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jueves, 10 de diciembre de 2015

Nerón tiene un gusto grotesco.


Nerón. Un emperador tan fuera de serie, que fue necesario todo el poderío de Peter Ustinov para que lo interpretara en la pantalla grande, en la memorable "Quo Vadis" de 1952. Y en conjunto con Calígula, el que más leyenda negra ha generado a su alrededor. Ha pasado a la historia como un loco destructivo, etcétera, pero hizo al menos un aporte. O mejor dicho, no lo hizo él, pero sin su concurso, éste hubiera sido imposible. Me refiero a introducir la palabra "grotesco" en nuestro idioma. ¿Y cómo fue que lo hizo? Pues a través de una historia que se extiende nada más y nada menos que por un milenio y medio, desde los tiempos de Nerón hasta el Renacimiento.

Roma, año 64. Un día cualquiera, estalla el fuego. Roma en la época era una especie de gigantesco monobloque al cual de repente se le introducían tajos, porque había que meter unas cosas llamadas calle por donde la gente circule y raye las paredes (sí, leñe, los romanos eran tan modernos, que inventaron la costumbre del graffiti. De hecho, escribieron varios contra el mismo Nerón). El caso es que Roma ardió y Nerón y su lira... no, mentira, lo de la lira es una leyenda. Según el historiador Tácito, Nerón estaba lejos de Roma, y cuando supo del incendio, regresó a toda pastilla y organizó una completa red de ayuda asistencial para los damnificados. Luego le echó la culpa a los cristianos y mandó a unos cuantos a ser bufete de león, pero eso es otra historia.

El caso es que después del incendio, Nerón se encontró con harto terreno libre, y dijo: me voy a hacer una casuchita así como una cosita de ná. Y dicho y hecho, se puso a construir su rancho, un palacio que abarcaba tres cerros de Roma (no, no lo he escrito mal. La ruca en cuestión se extendía por tres de las siete colinas de Roma, chúpense ésa), al que llamó la domus áurea (la "mansión dorada"). Arreciaron los graffitis en los mismísimos muros del nuevo palacio, de tipo: Romanos, vayámonos a Veyes, a no ser que esta casa también llegue hasta Veyes). El caso es que ésta y otras exacciones del bueno de Nerón llevaron a la rebelión de las provincias, y Nerón acabó suicidándose el año 68, profiriendo unas inmortales últimas palabras: "¡Qué gran artista pierde el mundo!". A su muerte, las labores en la domus áurea quedaron detenidas, la mansión nunca se completó, y de hecho, andando los siglos, con las invasiones bárbaras, las invasiones eclesiásticas, y otras plagas semejantes, acabó semienterrada.

Hasta llegar al Renacimiento. El Papado renacentista se vio invadido por la fiebre arquitectónica, y se puso a construir a lo bestia. En una de tantas, descubrieron unas cavernas a las que ingresaron para explorar, y descubrieron... frescos romanos en las paredes. Poco a poco, los investigadores renacentistas (porque no eran un montón de artistas viviendo en la nube, sino que eran eruditos de tomo y lomo a los que no les temblaba la mano ir a ver de primera fuente esas ruinas tan majas) descubrieron que habían dado por accidente con las ruinas de la domus áurea, que con el paso de los siglos había quedado enterrada, como ya hemos dicho. Pero, renacentistas como eran, lo que más les llamó la atención fueron los frescos en las paredes, que, fieles al gusto de Nerón, representaban sátiros y monstruos de toda clase, posiblemente para acompañar con picaresca zoofílica a las orgías que se daba Nerón con su señora Popea la de la leche de burra. Los que bajaron a las cavernas para estudiar ese arte, quedaron impactados porque se alejaba al ciento por ciento de la formalidad, sobriedad y elegancia que ellos consideraban propio del arte griego y romano, y pronto, empezaron a referirse a esos frescos como las pinturas de las grutas, o sea, grutescas. Y por supuesto, la palabra sirvió para bautizar a ese despropósito de arte, que pasó a ser el grotesque en francés, y lo grotesco en español, palabra que ahora sirve para hablar de los reality shows, los tatuajes, y los políticos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Aceite en el tepidarium.


Una amable lectora me preguntó, hace algunos días atrás, acerca de un detalle de la pintura que actualmente adorna el fondo de este blog Siglos Curiosos. En concreto, ¿qué es lo que sostiene la chica de la pintura con su mano derecha? Para ser absolutamente sinceros, yo ni siquiera había reparado en que la chica estaba sostenido un artefacto de sospechosa forma peneana con su mano derecha, distraído con... bueno... otra clase de atributos que posee la pintura, dejémoslo así. Que hablamos de los calenturientos del Academicismo aquí, la escuela de pintura ésa que so pretexto de recrear la Grecia y Roma clásicas, pintaban desnudos a mansalva que fueran, digamos, aceptables para los estándares morales victorianos de finales del XIX y comienzos del XX. O de cómo hacer porno con pretexto artístico, que es sospecho la razón por la que ha existido desde siempre una íntima asociación entre peli cultureta y chicas en bolas.

Pero dejándonos de ironías, lo justo y preciso para entrar en materia, que el sarcasmo acá en Siglos Curiosos no lo abandonaremos jamás, vamos con la estupenda historia de ese objeto. Partamos diciendo, por si los amables lectores no han llegado a enterarse, que la pintura en cuestión es "El tepidarium" pintada en 1881 por Lawrence Alma-Tadema. Este pintor inglés de origen holandés se inscribió dentro de la corriente de pinturas pequeñoburguesas que se refocilaban en temas culturetas tales como la antigua Grecia, la antigua Roma, el antiguo Egipto, los antiguos celtas, o los medievales musulmanes. El tepidarium es una especie de sauna que existía en la antigua Roma. So pretexto de lo cual, Alma-Tadema hizo lo que los academicistas mejor sabían hacer: pintar un desnudo sexy.

Ahora bien, en el antiguo mundo grecorromano el jabón era ese gran desconocido. Hasta la época imperial por lo menos, en donde parece haberse comenzado a elaborar. Para sustituirlo, los grecorromanos recurrían a los aceites. Y luego, claro, uno queda untado de aceite que de alguna manera hay que sacarlo. Y ahí es donde entra en juego el estrígil. Esta es una barra de metal que sirve para rascar el aceite de la superficie de la piel, y de paso ayuda a retirar junto con dicho aceite las células muertas que se hubieran desprendido en el proceso.

De manera que ésa es la respuesta al misterio: a pesar de que se preste a varios chistes maliciosos, lo que la inocente chica desnuda tiene en sus manos en la pintura de Alma-Tadema es simplemente un estrígil con el cual, en un rato más desde el momento de la pintura suponemos, se sacará el aceite que recubre su lúbrico y bien dotado cuerpo.

domingo, 19 de agosto de 2012

La mujer de César...

Todos conocen el famoso dicho que encabeza el presente posteo de Siglos Curiosos, pero si por ventura el amable lector llegase a ignorarlo, no lo completaré sino hasta el final lleno de suspenso y emoción culebronesca que tiene esta historia (en realidad no es tanto, pero si Julio César era maestro del autobombo, ¿por qué no puedo serlo yo...?). El caso es que el dicho de "La mujer de César..." se basa en una anécdota histórica real. Bueno, tan real como suelen ser estas anécdotas, que ya conocemos la tendencia de los historiadores antiguos a seguir el adagio de que nunca dejes que la realidad te arruine un buen cuento. Pero volviendo a Julio César. Este se casó tres veces. Viudo de su primera esposa, contrajo matrimonio algo más de un año después con Pompeya. En la época, a resultas de las prolijas intrigas políticas de la decadente República Romana, Julio César consiguió ser nombrado Pontífice Máximo, el más importante cargo religioso romano (en la época y dentro de la religión y política romanas, el Pontífice Máximo no necesitaba ser un hombre consagrado expresamente a la religión, aunque sí existiera sacerdocio profesional, como en todas las civilizaciones más o menos desarrolladas).

El caso es que a Pompeya, como esposa del Pontífice Máximo, le correspondía celebrar en calidad de anfitriona la fiesta de la Bona Dea ("Diosa Bondadosa"). Dicha fiesta era sólo para mujeres: los hombres tenían prohibida la entrada bajo pena de sacrilegio. Pero resulta que la joven Pompeya tenía un pretendiente llamado Clodio, y parece que a ella los halagos del jovenzuelo patricio de marras no le eran indiferentes. El caso es que Clodio se las arregló para pasar como imberbe, se disfrazó de mujer, y ayudado por una sirvienta que estaba en el ajo, se metió a la casa. Disfrazado de mujer, obviamente. La sirvienta fue a buscar a Pompeya, pero por alguna razón se tardó demasiado, y Clodio, con la impaciencia de la juventud, decidió aventurarse por la casa él mismo. Craso error.

