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domingo, 3 de julio de 2011

El triste destino de los túmulos de Cahokia.


Hace casi media década atrás, cuando Siglos Curiosos era todavía un blog joven y lleno de vida (bueno, diré lo mismo de Siglos Curiosos ahora cuando sea su medio siglo, si es que sobrevive hasta el año 2056...), publicamos un breve posteo acerca de Cahokia, la misteriosa ciudad prehispánica de Estados Unidos. Pero ahora es tiempo de hablar de uno de los elementos más característicos de su cultura: los túmulos. Nadie tiene mucha idea de qué eran: parece que algunos eran utilizados como plataformas ceremoniales, y otros para inhumar a sus muertos. Como de costumbre, cuando se carece de registros escritos, los arqueólogos deben sentarse a reunir sus escasas evidencias y especular.

Los famosos túmulos en cuestión ingresaron a la historia de la Arqueología en 1811, con las exploraciones de Henry Brackenridge: recordemos que, en esos años, la mayor parte de lo que en la actualidad es el territorio de Estados Unidos, eran vastedades sin explorar y sin reclamar por ninguna potencia occidental. Irónicamente, ya en el siglo XVIII se había instalado un monasterio francés en uno de los túmulos: el que en la actualidad es conocido precisamente como el Túmulo de los Monjes. Volviendo a 1811, Brackenridge se quedó anonadado con la enorme cantidad de túmulos que encontró, y le escribió a Thomas Jefferson (prócer de la independencia y en ese entonces ex Presidente de Estados Unidos) acerca de su hallazgo. Pero nadie hizo demasiado caso. Los estadounidenses en esa época, así como los occidentales en general, se sentían muy cómodos considerándose la punta de lanza de la civilización por sobre esos brutos salvajes no occidentalizados, no sólo por un caso grave de autoestima, sino también porque eso daba pretexto para repartir las tierras indígenas y enviar colonos a masacrar pieles rojas. En 1830, el Presidente Andrew Jackson firmó una ley por la cual todos los indígenas debían ser asentados al occidente del río Mississipi, en atención a que eran brutos salvajes que estorbaban a la civilización: si se probaba que los condenados túmulos habían sido fabricados por esos brutos salvajes, entonces quizás hubiera que reconsiderar esta calificación y tal vez no podrían instalarse buenos colonos cristianos en esas tierras paganas abandonadas de Dios. Las universidades, fieles al dogma de que nada bueno puede salir de la cultura de los nativos de Estados Unidos, destacaron a sus arqueólogos en donde de verdad existieron civilizaciones antiguas, o sea, el mundo grecorromano (del cual Estados Unidos se sentía sucesor, porque no en balde, se sentían perfeccionando la democracia inventada en Grecia y Roma).

Y así comenzó uno de los grandes crímenes en la historia de la Arqueología: la demolición de los túmulos. Después de todo, eran montoncitos de tierra bien apilada, y por qué no aprovecharlos, ¿eh? El Gran Túmulo alcanzaba nueve metros de altura, y fue demolido para ser utilizado como tierra de relleno en la construcción de un ferrocarril cerca de San Luis, en 1869. En 1931, los agricultures de rúcula se llevaron otro para obtener material de relleno. El sitio mismo en donde estuvo Cahokia contempló de todo, desde un salón de apuestas hasta un aeródromo e incluso un autocinema porno.

Las cosas cambiaron en la década de 1950. En ese tiempo el Presidente Dwight Eisenhower llevó a cabo su gigantesco proyecto para llenar Estados Unidos de autopistas interestatales. Pero dicho programa contemplaba además una serie de disposiciones que favorecían la actividad arqueológica, allí donde se descubrieran restos. Y como dos de las autopistas (la I-55 y la 70) cruzan justo donde hace cientos de años estuvo la plaza de Cahokia, hubo que investigar. Terminó entonces la masacre de túmulos, sobreviviendo sólo uno completamente intacto: el Túmulo 72, en donde se hicieron importantísimos hallazgos funerarios. Por cierto, el Túmulo de los Monjes (algo al norte del Túmulo 72) es considerada la estructura más grande de toda la arquitectura precolombina: es prácticamente igual de grande que la Gran Pirámide de Keops, y su circunferencia de base es más grande que la Pirámide del Sol en Teotihuacán.

jueves, 11 de junio de 2009

Los mayas no pueden haber sido tan inteligentes.


