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jueves, 15 de marzo de 2012

Un ciprés y un perro pekinés delatores.


Australia, a mediados del siglo XX. Bazil y Frieda Thorne, habitantes de la ciudad de Sidney, podían considerarse afortunados, ya que habían ganado una lotería implementada por el Estado, para ayudar a sufragar los gastos de construcción de la Opera de Sidney, en construcción por aquellos años. Hasta que cinco semanas después, el 7 de Julio de 1960, su hijo Graeme de ocho años de edad fue secuestrado. Hubo dos llamadas telefónicas, en un inglés con fuerte acento, pidiendo 52.000 dólares de rescate. Luego, silencio absoluto. La noticia desató conmoción pública, ya que era el primer secuestro por rescate registrado en la historia criminal australiana. Además, la noticia del premio era pública, incluyendo fotos en la prensa... y la dirección publicada en los diarios (por supuesto que, en sorteos posteriores, se implementaron medidas de privacidad para evitar que esto volviera a ocurrir. Aunque esto fue demasiado tarde para los Thorne. De los errores se aprende).

Habían pocas pistas para el secuestro: la única sólida era la presencia de un Ford Customline azul de 1955, avistado por testigos. Después aparecieron la gorra, el abrigo y los libros del chico, tirados en alguna parte. Y finalmente, el 16 de Agosto, apareció el cadáver del chico, envuelto en una manta. Luego del análisis forense respectivo, se dedujo que el chico había sido asfixiado y golpeado hasta la muerte. Por el moho presente, se calculó en seis semanas la data del fallecimiento: o sea, casi de inmediato después de haber sido secuestrado. Podría ser un crimen sin resolución, pero...

...ahí estaban los peritos, listos para la acción. En algunas partes de la ropa del niño aparecieron dos interesantes indicios. Uno de ellos fue pelo animal. Se llegó a determinar que éstos pertenecían a un perro pekinés. Otro fue la presencia de unos gránulos de color rosado. Se trataba de mortero de construcción. Tambien detectaron la presencia de un tipo de ciprés inusual en el lugar del hallazgo del cuerpo. Allí donde coincidieran los tres elementos, el mortero rosado, el ciprés y el pekinés, era posible que estuviera la clave del delito.

Después de algunos llamados a la colaboración ciudadana, se localizó una vivienda con mortero rosado y ese tipo de ciprés, en las afueras del suburbio de Clontarf, en la misma Sidney. Al ser interrogados, los inquilinos dieron varios indicios sobre el antiguo arrendatario, un húngaro que se había cambiado el nombre a Stephen Bradley. El acento de Bradley fue descrito como duro, y además, había dejado la casa el día mismo del secuestro. Registrando el lugar, apareció una foto de Bradley en un picnic familiar, sobre la misma manta en que habían encontrado al chico. Poco después se confirmó que Bradley tenía un perro pekinés, el cual acabó en una clínica veterinaria. El Ford azul apareció en un concesionario, y al ser registrado, tenía restos de mortero rosado en el maletero. Con toda esa evidencia, la justicia cayó con todo sobre Bradley: éste en el intertanto navegaba con rumbo a Inglaterra, pero orden de extradición mediante, le consiguieron echar la mano en Colombo, Sri Lanka, y llevarlo de regreso a Australia. Su condena a cadena perpetua fue relativamente corta: falleció en prisión de un ataque al corazón en 1968, con apenas 42 años de edad.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Fabricando pianos y cazando cometas.


La historia de Kaoru Ikeya el cazador de cometas nacido en 1943, tiene algo de peregrina. El señor Ikeya, padre de Kaoru, era un vendedor de pescados, y deseaba que su hijo se dedicara a seguir sus pasos: pensaba que la Astronomía no era para la gente de condición humilde. Por su parte Kaoru, que vivía desde los seis años en una casa al lado de un lago, se subía al techo para escapar del alboroto de sus tres hermanas. En esas escapadas a las techumbres se había entusiasmado con el cielo, y había comenzado a revolver la biblioteca de su colegio buscando textos de Astronomía. Acabó aprendiendo los principios de física, en particular los de óptica, para construir su propio telescopio.

