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domingo, 2 de septiembre de 2012
La absurda muerte de Cano y Aponte.
Después de la marejada de gobernadores ineptos, corruptos o desastrosos que fueron la plaga de Chile durante el siglo XVII, el nivel mejoró notablemente durante la siguiente centuria, gracias a las reformas administrativas promovidas por los Borbones en España. Bueno, los Borbones del siglo XVIII al menos, época en la cual la endogamia genética todavía no había obrado la totalidad de sus efectos, y por lo tanto España podía sacarse lustre al respecto. Entre los buenos gobernadores que conoció Chile estuvo don Gabriel Cano y Aponte, que perfecto no era (hubo acusaciones de corrupción en contra suya, en el juicio de residencia que se le siguió a sus herederos, porque como veremos, Cano y Aponte falleció en la gobernación), pero que ciertamente fue capaz de mantener al país luchando contra sus pestes endémicas (la constante piratería y contrabando de las costas, el devastador terremoto de 1730, una epidemia de viruela al año siguiente...), además de meter en cintura y para bien a los siempre interesados oidores de la Real Audiencia. Su período fue inusualmente largo, ya que asumió su cargo en 1717, y en 1733 todavía estaba en él.
El 25 de Julio de 1733 se celebró la festividad de Santiago Apóstol, como era de rigor en una sociedad católica como la de... Santiago de Chile, precisamente. Como era el estilo de la época, la fiesta se celebró con toda clase de tradiciones propias de lo que llamaríamos la "chilenidad", y que hoy en día están cada vez más constreñidas a las Fiestas Patrias, si es que. Entre estas fiestas se contaban por supuesto las pruebas de equitación. Eran también probablemente las últimas fiestas de Santiago Apóstol que celebraría el gobernador, ya que en Marzo pasado había llegado una real cédula en la que debía rendir la gobernación a un nuevo enviado de España, aunque conservaba la misma mientras el nuevo gobernador llegara. Las fiestas duraron por supuesto más de un día, y el día 26...
El gobernador Cano y Aponte tenía ya 68 años, pero no se le despintaba un carácter "alegre, dicharachero, siempre envuelto en aventuras galantes, valeroso y desprendido, de modales pulcros y trato seductor" según lo describe don Leopoldo Castedo. Era por tanto muy popular entre la gente, así como más que un poco confiado. Cabalgaba un hermoso caballo, y se empeñó en que dicho caballo pusiera las patas delanteras sobre el muro. El historiador Vicente Carvallo y Goyeneche describe así lo que sucedió a continuación: "Se interesaron todos en apartarlo de tan peligrosa evolución; pero su capricho hizo vano los esfuerzos de aquellos caballeros; y castigando al bruto con la espuela, le obligó a tocar con las manos la pared; (el caballo) cayó de espaldas y tomó debajo de la silla al gobernador".
A cualquier persona, más aún un casi setentón, terminar aplastado bajo el caballo significaría muerte segura, y de hecho sacaron a Cano y Aponte casi moribundo del accidente. Pero sobrevivió durante MESES con la columna vertebral quebrada, y gran entereza de ánimo. El gobernador empleó sus últimas semanas en ajustarse con su conciencia, reparando algunos males en su opinión injustos que le había hecho a algunas personas en el pasado. El 29 de Octubre, ya superado por los dolores, rindió finalmente su puesto en manos de un gobernador interino. El 11 de Noviembre falleció. Sus funerales fueron discretos, según sus disposiciones, pero a los pocos días se celebraron nuevas exequias, esta vez con el dispendio propio de la figura que había sido, y fue muy llorado por el pueblo. En cuanto al destino del caballo en cuestión, en las crónicas que ha estado ojeando don General Gato vuestro servidor quien esto escribe, nada ha podido encontrar...
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domingo, 26 de agosto de 2012
Ippolito Desideri trata de cristianizar al Lama.
El sacerdote jesuita Ippolito Desideri fue otro de esos infatigables misioneros que trataron de propagar el Cristianismo por tierras de paganos. En el caso de Desideri, un poco por obligación. En realidad ya había conseguido arribar muchos años atrás una misión católica al "techo del mundo", pero la falta de contacto hacían conveniente enviar a alguien para reabrirla. Juzguen ustedes cuán largo y tortuoso era en la época el viaje al Tíbet: el pobre Desideri partió de Delhi el 23 de septiembre de 1714, y llegó finalmente a Lhassa el 18... de marzo... de 1716. Sí, desde el corazón de la India hasta la capital del Tíbet, nuestro héroe debió descontarle un año y medio a la de por sí deprimente expectativa de vida de la época. Lo que hizo diferente a la misión de Ippolito Desideri, no sólo de cara a la religión sino también a la cultura, es que se trata del primer europeo del que tenemos noticia, intentó en verdad interiorizarse de los aspectos de la cultura y costumbres de los tibetanos.
Pero el trabajo de Ippolito Desideri no era sólo hacer antropología aficionada, sino también promover la VERDADERA FE por supuesto. Para lo cual se tomó la molestia de aprender tan bien como pudo el tibetano, y escribir un libro en ese idioma, seguramente la primera obra en tibetano redactada por la mano de un europeo. Dejemos hablar a Ippolito Desideri y su encantador espíritu: "La sustancia del libro estaba dedicada a demostrar la falsedad de su doctrina, extendida entre sus creyentes, según la cual todos pueden salvarse sea cual sea su religión; yo quería demostrarles, en cambio, la absoluta necesidad de reconocer la grande y esencial verdad, según la cual una sola fe conduce al Cielo y a la salvación eterna". Apenas el Lama y sus ministros supieron de esto, se impacientaron: querían tener la obra delante suyo tan pronto como se pudiera, para poder discutir y sopesar esa extraña novedad llamada Cristianismo. Dicho sea de paso, el lama de la época era Lha-bzang Khan, que a pesar de ser hombre de talante razonable no era demasiado querido por sus súbditos debido a que había accedido al trono a través de la invasión militar y la usurpación del Lama anterior.
Volviendo a Ippolito Desideri. Terminó su obra en diciembre de 1716, y solicitó por los canales correspondientes que el lama le recibiera para dedicársela. Este le replicó que lo haría en audiencia pública, y que el mismo Ippolito Desideri fijara la fecha. Orondo, éste pidió el 6 de Enero de 1717, por ser el día de la Epifanía. Después de atender a otros peticionarios, el Lama dedicó su atención a Desideri, quien le ofreció el libro. El propio Lama desató las amarras externas del mismo (los libros tibetanos clásicos vienen con hojas trianguladres sueltas entre dos tablillas de madera también triangulares, así es que deben ser amarrados por razones obvias). Luego comenzó él mismo a leer el volumen, hasta que se cansó y le pidió a otro monje que siguiera la lectura allí donde la había interrumpido. Pero tampoco el monje llegó a terminar, porque el Lama le interrumpió, alabó el libro, y a continuación expuso dos puntos que le perturbaban de la doctrina católica: la clase de ser superior al que adoraban, y la negación de la doctrina de la reencarnación. El Lama y Desideri debatieron durante un buen rato, hasta que el Lama, fascinado, decidió interrumpir la cuestión en definitiva y postergarla hasta terminar de leer el libro.
En marzo, Desideri fue llamado otra vez por el libro: lo habían leído tanto el Lama como los monjes tibetanos, y encontraron sus ideas de sumo interés, de manera que desearon organizar un debate. Para que hubiera igualdad de armas, el Lama postergó el mismo, y le dijo a Desideri que se empapara e investigara tanto como pudiera de la cultura, la religión y la filosofía tibetanas, y ordenó a todas las bibliotecas y a todos los eruditos que se pusieran a disposición de Desideri para su investigación. Desideri cumplió con la investigación todo lo que pudo, pero la cuestión nunca llegó a zanjarse: ese mismo 1717, una rebelión de los tibetanos en alianza con invasores zúngaros tomó Lhasa, y Lha-bzang Khan perdió la vida. Ippolito Desideri salió con vida del trance (de qué otra manera iba a dejar testimonio de sus aventuras, ¿no?), pero el jesuita tuvo que arrostrar la llegada de monjes capuchinos que tenían instrucciones de tomar para sí las labores de prédica. El resultado es que Desideri tuvo que abandonar el Tíbet. Después de tres años llegó con bien a Francia, y allí es donde redactó la relación de su increíble periplo, así como de su frustrado intento de convertir al Dalai Lama al Cristianismo.
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jueves, 21 de junio de 2012
Feijoo defiende a las mujeres.
Desde los tiempos de la Ilustración se ha aducido una y otra vez el carácter misógino de la Iglesia Católica, avalado por algunos textos bíblicos, así como por un puñado de quemantes declaraciones por parte de los iluminados Padres de la Iglesia (la misoginia de San Agustín era para no creerla). Pero aunque no se crea, hubo frailes que sí defendieron a las mujeres. Entre ellos, el benedictino español Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Aunque claro, debemos tener presente que Feijoo no era sólo hombre de Iglesia, sino también un progresista y casi, casi, un ilustrado. Sus ideas sobre las mujeres las vierte en un ensayo cuyo sólo título es revelador: "Defensa de las mujeres".
