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domingo, 5 de enero de 2014

La Matanza de los Inocentes.


Todos conocen la historia de la Matanza de los Inocentes, aunque sea por las películas bíblicas que algunos canales televisivos suelen programar para Navidad o Semana Santa. Según el Evangelio de Mateo, los Reyes Magos son recibidos en audiencia por Herodes el Grande, quien los convence de que regresen a él informándole, para así adorar al mesías, aunque con el secreto designio de mandarle matar. Los Reyes Magos, después de adorar a Jesús, reciben una advertencia sobrenatural, y deciden irse haciéndole el quite al mentado Herodes. Este, chasqueado, decide entonces que matará a todos los menores de dos años, sin excepción, para así cortar de raíz la amenaza contra su trono, ignorante por supuesto de que el Dios Que Todo Lo Puede se las arreglará para que todo marche de acuerdo a su Divino Designio amén.

Sin embargo, es poco probable que esta historia del Evangelio haya sido verdadera. En primer lugar, las únicas fuentes que la mencionan son el Evangelio de Mateo y el Protoevangelio de Santiago (este último apócrifo, es decir, que está fuera del canon bíblico). Tampoco la menciona Flavio Josefo, el más importante historiador judío, lo que se hace más sospechoso porque Flavio Josefo no sólo era minucioso y detallista, sino que además detestaba a Herodes, y no perdía ocasión de hacerle quedar malparado en sus escritos (Flavio Josefo era judío orgulloso de su nacionalidad, aunque había tenido que hacerse adoptar como romano después de que éstos destruyeran Jerusalén el año 70, y no podía caerle simpático Herodes, que no era judío sino idumeo, y además había hecho un gobierno agresivamente prorromano).

Además, considerando la animosidad que le tenían los judíos a Herodes, un extranjero que había depuesto al último Sumo Sacerdote de Jerusalén y se había apoderado del poder con el apoyo de las odiadas armas romanas, una matanza de niños como ésa hubiera significado una rebelión general, y tal cosa no ocurrió.

De todos modos, si Mateo inventó la historia, cabe preguntarse por qué. En primer lugar, sonaba creíble por la mala reputación de Herodes, y además porque el propio Herodes no tenía empacho en quitar del camino a cualquiera que alzara cabeza. Cuando capturó Jerusalén, por ejemplo, había legitimado su poder casándose con Mariamne, una princesa de la familia hasmonea (los depuestos sumos sacerdotes de Jerusalén), y al descubrir la popularidad de un hermano de ésta, ordenó simplemente que lo ahogaran en una piscina de su palacio en Jericó. En segundo lugar, Mateo trataba de crear la idea de que Jesús era el mesías, y como señal de que efectivamente era, le creó una situación de peligro de la que pudiera escapar milagrosamente (tal y como las leyendas de otros ilustres salvadores salvados de las fauces de la muerte cuando bebés, como Moisés, Rómulo y Remo, Hércules, etcétera, aunque probablemente sólo tuviera a la vista la historia de Moisés). Volviéndose a Herodes, Mateo encontró un magnífico villano para su historia, aunque en estricto rigor, no hay razón para pensar que Jesús fuera proclamado mesías ya desde la cuna, y por ende, es muy poco probable que Herodes le haya mandado matar, si es que acaso llegó a enterarse de que había nacido el hijo de José y María en un pesebre de Belén...

domingo, 15 de julio de 2007

El Buen Samaritano y los otros samaritanos.

La parábola del Buen Samaritano está tan enclavada en el inconsciente colectivo, que suele llamarse así en el lenguaje popular a aquel que ayuda a una persona en la desgracia, de manera completamente desinteresada y noble. Lo curioso es que no demasiados recuerdan que el origen de este dicho está en un relato bíblico, y menos aún saben que la fuerza del relato bíblico viene del hecho que los samaritanos eran odiados a muerte por los judíos, y por tanto no eran los "buenos" sino los "malos de la película".
Luego de que el reino de Salomón se dividiera en dos, hacia el año 930 a.C., surgieron dos reinos: Israel al norte y Judá al sur; Judá mantuvo su capital en Jerusalén, mientras que Israel la fijó en Siquem primero, y en Samaria después. Pronto, el norte tomó la delantera en materia económica, por encontrarse más cerca de las rutas comerciales que conectaban con Mesopotamia, y por ende, se tornaron religiosamente más laxos que sus vecinos del sur, quienes al ser más pobres, eran también más tradicionalistas, y veían al norte (los samaritanos) como apóstatas, y a su afán de gozar la vida como pecado nefando. Pero la capital tradicional del Rey David, Jerusalén, siguió durante siglos en manos de los judíos del sur, y por ende los samaritanos fueron siempre "judíos de segunda clase".
Aunque en el milenio casi completo que hubo entre Salomón y Cristo hubo numerosos avatares políticos para los hebreos, esta división nunca cesó. En tiempos de Cristo los samaritanos eran vistos aún con hostilidad, y de ahí que Cristo, para el ejemplo de su parábola, haya elegido como protagonista precisamente a un samaritano, que ayuda al desvalido en la desgracia cuando ningún "virtuoso" judío lo hace. La moraleja es clara: cumple la ley de Dios el samaritano despreciado que es virtuoso, y no el judío observante que no tiene compasión de su semejante. Moraleja que, por desgracia, y en diferentes contextos, sigue siendo hoy muy válida, en particular contra quienes pregonan a los cuatro vientos su virtud en público, y se comportan roñosamente con los demás en lo privado...

