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domingo, 17 de junio de 2012

El alquimista que defendió a las mujeres.


Quizás no tan célebre como su contemporáneo Paracelso, Cornelio Agripa se ganó de todas maneras una envidiable reputación como alquimista a inicios del siglo XVI. Recordemos que en el tiempo de la vida de Agripa (1486-1535), en parte por la difusión de ideas vía la imprenta, y en parte por el relajamiento del poder católico, la Alquimia y el esoterismo en general vivieron un buen período de resplandor. Pero menos conocido es el hecho de que Agripa escribió un tratado que hoy en día calificaríamos sin ambages como de feminista, porque defiende la superioridad de la mujer frente al varón. Su título lo dice todo: "Sobre la nobleza y la preeminencia del sexo femenino" ("De nobilitate et praecellentia foeminei sexus"). Repasemos acá en Siglos Curiosos a este curioso alquimista adelantado del feminismo moderno.

Aunque publicada en 1529, esta obra (le diré así en el posteo, para no tener que escribir tantas veces el título completo) en realidad es un trabajo de juventud dos décadas anterior. La existencia siempre errabunda de Cornelio Agripa tenía por escenario en ese 1509 la ciudad de Dole, actualmente francesa, pero que en el siglo XVI era la capital del Franco Condado, que a su vez dependía del Sacro Imperio Romano Germánico, y que estaba bajo la regencia de una casi treinteañera Margarita de Austria, hija de Carlos el Temerario y entonces ya tía de un niño que sería el futuro Carlos I de España y V de Alemania. Es a esta Margarita (seis años mayor que el propio Agripa) a quien el autor dedica su obra, probablemente con interés escondido, claro. De manera quizás sorprendente para un ocultista, aunque debemos considerar la época por supuesto, Cornelio Agripa se basa principalmente en la Biblia, y en particular en el personaje de Eva, de quien parte diciendo que su nombre es "Vida", en contraste con Adán cuyo nombre es "Tierra", anotando así un punto para las mujeres, ya que razona Agripa, el hombre fue creado antes del Paraíso y la mujer ya una vez dentro de éste, y por lo tanto, ella es el nexo último entre todas las criaturas vivientes. Además, Eva es inocente del pecado original en concepto de Agripa, porque la prohibición de no atiborrarse a manzanas era para Adán como criatura nacida fuera del Paraíso, no para ella. Y remata atacando la misoginia habitual en los teólogos, señalando que Dios ha dispuesto que la mujer quebrará la cabeza de la Serpiente (en la escena en que los echa a patadas del Paraíso, claro), y como ya sabemos que la Serpiente es el Demonio... (A Lutero le seguirá pareciendo bueno este argumento unos añitos después, pero misógino como era, no lo llevó hasta las últimas consecuencias de Agripa).

Agripa le atribuye a la mujer un papel esencial en la procreación, lo que hoy en día es obvio, pero para la época no, habida cuenta de que en ese tiempo primaba la opinión en contrario de nada menos que Aristóteles. Llega al extremo (erróneo, claro) de considerar la partenogénesis como algo frecuente en los animales. Se refiere a que María es la única que ha procreado siendo virgen, pero refiere leyendas turcas sobre islas en que las mujeres procrean fertilizadas por el viento. ¿Su remedio contra la hidropesía, la epilepsia, y para amainar las tempestades? Las menstruaciones femeninas (y conozco más de algún depravado que se habría hecho feliz cliente de la consulta médica de Agripa). También le confiere superior valor a la relación de apego entre madres e hijos, por encima del simple deber de respeto que existe respecto de los padres.

Pasando a la sección "mujeres en la Historia", Agripa no pierde el tiempo en loar a grandes mujeres como Lucrecia, la Samaritana del Evangelio, María Magdalena, santas como Clotilde, Hildebranda y Brígida, las amazonas y Juana de Arco. María, por su parte, es alabada como superior incluso al más superior de los hombres, mientras que Judas es peor que la peor de las mujeres. Claro, hubiera sido interesante conocer la opinión de Margarita de Austria respecto del libro y sus alabanzas hacia lo femenino, pero digamos en su beneficio que ella contó con el apoyo pertinaz de los optimates de sus dominios, los que gobernó sin el recurso habitual de las gobernantas en la época de anteponer un esposo o hijo títere para mandar a su través. Apenas llegó al trono español, su sobrino Carlos I se peleó con ella, pero pronto debió admitirla como un apoyo necesario, y de hecho Margarita de Austria fue uno de los grandes bastiones en que se apoyó la política continental de Carlos hasta la muerte de ella en 1530. Todo lo contrario a lo que sucedió con su contemporáneo Lorenzo el Joven, a quien Nicolás Maquiavelo dedicó "El príncipe", y que lo mejor que hizo en vida fue morirse para que su tumba fuera adornada por las estatuas de Miguel Angel...

jueves, 7 de junio de 2012

Las mujeres según Schopenhauer.


El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue un hombre desgraciado. Fue menospreciado por su madre, una dama con ínfulas de intelectual que veía muy mal los pasos que el pequeño Arthur daba en la materia (una vez dijo que no consideraba a Arthur un genio porque nunca había escuchado de dos genios dentro de una misma familia), después fue sistemáticamente rechazado por las féminas, sus alumnos se le escapaban para ir a escuchar a su rival Hegel, y en general nadie cotizaba en demasiado sus ideas filosóficas. No es raro que haya desarrollado un carácter misántropo y violento. Pero una de las cosas que han hecho famoso a Schopenhauer, es sin lugar a dudas su rampante misoginia. Aunque ya habíamos escrito sobre la misoginia de Schopenhauer en Siglos Curiosos, ahondaremos un poco más en sus peculiares ideas.

Su obra clave en este punto es un opúsculo que se llama "De las mujeres", y que publicó en 1851. El texto es una explicación calmada y racionalista de por qué las mujeres son inferiores a los hombres (siempre según Schopenhauer, claro), y se ha convertido en un pequeño clásico de la literatura misógina. Escrito en respuesta a un poema de Schiller que enaltece a las mujeres, parte señalando que "Necesitas sólo mirarla de la manera en que está constituida, para ver que la mujer no se supone que haga grandes labores, ni de la mente ni del cuerpo". Luego de señalar que su realización pasa por aceptar el sufrimiento del parto y la sumisión al marido, añade: "Las mujeres encajan directamente como niñeras y profesoras de nuestra temprana infancia por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y cortas de miras; en una palabra, ellas son niños grandes durante toda su vida - un tipo de estadio intermedio entre la niñez y el hombre plenamente crecido, que es el hombre en el sentido estricto de la palabra". Argumenta en la misma línea, que el hombre alcanza su madurez psicológica a los 28 años y la mujer a los 18, razón por la cual (siempre según Schopenhauer, repito, para que no las emprendan contra el mensajero) el hombre llega más lejos en su desarrollo psicológico que la mujer.

Y sigue. Según Schopenhauer, la mujer carece de sentido de la justicia, en primera porque no razona, y en segunda porque al ser más débil que el hombre, la naturaleza las ha provisto con la estrategia del disimulo para defenderse. Es también un sexo no estético (diminutas, hombros delgados, caderas anchas, piernas cortas... Schopenhauer dixit, again). Carecen de sentido para apreciar la música, la poesía o las bellas artes, y cuando lo hacen, es mera afectación (pone como ejemplo el parloteo de las mujeres en los pasajes más sublimes de las óperas... algo que por desgracia, sin estar de acuerdo con el resto de las afirmaciones misóginas de Schopenhauer, en esto da en el clavo, cambiando la ópera por el cine). Casi todo el resto del discurso se centra en torno a la monogamia, y el enorme perjuicio de que ésta le significa a las mujeres que no alcanzan a ser mantenidas por un hombre, y por lo tanto, Schopenhauer defiende la poligamia (la de muchas esposas para un hombre, no al revés, claro está) como beneficiosa para ellas mismas. Y termina con las siguientes palabras: "Que la mujer es por naturaleza obediente al hombre puede verse en el hecho de que cada mujer que es colocada en la no natural posición de completa independencia, inmediatamente se une a un hombre, por quien se permite ella misma ser guiada y gobernada. Esto es porque necesita un señor y amo. Si ella es joven, será un amante; si ella es vieja, un cura".

