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jueves, 16 de diciembre de 2010

Fundadora de la industria de la lencería.

Hoy en día, la lencería es cuestión de un sexy sostén o una cómoda tanga. Y como otros cambios históricos, se suele olvidar que las cosas no siempre fueron de ese modo. En el siglo XIX, el rol que cumple la lencería hoy en día, lo jugaba el corset. Si piensan que "60" es una cinturita de avispa por aquello de 90-60-90, entonces piensen en esas pobres mujeres que debían apretarse hasta la asfixia dentro de corset que llegaban hasta... ¡41! Eso de que las chicas decimonónicas se desmayaban si sufrían una emoción muy fuerte no es invento de las novelas románticas: cualquier emoción que les significara incrementar significamente el ritmo respiratorio (como por ejemplo la carta de adios de un pretendiente) implicaba de inmediato el ahogo y el desmayo respectivo. Además, el corset cumplía con echar el hombro hacia atrás y aplanar el abdomen (¡cuántas chicas hermosas de hoy, malogradas por una mala postura!), y también levantar el busto, función que hoy en día desempeña el infalible push-up.

Las cosas empezaron a cambiar en 1860. En dicho año, en la ciudad de Grenoble, en Francia, una mujer llamada Auguste Perrin se vio en una acuciante necesidad económica cuando quedó viuda: en aquellos años en que era mal visto que las mujeres trabajaran o se mantuvieran solas (¡una mujer sin un marido que la sostenga, qué horror, qué descaro, acabo de mundo!), enviudar para ellas era una tragedia de proporciones. Resultó que Madame Perrin tenía afición por los guantes, y se decidió a crear una pequeña empresa familiar dedicada a su confección. Imaginablemente, los hijos también entraron al negocio. La empresa se llamó Gant Perrin, pero a poco andar, cambió su nombre por el de Valisère.

En la actualidad puede parecer casi azaroso el haber pasado de los guantes a la lencería, pero en aquellos años, era un movimiento de lo más natural. Las mujeres elegantes del siglo XIX (y las no tanto por imitación, claro), todas ellas usaban guantes. Una dama no se sacaba el guante por ningún motivo: permitirle a un hombre, a cualquier hombre, ver la mano desnuda, implicaba una provocación erótica semejante a la de una chica actual que se sacara el sostén para dejarle ver a un hombre impúdicamente sus pechos. Las mujeres se compraban los guantes una talla más chica de lo indicado para que la mano se viera forzada a arquearse, quedando así preparada para ser ofrecida al galán que, siguiendo el ritual de apareamiento de la época, la tomara para darle un cálido beso. De ahí que Valisère, inicialmente fábrica de un arma sensual como lo era un buen guante, en 1919 se decidió a dar el paso hacia otras "armas de mujer". Y de hombre también, porque no se limitó a la lencería femenina, sino que también trabajó la ropa interior masculina.

La empresa fue un éxito rotundo. Para 1900, Madame Perrin era la principal empleadora de Grenoble, y en la Feria Mundial de París de dicho año se la premió como empresaria destacada. La empresa siguió en manos de la familia Perrin durante años, transformándose en una referencia dentro del mundo de la moda. Sin embargo, a mediados del siglo XX comenzó su declive. Finalmente, en 1991, fue comprada por otra importante empresa mundial de lencería, Triumph International (una empresa alemana, o de cómo los alemanes vengaron su derrota de dos guerras mundiales invadiendo a Francia en el frente de la lencería...). Con todo, por el prestigio de Valisère como marca, ésta no desapareció, y se transformó en algo así como la línea de élite de la empresa alemana.

domingo, 12 de diciembre de 2010

La moda de los acuchillados.

Algunas batallas en la Historia son claves para el curso de la Humanidad. Pensemos por ejemplo en Salamina (480 a.C.), el Río Yermak (636 d.C.) o Normandía (1944). Otras, sin llegar a tanto, tienen consecuencias políticas de largo plazo, como Kadesh (1295 a.C.), Poitiers (1346 d.C.) o Waterloo (1815). Pero de muy pocas batallas se podría decir que, además de otras posibles influencias, ayudaron a cambiar la historia de... la moda.

La siguiente anécdota tiene como protagonista, más o menos, a Carlos el Temerario. En el siglo XV, el área comprendida entre los Pirineos y el Rin estaba disputada por tres grandes potencias: el Reino de Inglaterra, el Reino de Francia y el Ducado de Borgoña. Derrotada Inglaterra después de 1453, quedaron Francia y Borgoña frente a frente. Cuesta imaginárselo hoy en día, pero ambas naciones eran potencias de peso más o menos similar, y no es impensable, mirado en retrospectiva, que Borgoña hubiera acabado asimilando a Francia, en vez de al revés (los dominios de Carlos comprendían la Borgoña misma, al este de Francia, pero también los Países Bajos y el actual norte de Francia, conectados por Luxemburgo y Lorena).