Las cosas empeoraron cuando la pescadería empezó a ir mal, y el padre ahogó las penas en sake. El que un padre desatienda a su familia es grave en cualquier cultura, pero en la japonesa posterior a la Segunda Guerra Mundial era peor, debido a que un padre que desatendiera sus obligaciones morales no sólo se deshonraba él, sino que también caía la mancha del deshonor sobre toda la familia. Su madre tuvo que emplearse como camarera de hotel, lo que en la época y lugar era una deshonra horrible: una madre y esposa lavando y cocinando para extraños en vez de para su familia. Kaoru Ikeya se obsesionó entonces con descubrir un cometa: tal cosa podría ayudar a borrar el estigma sobre su familia. Por mientras tanto, apenas culminó su enseñanza media, entró a trabajar en una fábrica de pianos, como operario no calificado y con el salario más bajo de la escala. Corría el año 1959.

Mientras tanto se las arregló para fabricarse su propio telescopio, puliendo su propio lente y consiguiéndose el resto de las piezas en tiendas de segunda mano. Empezó a buscar en el cielo... y nada sucedió. Le escribió a Minoru Honda, otro astrónomo aficionado que ya tenía unos cuantos cometas descubiertos a su haber, pidiéndole consejo. La respuesta no puede ser más japonesa: "Observar el cielo con el único propósito de descubrir un cometa es una labor inútil que exige muchísimo tiempo y muchísimo trabajo, pero observarlo por sí mismo, sin pensar en descubrimientos, podría traer suerte a un buscador de cometas".

El 31 de diciembre de 1962, la madre de Kaoru Ikeya, afligida porque su hijo ya había invertido 16 meses de noches escrutando los cielos, le pidió que descansara. Después de todo, gracias al trabajo de ambos, la familia había salido de deudas, y era hora de empezar el año con otro espíritu. Kaoru obedeció, pasó el Año Nuevo con su familia, y acompañó a su madre a un templo a rezar. A la noche siguiente, el 2 de enero de 1963, Kaoru subió al cielo, y descubrió lo que sin lugar a dudas era un cometa. Pero aún no podía estar seguro, de manera que a la mañana siguiente, envió un telegrama al Observatorio Astronómico de Tokio, dando los datos del mismo para confirmar si era un descubrimiento en verdad, o sólo un cometa ya catalogado. Poco después, revisada la información, era oficial: Kaoru Ikeya había descubierto el primer cometa del año 1963. El cometa de código 1963a pasó a ser llamado Cometa Ikeya en su honor.

El descubrimiento le significó a Kaoru el relacionarse con el resto de la comunidad de astrónomos del mundo. A pesar de ello, no hizo ningún alarde, y siguió trabajando en la fábrica de pianos, en donde nadie supo la nueva hasta que empezaron a aparecer periodistas buscando entrevistar al astrónomo aficionado. La fábrica entonces inició una colecta entre todos los trabajadores, para que Kaoru pudiera seguir sus observaciones celestes. Reunieron la bonita suma de 150 dólares, y le entregaron un diploma por su aplicación y espíritu de estudio. Nada mal para un joven catalogado antes en la fábrica como "constante, cumplidor, callado (...) No participa en los deportes o clubs de la compañía. Le falta ambición e iniciativa". Incluso aprovecharon la historia para hacer una película sobre la vida del chico. Cuando éste la vio, su único comentario fue: "¿Por qué no les basta con la verdad...?".

jueves, 18 de agosto de 2011

La triste matanza de Charles Whitman.

Este será uno de esos posteos tristes que de tarde en tarde tenemos el deber de incluir en Siglos Curiosos. Porque no todas las historias curiosas son alegres y festivas. Esta en realidad se relaciona con una cruel matanza que ocurrió en 1966. La historia principia con Charles Whitman, un ex marine que al momento de los eventos tenía 25 años, estudiaba Ingeniería Mecánica en la Universidad de Texas, y se había dirigido hacia la ingeniería arquitectónica. Su vida personal y su servicio profesional eran intachables, aunque se habían reportado algunos incidentes que lo habían llevado a abandonar tanto a los marines (de manera honrosa, eso sí), como su carrera como ingeniero mecánico.