Interesantemente, y más allá del veneno que destila Schopenhauer sobre el tema (por lo demás, la mala leche era característica de Schopenhauer, así es que esto no debería ser una sorpresa para quienes conozcan al vejete cascarrabias), algunas observaciones schopenhauerianas resultan ser aciertos inesperados, entre ellas las relativas a la poligamia (en las sociedades antiguas, en donde los hombres iban a la guerra, solían haber más mujeres que hombres dando vueltas allá afuera). Aunque claro, el yerro está en darle un estatus natural a circunstancias que tienen más que ver con la forma en que se estructura la sociedad, y que durante el siglo XX, liberación femenina mediante, fue cambiando. Para cualquier interesado, seguir el enlace para leer el texto en inglés de Schopenhauer.

domingo, 27 de noviembre de 2011

¿Quiénes fueron los estoicos?

Hoy en día, una persona estoica es la que aguanta marranada tras marranada de la vida sin emitir queja. Pero en su origen, allá en la antigua Grecia, los estoicos eran una escuela filosófica con un conjunto de doctrinas bastante más elaborada que "aguántate macho". Hacia el año 300 antes de Cristo, la situación política y social del mundo griego era desesperada: las antiguas libertades cívicas habían desaparecido en manos de golosos monarquías orientalizantes regidas por los generales del fallecido Alejandro Magno, y la vida era mucho más insegura e insatisfactoria para todos. En este ambiente un descendiente intelectual de los cínicos, Zenón de Citio, comenzó a predicar su propia doctrina.

En apretadísimo resumen, Zenón tendió a rechazar el idealismo platónico, en pos de una lógica más realista, incluso nominalista a ratos. El pensamiento no es corporal, y por lo tanto no puede ser real, según los estoicos (golpe contra Platón). Lo que importa son las relaciones entre los conceptos y las cosas. Pero si dichas relaciones son necesarias, entonces eso de alguna manera esas relaciones construyen el universo (estoy resumiendo mucho, y además no estoy de acuerdo, no maten al mensajero por favor). En definitiva, el universo se identifica con la palabra ("λόγος", "logos") que lo describe, y por lo tanto el universo es racional. Al final, todo este baturrillo es para... sorpresa, para justificar que existe una moral racional, la sabiduría, etcétera.

En realidad, todo el sistema lógico-cosmológico tiende a tratar de justificar una especie de "filosofía para la acción". Pero como la acción no podía expresarse "hacia afuera" conquistando algo o abriéndose paso en la vida porque el individuo ya no tenía poder en ese medio social, debía expresarse "hacia adentro", bajo la forma de virtud. Dijimos que para nosotros, un estoico es una persona que aguanta palo sin quejarse. Bueno, esa concepción nuestra deriva de que los estoicos predicaban que el universo es racional, y además está determinado, de manera que no tiene sentido quejarse: te iba a llegar palo de todas maneras, quejándote o no. En verdad, dicen los estoicos, sufres menos si eres indiferente al palo, si te desapegas de tus sentimientos (además de que si aguantas con dignidad, la gente te admirará, pero eso, por inadvertencia o por modestia, los estoicos no parecen haberlo puesto por escrito). Este desapego a las emociones y sentimientos encontrará su propio camino hacia nuestro léxico: lo llamaban "ἀπάθεια" ("apatheia", aunque en el contexto estoico implicaba una posición activa frente al propio yo reprimiendo las emociones, lejos de la connotación pasiva y abúlica de la actual derivación "apatía"). Puede parecer un poco lunático para quien no profese sus ideas, pero es ciertamente laudable que muchos estoicos posteriores hayan sido consecuentes hasta el final, y ante cosas insuperables como la vejez o la persecusión del Emperador loco de turno (como Séneca debió sufrirla de Nerón), hayan optado por el suicidio, que para ellos era una muerte con dignidad.

El estoicismo ha tenido una propaganda extraordinaria posterior gracias al cristianismo. Mucho de la idea de virtud en la teología cristiana, fue tomado de aquí. Pero entre los paganos tuvo un gancho más pedestre: si bastaba con ser virtuoso y sabio, entonces podías conservar todas tus riquezas y aún así ser "buena gente" y sentirte feliz contigo mismo. Hubo estoicos de baja condición social, incluso esclavos como Epicteto, pero la mayoría tendió a ser políticos bien enchufados como Cicerón, especuladores acaudalados como Séneca, e incluso Emperadores romanos como Antonino Pío. Por cierto, el nombre viene de la palabra griega "stoa" ("στοά"), que significa "columna", porque Zenón predicaba al aire libre y al lado de una columna en el Agora, la plaza pública de Atenas, a quien quisiera escucharle. Parece que los estoicos posteriores encontraron maneras más respetables de hacerse oir.

jueves, 24 de noviembre de 2011

¿Quiénes fueron los cínicos?


Por conocidos es que no había querido escribir hasta el minuto en Siglos Curiosos sobre la escuela filosófica de los cínicos, hasta que en ese extraño y ancho mundo que existe en la vida real, más allá de Internet, alguien me preguntó sobre los mismos. Interesantemente, no para una tarea escolar, sino simplemente porque había salido el tema, y la persona tenía la suficiente curiosidad intelectual para confesar ignorancia sobre el punto (todos somos ignorantes en un montón de cosas, pero no faltan los idiotas que se comportan como si ellos fueran la excepción a la norma. Y yo no soy uno de ellos: lo mío se limita a la historia y el cine).

Además, resulta peregrino que no le haya dedicado en Siglos Curiosos un posteo a los cínicos, habida cuenta de que este blog tiene su buen poco de ellos. Así es que, repasemos. Grecia. Siglo IV antes de Cristo. Después de la Guerra del Peloponeso, la sociedad griega como un todo estaba fuertemente dislocada en la política internacional, y también en una estructura social en donde por varias razones se hacían cada vez más agudas las tensiones entre los más ricos y los más pobres. En este ámbito proliferaron como setas las escuelas filosóficas, que trataban de enseñar, o según algunos de venderles, la fórmula de la felicidad a personas que no sabían hacia donde iba la vida en general.

Es en este esquema en donde encajan los cínicos. Ellos tomaron de la escuela inmediatamente anterior de los sofistas la distinción entre la ley natural ("φύσις", "physis", como en la actual "física") y la convención o regla social ("νόμος", "nomos", como en la actual "autonomía"), y desarrollaron la noción de que si el hombre viviendo en sociedad era infeliz (ya mencionamos lo que ocurría en ese tiempo), entonces debía abandonar las convenciones y volverse hacia una vida natural. Si eso exigía dormir al aire libre o incluso practicar alegremente el fornicio en las calles, que así fuera. Se ha dicho y no sin su cuota de razón, que los cínicos con su filosofía del regreso a la naturaleza, eran algo así como los hippies de la antigua Grecia. Por cierto, no es que ellos tuvieran una actitud cínica y por eso se llamaran cínicos, sino al revés: consideramos a alguien que es cínico justamente por la actitud crítica hacia la sociedad que los cínicos patentaron. La palabra misma viene del griego "κύων" ("kyon", "perro"). Piénsese en que los perros hacen cosas tan contrarias a la convención social como dormir al aire libre o incluso practicar alegremente el fornicio en las calles, y se harán la idea de por qué el nombre.

