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domingo, 13 de diciembre de 2015

Adieu Molière.


Para ser un país que presume de estiradete, pero no a la manera espartana inglesa sino con calzas filogays, Francia tiene una buena tradición de payasos. Ahí están Marcel Marceau o Jean-Marie Le Pen para confirmarlo. Pero el más grande y el mejor, parece haber sido Molière, que como el común de los dramaturgos de su época, interpretaba él mismo lo que escribía. Tanto, que se llama al francés la lengua de Molière así como al español la lengua de Cervantes, al inglés la lengua de Shakespeare, al italiano la lengua de Dante, o al neoliberalismo los rebuznos de Hayek. Las comedias que el señor Jean-Baptiste Poquelin escribió, porque Molière era su seudónimo, siguen siendo tan divertidas y vitales como el primer día. El blanco favorito de las pullas de Molière, y lo que ha ayudado a mantenerlo tremendamente actual, eran las costumbres y vicios sociales, y puede que las costumbres hayan cambiado hoy en día, pero los vicios por descontado que no. En "Tartufo", quizás su obra más famosa, el protagonista es un inmundo sinvergüenza que para sus manejos se hace pasar por un hombre pío y devoto... razón por la que la Iglesia Católica consiguió que dicha obra se censurara en vez de, digamos, hacer un poquito de autocrítica sobre sus propios pecados (los de entonces, porque la actual, ésa seguro que no peca, ¿verdad que no...?).

Como sea, resulta que Molière estuvo más bien poquito rato en este valle de los dolientes llamado la vida. Tenía apenas 51 años cuando falleció, una edad joven incluso para esos tiempos. El problema es que Molière desde jovencito había tenido mala salud. En concreto, padecía de tuberculosis, un mal que había contraído probablemente durante su estancia en esos caldos de cultivo de enfermedades que en esos años era la prisión, a donde iban a parar con sus huesos aquellas gentes que, como Molière, no pagaban sus deudas. Ahora somos más civilizados, sólo les quitamos la casa y el colchón, y los dejamos viviendo en la calle, pero no los mandamos a prisión, y menos si son dueños de alguna gran multitienda o un banco demasiado grande para caer. Dice la leyenda negra que Molière se murió sobre el escenario. Lo que realmente no es cierto. O al menos, no es exacto.

Lo que sucedió, es que Molière estaba representando una obra teatral, cuando de pronto le vino un ataque de tos espantoso, de ésos que llegas a expulsar todas las entrañas por la boca, o poco menos. O sangre, como fue el caso de Molière. El caso es que no se murió ahí, sino que lo sacaron del escenario y se lo llevaron a la casa. Estaba tan enfermo, que parecía de rigor la extremaunción, pero dos sacerdotes, con perfecta caridad cristiana, se negaron a confesar a ese hereje. Para cuando consiguieron un tercero que sí aceptó ir, por aquello de ama a tu prójimo como a ti mismo, ya era demasiado tarde: Molière había parado la chala. Con todo, Molière consiguió un honor póstumo. Contra las leyes de la época según las cuales un actor no podía ser enterrado en suelo consagrado, el rey Luis XIV mismo autorizó su sepultación en la sección de los entierros de niños sin bautizar.

Y la ironía negra de todo esto, es la siguiente. ¿Qué obra teatral estaba interpretando Molière cuando cayó enfermo? Pues... "El enfermo imaginario". Que se trata acerca de un hipocondríaco. ¿Y qué rol interpretaba Molière? El del hipocondríaco, justamente. A veces la realidad tiene su propio sentido del humor, y cuando escribimos sentido del humor aquí, pensamos en palabras tales como negro, oscuro, tétrico...

jueves, 29 de noviembre de 2012

¿Propaganda sobre Suez...?


A pesar de ser considerado como uno de los más importantes conflictos del Medio Oriente en el siglo XX, debido a ser jugado por dos potencias claves como Inglaterra y Francia en una de las áreas geopolíticas más sensibles del planeta, la operación militar anglofrancesa para tomarse manu militari el Canal de Suez en 1956, en respuesta a la nacionalización del mismo por el Presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, es también una de las más chapuceras operaciones militares de toda la centuria. No todos los errores militares cometidos aquí merecen abrirse paso hasta Siglos Curiosos (algunos son simplemente lamentables, pero no...curiosos, más o menos como entendemos el concepto en este blog), pero no podemos dejar de elaborar una nota respecto a la terrible estrategia comunicacional de Inglaterra y Francia al respecto. Porque desde la Primera Guerra Mundial que se venía entendiendo de manera sistemática la importancia de la propaganda para desmoralizar al enemigo y convertir a los neutrales en aliados, a pesar de lo cual, el manejo propagandístico en la llamada Guerra del Sinaí, Crisis de Suez o Guerra de Suez, se merece de sobra el calificativo de desastroso.

A resultas de los manejos burocráticos británicos, sumada a la previsión (cumplida después) de que la conflagración sería muy impopular en dos países que estaban a apenas una década de distancia de la Segunda Guerra Mundial, los altos mandos británicos, incluyendo al sesentón y muy enfermo Primer Ministro Anthony Eden, estimaron que era necesario emprender una dura ofensiva propagandística para convencer a los egipcios de dejarse invadir. En la mentalidad de Eden y su gente no podía caber que Nasser privilegiara los intereses nacionales egipcios por sobre la tradicional servidumbre a los intereses coloniales británicos, de manera que se figuraban que Nasser era una especie de tirano sediento de sangre al que los egipcios no apoyarían, y recibirían a los ingleses y franceses como libertadores. En la realidad Nasser podía ser autoritario (los Presidente de Egipto desde el derrocamiento de la monarquía en 1952 tienen mucho de faraones contemporáneos, incluyendo a Nasser, Sadat, Mubarak... tres en casi seis décadas), pero a la vez era muy popular como campeón internacional de la causa tercermundista contra la intervención extranjera, cualquier intervención extranjera, fuere occidental o soviética (aunque la hostilidad occidental a su casquivanería lo llevó a dejarse cortejar un tanto por el Oso Ruso). De ahí que ingleses y franceses decidieran lanzar una campaña propagandística en pleno dentro de Egipto, contando con soliviantar a los egipcios contra Nasser (listo: ya pueden carcajearse a destajo).

A diferencia de los políticos, muchos altos mandos militares juzgaban que la guerra sicológica era una pérdida de tiempo: lanzar folletos sobre territorio enemigo no convencía a nadie, y bombardear las ciudades enemigas reforzaba la moral contra el invasor, no la debilitaba. Contaban con la experiencia de la Segunda Guerra Mundial hablando en favor de esta idea. Pero mandos aún más altos decidieron que la guerra sicológica iba, lo que además daba tiempo para organizar un desembarco rápido y sorpresivo (así como suena: según los británicos, los egipcios tenían que creer que la propaganda iba a caer porque sí, y luego dejarse sorprender por lo que venía después). Para la misión fue destacado un tal Bernard Fergusson. Parece ser que Fergusson se comportó como un soldado impecable, y a pesar de tener dudas sobre la utilidad de la operación, se dedicó a la misma en cuerpo y alma. Se le cedió a él y sus ayudantes una radio en Chipre para lanzar proclamas, y una imprenta para editar folletos. Pero los pilotos de la RAF eran reacios a arriesgar sus vidas en lo que esencialmente era infringir el espacio aéreo egipcio para una operación tan inútil como... lanzar folletos. Aún así, ironías del destino, para lanzar los folletos se había previsto una bomba que estallara a trescientos metros de altura sobre los civiles: lo que pasó es que la bomba, así como buena parte del obsoleto material bélico inglés, falló y estalló a ras de calle, causando una buena mortandad entre los civiles egipcios a quienes supuestamente debía convencerse de la bondad de una invasión británica. Se utilizaron también aviones parlantes para sobrevolar territorio egipcio, pero cuando el avión parlante aterrizó en Adén para repostar combustible, el equipo de megafonía se esfumó misteriosamente y nunca nadie supo de su destino. Fergusson también utilizó la radio para crear programas destinados a los palestinos, llenos de material contra Nasser. Pero aunque los programas eran emitidos en árabe, los palestinos no se dejaron convencer: muchos creyeron percibir un sonsonete judío en la voz de los locutores, y con eso dejaron de hacer caso a la propaganda.

