En la historia romántica del dramaturgo Charles MacArthur y la actriz Helen Hayes, que ya hemos referido en el posteo anterior de Siglos Curiosos, los maníes y las esmeraldas juegan un rol de extraordinaria importancia. Ambos (MacArthur y Hayes, no los maníes y esmeraldas, claro) se encontraron por primera vez en una reunión social en donde ella no conocía a casi nadie, y por lo tanto, debía cumplir con su rol de extra de poner cara de enterada, sin enterarse de nada. De pronto, un joven se acercó a la chica, y alargándole una bolsita, le preguntó:
-- ¿Quiere usted un maní?
Cuando ella aceptó, él dejó caer en sus manos unos cuantos, acompañados de una frase romántica:
-- ¡Ojalá fuesen esmeraldas...!
Pasaron los años. La pareja terminó casándose (leer "Propuesta de matrimonio teatral" acá en Siglos Curiosos). Pero ella cometió la indiscreción de revelarle la anécdota a un periodista de Hollywood. Ocurrió lo inevitable: que todo el mundo encontró la escena sumamente romántica, y empezaron a fastidiar a Charles con la misma. Hasta que acabaron por sacarlo de sus casillas.
De manera que un día cualquiera, Charles MacArthur regresó a su casa con una bolsita. Se las pasó a su amante mujercita, y ella descubrió que estaban llenas de esmeraldas. A lo que él repuso:
-- ¡Ojalá fueran maníes...!
Qué le habrá querido decir...
Pero no seamos tan mala gente como para dejar la anécdota allí. Digamos que el matrimonio duró 28 años, y que no terminó por el expediente común del divorcio, sino por viudez, ya que él falleció en 1956, a los 60 años. Puro amor... con esmeraldas y maníes.
Historias desopilantes, anécdotas curiosas, rarezas antiguas: bienvenidos a los siglos curiosos.
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domingo, 22 de julio de 2012
Maníes y esmeraldas.
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jueves, 19 de julio de 2012
Propuesta de matrimonio teatral.
En el mundo del espectáculo de Estados Unidos, que un matrimonio dure 28 años es una rareza. Si se le suma que no se termine por divorcio sino que en efecto ambos estén juntos hasta que la muerte los separe, es aún más extraordinario. Pero esto fue lo que sucedió con el dramaturgo Charles MacArthur, y la actriz Helen Hayes. Era a finales de los locos '20s, ambos se habían conocido, los amigos se estaban interponiendo para tratar de mangonear lo que le convenía mejor a cada uno de ellos mejor que ellos mismos... Y entre medio, ambos luchaban por alcanzar el éxito profesional, claro está, que después de todo esta historia transcurre en... ¡¡¡AMÉRICA!!!
El caso es que la Hayes alcanzó un notable triunfo en una obra teatral llamada "Coquette", en 1928. En aquellos años no se suponía que un hombre viviera opacado por el éxito de su mujer, de manera que él se resolvió a que no habría matrimonio hasta obtener un éxito semejante. En el mismo año, él estrenó una obra teatral llamada "Primera plana", escrita en colaboración con Ben Hecht. Le cedemos la palabra a la atribulada entonces todavía señorita Hayes, a quien el matrimonio se le iba en esa comedia: "Acudí a la función en un estado de terrible tensión nerviosa y me acomodé a solas en la galería, cerca de una puerta de seguridad. Quería estar en condiciones de salir rápidamente al final de cada acto, para cambiar impresiones con Charlie y Ben, quienes habían optado por pasarse la función sentados en la escalera exterior contra incendios".
El caso es que la comedia fue un rotundo éxito. Helen Hayes recuerda que incluso Charles Chaplin se partía en dos de la risa. Histérica, ella fue a comunicarle las nuevas a los dos dramaturgos. El la hizo callar abrazándola y hundiéndole la cabeza en su propio pecho. Luego de lo cual, el macho viril le dijo a la hembra expectante:
-- Helen, ¿quieres casarte conmigo?
Y la hembra expectante, con una actitud muy siglo XX, le respondió...
-- Me quitaste las palabras de la boca.
Digamos para rematar, que el matrimonio fue bastante feliz, y duró hasta que él falleció en 1956, a los 60 años. El dramaturgo inseguro de su carrera después no tuvo mucho de qué preocuparse: además de varias obras teatrales, escribió los guiones de varias pelis de éxito, incluyendo "Gunga Din" y "Cumbres borrascosas", e incluso con su compinche Ben Hecht se llevó un bonito Premio Oscar compartido por el guión de "The Scoundrel" en 1936. Y por si les suena la obra teatral "Primera plana"... Se hicieron varias versiones y remakes para el cine, la más famosa de las cuales probablemente sea la "Primera plana" con Jack Lemmon y Walter Matthau de 1974.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
El matrimonio de Ramón Barros Luco.