Por supuesto que los griegos respetables hicieron deporte del insulto al cínico, constumbre que ha seguido hasta el día de hoy, aunque los cínicos modernos no suelen dormir al aire libre ni practicar el fornicio en las calles (aún, pero así como vamos...). Lo que no impidió a gentes como Diógenes el Cínico o su discípulo Crates el entregarse a la doctrina y predicar. Diógenes escribió toneladas de libros, pero no nos ha llegado ninguno, salvo un puñado de anécdotas por boca de otro, que en este caso es el no siempre confiable Diógenes Laercio. Pero Crates tuvo a su vez un discípulo llamado Zenón de Citio, que enseñó que se podía vivir con desapego de la vida sin abandonar las convenciones mundanas, y el cinismo como escuela filosófica pasó de moda, para dar paso al nuevo invento de Zenón que era el Estoicismo. Pero eso es otra historia.

jueves, 3 de noviembre de 2011

No cree tener un alma.


Esta anécdota es de ésas que no he podido cotejar a ciencia cierta, pero la respuesta me pareció demasiado buena para dejarla escapar (si alguien puede confirmármela o refutármela, se agradecería). El involucrado en ella es Francis Wayland, que era a un tiempo educador universitario, pastor bautista y ensayista filosófico. El caso es que Francis Wayland daba clases y era rector de la Universidad de Brown, cargo este último en el cual estuvo entre 1827 y 1855.

Va un estudiante de filosofía, probablemente uno de esos horribles materialistas...

-- Doctor, no creo tener un alma.

-- Quizás no, muchacho. Usted lo sabrá mejor que nadie. Yo sí la tengo... Buenas tardes, señor mío.

Mencioné que el doctor Wayland era bautista, ¿cierto...?

domingo, 10 de octubre de 2010

¿Qué tamaño tiene la Biblioteca de Babel?

Todo aficionado a la Literatura se topa más tarde o más temprano con la larga y adusta sombra del escritor Jorge Luis Borges, conocido también de cariño como "el che ése que mareaba la cachimba escribiendo esas cositas raras de laberintos y tigres y espejos y bibliotecas". Uno de sus cuentos más representativos en cuanto a temática es probablemente "La biblioteca de Babel", que se encuentra en su libro "Ficciones", publicada por primera vez en versión definitiva en 1944, y que desde ya recomiendo vivamente a todo quien no lo haya leído (el cuento y el libro: ambos recomendados). Advierto desde ya que este posteo destripa los detalles del argumento, aunque esto tampoco puede considerarse como un delito capital, porque después de todo, lo que está revestido acá de cuento en realidad es un ensayo filosófico sobre el infinito, sobre la cultura humana, y sobre la naturaleza de nuestro conocimiento sobre el universo y las posibilidades y límites de investigar el mismo, todos temas típicamente borgianos. Pero desde un punto de vista más histórico, nos importa una preocupación algo más terrenal: ¿cuántos libros tiene la dichosa Biblioteca de Babel? ¿De qué tamaño es? ¿Es en verdad tan impresionante como la pinta Borges?

Para quienes no hayan leído el cuento y no le temen a los spoilers: éste trata sobre un universo que es una gigantesca biblioteca. De hecho, éstas son sus palabras iniciales: "El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas". La peculiaridad es que cada galería posee anaqueles en cuatro de sus seis paredes (suponemos que el suelo y el techo no, por razones obvias). En estos anaqueles hay libros. Sus habitantes, después de paciente investigación, arriban a la conjetura (nunca desmentida, eso sí) de que allí están TODOS los libros que pueden ser escritos, ya que están todas las posibles permutaciones entre las distintas letras (22), el punto y la coma, y el espacio en blanco entre palabra y palabra que se cuenta como un signo de puntuación adicional, todas las permutaciones (repito) que es posible imprimir sobre una secuencia de hojas de papel. La situación es desesperante porque la mayor parte de esos libros son galimatías sin sentido (una biblioteca así tendría textos como "ahgfasdfjksdgfgjhsd", por ejemplo, así como cualquier otra combinación absurda pero posible de signos de escritura), mientras que unos poquísimos, por puro azar, deben tener texto inteligible y aprovechable (un poco como la teoría de los mil monos golpeando mil máquinas de escribir). Piénsenlo: en esa Biblioteca existen todos los libros religiosos, existen todas las novelas (sin que importe su longitud, porque si es demasiado larga, existe su Tomo I, su Tomo II, su Tomo III, etcétera), existen todas las Enciclopedias, existe un libro en el cual se cuenta toda la historia de tu vida hasta el día de tu muerte que está por venir y eso sin ningún error (y en realidad más de uno, si consideramos las distintas redacciones posibles), existe un único libro con todas sus páginas en blanco (el espacio es también una "letra", y debe haber un libro en que coincidan todas las letras "espacio"), existe un libro que es el texto exacto de todos los posteos de este blog Siglos Curiosos, existen todos los libros anteriores con todas las erratas de imprenta que sea posible escribir, y además todo eso existe en cualquier idioma que sea posible reducir al alfabeto de veinticinco símbolos que usa la Biblioteca... y existe por supuesto un catálogo de todos los libros de la Biblioteca debidamente indexados, que a su vez es inencontrable porque sería indistinguible de los millones de catálogos falsos que TAMBIÉN deben estar en la Biblioteca... algunos de ellos con apenas una o dos letras erróneas... Y claro, quizás haya un libro de instrucciones para encontrar ese dichoso catálogo, sepultado entre miles de libros de instrucciones ERRÓNEAS para dar con dicho catálogo...

La cuestión es, ¿qué tamaño debería tener una Biblioteca de esas características? Borges nos da algunos datos: "a cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro". Considerando que Borges nos dice que "el número de símbolos ortográficos es veinticinco", y haciendo unas simples multiplicaciones, podemos averiguarlo. Supongamos que trabajamos con los tipos móviles de la imprenta de Gütemberg. Cada renglón acepta 80 de esos tipos de metal. Para el primer hueco tenemos 25 opciones. Para el segundo tenemos otros 25, lo que nos da 625 posibles combinaciones ("aa", "ab", "ac", "ad", etcétera, y luego "ba", "bb"...). Para el tercero tenemos otras 25 posibilidades, que en combinación con las 625 precedentes dan (625 x 25) 15.625 combinaciones (y llevamos apenas los tres primeros signos). O sea, para calcular la cantidad de libros posibles sólo tenemos que averiguar cuántos "25" debemos incluir en nuestra multiplicación. Y eso nos lo da la cantidad de letras totales que puede cobijar un libro. ¿Cuánto es eso? Simple: debemos multiplicar las 80 letras de cada renglón, por los 40 renglones de cada página, por las 410 páginas. Eso nos da la "miseria" de 1.312.000 "huecos", que deberíamos rellenar con los tipos móviles de Gütemberg. Deberíamos tener entonces 1.312.000 tipos móviles de cada signo, sólo para el libro que estadísticamente los debe reunir todos. Entonces, la cantidad de combinaciones posibles es de 25 x 25 x 25 x 25 x 25 ... repitiendo "25" 1.312.000 veces. Ni siquiera voy a intentar poner en números una cifra tan astronómica, no creo que me quepa dentro de los márgenes de un posteo de este blog, y además probablemente sea algo que carezca de sentido.

