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jueves, 30 de diciembre de 2010

Patinazos de expertos científicos.


La Historia de la Ciencia es la de una serie de héroes que, no dejándose vencer por una naturaleza aparentemente inescrutable, se las han arreglado con ingenio y tesón para darle la vuelta a las preguntas fundamentales, y con sus descubrimientos han hecho que nuestro mundo sea en general un lugar mejor para vivir (¿o acaso alguien quiere volver a ser un campesino desdentado y viejo a los 45 en la Edad Media?). Pero eso no libra a los científicos, seres humanos falibles como todo el mundo a fin de cuentas, de meter las patas de cuando en cuando. Para terminar el año 2010, y de paso festejarnos con el quinto aniversario de Siglos Curiosos (el próximo sábado 1 de Enero de 2011), le daremos un vistazo a los gazapos de los científicos, al equivalente siglocuriosero de los videos de YouTubes con caídas y golpes... un excelente bonus track para terminar el año 2010 y el cuarto año de Siglos Curiosos. Que tengan un Feliz Año Nuevo, y nos vemos en el 2011.

-- "Todo lo que puede ser inventado ha sido inventado". Lo dijo Charles Duell en 1899. Interesantemente, era el jefe de la Oficina de Patentes de Estados Unidos.

-- "Los rayos X son una patraña" ("X rays are a hoax"). Esta la dijo el físico Lord Kelvin, uno de los más reputados de comienzos del XX, precisamente en 1900.

-- "La pureza química del aire no es de importancia". Leonard Erskine Hill, que dijo esto siendo un fisiólogo del Hospital de Londres en 1912, falleció cuarenta años después, el 30 de Marzo de 1952, apenas algunos meses antes de que la Gran Niebla de Smog de Londres en Diciembre de 1952 matara a más de 4000 personas en apenas cuatro días (y hay estimaciones que elevan la cifra a 12.000 víctimas).

-- El ingeniero estadounidense George Francis Gillette dijo en 1929 que hacia la década de 1940, "la Teoría de la Relatividad será considerada una broma". Aún no se sabe cuánto de ella se desmoronará cuando alguien descubra como unificarla con la Mecánica Cuántica, pero por el minuto en el año 2010, a un siglo de ella, sigue fiel al tope de la bandera, mientras que de Gillette nadie se acuerda...

-- Esta podemos excusarla porque quien hablaba no era un científico sino un político, el famoso Winston Churchill. En 1932 profetizó que en 50 años (esto es, a comienzos de los '80s), "escaparemos del absurdo de tener que criar un pollo entero en orden a comernos la pechuga o el ala, criando estas partes separadamente bajo un menú a elección". Cuarto de siglo desde la fecha, y seguimos esperando...

-- "La Bomba nunca saldrá, y hablo como experto en explosivos". Esta fue la tajante advertencia (de un "experto en explosivos", nada menos) que le lanzó el Almirante William Daniel Leahy al Presidente Truman en 1945, acerca de la bomba atómica. Ojalá hubiera tenido razón.

-- "El viaje espacial es un completo desperdicio" (traducción libre, el original inglés es: "Space travel is utter bilge"). Lo dijo Richard van der Riet Woolley, al asumir el puesto de Astrónomo Real en Gran Bretaña el año 1956. O sea, un año antes del lanzamiento del Sputnik, cinco antes del primer astronauta en órbita, trece antes del primer hombre en la Luna, y 26 antes de la primera sonda espacial que alcanzó la heliopausa (la frontera del sistema solar). Y falleció en Diciembre de 1986, casi un año después del desastre del transbordador espacial Challenger...

domingo, 27 de diciembre de 2009

Los peregrinos fósiles de Beringer.

