, podían aprovecharse de la menor maniobrabilidad de una pica pesada, para agazaparse entre ellas y alcanzar el ansiado cuerpo a cuerpo, en donde la espada tenía todas las de ganar.

Lo pasado de moda de los piqueros suizos quedó trágicamente de manifiesto en la Batalla de Bicocca, que se libró en 1522. El ejército de una coalición de franceses y venecianos maniobraba a las órdenes del Vizconde de Lautrec, con un buen contingente de mercenarios suizos. Desgraciadamente, sea por imprevisión o negligencia, el caso es que no se les pagó, y los mercenarios exigieron que se librara batalla de inmediato (hay que ver cuánta confianza se tenían, estos hombres). Lautrec no tuvo más remedio que cargar contra las posiciones de Prospero Colonna, cabeza de las tropas enemigas (una coalición de españoles, alemanes imperiales, y el Papado), que estaba bien parapetado y con una buena cantidad de arcabuceros listos para liquidar a cualquier agresor. Los franceses no alcanzaron siquiera a montar la artillería para cubrir a su infantería, y los suizos estaban ya cargando a través de trincheras y setos defensivos. Los pocos que atravesaron ese infierno con vida, llegaron hasta una zanja, que debían remontar, sólo para encontrarse con los lansquesnetes alemanes (¡sorpresa! Los lansquenetes eran en realidad soldados alemanes entrenados para pelear con picas "a la suiza"... los alemanes venían utilizándolos desde el siglo XV). Los piqueros españoles, en formación compacta, con lanzas largas y pesadas, no necesitando moverse de su posición, y en superioridad topográfica, no tuvieron problemas en acabar con 3000 piqueros suizos. El testamento de aquellos valerosos y porfiados suizos fue una frase que quedó en el idioma español: "valer una bicoca", recordando la localidad de Bicocca en donde todo esto sucedió, significa algo que se obtiene sin esfuerzo ni sacrificio alguno.

domingo, 25 de octubre de 2009

Los arqueros ingleses barren a los caballeros franceses.


La Batalla de Crécy, en el año 1346, fue un evento mayor no sólo dentro de la Guerra de los Cien Años en que se libró, sino también de la evolución de las tácticas militares, ya que marcó el comienzo del fin para la caballería medieval. Desde la época de los francos que una cada vez más perfeccionada caballería se había transformado en el arma definitiva sobre los campos de batalla, y sobre las espaldas de su poder militar se había construido el sistema feudal entero. Pero los franceses estaban por descubrir, muy a su pesar, que eso iba a cambiar.

Apenas estallada la guerra se había librado la Batalla de las Esclusas, en la que la flota francesa había sido arrasada, alejándose para siempre el peligro de una invasión militar francesa a las Islas Británicas, pero el rey Eduardo III de Inglaterra, crónicamente escaso de numerario, había sido incapaz de aprovechar su triunfo. Finalmente se decidió a atacar a Francia, pero, incapaz de costear un ejército de caballeros (el alimento de los caballos y la forja y mantención de las armaduras tenían un costo prohibitivo), hubo de confiar en los arqueros de tiro largo. La decisión no era mala: los arqueros ingleses ya habían demostrado su valía ayudando a batir a los infantes escoceses en 1332 y 1333, y a los ballesteros flamencos en 1337. En escaramuzas previas, los franceses mismos habían recibido la mordida de la nueva estrategia militar inglesa. Pero el conservadurismo táctico francés pudo más.

Los 12.000 arqueros ingleses de Eduardo III se alinearon en una suave colina, con los flancos protegidos, aunque no tanto que fueran invulnerables a una maniobra de tenazas. Felipe VI de Francia, por su parte, mandaba a un ejército bastante heterogéneo, en el que también integraban ¡los reyes de Navarra, Bohemia y las Islas Baleares! (quizás tampoco fuera buen presagio que Bohemia fuera regida en esos años por un tal Juan el Ciego...). Aún así, Felipe VI podía oponer 12.000 caballeros, sin contar a la chusma de a pie, además de 5.000 ballesteros genoveses. Es decir, por puros números, los caballeros de Felipe VI deberían haber ganado la batalla.