¿De qué tamaño es la Biblioteca? Si 32 libros llenan un anaquel, y cinco anaqueles llenan un muro, y cuatro muros llenan una galería, entonces debemos calcular que una galería va a estar llena por el resultado de multiplicar 32 x 5 x 4, lo que arroja 640 libros en total por cada galería. O sea, para calcular el tamaño total de la Biblioteca de Babel, "basta simplemente" con tomar la cantidad anterior (los 25 multiplicados por sí mismos 1.312.000 veces) y dividirlos por 640. Aunque va a ser una cifra sensiblemente menor a la otra, aún así tengo el presentimiento de que va a ser monstruosa, y como blog de Historia y no de Matemáticas que es Siglos Curiosos, renuncio siquiera a intentarlo.

Hagamos algunas comparaciones. Según la sección FAQ de la webpage de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, la misma posee "más de 32 millones de libros y material impreso" (traducción del inglés cortesía de su seguro servidor el General Gato). No todo seguramente son libros (deben haber folletos, mapas, etcétera). También hay que considerar otros ¡110 MILLONES! de otros ítemes varios. Todo eso cabe en tres edificios completos, además de otros almacenes y depósitos (siempre según el FAQ de la propia Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos). Sobreestimemos un poco el total y digamos que la Biblioteca del Congreso posee 140 millones de ejemplares entre libros, colecciones, ítemes, etcétera. ¿Qué porción de la Biblioteca de Babel cabría en ese espacio? Para eso basta con calcular cuántas veces debemos multiplicar 25 por sí mismo para sobrepasar la cantidad de 140 millones, y descontar eso de las 1.312.000 veces que debemos multiplicar 25 por sí mismo. Para eso sólo se requiere multiplicar seis veces 25 por sí mismo (el resultado es 244.140.625, no me pidan matemáticas más precisas). Aún nos queda multiplicar 25 por sí mismo nada menos que 1.311.994 veces más. Ni siquiera necesito decir lo aberrantes que son estas cantidades para la imaginación humana.

No por nada, el narrador de la Biblioteca de Babel dice en tono lastimero: "Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací". Modernamente, uno podría decir lo mismo de esa moderna Biblioteca de Babel que es Internet, en la cual, aunque se pase uno la vida entera navegando, no llegará más que a cubrir un porcentaje insignificante de todas las páginas y sitios que son posibles de visitar...

jueves, 23 de abril de 2009

El juicio contra Protágoras.


Protágoras de Abdera fue sin lugar a dudas uno de los filósofos más importantes de la Antigua Grecia. Sin embargo, para nuestra desgracia, a pesar de haber escrito varias obras (Diógenes Laercio, importante biógrafo de la Antigüedad, menciona al menos once), ninguna de ellas se conserva. Y es que Protágoras no pretendía enseñar grandes doctrinas filosóficas (a pesar de que las tenía), sino que tendía a la enseñanza práctica, fundamentalmente de la Oratoria, y por lo tanto, fue presa fácil para los místicos disfrazados de filósofos como Platón y otros (el propio Platón se dignó, de todas maneras, escribir un diálogo sobre Protágoras). Por su parte, Protágoras tuvo un final un tanto desgraciado, a resultas de un juicio que se le siguió por impiedad.

Protágoras llegó a Atenas y vivió en dicha ciudad en el siglo V a.C., un período excepcional como pocos en la Historia, por el cúmulo de genios que allí se reunieron y desarrollaron sus talentos artísticos, científicos, históricos, literarios y filosóficos. Protágoras llegó a ser amigo de Pericles el Olímpico, el principal líder ateniense, y esto pudo haberle valido la desgracia, ya que el juicio contra Protágoras coincidió con una ola general en contra de este líder.

El pretexto que encontraron para enjuiciar a Protágoras fue que éste habría escrito un tratado ("Sobre los dioses") que ponía en duda a los dioses, y que leyó a algún grupo de amigos. Diógenes Laercio cita así sus primeras palabras: "Con respecto a los dioses no puedo conocer ni si existen ni si no existen, ni cuál sea su naturaleza, porque se oponen a este conocimiento muchas cosas: la oscuridad del problema y la brevedad de la vida humana". Es obvio que con estas palabras está haciendo profesión de agnosticismo y no de ateísmo, porque cuestionaba a los dioses, pero no los negaba de raíz, pero esto bastó para que sus enemigos le acusaran (como puede verse, la famosa Ciudad Luz de la Antigüedad y la que muchos consideran "cuna del pensamiento racional", a veces podía también ser harto irracional). Diógenes Laercio menciona a un tal Pitidoro como su acusador, pero Aristóteles menciona a un tal Evatlo, lo que tendría mucho sentido porque según Diógenes Laercio, Evatlo era discípulo de Protágoras y le debía unos honorarios... que jamás tendría que pagar si Protágoras terminaba condenado.

Parece ser que Protágoras terminó siendo condenado al destierro, bajo la acusación de "asebia" o impiedad (la misma con la que Sócrates fue condenado a muerte, unos treinta años después). Según refieren varias fuentes, la nave en que viajaba naufragó, y Protágoras habría muerto ahogado. Esto sucedió probablemente hacia 429 a.C., pero las fuentes no concuerdan en su edad (70 o 90 años). Así terminó la breve y triste aventura agnóstica y de libertad de pensamiento de Protágoras, ahogada por el falso puritanismo y su buen poco de mezquindad política...

NOTA DE SIGLOS CURIOSOS: Este posteo sobre libros, libertad de pensamiento, agnosticismo y censura religiosa, es una publicación especial de Siglos Curiosos en el Día Internacional del Libro. Que los lectores de Siglos Curiosos encuentren buen solaz en nuestros viejos compañeros los libros, son los deseos de su seguro servidor el General Gato.

jueves, 26 de marzo de 2009

De cómo Evatlo trampeó a Protágoras.


Protágoras de Abdera, el filósofo griego que prosperó en la Atenas del siglo V a.C., es conocido en la Historia de la Filosofía por sus ideas fuertemente relativistas ("el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son") y su espíritu más bien pragmático. Pero también es famoso por el desdén que le inspiraba a Platón, no sólo por sus ideas (Platón era un fundamentalista místico, y no podía ver con buenos ojos el relativismo protagórico), sino también porque Protágoras cobraba por sus lecciones, mientras que Platón las impartía gratis.

Platón obvia, por supuesto, el hecho de que él mismo pertenecía a una familia aristocrática ateniense y podía dedicarse a la Filosofía ad honorem, mientras que Protágoras era extranjero (de Abdera probablemente) y alguien que podríamos llamar de "clase media", porque las fuentes antiguas informan que trabajó en su juventud como mozo de cuerda, y por ende, era lógico que cobrara por las lecciones que impartía. Al respecto, Platón pone en boca de Protágoras las siguientes palabras: "He establecido para el pago de mis honorarios este criterio: Cuando alguien ha terminado de recibir mis enseñanzas, me paga el precio que le pido, si le parece bien; en caso contrario, yendo a un templo y bajo juramento, manifiesta en cuánto evalúa mis enseñanzas, entregándome sólo esa cantidad".

Pero uno de los estudiantes de Protágoras, un tal Evatlo, salió más astuto que el maestro. Protágoras era conocido por su afirmación de que sobre todas las cosas podía haber dos tesis opuestas. Parece que con ello quiso decir sólo que con buenos argumentos siempre era posible sostener opiniones en controversia, pero esto fue caricaturizado diciendo que Protágoras enseñaba a sostener el argumento más débil y convertirlo en el más fuerte, a base de puras piruetas dialécticas, y que no pueden haber dos ideas opuestas sobre la realidad (olvidando que Protágoras hablaba de opiniones y no de hechos, por supuesto). Por eso la anécdota de Evatlo ha sido repetida con cierto regocijo, por ser la derrota de Protágoras en su propio juego.