Las primeras palabras son casi una declaración de intenciones: "En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres, pues raro hay que no se interese en la precedencia de su sexo con desestimación del otro". Luego recorre el desprecio masculino por la mujer, desde señalando la absurda creencia coránica de que la mujer no entraría al Paraíso sino que se quedaría afuera mirando como su marido se solaza con las 72 huríes, hasta la inconsecuencia de los autores que critican a la mujer con sus obras y se solazan con ellas en sus vidas (cita a Bocaccio, el autor del "Decamerón", y al trágico griego Eurípides). Luego de lo cual declara: "No niego los vicios de muchas. Mas, ¡ay si se aclarara la genealogía de sus desórdenes!; ¡cómo se hallaría tener su primer origen en el porfiado impulso de individuos de nuestro sexo! Quien quisiera hacer buenas a todas las mujeres, convierta a todos los hombres".
Uno de los mejores pasajes, lo hace contestando la afirmación de que "la Cava indujo la pérdida de toda España, y Eva la de todo el mundo". La Cava, según el Romancero, es la hija de Don Julián, el conde felón que dejó pasar a las tropas árabes contra España en 711 para vengarse de Rodrigo, el último rey visigodo, que había "afrentado" a la chica (vamos, que la había violado). Pero, razona Feijoo, la felonía es de Don Julián, porque la Cava lo único que había hecho fue manifestarle a su padre la afrenta, sin tratar de persuadirle de que cometiera una traición semejante, y por tanto, la responsabilidad es toda de Don Julián. Razona de manera análoga respecto de Eva, porque el responsable último de la Tentación no fue ni Adán ni Eva, en definitiva, sino una criatura de sagacidad superior a ambos.
Respecto del entendimiento, Feijoo es tajante, y condena sin remisión a los tratadistas que rebajan el intelecto de la mujer respecto del hombre, incluso a lo puramente instintivo y poco más. Después de mencionar que las mujeres podían escribir apologías de su propio género (cita el tratado "Excelencia de las mujeres, cotejada con los defectos y vicios de los hombres", escrito por Lucrecia Marinella, "docta veneciana"), concluye que todos los tratadistas que rebajan a la mujer son hombres. Y por tanto: "lo cierto es que ni ellas ni nosotros podemos en este pleito ser jueces, porque somos partes; y así, se habría de fiar la sentencia a los ángeles, que, como no tienen sexo, son indiferentes". Critica el principal argumento machista, de que las mujeres no sirven más que para ordenar la casa, diciendo que si su actividad se reduce a eso (por motivos sociales, podríamos añadir), eso no es prueba de que no podrían servir para otra cosa. Y añade: "Es notoriedad de hecho que hubo mujeres que supieron gobernar y ordenar comunidades religiosas; y aun mujeres que supieron gobernar y ordenar repúblicas enteras". Nada mal, viniendo de alguien que era varón, católico, sacerdote, del siglo XVIII, y además de ese país con tupido de obras literarias acerca de "vengar el honor" como lo es España...
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domingo, 4 de diciembre de 2011
La primera novela gótica.

Ya hemos hablado previamente en Siglos Curiosos acerca de que la historia de lo gótico ha tenido varias vueltas y revueltas. Pero quizás el momento decisivo, las columnas de Hércules en lo que al desarrollo del género se refiere, sea la publicación de la novela "El castillo de Otranto". Dicha novela tiene también su propia historia, que quizás sea curiosa o quizás no, pero que de todas maneras vale la pena reseñar, debido a que salió mayormente sin intención de revolucionar nada, sólo como un divertimento que se le escapó de las manos a su creador, en lo que a influencia se refiere.
El autor de la novela es Horace Walpole. El hombre venía de familia ilustre: su padre Robert Walpole había sido nada menos que el primer Primer Ministro de Inglaterra, además de uno de los más duraderos en el cargo, completando nada menos que dos décadas entre su asunción en 1721, y su salida en 1742. Horace Walpole emprendió en su juventud el "Gran Viaje", como se llamaba a la excursión que todos los dandys con pretensiones artísticas en su tiempo hacían a Italia, para empaparse de clasicismo. Walpole quedó prendado de Italia, en particular de Florencia, y nunca olvidó el ambiente de carnaval y juerga que encontró allí. No en balde, la novela "El castillo de Otranto" se ambientará en dicho país, precisamente.
En 1747, Robert Walpole compró una casa en Londres que pasó a llamarse Strawberry Hill. Con cierto gusto excéntrico, comenzó a decorarla con un estilo de anticuario, como buen coleccionista de antigüedades que era. En definitiva, Strawberry Hill acabó transformada en un castillo gótico en miniatura, a gusto de su dueño. Años después, en 1764, apremiado por varios problemas personales, tuvo una extraña pesadilla, de la cual dijo: "lo único que recordé fue que me encontraba en un antiguo castillo y que al final de una gran escalinata vi una enorme mano enfundada en su armadura. Empecé de inmediato a escribir sin tener ni la más remota idea de lo que pensaba decir o relatar". Esto último es notorio si se lee la obra original, bastante deshilachada de argumento... pero que incluye una escena con una enorme mano enfundada en su armadura, etcétera, por supuetso.
La obra era tan extraña para lo común en la Inglaterra de la época, que Horace Walpole no se atrevió a publicarla como propia, y en su primera edición, la hizo pasar como la traducción de un manuscrito italiano. En el prólogo escribe: "La obra (...) se encontró en el norte de Inglaterra, en la biblioteca de una antigua familia católica. Fue impresa en Nápoles en caracteres góticos en el año 1529, sin que se especifique cuándo fue escrita. (...) Si la historia se escribió alrededor de la época en que se cree que pudo ocurrir, debió ser entre 1095, época de la primera Cruzada, y 1243, fecha de la última, o poco después" (copiado textual de Walpole, ya que sí hubo cruzadas después de 1243, para que mis estimados lectores no maten al mensajero). Para sorpresa general, la obra tuvo tanto éxito, que en la segunda edición se atrevió a publicarla ya como propia, con un segundo prólogo: "(...) conviene que se excuse ante sus lectores por haberles ofrecido su obra bajo la personalidad prestada de un traductor. Como fueron la poca fe en su propia capacidad y la novedad del intento lo que le indujeron a adoptar ese disfraz, confío en que será perdonado"... La novela puede ser quizás un poco simplona, e incluso bastante cliché para el gusto moderno, pero en su tiempo desató una revolución, ya que fue la primera que aunó elementos típicos de lo que después va a ser la imaginería gótica: Edad Media, castillos, fantasmas, cadenas, doncellas en apuros, un violento usurpador, ambientación latina (entiéndase, no anglosajona)... Piénsese en lo que Scooby Doo hace de broma, pero hecho en serio y por verdadera y muy primera vez, y se tendrá alguna idea de lo que es "El castillo de Otranto" y lo que representó para la historia de la literatura.
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jueves, 15 de septiembre de 2011
Culebrón de un historiador chileno.

¿Quién dice que la vida de un historiador tiene que ser aburrida? A la de Vicente Carvallo y Goyeneche no le faltan ingredientes para su propia teleserie. Vicente Carvallo y Goyeneche es considerado el último de los grandes historiadores que produjo el Chile del período colonial, y de hecho, fue soldado en la frontera con los mapuches. Valdiviano de origen, nació en 1742. Aunque abrazó la carrera de las armas, no pudo continuarla por su carácter: era jugador, mujeriego y díscolo.
Pero por otra parte, era un hombre siempre interesado en la lectura, y por lo tanto de gran cultura. Esto lo aprovechaba para escribir sermones por encargo de los frailes y los clérigos, con cuyos ingresos conseguía financiar las calaveradas que, probablemente sobre decirlo, lo tenían de manera permanente al borde de la bancarrota. O de cómo financiar las actividades del Diablo haciéndole trabajos a Dios...
El caso es que hacia 1780 se dio a escribir una gran obra histórica sobre Chile. Para su "Descripción Histórico-Geográfica" no sólo incorporó material de cronistas anteriores, sino que incorporó sus propias averiguaciones en la documentación que pudo consultar en los cabildos. Terminado su trabajo de investigación en Chile, Carvallo y Goyeneche pidió autorización a la corte de Madrid para viajar hasta allá y consultar los archivos reales, en busca de más información sobre Chile. La corte le concedió la autorización en 1791. Pero para desgracia del historiador, en la época el gobernador de Chile era Ambrosio O'Higgins, antiguo superior al mando de Carvallo y Goyeneche que conocía su carácter indisciplinado y mantenía una franca enemistad con él, y que temeroso de que éste aprovechara su viaje a Madrid para intrigar en la corte en su contra, se negó a darle autorización para el viaje.