Obviamente Clodio se topó entonces con el resto de las chicas, y obviamente Clodio siendo hombre y desconociendo el ritual, cometió la torpeza de rechazar la invitación de una de ellas a participar en el mismo. Cuando le preguntaron entonces quién era y qué hacía allí, Clodio replicó que esperaba a Pompeya. Famosas últimas palabras, porque la voz masculina lo traicionó. La turba de mujeres comenzó a buscarlo, y Clodio consiguió apenas salir con vida del bacalao. Sin embargo, fue reportado, arrestado, y se le siguió juicio por sacrilegio. La aventura podía haberle significado la muerte, pero Clodio era un personaje querido por el pueblo de Roma, y los jueces, temiendo acabar linchados, acabaron por absolverle de los cargos, aunque se esmeraron en escribir el fallo de la manera más ilegible posible, para que la gente al leerlo lo interpretara como mejor se le diera la gana.

Por su parte, Julio César se divorció de Pompeya. Sin embargo, cuando se le preguntó por el incidente, respondió que él nada sabía. Lo que era razonable, considerando que no estaba en el lugar de los hechos. Los jueces, extrañados, le preguntaron entonces por qué se divorciaba, si no le constaba que su esposa le hubiera hecho crecer cornamenta, a lo que Julio César dio su inmortal respuesta: "Porque pienso que mi esposa debe estar por encima de toda sospecha". De ahí entonces que viene el célebre dicho de que "la mujer de César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo". Claro, con sus bemoles y todo, Julio César era un político de alturas. Otros, en cambio...

jueves, 16 de agosto de 2012

Claudio y la censura.

Hemos explicado en otro posteo de Siglos Curiosos lo que era la censura en la antigua Roma. Que no era la actual censura de libros o películas (bueno, esto último es anacrónico, ehm...), sino la censura de costumbres. El censor en este sentido era un funcionario encargado de hacer valer la moral. En realidad, la censura tuvo su época dorada en la República Romana, pero la depravación generalizada del Imperio, sumado a que tachar a un ciudadano por malas costumbres tenía cada vez menos consecuencias (se perdían los derechos políticos, pero éstos bajo la férula de los Emperadores no tenían ningún valor de todos modos), hizo que la censura fuera cada vez menos aplicada. Lo que no quita que el Emperador Claudio (41 a 54 d.C.) se abocara a ejercerla. Con resultados pintorescos, como todo lo que rodea a este Emperador no especialmente brillante, pero tampoco tan malo como la triste reputación de tontorrón que se ha ganado para la posteridad.

En una ocasión, se le expuso el caso de un joven al que se le conocían montones de oprobios. Sin embargo, su padre lo declaraba intachable. Claudio, suspirando, despidió entonces al joven sin proclamar tacha. Cuando se le preguntó por qué había hecho eso, considerando que lo del joven era de escándalo público, replicó: "Tiene su censor".

En otra ocasión le pusieron por delante un joven famoso por sus adulterios y sus orgías, actividades que por supuesto no son excluyentes entre sí. Claudio le dio como admonición que se entregara "a los placeres propios de su edad, o al menos con más cautela", y luego añadió: "¿Qué necesidad hay que de que conozca yo el nombre de tu amante...?".

En otra ocasión, los amigos de un caballero tachado de infamia le urgieron a que eliminara la nota de infamia sobre el ciudadano (debido al carácter un tanto lábil de Claudio, era frecuente que la gente "se le subiera arriba del piano", por decirlo en buen chileno, faltándole el respeto a la dignidad imperial). Claudio, seguramente para librarse de esas pestes, ordenó que en efecto se suprimiera la nota de infamia, pero... "Quiero, sin embargo, que subsista la tacha". Chan-chán.

Parece ser que, con todo, Claudio tenía un entusiasmo supremo en tachar ciudadanos. Para efectos, ordenó que los ciudadanos llamados a rendir cuentas lo hicieran por sí mismos, o sea, sin abogados, seguramente para evitar los trucos habituales de la práctica forense. Con todo, los comisarios que tenía a cargo de buscar ciudadanos para tachar no parecieron demasiado eficientes, ya que muchos caballeros a quienes se llamó a comparecer ante el Emperador por celibato se presentaron con pruebas de ser casados, a quienes se llamó por falta de hijos se presentaron como padres, y los llamados por falta de caudal aparecieron después con riquezas. El caso más extremo fue el de una persona a la que se quiso censurar porque se le acusaba de haberse atravesado con una espada para quitarse la vida: el acusado, por toda defensa, se abrió la ropa para demostrar que no tenía ninguna herida...

domingo, 12 de agosto de 2012

Nerón vencedor en los Juegos Olímpicos.

Sí, el título de este posteo es correcto. No es un error de imprenta. No es un intento vano por llamar la atención de la audiencia. Y no es otro Nerón sino el que todos conocen, el Emperador de Roma y tarado aspirante a rascacítaras que es famoso por mandar matar cristianos en las pelis de romanos que exhiben para Semana Santa. ESE Nerón se llevó coronas olímpicas en los Juegos Olímpicos. El cómo ocurrió, es lo que referiremos aquí en Siglos Curiosos. Pero antes, mencionemos como ayudamemoria que los Juegos Olímpicos venían celebrándose en Grecia desde el año 776 antes de Cristo, o ésa es la fecha tradicional de inicio a lo menos. Aunque bajo dominación romana, los griegos seguían celebrándolos, y seguirían hasta finales del siglo IV, cuando el Emperador Teodosio los mandó a suprimir. Volviendo a Nerón, el no ser griego no fue óbice para que participara... ¡¡¡Y GANARA!!!

En realidad, las aspiraciones artísticas de Nerón venían desde antiguo. En un intento por ganar popularidad, había celebrado varios recitales en Nápoles, como si uno solo no fuera ya suficiente catástrofe. En paralelo sentía atracción por el Circo, en concreto por las carreras de auriga, a pesar de que por ser el Emperador, y por esperarse del titular en el cargo un mínimo de dignidad, le estaba prohibido lucirse con los carros sobre una pista. Y entonces, concibió el proyecto de viajar a Grecia. En realidad, los propios griegos se habían echado encima esta catástrofe, ya que cada vez que había un certamen artístico, la corona de los vencedores no se le adjudicaban a los vencedores mismos, sino que en una prudente muestra de lamebotismo se enviaban a Nerón. Por supuesto que, halagado en su vanidad, Nerón se entendía muy bien con los mensajeros que traían esas coronas, y llegó a decir que "sólo los griegos saben escuchar y son dignos de mi voz".

Una vez en Grecia, Nerón dio una serie de recitales, incluyendo Olimpia, la sede de los Juegos Olímpicos en Grecia, lo que era contra la costumbre de que no se celebraban certámenes musicales en dicha ciudad. Un liberto mandó llamarle porque su presencia era requerida de regreso en Roma por negocios del Estado, y Nerón replicó: "En vano me escribes queriendo que regrese prontamente; mejor es que desees que vuelva digno de Nerón". En los teatros se prohibió salirse del mismo cuando cantaba Nerón, bajo cualquier circunstancia, ante lo cual refiere el historiador Suetonio: "algunas mujeres dieron a luz en el espectáculo y muchos espectadores, cansados de oir y aplaudir, saltaron furtivamente por encima de las murallas de la ciudad, cuyas puertas estaban cerradas o se fingieron muertos para que los sacasen"... Por supuesto que en cuanto certamen que participó, Nerón ganó, pero esto no fue suficiente: mandó derribar, arrastrar por las calles con ganchos y echar a las letrinas las estatuas y bustos que existían en homenaje a los vencedores anteriores al mismísimo Nerón.

Y la perla de la corona en esta descabellada gira artística, fue Nerón participando en una carrera de carros en los Juegos Olímpicos. Su carro era tirado por diez caballos. Los cuales le traicionaron, porque Nerón en mitad de la carrera fue despedido del carro en cuestión. Lo recogieron y colocaron dentro de nuevo, pero Nerón, ya demasiado machucado, no pudo resistir y se bajó antes de terminar la carrera. Claro está que una pequeñez de tecnicismo como ésta no iba a detener la implacable voluntad de los jueces por proclamarle vencedor a como diera lugar, y así lo hicieron. Agradecido, Nerón concedió la libertad a toda la provincia, y en cuanto a los jueces, les pagó una generosa cantidad de dinero, y los hizo ciudadanos romanos. Cuando regresó a Italia, su desfile triunfal lo hizo ciñiéndose la corona olímpica...

jueves, 5 de abril de 2012

Mitologizando el origen de Roma.


A Roma se le dice la Ciudad Eterna por su extraordinaria longevidad, y pareciera aún más Eterna si se considera que sus orígenes no terminan de estar del todo claros. Sobre Rómulo, el pretendido fundador de la ciudad, sólo tenemos un puñado de leyendas, hasta el punto que ni siquiera sabemos a ciencia cierta si fue un personaje histórico o no. En esta campaña de desinformación propagandística ayuda que los propios romanos se esforzaron por crear su propia leyenda de los orígenes. Algo común a otras culturas, claro, pero que en el caso romano, por afán de emulación, llegó a extremos quizás algo ridículos.