Evatlo quería dedicarse a la práctica forense, y para ello acudió a estudiar Oratoria con el mejor, o sea, con Protágoras. Alegó Evatlo que no tenía dinero para pagar la enseñanza, y Protágoras aceptó enseñarle, siempre que Evatlo le abonara sus honorarios después de ganar su primer juicio. Terminó la enseñanza, pero Evatlo se negó a tomar ningún juicio, para así no pagarle a Protágoras. Encontró entonces Protágoras a Evatlo y le dijo:

- Evatlo, te voy a demandar a los jueces por lo que me adeudas. Si pierdes el juicio tendrás que pagarme porque a eso te habrán condenado los jueces y deberás acatar la sentencia. Si lo ganas, habrás ganado tu primer juicio y por lo tanto igualmente tendrás que pagarme, porque así lo acordamos.

Pero Evatlo, tan frescamente, habría respondido:

- Aunque me demandes no te pagaré, porque si gano, entonces deberé acatar la sentencia y no tendré que pagarte, y si pierdo, entonces no habré ganado mi primer juicio y por lo tanto no tendré obligación de pagarte...

domingo, 10 de agosto de 2008

El filósofo escocés nacido en Irlanda.

¿Se puede ser escocés si no se nace en Escocia...? Sentimientos nacionalistas de inmigrante aparte, la verdad es que sí, al menos en un caso, y éste es el de Juan Escoto Erígena, teólogo del siglo IX. Porque éste, a pesar de su origen ("escoto" significa más o menos "el escocés", porque Escocia le debe su nombre al pueblo de los escotos, que lo colonizó hacia el siglo VI), su apodo lo delata como nativo no de Escocia, sino de Irlanda, ya que "genos" en griego significa "nacido", y "Erín" es el nombre que recibía la isla ("Irlanda" viene del inglés "Eire Land", que significa "Tierra de Erín", precisamente). O sea, Juan Escoto Erígena era Juan el escocés, pero un escocés nacido en Irlanda. ¿Cómo es esto posible?

La verdad es que, durante la temprana Edad Media, la historia de Escocia y de Irlanda estaba más vinculada de lo que podría parecer a primera vista. Las Islas Británicas estaban pobladas por tribus celtas en la época de la conquista romana, pero éstos sólo conquistaron Inglaterra, es decir, la región sur de la isla de Gran Bretaña (a veces se identifica a Inglaterra con la totalidad de Gran Bretaña, lo que es incorrecto). Es decir que Escocia, la región norte, e Irlanda, la isla occidental a Gran Bretaña, jamás cayeron en manos romanas. Debido tanto a su cultura común como a la resistencia contra el invasor romano, hubo buenas relaciones entre ambos territorios. En el siglo VI, la región norte fue invadida por la tribu de los escotos, y éstos dieron nombre a Escocia, pero por ser celtas, siguieron tan fieles a los celtas de Irlanda como siempre. De manera que, desde la Europa Continental, se les dio el nombre de escotos tanto a los escoceses mismos como a los irlandeses.

Las invasiones vikingas cambiaron esto. Los montañeses de Escocia, frente a la presión, se unieron, y en el año 844 crearon un reino unificado (bueno, más o menos, pendencieros como eran los highlanders, en realidad), bajo la dirección de Kenneth MacAlpin, señor de los escotos, que fue aceptado también por los pictos, otra tribu de Escocia, convirtiéndose así en Kenneth I de Escocia y fundando la monarquía escocesa. Irlanda, por su parte, tuvo menos suerte, y los vikingos no sólo la arrasaron, sino que fundaron un puesto de avanzada (la futura ciudad de Dublín), desde la cual dominaron la isla durante casi un par de siglos. Con lo que las tradiciones culturales escocesa e irlandesa divergieron, y cada territorio asumió su propia identidad, si bien con raíces culturales célticas comunes.

Y una nota final. Juan Escoto Erígena, a pesar de venir desde las Islas Británicas, floreció en la corte de Carlos el Calvo, Rey de Francia. Esto no es casualidad. En la época, los más importantes pensadores procedían de Irlanda (en realidad, antes de que la población irlandesa fuera diezmada por los vikingos y su cultura aniquilada). De ahí que un escocés nacido en Irlanda, encontrara finalmente su campo de trabajo en Francia...

jueves, 24 de julio de 2008

El determinismo a rajatabla de Laplace.


La anécdota es conocida, pero muy reveladora sobre lo que era la mentalidad de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, en lo que a las Ciencias se refiere. Pierre Simon Laplace era indiscutiblemente el as de la Astronomía y las Matemáticas francesas, hasta el punto que sus coterráneos, llevados a la hipérbole por el nacionalismo, no dudaron en llamar el "Newton francés". Más tarde o más temprano, el Newton Francés tenía que encontrarse con el César Francés, y así es como se conocieron Laplace y Napoleón Bonaparte. Un elemental sentido de la prudencia política recomendó a Laplace regalarle uno de sus libros a Napoleón, y éste descubrió (según un cronista dice, más bien alguien se lo hizo notar) que Laplace en ninguna parte del grueso tratado hacía referencia acerca de Dios. Napoleón habría dicho entonces:

- Señor Laplace, me dicen que usted ha escrito este enorme libro sobre el sistema del universo, y en ninguna parte hace mención a su Creador. - ("Monsieur Laplace, on me dit que vous avez écrit ce volumineux ouvrage sur le système de l’Univers sans faire une seule fois mention de son Créateur").

- Yo nunca tuve necesidad de una hipótesis como ésa - replicó entonces el imperturbable Laplace ("Je n'avais pas besoin de cette hypothèse-là").

- ¡Ah, pero sigue siendo una buena hipótesis! Explicaría tantas cosas... - ("Ah ! c’est une belle hypothèse ; elle explique beaucoup de choses").

No en balde, Laplace era heredero espiritual de Newton, el hombre que había "probado" que Dios actuaba como un Gran Relojero. Un problema que había quedado pendiente era el de la estabilidad del Sistema Solar: según la Ley de Gravedad, todos los cuerpos del Sistema Solar deberían atraerse en mayor medida unos con otros, y esto debería llevar a un Sistema Solar inestable en que los planetas terminaran por salirse de sus órbitas o caer en espirales ascendentes o descendentes hacia el Sol. El mérito de Laplace respecto de esto fue probar matemáticamente que el Sistema Solar era estable, porque las anomalías gravitacionales de las distintas órbitas planetarias tienden a corregirse entre sí. Al estudiar las leyes del movimiento planetario, Newton creía estar descifrando la Mente de Dios, mientras que Laplace, al hacer lo mismo un siglo más tarde, creía estar simplemente quitando la mano de Dios... o acaso a Dios entero de la ecuación (Laplace era francmasón, es decir, creía en el Gran Arquitecto del Universo). Determinista a ultranza, Laplace pensaba que una inteligencia con vasto poder de cálculo y capacidad para ver cada átomo y molécula del universo y calcular sus movimientos, podría deducir las leyes de su movimiento infinitamente hacia adelante y hacia atrás, y por lo tanto, el pasado y el futuro serían para esa criatura como un libro abierto. Sintomáticamente, Laplace no llama a esa criatura "Dios"... Laplace en esto era hijo del Siglo de las Luces, pero ya vendría después la Mecánica Cuántica a borrar de un codazo toda esta confianza suprema en el determinismo matemático.

domingo, 27 de abril de 2008

La apuesta de Pascal.


Curiosamente, en los más de dos años que Siglos Curiosos lleva en línea, no es algún posteo sobre la Edad Media, sobre la guerra o sobre América Precolombina que se lleva la palma por mayor cantidad de visitas dentro del blog, sino el relacionado con la Pascalina. Aunque ha caído su tanto, de todas maneras sigue en el Top Ten de lo más leído en Siglos Curiosos (BlogPatrol dixit). Y si Pascal quieren nuestros lectores... Pascal hasta que revienten.