¿Creen ustedes que eso iba a detener a Carvallo y Goyeneche? Por supuesto que no. Su remedio fue cortejar a una viuda rica y añosa llamada Mercedes Fernández, con quien contrajo rápido matrimonio. Luego del cual, por supuesto, se fugó desde Chile dejando atrás a la afligida viuda y llevándose los dineros de la misma. Furia redoblada del Gobernador y del mismísimo Rey, que ordenaron su captura inmediata. Pero Carvallo y Goyeneche se las arregló en la corte para lograr el perdón real, y pudo seguir sus investigaciones en España, aunque por desgracia no obtuvo el acceso a los archivos. Finalmente se radicó en Buenos Aires, ciudad en la que fallecería en 1816. Con todo, su opus magna permaneció inédita durante más de medio siglo, hasta ver la luz finalmente en tres tomos publicados en 1875 y 1876...
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domingo, 4 de septiembre de 2011
¡Los Tres Antonios contra España!
La verdad es que me había resistido hasta la fecha de incluir esta curiosa anécdota de la historia patria chilena en Siglos Curiosos, por juzgarla más o menos conocida en Chile, pero andando el tiempo me he dado cuenta de que no es tan así, además de que mis lectores extranjeros es muy probable que no la conozcan. De manera que, por primera vez (y suponemos que única) acá en Siglos Curiosos... ¡La historia de la conspiración de los Tres Antonios! Historia que se remonta a la época de la Colonia, en que Chile pudo... ¡Haber tenido su Revolución Francesa antes que Francia!
Hagamos historia. Chile se encontraba pasando algunos apuros internos, pero en general puede decirse que la sociedad de finales del siglo XVIII era estable y maduraba. En este contexto llegó a la Gobernación de Chile un hombre llamado Ambrosio de Benavides, que previamente había hecho carrera en Puerto Rico y Charcas, pero que era viejo y lleno de achaques. En este contexto dos ciudadanos franceses llamados Antonio (o más propiamente Antoine) desarrollaron un curioso proyecto. Antonio Gramusset se había avecindado en Chile en 1764, y había intentado infructuosamente ordenarse de sacerdote, luego se dedicó a la agricultura también sin éxito, y al final tentó suerte con una máquina para izar el agua en altura. El otro era Antonio Berney, profesor de latín y matemáticas, y devoto lector de la Enciclopedia francesa. Entre los dos convencieron de sus ideas a un chileno llamado José Antonio de Rojas, y con ellos, quedó ensamblada la conspiración.
No se puede decir que no fueran una banda de soñadores. Primero derrocarían al gobierno español y lo reemplazarían por un cuerpo colegiado que sería el "soberano senado de la muy noble, muy fuerte y muy católica república chilena". Habría derecho a voto prácticamente universal, e incluso los araucanos votarían (por contraste, nótese, en Chile durante la mayor parte del siglo XIX el voto fue censitario, y en cualquier caso se les negó a los analfabetos, que no eran pocos). En la nueva república quedarían abolidas la esclavitud y la pena de muerte. Y la tierra sería redistribuida entre toda la población, en lotes iguales (recordemos que en la época existían unos pocos terratenientes con grandes latifundios, incluyendo la Iglesia Católica... y el resto). Luego vendría la fortificación de los puertos y la consolidación de un poderosísimo Ejército... para imponer los ideales de la naciente república chilena a toda la Tierra, nada menos. No se puede negar que los conspiradores soñaban en grande.
La cosa se destapó cuando los franceses confiaron en Mariano Pérez de Saravia y Borante, un abogado que los delató (introduzca aquí su chiste antiabogados favorito). Las autoridades ordenaron apresar a los dos franceses y los remitieron a España sin mayor trámite para ser juzgados. La mala suerte quiso que la embarcación en cuestión naufragara frente a las costas de Portugal, debido a una tormenta. Berney murió ahogado, y Gramusset consiguió salvarse, pero enfermó de tanta gravedad, que falleció tres meses después. En cuanto a José Antonio de Rojas, era un ciudadano demasiado importante, y por lo tanto fue tratado con guantes de seda. Con todo, ya en pleno proceso de independencia de Chile, de Rojas fue primero apresado por orden del gobernador García Carrasco en 1808, y aunque fue liberado después, años después fue relegado a la isla de Juan Fernández, también por sus tendencias políticas. Murió quebrantado y poco después de regresar al continente.
jueves, 14 de julio de 2011
¿Cientos de prisioneros en la Bastilla...?

Aquí en Siglos Curiosos no somos muy aficionados a las efemérides debido a que si la entrada se lee en un día distinto al correspondiente, a veces años después de la fecha de posteo, la ocasión queda desactualizada. Pero bien podemos hacer una excepción debida a la importancia histórica (más como hito simbólico que como suceso verdaderamente revolucionario) de la Toma de la Bastilla, que acaeció precisamente un 14 de Julio de 1789. De manera que, aquí vamos.
Aunque el acontecimiento asociado al actual Día Nacional de Francia es tan icónico que la fortaleza ha pasado a ser conocida como la Bastilla a secas, en realidad deberíamos referirnos a ella como la Bastilla de París ("Bastille de Paris" en francés), debido a que "bastilla" no es un nombre propio sino genérico: la palabra está relacionada con una antigua palabra provenzal, "bastida", que significa más o menos "fortaleza". En francés, su tipo de edificación se llama "bretèche", y se refiere a una fortaleza medieval de planta cuadrada y rectangular, y con forma que recuerda a una caja de zapatos, sin otras características arquitectónicas relevantes: cualquiera que haya visto un grabado de la "Toma de la Bastilla" sabe de lo que estoy hablando. El nombre completo del edificio en francés es "Bastille Saint-Antoine", que significa literalmente "la Fortaleza de San Antonio", en referencia a la puerta de San Antonio, que la fortaleza debía defender (al este de París en la época medieval, pero hundida dentro del área metropolitana de la ciudad en la actualidad).
La Bastilla adquirió una siniestra fama debido a que se asoció su ciclópea estructura con la temida arbitrariedad del poder real. Recordemos que en la época del Absolutismo, el rey podía enviar órdenes secretas de arresto contra cualquiera (las infames "lettres de cachet"), haciéndoselo desaparecer dentro de la Bastilla como en un Guantánamo cualquiera. Uno de los primeros prisioneros egregios de la Bastilla fue el arquitecto Hughes Aubriot, que construyó, ¿adivinan qué? Exacto, la Bastilla misma, en un extraño caso de justicia poética. Otros prisioneros ilustres fueron Nicolas Fouquet (uno de los candidatos al misterioso Hombre de la Máscara de Hierro), Voltaire y el marqués de Sade. Una vez dentro de la Bastilla podía salirse o no: en algunos casos la prisión era perpetua, pero pese a su siniestra reputación, muchos fueron excarcelados después de cumplir condena.
Por lo tanto, cuando el pueblo francés estaba exacerbado contra los privilegiados que trataban de sabotear los Estados Generales convocados por Luis XVI para salvar a Francia, volcaron su odio contra ese edificio que era el símbolo de poder. Lo suyo era casi una cruzada de liberación, ya que suponían que iban a encontrarse con numerosos prisioneros. La presencia de una nutrida guarnición (conformada por los "inválidos", o sea, por veteranos de guerra no aptos para el servicio militar activo) parecía confirmarlo. Pero una vez que los parisinos arrollaron a las defensas, le cortaron la cabeza a su gobernador y la pasearon por las calles ensartada en una pica, descubrieron que la cantidad de prisioneros ascendía a... siete. Y de ellos, no se sabe que ninguno fuera estrictamente político: había cuatro falsificadores, un noble, y dos locos. De uno de ellos sólo se pudo conjeturar que era inglés porque aparecía registrado bajo el apellido "White", pero el misterio de su identidad o la razón de su presencia en la Bastilla se perdió para siempre junto con su sano juicio. Uno de los más famosos prisioneros, el autor de escritos obscenos que era el Marqués de Sade ya no estaba presente: había sido transferido a un asilo mental algunos días antes...
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domingo, 8 de mayo de 2011
Catherine Théot la Madre de Dios.
Que un mesías reclame ser Jesucristo suele ser lo habitual, a lo menos en el contexto cristiano (porque hay mesías que han reclamado mesianismo fuera del Cristianismo, en el contexto judío, e incluso musulmán). Que un mesías reclame ser el mismísimo Dios, es algo más raro. Pero que un mesías mujer (porque la mayor parte de los mesías autoproclamados son hombres) reclame ser la MADRE de Dios, es algo que rompe casi todos los moldes. Y eso fue exactamente lo que hizo Catherine Théot.Aunque asociada con la Revolución Francesa, Catherine Théot ya estaba en activo en los últimos tiempos del Antiguo Régimen. La Théot aparentemente tenía alucinaciones místicas, y además se mortificaba en un ascetismo exagerado. O sea, la empanada mental idónea para llegar a la convicción de que ella era la Madre de Dios (parece ser que no como la Virgen María, sino que literalmente... la Madre de Dios, así como suena). Por supuesto que predicando un credo de esta naturaleza, Catherine Théot acabó enfrentándose a la Iglesia Católica, a la que acusaba de ser "ministros de la serpiente" y otras lindezas.
