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jueves, 12 de julio de 2012

Germanstein.


Supongamos que eres escritor de ficción, o simplemente quieres cachondearte un rato a cuenta de los alemanes de bigote prusiano y afanes militaristas por conquistar el mundo con música para invadir Polonia. ¿Cómo consigues darle un toque alemán a tu creación? Una posibilidad larga y aguerrida es aprender el idioma alemán, por supuesto, lo que garantiza al atrevido de turno una más que temprana visita al otorrinolaringólogo por daños varios en la garganta. Pero otro recurso más fácil es recurrir a la terminación "-stein", y listo. Cualquier palabra terminada en "-stein" ya suena a alemán, truco al que recurrió el insigne Chespirito cuando en un capítulo del Chapulín Colorado que parodiaba al monstruo de Frankenstein, el villano era el doctor Panchostein. Cuando el Chapulín Colorado preguntó por él, obtuvo la siguiente histórica respuesta: "Es como Frankenstein, pero en versión zacateca"...

Lo interesante del caso es que "stein" no significa nada del otro mundo en alemán. "Stein" es simplemente "piedra", afín a la palabra similar "stone" del idioma inglés (el alemán y el inglés están plagados de palabras parecidas, lo que no debería sorprender a nadie que sepa que ambas son lenguas germánicas). Por cierto, la pronunciación más correcta no es "stein" como se suele pronunciar en castellano, sino "shtain", con una "sh" muy cerrada (podría anotarlo en lenguaje fonético, pero ando demasiado flojo hoy día, y además creo que la mayor parte de ustedes no podría leerlo). Lo que nos lleva a la peli "El joven Frankenstein" de Mel Brooks, que si ustedes ven en versión original con subtítulos, podrán ver como el personaje de Gene Wilder interpreta a un descendiente del mítico doctor, que vive en Estados Unidos, y que enseña en la universidad. Cuando un alumno se dirige a él como "profesor Frankenshtain", él le corrige diciéndole "profesor Frankenstiin", usando la fonética inglesa...

Y claro, el doctor Frankenstein es probablemente el más importante ofensor en la materia. Aunque parodiado hasta el cliché, todavía "Frankenstein" es un nombre que inspira ese terror al fascismo alemán por la terminación "-stein". Pero una traducción literal del apellido vendría a significar simplemente "Piedra Franca" o "Piedra de los Francos". Con lo que parte del miedito se pierde. O no, a según. Ignoro si el apellido tendrá alguna otra concomitancia escondida (no sería la primera vez que me encuentro con un "falso amigo" en la materia), pero a falta de mayores referencias, así es que como habremos de tomárnoslo. Quizás Mary Shelley, la autora de la novela original, quería hacer alguna clase de chiste.

Uno de los juegos de computadores más famosos es probablemente "Castle Wolfenstein". Por supuesto que siendo un juego bélico con apellido alemán, el asunto va de la Segunda Guerra Mundial, de qué otra cosa podía ser. En este caso el nombre es algo más tenebroso: significaría "Piedra del Lobo". En cuanto a la banda alemana Rammstein, cuyo nombre casi es sinónimo de invadir Polonia, su nombre deriva de la localidad de Ramstein (con una M adicional por parte de la banda), en donde con el característico sentido retorcido del humor de la banda, existe una base aérea de la OTAN. Y quién dice OTAN, dice Estados Unidos, claro. No he podido encontrar la referencia exacta a qué podría significar "ram", pero se me ocurre (estamos especulando aquí, así es que toménse lo que sigue con beneficio de inventario) que la palabra original podría ser "raum", que significa "área" o "región" (un poco equivalente al "room" inglés). Así, Ramstein sería "Area de Piedra" o algo así... (La otra alternativa es "rahm", que significa "crema", pero "Piedra de Crema" no suena muy imponente para nombre de lugar).

El que si tiene crimen respecto de lo que comentamos, es el director de ópera Peter Stein, alemán nacido el 1 de Octubre de 1937. Si recordamos que Peter o Pedro vienen del griego πέτρος que significa "piedra", por aquello de que al apóstol homónimo le dijeron "y sobre esta piedra construiré mi iglesia", entonces resulta que traduciendo al castellano el nombre de este señor, se llamaría... ¡Piedra Piedra! Eso es hacer doblete, sí señor...

Y terminemos con el más grande genio alemán de todos los tiempos. El mismo que decía algo así como "si la Teoría de la Relatividad es correcta, los alemanes dirán que soy alemán, y los franceses que soy ciudadano del mundo, y si no es correcta, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío". Este imponente científico judío alemán tenía en su apellido la palabra alemana "ein", que significa... uno (similar a "one" en inglés), antes del "stein" que nos ocupa en este posteo. Por lo tanto, su nombre vendría a significar literalmente "Alberto Una Piedra"...

jueves, 7 de junio de 2012

Las mujeres según Schopenhauer.


El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue un hombre desgraciado. Fue menospreciado por su madre, una dama con ínfulas de intelectual que veía muy mal los pasos que el pequeño Arthur daba en la materia (una vez dijo que no consideraba a Arthur un genio porque nunca había escuchado de dos genios dentro de una misma familia), después fue sistemáticamente rechazado por las féminas, sus alumnos se le escapaban para ir a escuchar a su rival Hegel, y en general nadie cotizaba en demasiado sus ideas filosóficas. No es raro que haya desarrollado un carácter misántropo y violento. Pero una de las cosas que han hecho famoso a Schopenhauer, es sin lugar a dudas su rampante misoginia. Aunque ya habíamos escrito sobre la misoginia de Schopenhauer en Siglos Curiosos, ahondaremos un poco más en sus peculiares ideas.