Hace varios meses atrás comentábamos en Siglos Curiosos como los arqueólogos europeos no se gastaban investigando el Sudán, en la creencia de que esas tierras pobladas por negros no eran dignas de producir ninguna civilización, y siguieron pensando así aunque algunos esforzados pioneros empezaron a obtener evidencia cada vez más contundente de que pueblos de raza no blanca (los kusitas, en este caso) podían erigir una civilización por sí mismos. Otro tanto ocurrió con los mayas en América. Porque se conocía la existencia de sus ruinas desde el siglo XVIII, pero nadie hizo demasiado por investigarlas, en la convicción de que debía tratarse seguramente de alguna clase de monumental malentendido.

Durante el gobierno de Carlos III de España (1759-1788) llegaron a la corte española ciertas noticias de que había ruinas muy curiosas en la región de Palenque. Carlos III era en general un monarca más o menos progresista, tanto como podían serlo los reyes absolutos sin hacer tambalear su trono (estaba de moda el "despotismo ilustrado"), y tenía un razonable interés en la cultura. En la época se estaba poniendo de moda la Arqueología, debido al creciente interés por las ruinas grecorromanas, y Carlos III no fue inmune a la epidemia. De manera que envió al capitán Antonio del Río a sus dominios mexicanos, con la misión de encontrar, explorar, inspeccionar y dar reporte sobre aquellas ruinas.

Antonio del Río llegó a Palenque el 5 de Mayo de 1787. Luego de una breve inspección se marchó, regresando trece días después, con un equipo de 79 trabajadores. No se puede decir que no se esforzaran: despejaron la vegetación, retiraron piedras caídas de las entradas, recogieron cuanta muestra de alfarería estuvo a su alcance, y se aventuraron en los pasadizos subterráneos cuyas entradas pudieron localizar. Lo que apareció entonces hizo enmudecer de asombro a los españoles, no sólo por lo vasto de las ruinas, sino también por las señas de que había existido un complejo sistema de acueductos en la ciudad. Tanta tecnología en medio de una civilización maya, que a Antonio del Río se le antojaban poco menos que un puñado de brutos campesinos, le hizo creer que aquella ciudad era la obra de un grupo de aventureros fenicios, griegos, romanos, o de cualquiera otra nación avanzada de la Antigüedad, que habían enseñado a los lugareños todo lo que ellos mismos, como buenos salvajes que eran, jamás habrían podido inventar por sí mismos.

Recién en 1881, el militar británico Alfred Percival Maudslay afrontó nuevamente el reto de investigar las ruinas mayas con detención. Para esas fechas se habían hecho ya algunos otros hallazgos, incluyendo la fastuosa Chichén Itzá, así como Copán y Tikal; Maudslay añadiría Yaxchilán al listado. El británico se abocó a la complicada misión de descifrar los jeroglíficos mayas, y no pudo conectarlos con las escrituras del Viejo Mundo. Tampoco había en las ruinas mayas nada que sugiriera conexiones culturales con Grecia o Roma. Su conclusión fue atronadora para su tiempo, pero esencialmente correcta: los mayas habían creado en dicha región una civilización prácticamente autógena (hoy en día se acepta que recibieron lo esencial de su legado histórico de un pueblo anterior, los olmecas, si bien los mayas lo mejoraron grandemente). Y defendió sus ideas en un compendio de cinco volúmenes sobre la naturaleza agreste y las ruinas arqueológicas de los mayas, publicado en 1902. Maudslay tuvo entonces el gran mérito de haberles dado a los mayas su más que bien merecido lugar en la Historia Universal, en pie de igualdad con griegos, romanos, egipcios o chinos.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Y los kusitas sí eran negros a fin de cuentas.