En 1897 era Presidente de Chile don Federico Errázuriz Echaurren, y éste quiso enviarlo a un cargo en Francia. Pero Ramón Barros Luco era un solterón recalcitrante, y ya había pasado la sesentena, y Errázuriz, por un tema de imagen y de protocolo diplomático, prefería a alguien que estuviera casado. Barros Luco le pidió entonces al Presidente Echaurren unas semanas para solucionar el tema.
Visitaba Barros Luco asiduamente a la familia de don José Florencio Valdés, un parlamentario amigo, en la cual había una señorita joven, buenamoza, y que recientemente había enviudado, heredando una suculenta fortuna. Barros Luco pidió entonces la mano... de su hermana mayor, doña Mercedes Valdés Cuevas, que ya había sobrepasado la cincuentena y que ya se había resignado a vestir santos. Por supuesto que esto extrañó a todo el mundo, y le fueron a consultar a Barros Luco sobre el por qué de su decisión, a lo que éste replicó:
- A mis años, prefiero ser una sorpresa para una soltera antes que un desengaño para una viuda...
Y una anécdota más para cerrar este posteo. Doña Mercedes era mujer muy devota, y veía con preocupación la carencia de fe de su flamante marido. Un día le pidió que ambos se dedicaran, en las tardes, a leer vidas de santos. La socarrona respuesta de Barros Luco: "Mercedita, no hay que meterse en las vidas ajenas"...
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domingo, 13 de diciembre de 2009
Las shengnu.

En los alrededores de Shanghai, en la década de 1930, se llamaba con el despectivo término "shengnu" a las mujeres solteras mayores de 30 años. Dentro de la rígida y tradicional sociedad china anterior a la occidentalización, el rol de la mujer estaba bien claro: debían casarse para formar una familia. Y como corolario dentro de una sociedad patriarcal, debían casarse con alguien que fuera socialmente más que ellas, así como los varones debían hacerlo con alguien que fuera menos. En la novela "Fortaleza asediada" de Qian Zhongshu se dice: "Quiero que mi hija se case con un hombre que provenga de una familia de estatus más alto y que mi hijo se case con una mujer de rango más bajo". Como escribe la columnista china Xu Xiaomin: "En el contexto de hoy, una mujer que gana un salario sobre los 10.000 yuanes mensuales (1400 dolares) debería casarse con un hombre que gane una suma considerablemente más alta" (el artículo citado fue publicado en el diario La Tercera, de Santiago de Chile, en la página 23 del cuerpo de Reportajes, el domingo 4 de Octubre de 2009).
El problema es que hoy en día, en una sociedad china cada vez más liberal, en que los estudiantes le prestan atención a cosas como "La guerra de las galaxias", "Buscando a Nemo" o las películas de desastres (ejemplos todos citados del especial sobre China que publicó la revista National Geographic en Mayo de 2008), las mujeres han ido ascendiendo socialmente. Siguiendo los reportajes de la mencionada edición de National Geographic, tenemos a una chica que dejaba a su bebé al cuidado de los abuelos de la criatura, para poder concentrarse en su carrera, algo impensable en la China tradicional. U otra que no tiene hijos, e invierte su dinero en boletos de avión para viajar los fines de semana. Yvonne Lu, de 32 años en 2008, "rara vez ha usado el mismo vestido dos veces", y "dirige una cadena de spas boutique donde se ofrecen 13 tipos de tratamientos faciales y un pedicure con chocolate, por 48 dólares". Si combinamos el exitismo de las mujeres chinas con el apego social a una mentalidad tradicional en que la mujer es secundaria, el resultado es la soltería forzada. Xu Xiaomin calcula que en China existen 860.000 "super shengnu", la mayoría concentradas en Beijing y Shanghai (los grandes centros de negocios chinos), que son atractivas, inteligentes, educadas y con carreras prometedoras, y que por lo tanto lo tienen todo... salvo un marido. Xu Xiaomin cita a una mujer soltera diciendo: "Cuando tenía 20, quería que mi marido ideal fuera rico, inteligente y con un futuro brillante. Después de 10 años de trabajo duro, he ganado bastante y he triunfado en mi carrera. ¡Finalmente, me di cuenta de que me había convertido en con quien yo quería casarme!".