Su obra clave en este punto es un opúsculo que se llama "De las mujeres", y que publicó en 1851. El texto es una explicación calmada y racionalista de por qué las mujeres son inferiores a los hombres (siempre según Schopenhauer, claro), y se ha convertido en un pequeño clásico de la literatura misógina. Escrito en respuesta a un poema de Schiller que enaltece a las mujeres, parte señalando que "Necesitas sólo mirarla de la manera en que está constituida, para ver que la mujer no se supone que haga grandes labores, ni de la mente ni del cuerpo". Luego de señalar que su realización pasa por aceptar el sufrimiento del parto y la sumisión al marido, añade: "Las mujeres encajan directamente como niñeras y profesoras de nuestra temprana infancia por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y cortas de miras; en una palabra, ellas son niños grandes durante toda su vida - un tipo de estadio intermedio entre la niñez y el hombre plenamente crecido, que es el hombre en el sentido estricto de la palabra". Argumenta en la misma línea, que el hombre alcanza su madurez psicológica a los 28 años y la mujer a los 18, razón por la cual (siempre según Schopenhauer, repito, para que no las emprendan contra el mensajero) el hombre llega más lejos en su desarrollo psicológico que la mujer.

Y sigue. Según Schopenhauer, la mujer carece de sentido de la justicia, en primera porque no razona, y en segunda porque al ser más débil que el hombre, la naturaleza las ha provisto con la estrategia del disimulo para defenderse. Es también un sexo no estético (diminutas, hombros delgados, caderas anchas, piernas cortas... Schopenhauer dixit, again). Carecen de sentido para apreciar la música, la poesía o las bellas artes, y cuando lo hacen, es mera afectación (pone como ejemplo el parloteo de las mujeres en los pasajes más sublimes de las óperas... algo que por desgracia, sin estar de acuerdo con el resto de las afirmaciones misóginas de Schopenhauer, en esto da en el clavo, cambiando la ópera por el cine). Casi todo el resto del discurso se centra en torno a la monogamia, y el enorme perjuicio de que ésta le significa a las mujeres que no alcanzan a ser mantenidas por un hombre, y por lo tanto, Schopenhauer defiende la poligamia (la de muchas esposas para un hombre, no al revés, claro está) como beneficiosa para ellas mismas. Y termina con las siguientes palabras: "Que la mujer es por naturaleza obediente al hombre puede verse en el hecho de que cada mujer que es colocada en la no natural posición de completa independencia, inmediatamente se une a un hombre, por quien se permite ella misma ser guiada y gobernada. Esto es porque necesita un señor y amo. Si ella es joven, será un amante; si ella es vieja, un cura".

Interesantemente, y más allá del veneno que destila Schopenhauer sobre el tema (por lo demás, la mala leche era característica de Schopenhauer, así es que esto no debería ser una sorpresa para quienes conozcan al vejete cascarrabias), algunas observaciones schopenhauerianas resultan ser aciertos inesperados, entre ellas las relativas a la poligamia (en las sociedades antiguas, en donde los hombres iban a la guerra, solían haber más mujeres que hombres dando vueltas allá afuera). Aunque claro, el yerro está en darle un estatus natural a circunstancias que tienen más que ver con la forma en que se estructura la sociedad, y que durante el siglo XX, liberación femenina mediante, fue cambiando. Para cualquier interesado, seguir el enlace para leer el texto en inglés de Schopenhauer.

domingo, 27 de mayo de 2012

De cómo empantanar a las propias tropas.


En 1917, la guerra de trincheras en Europa llevaba tres años más o menos estancada. Se ha hablado hasta la saciedad de la incompetencia de los altos mandos en la misma, y de las espantosas carnicerías subsiguientes. Y en 1917 vino Ypres. Por tercera vez, en realidad, porque ya se habían intentado grandes operaciones militares en dicho territorio en 1914 y 1915. Esta vez, la Entente se preparó a conciencia para quebrar por fin las líneas alemanas. Sólo que "a conciencia" no significa que los viejos dinosaurios del sistema militar anglofrancés hubieran aprendido más. Hicieron lo que mejor pudieron, pero lo que podían con sus intelectos y sus rigideces mentales no era demasiado tampoco.

La operación entera estaba a cargo del General Douglas Haig. El amable lector podrá empezar a sentir un escalofrío si señalamos que su sobrenombre habitual era Carnicero Haig, si es que no lo conoce por nuestro posteo acerca de la Masacre de Loos. Preparado para otra batalla que probablemente iba a tomar meses de meses de meses, literalmente que comenzara en verano para terminar en invierno, recibió la noticia de que el clima de Ypres podía ser particularmente duro en otoño. En concreto, le señalaron que contara con apenas un par de semanas sin lluvia, y el resto iba a ser un cortinaje de agua chorreando a los soldados en las trincheras.