Pero los caballeros franceses, todos ellos nobles y todos ellos orgullosos, desdeñaron la posibilidad de usar la táctica y prefirieron el asalto frontal. Desdeñaron también a los ballesteros genoveses, que hubieran podido contestar fuego contra fuego sobre los arqueros ingleses, y que no sólo habían marchado 18 horas seguidas, sino que además, tenían mojadas las cuerdas de sus ballestas. Apenas divisado al enemigo, los belicosos caballeros franceses decidieron atacar, colina arriba, no sólo sin haber descansado, sino incluso sin que la retaguardia hubiera alcanzado aún a la vanguardia. Los ballesteros genoveses avanzaron, pero su descarga se quedó corta: los arqueros ingleses contestaron con sus propias flechas, y causaron estragos entre los pobres ballesteros. Estos trataron de retirarse, pero fueron los propios caballeros franceses, con Felipe VI mismo gritando "¡Me maten a esos canallas, que nos entorpecen el paso y no sirven para nada!", quienes les cerraron el paso y empezaron a atropellarlos, perdiendo en esto todo el brío de un ataque frontal. Desorganizados, y ahora bajo fuego de los arqueros ingleses, los caballeros franceses intentaron cargar, sin orden ni cohesión, y sin contar con un pequeño detalle: sus armaduras no eran tan gruesas como para impedir que las puntas de la flechas inglesas, lanzadas con fuerza, pudieran traspasarlas. Quince veces a lo largo del día cargaron los franceses, y quince veces fueron rechazados. La masacre fue tan absoluta que, según algunos calculan, cerca de la tercera parte de toda la nobleza de Francia fue barrida en ese único día, sobre el campo de batalla.

Increíblemente, los franceses nada aprendieron de esto. En 1356, en la Batalla de Poitiers (otra más, no aquélla en que Carlos Martel derrotó a los árabes en 732, valga la nota), el rey francés decidió que los caballeros luchaban mejor a pie (¡¡!!) y les ordenó desmontar para cargar contra los arqueros ingleses. Nueva derrota, por cierto. En fecha incluso tan lejana como 1415, en la Batalla de Azincourt, los caballeros franceses volvieron a incurrir en el mismo error, y se ganaron una nueva y más que bien merecida derrota. La edad dorada del arquero, el piquero y el ballestero se prolongaría así durante unos dos siglos, desde Crécy hasta las guerras de Carlos V, en que nuevas innovaciones, principalmente las armas de fuego, cambiarían una vez más el mapa de la guerra.

domingo, 4 de mayo de 2008

Von Winkelried ensartado en una pica.

Una de las clásicas leyendas de guerra medieval, gira en torno a la figura de Arnold von Winkelried, que se ensartó en una pica para asegurar el triunfo de su propio ejército. La historia tiene dudosos visos de autenticidad, porque los testimonios sobre el sacrificio de von Winkelried son tardíos, y la evidencia sobre este personaje no es concluyente (parece que sobrevivió más de treinta años a la batalla en la cual supuestamente debió haber muerto), pero por ser una leyenda guerrera en toda forma, vale la pena reseñarla en Siglos Curiosos.

En el siglo XIV, el Sacro Imperio Romano Germánico ya no era lo que antaño había sido. En 1273 había llegado la Dinastía Habsburgo al trono (que duró hasta la Primera Guerra Mundial, cerca de seis siglos y medio en total). El núcleo imperial había sido el territorio de Suabia (actualmente en el sur de Alemania), durante la Dinastía Hohenstaufen, pero ahora el núcleo imperial eran los dominios hereditarios de los Habsburgo en Austria, más al este. Este cambio geopolítico llevó a muchos territorios nominalmente obedientes al Emperador, a hacerse independientes de facto. Uno de estos territorios fue la Confederación Suiza, un ramillete de ocho cantones que se hizo independiente en 1299, y que durante el siglo siguiente lidió varias guerras contra el Imperio para mantener su libertad. Leopoldo III de Austria lanzó en 1386 un nuevo ataque, y ahora parecía que la libertad de Suiza se acababa de una vez por todas.