Cuando sobreviene la Revolución Francesa, la Madre de Dios no se mantendrá ajena a los acontecimientos, y junto con sus seguidores (porque, delirante y todo, la mujer ha conseguido reunir a gente dispuesta a comprarle el ticket) apoyará fervientemente a Robespierre. Irónicamente, pero de manera un tanto esperable, Robespierre jugará la carta de la ambigüedad con Catherine Théot. Después de todo, aunque recibe apoyo de ella, no es menos cierto que está tratando de instaurar el Culto a la Diosa Razón, y el apoyo de la Madre de Dios lo pone en aprietos para su programa religioso. Eso, sin contar con que le da pretexto a sus adversarios políticos para acusarle de estar fraguando un complot místico para apoderarse de Francia. Los más exaltados incluso acusan a Catherine Théot de estar en conveniencia con William Pitt el Joven, el Primer Ministro de Inglaterra, la patria enemiga jurada de Francia. En plena efervescencia política como la vivida en la Revolución Francesa, ya se pueden hacer la idea de qué significaban tales acusaciones, por mucho que en lo grueso fueran calumnias sin mayor fundamento.
El caso es que Catherine Théot acabó con sus huesos en la cárcel, aunque Robespierre en persona se encargó de salvarla del cadalso. Pero debió juzgar que su grupi era menos peligrosa en prisión, porque ahí se quedó la Madre de Dios. De manera un tanto escalofriante, Catherine Théot anuncia que se producirá una catástrofe el día de su muerte, lo que sucede finalmente en la cárcel de Plessis, el 1 de septiembre de 1794. Y en dicho día justamente, macabra coincidencia ésta (¿o no...?), el polvorín de Grenelle explota. Para los cuatro sonados que aún siguen a la Madre de Dios incluso en la ultratumba, esto es una señal, y comenzarán a esperar pacientemente que ella resucite de entre los muertos para imponer el Reino de su Hijo...
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jueves, 18 de febrero de 2010
La decisión de mudarse a Versalles.

Una de las decisiones capitales en el gobierno de Luis XIV, fue mudarse a Versalles. La motivación es bastante obvia. En la década anterior, la monarquía había pasado graves apuros debido a la rebelión de la Fronda... bueno, en realidad dos rebeliones, la primera de ellas un alzamiento del populacho de París, y la segunda promovida por la nobleza. Ambas Frondas se escudaban en el descontento que generaba el gobierno del Cardenal Mazarino (favorito de Luis XIV, y verdadero poder efectivo de Francia), pero más en lo profundo, y en particular en la Fronda de los nobles, estaba presente el intento de éstos por imponerse a una Corona cada vez más centralizada, y que por supuesto, significaba restarle poder, privilegios y prerrogativas a éstos. Ambas Frondas habían sido ahogadas en sangre, pero Luis XIV no estaba dispuesto a seguir permaneciendo en París, a merced de nuevos disturbios.
De esta manera, cuando Mazarino murió en 1661 y Luis XIV pudo tomar efectivamente las riendas del Estado, una de sus primeras decisiones fue sacar el Gobierno de París. Eligió para ello un pabellón de caza en las afueras de la ciudad, concretamente la diminuta aldea de Versalles (en la época Versalles estaba fuera de París, pero con el crecimiento urbano de la ciudad a partir del siglo XIX, ahora es en realidad un barrio más de la Ciudad Luz). Luis XIV iba a mandar desecar los pantanos, y construir allí un nuevo Palacio, el Palacio de Versalles precisamente, que sería a la vez una residencia real con toda la ampulosidad que el poder regio necesita para promoverse, y por la otra, una base de operaciones para un Gobierno eficiente y centralizado, un Estado moderno en el más amplio sentido de la palabra.
La idea no era nueva. Mazarino, quien había tenido que lidiar con los insurrectos, había barajado en su minuto trasladar el gobierno a la fortaleza de Vincennes. Pero la idea disgustaba a Luis XIV. En primer lugar no le parecía digno de su gobierno (ni de su vanidad) tener que esconderse detrás de muros en su propio país. En segundo lugar, estaba organizando a marchas forzadas un nuevo y moderno ejército, y con éste tendría el poder necesario para evitar ataques contra su Palacio. Con todo, la mudanza fue criticada. Colbert, el eficaz y meticuloso ministro de finanzas de Luis XIV, lo consideraba un derroche de dinero que en nada ayudaba a "la grandeur de la France". Escribía Colbert: "Versalles está hecho para la diversión, París para la gloria, y el rey están en manos de dos hombres que lo conocen casi únicamente en Versalles, es decir, en el placer y la diversión, y no conocen su necesidad de gloria". Estos "dos hombres" a los que alude Colbert, eran Le Vau el arquitecto, y Le Nôtre el jardinero...
Con todo, a la larga, la decisión de mudarse a Versalles ayudó notablemente a la eficiencia gubernamental, así como al fasto monárquico, y por lo tanto, fue una piedra angular de la consolidación del Absolutismo en Francia. No en balde, en Octubre de 1789, cuando en los inicios de la Revolución Francesa se comenzó a trabajar en la creación de una Monarquía Constitucional que limitara el poder real, una de las primeras amenazantes demandas de la plebe fue que Luis XVI se mudara de regreso desde Versalles a París...
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domingo, 3 de enero de 2010
El primer visitante extraterrestre en la Tierra.

Muchas veces se ha insistido que nuestras actuales sagas épicas del cine, la televisión y las novelas (Star Wars, Star Trek, Mátrix, El Señor de los Anillos, etcétera) son la continuación de las viejas historias mitológicas por otros medios. En muchos sentidos, esto es cierto. Las historias de robots, por ejemplo, fueron preludiadas por las historias mitológicas sobre seres humanos artificiales, forjados en metal como el caso de los asistentes mecánicos de Hefaistos (el dios griego de la metalurgia), o construidos a partir del barro, como es el caso del golem. Por eso, puede resultar un tanto sorprendente que las historias de visitantes extraterrestres a la Tierra sean mucho más recientes. Tanto, que el primer visitante extraterrestre en la Tierra es un jovencito de apenas dos siglos y medio, una nada frente a la venerable edad de la Biblia, la Ilíada o el Ramayana.
En efecto, el primer visitante extraterrestre en la Tierra, el ancestro más lejano de E.T., del Depredador o de Klaatu y Gort, se llama Micromegas, y es el protagonista de un relato del escritor francés Voltaire. Este era, recordemos, uno de los decididos defensores de la Ilustración, en el siglo XVIII, y compartía su tiempo entre sus jugueteos con la Filosofía, y unos escritos satíricos en donde les descargaba fieros martillazos a los poderosos de su tiempo. De hecho, Voltaire se hizo tan indeseable a la Iglesia Católica, que obtuvo el raro privilegio de que su obra entera, tanto presente como futura, fuera condenada de una a caer en el Index (lo usual era que la condena fuera obra por obra, no al corpus literario de un escritor como un todo). En su "Micromegas", Voltaire crea a un personaje que es un nativo de la estrella de Sirio, y que siendo un gigante de enorme tamaño, viaja a la Tierra, espoleado por su afán de saber sobre el universo. Luego de trabar amistad con un nativo de Saturno, juntos llegan a la Tierra. "Micromegas" no es excesivamente largo, y termina con el héroe (cuyo nombre es un compuesto de las palabras griegas para "pequeño" y "grande") teniendo una muy erudita conversación con un grupo de filosófos que, como de costumbre en la obra volteriana, acaban por hacer el ridículo más absoluto cuando pomposamente buscan defender rebuscados e imposibles sistemas filosóficos.
Más allá del elemento satírico, Voltaire parece no advertir que acaba de crear una nueva especie de turista: el visitante extraterrestre de paseo por la Tierra. Había literatos antiguos que habían escrito antes sobre extraterrestres, en particular sobre la especie más próxima a la de nosotros, la de los selenitas (después se probó que en la Luna no había vida, y los selenitas desaparecieron de la Literatura). Estos fueron descritos por el griego Luciano de Samosata en el siglo II, por Kepler a comienzos del XVII, y en años algo posteriores por Cyrano de Bergerac, antes que Voltaire creara a su Micromegas. Pero en todos ellos, eran los humanos quienes viajaban a la Luna y se encontraban con los selenitas, no al revés. Por alguna razón, en algunos de estos relatos los selenitas se encontraban en guerra con los solarianos (los habitantes del Sol), sin que se explique cómo es que ellos tenían la tecnología para surcar el éter, y jamás hayan pensado en poner un pie en la Tierra antes, utilizando esa misma tecnología.