jueves, 21 de junio de 2007

La Biblia y el valor de pi en el Templo de Salomón.

La constante cuyo valor es aproximadamente 3,1415926535... aparece por primera vez bajo el nombre de "Pi" en el siglo XVIII, de la mano del brillante matemático suizo Euler. Sin embargo, ya en la Antigüedad se sabía de la existencia de este valor, el cual es el resultado de dividir la circunferencia de un círculo por su diámetro. Es decir, los matemáticos de la más remota Antigüedad habían descubierto que cualquiera fuera el tamaño del círculo, siempre que se tomara el largo de su circunferencia y se dividiera por el diámetro de la misma, daría por resultado un valor constante, y que ese valor constante era igual a Pi (calculando éste con mayor o menor exactitud). ¿Debería resultar eso sorprendente? Probablemente no. La verdad es que los antiguos eran consumados geómetras, y debían serlo, debido a la importancia que entre ellos tenía la agrimensura (la medición de terrenos, en este caso agrícolas, para fijar sus deslindes) y la ingeniería. Probablemente fue el griego Arquímedes quien ganó más fama por medir pi, pero su labor ensombrece la de otros genios anónimos que en China, Babilonia o Egipto emprendieron labores semejantes. Y una evidencia temprana de ello se encuentra nada menos que en la Biblia, algo sorprendente para quien piense que el texto bíblico es apenas un conjunto de mitos semilegendarios sin base histórica alguna.
Si hemos de creer al relato bíblico, fue nada menos que Hiram de Tiro, el arquitecto que según el Libro de Reyes construyó el Templo de Jerusalén, quien tenía en mente el valor de pi. En el Libro Primero de Reyes 7:23 hay una temprana intuición acerca de esta constante. El versículo en cuestión dice lo siguiente (seguiré la traducción Reina Valera de 1909, por considerarla más exacta que otras actuales que traducen a "metros"): "Hizo asimismo un mar de fundición, de diez codos de un lado al otro, perfectamente redondo: su altura era de cinco codos, y ceñíalo alrededor un cordón de treinta codos". Se refiere a Hiram de Tiro, construyendo una pileta ("mar de fundición") en el interior del Templo de Jerusalén. Nótese que su circunferencia ("cordón") es de treinta codos, y su diámetro es de diez codos ("de un lado al otro"). O sea, este texto calcula pi en 3 (30 codos divididos en 10 codos arrojan ese resultado). Puede parecer un error grotesco, pero el escritor del Libro de Reyes era probablemente historiador y no arquitecto, en primer lugar, y en segundo lugar pudo simplemente dar cifras aproximadas, y no las reales. En todo caso, hay aquí una brillante premonición del valor de pi, que otros matemáticos después se encargarán de refinar, hasta las mediciones computacionales actuales que han arrojado valores de cerca de un trillón de dígitos, o quizás más...

jueves, 8 de marzo de 2007

¿Descendió Jesús del rey David...?