A comienzos del siglo XVIII, el mundo científico, conformado en muchos casos por aficionados más llenos de entusiasmo que de otra cosa, empezó a interesarse en el problema de aquellas extrañas piedras con formas de órganos y aún seres vivientes: los fósiles. Como no se suponía que existieran criaturas extintas aparte de las ahogadas por el Diluvio Universal (la Biblia seguía siendo el principal libro sobre Historia de la Tierra), y además aparecían allí donde no debían (esqueletos de peces en las altas montañas, etcétera), nadie pensaba que aquellas hubieran sido criaturas ancestrales. En vez de eso, se pensaba que distintos procesos netamente físicos moldeaban la piedra misma y le daban formas que a nosotros las personas nos parecían de tal o cual animal.

Un catedrático de Historia Natural en la Universidad de Würzburgo, llamado Johann Bartholomew Beringer, reclutó a sus alumnos para acompañarles en sus búsquedas de restos fósiles. Beringer tuvo la enorme suerte de que empezaron a aparecer fósiles a porfía en torno suyo. Estos eran rarezas increíbles, tales como ranas apareándose, arañas atrapando moscas, lagartijas o insectos extraños... Lleno de entusiasmo, Beringer no reparó en que, muy probablemente, de haber sorprendido el Diluvio Universal a las dichosas arañas, éstas hubieran dejado de copular en el acto, así como también las arañas papando moscas hubieran abandonado tales menesteres para ocuparse en no morir ahogadas. Beringer estaba emocionado: ¿acaso no estaba viendo a la mismísima fuerza vital engendrando a partir de la roca? En la época todavía se creía en la generación espontánea, y no se asentaba en la ciencia el principio de que "todo ser viviente proviene de otro ser viviente". Por lo tanto, la idea de que Beringer estuviera parado sobre una cantera de rocas cobrando lentamente vida a impulsos de la fuerza vital, o como se llamara ésta, no sonaba en lo absoluto descabellada.

Las sorpresas empezaron a tornarse cada vez más sorprendentes, valga la redundancia. Apareció un sol petrificado, una media luna... ¡Incluso apareció una tabla con caracteres hebreos! Beringer, insensible a cualquier otra consideración, publicó sus conclusiones en un libro llamado "Lithographiæ Wirceburgensis", en 1726, decorándolo con bellas ilustraciones de sus rocas cobrando vida. Aquello estaba llegando demasiado lejos, así es que ahora, a manera de aviso, apareció otro fósil con el nombre de Beringer. Beringer vaciló, y finalmente descubrió la verdad. Sus preciosos fósiles no eran sino artesanías en barro cocido que sus propios estudiantes cocían y secaban, para luego enterrar en los lugares que después serían excavados. Todos los hallazgos de Beringer, y todas las conclusiones publicadas en su bello libro, no eran más que una broma estudiantil que se había salido de control.

Humillado, Beringer recurrió a todo su dinero para comprar la edición completa de su obra, y destruirla. Como suele ocurrir, algunos tomos escaparon de la purga, y gracias a ellos se conoce el contenido físico de la obra en la posteridad. También se conservaron algunas de las llamadas "piedras mentirosas". Incluso, a sabiendas de que todo era un fraude monumental, hubo espacio para que en 1767 se lanzara una segunda edición del dichoso libro (humillación suprema que Beringer, fallecido en 1740, no alcanzó a ver). Toda la investigación paleontológica en masa, no sólo la de Beringer, se desacreditó, y durante mucho tiempo nadie volvió a preocuparse por el tema de los fósiles. Hasta que la curiosidad pudo más, y la investigación, a las últimas, siguió.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La demencial nummulosfera de Randolph Kirkpatrick.

Una de las teorías científicas más demenciales del siglo XX, sin lugar a dudas es aquella postulada por Randolph Kirkpatrick, y que suele ser conocida como la "nummulosfera". En breves palabras, esta teoría postula que TODAS las rocas fueron creadas por unos bichos llamados nummulites. Semejante despropósito viola todas las leyes geológicas conocidas, por lo que cabe preguntarse qué llevó a Kirkpatrick (que era estudioso de las esponjas, y además... ¡nada menos que Conservador del Museo Británico!) a plantear con toda seriedad científica una hipótesis tan aberrante. La historia es, más o menos, la siguiente.