Ya en medio de la guerra, que por cierto fue lanzada el 29 de octubre de 1956, la (des)inteligencia británica les jugó otra mala pasada. Debido a que los invasores querían disminuir al máximo las bajas civiles para que su intervención pareciera una operación de policía contra Nasser, no bombardearon la estación de radio El Cairo, evitando así que cualquier edificio colindante o sus residentes terminaran incinerados bajo fuego enemigo. Ni qué decir que a través de dicha radio, Egipto informó al mundo de las horrendas (y exageradas, claro, que en la guerra no hay santos) atrocidades de los invasores, volviendo a la opinión pública internacional aún más contra Inglaterra y Francia, así como fortaleciendo el ánimo egipcio para resistir. Ante este panorama, los aliados de Inglaterra se preguntaron por qué no se bombardeaba dicha radio, y cuando supieron la razón, Chipre informó que la radio El Cairo estaba... a 25 kilómetros de El Cairo, en pleno desierto. Por supuesto que lo muy verdaderamente siguiente fue enviar un escuadrón de aviones y reducirla a cenizas, pero el daño ya estaba hecho, por supuesto. Es lo que tiene haberse montado una operación bélica del siglo XX con una filosofía geopolítica del XIX: que las operaciones propagandísticas tenían un tufillo a sacadas de otro siglo...

jueves, 5 de julio de 2012

Cayendo frente a Ticonderoga.


La Guerra de los Siete Años (1756-1763) fue librada entre Inglaterra y Francia y sus aliados en el continente europeo, y entre las posesiones coloniales de ambos (las Trece Colonias y el Canadá respectivamente) en suelo americano. Una de las posiciones claves era el Fuerte Carillon. En una de esas situaciones típicas en que dos potencias coloniales conocen a medias el terreno y quedan medio en tablas al explorarlo, resulta que la parte inferior del Río Hudson en el sur era de los ingleses, que poseían Nueva York y Albany en su cuenca, pero desde el norte, bastante río arriba, se habían instalado los franceses. Huelga decir que los franceses instalados ahí, y que construyeron el Fuerte Carillon, eran una espada colgante perpetua sobre Nueva York: les bastaba con dejarse caer Hudson abajo, y podían apoderarse de un enclave vital para las Trece Colonias. De ahí que para los británicos fuera vital apoderarse del Fuerte Carillon a toda costa. La única ventaja de los ingleses al respecto era que los franceses no podían usar el potencial ofensivo del fuerte a su máxima capacidad, debido a su reluctancia a transportar tropas desde Europa a Canadá en un Océano Atlántico infestado de buques de guerra británicos. Finalmente, después de varias vueltas y revueltas, en 1758 marchó una expedición bélica a cargo de James Abercrombie, un cincuentón que era mejor en la logística que en lo que llamaríamos bravura militar, o aún mero sentido estratégico.

En realidad, la batalla parecía un resultado claro. La fuerza de combate de Abercromby se componía de 7.000 soldados de línea británicos, más 9.000 reclutas coloniales. Estos 16.000 hombres apoyados por artillería iban a tratar de tomarse un fuerte más o menos aislado dentro de su posición estratégica, defendido por 3.600 franceses con provisiones para ocho días. O de cómo cazar peces dentro de un barril, como dirían en el Tío Sam. Apenas supo las nuevas de que estaban a punto de pasarle la aplanadora por encima, el comandante francés Louis-Joseph de Montcalm tomó medidas desesperadas, en concreto levantar un parapeto de ramas y troncos que protegiera la parte frontal del fuerte: en realidad aquello era casi heroísmo más allá del cumplimiento del deber, porque Montcalm sabía bien que, como mucho, iba a retrasar a los ingleses y causarle algunas bajas. No en balde, había cuatro a cinco enemigos por cada uno de sus defensores. Ni siquiera tuvo tiempo para reforzar las defensas en los flancos del fuerte. Apenas los ingleses llegaron, la suerte parecía sellada. Pero entonces...

¿Cuál fue la orden de Abercromby? ¿Movilizar la artillería y volar el parapeto a cañonazos? ¿Flanquear el fuerte para atacarlo por los costados? ¿Simplemente sentarse bloqueando el acceso al río Hudson y rendirlo por hambre? No... La única orden fue avanzar y atacar. Tal cual. 16.000 hombres en un asalto frontal contra un fuerte con un parapeto. Los británicos y coloniales avanzaron entre los troncos, copas de árboles derribados, etcétera, pero por detrás estaban los mosqueteros franceses, cuidadosamente apostados. Cuando los británicos estaban empantanados tratando de moverse a través de la cobertura vegetal... ¡Fuego! Los reclutas montañeses trataron usar espadas para abrirse paso entre el follaje, pero eran barridos sin piedad por el fuego francés. Para colmo, en medio del desastre no había forma de hacerles llegar escaleras a los asaltantes, de manera que los pocos que conseguían sortear el fuego enemigo y se lanzaban a escalar los muros, eran eliminados a tiros nada más llegar arriba. Contra toda esperanza, los franceses consiguieron rechazar a la fuerza asaltante con apenas 377 bajas entre muertos y heridos, infligiéndole 2000 víctimas al enemigo. A las seis de la tarde, cinco horas después de iniciado el ataque, los británicos ordenaron la retirada. Por cierto, en ningún instante hubo un intento serio por usar la artillería que los británicos habían traído con tanto esfuerzo río arriba.

Pero... nada impide tentar un nuevo y más meditado asalto al día siguiente, ¿verdad? Después de todo, los británicos aún disponían de abrumadora superioridad militar, ¿verdad...? Nopes. La siguiente orden de Abercromby no fue aprovechar la superioridad numérica para emplear alguna nueva táctica, sino... retirarse a toda marcha hacia el sur, con la velocidad propia de quien busca un baño después de beberse un jarro de jugo de papayas con ciruelas. De hecho, los británicos nunca le volvieron a confiar un mando militar, aunque en Inglaterra siguió ascendiendo (sin combatir, eso sí) hasta llegar a General. Los franceses, por su parte, ni siquiera intentaron aprender de su buena estrella, y no protegieron la gran cosa su preciado fuerte: al año siguiente en 1759 los británicos volvieron a atacarlo, y esta vez ni siquiera tentaron defenderlo, y lo abandonaron después de tratar de volarlo haciendo estallar su depósito de pólvora. Los británicos le cambiaron el nombre al Fuerte Carillon, llamándolo ahora sí Fuerte Ticonderoga, palabra de origen iroqués que significa algo así como "reunión de dos cursos de agua", o sea, afluente. El fuerte sigue existiendo el día de hoy, aunque perdido su valor estratégico (consecuencias de que Canadá no tenga agallas para invadir Estados Unidos), funciona como museo, y como pintoresco recordatorio de una de las operaciones militares más imbéciles de todos los tiempos.

domingo, 27 de mayo de 2012

De cómo empantanar a las propias tropas.


En 1917, la guerra de trincheras en Europa llevaba tres años más o menos estancada. Se ha hablado hasta la saciedad de la incompetencia de los altos mandos en la misma, y de las espantosas carnicerías subsiguientes. Y en 1917 vino Ypres. Por tercera vez, en realidad, porque ya se habían intentado grandes operaciones militares en dicho territorio en 1914 y 1915. Esta vez, la Entente se preparó a conciencia para quebrar por fin las líneas alemanas. Sólo que "a conciencia" no significa que los viejos dinosaurios del sistema militar anglofrancés hubieran aprendido más. Hicieron lo que mejor pudieron, pero lo que podían con sus intelectos y sus rigideces mentales no era demasiado tampoco.

La operación entera estaba a cargo del General Douglas Haig. El amable lector podrá empezar a sentir un escalofrío si señalamos que su sobrenombre habitual era Carnicero Haig, si es que no lo conoce por nuestro posteo acerca de la Masacre de Loos. Preparado para otra batalla que probablemente iba a tomar meses de meses de meses, literalmente que comenzara en verano para terminar en invierno, recibió la noticia de que el clima de Ypres podía ser particularmente duro en otoño. En concreto, le señalaron que contara con apenas un par de semanas sin lluvia, y el resto iba a ser un cortinaje de agua chorreando a los soldados en las trincheras.

El problema es lo que percibieron algunos técnicos. La estrategia típica en la Primera Guerra Mundial era tratar de reventar las trincheras enemigas con un pesado bombardeo de artillería, y luego enviar soldados en oleadas a tratar de atacar cualquier punto débil en la trinchera enemiga. Y sin embargo, al cuartel general llegó un memorándum acerca de las condiciones del terreno. Los alrededores de Ypres son habitables única y exclusivamente debido a la labor de siglos de construcción de diques y canales: sin ellos, y con las lluvias de otoño, la región se convierte en un pantano. De hecho, por eso se construyeron los diques y canales en primer lugar. El documento venía respaldado con informaciones del departamento de "ponts et chaussées" del gobierno belga, nada menos, que como solariegos del lugar, algo debían saber al respecto.