El problema es lo que percibieron algunos técnicos. La estrategia típica en la Primera Guerra Mundial era tratar de reventar las trincheras enemigas con un pesado bombardeo de artillería, y luego enviar soldados en oleadas a tratar de atacar cualquier punto débil en la trinchera enemiga. Y sin embargo, al cuartel general llegó un memorándum acerca de las condiciones del terreno. Los alrededores de Ypres son habitables única y exclusivamente debido a la labor de siglos de construcción de diques y canales: sin ellos, y con las lluvias de otoño, la región se convierte en un pantano. De hecho, por eso se construyeron los diques y canales en primer lugar. El documento venía respaldado con informaciones del departamento de "ponts et chaussées" del gobierno belga, nada menos, que como solariegos del lugar, algo debían saber al respecto.

Pero Haig decidió repetir el mismo esquema de artillería+infantería. La ofensiva comenzó con un diluvio de fuego que duró desde el 22 de Julio hasta el 31 del mismo mes: más de tres mil piezas de artillería disparando al unísono, 999 de ellas pesadas. Más de cuatro millones de proyectiles por un valor de 22 millones de libras esterlinas fueron arrojados sobre el enemigo. Sacando cuentas, cada metro cuadrado de terreno recibió CUATRO TONELADAS Y MEDIA de explosivos. El sistema de drenaje se fue al demonio. Llegaron las lluvias otoñales, y el ataque inglés fracasó en toda regla, con sus soldados perdidos en medio de una interminable sucesión de pantanos a los cuales fueron a morir una cantidad de hombres que los cálculos más moderados y apretados estiman en doscientos mil. Y lo peor: después de terminada la batalla, la situación militar seguía exactamente igual, sin variaciones. Y así seguiría siendo en el frente occidental durante otro desgraciado año más.

jueves, 5 de enero de 2012

Estampida de elefantes en Münich.


Los elefantes son criaturas muy racionales, cuidadosas e inteligentes. Se ha demostrado que el famoso dicho "elefante en cristalería", para calificar a alguien que donde va deja catástrofes en su camino, es falso. Pero de cuando en cuando ocurren ataques de pánico entre ellos. Y en ese minuto, no quieres estar en su camino. Esta es la historia del ataque de pánico de seis elefantes de circo en la ciudad de Münich, el 31 de Julio de 1888. En dicha ocasión, se celebrara un desfile en la ciudad, y la misma estaba abarrotada de gente, turistas, curiosos... Y seis elefantes amaestrados caminando calmadamente como parte del desfile.

Por desgracia, un error en la planificación hizo que el desfile se cruzara con otro grupo de personas en dirección contraria con un dragón de cartón. Por descuido o estupidez, los operarios del dragón de cartón dejaron escapar una salva de fuegos artificiales precisamente en ese instante. Los elefantes, al sentirse atacados, se lanzaron en estampida trompeteando furiosamente en dirección al centro de la ciudad. La gente entró en pánico, y ocurrió el desastre: no sólo centenares de personas heridas, sino también siete muertos. Un soldado decidió embestir y clavó la bayoneta de su fusil en la trompa de uno de los elefantes. Mala idea: el paquidermo agarró al soldado y lo proyectó limpiamente sobre la multitud. Quizás ella amortiguó la caída, porque salvó con apenas unos magullones.

Aún en medio del pánico, uno de los elefantes tuvo la inteligencia para no cargar directamente contra la gente, y seguir corriendo para ponerse a salvo del dragón de cartón (recordemos) apegándose al muro. Para su desgracia, pasó frente a una lechería, resbaló en el suelo húmedo, y acabó en el sótano del edificio. El pobre elefante terminó saliéndose de todos sus cabales, y la única manera de reducir su furia fue abatirlo a tiros.

Otro elefante acabó en su fuga rematando directamente en una de las más concurridas cervecerías de la ciudad. Los clientes se quedaron tan paralojizados, que ninguno se atrevió a moverse de su asiento. El elefante, algo más tranquilizado, comenzó a pasearse por medio de los transeuntes, ahora con mayor calma, y salió por el otro lado del local. Aunque saliendo de un ataque de pánico, el elefante no tropezó con ninguna silla ni tiró ninguna jarra de cerveza. Al salir estaba tan manso, que su cuidador lo cogió con cariño y se lo llevó sin complicaciones de regreso a su carro...

jueves, 1 de diciembre de 2011

Berlineses esperando la caída de Berlín.


Por mucho que se discuta si el pueblo alemán sabía lo que estaba haciendo la alta cúpula nazi, o cuánta responsabilidad le cabe por haber aguantado las atrocidades del Tercer Reich, lo cierto es que el retrato de las últimas horas y días de la ciudad de Berlín antes de caer en manos de los soviéticos no puede ser más melancólico. Aunque, humana tendencia ésta, salpimentada de un tanto de humor negro para hacer más soportable la horrible espera. El saludo más habitual entre los desconocidos, sin ir más lejos, era "Bleib übrig" (traducido MUY libremente como "ojalá que pueda usted escapar")...

En realidad, el panorama para los berlineses era bastante sombrío, ya que aunque el Ejército Rojo se encontrara batallando a 50 kilómetros de distancia, el cañoneo podía ser escuchado a través de toda esa distancia. Lo que hacía un contraste penoso con la propaganda oficial, fiel hasta el final. Goebbels, el ministro de propaganda, insistía en que el Destino cambiaría, que el Führer sabía exactamente la hora del cambio... La gente ya ni siquiera tenía demasiado miedo de imitar los pomposos y grandilocuentes discursos radiales, siempre en tono de broma, claro está.