En nuestra época de cierta tolerancia multicultural, el racismo abierto es considerado como algo sumamente ofensivo, y por lo tanto, nos cuesta creer cómo hubo épocas tan impregnadas de éste, que manchaban toda su ciencia histórica con afirmaciones a las claras absurdas, pero que sí cuadraban con un esquema mental de "la raza blanca superior versus las razas inferiores". La investigación arqueológica sobre el Reino de Kush fue una gran víctima de ello. Mientras que la Egiptología moderna principió con la campaña de Napoleón Bonaparte a Egipto en 1798-1799, la investigación arqueológica seria sobre los kusitas, sus vecinos del sur, debió esperar hasta mediados del siglo XX, para que alguien mostrara un cierto interés sobre este pueblo.

A comienzos del siglo XIX, cuando la egiptomanía invadió al mundo académico europeo, nadie tenía muy en claro hasta qué segmento del Río Nilo valía la pena explorar en busca de nuevas ruinas. El primer investigador del Reino de Kush, como se llamó el poderoso ente político que surgió al sur del Egipto Faraónico, fue un investigador llamado Giuseppe Ferlini (1800-1870), más motivado por saquear tesoros que por verdadera investigación arqueológica. Los métodos de "exploración" de Ferlini eran tan expeditos como volar las capas superiores de las pirámides en Sudán a punta de dinamita, para descubrir cámaras secretas en su interior. Pero cuando reveló que sus hallazgos venían del Africa Negra y no de Egipto, se quedó enormemente chasqueado: ningún arqueólogo serio creía que los "negros" eran capaces de civilización. Consiguió vender su material, sí, pero al final de un laborioso proceso de negociaciones con muchos entes culturales distintos.

Con todo, ya no se podía ignorar que al sur de Egipto habían importantes hallazgos arqueológicos, y hubo egiptólogos que se dignaron darle una mirada a Kush. Uno de ellos fue Richard Lepsius, quien al investigar a los kusitas, quedó lo suficientemente convencido de que eran una cultura importante como para escribir que sus ruinas "pertenecían a una raza blanca", cuando hoy en día es evidente por los testimonios arqueológicos que los kusitas eran de raza negra. A tanto llegó la fijación por atribuirles antecedentes "blanqueados" a los kusitas, que el arqueólogo George Reisner (1867-1942) afirmó después de dedicar los años de 1916 a 1919 a la investigación de éstos, que el gran rey Piankhi, el Faraón Negro que conquistó Egipto hacia el año 715 a.C., era en realidad un mercenario libio que había cruzado todo Egipto de norte a sur y se había impuesto militarmente a los negros kusitas. En el libro "Cuando Egipto gobernaba el Oriente", publicado en 1942 por los egiptólogos Keith Seele y George Steindorff, Piankhi sufrió otro desdén, cuando se escribió de él y sus sucesores nubios en Egipto: "Mas su dominio no duró por tanto tiempo".

El asunto empezó a cambiar recién en 1960. Irónicamente fue el cataclismo de erigir la Represa de Asuán, lo que obró el milagro. Debido a que enormes tierras iban a quedar inundadas por las aguas de la represa, las investigaciones arqueológicas adquirieron un ritmo frenético. Con esto, surgieron (en forma de estatuillas y similares) múltiples evidencias de que los nubios kusitas sí eran de raza negra, en particular por los rasgos negroides de las facciones de muchas estatuas representando a figuras de la época del dominio nubio sobre Egipto (hacia 730-671 a.C.). La sensibilidad hacia el racismo había cambiado su tanto en el período intermedio, en particular gracias a la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, y con ello, el fantasma de los kusitas tuvo una nueva oportunidad de pasar a la Historia, ahora sí como corresponde, sin ser distorsionados ni falseados por los egos racistas de los investigadores.

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