Roma creció en la región central de Italia llamada el Lacio. Aunque era una oscura ciudad sin mucha cultura, prosperó gracias al control de los puentes sobre el Río Tíber, y a estar empotrada sobre la ruta sobre la cual debía comercializarse la sal. No en balde, una de las más importantes carreteras de Roma era la llamada Via Salaria. En el año 390 antes de Cristo, los galos saquearon Roma. Como consecuencia colateral, todos los archivos sobre los primeros tiempos de la ciudad desaparecieron durante el incendio que es de rigor en todo gran saqueo que se precie de tal. A partir de entonces, todo lo que se dijo y escribió sobre el origen de Roma son leyendas.

Resulta que a medida que Roma se iba apoderando del mundo, los romanos se sentían cada vez más ofendidos de sus propios mitos originarios. La fundación de Roma se le adjudicaba a Rómulo, pero en la leyenda, éste no era más que un jefe de bandidos responsable del asesinato de su hermano Remo, y la Roma primitiva estaba poblada por todos los indeseables exiliados de otras ciudades. Para colmo, Rómulo y Remo habían sido amamantados por una loba, y ésta era una bestia sin una gran reputación: lobas se les llamaba en la antigua Roma a las prostitutas (la palabra castellana "lupanar", que designa a un prostíbulo, deriva del latín "lupus", que significa "lobo"). De manera que se propagó la leyenda de que la ciudad de Alba Longa, desde cuyo linaje real venía Rómulo, venía desde más antiguo. En concreto, nada menos que de Troya, o sea, de los héroes homéricos mismos. Recordemos que en ese tiempo estaba en juego el afán de emulación de los romanos por los griegos. Esta idea venía en todo caso desde antiguo, parece ser, como lo muestra una vasija etrusca de Tragliatella, que data más o menos del siglo VII antes de Cristo, y en donde se testimonia el "lusus troiae", los juegos troyanos, una danza ejecutada a pie y a caballo. Recordemos que en las leyendas etruscas, éstos venían de oriente, y por lo tanto, eso daba pie al mito del origen troyano remoto de los romanos.

En tiempos del Emperador Augusto, fue el poeta Virgilio quien, en su "Eneida", le dio forma definitiva a esta leyenda. Más allá de sus méritos literarios, lo cierto es que en lo ideológico la "Eneida" es un panfleto patriotero. En la obra, Eneas abandona Troya cuando ésta es asaltada por los griegos (¿justificando que los romanos después conquistaran a los griegos, quizás?). Por azares del destino acaba en Cartago, en donde vive un romance con Dido, hasta que los dioses le llaman otra vez al deber, y zarpa a su destino de fundar Roma. Dido se suicida entonces melodramáticamente arrojándose a una pira, no sin antes profetizar que Cartago algún día será el peor enemigo de Roma, lo que legitima por supuesto que Roma después haya escarmentado a Cartago de la forma salvaje en que lo hizo (¿arar la tierra con sal, alguien...?). Eneas llega a Italia y después de una prolija serie de guerras, termina fundando Alba Longa. De esta retorcida serie de eventos, es que los romanos habrían llegado a ser los romanos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Cuando Beirut fue centro mundial del Derecho.


Sí. Ese Beirut. La capital de ese pequeño estado del Medio Oriente llamado el Líbano. No es la ciudad más importante del mundo, ni siquiera la más importante de su región, más allá de ser la capital del Líbano, que tampoco es el país más importante de su área (honor que quizás les corresponda a Siria e Israel, y si ampliamos la perspectiva geográfica, Egipto e Irán entran en la lista). Por eso puede sorprender que Beirut durante más de un cuarto de milenio, fue uno de los centros jurídicos más importantes del planeta. Su área de influencia abarcaba a todo el Imperio Romano... que era a su vez una de las áreas más civilizadas del planeta, junto con la India, China y Mesoamérica. Da cierto vértigo pensar en ello.

El caso es que Beirut llegó a ser uno de los grandes centros jurídicos de todos los tiempos un poco por suerte. Beirut mismo existe desde la época cananea, anterior a los hebreos, pero había sido saqueada y destruida en una de la interminable seguidilla de guerras entre el Imperio Seléucida (que comprendía las actuales Siria e Irak), y el Egipto de los Tolomeos. Aunque no fue tan arrasada que desapareciera de la faz de la Tierra, sí se había hecho atractiva la idea de fundar allí una colonia romana. De manera que como parte de su política de pacificación del Imperio Romano después del cruento siglo de guerras civiles, el Emperador Augusto fundó una colonia en Beritos (Beirut), en el año 15 antes de Cristo, instalando a contingentes de veteranos de guerra en la región. No es raro entonces que Beirut se haya vuelto la más importante punta de lanza de la romanización en la región.

A la larga, esto llevó a que los romanos adoptaran la costumbre de depositar copias de las leyes imperiales en Beirut (en esa época las copias no abundaban como ahora en que basta descargarse un PDF desde internet, sino que debían ser laboriosamente redactadas por esclavos copistas). Resulta lógico que, estando las leyes a disposición en Beirut, los estudiosos de las mismas en la región acudieran allí. Hacia el año 200 se había implementado ya un curso de cinco años de duración, para formación de juristas de tiempo completo. Si examinamos la Ley de Citas del año 426, en que se le concede la autoridad jurídica a cinco de los más grandes juristas de toda la historia del Derecho Romano... ¡sorpresa! ...dos de ellos, a saber Papiniano y Ulpiano, pasaron por las aulas de Beirut (y un tercero, Paulo, se duda sobre si venía de Siria o de Italia... y si fuera el caso de venir de Siria, es altamente probable que fuera el tercero egresado de las clases de Beirut).

El más grande triunfo de Beirut sobrevino en el siglo VI, cuando el Emperador bizantino Justiniano ordenó codificar el Derecho Romano hacia el año 530. Como parte de su obra, Justiniano reconoció sólo tres escuelas de Derecho en la que los futuros jurisprudentes podían formarse: Roma, Constantinopla, o Beirut. Parecía que el futuro sonreiría a Beirut como escuela de Derecho... pero la fatalidad se cebó en la ciudad. Un terremoto arrasó la escuela hasta los cimientos en el año 551, apenas dos décadas después de que Justiniano hubiera presentado su gran labor de codificación (y estando todavía en el gobierno bizantino). Los estudiantes fueron transplantados a Sidón, pero con la escuela destruida, es poco probable que sus archivos sobrevivieran, y sin ellos, la principal fuente de inspiración jurídica había desaparecido. No es raro entonces que esta importantísima escuela jurídica, que desde el Medio Oriente a través de sus alumnos más aventajados llegó a dictarles las leyes a todo el Imperio Romano y a todo el temprano Imperio Bizantino, acabara por languidecer y finalmente desaparecer sin dejar mayor rastro.

domingo, 16 de octubre de 2011

Los francos regresan a casa.


Quienes se adentran en la larguísima historia del Imperio Romano, se encuentran en ella con ese gran agujero sociopolítico que es la crisis del siglo III (usualmente datada entre 235 y 284), cuyo nadir fue alcanzado entre la muerte del Emperador Decio en 251 y la victoria del Emperador Aureliano sobre Zenobia en 273. Sin embargo, aunque Aureliano fue llamado "Restitutor Orbis" ("Restaurador del Mundo") debido a sus esfuerzos por normalizar al Imperio, sus sucesores debieron habérselas tanto con invasores germánicos por un lado, como con aspirantes internos al trono que en más de alguna ocasión tuvieron éxito en eso de querer derrocar al mandamás para ser Emperador en lugar del Emperador. Uno de ellos ya apareció hace media década en los inicios de Siglos Curiosos (ver "Gracias a Tácito por Tácito"). La siguiente historia que rescatamos para Siglos Curiosos tiene que ver con otro de estos sucesores, un tal Probo, que gobernó entre 276 y 282, y una banda de bárbaros francos que se las arregló para hacerle la vida a cuadritos, como era la costumbre en esos años.

Probo tuvo que ganar primero y defender después su imperio contra una larga serie de pretendientes, y en medio de esta guerra civil (que ganó), los francos intentaron forzar el Rin e invadir la Galia. Ayudado por una hambruna providencial en el campo enemigo, Probo los consiguió batir. Como parte de su política de victoria dispersó a los invasores, matando a sus cabecillas, relegando a sus huestes a Britania, y ordenando el reclutamiento de cuotas fijas de guerreros francos como auxiliares de sus propias tropas, cuidando por supuesto de no dejar acantonados en un mismo lugar a tantos francos en un batallón que pudieran organizarse y rebelarse. O la idea era ésa, al menos.

Porque resulta que uno de esos cantones le dio a Probo un enorme dolor de cabeza. Una de esas tropas francas había sido llevada desde Germania hasta las riberas del río Fasis, en el antiguo territorio de la Cólquide, en la orilla oriental del Mar Negro (hoy en día se llama río Rioni, y está en el territorio de la actual república de Georgia: háganse con un mapa, y entenderán de qué les hablo). Resulta que estos francos consiguieron echar mano a una flota. Para los que están habituados a ver a los guerreros germánicos como fuerza de tierra puede ser chocante pensarlos enrolados como marinos, pero eso fue lo que sucedió: se apoderaron de una flota, y discurrieron el plan de regresar contorneando TODO el Mar Negro, el Mar Mediterráneo y la costa atlántica para volver a su hogar.