Por otra parte, las historias de criaturas no humanas descendiendo a la Tierra no son nuevas, como lo prueba el conocido eslogan New Age de "ángeles ayer, extraterrestres hoy". Se encuentran incluso en la Biblia, en el célebre capítulo de los nefilim, los hijos de Dios que descienden para aparearse con las hijas de los hombres y engendran a los héroes, los "hombres famosos de la Antigüedad". Pero lo que falta en este caso es el elemento, podríamos decir, extraplanetario. En las cosmovisiones antiguas, no existían otros planetas, o éstos eran apenas puntos de luz o fogatas en el cielo. No se esperara que albergaran vida. Incluso en tiempos tan recientes como el Renacimiento, decir que los planetas podían ser cuerpos celestes semejantes a la Tierra podía llevarte a la hoguera (como de hecho le pasó a Giordano Bruno en 1600, por estas y otras afirmaciones que la Iglesia Católica consideró como intelectualmente terroristas). Aunque parezca de perogrullo decirlo, no podía pensarse en visitantes extraterrestres a la Tierra, antes de que se pensara en planetas fuera de la Tierra que pudieran albergar esa vida extraterrestre. Y por eso, es Micromegas quien debe adjudicarse el honor de ser la primera criatura extraterrestre que visita nuestro planeta.
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domingo, 27 de diciembre de 2009
Los peregrinos fósiles de Beringer.
A comienzos del siglo XVIII, el mundo científico, conformado en muchos casos por aficionados más llenos de entusiasmo que de otra cosa, empezó a interesarse en el problema de aquellas extrañas piedras con formas de órganos y aún seres vivientes: los fósiles. Como no se suponía que existieran criaturas extintas aparte de las ahogadas por el Diluvio Universal (la Biblia seguía siendo el principal libro sobre Historia de la Tierra), y además aparecían allí donde no debían (esqueletos de peces en las altas montañas, etcétera), nadie pensaba que aquellas hubieran sido criaturas ancestrales. En vez de eso, se pensaba que distintos procesos netamente físicos moldeaban la piedra misma y le daban formas que a nosotros las personas nos parecían de tal o cual animal.Un catedrático de Historia Natural en la Universidad de Würzburgo, llamado Johann Bartholomew Beringer, reclutó a sus alumnos para acompañarles en sus búsquedas de restos fósiles. Beringer tuvo la enorme suerte de que empezaron a aparecer fósiles a porfía en torno suyo. Estos eran rarezas increíbles, tales como ranas apareándose, arañas atrapando moscas, lagartijas o insectos extraños... Lleno de entusiasmo, Beringer no reparó en que, muy probablemente, de haber sorprendido el Diluvio Universal a las dichosas arañas, éstas hubieran dejado de copular en el acto, así como también las arañas papando moscas hubieran abandonado tales menesteres para ocuparse en no morir ahogadas. Beringer estaba emocionado: ¿acaso no estaba viendo a la mismísima fuerza vital engendrando a partir de la roca? En la época todavía se creía en la generación espontánea, y no se asentaba en la ciencia el principio de que "todo ser viviente proviene de otro ser viviente". Por lo tanto, la idea de que Beringer estuviera parado sobre una cantera de rocas cobrando lentamente vida a impulsos de la fuerza vital, o como se llamara ésta, no sonaba en lo absoluto descabellada.
Las sorpresas empezaron a tornarse cada vez más sorprendentes, valga la redundancia. Apareció un sol petrificado, una media luna... ¡Incluso apareció una tabla con caracteres hebreos! Beringer, insensible a cualquier otra consideración, publicó sus conclusiones en un libro llamado "Lithographiæ Wirceburgensis", en 1726, decorándolo con bellas ilustraciones de sus rocas cobrando vida. Aquello estaba llegando demasiado lejos, así es que ahora, a manera de aviso, apareció otro fósil con el nombre de Beringer. Beringer vaciló, y finalmente descubrió la verdad. Sus preciosos fósiles no eran sino artesanías en barro cocido que sus propios estudiantes cocían y secaban, para luego enterrar en los lugares que después serían excavados. Todos los hallazgos de Beringer, y todas las conclusiones publicadas en su bello libro, no eran más que una broma estudiantil que se había salido de control.
Humillado, Beringer recurrió a todo su dinero para comprar la edición completa de su obra, y destruirla. Como suele ocurrir, algunos tomos escaparon de la purga, y gracias a ellos se conoce el contenido físico de la obra en la posteridad. También se conservaron algunas de las llamadas "piedras mentirosas". Incluso, a sabiendas de que todo era un fraude monumental, hubo espacio para que en 1767 se lanzara una segunda edición del dichoso libro (humillación suprema que Beringer, fallecido en 1740, no alcanzó a ver). Toda la investigación paleontológica en masa, no sólo la de Beringer, se desacreditó, y durante mucho tiempo nadie volvió a preocuparse por el tema de los fósiles. Hasta que la curiosidad pudo más, y la investigación, a las últimas, siguió.
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jueves, 12 de noviembre de 2009
El misterio del mammotowakost.
A comienzos del siglo XVIII, era casi un dogma de fe que la naturaleza no podía cambiar. Y todo lo que en el registro geológico pudiera aparecer fuera de lugar, solía explicarse con el Diluvio Universal, ya que el único texto sobre la Historia de la Tierra que existía como digno de crédito, era la Biblia. Por eso, el descubrimiento de una nueva bestia debía tomar a los nativos de la época, como mínimo, por sorpresa. Pero esta historia principia en otro punto muy diferente: en la Batalla de Poltava, librada en 1709, y que significó el fracaso del último intento de Suecia por invadir Rusia (¡así, como suena, hubo una época en ser sueco la llevaba en el mapa europeo!). Los rusos tomaron numerosos prisioneros suecos, y los enviaron desterrados a Siberia y Tartaria. De tales regiones, los que consiguieron sobrevivir regresaron con toda clase de noticias sobre dichas regiones y sus habitantes. Y entre esas noticias, venían los relatos sobre una extraña nueva bestia: el "mammotowakost"...La primera noticia que se dio sobre el dichoso mammotowakost fue dada por un capitán de caballería de apellido Kagg, en 1722. Posteriormente un agrimensor llamado Tabbert von Strahlenberg dio nuevas referencias. Este, reuniendo declaraciones de científicos de San Petersburgo, además de traficantes de pieles cosacos, declaró que todo el marfil ruso y chino procedía del mammotowakost. Eso hoy en día nos parece una obviedad (se sabe que el elefante sólo vive en Africa y la India, o en los zoológicos, en la actualidad), pero en ese tiempo de extensas áreas mundiales inexploradas, era toda una noticia. Lo curioso es que nadie había visto a ningún mammotowakost vivo: sólo aparecían sus esqueletos... a veces, detalle gore éste, con pedazos de carne podrida y huesos ensangrentados. Un médico y botánico alemán de apellido Messerschmidt había testimoniado que la bestia "tenía pelos largos como una cabra y que, posiblemente, era el behemoth bíblico", idea lógica en un mundo dominado por las concepciones cosmológicas de la Biblia. El tal Messerschmidt había hecho su hallazgo enterrado en la nieve, recorriendo el río Indigirka en 1724, en una expedición de exploración natural auspiciada por el Zar Pedro el Grande (el mismo que occidentalizó Rusia y prohibió las barbas).
Los científicos se tomaron las noticias con sorna. Linneo, el más grande naturalista de su tiempo, autor de la clasificación de las especies que sirve de base a la actual, los descartó como simples piedras fosilizadas que por pura coincidencia guardaban resemblanza con huesos de algún tipo. En cuanto a los huesos ensangrentados y etcétera, esos debían ser chismes y exageraciones de nativos supersticiosos. Además, la investigación paleontológica no podía ser apoyada por nativos supersticiosos que, al no ver ningún mammotowakost vivo, habían llegado a la conclusión de que eran criaturas del inframundo, que acarreaban la enfermedad y la muerte sobre todos aquellos quienes tuvieran la desgracia de toparse con un esqueleto entero en su camino. Finalmente, en 1803, empezó a circular en Europa el dibujo de un cadáver encontrado en un bloque de hielo, en 1779, en el Río Lena, y que en 1801 había empezado a deshielarse. La existencia del mammotowakost ahora era incontrovertible, aunque por motivos comprensibles, los investigadores se referían a él simplemente con la abreviación "mamut"...
El famoso mamut, en efecto, era un gigantesco elefante prehistórico con pelo, que pobló Siberia durante la Era Glaciar. Los restos habían quedado congelados en la nieve, y los relatos de huesos carcomidos y ensangrentados tienen su lógica, si se considera que al deshielarse algunos cadáveres congelados de mamuts por accidente, sirvieron de opípara comida a los siempre hambrientos lobos de la estepa. Hay quien calcula que la tercera parte del marfil que circula en los mercados mundiales viene del mamut siberiano. Todas las tallas de marfil chinas, son de mamut siberiano. Y de marfil de mamut siberiano fue confeccionado el gran trono de marfil del Khan de la Horda de Oro, que rigió a Rusia durante la Edad Media. Y ni los artesanos chinos ni los talladores mongoles parecían pensar que se las estaban viendo nada menos que con restos fósiles de miles de años de antigüedad...
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domingo, 8 de noviembre de 2009
Y los antiguos pecadores en realidad eran...