Pero Haig decidió repetir el mismo esquema de artillería+infantería. La ofensiva comenzó con un diluvio de fuego que duró desde el 22 de Julio hasta el 31 del mismo mes: más de tres mil piezas de artillería disparando al unísono, 999 de ellas pesadas. Más de cuatro millones de proyectiles por un valor de 22 millones de libras esterlinas fueron arrojados sobre el enemigo. Sacando cuentas, cada metro cuadrado de terreno recibió CUATRO TONELADAS Y MEDIA de explosivos. El sistema de drenaje se fue al demonio. Llegaron las lluvias otoñales, y el ataque inglés fracasó en toda regla, con sus soldados perdidos en medio de una interminable sucesión de pantanos a los cuales fueron a morir una cantidad de hombres que los cálculos más moderados y apretados estiman en doscientos mil. Y lo peor: después de terminada la batalla, la situación militar seguía exactamente igual, sin variaciones. Y así seguiría siendo en el frente occidental durante otro desgraciado año más.

jueves, 14 de julio de 2011

¿Cientos de prisioneros en la Bastilla...?


Aquí en Siglos Curiosos no somos muy aficionados a las efemérides debido a que si la entrada se lee en un día distinto al correspondiente, a veces años después de la fecha de posteo, la ocasión queda desactualizada. Pero bien podemos hacer una excepción debida a la importancia histórica (más como hito simbólico que como suceso verdaderamente revolucionario) de la Toma de la Bastilla, que acaeció precisamente un 14 de Julio de 1789. De manera que, aquí vamos.

Aunque el acontecimiento asociado al actual Día Nacional de Francia es tan icónico que la fortaleza ha pasado a ser conocida como la Bastilla a secas, en realidad deberíamos referirnos a ella como la Bastilla de París ("Bastille de Paris" en francés), debido a que "bastilla" no es un nombre propio sino genérico: la palabra está relacionada con una antigua palabra provenzal, "bastida", que significa más o menos "fortaleza". En francés, su tipo de edificación se llama "bretèche", y se refiere a una fortaleza medieval de planta cuadrada y rectangular, y con forma que recuerda a una caja de zapatos, sin otras características arquitectónicas relevantes: cualquiera que haya visto un grabado de la "Toma de la Bastilla" sabe de lo que estoy hablando. El nombre completo del edificio en francés es "Bastille Saint-Antoine", que significa literalmente "la Fortaleza de San Antonio", en referencia a la puerta de San Antonio, que la fortaleza debía defender (al este de París en la época medieval, pero hundida dentro del área metropolitana de la ciudad en la actualidad).

La Bastilla adquirió una siniestra fama debido a que se asoció su ciclópea estructura con la temida arbitrariedad del poder real. Recordemos que en la época del Absolutismo, el rey podía enviar órdenes secretas de arresto contra cualquiera (las infames "lettres de cachet"), haciéndoselo desaparecer dentro de la Bastilla como en un Guantánamo cualquiera. Uno de los primeros prisioneros egregios de la Bastilla fue el arquitecto Hughes Aubriot, que construyó, ¿adivinan qué? Exacto, la Bastilla misma, en un extraño caso de justicia poética. Otros prisioneros ilustres fueron Nicolas Fouquet (uno de los candidatos al misterioso Hombre de la Máscara de Hierro), Voltaire y el marqués de Sade. Una vez dentro de la Bastilla podía salirse o no: en algunos casos la prisión era perpetua, pero pese a su siniestra reputación, muchos fueron excarcelados después de cumplir condena.

Por lo tanto, cuando el pueblo francés estaba exacerbado contra los privilegiados que trataban de sabotear los Estados Generales convocados por Luis XVI para salvar a Francia, volcaron su odio contra ese edificio que era el símbolo de poder. Lo suyo era casi una cruzada de liberación, ya que suponían que iban a encontrarse con numerosos prisioneros. La presencia de una nutrida guarnición (conformada por los "inválidos", o sea, por veteranos de guerra no aptos para el servicio militar activo) parecía confirmarlo. Pero una vez que los parisinos arrollaron a las defensas, le cortaron la cabeza a su gobernador y la pasearon por las calles ensartada en una pica, descubrieron que la cantidad de prisioneros ascendía a... siete. Y de ellos, no se sabe que ninguno fuera estrictamente político: había cuatro falsificadores, un noble, y dos locos. De uno de ellos sólo se pudo conjeturar que era inglés porque aparecía registrado bajo el apellido "White", pero el misterio de su identidad o la razón de su presencia en la Bastilla se perdió para siempre junto con su sano juicio. Uno de los más famosos prisioneros, el autor de escritos obscenos que era el Marqués de Sade ya no estaba presente: había sido transferido a un asilo mental algunos días antes...

domingo, 12 de junio de 2011

Dios quiere reformar el sistema fiscal.



Ernest Thirouin fue un mesías bastante particular. Nació el 11 de noviembre de 1863, en el pueblo francés de Falaise (el mismo en donde, dato de trivia aquí, nació Guillermo el Conquistador). Durante años fue lo que podría ser considerado como un ciudadano modelo. En el año 1932, se celebraron elecciones legislativas en Francia, a las que Thirouin se presentó... y mordió el polvo.

¿Fue entonces que algo se descompuso en el reloj muelle del cerebro de Thirouin, o los pajaritos venían sonando de antes? El caso es que abandonó los cauces tradicionales de la política, y empezó a realizarla por medios, dijéramos... más mesiánicos. Partió por declararse el Reformador del Mundo, porque si tienes un programa político güeno, para que te vas a andar con falsas modestias. Editó un montón de folletos, y propició la "reforma revolucionaria", sea lo que sea eso.

En 1936, parece que el título de Reformador del Mundo empezó a quedarle pequeño, y pasó a ser "representante de Dios". Duró cerca de un año en este grado, y luego ascendió a... allá vamos... ¡¡¡DIOS!!! Thirouin explicó entonces que la Biblia miente, algo que debía saber de primera mano siendo Dios, y que la Tierra volverá a ser un Jardín del Edén si se aplica la reforma fiscal y de los seguros sociales que él proponía.

Falleció en 1944 (ignoro si antes, durante o después de que los Aliados en la Segunda Guerra Mundial redujeran el pueblo a escombros a punta de bombardeos, porque Falaise estaba dentro de la zona directa de ocupación nazi). Por increíble que parezca, Thirouin alcanzó a tener seguidores. Una treintena, más o menos, que son incluso menos que los seguidores que tiene este blog Siglos Curiosos, lo que bien pensado es algo penoso para alguien que es nada menos que... ¡Dios! Y todos esos seguidores estaban en la zona de Falaise, por supuesto, que nadie le hizo mucho más caso afuera... y por la falta de referencias sobre el personaje en Google, es poco probable que dicha, er... confesión religiosa... haya sobrevivido hasta nuestros días.

jueves, 9 de junio de 2011

El árbol de Lyautey.



El militar francés Louis Hubert Lyautey tuvo una destacada carrera bélica aporreando razas inferiores en nombre del colonialismo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Luego de que se estableciera el protectorado francés sobre Marruecos en 1912, fue nombrado Residente General, el primero en su cargo, puesto que ejerció hasta su retiro de la vida militar activa en 1925; en 1921 había alcanzado el grado de mariscal de Francia. No se puede decir que Lyautey (que, dicho sea de paso, llegó incluso a ocupar un sillón en la Academia Francesa) fuera un burócrata flojonazo y de mente simple: de hecho le gustaba visitar e inspeccionar personalmente hasta los más lejanos puestos militares de su protectorado para cerciorarse de que todo marchaba en orden. Y en uno de estos puestos transcurre la anécdota que reproducimos en Siglos Curiosos, puesto al que Lyautey había llegado y se había quedado impresionado de que no hubiera un solo árbol. El mariscal exigió entonces que se plantara algún árbol. Al tiempo regresó, y se encontró con el mismo panorama desolado y desolador.

-- ¿Por qué no han iniciado ninguna siembra? -- le espetó entonces al comandante del puesto militar.

-- ¡Mariscal! Envié muestras de la tierra al laboratorio agronómico de Casablanca, para averiguar qué especies convendría plantar aquí, y me respondieron que era inútil, porque cualquier cosa sembrada en este lugar tardaría cien años en dar fruto.

La respuesta de Lyautey no puede ser más directa y lógica:

-- ¿Cien años? ¡Con mayor razón todavía! No hay tiempo que perder.

jueves, 12 de mayo de 2011

Compre usted su Legión de Honor.



La Legión de Honor es probablemente una de las más preciadas condecoraciones del mundo, inflada de paso por ese sentido de la pomposidad que sólo los franceses parecen ser capaces de conseguir. Su lema "Honneur et Patrie" ("Honor y Patria") recuerda subliminalmente que la Legión de Honor fue creada por Napoleón Bonaparte no para recompensar a la nobleza, sino como una condecoración democrática que pudiera en principio dársele a todo el mundo en premio a sus méritos. Por ello, el escándalo del tráfico de esta condecoración a finales del siglo XIX conmocionó tanto a una sociedad francesa tan dada a dar una imagen autosuficiente y pagada de sí misma.