De pronto, sin ninguna señal previa, el 1 de agosto de 1966 se subió al último piso de la torre de la Universidad de Texas. Mató al recepcionista con la culata de su rifle. Dos familias que intentaron subir por las escaleras, recibieron disparos a bocajarro. Luego, empezó a disparar hacia la gente abajo, parece ser que sin seleccionar realmente a sus blancos. La primera víctima fue una mujer embarazada, luego cayó su novio cuando trató de ayudarla, luego peatones y el conductor de una ambulancia... A la policía no le quedó más remedio que contestar el fuego con fuego, y abatirlo. El oficial que lo liquidó fue llevado a juicio, por supuesto, pero el veredicto fue de homicidio justificado, y no hubo otras consecuencias. Quedaban atrás 13 muertos y 32 heridos.

Inmediatamente después de sucedido el incidente, la policía llegó hasta la casa de Whitman. La cosa se volvió aún más macabra: se descubrió que a primeras horas del mismo día del tiroteo, Whitman había asesinado a su madre, además de acuchillar a su propia esposa. Además encontraron una nota suicida, en la que Whitman había escrito: "Realmente no me entiendo por estos días. Se supone que soy un joven medianamente razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente he sido víctima de pensamientos extraños e irracionales". Terminaba pidiendo que se le hiciera una autopsia para determinar si algo andaba mal con su cerebro.

Y la autopsia fue efectivamente hecha, sacando a la luz el último giro macabro de la historia. Resulta que se descubrió un tumor del tamaño de una moneda, un glioblastoma, creciendo debajo del tálamo, prácticamente en el centro mismo de la cabeza, y aplastando un órgano llamado amígdala. Los científicos sabían desde los '30s, gracias a la investigación de Heinrich Klüver y Paul Bucy, que la amígdala es un órgano capital en el manejo de las emociones, y por lo tanto el daño contra la misma ocasiona fuertes perturbaciones emocionales y sociales. Los glioblastomas por añadidura son muy rebeldes, y por lo tanto el tratamiento de los mismos es de enorme dificultad, si es que realmente existe alguna posibilidad. Se supone que todos estos factores médicos ayudaron a desencadenar los problemas de Whitman, incluyendo su mayúsculo final: una cruel broma de la naturaleza se había encargado de arruinarle la vida, e indirectamente de promover una masacre entre un montón de gente que tuvo la desgracia de estar a la hora y en el lugar equivocados.

jueves, 24 de junio de 2010

Chile va por el campeonato.

En Chile se utiliza la expresión "por el campeonato" para referirse a los que hacen algo de manera abundante, copiosa, incluso exagerada. Así, "hablar por el campeonato" es padecer de cierta autoindulgencia frente a la propia verborrea, por decirlo en fino. "Comer por el campeonato", con la misma lógica, es darle generoso gusto al vientre, también en finolis. Y así sucesivamente (al menos en Chile, porque la RAE recoge la acepción, pero no la señala como chilenismo, así es que ignoro si en otras latitudes existirá la expresión, con una historia igual o similar). Claro, ésta es una de esas expresiones que ya va camino en desuso, y es la gente mayor, incluso de la tercera edad, quienes todavía a veces la usan. Y es que la expresión está asociada a un evento histórico ya un tanto pasado de moda. Bueno, deportivo, que es lo mismo que decir histórico a medias, porque ya sabemos que si el deporte hace historia, es gracias a grandes tipos como Píndaro el poeta de los deportistas, y no a los musculines tipo profesor de gimnasia que hay de todo un poco y en todas partes (L.M., I.J., ...conozco unos cuantos). Pero en fin, volviendo al tema del posteo, el suceso en cuestión es el Mundial de 1962.

Como todo fanático del fútbol sabe o debiera saber, la Copa Mundial de Fútbol de 1962 se celebró en... ¡¡¡CHILE!!!, país al que después de eso sólo le faltan los Juegos Olímpicos. Chile estaba en manos del "gobierno de los gerentes" del Presidente derechista Jorge Alessandri (el "cachorro de león"), y había sufrido el terremoto de 1960, el más grande registrado en la Historia Universal. Gracias al esfuerzo de Carlos Dittborn, Presidente de la Comisión Organizadora, Chile pudo reconstruir e incluso mejorar toda la infraestructura futbolística, y se le reconoció su noble labor bautizando Estadio Carlos Dittborn al que se construyó en Arica. Aparte del Carlos Dittborn, los otros estadios remozados para los estándares de un Mundial, fueron El Teniente (Rancagua), el Nacional (Santiago, actual Nacional Julio Martínez Pradanos) y Sausalito (Viña del Mar). Asimismo, Chile en masa se volcó al fenómeno futbolístico, y se responsabiliza al Mundial de 1962 que la televisión finalmente penetrara a lo bestia en el mercado chileno, cuando anteriormente se compraban estos aparatos (entonces muy caros) más bien con cuentagotas.