Lo asombroso es que lo hicieron. Pillaron las costas griegas a placer, y alcanzaron después Italia. Con su fina ironía británica, el historiador Edward Gibbon escribe: "La opulenta ciudad de Siracusa, ante cuyas puertas las escuadras de Atenas y Cartago antaño habían sido hundidas, fue saqueada por un puñado de bárbaros, quienes masacraron a la mayor parte de sus temblorosos habitantes" (traducción libre por parte del General Gato). Luego trataron de emprenderlas contra Cartago, pero fracasaron ante la resistencia de sus habitantes, sin por su parte haber sufrido grandes perdidas. Luego siguieron a España, cruzaron las Columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar), subieron por la costa de Galicia y la de la Galia... y a falta de mayores noticias, se supone que desembarcaron con éxito en algún punto de las costas de Batavia o de Frisia. Sólo nos queda suponer la rabia y la frustración del buen Probo ante semejante expedición que ante sus propias narices cruzó todo sus dominios marítimos de punta a cabo y por lo más largo de ellos, sin poder evitarlo... Por cierto, como era la costumbre en esos años, el pobre Probo acabó muy mal: fue asesinado, y un tal Caro llegó a reinar en su lugar.

jueves, 7 de abril de 2011

La muerte de Petronio.


Gayo Petronio es uno de los autores romanos más célebres, si es que se le puede llamar "célebre" a un tronco literario tan poco leído hoy en día más allá de algunos ratones de biblioteca como lo es la literatura escrita originalmente en latín. Petronio es considerado como el autor del "Satiricón", una novela satírica sobre la depravación de costumbres en la antigua Roma de la que se conservan fragmentos, incluyendo íntegro el estrambótico "festín de Trimalción". (Si les suena de alguna parte, puede ser porque el cineasta italiano Federico Fellini rodó su "Satiricón" basándose o inspirándose a lo menos en esta obra, en 1969).

Pero Petronio pasó a la historia también por la sangre fría que mostró en el morirse, cosa que refiere el historiador Tácito con el seco lujo de detalles que era tan característico de él. Petronio era hombre de fortuna que le gustaba derrocharla, pero en palabras de Tácito, "no era tenido por tabernero y desperdiciador, como lo suelen ser muchos que por este camino consumen sus haciendas, sino por hombre que sabía ser vicioso con cuenta y razón" (¡!). Empero, cuando ejerció cargos públicos (procónsul en Bitinia primero, cónsul después), dejó la disipación para la vida privada, y se manifestó frugal y eficiente en sus cometidos públicos. Petronio era hombre de talante filosófico y en apariencia le disgustaba la bajeza y vulgaridad de la época, por más que no elevara demasiado la voz en protesta, no fuera a sucumbir ante alguno de los Emperadores locos y sus extravagancias. Con todo se lo llamó "arbiter", el árbitro, y más latamente el "árbitro de la elegancia". Nerón le consideraba su amigo, en parte porque Petronio no encontraba ni bajo ni indigno de sí el adularle para mantener su favor. Lo cual le ganó la antipatía de Tigelino, consejero de Nerón caracterizado por su rudeza y brutalidad, así como por acompañar al Emperador en sus juergas y orgías de palacio y por las calles de Roma.

El caso es que Tigelino montó una operación contra Petronio, sobornando a uno de sus esclavos para que lo acusara de amistades inconvenientes (aquéllas que conspiran contra Nerón, claro está). Y para que Petronio no se pudiera defender, mandó arrestar a su familia y meterla en celdas incómodas y estrechas. Nerón prestó oídos a las maquinaciones de Tigelino, y ordenó el arresto de Petronio. Este entonces no quiso someterse a la tensión suprema de esperar juicio, suplicio y ejecución, y prefirió darse muerte a sí mismo, y hacerlo más encima disfrutándolo. Para esto, con toda la sangre fría del mundo, se abrió las venas, y luego se las mandó vendar de manera tal, que podía abrírselas para que manara la sangre o cerrárselas otra vez para detenerla. Luego de esto citó a sus amigos para un último banquete y, a diferencia de Sócrates en su celda (¿han leído la "Apología de Sócrates" de Platón al respecto?), se dedicó a conversar "no de cosas graves ni cuales se suelen decir para ganar fama de constancia, antes, en vez de gustar que le tratasen la inmortalidad del alma y de las opiniones de los sabios, oía con gusto poesías insubstanciales y versos fáciles y leves". Dispuso también de su hacienda, premiando con dinero o mandando azotar a sus esclavos. Y finalmente se sentó a la mesa para que su muerte aparentara haberse quedado en el sueño.

Pero Petronio, que hasta para morirse había sido un vividor, se dio un último gusto. Escribió un breve texto en el que detalló y censuró con lujo de detalles las maldades y vicios de Nerón, incluyendo las últimas nuevas al respecto (que no se suponía que supiera, claro), y se lo remitió al Emperador. Podemos suponer la furia de éste cuando leyó tales ataques por parte de un hombre al que tenía por su amigo (si la escena les resulta familiar, puede ser porque fue escenificada en la peli "Quo Vadis", si bien la muerte de Petronio está simplificada allí). A tanto llegó el enojo de Nerón, que se puso a buscar la fuga de información por la cual Petronio se había enterado de cosas, y dio con Silia, conocida por ser amante tanto de Petronio como de un senador, y por supuesto del propio Nerón: la pobre Silia, fuera culpable o inocente de haberle transmitido chismes de Nerón a Petronio, acabó pagando el incidente con la pena de destierro perpetuo. Y conociendo a Nerón, quizás se la sacó barata.

jueves, 3 de marzo de 2011

Herodes entre Octavio y Marco Antonio.

Herodes ha ganado fama de gobernante déspota y cruel, debido a la leyenda de la Matanza de los Inocentes y, por qué no decirlo, gracias a la animosidad que los judíos tenían en su contra, y que le valió a Herodes un trato bastante vejatorio post-mortem por parte de Flavio Josefo, el más insigne historiador judío de su tiempo y uno de los más importantes en su rubro de todos los tiempos. Pero más allá de esto, no cabe duda de que fue un político sagaz, inspirado y maquiavélico, hecho de la madera en que se tallan los supervivientes natos. La historia de sus relaciones con Roma da pautas de ello.

Herodes ascendió al poder con 30 años, en 43 a.C., después de que su padre fuera envenenado. Instantáneamente sus súbditos judíos le detestaron, porque Herodes era de ascendencia idumea por parte de padre y árabe por parte de madre, y los judíos aspiraban a gobernarse ellos mismos a través de una teocracia sacerdotal, no a ser regidos por un extranjero intruso. En 40 a.C., aprovechando una invasión de los partos, se sublevaron. Herodes tuvo que escapar escondido para salvar la vida, y comprendiendo que no habría paz en Palestina si no gobernaba con el favor del todopoderoso Imperio Romano, viajó a Roma y consiguió que le ratificaran como rey de Judea. Reconquistó militarmente toda Judea, se casó con una princesa de la familia de los sumos sacerdotes de Jerusalén, ahogó en una piscina a un flamante nuevo cuñado que le hacía sombra, y consiguió asentarse en su trono.

Pero el trono de Herodes dependía en buena medida del favor romano, y a la sazón éstos se encontraban divididos. Marco Antonio había marchado a someter a Cleopatra en Egipto, pero la zalamera reina se lo había camelado, y Marco Antonio terminó a sus órdenes. Cleopatra, por su parte, también trató de seducir a Herodes para obtener favores territoriales de éste, aunque infructuosamente, quizás porque Herodes sabía lo importante que era mantenerse en buenas relaciones con Marco Antonio, a quién le fue completamente fiel. El problema es que en 31 a.C., un sobrino del asesinado Julio César llamado Octavio destruyó a las tropas de Marco Antonio y Cleopatra, y con esto, Herodes quedó en un difícil pie político.

En tan crítico momento, Herodes jugó todas sus cartas de una manera maestra. Octavio estaba en la isla de Rodas, arreglando los asuntos de Egipto y Oriente, y hacia allá peregrinó Herodes, presentándose con boato y esplendor oriental, pero sin su corona real, cuidándose así de provocar a Octavio. Luego, lejos de apresurarse a echarse como un perro a los pies de Octavio, declaró abiertamente su lealtad hacia Marco Antonio, y proclamó que esa misma bien probada lealtad estaba dispuesto a dársela a Octavio. Este quedó tan impresionado con la sangre fría de Herodes, que lo confirmó como rey de Judea, y lo favoreció sobremanera con posterioridad (lo que no era poco: Octavio, llamado después Augusto, fue Emperador de Roma hasta su muerte en el año 14 después de Cristo). Herodes, por su parte, se cuidó mucho de hacer enfadar a los romanos en sus políticas posteriores, aunque esto le significara ganarse la animadversión de los hebreos. De esta manera pudo gobernar tranquilo en Judea, hasta que falleció de muerte natural en el año 4 a.C.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El Edicto Perpetuo.