Francia vivía por ese entonces los cálidos días de la Tercera República, instaurada después de la caída de Napoleón III en la Guerra Franco-Prusiana, y caracterizada por un cierto estancamiento social, en donde los políticos se dedicaban a destrozarse mutuamente con saña sin que la sociedad francesa sufriera eventos tan radicales como la revolución de 1789 o la guerra de 1870. Jules Grévy era Presidente de Francia desde 1879, el primero más o menos republicano (sus antecesores habían sido monarquistas tratando de derribar la república, aunque sin éxito), y fue a la relección y obtuvo un segundo período en 1885. Para su desgracia, eso lo puso en la línea de fuego de lo que se iba a venir. Porque pronto llegó a la prensa la noticia de un posible tráfico de condecoraciones.

Resulta que el principal involucrado en el tráfico era un tal Daniel Wilson, que era sobrino de Jules Grévy precisamente, y que a la sazón era diputado. Grévy fue sometido a desafuero y de hecho se le privó de su inmunidad parlamentaria el 17 de noviembre de 1887, aunque la cosa por el minuto no llegó a mayores. Peor le fue al Jefe del Estado Mayor de Francia, que debió pagar 3000 francos de multa. El conde D'Andlau, un senador, fue condenado por contumacia a tres años de prisión y 3000 francos de multa. Los enemigos políticos de Jules Grévy aprovecharon la ocasión para ir a por el tío a cuenta de la conducta del sobrino, y lo presionaron de tal manera que éste acabó por renunciar el 2 de diciembre de 1887 (fallecería en 1891, a los 84 años). En cuanto a Wilson, parecía salvarse por el minuto, pero no le duraría demasiado.

El 16 de Febrero de 1888 comenzó el juicio contra Daniel Wilson, que duró hasta el 1 de Marzo, acusado de ofrecer a un industrial la Cruz de la Legión de Honor por 25.000 francos. Fue condenado por estafa (ya que no estaba en posición de ofrecer tal distinción, a pesar de lo cual había obtenido pago por ella) a dos años de prisión y 3000 francos de multa, además de la privación de derechos civiles por cinco años. Wilson apeló, y a finales de marzo había conseguido ser absuelto por un tecnicismo: existía un vacío legal sobre la materia, por lo que en sentido legal no había delito, y por tanto no cabía condena. En 1889 se remedió esto: el artículo 177 del Código Penal de Francia pasó a incorporar como delito el recibir dinero por condecoraciones, distinciones, recompensas o funciones. En cuanto a Wilson mismo... fue reelegido para su cargo parlamentario. Pareciera que estos franceses no tienen remedio...

domingo, 8 de mayo de 2011

Catherine Théot la Madre de Dios.

Que un mesías reclame ser Jesucristo suele ser lo habitual, a lo menos en el contexto cristiano (porque hay mesías que han reclamado mesianismo fuera del Cristianismo, en el contexto judío, e incluso musulmán). Que un mesías reclame ser el mismísimo Dios, es algo más raro. Pero que un mesías mujer (porque la mayor parte de los mesías autoproclamados son hombres) reclame ser la MADRE de Dios, es algo que rompe casi todos los moldes. Y eso fue exactamente lo que hizo Catherine Théot.

Aunque asociada con la Revolución Francesa, Catherine Théot ya estaba en activo en los últimos tiempos del Antiguo Régimen. La Théot aparentemente tenía alucinaciones místicas, y además se mortificaba en un ascetismo exagerado. O sea, la empanada mental idónea para llegar a la convicción de que ella era la Madre de Dios (parece ser que no como la Virgen María, sino que literalmente... la Madre de Dios, así como suena). Por supuesto que predicando un credo de esta naturaleza, Catherine Théot acabó enfrentándose a la Iglesia Católica, a la que acusaba de ser "ministros de la serpiente" y otras lindezas.

Cuando sobreviene la Revolución Francesa, la Madre de Dios no se mantendrá ajena a los acontecimientos, y junto con sus seguidores (porque, delirante y todo, la mujer ha conseguido reunir a gente dispuesta a comprarle el ticket) apoyará fervientemente a Robespierre. Irónicamente, pero de manera un tanto esperable, Robespierre jugará la carta de la ambigüedad con Catherine Théot. Después de todo, aunque recibe apoyo de ella, no es menos cierto que está tratando de instaurar el Culto a la Diosa Razón, y el apoyo de la Madre de Dios lo pone en aprietos para su programa religioso. Eso, sin contar con que le da pretexto a sus adversarios políticos para acusarle de estar fraguando un complot místico para apoderarse de Francia. Los más exaltados incluso acusan a Catherine Théot de estar en conveniencia con William Pitt el Joven, el Primer Ministro de Inglaterra, la patria enemiga jurada de Francia. En plena efervescencia política como la vivida en la Revolución Francesa, ya se pueden hacer la idea de qué significaban tales acusaciones, por mucho que en lo grueso fueran calumnias sin mayor fundamento.

El caso es que Catherine Théot acabó con sus huesos en la cárcel, aunque Robespierre en persona se encargó de salvarla del cadalso. Pero debió juzgar que su grupi era menos peligrosa en prisión, porque ahí se quedó la Madre de Dios. De manera un tanto escalofriante, Catherine Théot anuncia que se producirá una catástrofe el día de su muerte, lo que sucede finalmente en la cárcel de Plessis, el 1 de septiembre de 1794. Y en dicho día justamente, macabra coincidencia ésta (¿o no...?), el polvorín de Grenelle explota. Para los cuatro sonados que aún siguen a la Madre de Dios incluso en la ultratumba, esto es una señal, y comenzarán a esperar pacientemente que ella resucite de entre los muertos para imponer el Reino de su Hijo...

domingo, 12 de diciembre de 2010

La moda de los acuchillados.

Algunas batallas en la Historia son claves para el curso de la Humanidad. Pensemos por ejemplo en Salamina (480 a.C.), el Río Yermak (636 d.C.) o Normandía (1944). Otras, sin llegar a tanto, tienen consecuencias políticas de largo plazo, como Kadesh (1295 a.C.), Poitiers (1346 d.C.) o Waterloo (1815). Pero de muy pocas batallas se podría decir que, además de otras posibles influencias, ayudaron a cambiar la historia de... la moda.

La siguiente anécdota tiene como protagonista, más o menos, a Carlos el Temerario. En el siglo XV, el área comprendida entre los Pirineos y el Rin estaba disputada por tres grandes potencias: el Reino de Inglaterra, el Reino de Francia y el Ducado de Borgoña. Derrotada Inglaterra después de 1453, quedaron Francia y Borgoña frente a frente. Cuesta imaginárselo hoy en día, pero ambas naciones eran potencias de peso más o menos similar, y no es impensable, mirado en retrospectiva, que Borgoña hubiera acabado asimilando a Francia, en vez de al revés (los dominios de Carlos comprendían la Borgoña misma, al este de Francia, pero también los Países Bajos y el actual norte de Francia, conectados por Luxemburgo y Lorena).

A resultas de varias vueltas políticas, el duque Carlos el Temerario, señor de Borgoña, se vio involucrado en la Batalla de Nancy, el 5 de Enero de 1477. La batalla le fue terriblemente desfavorable, y de hecho, el cuerpo de Carlos apareció tres días después, entre los cadáveres. En los hechos, Francia prácticamente se incorporó Borgoña, aunque debió contenderla durante un tiempo con las pretensiones del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero volviendo a la batalla, resulta que los mercenarios suizos que se arrojaron sobre las tropas borgoñonas, celebraron su victoria rasgando con cuchillos las tiendas, los estandartes y las vestimentas del ajuar de Carlos y sus tropas. El resultado estético debió gustarle a alguien, porque esas ropas rasgadas y que por lo tanto dejaban ver el forro, pasaron a ser la moda en toda Europa. De hecho, a ese estilo renacentista de rasgar (ahora con intención) la tela de una prenda para dejar ver el forro, o una tela diferente, se lo llama "acuchillado".

Ayudó que en la época de Carlos el Temerario, Flandes (parte de sus dominios) era uno de los más importantes centros culturales de su tiempo, y eso contribuyó a la rápida difusión de la moda. El acuchillado es omnipresente en buena parte de los retratos de lo que quedó del siglo XV, y prácticamente todo el siglo XVI, como ustedes mismos pueden ver por su cuenta en las pinturas de la época (fíjense en las imágenes, cuando se ve una tela distinta como en una especie de pliegue de la tela exterior dominante, típicamente en las hombreras). Acabaría por desaparecer únicamente al llegar el Barroco, época en la que la vestimenta experimentó un período de sencillez en que los acuchillados fueron vistos como una ostentación lujosa e inútil. Luis XIV traería la ostentación de regreso, pero no los acuchillados.

domingo, 22 de agosto de 2010

La minuciosidad de la etiqueta en Versalles.