Johann Jakob Scheuchzer no podía imaginarse (y de haberlo sabido, quizás hubiera espumeado de impotencia) que sus desvelos por probar como ciertas las palabras de la Biblia, iban a terminar por pavimentar el camino a la investigación paleontológica moderna. Scheuchzer (1672-1733) escribió una serie de tratados históricos, pero también fue un naturalista convencido, que hizo algunas interesantes expediciones geológicas. Como mucha gente de su tiempo, se tomaba las palabras de la Biblia de manera casi literal, y hombre creyente como era, encaminaba sus esfuerzos a probar que el relato bíblico era una vívida y certera descripción de la Historia de la Tierra.En 1705 rondaba cerca de las colinas de Altdorf, en las cercanías de Nüremberg, cuando de pronto hizo un hallazgo sensacional. Rondando las cercanías de la colina que servía de patíbulo a la ciudad de Altdorf, dio con algunos huesos, en apariencia vértebras. Quizás alguien antaño los hubiera visto, y los hubiera confundido con los huesos de algún ahorcado. El caso es que Scheuchzer recogió los huesos, que en realidad eran piedras (fósiles, aunque en esa época todavía el tema no se entendía bien), y creyó tener en sus manos uno de los hombres anteriores al Diluvio. Anunció su descubrimiento urbi et orbi, pero la comunidad científica le miró con desdén. En ese tiempo se conocía bien la existencia de los fósiles, no se crea que no, pero se le atribuía esto a la "vis plastica", a formaciones caprichosas de la naturaleza sin otro significado. El golpe de gracia vino cuando Johann Jakob Baier analizó los dichosos huesos, y anunció que... ¡eran huesos de pescado!
Pero Scheuchzer no cejó. Poco después, cayó en sus manos, por obra de un cantero de la ciudad de Öningen, en Baden, otro esqueleto distinto. El entusiasmo de Scheuchzer acabó por convencer a todos de que era el esqueleto de un ser humano, un "antiguo pecador" que había perecido en tiempos anteriores al Diluvio. Su tratado fue llamado con el colorido título de "Un verdadero y extraño monumento de las estirpes humanas malditas del primer mundo", y salió publicado en 1726. En cuanto al esqueleto, fue vistosamente llamado "Homo diluvii testis" ("Evidencia del hombre del Diluvio"). Scheuchzer estaba equivocado, por cierto, pero al menos hay que atribuirle el mérito de poner de una vez por todas el tema de los fósiles encima de las polvorientas mesas científicas de comienzos del siglo XVIII.
Scheuchzer murió sin llegar a saber la verdad. Su primer fósil no era un viejo pecador, pero tampoco un pescado. En realidad, según se determinó después, eran vértebras de un... ¡ictiosaurio!, una especie de reptil acuático parecido a los delfines de hoy en día. En cuanto al fósil de la cantera, el error era incluso más grotesco, a la luz de nuestros conocimientos de hoy en día: tampoco era un viejo pecador. En 1812 se determinó que no era otra cosa, sino una gigantesca especie, hoy en día extinta... de salamandra.
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jueves, 10 de septiembre de 2009
El volantín en la Colonia de Chile.

Para los distinguidos lectores de Siglos Curiosos que no sean chilenos, una explicación previa: "volantín" es como se llama en Chile (y bueno, en otros países también, pero este posteo es sobre Chile) a lo que en otros países hispanohablantes se llama castizamente "cometa". O sea, la lámina de papel pegada a un armazón de cañas (actualmente de maderas finas, claro), que se eleva en el aire por medio de un cordel. El volantín o cometa no es, por supuesto, exclusivo de Chile, ni siquiera de los dominios hispánicos, pero eso no viene al caso ahora. Digamos, para entrar en materia, que en la Colonia (1558-1810), cuando por supuesto no existía ni televisión ni demasiada gente que supiera leer, el volantín era una de las múltiples entretenciones populares en que los niños y jóvenes (y a veces no tan jóvenes) mataban el tiempo.
Se supone que el volantín fue introducido en Chile por los padres benedictinos, ya en el siglo XVIII, y se hicieron muy populares. Por alguna clase de ironía, resultó que los padres franciscanos, no los benedictinos, resultaron con la mejor fama de volantineros... Aunque entre los dominicos destacó como volantinero, según se dice, nada menos que Monseñor Crescente Errázuriz Valdivieso, Arzobispo de Santiago desde 1919 hasta su muerte en 1931 (este Crescente Erráruriz fue, por más señas, además de un importantísimo historiador de la Iglesia Católica en Chile, el hombre que condujo a la misma durante la separación de la Iglesia y el Estado en 1925).
Pero volviendo a la Colonia: el juego se tornó popular, decíamos, con una temporada para niños entre Agosto y Septiembre, y una para adultos e incluso más o menos profesionales en Octubre (meses de primavera en Chile). Pero a veces esta diversión resultó ser no demasiado sana, socialmente hablando. Así, el juego del volantín produjo apuestas, y el ocupar espacios para elevar volantines fue objeto de continuas reyertas. Con fecha 05 de Septiembre de 1796, se dictó un bando de buen gobierno, que ordenaba "que ninguna persona de mayor o menor de edad se atreva a encumbrar un volantín grande ni chico dentro de la traza general de esta capital [Santiago de Chile, se entiende], so pena de seis días de prisión y las demás que el caso y las circunstancias exigieran, sin que esta prohibición se extienda a las cañadas y orillas del río donde la espaciosidad permite el libre uso sin el menor riesgo de esta diversión". A la larga, encumbrar volantines fue una actividad que se practicó en canchas.
Hoy en día, el encumbrar volantines suele asociarse con las Fiestas Patrias, que en Chile se celebran el 18 de Septiembre, y que por tanto, coinciden con la temporada de primavera en que se elevaban de antaño los volantines. Con todo, y así como muchas antiguas tradiciones chilenas, la del volantín parece también ir en franca retirada, desplazada por las diversiones más modernas al alcance de los niños de hoy en día...
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jueves, 14 de mayo de 2009
¿A qué guerra se fue Mambrú?

Una de las más populares canciones infantiles latinoamericanas seguramente es la de "Mambrú se fue a la guerra". En Chile, una de sus varias versiones dice (y no transcribo la canción completa por motivos de espacio): "Mambrú se fue a la guerra / no sé cuando vendrá / si será por la Pascua / o por la Trinidad / (...) / -Las noticias que traigo / no las quisiera dar: / De que Mambrú es muerto / y yo lo fui a enterrar"... Hay múltiples otras versiones, todas variaciones del mismo tema, en lugares tan apartados como Argentina, Puerto Rico, México...
La razón por la que esta canción viene a caer en Siglos Curiosos, es porque el dichoso Mambrú efectivamente fue un personaje histórico que vivió en el siglo XVIII. El mentado Mambrú no es otro sino don John Churchill, Primer Duque de Malborough (deformado esto último en Mambrú, claro), quien vivió entre 1650 y 1722. Malborough se destacó particularmente comandando ejércitos a favor de Inglaterra, su patria, en la Guerra de Sucesión Española (1700-1714). Los ingleses no tenían interés directo en la sucesión de España, pero por mosquear a los franceses, que querían instalar a un nieto Borbón de su rey Luis XIV en el por entonces vacante trono español, se aliaron con los austríacos, que tenían pretensiones similares, pero con respecto a su propia familia Habsburgo. De esas guerras, digámoslo desde ya, y a rebufo de lo que dice la canción, Malborough regresó bien vivo. Pasando los años, una serie de accidentes cerebrovasculares fueron minándolo en sus últimos seis o siete años de vida, y falleció en su casa, a la provecta edad (para ese entonces) de 72 años. Por cierto, no es coincidencia que se apellide igual que Winston Churchill, el Primer Ministro de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial: Winston era su descendiente directo, como nieto que era de John Spencer Churchill, Séptimo Duque de Malborough (aunque por las reglas de sucesión nobiliaria, el ducado fue a dar a un tío suyo, y no a su padre, de manera que Winston Churchill no llegó a ostentar el título).
Entre Eugenio de Saboya (quien combatía por el lado austríaco en la Sucesión Española) y Malborough, tuvieron a Francia en gravísimos aprietos. No es raro que le tuvieran tanto odio los franceses. Después de la Batalla de Malplaquet (1709) corrieron rumores de que Malborough había muerto. Eran falsos, por supuesto, pero esto no fue óbice para que un tamborilero francés improvisara una canción burlesca sobre la viuda de Malborough recibiendo noticias de la muerte de su marido. La canción tuvo éxito popular, y ya pasados los años (unos setenta, bien estimados), en la corte de Luis XVI y María Antonieta, la reina se la oyó a la nodriza de su hijo (el pobre Luis XVII, después malogrado en la Revolución Francesa). La canción fue de gusto de la reina, y empezó a cantarla, propagándola ahora a nivel cortesano. Malborough, por su parte, debido a la deformación popular, estaba aceleradamente convirtiéndose en Mambrú. Incluso, ironía suprema, esta canción que entre líneas era profundamente antibritánica, pasó a Inglaterra y terminó transformándose en otra canción popular, "For He's a Jolly Good Fellow"...