Es más bien poco lo que se sabe sobre la figura histórica de Jesucristo. Esto, porque el mayor testimonio sobre su vida proviene de los Evangelios, que no tenían la finalidad de hacer una crónica histórica sino una apología de Jesús como el mesías prometido. A veces, los propios evangelistas, en su afán por adornar la figura de Jesús, incurren en errores que los delatan de cuerpo entero.
Uno de esos errores es haber tratado de darle ascendencia davídiva a Jesús. Esto es explicable porque según las antiguas profecías, el mesías debía ser descendiente de David. Ahora bien, hay dos genealogías distintas para Jesús, una en el Evangelio de Mateo y otra en el de Lucas, que, si se examinan con detención, son contradictorias entre sí, y por ende, bastante sospechosas. Y se pone peor aún. En ambas se presenta a David como antepasado de José... ¡para luego afirmar que el nacimiento de Jesús fue virginal, y por ende, José no tuvo nada que ver en la paternidad de Jesús! Por lo que los propios evangelistas se marcan un gol a sí mismos, en eso de atribuirle a Jesús una pertenencia a la Casa de David sobre la cual, dicho sea de paso, no existe otro testimonio, porque ni Marcos ni Juan hablan sobre eso, y no hay otra fuente externa para cotejar la ascendencia de Jesús...

domingo, 19 de noviembre de 2006

El reino de los jázaros.


Contraviniendo al menos en parte la fama de ser una religión oprimida y perseguida, lo cierto es que en forma regular e intermitente, el Judaísmo ha aparecido en la Historia como la religión oficial de varios estados, que a veces no tienen sino una conexión muy remota con los hebreos o con Palestina.
El más importante de estos pueblos judíos fue, probablemente, el Imperio Jázaro. Es poco conocido el hecho de que Crimea y Ucrania, es decir, las regiones al sur de Rusia, fueron dominadas en la temprana Edad Media por un pueblo guerrero altamente organizado de procedencia turca, quienes eran los jázaros, precisamente. En la época, los turcos habían conseguido construir una gran confederación semiimperial que iba desde China hasta el Imperio Bizantino, y que era la pesadilla de los pueblos ubicados en terreno sedentario (en esa época los turcos aún no alcanzaban Turquía, sino que tenían su base de operaciones en lo que entonces y ahora se llama, por ellos, el Turkestán, en el Asia Central). Cuando esta confederación turca se deshizo, la horda de los jázaros consiguió hacerse con el control del sur de Rusia, creando un imperio enorme y vasto en la estepa.
Las razones por las cuales los jázaros se convirtieron al Judaísmo son desconocidas. Una posible explicación es que los jázaros podrían haber querido salirse de las querellas religiosas que por ese tiempo (el siglo VII) envolvían al Imperio Bizantino: una buena opción para no tomar partido por alguna facción cristiana, y a la vez no ser tildados de paganos, era hacerse judíos. También podrían haberse hecho musulmanes, pero las guerras que jázaros y musulmanes libraron en el Cáucaso abortaron para siempre tal posibilidad.
Los jázaros desaparecieron tan neblinosamente en la Historia como surgieron. Hacia el siglo X, desde el norte de Rusia y por los ríos, llegaron los vikingos, quienes fundaron una serie de ciudades, la más importante de las cuales fue Kiev. El destino final de los jázaros es absolutamente desconocido: quizás fueron asimilados por la cultura vikinga, aunque se sostiene muy en serio que los judíos azkenazíes podrían ser descendientes de los jázaros.

jueves, 16 de noviembre de 2006

El golem.

Uno de los más famosos mitos judíos se relaciona con el golem, una criatura de barro a quien confiere vida el nombre secreto de Dios, a semejanza de Dios mismo, quien en el Génesis creó a Adán precisamente a partir del barro. El mito del golem se parece mucho al de Frankenstein (aunque es anterior a éste), en que critica los intentos del hombre por imitar el poder creador de Dios, ya que el golem es descrito como una criatura torpe y de escasa inteligencia.
El mito sobre el golem más famoso, es que lo vincula al ghetto judío de Praga. Reza la leyenda que el rabino Judá Loeb ben Bezazel, un famoso estudioso de la Cábala hebrea que vivió en el siglo XVI, habría creado una criatura de barro a la cual habría infundido vida. Esta historia dio pie al novelista checo Gustav Meyrinck para escribir su famosa novela "El golem", del año 1915.
¿Cómo se crea un golem? Después de hacerlo con barro, claro está, supuestamente debe escribirse en su frente la palabra "Emet" (con caracteres hebreos), que significa "verdad" en hebreo. Para desactivarlo, basta con borrar la primera letra (siempre en hebreo y con caracteres hebreos) para formar la palabra hebrea "Meit", que significa "muerte" en ese idioma. Un método alternativo es hacer esto mismo, pero en vez de grabar las letras en la frente, insertarlas en la boca del golem, escritas en un pedazo de papel (o pergamino o papiro, tanto más da). Suponemos que el método no funciona excesivamente bien, o hay pasos ocultos que el fabricante se reserva para sí como secretos industriales, porque si así fuera, el mundo estaría plagado de golems, ¿no?

domingo, 12 de noviembre de 2006

El tapabocas de Disraeli.