En la persona de Luis XIV, el protocolo alcanzó unos niveles de manía exacerbados. Se había escapado de París para construirse su propio universo en Versalles, del cual era por supuesto el Sol principal. No en balde se le llamaba el Rey Sol. Pero alrededor del Rey Sol no bastaba que hubiera constelaciones: cada una de ellas debía estar correctamente en su sitio. Toda la vida en Versalles estaba reglada desde la madrugada hasta la madrugada siguiente, con precisión de minutos, y de segundos no porque los relojes aún no eran tan precisos. La vida en Versalles debía ser simplemente perfecta, ni un punto menos.

Una muestra de esto se encuentra en su maniática regulación sobre las fuentes y piletas. Luis XIV había hecho del "paseo por las fuentes" un punto de referencia obligado para todos los diplomáticos que lo visitaban en su palacio. Una ordenanza de 1672 decía al respecto: "El Rey desea que las fuentes funcionen siempre en el siguiente orden cuando Su Majestad llegue a Versalles; cuando El no lo desee, lo mandará decir. Cuando Su Majestad llegue por la calle del estanque, el maestro fontanero cuidará de poner agua: en la Pirámide, en la "Allée d'eau" y en el Dragón y tomará las medidas con tanta exactitud que estas fuentes estarán en su plenitud cuando Su Majestad esté situado en el punto visual del extremo de la calle. Cuando llegue Su Majestad, desea que las fuentes del Patio, de la Terraza y de la Sirena estén en función de su llegada. Como la fuente del Pabellón no puede funcionar si no se detiene la de la Pirámide, el sirviente fontanero encargado de estas dos fuentes cuidará de no parar la Pirámide hasta que Su Majestad haya entrado en la pequeña avenida del Pabellón, para que funcione antes de que Su Majestad la pueda ver"...

Pero quizás el mejor ejemplo de esto sea la siguiente anécdota. Es apócrifa, como la mayor parte de estas anécdotas, pero tiene el mérito de reflejar lo que era un poco la vida minuciosamente reglada de Versalles. Un buen día, al levantarse y vestirse, uno de los ayudantes de Luis XIV se retrasó algunos minutos. Cuando llegó, se llevó una furibunda reprimenda del Rey, que le increpó:

-¡¡¡He tenido que ESPERAR!!!

domingo, 4 de julio de 2010

A la pobre Edith Cresson nadie la comprende...


Cuando se piensa en una "mujer política" hoy en día, se suele aludir por ejemplo a grandes líderes inspiracionales como Margaret Thatcher, Indira Gandhi o Benazir Bhutto (o Michelle Bachelet, ya puestos), todas personalidades con apoyos y detractores, pero a los que nadie negaría el haber impreso su impronta en sus respectivos contextos políticos. Sin embargo, las mujeres no son menos susceptibles que los hombres para chafarla, y así como por cada grande como John Kennedy hay un zopenco como George W. Bush, también por cada Ségolène Royal hay una Edith Cresson.

Edith Cresson nació en 1934, y desarrolló toda su carrera al alero de su amistad y servicio hacia François Mitterrand (Presidente de Francia entre 1981 y 1995). Gracias a esto, Edith Cresson consiguió ocupar varias carteras ministeriales (Agricultura, Comercio Exterior, Industria, Asuntos Europeos). En 1991 fue nombrada Primera Ministro de Francia, la primera mujer en llegar a ocupar dicho cargo. La jugada no salió bien, porque Edith Cresson no se caracterizaba por sus grandes dotes de liderazgo, de manera que duró diez meses en su cargo. Parte importante de su descrédito se le debe a algunas muy poco afortunadas declaraciones. En una de ellas apuntó a que uno de cada cuatro británicos era homosexual. En otra, declaró que los japoneses le debían el éxito económico a sus cualidades de hormiga. Cuando finalmente fue derribada... mejor le cedo la palabra a la revista Time (edición en inglés del 29 de marzo de 1999, la traducción al español es cortesía de vuestro seguro servidor el General Gato): "Con su característica falta de autocrítica, Cresson culpó su caída a un 'macho plot'" (se puede traducir como "complot machista", aunque pierde la gracia en la traducción).

Aún así, la carrera de Edith Cresson continuó adelante, siempre respaldada por Mitterrand. En 1994, éste nombró a Cresson como uno de los dos delegados a la Comisión Europea. Nada más llegar a Bruselas, exigió como antigua Primera Ministra de Francia que se le diera una de las dos vicepresidencias como la única posición digna de su rango. Acabó relegada a supervisora de Investigación, Educación y Entrenamiento, lo que significaba en términos prácticos que se deshicieron de ella. Se mostró falta de preparación y prepotente con todo el mundo. La guinda de la torta fue mandar llamar a René Berthelot como asesor científico personal, para coordinar programas de investigación sobre el SIDA, aunque en las 24 páginas de documentación oficial que éste después le escribió a ella en los dos años siguientes, apenas se refiere al tema. ¿Y quién era este René Berthelot? Pues, su dentista personal.

Con semejante funcionaria en puestos de responsabilidad, no es raro que hayan comenzado a surgir numerosas sospechas de fraude. Berthelot fue incluso sometido a una investigación criminal en toda regla, aunque finalmente el procedimiento no siguió adelante. Por supuesto que Edith Cresson estaba bajo fuego de todas partes, y acabó saliendo de su puesto en 1999. Alain Duhamel, un comentarista político, afirmó de Edith Cresson: "Ella no es realmente deshonesta, pero es increíblemente inepta ['maladroit']. Ella atrae hostilidades y enemigos dondequiera que va"... Hasta el momento de este posteo nunca ha pedido disculpas por nada, aunque todavía está viva así es que quien sabe, y las investigaciones pendientes sobre ellas acabaron por ser archivadas.

jueves, 22 de abril de 2010

Le pantalon rouge c'est la France!

Prepararse para una guerra implica no sólo diseñar estrategias militares para afrontar al enemigo, sino equipar a las tropas con uniformes, armas y el apoyo logístico necesario para que hagan lo que se espera que hagan (ganar la guerra, leñe). Pero a veces, el tradicionalismo mal entendido juega en contra de esta preparación militar. Un catastrófico ejemplo lo sufrió Francia, relativo a su uniforme militar, durante la Primera Guerra Mundial. A la fecha, el uniforme militar francés era una casaca azul y un pantalón rojo, además de su quepis como gorro. Azul y rojo, huelga decirlo, son los colores patrios de Francia, y los soldados se sentían muy orgullosos de ellos. Y no sólo ellos, sino también los numerosos exaltados nacionalistas que eran una peste sobre la Europa anterior a 1914 (ya vendría la Primera Guerra Mundial a ponerlos en su lugar).

Durante la Guerra de los Balcanes, conflictos militares que fueron preludio a la hecatombe general de 1914-18, el francés Adolphe Messimy observó que los uniformes búlgaros eran de color parduzco, y éstos les proporcionaban un buen camuflaje frente al enemigo. No es que los búlgaros fueran excéntricos: al mismo tiempo los británicos, después de su dura experiencia en la Guerra de los Bóers, habían adoptado un uniforme color caqui, mientras que los alemanes, por su parte, habían cambiado el azul por el gris. La idea del uniforme militar de varios colores (patrios se entiende, claro) databa de los comienzos de los ejércitos nacionales, en que vestirlos con los colores de la nación era una manera de mejorar el esprit de corps. Pero durante el siglo XIX la tecnología militar había avanzado lo suficiente como para que el combate fuera a distancias cada vez mayores, y por lo tanto, la influencia del espíritu de cuerpo tendía a difuminarse, y cobraba mayor importancia que los soldados fueran lo más invisibles que se pudiera, frente al enemigo dispuesto a tirotearlos a la primera ocasión. Adolphe Messimy llegó a ser ministro de guerra en Francia, y en 1912 propuso que se reemplazara el uniforme francés por uno nuevo, de color gris verdoso. Por cierto, dicho sea de paso, Messimy tenía instrucción y carrera militar, la que había dejado para ingresar a la política, por lo que no era precisamente un aficionado en la materia.

La propuesta de Messimy fue abucheada masivamente. La prensa le atacó con virulencia. El diario "Echo" de París publicó: "prohibir todos los colores vivos, todo lo que confiere a los soldados su aspecto marcial, es ir contra el gusto francés y contra la función militar". Pero fue en el Parlamento en donde se le asestó al proyecto una estocada mortal, cuando Eugène Étienne (ministro de defensa de Francia en dos ocasiones) dijo: "¿Eliminar los pantalones rojos? ¡Jamás! ¡Los pantalones rojos son la Francia" ("Le pantalon rouge c'est la France!"). Ni el quepis aceptaron cambiar, y los funestos resultados se hicieron presentes en 1914, cuando los alemanes le infligieron horrendas bajas a los franceses, haciendo deporte del dispararle al pajarraco rojiazul. Al final, reluctantemente, los franceses aceptaron cambiar su uniforme por un azul horizonte, que seguía teniendo el color patrio, y que en sí mismo no era un prodigio de camuflaje, pero debido al barro y la suciedad de las trincheras, acababa por cumplir con su cometido de camuflar a los hombres de la sufrida Armée de terre.