Es obvio que a la larga, una de dos cosas va a ceder: o China sigue occidentalizándose y la cultura tradicional china se termina de hacer pedazos, en ese aspecto al menos, o bien una contrarreacción tradicionalista acabará con las mujeres exitistas, las "super shengnu". En cualquier caso, ambas tendencias no pueden prevalecer simultáneamente. Y por cierto, lo reservábamos para el final: "shengnu" significa "mujer que sobra", en chino...
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domingo, 10 de mayo de 2009
Dar de calabazas.

La expresión "dar de calabazas" o "dar calabazazo" a una persona significa desairar a un pretendiente de amores, y lleva consigo la implicación de que dicho desaire es rudo y desconsiderado con los tiernos sentimientos del pretendiente, más o menos como si éste fuera a la casa de la persona y ella lo recibiera arrojándole una calabaza sobre la cabeza. Aunque se utiliza en Chile, es claro que la expresión no es de origen chileno porque la palabra castiza chilena para referirse a la calabaza es "zapallo", así es que de haber nacido en Chile, la expresión sería "dar de zapallos" o "dar de zapallazos". Pero en fin, disquisiciones lingüísticas aparte, pasemos a ver de dónde se origina esta expresión.
Parece ser, hasta donde se puede averiguar, que la expresión tiene su origen en una costumbre... ¡china! En efecto, en Tonkín (China), el ritual del matrimonio exige (o exigía, porque con esto de la globalización, las costumbres cambian a razón de dos por año) que ambos novios se acerquen a prosternarse frente al dios tutelar del matrimonio, sirviéndose mutuamente de beber como símbolo del inicio de su vida en común. Cada uno de los contrayentes posee la mitad de una calabaza, y como parte del rito, ponen cada uno su parte, de manera que la calabaza partida inicialmente es reconstituida entera.
Así, pues, la expresión "dar de calabazas" tiene un sentido completamente antitético al de su origen: si en China el gesto era reunir las calabazas de común acuerdo, la expresión da a entender que, bueno, la persona que requiere tiene voluntad y la persona que es requerida no está dispuesta a reconstituir ninguna calabaza.
Una vieja ronda infantil chilena, de la que a veces en la conversación coloquial se usan los dos primeros versos para despedirse, dice:
"Calabaza, calabaza
cada uno para su casa
y el que no tiene casa
se va a la casa".
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jueves, 7 de mayo de 2009
Divorcio a la chilena.

En la redacción original del Código Civil de Chile (que entró en vigencia en 1857), a pesar de soplar aires liberales en la atmósfera política de la época, Andrés Bello no se atrevió a ir contra la Iglesia Católica, y sometió el estatuto legal del matrimonio a las leyes eclesiásticas. El resultado es que existía un divorcio, pero era sin disolución de vínculo. Su efecto natural era la llamada "separación de cuerpos" (es decir, cesaba la obligación legal de la mujer de seguir a su marido, y del marido de acoger a su mujer), pero no disolvía el vínculo, y por lo tanto impedía contraer nuevo matrimonio (en ese cuadro, una persona divorciada que volviera a casarse, cometía delito de bigamia). Con la Ley de Matrimonio Civil de 1884, las cosas no cambiaron demasiado, y siguió sin haber posibilidades para el divorcio vincular, pero surgió una trampita. La ley decía que el matrimonio debía ser celebrado por un oficial del Registro Civil y de Identificación ("Registro Civil" a secas, para los amigos), y que éste debía tener por jurisdicción, aquella que fuera del domicilio de los contrayentes. O sea que si el oficial que celebraba el matrimonio, lo hacía en el territorio que no correspondía, entonces el matrimonio era nulo y podía ser proclamado como tal por el juez. Y siendo el matrimonio nulo, los anulados podían volver a contraer impunemente matrimonio.