Los nummulites son criaturas fósiles del tipo de los foraminíferos (un tipo de criatura ameboides que secretan conchas, y cuyas versiones modernas y vivientes forman parte del plancton de los mares). Su forma lenticular les dio su nombre, ya que "nummulus" significa "monedita" en latín (comparte raíz etimológica con la palabra "numismática", que es la disciplina que estudia las monedas). El historiador romano Estrabón vio estos fósiles en Egipto, y creyó erróneamente, aunque de buena fe, que eran lentejas petrificadas procedentes de las raciones de los esclavos que construyeron las pirámides. Los nummulites eran conocidos en la época de Randolph Kirkpatrick, pero el problema es que él, por lo demás investigador honesto y cabal, empezó a ver nummulites en todas partes. Incluso en rocas ígneas, que según es bien sabido, no contienen fósiles (las rocas ígneas se forman directamente de la lava líquida, y por lo tanto, es imposible que un fósil se conserve en ellas). Kirkpatrick, borracho de nummulites, acabó llegando a la conclusión más obvia y evidente bajo esos parámetros: que absolutamente TODAS las rocas eran en realidad nummulites fosilizados. Lo que había pasado, según Kirkpatrick, es que no existiendo depredadores capaces de comerse las conchas de los nummulites, éstas se habían acumulado en el fondo de los mares, y el calor de la Tierra las había fundido hasta convertirlas en las rocas modernas. Incluso pensaba que, al ser estrujados y fundidos, fueron empujados hacia arriba, convirtiéndose en los meteoritos... ¡de manera que los meteoritos también estaban hechos de conchas de animales unicelulares terrestres! Al último, llegó a creer que los nummulites eran nada menos que la estructura misma de la vida, su arquitectura o esencia fundamental... Sus, ehm... "resultados"... fueron publicados en un tratado llamado "La nummulosfera: Un recuento del origen orgánico de las llamadas rocas ígneas y las arcillas rojas abisales" ("The Nummulosphere: An Account on the Organic Origin of so-called Igneous Rocks and of Abyssal Red Clays"), en el año 1912, que por supuesto le atrajo las rechiflas y cuchufletas de todos los científicos e investigadores serios del mundo.

Hoy en día sabemos donde estuvo la trampa en que cayó Randolph Kirkpatrick. Por un lado su Eozoon (nombre que le dio a los nummulites, y que en griego significa "criatura del amanecer") en realidad no existe. Las famosas formas lenticulares que descubrió, en realidad eran producto de reacciones inorgánicas: calor y presión. En segundo lugar, el propio Kirkpatrick parece haberse obsesionado con la teoría hasta límites increíbles: "En ocasiones, me ha sido necesario examinar un fragmento de roca con la máxima minuciosidad durante horas antes de poder convencerme de que había visto todos los detalles arriba mencionados" (o sea, los nummulites fosilizados). Si había estado horas y horas viendo una misma roca buscando con desesperación que aparecieran los dichosos nummulites, no es de extrañar que al final terminaran compareciendo... dentro de su afiebrada imaginación.

Con todo, a pesar de estos desvaríos, Randolph Kirkpatrick también consiguió algún acierto modesto. Sus estudios sobre la Merlia, un tipo de esponja presente en la Isla de Madeira, le llevaron a un hallazgo asombroso (bueno, asombroso para todos aquellos que se apasionen por esas criaturas quietas y calladas que son las esponjas marinas): las esponjas en comento creaban sus espículas (sus agujas que le sirven de esqueleto interno y le dan estructura) a partir de sílice, pero también de calcio, como los corales. Para la sabiduría biológica de 1910, esto era aberrante (¿una esponja que haga lo mismo que un coral...?). Las conclusiones de Kirkpatrick fueron arrumbadas y olvidadas porque nadie quería creerle una sola palabra al investigador que había publicado ideas tan irresponsables como la famosa nummulosfera. Pero en la década de 1960, investigando los resquicios en los arrecifes de coral, los buzos científicos se encontraron con nuevos y variadísimos ecosistemas. Y en esos ecosistemas, adivinaron, estaban las famosas esponjas medio coralinas que Kirkpatrick había predicho. Hoy en día, se aceptan las esponjas coralinas como parte del mundo viviente, y se le da a Randolph Kirkpatrick el crédito por haber sido el primero en dar el chivatazo, por más que debido a sus ideas raritas sobre el origen de las rocas, nadie le haya hecho en su tiempo el menor caso.

jueves, 31 de julio de 2008

¿Fue el flogisto un error científico...?