Blaise Pascal vivió escasos 39 años: nació en 1623 y murió en 1662. Quizás por su mala salud consuetudinaria, desarrolló una intensísima vida espiritual, que lo llevó desde las Matemáticas y la Hidráulica (campos en que hizo importantísimas contribuciones) hasta la Teología y el Misticismo. Una curiosa combinación de dos grandes preocupaciones suyas, la Teoría de las Probabilidades y el Misticismo, radica en la llamada "apuesta de Pascal". Según Pascal, creer en Dios es apuesta más segura que no creer, porque eso abre cuatro posibilidades: 1.- Creo en Dios y acierto, entonces mi ganancia es infinita (me voy al Cielo), 2.- Creo en Dios y me equivoco, entonces no gano ni pierdo nada (mi vida se acaba, sin Cielo ni Infierno), 3.- No creo en Dios y acierto, entonces entonces no gano ni pierdo nada (no hay vida ultraterrena otra vez, por lo que no gano ni pierdo nada), y 4.- No creo en Dios y me equivoco, entonces mi pérdida es importante y quizás infinita (me voy al Purgatorio o al Infierno). Por tanto, creer en Dios es apuesta segura, porque es imposible perder (aunque es posible "no ganar"), mientras que ser ateo es una pésima apuesta porque no hay forma de ganar (aunque sí se puede "no perder"). La palabra "apuesta" es correcta porque no en balde, Blaise Pascal fue uno de los fundadores de la moderna Teoría de Probabilidades, y por lo tanto, lo que estaba haciendo era aplicar las Matemáticas más novísimas de su tiempo, al pensamiento religioso.

Aunque la apuesta de Pascal ha sido esgrimida desde antiguo por muchas religiones como defensa de su fe (de una manera no tan matemática, por supuesto), no resiste un análisis lógico demasiado firme, y en realidad Pascal hace una serie de asunciones derivadas de su propio pensamiento místico. Por ejemplo, podría darse la circunstancia de que existiera un Dios en efecto, pero éste premiara el pensamiento racional y castigara la fe ciega; y en este caso estamos creyendo en Dios por fe y sin evidencias (sólo por argumento de probabilidad, no por certeza). Por otra parte, la esencia de la fe es justamente dar un salto más allá de la razón, por lo que creer en Dios como parte de una apuesta probabilística es justamente negar la fe. Además, este esquema sólo funciona dentro de una creencia teológica en que hay un Dios que castiga o premia de manera infinita, idea congruente con el pensamiento de Pascal (éste pertenecía a la secta de los jansenitas, y éstos eran conocidos por su rigor místico, tanto que a pesar de ser fieles a la Iglesia Católica, ella misma terminó por reprobarlos). Sin embargo, este Dios Premiador o Punisher no necesariamente tiene que existir (por ejemplo, si el premio ultraterreno no es infinito, entonces quizás no compense las privaciones terrestres, y a la inversa, si el castigo ultraterreno debe terminar en algún minuto, entonces quizás valga la pena aceptarlo a cambio de una recompensa terrena mayor). Y por cierto, queda abierta la gran pregunta de... ¿y si elegimos adorar a un dios que resulta no ser el correcto...? ¿Acaso por creer en el Dios Cristiano, no podría eventualmente castigarnos Alá o Buda, en caso de que alguno de ellos, u otro, sea el cappo di tutti cappi...?

Volviendo al terreno netamente histórico, parece ser que, a pesar de vivir sus últimos años en un misticismo y automortificación monacal, el propio Pascal falleció un tanto angustiado: sus últimas palabras habrían sido "ojalá que Dios nunca me abandone" ("Puisse Dieu ne jamais m'abandonner")...

domingo, 5 de agosto de 2007

Prestándole atención a Confucio.

Suele suceder que los hombres propagadores de doctrinas de éxito supremo a lo largo de los siglos, en vida tienen muy poco reconocimiento. Esto se debe, en parte, a que dichas doctrinas chocan con la realidad de su época, y por ende, suelen ser apreciados por sus valores espirituales, por una posteridad que ya no tiene que lidiar con los aspectos más, ejem, pedestres y de aplicación práctica de estas doctrinas. La historia de Confucio refleja palmariamente esta situación.
En los siglos precedentes de Confucio (quien vivió en el siglo V a.C.), la autoridad central de China, radicada en la Dinastía Chou, se había debilitado mortalmente, y en su lugar habían surgido una serie de reinos periféricos, que luchaban por la supremacía; en medio de este mapa habían una serie de pequeñísimos reinos que trataban de sobrevivir entre los grandes, más o menos como los países europeos trataban de no caer bajo la égida de Estados Unidos y la Unión Soviética, en la segunda mitad del siglo XX.
Confucio fue un oscuro funcionario público en Lu, uno de esos reinos pequeños que trataban de respirar en la enrarecida atmósfera política de la época. Luego de abandonar su trabajo, se dedicó a la enseñanza itinerante. La filosofía de Confucio era bastante simple y de cuño tradicionalista: las cosas funcionan bien cuando el padre es un buen padre, el hijo es un buen hijo, el rey es un buen rey, etcétera. Conservadurismo puro, vaya.
Por eso resulta curioso que los reyes de la época no hayan adoptado el Confucionismo ni por casualidad. Siglos después se puso de moda una filosofía rival, el Legalismo, que postulaba como supremo remedio social el amarrar toda la vida civil al Estado. Pero cuando los amarrados decidieron que estaban mejor desatados, este totalitarismo filosófico se fue al descarte, y bajo la Dinastía Han (206 a.C. en adelante), los confucianos fueron lentamente llamados al poder. Sus ideas ultraconservadoras eran lo que China necesitaba para mantener el cemento de la cohesión social, y así los exámenes sobre Confucionismo, que todo funcionario público debía aprobar si quería trabajar para el Celeste Imperio, se mantuvieron la friolera de dos milenios, hasta que fueron abolidos con la caída del Imperio, en 1911...

domingo, 29 de julio de 2007

Nirvana.


Esta entrada no es, por supuesto, sobre la banda grunge de Seattle liderada por el manido Kurt Cobain, sino sobre el original Nirvana de la India. El Nirvana es famoso por su asociación con el Budismo. Así, para Buda, el Nirvana sería el estado último que puede alcanzar un ser humano.
Es usual describir al Nirvana como un estado de aniquilación final de la individualidad. Este proceso, a los oídos occidentales, suena un tanto cataclísmico, acostumbrados como estamos a pensar en la vida de ultratumba en términos puramente individualistas: o sea, el alma se pierde o se salva permaneciendo siempre de una sola pieza. En cambio, para los habitantes de la India no es tan traumática, porque en la concepción budista, la individualidad es sólo una ilusión. Es decir, el ser humano se percibe como individuo porque está atado a la ilusión de la existencia. Una vez libre de la ilusión, la individualidad debe, por supuesto, evaporarse.
En ese sentido, se ha dicho que el Budismo es una "religión sin Dios", e incluso una mera filosofía. Lo cierto es que Buda nunca predicó una religión en el sentido lato de la palabra. Sus consejos se dirigen a la búsqueda del Nirvana, o sea, a liberarse de la ilusión de la existencia, porque de ella emana el sufrimiento. En el Nirvana no hay sufrimiento, pero tampoco hay "descanso eterno", por decirlo de alguna manera, porque al aniquilarse la individualidad, obviamente no hay descanso. En cuanto a los dioses, éstos forman parte de la "realidad", y como ésta es una ilusión, entonces lógicamente adorar a los dioses es justamente eso, algo iluso.

domingo, 15 de abril de 2007

La misoginia de Schopenhauer.