En realidad, la defensa de Berlín era un imposible. Hellmuth Reymann, uno de los comandantes encargados de la defensa de la ciudad, estimaba que necesitaría unos 200.000 efectivos para la tarea. No sólo tenía apenas 60.000, sino que además ellos eran ancianos de la Guardia Civil sin entrenamiento militar. De ellos, la tercera parte no tenía armas, y el resto tenía apenas cinco cargadores para las suyas propias. Las carreteras y caminos principales estaban todos abiertos, con poquísimos obstáculos y vallas de defensa. Había rollos de alambres de púas, obstáculos antitanques de acero, y tranvías llenos de piedras. Eso era todo.

El chiste siniestro del momento era el siguiente: "¿Cuánto tiempo tardarán los soviéticos en echar abajo las defensas y abrir una brecha para entrar en la ciudad?". La respuesta era dos horas y un cuarto: dos horas para desternillarse de la risa, y 15 minutos para desbaratar los obstáculos...

jueves, 25 de noviembre de 2010

El Carnicero de Hannover.


Entre las espeluznantes crónicas del crimen a lo largo de los tiempos, la bestialidad del Carnicero de Hannover ocupa una plaza destacada. Este fue el nombre con el que es mejor conocido el señor Friedrich Haarmann ("Fritz", para los amigos), quien vivió entre 1879 y 1925, y a quien se le comprobaron 24 víctimas.

El modus operandi de Fritz Haarmann no puede ser descrito de otra manera sino como enfermizo. Era homosexual, y buscaba a sus víctimas entre los jóvenes masculinos, fueran prostitutos o vagabundos. Luego los llevaba a su apartamento, y mientras los sodomizaba, les rajaba el cuello con un cuchillo. Luego, según se dice, vendía la carne en el mercado negro, sin despertar demasiadas sospechas, porque sus crímenes principiaron en 1919, después de la Primera Guerra Mundial, y con una Alemania literalmente hundida en ruinas y sumida en una pavorosa escasez, nadie hacía demasiadas preguntas por la procedencia de la comida. En cuanto a las ropas y pertenencias de las víctimas, se las pasaba a un tal Hans Grans, quien se las arreglaba para venderlas a bajo precio por ahí.

El juicio de Friedrich Haarmann fue enormemente mediático para la Alemania de su tiempo. Antes de su ejecución, firmó una carta de confesión, en la que exculpó de toda responsabilidad a Hans Grans. Quizás esto puede haberle evitado la guillotina, pero aún así, Hans Grans acabó en prisión. En cuanto a Haarmann, acabó guillotinado el 15 de Abril de 1925.

domingo, 21 de noviembre de 2010

El Vampiro de Düsseldorf.


¿Creían que con la pérfida y psicótica Erzsebet Báthory se acabaron los asesinos seriales motivados por la pura sangre? Se equivocan. Uno de los más célebres asesinos posteriores fue el llamado Vampiro de Düsseldorf, cuyos crímenes se remontan a comienzos del siglo XX.

El nombre verdadero del "Vampiro" fue Peter Kürten, y nació en 1893, en la ciudad de Mülheim am Rhein (esa ciudad estaba desde tiempos medievales a orillas del Río Rin, frente a Colonia, pero con el crecimiento metropolitano de esa ciudad, se la puede considerar ahora como un barrio periférico de la misma). Su infancia podría configurar un caso clásico de anomia. Su padre era un alcohólico que abusaba sexualmente de su esposa y de sus propias hijas, y el joven Peter le tomó pronto el gustillo a eso, haciendo lo propio con sus hermanas más pequeñas. Sin pistas ni formación sobre el bien y el mal, y escapándose de la casa para evitar las golpizas paternas, acabó cometiendo varios delitos, que de las raterías pequeñas escalaron al asesinato, por lo que pasó veinte años tras las rejas. Cuando salió, ya era un adulto, y no demasiado escarmentado que digamos.

Hasta aquí hubiera sido nada más que otro repugnante delincuente común, pero Peter Kürten dio el paso desde la maldad a la supermaldad, siguiendo con sus asesinatos. Ahora les cercenaba la garganta y bebía su sangre. Su jactancia llegó al extremo de enviar a la policía un plano con la ubicación de uno de los cuerpos de las víctimas. Pero se fue volviendo cada vez más descuidado, y finalmente le apresaron. En su juicio se pretendió exculparlo basado en que su mente estaba clínicamente enferma. Lo cierto es que se debe tener mucha arrogancia o mucha desafectación con la realidad para decir perlas como comparar sus traguitos de sangre con el fumar tabaco, como un vicio inofensivo más. Fue sentenciado a nueve penas de muerte, pero como es lógico, sólo pudieron ejecutarlo una sola vez: en la guillotina. Esto ocurrió en el año 1931.

En el juicio se encontraba presente Fritz Lang, seguramente el más importante de los directores alemanes de la época del cine mudo, creador entre otras pelis de la memorable "Metrópolis". Basado en los acontecimientos, Lang rodó la película "M (El Vampiro de Düsseldorf)", con la cual inmortalizó a este criminal.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Los peregrinos fósiles de Beringer.