Existe una cierta tendencia en el mundo científico a mirar el conocimiento de ayer como algo obsoleto y fundamentalmente erróneo, porque nuevas investigaciones se han encargado de tumbar y arrumbar las viejas teorías. Y sin embargo, esta visión olvida que la Ciencia no vino de la nada, y que muchas veces los científicos de ayer hacían lo mejor que podían con el bagaje material e intelectual que tenían... y que los científicos de hoy pueden estar preparando las meteduras de pata del mañana. Un ejemplo clásico de teoría "fundamentalmente errónea" es el flogisto. Y sin embargo, ¿iban realmente tan desencaminados sus teóricos...?

Desde antiguo se venía creyendo que el fuego era una especie de elemento cuasimístico, uno de los clásicos "cuatro elementos" (con el aire, el agua y la tierra), que conformaban los pilares de la composición del universo. Esta visión entró en crisis en el siglo XVII, por supuesto, ya que la Ciencia había avanzado lo suficiente para tratar de investigar qué había detrás de los fenómenos de la combustión. Un tal Johann Joachim Becher (1635-1682) sentó las bases para la idea de que los cuerpos combustibles tenían una substancia particular llamada "flogisto", que carecía de peso, y que cuando se quemaba, se desprendía del cuerpo dejando detrás una substancia "desflogistizada". Hablando en plata: el carbón tiene flogisto, y si se quema, el flogisto se desprende y las cenizas que quedan detrás son el "carbón desflogistizado". Estas ideas fueron desarrolladas y popularizadas por Georg Ernst Stahl, quién le dio al flogisto su nombre y se aseguró de difundir la nueva teoría.

La nueva teoría tuvo éxito por varias razones. En primer lugar, parece natural e intuitivo sostener que si una substancia en combustión se transforma en residuos y cenizas, algo debe desprenderse de ella. En segundo lugar, la Ciencia aún no se zafaba de cierta concepción del universo como algo lleno de fluidos, y por lo tanto el flogisto encajaba bien en medio de otros fluidos semimísticos como el calórico o el magnetismo (que en esa época se consideraba más o menos como tal). En tercer lugar, los químicos por fin tenían una hipótesis razonablemente científica sobre la cual podían trabajar, en vez de recurrir a los "cuatro elementos" místicos de toda la vida (de todos modos Becher no postulaba eliminarlos, sino reducirlos a dos: el agua y la tierra, dejando al aire y el fuego como meros mecanismos transformadores y no como "principios" en sí mismos). Lejos de ser un descarrío científico, la Teoría del Flogisto fue así una poderosa herramienta conceptual que le permitió a la Química dar un salto de gigante.

Sin embargo, existía un talón de Aquiles. La Química de comienzos del XVII era fundamentalmente cualitativa, es decir, se fijaba en las cualidades de las substancias químicas. La obra acumulada de varios químicos, que remata en el gran legado de Lavoisier a finales del siglo XVIII, permitieron reemplazar a ésta por una Química cuantitativa, en donde no sólo importan las cualidades sino también las cantidades de dichas substancias químicas. Y Lavoisier descubrió que durante la combustión no sale nada del cuerpo que se quema, sino que por el contrario, el cuerpo que se quema absorbe una substancia del aire (concretamente el oxígeno). El flogisto, por tanto, no existía, y era una teoría básicamente errónea.