Y empezó la farsa. Ya a finales del siglo XIX los abogados empezaron a impugnar matrimonios argumentando la falta de competencia territorial del oficial de Registro Civil que había celebrado. Lo que era fraude abierto, porque para probar esto se llevaban testigos que iban derechamente a mentir sobre el domicilio de los contrayentes que buscaban la nulidad. En 1925, un tribunal aceptó por primera vez esta tesis, y a partir de entonces el asunto fue degenerando cada vez más. Porque las nulidades se hicieron corrientes, e incluso muchos jueces, a pesar de saberse que toda la operación no era sino un gigantesco fraude contra la ley, se prestaban a ella en el convencimiento (real, por cierto) de que las leyes decimonónicas sobre el matrimonio eran demasiado rígidas. Durante décadas, para remediar esto, se buscó reformar la Ley de Matrimonio Civil, pero los sectores políticos de derecha, y en particular los vinculados a la Iglesia Católica, se negaron rotundamente una y otra vez, basados en una determinada posición valórica sobre cómo debían ser las leyes y estructurarse la sociedad, posición valórica que, por lo demás, durante el siglo XX no hizo más que debilitarse y perder credibilidad, hasta verse constreñida a un grupito sectario de acólitos de la Iglesia Católica. Mientras tanto, se llegaba al ridículo de ver personas anuladas dos y tres veces, con lo que uno buenamente podía preguntarse cómo al segundo matrimonio no habían aprendido que debían casarse frente a un oficial de Registro Civil que sí fuera competente, para que ese segundo o tercer matrimonio no resultara tan "nulo" como el primero...
Finalmente, cuando quedaban sólo dos países en el mundo sin aceptar el divorcio vincular (Chile y el Vaticano), fue promulgada la Nueva Ley de Matrimonio Civil, en el año 2004. En ella se eliminó la incompetencia territorial del oficial de Registro Civil como causal de nulidad, pero por otra parte, sí se institucionalizó el divorcio con disolución de vínculo. Con lo que el por muchos llamado "divorcio a la chilena", o sea, la invocación fraudulenta de la nulidad de un matrimonio, finalmente cesó. Y a tanto llegó el cambio, que la mencionada ley, cuyo nombre oficial es "Nueva Ley de Matrimonio Civil", pasó a ser conocida entre el común de la gente como la "Ley de Divorcio"...
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domingo, 22 de marzo de 2009
Esposos.
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En lenguaje vulgar y corriente, esposos son el marido y la mujer. Sin embargo, en términos técnicos, esposos son en realidad quienes celebran esponsales. Y los esponsales no es el matrimonio, sino la promesa de matrimonio mutuamente aceptada. O sea, el término técnico de "esposo" se correspondería no con la expresión corriente de "estar casado", sino con el "estar de novios" o "ennoviarse", o derechamente, ser el novio de alguien.
El Código Civil de Chile regula los esponsales en cuatro artículos, los cuales no han sufrido ninguna modificación desde que entró en vigencia, en el ya lejano año de 1857. Y la regulación es cuando menos curiosa, porque parte diciendo que "Los esponsales (...) es un hecho privado, que las leyes someten enteramente al honor y conciencia del individuo, y que no produce obligación alguna ante la ley civil". O sea, según dicha ley, si una persona propone matrimonio y luego rompe su compromiso, no se le sigue ninguna consecuencia legal (lo mismo ocurre con la persona que ha aceptado una propuesta de matrimonio, y después la rechaza). Todo esto, antes de la celebración del matrimonio mismo, por supuesto.
Por supuesto que, según los usos y costumbres actuales, no se necesitaba que una ley dijera que no pasa nada si se rompe un noviazgo. Pero en el Derecho Romano primero, y en el Derecho Español después, los esponsales sí que tenían consecuencias jurídicas. El tema del matrimonio era muy serio porque implicaba toda una laboriosa serie de negociaciones entre familias que cazaban a sus señoritas y señoritos entre sí como un medio de realizar operaciones patrimoniales de larga envergadura. Así, una promesa de matrimonio era algo que debía tomarse muy en serio. Además, en esos tiempos se valoraba más el honor y la buena conciencia que hoy en día, de manera que es razonable que la ley (de redacción decimonónica, recordemos), se remita a esos principios elementales de conducta humana.
Así, por ejemplo, se usaba que se entregara dinero o bienes como garantía de que el matrimonio se fuera a celebrar (arras esposalicias). O el ser esposo impedía prometerse en matrimonio con otra persona (eran otros tiempos...). Y en caso de que esposo y esposa llegaran a, ejem, "conocerse carnalmente" (es decir, tener relaciones sexuales antes del matrimonio), se entendía que el matrimonio estaba consumado de inmediato.
El Código Civil de Chile, con todo, contempla alguna que otra regla divertida sobre el tema. Una que hoy en día está prácticamente en desuso, y es casi una curiosidad jurídica, es que se considera la promesa de matrimonio como agravante del crimen de seducción. En primer lugar, en Chile no está tipificada la seducción como crimen en ninguna parte (lo más parecido es el estupro). Y en segundo lugar, es dudoso que queden galanes que para llevarse a la cama a una chica, la traten de convencer prometiéndole que después de eso se casarán con ella...
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