En la época, el manual del buen estratega militar mandaba neutralizar y revertir los avances enemigos, sea de infantería o caballería, mediante el empleo sistemático de picas, de manera que la vanguardia enemiga se encontrara con un bosque de lanzas listas para estacarlos. Leopoldo III utilizó las picas, apoyadas por una buena caballería. Y aquí es donde empieza la leyenda. Porque según ésta, los piqueros habsburgueses eran impenetrables, y el suizo Arnold von Winkelried habría dicho: "Abriré un pasaje en la línea; protejan, queridos compatriotas y confederados, a mi esposa y mis hijos". Después de lo cual se arrojó directamente contra las picas, ensartándose en ellas. Con esto abrió la brecha por la cual la infantería suiza pasó a través de las lanzas y desbandó al grueso del ejército imperial.

Como decíamos, la leyenda de Arnold von Winkelried tiene visos de ser tan solo eso, una mera leyenda, pero lo cierto es que después de la Batalla de Sempach, los proyectos imperiales de Leopoldo III fracasaron definitivamente, ya que él mismo terminó pereciendo, junto con un número importante de sus caballeros. Lo que debilitó aún más al Imperio, por supuesto, a la par de asegurar la independencia suiza.

jueves, 30 de agosto de 2007

Los cangrejos de Heike.


Una de las curiosidades zoológicas del mundo son los cangrejos samurai, o cangrejos de Heike. Su nombre lo han obtenido porque los dibujos en su caparazón recuerdan el casco de un guerrero samurai. La ironía suprema es que estos diseños... son por obra y gracia del propio ser humano, en un proceso de selección no natural que ha durado casi un milenio completo...
La historia principia en 1185. El Mikado (Emperador) era Antoku, quien era un niño de siete años, y había sido coronado hacía siete años... cuando tenía un mes de vida, exactamente (por supuesto que no gobernaba Antoku personalmente). En los últimos decenios, la casta militar había prosperado grandemente, y ahora amenazaba la estabilidad del trono imperial; el resultado final había sido una dantesca guerra civil que tenía en vilo a todo Japón.
En una gran batalla naval, librada en Dan-no-ura (cerca del Estrecho de Shimonoseki), se decidió todo. El clan Taira, al que pertenecía el Emperador, sufrió la defección de uno de sus más importantes generales, que reveló al enemigo el clan Minamoto, cuál barco era el que portaba al Mikado Antoku. Aprovechando esta ventaja, los Minamoto obtuvieron una victoria tan contundente, que arrasaron con el clan Taira y se apoderaron del trono japonés, si bien no se atrevieron a gobernar ellos mismos como Mikado, y se conformaron con el título de shogunes, gobernando (nominalmente) en nombre del Mikado.
En cuanto a Antoku, la leyenda dice que murió ahogado por iniciativa de su abuela, quien prefirió sacrificarse ella misma y a su nieto, antes que caer en manos del enemigo. Sólo 43 mujeres, damas de honor de la corte, sobrevivieron a la matanza generalizada del clan Taira. Estas mujeres se radicaron en los alrededores de Shimonoseki. Con el tiempo, el santuario en el cual está el mausoleo de Antoku se volvió centro de un festival ceremonial, y creció la leyenda de que los espectros de los samurais muertos a su servicio rondaban todavía por las aguas del lugar.
Aquí es donde entran a tallar los cangrejos. Porque los pescadores, presa de escrúpulos supersticiosos, cada vez que pescaban un cangrejo cuya caparazón tuviera un dibujo que tuviera una vaga resemblanza con un samurai, lo dejaban ir. De manera que estos cangrejos, libres de su principal depredador, el ser humano, se reprodujeron a discreción, mientras que quienes carecían de tal fortuna, eran limpiamente devorados. Con el tiempo, todos los cangrejos de la zona heredaron esos dibujos, que son característicos del cangrejo Heike.
Una última nota: Heike es un nombre alternativo a "Taira", lo que explica la conexión entre el "Cangrejo de Heike" y el clan Taira, al que pertenecía el malogrado Mikado Antoku.