Con todo, la Ciencia moderna le dio una postmortuoria semivalidación al denostado flogisto. En la actualidad sabemos que las substancias químicas se combinan porque sus átomos poseen electrones sobrantes en sus capas electrónicas superiores y tienden a perderlos, o bien les faltan para completar dichas capas y tienden a absorberlos. Cotejando el listado de substancias con electrones "sobrantes" con las substancias "flogistizadas"... ¡son exactamente las mismas! A la vez, aquellas substancias a las que le faltan electrones, son las mismas que la Química del siglo XVII sindicaba como "desflogistizadas"... Esto es porque durante la combustión, una substancia con electrones sobrantes se los "presta" al átomo de oxígeno, al cual le faltan, y de ahí surge la atracción que permite la combustión. Así es que, al final del día, la idea intuitiva del flogisto no era tan mala después de todo...

domingo, 9 de marzo de 2008

Los mundos en colisión de Immanuel Velikovsky.

Probablemente, si hubiera que hacer el Top Ten de los libros más demenciales del entero siglo XX, "Mundos en colisión" de Immanuel Velikovsky estaría muy cerca de la cima. Velikovsky escribió un texto fascinante en que detalla cómo diversos eventos históricos y bíblicos fueron en realidad el resultado de distintos fenómenos celestiales, incluyendo la cuasi colisión de la Tierra con los planetas Venus y Marte. Para su desgracia, Velikovsky no intentó escribir con este material una novela de Ciencia Ficción, sino que trató de hacerlo pasar como una hipótesis científica. La comunidad científica se tomó esto muy a mal, quizás con demasiada prepotencia, y esto contribuyó a darle a Velikosvky un aura de sabio perseguido, cuando en realidad sus teorías son puro sainete.

Velikovsky nació en Vitebsk, Rusia, en 1895, en el seno de una familia judía. Mientras se mantuvo en el terreno de la Medicina y la Psicología fue ciertamente respetado, pero Velikovsky quería más. En 1939 empezó a prefigurar su destino, al escribir un libro en que argumentaba la tesis de que el histórico faraón Akenatón pudo bien ser el legendario Edipo. En 1950, después de ocho rechazos editoriales, pudo publicar su delirante "Mundos en colisión". Según reza este libro, hacia el siglo XV a.C. el planeta Júpiter eyectó un cometa, que pasó cerca de la Tierra y al alterar su órbita e inclinación axial (los famosos 23,5° del eje terrestre), causó una serie de cataclismos recogidos por la mitología mundial. El fastidioso cometa volvió a pasar 52 años después (siempre según Velikovsky) causando otra serie de catástrofes, antes de instalarse en órbita solar y transformarse en Venus. Pero no para ahí. Porque las idas y venidas de Venus habrían ocasionado que Marte se saliera de curso y pasara también cerca de la Tierra, originando una nueva ronda de cataclismos. El material que "fundamenta" las ideas de Velikovsky salió no de la Astronomía sino de la Mitología Comparada, claro está.

El material de Velikovsky ha sido sumamente atacado por la comunidad científica. Los astrónomos, aparte de hacer hincapié en que Venus no es como Velikosvky lo describe, señalaron que los movimientos planetarios descritos por Velikovsky violan buena parte de las leyes de la Mecánica conocidas. Después entraron en escena los estudiosos de la Mitología, que señalaron una serie de errores en el tratamiento del material (entre ellos, considerar el mito de Atenea surgiendo de la cabeza de Zeus como una prueba de la salida de Venus desde Júpiter, cuando en realidad Atenea equivalía a la romana Minerva, mientras que la romana Venus era en realidad Afrodita). Pero en el mismo 1950, Velikovsky obtuvo gran publicidad debido a la sobrerreacción del astrónomo Harlow Shapley, quien incluso llegó a orquestar una campaña para impedir que el libro fuera publicado; eso no lo impidió, por supuesto, pero dos meses de que Macmillan lo editara, lo transfirió a su filial Doubleday, que en ese tiempo estaba empezando a publicar su primera colección de... Ciencia Ficción (las novelas de Isaac Asimov, entre otras). Las ideas históricas y astronómicas de Velikosvky, aunque fundamentalmente erradas, con el tiempo demostraron ser una inspiración fundamental para las leyendas New Age de tipo "ángeles ayer, extraterrestres hoy".

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