Una de las más peculiares instituciones del Derecho Romano, a ojos del mundo occidental acostumbrado a leyes que se otorgan desde un Parlamento, es el Edicto Perpetuo. Su interés radica en que combinaba de manera casi ideal dos características muy deseables de las leyes, a saber, que estén fijas para que todo el mundo sepa a qué atenerse respecto de ellas, y que sean lo suficientemente flexibles para permitirles cambiar de acuerdo a las necesidades y circunstancias de la vida exterior.

En el año 243 a.C., o sea en plena República Romana, se aumentó de manera definitiva el número de pretores de uno a dos. Los pretores eran los funcionarios encargados de la administración de justicia, y sobre ellos sólo estaban los dos cónsules, que eran lo que hoy en día consideraríamos el Poder Ejecutivo. En la época, la República Romana estaba en pleno proceso de expansión militar, y esto involucraba una serie de problemas jurídicos relativos a los negocios cada vez más amplios en que se involucraban los privados romanos. Al principio, como una idea inspirada, los pretores urbanos (el otro pretor era el "pretor peregrino": el urbano para la "Urbe" o la "Ciudad" de Roma, y el peregrino para los "afuerinos" o las provincias) dictaban sendas declaraciones sobre qué principios iban a seguir para administrar justicia durante su año de ejercicio (duraban un año en su cargo). La idea pareció lo suficientemente buena como para que los pretores sucesivos hicieran lo mismo, y de esta manera, lo que partió como un uso práctico devino en costumbre.

En la teoría jurídica de los romanos, el Edicto Perpetuo (llamado así a partir de la Lex Cornelia de 67 a.C.) era un acto de pura facultad del Pretor, y por lo tanto, si el nuevo Pretor quería ignorar por completo el edicto del anterior y reescribirlo desde cero, podía perfectamente hacerlo, y hacerlo era "constitucional". Pero con buen sentido común, esto hubiera introducido el caos en los asuntos jurídicos, además de que la cada vez más compleja legislación romana imposibilitaba que pudiera reescribirse el Edicto Perpetuo desde cero. De manera que los nuevos pretores en realidad trasladaban el Edicto Perpetuo del año anterior y lo hacían suyo, introduciéndole sólo cambios y reformas por aquí y por allá en donde hiciera falta, siempre haciéndose asesorar por los "iurisprudentes", los privados especialistas en cuestiones de derecho. La mencionada Lex Cornelia fijó el Edicto Perpetuo y lo consagró como una obligación del Pretor, y con ello esta costumbre se "oficializó".

En el año 131 d.C., pasadas las grandes conmociones del Imperio Romano, detenida su expansión imperial, y viviendo por tanto una calma chicha, el Emperador Adriano juzgó prudente fijar aún más el Edicto Perpetuo. De manera que ordenó al jurista Salvio Juliano que ordenara y sistematizara el Edicto Perpetuo, y lo promulgó como ley definitiva, a la que ya no se le iban a introducir modificaciones año a año. Esto, salvo que el propio Príncipe (el Emperador) a voluntad y en el momento en que se le ocurriera, decidiera. La cristalización del Edicto Perpetuo fue un síntoma de la esclerotización del hasta entonces dinámico Derecho Romano, así como una confirmación del poder absoluto que poseía el Emperador.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Espectros de los ordovicos y los silures.

Uno de los más dramáticos eventos en la Historia de la Tierra, no demasiado conocido porque no intervienen dinosaurios, pero no por ello menos dantesco en cantidad bruta de muertos, es la llamada Extinción Masiva del Ordovícico-Silúrico, que se produjo aproximadamente hace 450 millones de años. No es la peor de todas, pero en cantidad de especies extintas no tiene nada que envidiarle a la extinción masiva más conocida, que es la KT (Cretácico-Terciario, la clásica de los dinosaurios, vamos). De hecho, es la segunda extinción masiva de especies marinas conocida, cerca de un 60% del total, lo que es bastante si se considera que en la época, TODA la vida animal o vegetal estaba confinada en los mares (el récord absoluto lo tiene la Extinción del Pérmico-Triásico, hace unos 250 millones de años, aunque en esa época la vida ya se había abierto camino hacia la superficie terrestre).

Desde un punto de vista etimológico, tiene su gracia que una de las cinco mayores extinciones masivas en la historia terrestre reciba su nombre de los dos períodos geológicos mencionados (el Ordovícico y el Silúrico, ambos partes del Paleozoico, conocido en los manuales antiguos como Era Primaria). Resulta que la Paleontología de la primera mitad del siglo XIX, cada vez más dispuesta a aceptar que la Tierra debía ser más vieja que los 6000 años bíblicos, comenzaba la dificultosa labor de periodizar la historia terrestre. Como la investigación científica estaba confinada en la época a los fósiles y sedimentos de Europa, las rocas mejor investigadas del período Primario (actual Paleozoico) eran las de Gales, en Inglaterra. De esta manera, cuando quisieron buscar nombres, se volvieron al nombre antiguo de Gales (Cambria), para bautizar lo que actualmente es el Período Cámbrico.

Ahora bien, pronto hubo que inventarse más nombres para los períodos, y como parecía cómodo el sistema adoptado, los dos períodos siguientes al Cámbrico recibieron su nombre de dos tribus galesas, precisamente: el Ordovícico de los ordovicos, y el Silúrico de los silures. Los ordovicos vivían en el norte de Gales y los siluros en el sur, y los historiadores romanos refieren el apetito de ambas tribus por la guerra. En los hechos, durante el siglo I después de Cristo, los romanos trataron de entrar a Gales por la fuerza, y si bien lograron conquistar y pacificar la región (más o menos), esto les costó lo suyo, y los ordovicos y siluros nunca aceptaron la romanización sino de mala gana, sólo para sacudírsela a la primera ocasión. Cuando cayó el Imperio Romano, Gales recayó en la barbarie como si nunca los romanos hubieran estado allí.

Yendo un poco más lejos en la etimología, nos encontramos con que la palabra "ordo-wik" puede estar emparentada con el irlandés "ord" y el galés "gordd", que significa martillo. "Silo", por su parte, vendría significando "semilla" en galés. Quizás ambas tribus, conocidas por la fiereza de sus guerrillas contra los romanos, se habrían sentido más que satisfechas de saber que por un capricho de la Historia de la Ciencia, los nombres de ambas acabarían insertas nada menos que en uno de los más importantes eventos de extinción masiva en la Historia de la Tierra completa...

jueves, 28 de octubre de 2010

Lucrecio y el ciclo del agua.

El poeta romano Tito Lucrecio Caro (hacia 99-55 a.C.) escribió uno de los poemas más singulares de todos los tiempos, que es "De Rerum Natura" ("De la naturaleza de las cosas"). El poema generalmente es citado por los científicos debido a defender abiertamente la existencia de los átomos (no es que Lucrecio fuera un científico, sino que tomó las ideas filosóficas de Demócrito al respecto), y por los ateos y agnósticos por criticar la existencia de los dioses y el miedo a la muerte. En el fondo, el poema de Lucrecio iba en la vena de hacer una vasta descripción en verso acerca de la naturaleza (bueno, del conocimiento que de la naturaleza se tenía en esa época), desde un ángulo crítico y sin aceptar las supersticiones ni la religión. Fórmula ideal para adormecer al lector de hoy en día (la ciencia de Lucrecio está vastamente superada), pero que aún así contiene algunas interesantes perlas para el lector moderno.

Una de las cosas que Lucrecio trata, es el ciclo del agua. En la actualidad cuando le enseñamos ciencias naturales a nuestros párvulos, hacemos preguntas similares a las que Lucrecio en un lenguaje más alambicado: "Admíranse de que la mar no aumenta / su volumen jamás con tantas aguas / como corren en ellas y los ríos / como por todas partes desembocan". Intuitivamente describe la evaporación: "Roba el calor del sol una gran parte / pues vemos secan sus ardientes rayos / en un instante la mojada ropa". Y añade: "aunque el sol tome una porción muy corta / de cada sitio de por sí, no obstante / debe robar en extensión tan grande / cúmulo inmenso de marinas aguas". Y por si alguien pensara que esto no es exactamente describir el ciclo del agua, que lea esto: "Además, te enseñé que los nublados / atraen a sí las aguas de los mares / y por la haz de la tierra las esparcen / cuando llueve sobre ella, y cuando llevan / los vientos por la atmósfera las nubes". ¡Y esto fue escrito en el siglo primero ANTES de Cristo!

Con todo, no se libra Lucrecio de incurrir en algunos comprensibles errores. Por ejemplo, atribuye a las rachas de viento y temporales mayor poder del que tienen, para llevar agua desde el mar a la tierra. Y el que resulta de bulto es describir a la tierra como un cuerpo poroso por el cual las aguas fluyen desde el mar hacia el nacimiento. En realidad el flujo de aguas subterráneas existe, pero funciona exactamente al revés, yendo del nacimiento a los ríos a los mares por cauces subterráneos, no al revés, por obra de la ley de gravedad. Pero debemos perdonárselo, porque después de todo la idea de la gravedad no era conocida aún en los tiempos de Lucrecio, así como la entendemos desde Newton en adelante. De esta manera, en Lucrecio se reunieron un raro talento literario con una asombrosa concepción racionalista de la naturaleza.

domingo, 24 de octubre de 2010

El curioso procedimiento formulario romano.