El quepis fue otra piedra de tope. Había llegado para reemplazar al chacó, el estridente gorrito cilíndrico de la época napoleónica, y eso debido a que en la conquista de Argelia (1830), el quepis era mucho más fresco, ligero y apropiado para el clima desértico a pleno sol. El quepis se extendió también por otros ejércitos (en Chile, los gorritos ésos que usaron los soldados de la Guerra del Pacífico eran quepis, precisamente). Pero lo que era bueno en el Africa del XIX no lo era en la Europa del XX, en particular después de que creciera el peligro de la metralla en el campo de batalla. Y también durante la Primera Guerra Mundial, y por los mismos motivos que con el uniforme, los franceses tuvieron que tragarse el orgullo nacional, y acabaron por cambiar su uniforme por el casco metálico que asociamos con fuerza mayor a la guerra del siglo XX.

jueves, 18 de febrero de 2010

La decisión de mudarse a Versalles.


Una de las decisiones capitales en el gobierno de Luis XIV, fue mudarse a Versalles. La motivación es bastante obvia. En la década anterior, la monarquía había pasado graves apuros debido a la rebelión de la Fronda... bueno, en realidad dos rebeliones, la primera de ellas un alzamiento del populacho de París, y la segunda promovida por la nobleza. Ambas Frondas se escudaban en el descontento que generaba el gobierno del Cardenal Mazarino (favorito de Luis XIV, y verdadero poder efectivo de Francia), pero más en lo profundo, y en particular en la Fronda de los nobles, estaba presente el intento de éstos por imponerse a una Corona cada vez más centralizada, y que por supuesto, significaba restarle poder, privilegios y prerrogativas a éstos. Ambas Frondas habían sido ahogadas en sangre, pero Luis XIV no estaba dispuesto a seguir permaneciendo en París, a merced de nuevos disturbios.

De esta manera, cuando Mazarino murió en 1661 y Luis XIV pudo tomar efectivamente las riendas del Estado, una de sus primeras decisiones fue sacar el Gobierno de París. Eligió para ello un pabellón de caza en las afueras de la ciudad, concretamente la diminuta aldea de Versalles (en la época Versalles estaba fuera de París, pero con el crecimiento urbano de la ciudad a partir del siglo XIX, ahora es en realidad un barrio más de la Ciudad Luz). Luis XIV iba a mandar desecar los pantanos, y construir allí un nuevo Palacio, el Palacio de Versalles precisamente, que sería a la vez una residencia real con toda la ampulosidad que el poder regio necesita para promoverse, y por la otra, una base de operaciones para un Gobierno eficiente y centralizado, un Estado moderno en el más amplio sentido de la palabra.

La idea no era nueva. Mazarino, quien había tenido que lidiar con los insurrectos, había barajado en su minuto trasladar el gobierno a la fortaleza de Vincennes. Pero la idea disgustaba a Luis XIV. En primer lugar no le parecía digno de su gobierno (ni de su vanidad) tener que esconderse detrás de muros en su propio país. En segundo lugar, estaba organizando a marchas forzadas un nuevo y moderno ejército, y con éste tendría el poder necesario para evitar ataques contra su Palacio. Con todo, la mudanza fue criticada. Colbert, el eficaz y meticuloso ministro de finanzas de Luis XIV, lo consideraba un derroche de dinero que en nada ayudaba a "la grandeur de la France". Escribía Colbert: "Versalles está hecho para la diversión, París para la gloria, y el rey están en manos de dos hombres que lo conocen casi únicamente en Versalles, es decir, en el placer y la diversión, y no conocen su necesidad de gloria". Estos "dos hombres" a los que alude Colbert, eran Le Vau el arquitecto, y Le Nôtre el jardinero...

Con todo, a la larga, la decisión de mudarse a Versalles ayudó notablemente a la eficiencia gubernamental, así como al fasto monárquico, y por lo tanto, fue una piedra angular de la consolidación del Absolutismo en Francia. No en balde, en Octubre de 1789, cuando en los inicios de la Revolución Francesa se comenzó a trabajar en la creación de una Monarquía Constitucional que limitara el poder real, una de las primeras amenazantes demandas de la plebe fue que Luis XVI se mudara de regreso desde Versalles a París...

domingo, 3 de enero de 2010

El primer visitante extraterrestre en la Tierra.


Muchas veces se ha insistido que nuestras actuales sagas épicas del cine, la televisión y las novelas (Star Wars, Star Trek, Mátrix, El Señor de los Anillos, etcétera) son la continuación de las viejas historias mitológicas por otros medios. En muchos sentidos, esto es cierto. Las historias de robots, por ejemplo, fueron preludiadas por las historias mitológicas sobre seres humanos artificiales, forjados en metal como el caso de los asistentes mecánicos de Hefaistos (el dios griego de la metalurgia), o construidos a partir del barro, como es el caso del golem. Por eso, puede resultar un tanto sorprendente que las historias de visitantes extraterrestres a la Tierra sean mucho más recientes. Tanto, que el primer visitante extraterrestre en la Tierra es un jovencito de apenas dos siglos y medio, una nada frente a la venerable edad de la Biblia, la Ilíada o el Ramayana.

En efecto, el primer visitante extraterrestre en la Tierra, el ancestro más lejano de E.T., del Depredador o de Klaatu y Gort, se llama Micromegas, y es el protagonista de un relato del escritor francés Voltaire. Este era, recordemos, uno de los decididos defensores de la Ilustración, en el siglo XVIII, y compartía su tiempo entre sus jugueteos con la Filosofía, y unos escritos satíricos en donde les descargaba fieros martillazos a los poderosos de su tiempo. De hecho, Voltaire se hizo tan indeseable a la Iglesia Católica, que obtuvo el raro privilegio de que su obra entera, tanto presente como futura, fuera condenada de una a caer en el Index (lo usual era que la condena fuera obra por obra, no al corpus literario de un escritor como un todo). En su "Micromegas", Voltaire crea a un personaje que es un nativo de la estrella de Sirio, y que siendo un gigante de enorme tamaño, viaja a la Tierra, espoleado por su afán de saber sobre el universo. Luego de trabar amistad con un nativo de Saturno, juntos llegan a la Tierra. "Micromegas" no es excesivamente largo, y termina con el héroe (cuyo nombre es un compuesto de las palabras griegas para "pequeño" y "grande") teniendo una muy erudita conversación con un grupo de filosófos que, como de costumbre en la obra volteriana, acaban por hacer el ridículo más absoluto cuando pomposamente buscan defender rebuscados e imposibles sistemas filosóficos.

Más allá del elemento satírico, Voltaire parece no advertir que acaba de crear una nueva especie de turista: el visitante extraterrestre de paseo por la Tierra. Había literatos antiguos que habían escrito antes sobre extraterrestres, en particular sobre la especie más próxima a la de nosotros, la de los selenitas (después se probó que en la Luna no había vida, y los selenitas desaparecieron de la Literatura). Estos fueron descritos por el griego Luciano de Samosata en el siglo II, por Kepler a comienzos del XVII, y en años algo posteriores por Cyrano de Bergerac, antes que Voltaire creara a su Micromegas. Pero en todos ellos, eran los humanos quienes viajaban a la Luna y se encontraban con los selenitas, no al revés. Por alguna razón, en algunos de estos relatos los selenitas se encontraban en guerra con los solarianos (los habitantes del Sol), sin que se explique cómo es que ellos tenían la tecnología para surcar el éter, y jamás hayan pensado en poner un pie en la Tierra antes, utilizando esa misma tecnología.

Por otra parte, las historias de criaturas no humanas descendiendo a la Tierra no son nuevas, como lo prueba el conocido eslogan New Age de "ángeles ayer, extraterrestres hoy". Se encuentran incluso en la Biblia, en el célebre capítulo de los nefilim, los hijos de Dios que descienden para aparearse con las hijas de los hombres y engendran a los héroes, los "hombres famosos de la Antigüedad". Pero lo que falta en este caso es el elemento, podríamos decir, extraplanetario. En las cosmovisiones antiguas, no existían otros planetas, o éstos eran apenas puntos de luz o fogatas en el cielo. No se esperara que albergaran vida. Incluso en tiempos tan recientes como el Renacimiento, decir que los planetas podían ser cuerpos celestes semejantes a la Tierra podía llevarte a la hoguera (como de hecho le pasó a Giordano Bruno en 1600, por estas y otras afirmaciones que la Iglesia Católica consideró como intelectualmente terroristas). Aunque parezca de perogrullo decirlo, no podía pensarse en visitantes extraterrestres a la Tierra, antes de que se pensara en planetas fuera de la Tierra que pudieran albergar esa vida extraterrestre. Y por eso, es Micromegas quien debe adjudicarse el honor de ser la primera criatura extraterrestre que visita nuestro planeta.

domingo, 25 de octubre de 2009

Los arqueros ingleses barren a los caballeros franceses.