La ironía suprema es que con el paso del tiempo, "Mambrú se fue a la guerra" se transformó en una ronda infantil, a pesar de que su tema es la separación de los esposos, la guerra, la muerte en batalla, y la tristeza de la viudez. Y luego se escandalizan de que hayan muertos en series televisivas para los niños...
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domingo, 3 de agosto de 2008
La Visión Capitolina de Edward Gibbon.

Edward Gibbon es probablemente uno de los más importantes historiadores de todos los tiempos. Su obra cumbre, la "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano" ("The History of the Decline and Fall of the Roman Empire") es un clásico histórico prácticamente imperecedero. Por supuesto que algunas de sus conclusiones son discutibles (de hecho, se han discutido), en particular su ataque contra el Cristianismo, feroz más allá de toda medida, pero no queda lugar a dudas que es una obra enormemente sólida y lúcida. El origen de esta enorme obra, que fue publicada en seis volúmenes entre 1776 y 1788, es una anécdota de celebridad entre los eruditos: la Visión Capitolina.
Gibbon nació en 1737, y casi alcanzando la veintena, se transformó en un lector voraz de Historia. En 1761 publicó su opera prima, el "Essai sur l'Étude de la Littérature", que le ganó reputación en los círculos intelectuales parisinos, por ese entonces el más importante del mundo occidental. Al año siguiente emprendió el Grand Tour, que estaba muy de moda en los círculos intelectuales de la época, y consistía básicamente en viajar a Italia a visitar las ruinas neoclásicas y empaparse del espíritu grecorromano. Es comprensible entonces que Gibbon estuviera tan excitado al llegar a Roma, que milenio y medio antes había sido nada menos que la capital del Imperio Romano, entidad política de enorme prestigio en el mundo ilustrado dieciochesco.
El evento decisivo que lo llevó a componer su opus magna, la mencionada "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano", Gibbon la describe así en una carta (la traducción es personal, del inglés): "Estaba en Roma el 15 de Octubre de 1764, y estaba sentado meditando en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos estaban cantando las vísperas en el templo de Júpiter, que la idea de escribir la decadencia y caída de la Ciudad primero empezó en mi mente". Para la mentalidad ilustrada y anticlerical de Gibbon, la idea de esos monjes descalzos vivos pisando las ruinas de un muerto mundo romano era simplemente insoportable. Y escribió su obra para describir como esos sucios monjes se habían incubado dentro del Imperio Romano, hasta carcomerlo por completo.
Dentro de la visión histórica de Gibbon, el Imperio Romano era la creación más noble y majestuosa del género humano (el primer episodio es una loa mayestática del Imperio Romano a finales del tiempo de la Dinastía de los Antoninos, en 180). Y luego sus virtudes cívicas y su temple habían sido carcomidos por los bárbaros desde el exterior, y por los cristianos desde el interior. Su gran conclusión es una frase épica famosa hasta el día de hoy: "he descrito el triunfo de la barbarie y la religión". Esta visión profundamente anticristiana le significó a Gibbon la censura y una enorme cantidad de críticas en su tiempo, pero le granjeó fama inmediata por ir muy en sintonía con el espíritu profundamente secularista de la Ilustración (la primera parte se publicó en el año de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y la segunda un año antes de la Revolución Francesa). El papel del Cristianismo en la caída del Imperio Romano es tema discutido hasta el día de hoy, claro está, pero nadie duda que la Visión Capitolina es uno de los episodios más significativo en la Historia de quienes estudian la Historia.
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jueves, 31 de julio de 2008
¿Fue el flogisto un error científico...?

Existe una cierta tendencia en el mundo científico a mirar el conocimiento de ayer como algo obsoleto y fundamentalmente erróneo, porque nuevas investigaciones se han encargado de tumbar y arrumbar las viejas teorías. Y sin embargo, esta visión olvida que la Ciencia no vino de la nada, y que muchas veces los científicos de ayer hacían lo mejor que podían con el bagaje material e intelectual que tenían... y que los científicos de hoy pueden estar preparando las meteduras de pata del mañana. Un ejemplo clásico de teoría "fundamentalmente errónea" es el flogisto. Y sin embargo, ¿iban realmente tan desencaminados sus teóricos...?
Desde antiguo se venía creyendo que el fuego era una especie de elemento cuasimístico, uno de los clásicos "cuatro elementos" (con el aire, el agua y la tierra), que conformaban los pilares de la composición del universo. Esta visión entró en crisis en el siglo XVII, por supuesto, ya que la Ciencia había avanzado lo suficiente para tratar de investigar qué había detrás de los fenómenos de la combustión. Un tal Johann Joachim Becher (1635-1682) sentó las bases para la idea de que los cuerpos combustibles tenían una substancia particular llamada "flogisto", que carecía de peso, y que cuando se quemaba, se desprendía del cuerpo dejando detrás una substancia "desflogistizada". Hablando en plata: el carbón tiene flogisto, y si se quema, el flogisto se desprende y las cenizas que quedan detrás son el "carbón desflogistizado". Estas ideas fueron desarrolladas y popularizadas por Georg Ernst Stahl, quién le dio al flogisto su nombre y se aseguró de difundir la nueva teoría.
La nueva teoría tuvo éxito por varias razones. En primer lugar, parece natural e intuitivo sostener que si una substancia en combustión se transforma en residuos y cenizas, algo debe desprenderse de ella. En segundo lugar, la Ciencia aún no se zafaba de cierta concepción del universo como algo lleno de fluidos, y por lo tanto el flogisto encajaba bien en medio de otros fluidos semimísticos como el calórico o el magnetismo (que en esa época se consideraba más o menos como tal). En tercer lugar, los químicos por fin tenían una hipótesis razonablemente científica sobre la cual podían trabajar, en vez de recurrir a los "cuatro elementos" místicos de toda la vida (de todos modos Becher no postulaba eliminarlos, sino reducirlos a dos: el agua y la tierra, dejando al aire y el fuego como meros mecanismos transformadores y no como "principios" en sí mismos). Lejos de ser un descarrío científico, la Teoría del Flogisto fue así una poderosa herramienta conceptual que le permitió a la Química dar un salto de gigante.
Sin embargo, existía un talón de Aquiles. La Química de comienzos del XVII era fundamentalmente cualitativa, es decir, se fijaba en las cualidades de las substancias químicas. La obra acumulada de varios químicos, que remata en el gran legado de Lavoisier a finales del siglo XVIII, permitieron reemplazar a ésta por una Química cuantitativa, en donde no sólo importan las cualidades sino también las cantidades de dichas substancias químicas. Y Lavoisier descubrió que durante la combustión no sale nada del cuerpo que se quema, sino que por el contrario, el cuerpo que se quema absorbe una substancia del aire (concretamente el oxígeno). El flogisto, por tanto, no existía, y era una teoría básicamente errónea.
Con todo, la Ciencia moderna le dio una postmortuoria semivalidación al denostado flogisto. En la actualidad sabemos que las substancias químicas se combinan porque sus átomos poseen electrones sobrantes en sus capas electrónicas superiores y tienden a perderlos, o bien les faltan para completar dichas capas y tienden a absorberlos. Cotejando el listado de substancias con electrones "sobrantes" con las substancias "flogistizadas"... ¡son exactamente las mismas! A la vez, aquellas substancias a las que le faltan electrones, son las mismas que la Química del siglo XVII sindicaba como "desflogistizadas"... Esto es porque durante la combustión, una substancia con electrones sobrantes se los "presta" al átomo de oxígeno, al cual le faltan, y de ahí surge la atracción que permite la combustión. Así es que, al final del día, la idea intuitiva del flogisto no era tan mala después de todo...
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jueves, 24 de julio de 2008
El determinismo a rajatabla de Laplace.

La anécdota es conocida, pero muy reveladora sobre lo que era la mentalidad de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, en lo que a las Ciencias se refiere. Pierre Simon Laplace era indiscutiblemente el as de la Astronomía y las Matemáticas francesas, hasta el punto que sus coterráneos, llevados a la hipérbole por el nacionalismo, no dudaron en llamar el "Newton francés". Más tarde o más temprano, el Newton Francés tenía que encontrarse con el César Francés, y así es como se conocieron Laplace y Napoleón Bonaparte. Un elemental sentido de la prudencia política recomendó a Laplace regalarle uno de sus libros a Napoleón, y éste descubrió (según un cronista dice, más bien alguien se lo hizo notar) que Laplace en ninguna parte del grueso tratado hacía referencia acerca de Dios. Napoleón habría dicho entonces:
- Señor Laplace, me dicen que usted ha escrito este enorme libro sobre el sistema del universo, y en ninguna parte hace mención a su Creador. - ("Monsieur Laplace, on me dit que vous avez écrit ce volumineux ouvrage sur le système de l’Univers sans faire une seule fois mention de son Créateur").
- Yo nunca tuve necesidad de una hipótesis como ésa - replicó entonces el imperturbable Laplace ("Je n'avais pas besoin de cette hypothèse-là").
- ¡Ah, pero sigue siendo una buena hipótesis! Explicaría tantas cosas... - ("Ah ! c’est une belle hypothèse ; elle explique beaucoup de choses").