A resultas de varias vueltas políticas, el duque Carlos el Temerario, señor de Borgoña, se vio involucrado en la Batalla de Nancy, el 5 de Enero de 1477. La batalla le fue terriblemente desfavorable, y de hecho, el cuerpo de Carlos apareció tres días después, entre los cadáveres. En los hechos, Francia prácticamente se incorporó Borgoña, aunque debió contenderla durante un tiempo con las pretensiones del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero volviendo a la batalla, resulta que los mercenarios suizos que se arrojaron sobre las tropas borgoñonas, celebraron su victoria rasgando con cuchillos las tiendas, los estandartes y las vestimentas del ajuar de Carlos y sus tropas. El resultado estético debió gustarle a alguien, porque esas ropas rasgadas y que por lo tanto dejaban ver el forro, pasaron a ser la moda en toda Europa. De hecho, a ese estilo renacentista de rasgar (ahora con intención) la tela de una prenda para dejar ver el forro, o una tela diferente, se lo llama "acuchillado".

Ayudó que en la época de Carlos el Temerario, Flandes (parte de sus dominios) era uno de los más importantes centros culturales de su tiempo, y eso contribuyó a la rápida difusión de la moda. El acuchillado es omnipresente en buena parte de los retratos de lo que quedó del siglo XV, y prácticamente todo el siglo XVI, como ustedes mismos pueden ver por su cuenta en las pinturas de la época (fíjense en las imágenes, cuando se ve una tela distinta como en una especie de pliegue de la tela exterior dominante, típicamente en las hombreras). Acabaría por desaparecer únicamente al llegar el Barroco, época en la que la vestimenta experimentó un período de sencillez en que los acuchillados fueron vistos como una ostentación lujosa e inútil. Luis XIV traería la ostentación de regreso, pero no los acuchillados.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Ernesto Barros Jarpa y su sandwich.


El "Barros Jarpa" es el nombre que recibe en Chile el sandwich de jamón y queso caliente. Por motivos obvios se le llama también "aliado". Su historia es una especie de segunda parte o secuela del "Barros Luco", cuyo origen ya referimos en Siglos Curiosos.

Sin duda le resultaría curioso a don Ernesto Barros Jarpa ser mejor conocido por un sandwich, que como el diplomático de alturas que fue en el Chile del siglo XX. No sólo era un ameno profesor de Derecho Internacional, sino además pertenecía a la Academia Chilena de Historia. Siendo Ministro de Relaciones Exteriores y contando con apenas 26 años, envió en 1921 un cable al Perú sobre el problema de Tacna y Arica (en manos de Chile desde el Tratado de Ancón, que puso fin a la Guerra del Pacífico en 1884, aunque el Tratado estipulaba que se debería haber celebrado un plebiscito diez años después para decidir el destino de ambas ciudades). Las relaciones estaban rotas desde la llamada Guerra de Ladislao, un incidente político que devino en internacional. Barros Jarpa simplemente preguntó si no sería lo mejor celebrar el plebiscito desde luego. Los peruanos se quedaron de una pieza: ¿dónde estaba la trampa de los chilenos? Consultaron a Estados Unidos, que había sido nombrado como árbitro en el Tratado. Y los estadounidenses respondieron que Barros Jarpa estaba en lo correcto (aún así el plebiscito no se celebró, y el asunto se zanjó después por el Tratado de Lima de 1929, dejando Tacna para Perú y Arica para Chile).

A pesar de éstas y otras anécdotas que hacen de Ernesto Barros Jarpa un nombre ilustre, en la cultura popular se lo asocia al sandwich, como dijimos, y también al traje "barros jarpa". En la década de 1920, la moda era el chaqué, calificado por Barros Jarpa como "una prenda con faldones". En una tertulia con Carlos Noel, a la sazón Embajador de Argentina en Chile, idearon su propia rebelión estilística. Y entre varios se pusieron de acuerdo para llegar a una cena, vestidos todos los varones con chaqueta negra y pantalón rayado. Esta prenda, muy rebelde para la moda de la época y muy anticuada para la nuestra, se impuso fácilmente, y llevó el nombre de quien la impulsó en primer lugar.