La Batalla de Crécy, en el año 1346, fue un evento mayor no sólo dentro de la Guerra de los Cien Años en que se libró, sino también de la evolución de las tácticas militares, ya que marcó el comienzo del fin para la caballería medieval. Desde la época de los francos que una cada vez más perfeccionada caballería se había transformado en el arma definitiva sobre los campos de batalla, y sobre las espaldas de su poder militar se había construido el sistema feudal entero. Pero los franceses estaban por descubrir, muy a su pesar, que eso iba a cambiar.

Apenas estallada la guerra se había librado la Batalla de las Esclusas, en la que la flota francesa había sido arrasada, alejándose para siempre el peligro de una invasión militar francesa a las Islas Británicas, pero el rey Eduardo III de Inglaterra, crónicamente escaso de numerario, había sido incapaz de aprovechar su triunfo. Finalmente se decidió a atacar a Francia, pero, incapaz de costear un ejército de caballeros (el alimento de los caballos y la forja y mantención de las armaduras tenían un costo prohibitivo), hubo de confiar en los arqueros de tiro largo. La decisión no era mala: los arqueros ingleses ya habían demostrado su valía ayudando a batir a los infantes escoceses en 1332 y 1333, y a los ballesteros flamencos en 1337. En escaramuzas previas, los franceses mismos habían recibido la mordida de la nueva estrategia militar inglesa. Pero el conservadurismo táctico francés pudo más.

Los 12.000 arqueros ingleses de Eduardo III se alinearon en una suave colina, con los flancos protegidos, aunque no tanto que fueran invulnerables a una maniobra de tenazas. Felipe VI de Francia, por su parte, mandaba a un ejército bastante heterogéneo, en el que también integraban ¡los reyes de Navarra, Bohemia y las Islas Baleares! (quizás tampoco fuera buen presagio que Bohemia fuera regida en esos años por un tal Juan el Ciego...). Aún así, Felipe VI podía oponer 12.000 caballeros, sin contar a la chusma de a pie, además de 5.000 ballesteros genoveses. Es decir, por puros números, los caballeros de Felipe VI deberían haber ganado la batalla.

Pero los caballeros franceses, todos ellos nobles y todos ellos orgullosos, desdeñaron la posibilidad de usar la táctica y prefirieron el asalto frontal. Desdeñaron también a los ballesteros genoveses, que hubieran podido contestar fuego contra fuego sobre los arqueros ingleses, y que no sólo habían marchado 18 horas seguidas, sino que además, tenían mojadas las cuerdas de sus ballestas. Apenas divisado al enemigo, los belicosos caballeros franceses decidieron atacar, colina arriba, no sólo sin haber descansado, sino incluso sin que la retaguardia hubiera alcanzado aún a la vanguardia. Los ballesteros genoveses avanzaron, pero su descarga se quedó corta: los arqueros ingleses contestaron con sus propias flechas, y causaron estragos entre los pobres ballesteros. Estos trataron de retirarse, pero fueron los propios caballeros franceses, con Felipe VI mismo gritando "¡Me maten a esos canallas, que nos entorpecen el paso y no sirven para nada!", quienes les cerraron el paso y empezaron a atropellarlos, perdiendo en esto todo el brío de un ataque frontal. Desorganizados, y ahora bajo fuego de los arqueros ingleses, los caballeros franceses intentaron cargar, sin orden ni cohesión, y sin contar con un pequeño detalle: sus armaduras no eran tan gruesas como para impedir que las puntas de la flechas inglesas, lanzadas con fuerza, pudieran traspasarlas. Quince veces a lo largo del día cargaron los franceses, y quince veces fueron rechazados. La masacre fue tan absoluta que, según algunos calculan, cerca de la tercera parte de toda la nobleza de Francia fue barrida en ese único día, sobre el campo de batalla.

Increíblemente, los franceses nada aprendieron de esto. En 1356, en la Batalla de Poitiers (otra más, no aquélla en que Carlos Martel derrotó a los árabes en 732, valga la nota), el rey francés decidió que los caballeros luchaban mejor a pie (¡¡!!) y les ordenó desmontar para cargar contra los arqueros ingleses. Nueva derrota, por cierto. En fecha incluso tan lejana como 1415, en la Batalla de Azincourt, los caballeros franceses volvieron a incurrir en el mismo error, y se ganaron una nueva y más que bien merecida derrota. La edad dorada del arquero, el piquero y el ballestero se prolongaría así durante unos dos siglos, desde Crécy hasta las guerras de Carlos V, en que nuevas innovaciones, principalmente las armas de fuego, cambiarían una vez más el mapa de la guerra.

domingo, 18 de octubre de 2009

La caída en desgracia de Fouquet.


Nicolas Fouquet (1615-1680) fue el Superintendente de Finanzas de Luis XIV. Vale decir, en otras palabras, el hombre que administraba sus dineros. Nacido en la nobleza, su posición con los años se fue fortaleciendo cada vez más. En 1653, bajo el gobierno del Cardenal Mazarino (Luis XIV ya era rey de Francia, pero en los hechos era Mazarino quién tenía la última palabra sobre todo), pidió y obtuvo para sí la superintendencia en cuestión. En los años siguientes, y de manera un tanto sospechosa, la fortuna personal y los gastos extravagantes de Fouquet se incrementaban, al tiempo que las finanzas del reino eran cada vez más confusas y inoperantes. Miren qué coincidencia, ¿eh?

En 1661 falleció el poderoso Mazarino, y Fouquet vio llegada su oportunidad. Desde inicios de siglo que Francia había estado realmente en manos de los validos: Richelieu primero y Mazarino después. ¿Por qué no iba a haber un tercer valido después de los dos? Para asegurarse la posición, Fouquet invitó a Luis XIV, a la reina madre, a la corte de París (en esa época no existía aún el Palacio de Versalles) y a Luisa de La Vallière (amante oficial del rey) a una fiesta, a celebrarse el 17 de Agosto de 1661. Fouquet no escatimó gastos. La cena estaba a cargo de Vatel, uno de los más reputados gastrónomos de todos los tiempos, de cuyo perfeccionismo se dice que se suicidó en una ocasión en que un pescado no llegó a la mesa a tiempo. El ballet que se presentó fue compuesto, nada más y nada menos, que por el gran dramaturgo Molière, escenificado por el pintor Le Brun, y con música del compositor Jean-Baptiste Lully, todos ellos la crème de la crème del arte francés de su tiempo. Hubo también fuegos artificiales, y magníficos regalos para los presentes. El derroche que Fouquet hizo en aquella jornada, se hizo legendario.

¿Qué pretendía Fouquet con todo esto? ¿Congraciarse con el rey y conseguir el nombramiento? ¿Amenazarlo veladamente con su propio vasto poder económico? En cualquier caso, el tiro salió mal. Luis XIV había pasado por la muy traumática experiencia de la Fronda, una revuelta en la que los nobles habían estado cerca de aherrojar a la monarquía de la misma manera en que los ingleses le habían impuesto un Parlamento a su Rey, y no estaba dispuesto a dejar que le atropellaran de esa manera (¡o peor aún, le derrocaran!) una panda de nobles insurrectos que se consideraban en más que su propio monarca. En vez de agradarse con el homenaje, o de sentirse intimidado, Luis XIV concibió un sordo resquemor contra Fouquet, que fue determinante en su caída. Tres semanas después, de manera casi subrepticia, Fouquet fue arrestado por el capitán D'Artagnan (en este D'Artagnan histórico se inspiró Alejandro Dumas, siglo y medio después, para escribir "Los tres mosqueteros"). Pasó todo el resto de su vida (casi veinte años, según los registros oficiales) en prisión. Y murió en ella, claro está.

Hasta el día de hoy, los eruditos no consiguen despejar de dudas un misterio adicional respecto de Fouquet: en su misma prisión y más o menos en la misma época que él, apareció el "Hombre de la Máscara de Hierro". Alejandro Dumas, en su historia "El vizconde de Bragelonne" (tercera parte de la saga iniciada con "Los tres mosqueteros"), le hace el hermano gemelo de Luis XIV. Se ha supuesto que el Hombre de la Máscara de Hierro sería el propio Fouquet, o bien uno de sus sirvientes. En cualquier caso, si bien parece haber una conexión entre ambos personajes, la naturaleza de la misma es algo que permanece en el misterio.

jueves, 15 de octubre de 2009

Le Nôtre el jardinero de Versalles.


André Le Nôtre (1613-1700) fue sin lugar a dudas una de las más reputadas personalidades en la Francia de Luis XIV. Nada mal... para un jardinero. Aunque no uno cualquiera. Le Nôtre fue el hombre responsable de que los jardines del Palacio de Versalles tuvieran su aspecto definitivo. Como una muestra, digamos que antes de Le Nôtre estaban de moda los jardines a la italiana. Después de Le Nôtre se pusieron de moda los jardines "à la française". El propio Le Nôtre, después de un viaje a Italia, había dicho: "Los italianos no poseen jardines como los nuestros; ignoran absolutamente el arte de realizarlos"...