No en balde, Laplace era heredero espiritual de Newton, el hombre que había "probado" que Dios actuaba como un Gran Relojero. Un problema que había quedado pendiente era el de la estabilidad del Sistema Solar: según la Ley de Gravedad, todos los cuerpos del Sistema Solar deberían atraerse en mayor medida unos con otros, y esto debería llevar a un Sistema Solar inestable en que los planetas terminaran por salirse de sus órbitas o caer en espirales ascendentes o descendentes hacia el Sol. El mérito de Laplace respecto de esto fue probar matemáticamente que el Sistema Solar era estable, porque las anomalías gravitacionales de las distintas órbitas planetarias tienden a corregirse entre sí. Al estudiar las leyes del movimiento planetario, Newton creía estar descifrando la Mente de Dios, mientras que Laplace, al hacer lo mismo un siglo más tarde, creía estar simplemente quitando la mano de Dios... o acaso a Dios entero de la ecuación (Laplace era francmasón, es decir, creía en el Gran Arquitecto del Universo). Determinista a ultranza, Laplace pensaba que una inteligencia con vasto poder de cálculo y capacidad para ver cada átomo y molécula del universo y calcular sus movimientos, podría deducir las leyes de su movimiento infinitamente hacia adelante y hacia atrás, y por lo tanto, el pasado y el futuro serían para esa criatura como un libro abierto. Sintomáticamente, Laplace no llama a esa criatura "Dios"... Laplace en esto era hijo del Siglo de las Luces, pero ya vendría después la Mecánica Cuántica a borrar de un codazo toda esta confianza suprema en el determinismo matemático.
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jueves, 17 de julio de 2008
¿Cuarenta siglos os contemplan...?

La anécdota es conocida. Durante la campaña militar que emprendió Napoleón Bonaparte contra Egipto, desde 1798 a 1799, éste guió a sus tropas a la famosa Batalla de las Pirámides. Esta fue un gran triunfo de las tropas napoleónicas sobre la infantería de los mamelucos egipcios, y se libró a unos 15 kilómetros de la Gran Pirámide de Gizah, el 21 de Julio de 1798. Para arengar a sus tropas, Napoleón Bonaparte gritó: "¡Mirad! ¡Recordad que desde esos monumentos, cuarenta siglos os contemplan!" ("Soldats! Vous êtes venus dans ces contrées pour les arracher à la barbarie, porter la civilisation dans l'Orient, et soustraire cette belle partie du monde au joug de l'Angleterre. Nous allons combattre. Songez que du haut de ces monuments quarante siècles vous contemplent"). Pero, considerando la vasta extensión de la historia egipcia, podemos preguntarnos... ¿en realidad eran cuarenta siglos? ¿No habrán sido más o menos...? Veamos.
La cuestión sobre la cronología egipcia es un tanto complicada. Resulta que los antiguos egipcios no poseían una cronología basada en una era común, como es nuestro caso. Nosotros contamos todos los años a partir de un Año 1 que coincide, según los cálculos de Dionisio el Exiguo, que no por levemente erróneos son menos utilizados, con el nacimiento de Cristo, y los años anteriores son simplemente numerados en sentido inverso como "antes de Cristo". Los egipcios, en cambio, se limitaban a hacer listas de faraones, sin mencionar sus fechas de ascenso o abandono del poder (por muerte, derrocamiento o la razón que sea), y esto con el agravante de que suprimían a aquellos faraones caídos en desgracia (en particular si el sucesor era un advenedizo o usurpador), por lo que las diversas listas conservadas (no demasiadas, en realidad) no siempre coinciden, y deben ser laboriosamente cotejadas con los registros arqueológicos, tanto egipcios como de otras civilizaciones que tuvieron contacto con los egipcios y dejaron noticias sobre ellos en sus propios registros. Las estimaciones sobre la fecha de la unificación egipcia, por ejemplo, han variado tan grandemente como datarlas en 3400 o 3000 a.C. Aún así, se ha conseguido llegar a una cronología aceptada comúnmente, aunque siempre sujeta a cambios y revisiones de última hora, en particular para las fechas más antiguas.
Dentro de esta incertidumbre cronológica, se suele estimar que la Gran Pirámide fue construida por el Faraón Khufu (grequizado Keops), de la Cuarta Dinastía, y fue concluida hacia el año 2560 a.C. Como es un monumento en piedra, no puede ser datado por Carbono-14, de manera que estamos obligados a confiar en las fuentes antiguas (Heródoto, entre otros), y la sincronización de distintas cronologías, para arribar al resultado. Pero esta es la fecha más aceptada, y podemos tomarla como un dato.
Ahora bien, para la época de la campaña napoleónica en Egipto habían pasado casi dieciocho siglos después de Cristo (el "siglo I" queda completo en el año 100, el "siglo II" en el año 200, y así el "siglo XVIII" cabal debe quedar completo en el año 1800). En cuanto a los siglos antes de Cristo, son 25 a 26 siglos. Sumando 18+25 o 18+26, obtenemos la cifra de 43 a 44 siglos, desde que la Gran Pirámide fue concluida hasta que Napoleón Bonaparte le dio un saludo militar a los mamelucos en sus cercanías. Retórica aparte, la estimación napoleónica fue entonces bastante precisa (un margen de error de aproximadamente un diez por ciento), considerando que en aquel tiempo, el conocimiento sobre el Antiguo Egipto estaba casi en embrión, y no existía siquiera una cronología universalmente aceptada sobre el antiguo mundo egipcio. Pero por supuesto, Napoleón eligió las palabras por su efecto retórico y no por su valor científico: después de todo estaba dirigiéndose a un grupo de brutos que iba a pelear una batalla, no a un simposium científico...
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domingo, 2 de marzo de 2008
Urano y los satélites literarios de Herschel.

El inglés William Herschel es uno de los astrónomos más importantes de todos los tiempos. Se le debe, entre otras cosas, el primer intento por trazar un mapa de la Vía Láctea. Sin embargo, su logro más famoso es, por supuesto, haber descubierto el planeta Urano, en el año 1781. Ya en la Antigüedad, observando el cielo a ojo desnudo, los astrónomos griegos, babilonios, chinos, mayas, etcétera, habían observado que cinco "estrellas" se mueven de manera un poco extraña. Los griegos los llamaron "planetas", que en su idioma significaba "errante". Y la observación del cielo había avanzado muy poco más desde ese entonces, en cuanto a miembros del Sistema Solar.
Por eso, grande fue la sorpresa del señor Herschel cuando en 1781, siguiendo los movimientos de una "estrella" en particular, ésta resultó desplazarse a la manera de un planeta... Ya se conocía la Teoría de la Gravitación hacía casi un siglo, y las Leyes de Kepler eran cosa vieja, por lo que no tardó en identificar a este nuevo astro como un planeta por derecho propio. Lo llamó Urano, por el dios griego de los cielos, y pasó a la historia como el primero en descubrir un nuevo planeta desde la Antigüedad, así como el primero en hacerlo no a simple vista, sino a través de un telescopio.
Pero aunque el descubrimiento de Herschel fue brillante, su trabajo sobre Urano no estuvo exento de errores. Así, en 1787 reportó que Urano tenía... ¡seis! lunas. De las seis, sólo las dos mayores, Titania y Oberón, resultaron reales. En los siguientes 170 años, hasta el advenimiento de la Era Espacial, se descubrieron los llamados "cinco grandes", el último (Miranda, por el astrónomo Gerard Kuiper) en fecha tan tardía como 1948. Pero con la pasada de la sonda Voyager II por Urano en 1986 (199 años después del reclamo de Herschel), y luego con las exploraciones del Telescopio Espacial Hubble, el número se disparó a 27... por el minuto, al menos.
De manera que Urano tenía varios satélites a fin de cuentas, pero sólo dos de los denunciados por Herschel eran reales. ¿Y los otros...? Parece ser que se confundió con alguna estrella delante de la cual en ese momento estaba pasando Urano. De todas maneras, nadie sabe con certeza qué fenómeno óptico pudo haber confundido a Herschel.
Por cierto, la nomenclatura de los satélites de Urano presenta una peculiaridad. Desde la época de Herschel, éste se apartó de la costumbre de usar nombres de dioses griegos para los cuerpos celestes, y en vez de ello usó nombres de personajes de Shakespeare (también inglés, por cierto); y cuando empezaban a escasear las féminas shakesperianas... ¡Alexander Pope al rescate! (otro escritor inglés, éste del siglo XVIII). De hecho, los veintisiete satélites de Urano presentan nombres de personajes shakesperianos o popeanos, un impensado homenaje astronómico para cualquier escritor: Cordelia, Ofelia, Bianca, Crésida, Desdémona, Julieta, Porcia, Rosalinda, Cupido, Belinda, Perdita, Puck, Mab, Miranda, Ariel, Umbriel, Titania, Oberón, Francisco, Calibán, Esteban, Trínculo, Sicorax, Margarita, Próspero, Setebos y Fernando...
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