Hoy en día estamos tan acostumbrados a nuestro modelo de juicios, que cuesta pensar en otros sistemas que no sean el clásico anglosajón a lo Perry Mason, o quizás en ese siniestro proceso inquisitorial de tan honda raigambre hispanoamericana. Pero los romanos, padres fundadores de nuestro sistema jurídico gracias a su Derecho Romano, inventaron su sistema propio, que se llama el procedimiento formulario ("per formulas", en Latín). Irónicamente, nació como un procedimiento "de segunda clase", y poco a poco se fue instaurando como el procedimiento civil por excelencia.

El Derecho Romano arcaico (quiritario) se caracterizaba por un enorme ritualismo, ya que era literalmente sagrado (no se distinguía conceptualmente entre la ley de los hombres y las leyes divinas). Pero cuando el Imperio Romano empezó a crecer, hubo dos problemas. En primer lugar, tanto ritualismo sacramental más o menos inteligible para los romanos, lo hacía muy poco apropiado para culturas y pueblos extraños ahora sometidos a la férula romana. En segundo lugar, los que no eran ciudadanos romanos no podían acogerse a la justicia romana. Pero los romanos eran muy creativos, y los pretores (los magistrados encargados de las labores judiciales) se inventaron sobre la marcha un procedimiento nuevo, que en puridad no violaba el principio de que un magistrado romano sólo podía hacer justicia sobre leyes romanas y a los ciudadanos romanos, y que a la vez más sencillo para los litigantes no romanos. Se lo llamó "procedimiento formulario" porque las antiguas invocaciones rituales que debían hacerse de viva voz y en forma literal, fueron reemplazadas por "fórmulas", que no eran otra cosa sino documentos escritos por parte del pretor.

El procedimiento se dividía en dos fases, llamadas "in iure" ("en derecho") e "in iudicium" ("en justicia"). La cosa era así. Si había un pleito, las partes debían acudir ante el pretor. Este trataba de dilucidar cuál era el punto en que las partes estaban en desacuerdo, y en base a eso escribía la famosa fórmula. Y como su nombre lo dicen, estas fórmulas eran literalmente de fórmulas, un poco a la manera de los documentos actuales con formato previo en que se rellenan los espacios en blanco. He aquí un ejemplo de fórmula, más concretamente una "intentio in rem" (es decir, que el demandante tiene la intención de litigar para recuperar una cosa suya): "si paret hominem Sthicum ex iure Quiritium Auli Ageri esse" (es decir, "si resulta que el esclavo Stico es de propiedad civil de Aulio Agerio", recuérdese que los esclavos no eran personas sino cosas susceptibles de propiedad en el Derecho Romano).

Luego, se nombraba un "iudex" (un "juez"). He aquí el elemento interesante. El iudex no era un funcionario público, como nuestros actuales jueces, sino un ciudadano particular a quien la ley reconocía calidad moral suficiente para decidir asuntos judiciales ajenos (un poco como los actuales árbitros). El nombre de los ciudadanos idóneos estaba contenido en un texto llamado "album iudiciorum". Las partes podían ponerse de acuerdo sobre el iudex, y si no, se leían los nombres del album iudiciorum a viva voz, pudiendo rechazar los nombres que no les parecían aceptables (con algunas reglas adicionales para evitar trampas, claro). La fórmula aquí era escueta en grado sumo, muy romana en esto. Por ejemplo: "Marco iudex esto" ("sea juez Marco"). Decidida la cuestión y el juez, el asunto abandonaba las manos del pretor, y el iudex pasaba a hacerse cargo del problema, y resolverlo. Esto era la fase "in iudicium". De esta manera, el pretor en realidad no administraba justicia, sino que se limitaba a encauzarla hacia una solución haciendo uso de lo que podríamos llamar su "autoridad policial", y con esto evitaba violar el principio según el cual la ley romana sólo se le aplicaba a los ciudadanos romanos.

Irónicamente, este procedimiento bastante mecánico y expedito, como resultó mucho más flexible y práctico que los rígidos procedimientos antiguos, hizo caer en progresivo desuso al vetusto procedimiento quiritario. En el Imperio Romano se consideraba la ciudadanía romana como un privilegio, pero los ciudadanos romanos estaban felices de poder sustraerse al engorroso procedimiento propiamente romano, y resolver sus asuntos de la manera más sencilla que era el procedimiento formulario inventado para los "ciudadanos de segunda clase" que eran los no ciudadanos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Los censos y la censura.

Son dos palabras que suenan parecido: "censo" y "censura". ¿Existe acaso una relación entre ambas? La respuesta es un rotundo sí. A primera vista parece complicado en qué pueden relacionarse la censura a la prensa o la censura cinematográfica con el arte de saber cuántos ciudadanos hay en un país, por ejemplo, pero resulta que sí existió relación... en la Antigua Roma. Para eso, debemos retroceder en el tiempo hasta la República Romana (509-31 a.C.). En ella existían patricios (los aristócratas) y plebeyos (bueno... la plebe de toda la vida). Después, aunque las diferencias entre patricios y plebeyos fueron abolidas, la expansión imperial hizo que existieran ciudadanos romanos sometidos a las leyes romanas, y ciudadanos no romanos. Eso hasta que en 212 d.C., Caracalla impuso la ciudadanía romana incluso contra la voluntad de sus súbditos. Pero eso es otra historia. El punto acá es que la sociedad romana bajo la República no era igualitaria, y contemplaba distintas cargas, obligaciones y derechos para las personas, según su estatus. Y aquí es donde entra el problema del censo.

Todos los países desde que la civilización es civilización, han necesitado herramientas para determinar cuánta población poseen. Hay dos razones obvias: en primera, saber cuántos ingresos pueden conseguirse por vía de impuestos (mientras más habitantes, y mientras menos privilegiados exentos de impuestos, más ingresos), y en segunda, saber cuántos hombres pueden ser puestos en pie de guerra, llegado el caso. Hasta el siglo V a.C., dentro de la República Romana, tales atribuciones estaban en mano de los cónsules, pero en dicho siglo fueron creados funcionarios especiales, encargados de hacer las listas de ciudadanos, o sea, el censo. Estos fueron los censores.

Como la legislación romana no era igualitaria, esto permitía imponer como pena para ciertos delitos, el perder los derechos ciudadanos. Entonces, había que tachar el nombre de la persona de la lista de los ciudadanos, labor que por supuesto le correspondía administrativamente al censor. El fundamento era que los derechos cívicos sólo podían corresponderle a personas de moral probada, o de lo contrario la República decaería. Así, la censura se extendió a ciertos delitos, al lujo inmoderado, incluso al descuido y la negligencia, y particularmente a lo que podríamos llamar "decencia" y "buenas costumbres". Como estas actividades implicaban que el censor intervendría, podía calificárselas como "censurables", y de ahí que se diera el salto desde el censo demográfico a la censura como actividad destinada a mantener la moral y las buenas costumbres (cercenando la libertad de expresión, claro, pero nadie dijo que fuera a ser bonito, ¿no?).

En los tempranos tiempos del Imperio, bajo el gobierno de Octavio Augusto (31 a.C. a 14 d.C.), la censura fue absorbida por el poder del Emperador. Hubo algunos intentos de volverla a instaurar, ahora ya no en su faceta demográfica, sino para promover la reforma de las costumbres. En fecha tan tardía como 250, cuando ya todos los ciudadanos del Imperio eran iguales ante la ley (salvo los esclavos, que jurídicamente no eran personas sino cosas), aún el Emperador Decio, empeñado en recobrar las antiguas virtudes cívicas por encima del caos en que el Imperio estaba cada vez más sumergido (y del que, entre los siglos II y V en que el Imperio Romano decayó, ya no se recobraría), nombró a Valeriano como censor. El nombramiento duró tanto como el gobierno de Decio, que como otros Emperadores de su tiempo, tuvo un período deprimentemente corto (249 a 251, en concreto). Muerto Decio, la censura volvió al arcón polvoriento de los recuerdos. Aunque regímenes políticos de variado tipo y calibre, hasta el mismísimo siglo XXI siguen nombrando sus propios censores con el pretexto de "vigilar la decencia y las buenas costumbres"...

jueves, 12 de agosto de 2010

Pelagio el hereje optimista.

Uno de los más interesantes teólogos que ha producido el Cristianismo, es seguramente el británico Pelagio. Uno puede estar de acuerdo o no con sus planteamientos, pero no cabe duda que su visión del Cristianismo es bastante provocadora. De hecho, fue condenado y ha sido considerado desde entonces como un hereje. Por desgracia, hoy en día no conservamos ningún escrito suyo, y lo que sabemos de él, se lo debemos a la pluma de los enemigos que se dedicaron a combatirlo y acabarlo. Por referencias se sabe que escribió una obra llamada "De libero arbitrio" ("Del libre albeldrío"), hoy por desgracia perdida. Incluso los datos biográficos son inciertos. Debió nacer más o menos hacia el año 355, en Gran Bretaña o en la región de Bretaña en el norte de Francia, y se le sabe con vida hacia el año 418, ignorándose su fecha de muerte. Se le suele considerar un teólogo de origen celta, y es posible que la tradición cultural céltica haya impregnado su pensamiento.