A comienzos del siglo XVIII, el mundo científico, conformado en muchos casos por aficionados más llenos de entusiasmo que de otra cosa, empezó a interesarse en el problema de aquellas extrañas piedras con formas de órganos y aún seres vivientes: los fósiles. Como no se suponía que existieran criaturas extintas aparte de las ahogadas por el Diluvio Universal (la Biblia seguía siendo el principal libro sobre Historia de la Tierra), y además aparecían allí donde no debían (esqueletos de peces en las altas montañas, etcétera), nadie pensaba que aquellas hubieran sido criaturas ancestrales. En vez de eso, se pensaba que distintos procesos netamente físicos moldeaban la piedra misma y le daban formas que a nosotros las personas nos parecían de tal o cual animal.

Un catedrático de Historia Natural en la Universidad de Würzburgo, llamado Johann Bartholomew Beringer, reclutó a sus alumnos para acompañarles en sus búsquedas de restos fósiles. Beringer tuvo la enorme suerte de que empezaron a aparecer fósiles a porfía en torno suyo. Estos eran rarezas increíbles, tales como ranas apareándose, arañas atrapando moscas, lagartijas o insectos extraños... Lleno de entusiasmo, Beringer no reparó en que, muy probablemente, de haber sorprendido el Diluvio Universal a las dichosas arañas, éstas hubieran dejado de copular en el acto, así como también las arañas papando moscas hubieran abandonado tales menesteres para ocuparse en no morir ahogadas. Beringer estaba emocionado: ¿acaso no estaba viendo a la mismísima fuerza vital engendrando a partir de la roca? En la época todavía se creía en la generación espontánea, y no se asentaba en la ciencia el principio de que "todo ser viviente proviene de otro ser viviente". Por lo tanto, la idea de que Beringer estuviera parado sobre una cantera de rocas cobrando lentamente vida a impulsos de la fuerza vital, o como se llamara ésta, no sonaba en lo absoluto descabellada.

Las sorpresas empezaron a tornarse cada vez más sorprendentes, valga la redundancia. Apareció un sol petrificado, una media luna... ¡Incluso apareció una tabla con caracteres hebreos! Beringer, insensible a cualquier otra consideración, publicó sus conclusiones en un libro llamado "Lithographiæ Wirceburgensis", en 1726, decorándolo con bellas ilustraciones de sus rocas cobrando vida. Aquello estaba llegando demasiado lejos, así es que ahora, a manera de aviso, apareció otro fósil con el nombre de Beringer. Beringer vaciló, y finalmente descubrió la verdad. Sus preciosos fósiles no eran sino artesanías en barro cocido que sus propios estudiantes cocían y secaban, para luego enterrar en los lugares que después serían excavados. Todos los hallazgos de Beringer, y todas las conclusiones publicadas en su bello libro, no eran más que una broma estudiantil que se había salido de control.

Humillado, Beringer recurrió a todo su dinero para comprar la edición completa de su obra, y destruirla. Como suele ocurrir, algunos tomos escaparon de la purga, y gracias a ellos se conoce el contenido físico de la obra en la posteridad. También se conservaron algunas de las llamadas "piedras mentirosas". Incluso, a sabiendas de que todo era un fraude monumental, hubo espacio para que en 1767 se lanzara una segunda edición del dichoso libro (humillación suprema que Beringer, fallecido en 1740, no alcanzó a ver). Toda la investigación paleontológica en masa, no sólo la de Beringer, se desacreditó, y durante mucho tiempo nadie volvió a preocuparse por el tema de los fósiles. Hasta que la curiosidad pudo más, y la investigación, a las últimas, siguió.

domingo, 16 de agosto de 2009

La insólita caída del Fuerte Douaumont.


Lo que a continuación referiré, parece una historia de Chuck Norris, o alguna de esas americanadas que el cine de Hollywood vende de tarde en tarde. Pero sucedió en la Primera Guerra Mundial. En lo más álgido de la guerra de trincheras, en que ganar un palmo más o menos de terreno era empresa poco menos que imposible. Una de las posiciones claves para la línea de la Triple Entente en Francia era el Fuerte Douaumont: era una posición sólida y un nido de cañones de 75 y de 155 mm, que había quedado más o menos al socaire, con una treintena o cincuentena de hombres defendiéndolo, más o menos, debido a una falla en los servicios de comunicaciones. La orden de enviar más personal que reforzara el fuerte había sido dada, en efecto, pero en alguna parte de la cadena de comunicaciones interna del ejército francés, la orden se perdió, y el fuerte quedó abandonado con la guarnición que en ese minuto tenía.

Los alemanes, por su parte, sabiendo del valor estratégico del Fuerte Douaumont, ordenaron el 25 de Febrero de 1916 al 24° Regimiento de Brandenburgo, que avanzara hacia el Fuerte. El trabajo del sargento Kunze y la patrulla de diez hombres a su cargo, era abrir paso a las tropas de avanzada, removiendo obstáculos tales como alambres de púa y similares. En estos menesteres, llegaron casi a las inmediaciones del Fuerte. Kunze ordenó entonces hacer una breve inspección del mismo. Formaron una torreta humana para treparse por la tronera de uno de los cañones, y Kunze mismo, acompañado de dos de sus hombres, se infiltró en el interior y empezaron a recorrer los pasillos. Apenas se toparon con los cuatro artilleros franceses encargados del cañón de 155 mm., los arrestaron. Cuando salieron a un patio, los prisioneros se las arreglaron para escapar, pero Kunze, en vez de dispararles, se dirigió a un barracón en donde se encontró con una veintena de oficiales franceses: sin perder la serenidad, los arrestó y trancó la puerta por afuera.