Arthur Schonpenhauer (1788 a 1860) es probablemente uno de los filósofos más amargos y pesimistas de todos los tiempos. Esto es explicable en cierto modo porque su vida entera fue un eterno batallar contra fuerzas externas que lo amenazaron constantemente. Una de esas fuerzas fue su dominante madre, a causa de quien desarrolló una rampante misoginia, que le ha hecho quizás incluso más conocido que su propia obra filosófica.
Schopenhauer era hijo de una familia comerciante de Danzing, puerto polaco que cuando fue anexado a Prusia en 1793, llevó a los Schopenhauer a mudarse a Hamburgo. El temprano fallecimiento de su padre dejó a Schopenhauer a merced de su madre, una escritora con más convicción sobre su propio talento, que con talento mismo, y que por tanto hizo lo imposible por sofocar al pequeño Arthur. El gran escritor alemán Goethe, quien era amigo de Johanna Schopenhauer desde que se encontraran en Hamburgo, le dijo un día que su hijo estaba destinado a grandes cosas, a lo que ella repuso que eso era imposible, porque nunca había oído hablar de DOS genios en una misma familia.
En romances, por su parte, Schopenhauer fue desgraciado. Tenía 33 años cuando se enamoró de una cantante de ópera de 19. A los 43 pretendió a otra joven, esta vez de 17, que lo rechazó. Todo lo cual ayudó a hacerlo aún más misántropo.
Schopenhauer es recordado así por haber escrito algunas de las más valiosas perlas misóginas de todos los tiempos. Escribió: "Las mujeres son criaturas de ideas cortas y cabellos largos". Las considera más sensibles y simpáticas a los sentimientos y sufrimientos de los demás, y por eso tienen, en su concepto, el raciocinio obnubilado, siendo por eso inferiores a los hombres; en opinión de Schopenhauer, las mujeres son apenas mejores que los niños pequeños.
Aunque muchos autores y pensadores en la Historia han sido misóginos, es poco probable encontrar a alguien que haya llevado la misoginia tan lejos como Schopenhauer.

jueves, 12 de abril de 2007

La megalomanía de Oswald Spengler.


Después de la Primera Guerra Mundial, la Entente (Francia, Inglaterra y Estados Unidos) impuso condiciones tan draconianas de victoria a Alemania, que ésta se hundió en una crisis económica sin precedentes, al tiempo que la naciente y socialdemócrata República de Weimar tenía que sobrevivir a grupos ultraizquierdistas como los espartaquistas, o ultraderechistas como los nacionalistas (futuros nazis). En medio de este panorama, un filósofo alemán llamado Oswald Spengler publicó una obra llamada "La decadencia de Occidente", en dos tomos (1918 y 1923). Esta obra pasó a ser un gran éxito de ventas en todo el mundo, porque prometía explicar por fin el viejo problema de por qué las civilizaciones decaen y los imperios se derrumban.
Según Spengler, las civilizaciones son como organismos vivos, aunque la unión entre sus elementos es de carácter un tanto más espiritual. Por tanto, como los organismos vivos, nacen, se desarrollan, crecen, declinan y mueren. Todo, con la monótona regularidad de un reloj. Según Spengler, la civilización occidental, cuyo nacimiento hace coincidir con el Imperio Carolingio, estaba ya entrando en el invierno de su existencia, y le faltaba bien poco para morir.
A pesar de lo ímprobo de sus ideas, Spengler pasó a ser un autor muy popular, debido a un cierto rasgo de megalomanía. Spengler hacía coincidir el colapso de Alemania nada menos que con el colapso de toda la civilización occidental en su conjunto. Para Spengler, como para una ristra de alemanes anteriores y posteriores a él, Alemania era lo mejor que había producido la cultura europea, y por ende, el fracaso de Alemania en la Primera Guerra Mundial era nada menos que la trompeta del Apocalipsis para toda Europa. Conforme el resto de Europa fue cayendo bajo la férula de Estados Unidos y la Unión Soviética, también otros europeos (no alemanes) adoptaron las ideas de Spengler.
Huelga decir que las ideas de Spengler están hoy en día abandonadas, y ningún historiador responsable las toma en serio, en particular por ese tufillo decimonónico que tienen sus cogitaciones sobre "el desarrollo del espíritu" y cosas así. Sin embargo, aún sigue dando trigo que trillar a los molinos de intelectuales alarmistas que profetizan el fin en breve del mundo occidental.

domingo, 25 de marzo de 2007

René Descartes en el congelador mortal.


La muerte de René Descartes, el destacado filósofo y matemático francés, tuvo algunos ribetes de absurdo. A pesar de haber hecho importantísimas contribuciones a las Matemáticas y además ser una autoridad mundial en Cosmología, era su texto "El discurso del método", publicado en 1637, el que le había dado fama universal. Esta fama sirvió para que Cristina de Suecia, la reina marimacho del norte, lo llamara a su corte. Frente al hecho de tener que afrontar un clima inclementemente frío pesó más en el ánimo de Descartes el orgullo de poder añadir el ser profesor de una reina a su currículum, así es que se decidió a emprender el viaje.
En mala hora. La reina quería aprender filosofía, es cierto, pero no podía desatender los asuntos de estado, que le llevaban todo el día, de manera que obligó a Descartes a levantarse a las cinco de la mañana para darle clases. Las consecuencias de estar varias semanas levantándose de madrugada en el clima más helado de toda Europa trajo secuelas, porque Descartes enfermó de pulmonía y falleció en lo más profundo del invierno sueco. De haber aguantado mes y medio más, hubiera llegado a cumplir 54 años. Corría Febrero de 1650.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Las tres canastas de Isaiah Berlin.

Isaiah Berlin, filósofo inglés nacido en Rusia, en el seno de una familia judía, fue uno de los más prominentes intelectuales liberales del mundo académico europeo en el siglo XX. Sus reflexiones sobre la idea de la libertad, diferenciando entre libertad negativa (ausencia de presiones) y libertad positiva (libertad para transformarse en el amo del propio destino) han sido ampliamente discutidas en el mundillo universitario. Pero como filósofo, Berlin tenía los pies de barro. Y sus momentos de chochera y ridículo. Quizás el más insigne, sea el de las tres canastas de Isaiah Berlin.
Como muchos otros filósofos, Isaiah Berlin llegó al punto en que no podía seguir adelante con la dogmática, sin acaramelarla con una teoría del conocimiento. Y diseñó la suya propia. Según Berlin, hay tres canastas (metafóricamente hablando, por supuesto). En la primera canasta echamos las preguntas que requieren de métodos científicos o empíricos para ser contestadas (por ejemplo: "¿cuántas lunas tiene Saturno", "¿en qué año Isaiah Berlin chocheaba con las tres canastas?"). En la segunda canasta echamos las preguntas que requieren de métodos lógicos o matemáticos para ser contestadas (por ejemplo: "¿cuánto son 2 + 2?", "¿la palabra empollón se escribe con o sin acento?"). En la tercera echamos las preguntas residuales, que no podemos contestar de las otras maneras, y que por lo tanto, son preguntas filosóficas propiamente tales (por ejemplo: "¿cómo ser ecuánime con quienes no están de acuerdo conmigo?", "¿es justo para los árboles el talarlos para imprimir libros de Isaiah Berlin en papel?").
Suena bonito, pero es una perogrullada. Lo que Berlin trata de decir de manera elegante, es que hay preguntas que pueden ser contestadas objetivamente, y otras que no. Hasta ahí el magnífico asunto.
Como eso dejaría al filósofo Isaiah Berlin y a su pandilla de colegas sin trabajo (a la larga, todas las preguntas deberían pasar de la tercera canasta, la canasta del misterio, a las otras dos), Berlin se pregunta sobre si hay preguntas que sean inherentes a la tercera canasta, si hay preguntas que siempre van a ser filosóficas. Sorprendemente, concluye que sí. Digo sorprendentemente, porque esto es un acto de fe, ya que se supone que no hay método alguno para contestar las preguntas de la tercera canasta, por tanto su respuesta nos es desconocida, y por tanto, ignoramos de momento si podemos pasarla a las otras dos canastas. A la larga, descubrimos que Isaiah Berlin ha creado la teoría de las tres canastas para justificar su paga como filósofo universitario a sueldo, y que creer en la tercera canasta no es un acto racional, sino puro misticismo. Y después dicen que la filosofía ha hecho avances desde Platón hasta nuestros días...

domingo, 5 de noviembre de 2006

El infantil viraje de Gustav Radbruch.