domingo, 13 de mayo de 2007

William Wallace y el puente de Stirling.

Al margen de las cualidades marciales del rebelde escocés William Wallace, lo cierto es que parte de la victoria que obtuvo sobre los ingleses en las cercanías de Stirling, sobre el Río Forth, en Escocia, el 11 de septiembre de 1297, se debió a la extraordinaria estupidez del inglés Warrenne. Creía Warrenne que debía habérselas en el campo de batalla con un hatajo de salvajes que pelearían poco y se desbandarían, y por lo tanto, avanzó sin efectuar reconocimiento alguno del terreno, yendo siempre en dirección hacia donde debía encontrarse Wallace. En su camino, Warrenne tenía un puente de madera para cruzar el Río Forth, el cual para su desgracia era tan estrecho, que sólo podían pasar dos hombres a la vez. La operación debería haberle tomado entonces unas 11 horas, una eternidad tratándose de una situación de combate. Uno de sus subordinados le representó la existencia de un vado algo más al sur, en donde podrían pasar hasta 30 hombres a la vez, haciendo por tanto el cruce del río algo mucho más rápido, pero Warrenne no hizo ningún caso, prisionero de su propia optimista visión sobre lo que pasaría al encontrarse con los escoceses.
Para su desgracia, Wallace y los suyos no eran los brutos salvajes que Warrenne esperaba. Los escoceses esperaron pacientemente a que una tercera parte del ejército inglés cruzara el puente. Luego, Wallace descargó su ataque. Un puñado de lanceros escoceses se abalanzaron sobre la cabeza del puente y la bloquearon, cercenando limpiamente a la vanguardia del resto del ejército, que debía esperar impotente al otro lado del río. Wallace, mientras tanto, atacó con todos sus hombres. No se puede decir que los ingleses no pelearan con valor, pero aún así el saldo para ellos fue horrible: los cuerpos de un centenar de caballeros y varios miles de infantes quedaron tirados fertilizando margaritas sobre el campo de batalla.

jueves, 10 de mayo de 2007

El desastre de Nicópolis.


Sucedió el año 1396, en los alrededores de la ciudad balcánica de Nicópolis, y en dicha jornada la caballería francesa, buscando cubrirse de gloria, sí se cubrió... pero de ridículo. Sucedió de la siguiente manera.
La Cristiandad estaba en peligro (otra vez) porque el Imperio Otomano, los temidos turcos, estaban tomando reino cristiano tras reino cristiano en los Balcanes. Así es que un grupo de caballeros franceses se dirigieron a Oriente para hacerles frente, bajo el liderazgo de Segismundo, a la sazón rey de Bohemia, actualmente la República Checa (este Segismundo será después Emperador del Sacro Imperio).
Segismundo indicó a los caballeros franceses que iban a ir a la vanguardia, pero en la segunda línea, detrás de un contingente de campesinos de Valaquia encargados de limpiar la primera línea de otomanos, que indefectiblemente eran campesinos reclutados a la carrera, puestos ahí precisamente para detener cualquier arremetida de caballería. Era una estupenda idea, pero los franceses decidieron ignorarla. El condestable d'Eu dijo: "ocuparnos en la retaguardia es un deshonor y nos expondría al desprecio de todos". Además, consideraría como un insulto personal que él, todo un condestable, fuera precedido por otra persona.
Pasó lo que era de prever. El condestable lanzó a sus tropas a una carga cerrada apenas vio al enemigo turco. Batieron sin problemas a la primera fila de infantes otomanos, sólo para encontrarse con un muro de estacas, que servían de parapeto a la arquería otomana. Los caballeros franceses, acorralados, fueron acribillados a flechazos. La caballería ligera turca los rodeó, y aquello pasó de batalla a masacre. Cuando el rey Segismundo, que venía algo más atrás, llegó al campo de batalla, nada se podía hacer ya para salvar la situación del ejército cristiano. Y así terminó la valerosa, bienintencionada y estúpida Cruzada de Nicópolis.