Al poco rato llegó el Lugarteniente Radtke con sus tropas. Los hombres de Kunze avisaron a Radtke de lo que estaba pasando, pero cuando éste se apersonó, ya el sargento tenía la situación resuelta. Kunze, Radtke y otros oficiales más aprovecharon entonces, luego de consolidar la ocupación, para merendarse una bien ganada cena, con las provisiones del Fuerte. En toda la jornada, no se había disparado un solo tiro, y la única baja registrada fue un soldado alemán que se hirió la rodilla por error.

Como el Fuerte Douaumont ocupaba una posición clave dentro de la región clave de Verdún, los franceses tuvieron que abocarse de inmediato a la tarea de recapturarlo, o de lo contrario probablemente los alemanes aprovecharían la cuña para quebrar la línea defensiva francesa. Desde Mayo comenzaron las operaciones para ello, con una serie de asaltos frustrados. Fue finalmente el heroísmo del Regimiento de Infantería Colonial de Marruecos el que consiguió la hazaña, el 24 de Octubre de 1916, pero a un precio exhorbitante: la friolera de 10.000 vidas perdieron las tropas francesas en revertir lo que Kunze había logrado sólo con un par de hombres y armado con un vulgar rifle.

jueves, 13 de agosto de 2009

Detener al Goeben.


La guerra es el reino de la falta de certezas. Los militares deben tomar decisiones complicadas, con falta de antecedentes, muchas veces con órdenes imprecisas o ambiguas. Y estando en juego las vidas de hombres, incluso la de quien comanda, no pocas veces los comandantes optan por el camino fácil de no arriesgarse a la batalla. Esto parece haber ocurrido con Ernest Troubridge en la Primera Guerra Mundial. Tipo querido, no demasiado engreído, Troubridge seguramente era simpático como superior, pero no el mejor individuo para liderar una guerra. Veamos.

El 30 de Junio de 1914, el Almirante Milne en Malta recibió órdenes un poco confusas de parte del Almirantazgo. Se le advertía que la guerra se avecinaba, que Alemania había recibido un ultimátum, y que prestara atención al crucero alemán Goeben, que viajaba con el Breslau, un crucero de bolsillo que le servía de escolta. El almirante alemán Souchon iba a Constantinopla, y bien sabía que apenas pasara la medianoche caería el ultimátum, y los británicos le atacarían, de manera que le puso prisa a sus dos naves. Los únicos que podían interceptarlos era una flotilla de cuatro cruceros acorazados, comandados por Ernest Troubridge, y que estaban apostados allí para vigilar la entrada al Mar Adriático.

A comienzos de Agosto, Troubridge recibió instrucciones de avanzar contra el Goeben, siempre respetando aquello de no atacar a fuerzas superiores. Sus cuatro naves eran cada una inferiores al Goeben, pero entre todas sumaban 3165 kilogramos de potencia de fuego de costado, con cañones de 23 cms, frente a los 3100 que sumaban los cañones de 28 cms del Goeben. En lo único que los británicos eran inferiores, es que su blindaje era de 15 centímetros, frente a los 28 del crucero de combate. Con todo, aún así existía posibilidad, si no de hundir al Goeben, por lo menos de causarle daños suficientes como para impedirle seguir operando en el Mediterráneo. Troubridge enfiló para atacar al Goeben, pero en la noche, una conversación con Fawcet Wray, el capitán de banderas, le convenció de que el ataque era del todo inútil. Con lo que el Goeben siguió adelante con sus operaciones sin siquiera tener que defenderse en batalla...

Troubridge fue llevado a corte marcial, por supuesto, en Noviembre de 1914. Su abogado defensor convenció a la corte marcial, utilizando las instrucciones dadas a Milne, de que Troubrigde obedecía escrupulosamente las órdenes porque el Goeben era técnicamente la única fuerza superior existente en el Mediterráneo, y gracias a ello consiguió que lo exculparan. Aunque su honor militar nunca se recuperó, sin importar que alegara en juicio que estaba conflictuado entre su "deseo natural de luchar" y el cumplimiento de las órdenes que supuestamente le impedían hacerlo... En cuanto al Goeben, no sólo consiguió escapar al cerco británico y causarle interminables pesadillas a los británicos en el Medio Oriente, sino que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, además de a la Segunda... Y fue desguazado recién en 1960, 49 años después de haber sido botado a las aguas.

jueves, 1 de mayo de 2008

El enemigo loco de Napoleón.

El general Gebhard Leberecht von Blücher es famoso en la historia militar por haber comandado las fuerzas alemanas en la Batalla de Waterloo (1815). Habiendo Napoleón tratado durante varias horas de quebrar la posición de las tropas del duque de Wellington, fue la carga de Blücher la que decidió el resultado final de la batalla. Pero Blücher, lejos de ser un gran general, luchaba contra el mismísimo enemigo interno, porque en verdad, su salud mental era cualquier cosa, menos algo sólido.

En el tiempo de las Guerras Napoleónicas, Blücher bordeaba ya la setentena, siendo en realidad un veterano de la Guerra de los Siete Años (1756-1763). El historiador militar Alfred Vagts lo describe como "un charlatán imprudente, un jugador frenético, y un psicópata". Padecía de melancolía senil, y delirios paranoicos. Creía por ejemplo que, a causa de sus pecados, estaba embarazado con un elefante. Otras veces se desplazaba en puntillas o saltaba para no quemarse los pies, porque estaba convencido de que los franceses habían sobornado a su servicio para que calentaran el suelo de su habitación.