Y resulta que Chile, por una vez en la vida, no deslució. El pícaro humor chileno hizo su aparición. Los carteles decían "Comimos queso" cuando los chilenos batieron a los suizos, después "Comimos tallarines" cuando batieron a los italianos, y a continuación "tomamos vodka" cuando los derrotados fueron los rusos. La racha duró hasta las semifinales, en las cuales Brasil ganó a Chile 4-0. Aunque después en la final, Chile batió a Yugoslavia 1-0 y se quedó con el tercer puesto. Yugoslavia, después del bochorno de ser vencidos en dura lid con Chile, empezó un imparable proceso de decadencia que culminó en su desintegración final tres décadas después (bueno, ayudaron un poco la muerte del Mariscal Tito, la caída del comunismo y el problema étnico, pero la contribución chilena al derrumbe de Yugoslavia no debe despreciarse).

De ahí quedaron algunas herencias. La televisión dejó de ser algo experimental en Chile. El país, hasta el minuto eterno coleado en los Mundiales, se llevó un bonito tercer lugar. El ánimo nacional subió después de la doble catástrofe del terremoto y del gobierno de los gerentes. Y quedó para la posteridad frases como "escribir por el campeonato", que bien puede aplicársele al General Gato, su seguro servidor, que se ha alargado lo suyo con este posteo...

jueves, 12 de febrero de 2009

Complicaciones de volar un puente.


El arte tiende a ser una actividad solitaria: el pintor en su taller (con modelos desnudas, de preferencia, claro está), el escritor frente a su pluma de ganso, su Olivetti o su PC... Pero el cine, al revés, implica crear arte en colectivo. Algunas películas podrán haber sido creadas con escasez de medios, pero aún así requiere la cooperación de muchos técnicos en varios rubros distintos. Desgraciadamente, entre poner de acuerdo a tanta gente para hacer tal o cual cosa, suelen ocurrir accidentes. Uno de los costosos, ocurrió en la filmación de "El bueno, el malo y el feo", el clásico Spaghetti Western protagonizado por Clint Eastwood.

A pesar de ser largamente sindicada como italiana por ser un Spaghetti Western, por estar Sergio Leone de director, y por tener soundtrack de Ennio Morricone, lo cierto es que "El bueno, el malo y el feo" fue una coproducción entre capitales italianos, alemanes y españoles. Así es como el equipo productor arribó a España para rodar. Quienes hayan visto la peli recordarán que parte importante de la trama transcurre alrededor de las peripecias de los protas para volar un puente, en medio de la Guerra Civil de Estados Unidos (sí, un director italiano con capitales alemanes rueda en España una escena de yankis contra sudistas... ¡misterios del cine!). Para la escena, los esforzados ingenieros militares españoles levantaron todo un puente, simplemente para volarlo después. Como siempre las escenas que implican dinamitar cosas (automóviles, puentes, lo que sea) tienden a ser monetariamente costosas, sólo cabe hacer una sola toma, o los costos se encarecen astronómicamente, de manera que se pusieron todos de acuerdo para que saliera a la primera y sin error. La señal era que Sergio Leone diría "Vai!" ("¡Vamos!"), por un walkie-talkie, y entonces el capitán de los ingenieros militares que habían construido el puente, tendría el honor de presionar el detonador y volarlo a dinamitazo limpio.