jueves, 5 de abril de 2007

La Cruzada de los Niños.

Uno de los eventos más insólitos de la Edad Media es, seguramente, la llamada Cruzada de los Niños. Corría el año 1212, y Europa estaba bastante convulsionada. Por una parte, el surgimiento de las ciudades creaba bastante inestabilidad en el bien engrasado sistema feudal. Por la otra, el surgimiento de herejías y de nuevas teorías filosóficas y teológicas hacía que muchos se refugiaran en un Cristianismo más simple, con muestras de devoción. Al mismo tiempo, estaba vivo el ideal de la Cruzada, ya que en 1209 había sido lanzada ésta sobre los herejes del sur de Francia.
En todo este ambiente, algunos predicadores populares insistieron en convocar a los niños, fieles al mandato bíblico según el cual "de los niños es el Reino de los Cielos", y partieron tan campantemente hacia Tierra Santa, a combatir a los infieles paganos que habían conquistado Jerusalén (en el año 1187, por más señas). El propio Papa Inocencio III los alentaba diciendo: "¡Estos niños avergüenzan a los adultos, pues mientras nuestro ardor se adormece, ellos parten con alegría a conquistar la Tierra Santa!".
Investigaciones modernas apuntan a dos expediciones, una francesa y alemana. Parece ser que, contra lo planteado por cronistas medievales más preocupados de embellecer la Historia que de narrarla tal y cual fueron los hechos, no había sólo niños involucrados en la Cruzada de los Niños, aunque la mayoría eran jóvenes simples y de baja condición (no adultos ni guerreros feudales). También se incorporaron mendigos, sacerdotes, artesanos, bandoleros y mujeres.
Por supuesto que, jóvenes y ayunos de experiencia militar, confiando sólo en los portentos y maravillas del Señor, estos bravos expedicionarios terminaron mal. Los miembros de la expedición francesa arrendaron barcos para pasar a Tierra Santa, pero los desalmados navieros se los llevaron a Egipto y los vendieron como esclavos. Unos quince años después, estos comerciantes tuvieron la desgracia de caer en manos de Federico II, Emperador de Alemania, quien había organizado una Cruzada "seria"; Federico mandó a ahorcarlos sin mayor trámite. La expedición de Alemania llegó hasta Italia, y el obispo de Brindisi consiguió impedir que se embarcaran, aunque en el camino de regreso, murieron a miles, víctimas del hambre y los bandoleros.
Hay quien piensa que las leyendas y cuentos infantiles sobre el Flautista de Hamelín tienen su origen en estos sucesos históricos, deformados por supuesto para adaptarlos al gusto popular.

miércoles, 30 de agosto de 2006

La coincidencia de Aljubarrota.