Le Nôtre fue un descubrimiento de Nicolás Fouquet, el inefable superintendente de finanzas de Mazarino. A partir de 1857, Le Nôtre empezó a trabajar para él. Pero cuando Mazarino murió y Fouquet cayó en desgracia, en 1661, y a sabiendas Luis XIV de que Fouquet gustaba rodearse con lo mejor, no perdió tiempo en reclutar al jardinero. De esta manera, Le Nôtre se vio de cabeza trabajando nada menos que en Versalles, que por esos años recién empezaba a ser levantado sobre los pantanos que antes había en el lugar.

Obviamente, los encargos a Le Nôtre se hicieron interminables. Así, se vio trabajando para el duque de Orléans, para el Gran Condé, para Colbert, para Madame de Montespan (la amante del rey), para el ministro de guerra Louvois... Además, Luis XIV lo contaba casi como parte del inventario, así es que arreglaba lo que podríamos llamar su "préstamo" como gracia a monarcas extranjeros ansiosos de tener jardines "a la francesa". En 1662, Le Nôtre prestó servicios a Carlos II de Inglaterra. En 1698, como parte de los arreglos de paz entre Luis XIV y Guillermo III de Inglaterra, tuvo que volver a ese país a prestar servicios...

De Le Nôtre se afirma que una vez Luis XIV, deseoso de ennoblecer a su producto nacional en materias de jardinería, le habría preguntado por el blasón que deseaba, y Le Nôtre habría respondido que sólo deseaba un escudo con "tres caracoles sobre una hoja de col"... Esta anécdota puede ser cierta o falsa, y de ser cierta, puede ser por auténtica modestia, o bien por un cauto sentido de la prudencia. En cualquier caso, es sabido que los ingresos anuales de Le Nôtre se empinaban a cerca de 30.000 libras anuales. Comparativamente, una persona con una renta de apenas 500 libras anuales, ya podía considerarse como de buena posición económica...

domingo, 16 de agosto de 2009

La insólita caída del Fuerte Douaumont.


Lo que a continuación referiré, parece una historia de Chuck Norris, o alguna de esas americanadas que el cine de Hollywood vende de tarde en tarde. Pero sucedió en la Primera Guerra Mundial. En lo más álgido de la guerra de trincheras, en que ganar un palmo más o menos de terreno era empresa poco menos que imposible. Una de las posiciones claves para la línea de la Triple Entente en Francia era el Fuerte Douaumont: era una posición sólida y un nido de cañones de 75 y de 155 mm, que había quedado más o menos al socaire, con una treintena o cincuentena de hombres defendiéndolo, más o menos, debido a una falla en los servicios de comunicaciones. La orden de enviar más personal que reforzara el fuerte había sido dada, en efecto, pero en alguna parte de la cadena de comunicaciones interna del ejército francés, la orden se perdió, y el fuerte quedó abandonado con la guarnición que en ese minuto tenía.

Los alemanes, por su parte, sabiendo del valor estratégico del Fuerte Douaumont, ordenaron el 25 de Febrero de 1916 al 24° Regimiento de Brandenburgo, que avanzara hacia el Fuerte. El trabajo del sargento Kunze y la patrulla de diez hombres a su cargo, era abrir paso a las tropas de avanzada, removiendo obstáculos tales como alambres de púa y similares. En estos menesteres, llegaron casi a las inmediaciones del Fuerte. Kunze ordenó entonces hacer una breve inspección del mismo. Formaron una torreta humana para treparse por la tronera de uno de los cañones, y Kunze mismo, acompañado de dos de sus hombres, se infiltró en el interior y empezaron a recorrer los pasillos. Apenas se toparon con los cuatro artilleros franceses encargados del cañón de 155 mm., los arrestaron. Cuando salieron a un patio, los prisioneros se las arreglaron para escapar, pero Kunze, en vez de dispararles, se dirigió a un barracón en donde se encontró con una veintena de oficiales franceses: sin perder la serenidad, los arrestó y trancó la puerta por afuera.

Al poco rato llegó el Lugarteniente Radtke con sus tropas. Los hombres de Kunze avisaron a Radtke de lo que estaba pasando, pero cuando éste se apersonó, ya el sargento tenía la situación resuelta. Kunze, Radtke y otros oficiales más aprovecharon entonces, luego de consolidar la ocupación, para merendarse una bien ganada cena, con las provisiones del Fuerte. En toda la jornada, no se había disparado un solo tiro, y la única baja registrada fue un soldado alemán que se hirió la rodilla por error.

Como el Fuerte Douaumont ocupaba una posición clave dentro de la región clave de Verdún, los franceses tuvieron que abocarse de inmediato a la tarea de recapturarlo, o de lo contrario probablemente los alemanes aprovecharían la cuña para quebrar la línea defensiva francesa. Desde Mayo comenzaron las operaciones para ello, con una serie de asaltos frustrados. Fue finalmente el heroísmo del Regimiento de Infantería Colonial de Marruecos el que consiguió la hazaña, el 24 de Octubre de 1916, pero a un precio exhorbitante: la friolera de 10.000 vidas perdieron las tropas francesas en revertir lo que Kunze había logrado sólo con un par de hombres y armado con un vulgar rifle.

jueves, 14 de mayo de 2009

¿A qué guerra se fue Mambrú?


Una de las más populares canciones infantiles latinoamericanas seguramente es la de "Mambrú se fue a la guerra". En Chile, una de sus varias versiones dice (y no transcribo la canción completa por motivos de espacio): "Mambrú se fue a la guerra / no sé cuando vendrá / si será por la Pascua / o por la Trinidad / (...) / -Las noticias que traigo / no las quisiera dar: / De que Mambrú es muerto / y yo lo fui a enterrar"... Hay múltiples otras versiones, todas variaciones del mismo tema, en lugares tan apartados como Argentina, Puerto Rico, México...

La razón por la que esta canción viene a caer en Siglos Curiosos, es porque el dichoso Mambrú efectivamente fue un personaje histórico que vivió en el siglo XVIII. El mentado Mambrú no es otro sino don John Churchill, Primer Duque de Malborough (deformado esto último en Mambrú, claro), quien vivió entre 1650 y 1722. Malborough se destacó particularmente comandando ejércitos a favor de Inglaterra, su patria, en la Guerra de Sucesión Española (1700-1714). Los ingleses no tenían interés directo en la sucesión de España, pero por mosquear a los franceses, que querían instalar a un nieto Borbón de su rey Luis XIV en el por entonces vacante trono español, se aliaron con los austríacos, que tenían pretensiones similares, pero con respecto a su propia familia Habsburgo. De esas guerras, digámoslo desde ya, y a rebufo de lo que dice la canción, Malborough regresó bien vivo. Pasando los años, una serie de accidentes cerebrovasculares fueron minándolo en sus últimos seis o siete años de vida, y falleció en su casa, a la provecta edad (para ese entonces) de 72 años. Por cierto, no es coincidencia que se apellide igual que Winston Churchill, el Primer Ministro de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial: Winston era su descendiente directo, como nieto que era de John Spencer Churchill, Séptimo Duque de Malborough (aunque por las reglas de sucesión nobiliaria, el ducado fue a dar a un tío suyo, y no a su padre, de manera que Winston Churchill no llegó a ostentar el título).

Entre Eugenio de Saboya (quien combatía por el lado austríaco en la Sucesión Española) y Malborough, tuvieron a Francia en gravísimos aprietos. No es raro que le tuvieran tanto odio los franceses. Después de la Batalla de Malplaquet (1709) corrieron rumores de que Malborough había muerto. Eran falsos, por supuesto, pero esto no fue óbice para que un tamborilero francés improvisara una canción burlesca sobre la viuda de Malborough recibiendo noticias de la muerte de su marido. La canción tuvo éxito popular, y ya pasados los años (unos setenta, bien estimados), en la corte de Luis XVI y María Antonieta, la reina se la oyó a la nodriza de su hijo (el pobre Luis XVII, después malogrado en la Revolución Francesa). La canción fue de gusto de la reina, y empezó a cantarla, propagándola ahora a nivel cortesano. Malborough, por su parte, debido a la deformación popular, estaba aceleradamente convirtiéndose en Mambrú. Incluso, ironía suprema, esta canción que entre líneas era profundamente antibritánica, pasó a Inglaterra y terminó transformándose en otra canción popular, "For He's a Jolly Good Fellow"...

La ironía suprema es que con el paso del tiempo, "Mambrú se fue a la guerra" se transformó en una ronda infantil, a pesar de que su tema es la separación de los esposos, la guerra, la muerte en batalla, y la tristeza de la viudez. Y luego se escandalizan de que hayan muertos en series televisivas para los niños...

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