Gustav Radbruch, quien nació en 1878 y murió en 1949, fue un teórico alemán que se dedicó al estudio de la ley. No de la ley positiva, eso sí, sino de aquello que hace a una ley ser ley. En otros términos, no era un estudioso del Derecho, sino un filósofo del Derecho.
La historia corta sobre Radbruch es que sus doctrinas emprendieron un viraje en 180º después del ascenso de Hitler al poder. Antes de 1933, sostenía que la ley era la ley positiva, o sea, aquella que es dada y promulgada por la autoridad, lo que es de sentido común. Pero después le cobró una repugnancia tal al Nazismo, que decidió que aquello no podía ser la ley, después de todo. Y dijo entonces que si la ley no contenía ideales de justicia, no era una verdadera ley.
Por supuesto que este viraje es una pataleta infantil, y como tal ha sido muy discutida. Después de todo, la ley es ley porque alguien obliga a que ésta se cumpla. La justicia nada tiene que ver en eso (puede que algún castigo del Código Penal sea injusto por excesivo o por blando, pero sigue siendo la ley, y a ver quién es el guapo que le discute eso al tribunal respectivo). Pero aunque este viraje de Radbruch debería ser obviamente rechazado por cualquier teórico, ha tenido mucha popularidad entre los círculos académicos gracias a la visión liberal y antinazi de Radbruch. O sea, es otro caso de teoría sin base lógica alguna, entronizada en el Olimpo académico por ser funcional a las corrientes políticas del minuto.

miércoles, 1 de noviembre de 2006

¡¡Filosofía del Derecho!!

La actividad jurídica suele ser, por lo general, bastante árida. Con cierta razón, el estadounidense Ambrose Bierce definió a un litigante como alguien que vende la piel, con la esperanza de conservar los huesos. Frente a eso, ideales como la justicia o la equidad, que en principio deberían regir las leyes, no tienen mucho que hacer. Algún griego antiguo decía al respecto que la ley es una telaraña que atrapa a las moscas, pero deja pasar a los pájaros...
Por todo lo anterior, no deja de ser ciertamente peregrino que haya filósofos dedicados en cuerpo y alma al "estudio" y "análisis" de temas tales como la esencia de las leyes, la búsqueda de la justicia, etcétera. Y aunque no se crea, lo hacen en serio. Lo suyo, han decidido llamarlo "Filosofía del Derecho". Si ambos temas, por separado, suelen ser aburridos, no hablemos de qué pasa cuando se ponen juntos.
Aunque muchos filósofos han puesto los sesos en remojo con respecto al tema del Derecho, esta "disciplina" o "rama" de la Filosofía aparece con fuerza en el siglo XIX. Esto coincide con la hiperespecialización de los filósofos, que los llevó a sectorizarse y abandonar los tradicionales grandes relatos filosóficos a la Platón, Descartes, o Kant, y decidirse por pontificar sobre ciertas parcelas del conocimiento. En Alemania, el término aparece con el libro "Elementos de filosofía del derecho", de Hegel (1820); en Francia con la "Philosophie du Droit" de un tal Lerminier (1831); en Inglaterra con "The province of jurisprudence determined. A philosophy of positive law" de John Austin (1832); y los italianos se suben al carro con la "Filosofia del diritto" de Antonio Rosmini (volumen 1 en 1841, volumen 2 en 1845). Cabe preguntarse si alguno de esos libros harán más que criar polillas en sus respectivas bibliotecas.
Por alguna razón, ni Giorgio del Vecchio, ni Gustav Radbruch, ni Hans Kelsen, ni Norberto Bobbio, ni ninguno de estos teóricos ha tenido la popularidad de sus contemporáneos, los también filósofos Oswald Spengler, Martin Heidegger, Jean Paul Sartre o Bertrand Russell, hasta el punto que salen en poquísimos manuales de Historia de la Filosofía, si es que en verdad salen en alguno. Mal por ellos, claro está.

viernes, 28 de julio de 2006

Contra Sócrates


El retrato más famoso que la posteridad ha recibido de Sócrates (en términos literarios, por supuesto), es el que nos ha legado Platón. Gracias a él, vemos a Sócrates como una especie de semidios de la sabiduría, llegado hasta nosotros los pobres mortales para iluminar nuestras pequeñas mentes. Esto es, por supuesto, pura propaganda: después de todo, Platón había sido discípulo de Sócrates, y al alabar la sabiduría de su maestro, indirectamente Platón alababa la suya propia ("miren que buen maestro tuve, ¿eh?").
Menos conocido es el hecho de que hay retratos literarios harto menos amables. Jenofonte, por ejemplo, aparte de su obra más famosa, la histórica "Anábasis", escribió un tratadito sobre actividad campestre, en donde Sócrates aparece como un amable interlocutor, sin rasgos especialmente negativos, pero tampoco como un superhombre ni un semidios. Jenofonte había sido también discípulo de Sócrates, pero evidentemente pesaba en él más el historiador objetivo que el filósofo megalomaníaco.
Pero la palma se la lleva Aristófanes, el atrevido comediante ateniense. Contemporáneo de Sócrates, le dedicó una de las once comedias que se conservan de él, "Las nubes". En ella presenta un retrato simplemente demoledor. En la obra, el rústico Estrepsíades contrae matrimonio con una mujer de ciudad, con la que concibe un hijo. El hijo sale a la madre, derrocha el patrimonio del padre, y éste se llena de deudas. Afligido, busca a Sócrates para que éste le enseñe como ser "un morral de engaños, al que nunca faltan palabras, que se burla de los procesos, que hace trizas las leyes, un taravilla, un coyote, todo lleno de arterías, escurridizo cual anguila, voluble, fácil de huir, resbaladizo"... El problema es que el hijo sale mejor alumno de Sócrates que el padre, y al tiempo que éste huye de los acreedores, recibe una feroz paliza de su propio hijo, que para colmo argumenta, usando los mismos argumentos de Sócrates, que dicha paliza es muy justa...
A continuación, algunas perlas que Aristófanes pone en boca de Sócrates:
- "¿Por qué me llamas, efímero mortal?" (Sócrates presentándose en plan "yo, el modesto").
- "Nunca pudiera ver yo con claridad las cosas celestiales, si no elevara mi alma suspendida de arriba y me hallara en una atmósfera semejante a la de los astros" (Sócrates, haciendo de bola hinchada de aire sabio y caliente).
- "¡Son las Nubes, diosas grandes para el inactivo! Ellas dan sabiduría y modo de argumentar, ellas dan mente que capta y una gran facundia, parlería y arte de enredar al contrario y de hacerlo titubear" (vale, ahora sabemos para qué se inventó la filosofía).
- "Es que cuando mueven las nalgas, comienza a tronar" (Sócrates refiriéndose a las nubes como agentes de la metereología).
- "Pero también tienes que reconocer que no hay dioses sino los nuestros. El Caos, las Nubes, la Lengua. Sólo esos tres, no hay más" (mi secta, disfrazada de filosofía).
Y mejor no sigo, antes de que algún catedrático de Filosofía del Derecho se sienta demasiado tocado por todo esto.

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