La Batalla de Aljubarrota decidió los destinos de Castilla y Portugal. Y se libró la tarde del 14 de Agosto de 1385 (es decir, algunos añitos después del asuntillo de la muerte de Inés de Castro, que posteamos previamente).
En la época, la península ibérica era aún un caldillo de reinos: Castilla, Aragón, Navarra, Portugal, Granada... Y salvo el caso de Granada, gobernado por la Dinastía musulmana Nazrí, todas las dinastías cristianas se mezclaban unas con otras. Al fallecer el rey Fernando I de Portugal, éste carecía de hijos herederos varones. Pero sí tenía una hija, llamada Beatriz; y esta Beatriz de Portugal estaba casada con el rey de Castilla. Este se relamió pensando en una anexión dinástica de Castilla y Portugal, pero los portugueses se opusieron resueltamente. No pasó mucho tiempo antes que las cortes portuguesas se reunieran en Coimbra, y le dieran el trono a otro pretendiente, a un hijo natural del rey Pedro I de Portugal, y por tanto, hermanastro natural del fallecido rey Fernando (este es el mismo Pedro de la historia de Inés de Castro).
Como el rey de Castilla se viera chasqueado, invadió militarmente Portugal. La batalla decisiva se libró en Aljubarrota. Los portugueses, asesorados por expertos militares ingleses, tomaron una suave colina y se atrincheraron en ella. Los castellanos no quisieron atacar de inmediato, pero como el ejército invasor estaba desmoronándose por el cansancio y la falta de moral, el rey castellano ordenó una carga. Como otras batallas del siglo XIV, resultó un desastre: la caballería castellana fue atascada por las trincheras y los obstáculos naturales, y desorganizada, y cuando la infantería castellana se movió, la infantería portuguesa la hizo polvo. El resultado posterior no fue una batalla sino una masacre. Y Portugal siguió siendo independiente, bajo la flamante nueva dinastía, la Dinastía de Avis, hasta que la extinción de la misma en 1580 haría recaer el trono en manos españolas, finalmente... (aunque sólo por 60 años).
No hemos dicho aún el nombre de los reyes en esa disputa, porque tal es la coincidencia cósmica de la batalla. El campo de batalla de Aljubarrota debe ser el único, en la historia universal, en que se han enfrentado dos reyes que no sólo coinciden en el nombre, sino también en la numeración: Juan I de Portugal, contra Juan I de Castilla.

miércoles, 25 de enero de 2006

Basilio el Matador de Búlgaros.

El año 977 d.C., después de un período de tensiones entre Bulgaria y el Imperio Bizantino que duró más o menos un siglo completo, estalló finalmente la guerra. Esta duró treinta años, y agotó casi por completo las fuerzas de ambos contendientes. Para obtener una victoria que parecía cada vez más lejana, el gobernante bizantino Basilio II recurrió a una bárbara estratagema.

Había capturado un ejército de 15.000 hombres aproximadamente. Anunció entonces a Samuel, el Zar de Bulgaria, que le devolvería a sus hombres, como una muestra de buena voluntad. Acto seguido, ordenó que la totalidad de los prisioneros fueran cegados, con la excepción de 150 de ellos, con los cuales fue un tanto más misericordioso, ya que ordenó sólo arrancarles un solo ojo. A continuación, envió a los búlgaros de regreso a Pest, su capital, de modo tal que cada tuerto tenía por misión guiar a un pelotón de un centenar de ciegos cada uno.

Se dice que el shock de contemplar a su ejército en tan lamentables condiciones fue tanto para Samuel, que sufrió un infarto ahí mismo, y falleció dos días después. La guerra continuó uno o dos años más, pero los búlgaros fueron derrotados en toda regla. Desde entonces, Basilio II fue conocido con el apelativo de "Bulgaróctonos", esto es, el "Matador de Búlgaros".

Dicho sea de paso, la victoria de Basilio fue pírrica, ya que si bien anexó la totalidad de Bulgaria a sus dominios, lo hizo a costa de la feudalización de sus propios territorios, por lo que legó un imperio descompuesto políticamente a sus sucesores.
También digamos que cegar a los enemigos políticos era una costumbre común entre los bizantinos, tan común o más que amputarse las manos en duelos con sable láser en Star Wars, y los bizantinos eran uno de los pueblos más civilizados de la Tierra en su minuto, aunque como puede apreciarse, no habían dejado atrás ciertas costumbres cavernarias...

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