El problema es que de pronto, por el mismo canal de walkie-talkie, un cualquiera del equipo técnico de la película le dijo a otro cualquiera "Vai! Vai!", refiriéndose a otro asuntillo completamente distinto. El capitán, con obediencia militar, creyó que Sergio Leone estaba dando la señal, y pulsó el detonador. El puente fue volado, y no había ninguna cámara rodando. Suerte hubo que tampoco había nadie ni en el puente ni en sus cercanías, así es que no hubo lesionados ni muertos que lamentar. Sergio Leone, furioso por supuesto, despidió al sujeto en cuestión. Pero el capitán, avergonzado en su honor militar, se comprometió a reconstruir por completo otra vez el mismo puente, mientras Sergio Leone rodaba otras escenas. La única condición que puso, es que el pobre desgraciado que había dado origen al problema fuera recontratado, a lo que Leone accedió. De esta manera el técnico volvió al set, Leone grabó otras escenas, el puente fue reconstruido... Y fue volado por segunda vez, ahora sí con todas las de la ley, con cámaras grabando la detonación.

domingo, 9 de diciembre de 2007

El primer juicio por tráfico de marihuana en Chile.

El primer juicio que se siguió en Chile contra el consumo de marihuana, es de fecha tan reciente como 1969. Y es que hasta hace no mucho tiempo atrás, el consumo de drogas estaba, en realidad, más o menos despenalizado. Pero en Julio de 1969, la ley chilena acababa de declarar ilegal el consumo de marihuana (sí, hubo una época en que consumir no estaba penado por la ley). Todo el mundo sabía, y no había por qué ocultarlo demasiado, que el consumo de marihuana se centraba en una galería llamada Drugstore, mejor conocida como "Drógatestore". Por lo que efectivos de la Brigada Contra el Vicio se dirigieron allá, apenas promulgada la ley, para organizar una redada. Cinco chicos de clase alta que paseaban por ahí, consumiendo de paso, fueron limpiamente agarrados, y en el registro subsiguiente se les encontró paquetes y cigarrillos con marihuana, ganándose con ello el dudoso honor de ser los primeros en ser llevados a juicio por consumo de marihuana en Chile. Era el Sábado 06 de Julio de 1969.

En el transcurso del proceso, las declaraciones fueron envolviendo a más gente. También la prensa se festinó con los detalles mórbidos de la historia, incluyendo notas de prensa y reportajes sobre orgías de sexo y droga que habrían montado los procesados (eran los liberales '60s, de todas maneras). Hasta a un agricultor del por entonces pueblo campesino de Los Andes fueron a buscar, por haber proporcionado la marihuana, pero éste se defendió diciendo que no tenía idea de los efectos perjudiciales de la hierba.

El primero en salir libre, a los tres días, fue Rafael Edwards. Este era sobrino del director del diario derechista "El Mercurio", lo que alimentó la hoguera para que la prensa de izquierda las emprendiera contra los grupos de poder político y económico, los "hijos de la burguesía". El caso adquirió un sesgo político: no en balde, los detenidos eran todos hijos de burgueses y no proletarios del pueblo. Empezaron también las redadas contra los colegios "jaibones" (acomodados), y la paranoia en ellos prendió. Pasaron unos dos meses, y el asunto fue muriendo de muerte natural, en particular cuando los últimos tres inculpados salieron en libertad, sin que se les pudiera probar el delito de tráfico de drogas.

Para la trivia, mencionemos que en el punto más álgido del proceso, la Corte Suprema nombró a un ministro en visita, y éste no fue otro sino Hernán Cereceda, tristemente célebre porque en 1993 se transformó en el primer ministro de la Corte Suprema en toda la historia de Chile, que fue destituido mediante una acusación constitucional, acusado de venalidad (no por el caso de la marihuana, por supuesto).

jueves, 1 de febrero de 2007

Una bochornosa presentación de Matisse.


La obra de Henri Matisse, el afamado pintor francés del siglo XX, tiene reconocimiento universal. Por ello no es extraño que una muestra de ella haya viajado hasta el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York. Y quizás tampoco sea extraño el bochorno que ocurrió después.
Tras varios días de exposición, alguien dio un peculiar aviso: la pintura "Le bateau", de Henri Matisse precisamente, y que ilustra este posteo, estaba colgada al revés. De manera que los funcionarios del museo la volvieron a colgar, ahora en la posición correcta. Lo bochornoso del caso, quizás para el Museo, o quizás para el propio Matisse, es que se calcula que unas 116.000 personas pasaron por delante de esa pintura, antes de que alguien diera aviso... ¡Seguro que con La Gioconda no pasa eso! (para empezar, no la cuelgan al revés).

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