Como su apellido lo sugiere ("Disraeli": "de Israel"), el destacado Primer Ministro inglés del siglo XIX, Benjamin Disraeli, era de procedencia judía. Su familia descendía de judíos arrancados desde la España del siglo XVI, y que se habían asentado en Holanda, desde donde habían saltado a Inglaterra.
Siendo el siglo XIX un tiempo en el cual todavía era más o menos de buen ver el antisemitismo, esta condición de descendiente de judío pesó bastante sobre el joven Disraeli. Pero por otra parte, éste no intentó ocultarla nunca. Por el contrario, la exhibió con cierto orgullo, como una especie de muestra de identidad personal.
En una ocasión, en el Parlamento británico, hubo quien intentó denigrar a Disraeli, descalificándolo por ser de ascendencia judía. El que hablaba era, por supuesto, un inglés de pura cepa. La contestación de Disraeli bastó para que nadie más intentara hacerse el guapo:
-Sí, soy descendiente de judíos, y mientras los antepasados de usted eran salvajes que vivían con hachas de piedra, mis antepasados judíos eran sacerdotes servidores del Templo de Salomón.
Si no fueron esas las palabras exactas, fueron muy similares. Y bastaron para ponerle punto final al asunto.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Las tres canastas de Isaiah Berlin.

Isaiah Berlin, filósofo inglés nacido en Rusia, en el seno de una familia judía, fue uno de los más prominentes intelectuales liberales del mundo académico europeo en el siglo XX. Sus reflexiones sobre la idea de la libertad, diferenciando entre libertad negativa (ausencia de presiones) y libertad positiva (libertad para transformarse en el amo del propio destino) han sido ampliamente discutidas en el mundillo universitario. Pero como filósofo, Berlin tenía los pies de barro. Y sus momentos de chochera y ridículo. Quizás el más insigne, sea el de las tres canastas de Isaiah Berlin.
Como muchos otros filósofos, Isaiah Berlin llegó al punto en que no podía seguir adelante con la dogmática, sin acaramelarla con una teoría del conocimiento. Y diseñó la suya propia. Según Berlin, hay tres canastas (metafóricamente hablando, por supuesto). En la primera canasta echamos las preguntas que requieren de métodos científicos o empíricos para ser contestadas (por ejemplo: "¿cuántas lunas tiene Saturno", "¿en qué año Isaiah Berlin chocheaba con las tres canastas?"). En la segunda canasta echamos las preguntas que requieren de métodos lógicos o matemáticos para ser contestadas (por ejemplo: "¿cuánto son 2 + 2?", "¿la palabra empollón se escribe con o sin acento?"). En la tercera echamos las preguntas residuales, que no podemos contestar de las otras maneras, y que por lo tanto, son preguntas filosóficas propiamente tales (por ejemplo: "¿cómo ser ecuánime con quienes no están de acuerdo conmigo?", "¿es justo para los árboles el talarlos para imprimir libros de Isaiah Berlin en papel?").
Suena bonito, pero es una perogrullada. Lo que Berlin trata de decir de manera elegante, es que hay preguntas que pueden ser contestadas objetivamente, y otras que no. Hasta ahí el magnífico asunto.
Como eso dejaría al filósofo Isaiah Berlin y a su pandilla de colegas sin trabajo (a la larga, todas las preguntas deberían pasar de la tercera canasta, la canasta del misterio, a las otras dos), Berlin se pregunta sobre si hay preguntas que sean inherentes a la tercera canasta, si hay preguntas que siempre van a ser filosóficas. Sorprendemente, concluye que sí. Digo sorprendentemente, porque esto es un acto de fe, ya que se supone que no hay método alguno para contestar las preguntas de la tercera canasta, por tanto su respuesta nos es desconocida, y por tanto, ignoramos de momento si podemos pasarla a las otras dos canastas. A la larga, descubrimos que Isaiah Berlin ha creado la teoría de las tres canastas para justificar su paga como filósofo universitario a sueldo, y que creer en la tercera canasta no es un acto racional, sino puro misticismo. Y después dicen que la filosofía ha hecho avances desde Platón hasta nuestros días...

domingo, 2 de julio de 2006

Razones de la usura medieval.