Los verdaderos comandantes en la sombra del ejército prusiano eran Scharnhorst y Gneisenau, dos de sus hombres que sí tenían en mente la aniquilación de Napoleón Bonaparte y apuntalaban a Blücher para que su desequilibrio mental no terminara en tragedia para sus tropas. Desgraciadamente, Gneisenau estaba enemistado con el Duque de York, quien comandaba las tropas inglesas durante la campaña de 1813. En aquel año, Napoleón Bonaparte pasaba por un período crítico, batido de manera tan absoluta como había sido luego de su funesta expedición militar contra Rusia del año anterior, pero las disensiones intestinas en el alto mando angloprusiano le dieron el escaso respiro que necesitaba para rearmarse. Con lo que obtuvo uno a dos años adicionales antes de su caída definitiva, la que como dijimos y es de pública notoriedad, ocurrió en los campos de Waterloo. Después, Blücher permaneció algunos meses más en activo, en París, pero la edad y la salud mental finalmente se le impusieron, y prefirió retirarse a sus propiedades en Silesia, en donde terminaría falleciendo algunos años después, en 1819, faltándole algunos meses para cumplir los 77 años.

domingo, 15 de abril de 2007

La misoginia de Schopenhauer.

Arthur Schonpenhauer (1788 a 1860) es probablemente uno de los filósofos más amargos y pesimistas de todos los tiempos. Esto es explicable en cierto modo porque su vida entera fue un eterno batallar contra fuerzas externas que lo amenazaron constantemente. Una de esas fuerzas fue su dominante madre, a causa de quien desarrolló una rampante misoginia, que le ha hecho quizás incluso más conocido que su propia obra filosófica.
Schopenhauer era hijo de una familia comerciante de Danzing, puerto polaco que cuando fue anexado a Prusia en 1793, llevó a los Schopenhauer a mudarse a Hamburgo. El temprano fallecimiento de su padre dejó a Schopenhauer a merced de su madre, una escritora con más convicción sobre su propio talento, que con talento mismo, y que por tanto hizo lo imposible por sofocar al pequeño Arthur. El gran escritor alemán Goethe, quien era amigo de Johanna Schopenhauer desde que se encontraran en Hamburgo, le dijo un día que su hijo estaba destinado a grandes cosas, a lo que ella repuso que eso era imposible, porque nunca había oído hablar de DOS genios en una misma familia.
En romances, por su parte, Schopenhauer fue desgraciado. Tenía 33 años cuando se enamoró de una cantante de ópera de 19. A los 43 pretendió a otra joven, esta vez de 17, que lo rechazó. Todo lo cual ayudó a hacerlo aún más misántropo.
Schopenhauer es recordado así por haber escrito algunas de las más valiosas perlas misóginas de todos los tiempos. Escribió: "Las mujeres son criaturas de ideas cortas y cabellos largos". Las considera más sensibles y simpáticas a los sentimientos y sufrimientos de los demás, y por eso tienen, en su concepto, el raciocinio obnubilado, siendo por eso inferiores a los hombres; en opinión de Schopenhauer, las mujeres son apenas mejores que los niños pequeños.
Aunque muchos autores y pensadores en la Historia han sido misóginos, es poco probable encontrar a alguien que haya llevado la misoginia tan lejos como Schopenhauer.

jueves, 29 de marzo de 2007

Romance del cisne y del barco a pedales.

Con la misma excusa que usamos para postear sobre Perky, la pata indestructible, en Febrero pasado, hablaremos ahora del romance de Petra con... un barco a pedales. La historia va como sigue.
Un cisne llamado Peter empezó a llamar la atención de los paseantes alrededor del lago de Aasee, en la ciudad de Münster (Alemania), durante la primavera boreal del 2006. Esto, porque tuvo la peregrina idea de empezar a seguir y dar vueltas alrededor de un bote a pedales que tiene la forma de cisne. Conclusión: el cisne estaba enamorado.
Llegó el invierno. En Noviembre, el dueño del bote con forma de cisne tenía que retirarlo. Sin embargo, como dijo después, no tuvo el corazón para separar a la "feliz pareja". De manera que llevaron al bote y a Peter, a través de un canal, hasta el zoológico de Münster. Allí, los médicos que examinaron a Peter descubrieron que no era un él, sino un "ella"...
Así es que la cisne, rebautizada ahora como "Petra", pasó el invierno junto con su amorcito el barco a pedales. En Marzo de 2007, ambos fueron liberados de nuevo, con rumbo al lago de Aasee. Los visitantes del lago estaban congratulados ante el pequeño "happy end" de esta pintoresca historia de amor.

domingo, 28 de enero de 2007

El triunfo de Jesse Owens.