Puede afirmarse que Pelagio era un pensador optimista respecto de la naturaleza humana. Para Pelagio, el ser humano es una criatura noble y heroica (en esto, Pelagio es muy celta, como puede verse). Por lo tanto, posee libre albeldrío para decidir entre el bien y el mal. Dios le señala el camino, pero es el ser humano el que hace el trabajo de seguirlo. Pelagio sostiene que en la rebelión de Adán y Eva contra Dios no se originó ningún pecado original, sino que lo único que nos ha legado, es el mal ejemplo de la desobediencia. En muchos sentidos, el pensamiento de Pelagio es una teología de la libertad. Compárese estas ideas con las de su contemporáneo San Agustín, para quien el ser humano es una criatura caída y condenada irremisiblemente al pecado original, del cual sólo puede salir por la Gracia de Cristo, sin que le basten sus propias fuerzas.

Las razones que llevaron a Agustín a combatir a Pelagio como hereje son bastante obvias, si se miran bien. Una de las consecuencias del pensamiento de Pelagio es que la Iglesia Católica se queda sin mucho por hacer. En vez de ser la depositaria de la salvación universal, se queda apenas como una organización filantrópica destinada a aconsejar bien a las personas y darles palmaditas amistosas en el hombro, y poco más que eso. Celestio, uno de los discípulos de Pelagio que llevó su pensamiento hasta las últimas consecuencias, declaró que no existiendo pecado original alguno, el bautismo no tenía valor para redimir los pecados. Si se considera que el bautismo es la puerta de entrada de los fieles a la Iglesia Católica, puede considerarse el escándalo que en la curia eclesiástica causó un ataque tan salvaje contra las bases de su propio poder. Las doctrinas pelagianas fueron condenadas en el Concilio de Cartago en el año 418, y desde entonces se volvió lugar común entre los teólogos de los siglos posteriores acusarse mutuamente de "pelagianos" como uno de los más graves insultos que podían arrojarse por la cabeza (y el resto de la parroquia sin enterarse, miren ustedes). Jerónimo, el santo varón que tradujo la Biblia en su actual versión oficial en latín (la "Vulgata"), le dedicó a Pelagio el lindo y muy compasivo epíteto de "Albinum canem", el "perro de Albión".

Resulta interesante señalar que el historiador Arnold J. Toynbee considera el conflicto entre Pelagio y Agustín como una temprana fase del enfrentamiento entre la cultura céltica aún sobreviviente, y la cultura grecolatina perteneciente a un Imperio Romano por ese entonces agonizante (en 410, en forma contemporánea a Pelagio y Agustín, la ciudad de Roma fue saqueada por primera vez en siete siglos). Y ya en pleno siglo XXI, la película "El Rey Arturo" le dedica un pequeño espacio a Pelagio, no haciéndole aparecer directamente en pantalla, pero sí haciendo que otros personajes se refieran a él. Con todo, la referencia que esa peli hace a Pelagio, sin ser históricamente falsas, al menos son inexactas. Pelagio es presentado como una especie de libertario político, y después se señala que fue asesinado en Roma. Lo primero, como puede colegirse de lo ya expuesto, es sumamente inexacto (Pelagio no parece haber puesto en tela de juicio directamente ni al poder político ni al religioso, aunque las aristas más filosas de su doctrina pudieran tener tales consecuencias), y sobre lo segundo, ya señalamos que después del año 418 desaparece de la Historia sin dejar rastros, y por lo tanto, lo mismo podría haber sido asesinado que haber muerto en su cama, en lo que a nuestro conocimiento histórico se refiere.

domingo, 8 de agosto de 2010

¿Era Tiberio un vicioso...?

Aunque el Emperador romano Tiberio (14 a 37 después de Cristo) no sea uno de los que podríamos llamar "Césares locos", su reputación histórica estuvo durante mucho tiempo manchada por el testimonio que Suetonio, historiador también romano, nos dejó de él. Parece ser que Tiberio era hombre de costumbres frugales, pero en esto, Suetonio sólo ve hipocresía. Después de neutralizar la peligrosa conjura de Sejano, quien pretendía destruir a la familia real para entronizarse él mismo en su lugar, Tiberio se aisló en la isla de Capri, probablemente cansado de la vida, pero como Tiberio era un Emperador muy poco amado por sus súbditos, toda clase de rumores y chismes corrieron sobre él. Y Suetonio, quizás con espíritu poco crítico, nos dejó un nutrido prontuario de todas las monstruosidades que se le achacaban, con razón o sin ella.

Suetonio principia diciendo, después de largarse Tiberio a Capri: "a favor de la soledad y lejos de las miradas de Roma, entregóse finalmente sin freno a todos los vicios que hasta entonces, y aunque torpemente, había disimulado". Habría celebrado entonces bacanales y le habría dado altos cargos y magistraturas a sus compañeros de orgías. Estando en desgracia un tal Sestio Galo, por dedicar su fortuna a la vida lujuriosa, le dio oportunidad de "redimirse" invitándole a cenar, "a condición de que aquel día no cambiase en nada sus costumbres y de que habían de servir la cena jóvenes desnudas". Otro individuo, que buscaba una cuestura, obtuvo el cargo luego de beberse toda un ánfora de vino junto con Tiberio.

Y no para ahí. Menciona Suetonio que en Capri tenía "un grupo de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos (...) formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos". Después de describir brevemente estas orgías, Suetonio abunda más: "Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños creciditos, pero todavía en lactancia, le mamasen los pechos". En otra ocasión, Tiberio habría recibido en herencia un cuadro "en el que Atalanta prostituye su boca a Meleagro", y si le desagradaba, podía recibir un millón de sestercios, pero Tiberio "prefirió el cuadro y mandó colocarlo como objeto sagrado en su alcoba".

Como decíamos, es extraño que tantas maledicencias pudieran tener algún fundamento, toda vez que el propio Suetonio le reconoce haber rechazado el título de Padre de la Patria, así como varios honores, incluyendo que se nombrara el mes de Septiembre con su nombre propio, así como Julio lo había recibido de Julio César, y Agosto de Octavio Augusto. También le repugnaba la adulación y detestaba las lisonjas. Y le cita Suetonio diciendo: "Si alguno habla mal de mí, procuraré contestarle con todas mis acciones, y si continúa odiándome, le odiaré a mi vez". Y lo más importante: parece ser que estuvo enamorado hasta el final de una chica a la que tuvo que abandonar (o mejor dicho, que fue correteada por la familia) por motivos políticos, hasta el punto que debía contenerse de llorar cada vez que la veía...

Al final de su biografía sobre Tiberio, Suetonio menciona que Roma se entregó a raptos de alegría cuando supo la muerte del Emperador. Eso es hablar desde la ignorancia: su sucesor sería Calígula, que sí se merecía con creces el apodo de "Emperador loco" que se ha hecho tan popular después...

jueves, 5 de agosto de 2010

Colonos romanos protegidos a medias.


Hoy en día damos tan por sentado el derecho a la propiedad privada, que entender otros sistemas legales que prescinden de este elemento privado tanto como pueden, suena un tanto raro. Todos tenemos en la mente a la Unión Soviética, pero incluso dentro de ella había algo de propiedad privada (aunque con un mercado severamente restringido, claro está), por la imposibilidad misma de nacionalizarlo todo. El Imperio Inca también poseía un complicado régimen de propiedad, del que quizás algún día hable latamente. Pero un caso bastante extraño es el Imperio Romano, cuando consideramos que casi todo nuestro sistema legal sobre la propiedad arranca del Derecho Romano.

La primera propiedad romana era la "propiedad quiritaria", la que se adquiría por el "derecho de los quirites", un complicado sistema de legalismos y fórmulas que demuestra una cosa: los nativos de la primitiva y agraria sociedad romana tenían mucho tiempo libre que derrochar. Pero a medida que el Imperio Romano fue creciendo, los antiguos dueños de los territorios conquistados fueron desposeídos (lógico, y eso cuando no eran muertos en batallas o en masacres, que los romanos algo sabían de arrasar ciudades). Sin otro dueño, esas tierras pasaron al "ager publicus", el dominio agrario del Estado. Eran, por lo tanto, tierras públicas. La vuelta genial de los romanos fue entonces asignar colonos a esas tierras, que por lo general eran antiguos soldados, que por lo tanto se impondrían a la población local derrotada. Pero resulta que estos colonos por lo general no ascendían al estatus de ciudadanos, por lo que legalmente no podía cobrárseles impuestos. Pero por otra parte, tenían que pagarle una suma de dinero al Estado por concepto de arriendo de las tierras que se les concedían (sin llamarlos "impuestos", claro). Por otra parte, al asignar colonos a las tierras incultas, su producción agrícola les permitiría mejorar la vida económica del Imperio Romano. El negocio era redondo para el Estado, por todas partes.