Respecto del sandwich, su historia es peregrina. Ya existía el Barros Luco, que consiste en queso caliente con carne, cuando de pronto, en el Club de la Unión, debieron habérselas con una veda de carne. De manera que reemplazaron la carne por el jamón, y siendo Barros Jarpa un político conocido, cambiaron el nombre de "Barros Luco" a "Barros Jarpa"... (El alcance de apellidos no es casual: Ernesto Barros Jarpa y el Presidente Ramón Barros Luco eran efectivamente parientes). Pero Ernesto Barros Jarpa, según testimonia el periodista Hernán Millas, le confesó: "yo prefiero el Barros Luco"...

jueves, 22 de abril de 2010

Le pantalon rouge c'est la France!

Prepararse para una guerra implica no sólo diseñar estrategias militares para afrontar al enemigo, sino equipar a las tropas con uniformes, armas y el apoyo logístico necesario para que hagan lo que se espera que hagan (ganar la guerra, leñe). Pero a veces, el tradicionalismo mal entendido juega en contra de esta preparación militar. Un catastrófico ejemplo lo sufrió Francia, relativo a su uniforme militar, durante la Primera Guerra Mundial. A la fecha, el uniforme militar francés era una casaca azul y un pantalón rojo, además de su quepis como gorro. Azul y rojo, huelga decirlo, son los colores patrios de Francia, y los soldados se sentían muy orgullosos de ellos. Y no sólo ellos, sino también los numerosos exaltados nacionalistas que eran una peste sobre la Europa anterior a 1914 (ya vendría la Primera Guerra Mundial a ponerlos en su lugar).

Durante la Guerra de los Balcanes, conflictos militares que fueron preludio a la hecatombe general de 1914-18, el francés Adolphe Messimy observó que los uniformes búlgaros eran de color parduzco, y éstos les proporcionaban un buen camuflaje frente al enemigo. No es que los búlgaros fueran excéntricos: al mismo tiempo los británicos, después de su dura experiencia en la Guerra de los Bóers, habían adoptado un uniforme color caqui, mientras que los alemanes, por su parte, habían cambiado el azul por el gris. La idea del uniforme militar de varios colores (patrios se entiende, claro) databa de los comienzos de los ejércitos nacionales, en que vestirlos con los colores de la nación era una manera de mejorar el esprit de corps. Pero durante el siglo XIX la tecnología militar había avanzado lo suficiente como para que el combate fuera a distancias cada vez mayores, y por lo tanto, la influencia del espíritu de cuerpo tendía a difuminarse, y cobraba mayor importancia que los soldados fueran lo más invisibles que se pudiera, frente al enemigo dispuesto a tirotearlos a la primera ocasión. Adolphe Messimy llegó a ser ministro de guerra en Francia, y en 1912 propuso que se reemplazara el uniforme francés por uno nuevo, de color gris verdoso. Por cierto, dicho sea de paso, Messimy tenía instrucción y carrera militar, la que había dejado para ingresar a la política, por lo que no era precisamente un aficionado en la materia.

La propuesta de Messimy fue abucheada masivamente. La prensa le atacó con virulencia. El diario "Echo" de París publicó: "prohibir todos los colores vivos, todo lo que confiere a los soldados su aspecto marcial, es ir contra el gusto francés y contra la función militar". Pero fue en el Parlamento en donde se le asestó al proyecto una estocada mortal, cuando Eugène Étienne (ministro de defensa de Francia en dos ocasiones) dijo: "¿Eliminar los pantalones rojos? ¡Jamás! ¡Los pantalones rojos son la Francia" ("Le pantalon rouge c'est la France!"). Ni el quepis aceptaron cambiar, y los funestos resultados se hicieron presentes en 1914, cuando los alemanes le infligieron horrendas bajas a los franceses, haciendo deporte del dispararle al pajarraco rojiazul. Al final, reluctantemente, los franceses aceptaron cambiar su uniforme por un azul horizonte, que seguía teniendo el color patrio, y que en sí mismo no era un prodigio de camuflaje, pero debido al barro y la suciedad de las trincheras, acababa por cumplir con su cometido de camuflar a los hombres de la sufrida Armée de terre.

El quepis fue otra piedra de tope. Había llegado para reemplazar al chacó, el estridente gorrito cilíndrico de la época napoleónica, y eso debido a que en la conquista de Argelia (1830), el quepis era mucho más fresco, ligero y apropiado para el clima desértico a pleno sol. El quepis se extendió también por otros ejércitos (en Chile, los gorritos ésos que usaron los soldados de la Guerra del Pacífico eran quepis, precisamente). Pero lo que era bueno en el Africa del XIX no lo era en la Europa del XX, en particular después de que creciera el peligro de la metralla en el campo de batalla. Y también durante la Primera Guerra Mundial, y por los mismos motivos que con el uniforme, los franceses tuvieron que tragarse el orgullo nacional, y acabaron por cambiar su uniforme por el casco metálico que asociamos con fuerza mayor a la guerra del siglo XX.

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