Esta es otra de esas anécdotas bien conocidas, pero que merecen un espacio en Siglos Curiosos, así es que la reseñaremos de todas maneras. Sucedió en la Olimpíada de 1936. Los Juegos Olímpicos modernos, que habían partido en 1896 con un espíritu de conciliación entre los pueblos, se habían transformado para la ocasión, por obra del gigantismo estético nazi, en una maquinaria de propaganda para el Tercer Reich. Göebbels y los suyos no perdían ocasión de lanzar publicidad sobre la superioridad de la raza aria sobre las demás, y etcétera. Por eso, grande fue la sorpresa de todos cuando un negro, hijo de un granjero, y para colmo nieto de un esclavo, llamado Jesse Owens, se alzó no con una, sino con CUATRO, medallas de oro olímpicas, un récord que ningún atleta consiguió igualar hasta Carl Lewis en 1984; estas medallas de Owens fueron por los 100 metros planos, por salto de longitud, por 200 metros planos, y por 4x200 metros con relevos.
Se dice que Hitler salió del estadio para no darle la mano, aunque después sus voceros señalaron que esta salida estaba preprogramada. Lo cierto es que Jesse Owens pudo por primera vez dormir en un hotel que aceptaba a negros y blancos, algo que en Estados Unidos era imposible, por las leyes de segregación racial entonces vigentes. El propio Owens ironizó años después sobre esto en su autobiografía: "No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente"...

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Las tres canastas de Isaiah Berlin.

Isaiah Berlin, filósofo inglés nacido en Rusia, en el seno de una familia judía, fue uno de los más prominentes intelectuales liberales del mundo académico europeo en el siglo XX. Sus reflexiones sobre la idea de la libertad, diferenciando entre libertad negativa (ausencia de presiones) y libertad positiva (libertad para transformarse en el amo del propio destino) han sido ampliamente discutidas en el mundillo universitario. Pero como filósofo, Berlin tenía los pies de barro. Y sus momentos de chochera y ridículo. Quizás el más insigne, sea el de las tres canastas de Isaiah Berlin.
Como muchos otros filósofos, Isaiah Berlin llegó al punto en que no podía seguir adelante con la dogmática, sin acaramelarla con una teoría del conocimiento. Y diseñó la suya propia. Según Berlin, hay tres canastas (metafóricamente hablando, por supuesto). En la primera canasta echamos las preguntas que requieren de métodos científicos o empíricos para ser contestadas (por ejemplo: "¿cuántas lunas tiene Saturno", "¿en qué año Isaiah Berlin chocheaba con las tres canastas?"). En la segunda canasta echamos las preguntas que requieren de métodos lógicos o matemáticos para ser contestadas (por ejemplo: "¿cuánto son 2 + 2?", "¿la palabra empollón se escribe con o sin acento?"). En la tercera echamos las preguntas residuales, que no podemos contestar de las otras maneras, y que por lo tanto, son preguntas filosóficas propiamente tales (por ejemplo: "¿cómo ser ecuánime con quienes no están de acuerdo conmigo?", "¿es justo para los árboles el talarlos para imprimir libros de Isaiah Berlin en papel?").
Suena bonito, pero es una perogrullada. Lo que Berlin trata de decir de manera elegante, es que hay preguntas que pueden ser contestadas objetivamente, y otras que no. Hasta ahí el magnífico asunto.
Como eso dejaría al filósofo Isaiah Berlin y a su pandilla de colegas sin trabajo (a la larga, todas las preguntas deberían pasar de la tercera canasta, la canasta del misterio, a las otras dos), Berlin se pregunta sobre si hay preguntas que sean inherentes a la tercera canasta, si hay preguntas que siempre van a ser filosóficas. Sorprendemente, concluye que sí. Digo sorprendentemente, porque esto es un acto de fe, ya que se supone que no hay método alguno para contestar las preguntas de la tercera canasta, por tanto su respuesta nos es desconocida, y por tanto, ignoramos de momento si podemos pasarla a las otras dos canastas. A la larga, descubrimos que Isaiah Berlin ha creado la teoría de las tres canastas para justificar su paga como filósofo universitario a sueldo, y que creer en la tercera canasta no es un acto racional, sino puro misticismo. Y después dicen que la filosofía ha hecho avances desde Platón hasta nuestros días...

domingo, 5 de noviembre de 2006

El infantil viraje de Gustav Radbruch.

Gustav Radbruch, quien nació en 1878 y murió en 1949, fue un teórico alemán que se dedicó al estudio de la ley. No de la ley positiva, eso sí, sino de aquello que hace a una ley ser ley. En otros términos, no era un estudioso del Derecho, sino un filósofo del Derecho.
La historia corta sobre Radbruch es que sus doctrinas emprendieron un viraje en 180º después del ascenso de Hitler al poder. Antes de 1933, sostenía que la ley era la ley positiva, o sea, aquella que es dada y promulgada por la autoridad, lo que es de sentido común. Pero después le cobró una repugnancia tal al Nazismo, que decidió que aquello no podía ser la ley, después de todo. Y dijo entonces que si la ley no contenía ideales de justicia, no era una verdadera ley.
Por supuesto que este viraje es una pataleta infantil, y como tal ha sido muy discutida. Después de todo, la ley es ley porque alguien obliga a que ésta se cumpla. La justicia nada tiene que ver en eso (puede que algún castigo del Código Penal sea injusto por excesivo o por blando, pero sigue siendo la ley, y a ver quién es el guapo que le discute eso al tribunal respectivo). Pero aunque este viraje de Radbruch debería ser obviamente rechazado por cualquier teórico, ha tenido mucha popularidad entre los círculos académicos gracias a la visión liberal y antinazi de Radbruch. O sea, es otro caso de teoría sin base lógica alguna, entronizada en el Olimpo académico por ser funcional a las corrientes políticas del minuto.

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