Pero el problema para los colonos, era que jamás podrían hacerse dueños de esas tierras. Lo que originaba el problema de que si algún colono era desposeído (expulsado de las tierras que ocupaba, hablando en castellano), no tenía medio legal de volver a dicha tierra porque no era el dueño, y por lo tanto no tenía derecho a reclamo. Los pretores (funcionarios que administraban justicia) decidieron entonces recurrir a un invento suyo, otra muestra de creatividad jurídica romana, que fue el interdicto. Si decimos que interdicto significa "prohibición" se entiende para donde van los tiros. Existía el "interdicto de vi" y el "interdicto de vi armata", que en latín significan "prohibición de fuerza" y "prohibición de fuerza armada", nombres que hablan por sí mismos. Técnicamente éstos no eran juicios sobre la propiedad (que eran imposibles porque los reclamantes no podían ser propietarios), sino simples órdenes de autoridad, lo que hoy en día consideraríamos algo así como una especie de orden de desalojo.

Irónicamente, el antiguo y formulaico Derecho Quiritario decayó, y con esto, la propiedad raíz en la propia Italia quedó también desprotegida, porque nadie se tomaba el tiempo de hacer los complicados rituales para vender o comprar las tierras, según fuera el caso. De manera que muchas ideas que se le aplicaban a los colonos, pasaron a aplicársele ahora a los verdaderos propietarios, simplemente como una pirueta legal. Después de todo, si los "arrendatarios" estaban tan cubiertos como los dueños y las tierras les servían lo mismo, entonces era una cuestión de no complicarse la vida con el ritualismo quiritario. Este estado de cosas persistió hasta bastante avanzado el Imperio Romano, época en la cual la diferencia legal entre las tierras de Italia y las provincias había ido decayendo cada vez más, hasta desaparecer prácticamente por completo. La única desgracia es que esto ocurrió apenas uno o dos siglos antes de que el propio Imperio Romano se derrumbara...

domingo, 1 de agosto de 2010

Los griegos eran los verdaderos romanos.


Hoy en día, cuando concebimos al Imperio Bizantino, lo pensamos fundamentalmente como un "imperio griego". A pesar de que éste nació de las cenizas del Imperio Romano de Oriente (puesto gravemente en compromiso y aún en trance de desaparecer durante el siglo VII), lo cierto es que hacía mucho tiempo que el latín había sido reemplazado por el griego, y esto había implicado un enorme cambio cultural. La cultura bizantina, por hablar en plata, no tenía nada que ver con la cultura romana de la que se supone venía el Imperio Bizantino como heredero del Imperio Romano. Pero interesantemente, los propios bizantinos no se veían así, y de manera más interesante aún, los griegos tampoco, o por lo menos no hasta el advenimiento de la Gran Idea (Μεγάλη Ιδέα) del siglo XIX, de crear un Estado Nacional Griego que reuniera a toda la etnia griega, sobre el cadáver del multinacional Imperio Otomano (los "turcos" de toda la vida).

A pesar de que el Emperador del Imperio Bizantino se llamaba a sí mismo con un título griego (Βασιλεύς o "Basileus", "Rey" en griego, a partir de Heraclio en el siglo VII, y después "Αυτοκράτωρ" o "Autokrator", traducible libremente como "Señor Supremo" después), lo cierto es que se consideraban legítimos sucesores del Emperador de Roma. Cuando el Papa León coronó a Carlomagno como "Emperador de Occidente" y pretendió restaurar el Imperio Romano en el año 800, los Emperadores de Bizancio protestaron vivamente, y nunca reconocieron lo que consideraban una usurpación de su legítimo título. Las tierras del Imperio Bizantino recibía el nombre de "Romania", y los propios griegos se llamaban a sí mismos "romaioi", hasta el siglo XIX como ya dijimos.

Y más interesantemente aún, esta concepción se extendió hacia el este, hacia los pueblos islámicos, para quienes la Europa Occidental era apenas una tierra borrosa en los márgenes de su percepción geográfica (y con razón, porque el Imperio Bizantino estaba mucho más desarrollado económica y políticamente que los atrasados territorios feudales de Occidente), y que por lo tanto adoptaron esta manera de ver a los bizantinos. Así, los dominios del Emperador bizantino pasaron a ser "Rum" y sus habitantes fueron los "rumis". Y el Emperador mismo fue conocido como el "Kaisar-i-Rum" entre los turcos, y como el "Quaisar-i-Rum" entre los persas (es decir, el "César de los romanos"). Cuando los turcos tomaron Constantinopla en 1453, se consideraron a sí mismos también como herederos de la grandeza de los césares, y para simbolizar su dominio sobre las antiguas tierras bizantinas, se hicieron llamar también a sí mismos "Kaisar-i-Rum", aunque en estricto rigor no tenían ninguna legitimidad jurídica para adoptar dicho título, como no fuera por derecho de conquista.

Y de manera aún más interesante: los islámicos echaban un poco a saco todo lo que viniera del mundo griego, de una manera un tanto confusa. Así es que llamaron Iskandar Rumí a un personaje histórico que nada tenía que ver con los romanos: su "Alejandro el Romano" (porque tal cosa significa literalmente "Iskandar Rumí") no es otro sino el muy griego Alejandro Magno de toda la vida...

jueves, 27 de mayo de 2010

Calígula entre los dioses.

"Hasta aquí he hablado de un príncipe; ahora hablaré de un monstruo". Así de tajante es el historiador romano Suetonio para referirse a Calígula, sin lugar a dudas junto con Nerón el más famoso de los "emperadores locos". Que como decíamos a propósito de lo buena gente que era Tito, no fueron todos, ni siquiera la mayoría, pero se hicieron famosos por las mismas razones que llevan a la gente actualmente a seguir los dramones de las estrellas de reality shows, en vez de las apasionantes odiseas intelectuales de los científicos que están cambiando al mundo con sus descubrimientos. Pero volviendo a Calígula, hemos de hablar en este caso apenas de su política religiosa, que era bastante simple: YO SOY VN DIOS, VSTEDES PROSTÉRNENSE ANTE MÍ. De esto, Calígula dio buenas muestras.

Que los Césares fueran venerados como dioses, no era tan raro entre los romanos, pero por regla general se esperaba a que murieran para deificarlos. En la mentalidad grecorromana no había nada de raro en que los dioses escogieran a hombres selectos por sus hechos, y los ascendieran hasta el nivel de dioses. A esto lo llamaban "apoteosis". Hércules es quizás el ejemplo más famoso. Se dijo lo mismo de Julio César, en particular el poeta Ovidio en sus "Metamorfosis", diciendo que Julio César se había transformado en estrella (Ovidio escribió en la corte del Emperador Octavio Augusto, quién era sobrino de César, por si alguien anda buscando ulteriores motivaciones...). Pero Calígula fue el primero en no querer aburrirse esperando hasta estar muerto para ser venerado como dios.

De este modo, Calígula mandó a traer las más famosas y artísticas estatuas de dioses desde Grecia, y ordenó cercenarles la cabeza, para a continuación colocarles la suya propia. La estatua del Zeus Olímpico, la que estaba en el Templo de Olimpia, obra del excelentísimo Fidias y una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, se salvó sólo gracias a algunos presagios (el resto de las estatuas, no tan afortunadas, el Emperador Claudio que sucedió a Calígula, ordenó remitirlas de vuelta a Grecia). El Templo de los dioses gemelos Cástor y Pólux, por su parte, fue conectado con su palacio, y transformado en un vestíbulo del mismo. Calígula agarró la costumbre de sentarse entre los dos hermanos, y regodearse en la adoración servil que se le tributaba. Y como no puede existir un dios sin sacrificios, Calígula se hizo inmolar flamencos, pavos reales, codornices, faisanes, y cuanta ave rara pudiera pillarse. En las noches de plenilunio extendía sus brazos a la Luna llena y la invitaba a tenderse en su cama.

Pero quizás la anécdota más célebre a este respecto, es que conversaba de tú a tú con la estatua del Júpiter Capitolino (no el Olímpico que, repetimos, se había quedado en Grecia), susurrándole cosas al oído y poniendo el suyo propio en la boca de la estatua, como si ésta le susurrara a su vez. Pero no siempre las relaciones eran tan cordiales. En una ocasión, Calígula le preguntó a un tal Apeles cuál de los dos le parecía más grande, y Apeles, con muy humanas vacilaciones, demoró algunos segundos en contestar, los suficientes como para que Calígula se sintiera insultado (¡él, por debajo de Júpiter! ¡Y que cupiera dudas al respecto!) y lo mandara a azotar (dijo después que "tenía la voz agradable y hermosa en las súplicas y hasta en los gemidos"). Y la envidia degeneró en hostilidad abierta cuando, en una ocasión, Calígula le gritó imperiosamente al mismísimo Júpiter (bueno, a su estatua): "¡Prueba tu poder o teme el mío!"...

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