Una de las imágenes recurrentes de la Edad Media, o por lo menos de finales de ésta, cuando ya Europa había salido del letargo feudal y se había vuelto otra vez una sociedad activa, emprendedora y comercial, es la figura del usurero. Este hombre, usualmente un judío (como el de "El mercader de Venecia"), hacía préstamos a intereses desorbitados, que cuando no podían ser pagados, llevaban a la ruina al hombre que hubiera pedido un préstamo. Y a veces, ese hombre no era solo el simple peatón, sino grandes señores feudales que hipotecaban sus tierras en garantía de los préstamos que pedían. Hoy en día se cobran intereses que pueden rondar el dos, el cinco o incluso el 10%, pero en aquellos tiempos podía fácilmente un usurero cobrar el 33, el 50 o el 66% de interés, sin arrugarse.
La Iglesia Católica condenaba la usura como un robo, porque consideraba injusto que alguien se enriqueciera con dinero que en definitiva parecía salido de la nada.
Pero, ¿verdaderamente sale el interés abusivo de la nada? Echemos un vistazo.
Existen dos factores que determinan la tasa de interés (esto es, el nivel que alcanzarán los intereses por sobre el capital prestado). Uno de ellos se refiere a la expectativa de poder invertir el dinero a futuro. Es decir, si yo presto a interés, estoy renunciando a gastar ese dinero, con la esperanza de que ese mismo dinero lo voy a poder invertir mejor en un futuro, y el interés opera así como un cebo o un señuelo para hacerme preferir ahorrar a gastar. Pero por este lado las tasas de interés medievales deberían haber sido mínimas, ya que en ese tiempo, con casi nulo progreso científico, y enormes incertidumbres políticas, económicas y sociales, las perspectivas de gastarse el dinero de una buena vez eran más tentadoras que de ahorrarlo para invertirlo después.
El otro factor de importancia es el riesgo. Es decir, si yo presto a interés, quiero tener una garantía de que el dinero volverá a mis manos. A lo mejor el fulano al que presté dinero es un sinvergüenza y se fuga con él, algo que en la Edad Media era enormemente fácil, ya que bastaba con cambiarse de ciudad y esconderse. O peor aún: el fulano es un rey, y simplemente, haciendo uso de sus potestades regias, simplemente se le frunce no pagar (no pocos banqueros medievales quebraron así). O a lo mejor el fulano está empeñado en usar el dinero para armar tres carabelas y llegar a la China por el oeste, algo que como todos saben es imposible porque la Tierra es plana y el desgraciado se va a caer abismo abajo por toda la eternidad, así es que mejor asegurarse de que si regresa, me compense sobradamente por el enorme riesgo que voy a correr invirtiendo en él.
He aquí entonces la explicación de los intereses tan abusivos. Si prestaban a intereses de un tercio, la mitad o los dos tercios por sobre el capital, era porque en muchos casos, probablemente no volverían a ver el dinero. Y es que, como se ha dicho repetidas veces, el aparentemente más simple viaje de Colón tenía muchas más probabilidades de fracasar que el viaje del Apolo XI a la Luna (entre el primer viaje tripulado en 1961 y la explosión del Columbia en 2003 han habido sólo cuatro o cinco expediciones tripuladas perdidas entre las decenas de misiones realizadas, y ¿cuántos naufragios pueden contarse en igual cantidad de viajes, en el siglo XVI?).

jueves, 8 de junio de 2006

El primer mesías.


El primero en ser saludado como "el mesías" por los judíos no fue Jesús de Nazaret, sino el rey persa Ciro el Grande (gobernó entre 559 y 530 a.C.). Esto es porque los judíos creían en su exilio de Babilonia, que pronto iba a llegar un mesías que iba a volver de cabeza a la Historia Universal, haciendo que los babilonios opresores fueran oprimidos, y liberando a los judíos y poniéndolos a la cabeza de la Historia. En el año 538 a.C., Ciro conquistó Babilonia, y otorgó permiso a los judíos para reconstruir su reino en Jerusalén, como una medida política para tener un "estado tapón" que le permitiera evitar amenazas de los egipcios. Los judíos vieron todo esto como la prueba de que su dios utilizaba a Ciro como un medio para enaltecerlos. Sin embargo, cuando pasó el tiempo y la situación judía no mejoró la gran cosa después (incluso empeoró con sucesivos dominios extranjeros, como macedonios, seléucidas y romanos), decidieron que Ciro no era, después de todo, el mesías, así es que fueron buscando varios otros más. Todavía lo están esperando.
[La ilustración de este posteo, del siempre socorrido Doré, está basada en la Biblia, el Libro de Esdras, capítulo 1, versículos 7 y 8].

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