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domingo, 26 de enero de 2014

Una conspiración patriota en Quillota.


En la Historia de Chile entre 1814 y 1817, debido a la estatura legendaria de Manuel Rodríguez, los guerrilleros que se batían en la zona de operaciones de Colchagua y entre Chillán y Rancagua en general son los que tienen mayor fama. Pero sin embargo, desde la gobernación de Cuyo en donde se estaba preparando el gran asalto contra el gobierno de los realistas en Chile, San Martín no era partidario de depositar todos los huevos en la misma cesta. Para desesperación del gobernador español Casimiro Marcó del Pont, que pretendía concentrar las fuerzas realistas en Santiago para hacerse más fuerte, San Martín buscaba incendiar el territorio chileno entero para derrocar al Imperio Español. Y una de estas ramificaciones estuvo a punto de fructificar en la ciudad de Quillota, al noroeste de Santiago.

A inicios de 1816, San Martín envió sendas misivas a un vecino de Putaendo llamado José Antonio Salinas, y a uno de San Felipe llamado Juan José Traslaviña. La idea no era mala: si prosperaba una rebelión en tales lugares, el ejército patriota que cruzara la cordillera arribaría a territorio ganado para los patriotas, y estaría en muchas mejores condiciones para batirse con los realistas y marchar sobre Santiago. El mensajero, un tal Manuel Navarro, cruzó la cordillera de ida y vuelta llevando las respectivas cartas, además de entregar instrucciones que quedaron como verbales por obvias razones. Ambos encargados, Salinas y Traslaviña, viajaron a Quillota y enteraron a otros personajes del proyecto: dos modestos vecinos llamados Ramón Arístegui y Pedro Regalado Hernández, además de Ventura Lagunas, un joven maestro de escuela de sólo diecisiete años de edad. La idea parecía factible porque la guarnición de Quillota estaba mandada por Manuel Barañao, un coronel oriundo de Buenos Aires que era realista fanático e intransigente, la clase de sujeto que resulta muy divertido y satisfactorio derrocar y arrastrar por el fango, claro está. De manera que los interesados se movieron a Valparaíso para seguir reclutando gente, y de esta manera derribar a la autoridad realista local.

Pero las cosas se salieron de tiesto cuando Ventura Laguna le confesó los planes a un sargento de apellido La Rosa, que parecía confiable debido a que tenía malquerencias con sus superiores. En mala hora. A propósito de un incidente completamente diverso, La Rosa acabó siendo apresado y sometido a juico por insubordinación, arriesgando un castigo severo. En esta coyuntura, La Rosa decidió congraciarse con sus superiores revelando todo lo que sabía de la conjura. El coronel Barañao reaccionó de manera implacable, y consiguió que una sirvienta revelara la documentación de sus patrones conjurados, entre los cuales por supuesto estaban las cartas de San Martín que habían originado todo el merengue. Arístegui consiguió escaparse, pero los otros no tuvieron tanta suerte: fueron apresados, y cuando fueron confrontados con las cartas incriminadoras, confesaron llanamente y fueron remitidos a Santiago.

El gobernador Marcó del Pont estaba feliz de poder hacer de estos presos buen escarmiento. El proceso fue sumario y la sentencia predecible. El 5 de Diciembre de 1816 se levantó una horca en Santiago. La pena era cruel e inusual, ya que la horca había caído tiempo hacía en desuso, y lo habitual era la ejecución por fusilamiento: se dice que el verdugo de la cárcel de Santiago, para practicar un procedimiento con el que no estaba familiarizado, fue obligado a entrenarse ahorcando carneros. A las once de la mañana de la fecha citada, fueron ahorcados Traslaviña, Salinas y Hernández. Cuando ya tocaba el turno de Lagunas, se supo entonces que este último había sido beneficiado con un indulto, que en atención a su corta edad le conmutaba la horca por diez años en el presidio de Juan Fernández. La Gaceta del Gobierno, el único medio de comunicación en existencia, reportó que los tres ejecutados se habían mostrado pesarosos y arrepentidos, pero si fue verdad, la gente no parece haberlo creído. Lejos de servir como escarmiento, la ejecución incrementó la odiosidad de los patriotas en contra de los realistas. Algo más de medio año después, los días 7 y 18 de Junio de 1817, una vez instalado el gobierno patriota de regreso en Santiago, fueron dictados decretos que favorecieron a las viudas de los ejecutados con una indemnización de doscientos pesos, más un montepío de treinta pesos mensuales. Otros parientes de las víctimas recibieron después otros beneficios económicos con posterioridad.

domingo, 16 de diciembre de 2012

El atentado contra Barrabás.


Ya se ha hecho casi un lugar común dentro de Siglos Curiosos que aludamos al petulante, corrupto, narcisista y emprendedor gobernador de Chile don Francisco de Meneses Brito (1664-1668) con el cariñoso sobrenombre que sus contemporáneos le pusieron: Barrabás. Las barrabasadas de este personaje pueden llenar páginas y páginas, pero no se crea que se puede ir por la vida siendo un barrabás sin desatar anticuerpos. En sus poquísimos años de gobernación, Francisco de Meneses Brito tiene a su haber el récord de ser uno de los pocos gobernadores de Chile, quizás el único, en haber sufrido un atentado personal en su contra. El hechor fue un personaje llamado Manuel de Mendoza, veedor del ejército en Concepción, que en honrado desempeño de su cargo había intentado perseguir y atajar las exacciones que Meneses y sus acólitos cometían con los bienes y el situado del ejército. Y como ninguna buena acción queda sin su correspondiente castigo, Mendoza fue depuesto y desfavorecido del todo, hasta el punto que quedó en la pobreza más absoluta.

Corría el año de 1667. Enfermo, sin goce de sueldo y pobre de solemnidad, habiendo obtenido permiso para ir a Santiago no le quedó más remedio que asilarse como indigente en el hospital de San Juan de Dios. Quiso la suerte loca que Francisco de Meneses acudiera a tal lugar al prior de los padres hospitalarios, acompañado de su ayudante. Allí, Mendoza concibió el proyecto de librar a Chile de la tiranía de Meneses por mano propia. Cuando el gobernador se retiraba, Mendoza le disparó un tiro, pero falló. Meneses y su ayudante se le precipitaron con espadas, dispuestos a liquidarle allí mismo. En la refriega posterior murió un vizcaíno sirviente de Mendoza que se metió para defender a su amo. Meneses por su parte salió levemente herido, aunque con posterioridad, para darse aires y que la gente lo considerara como aún más agraviado, reportó haber recibido una docena de heridas.

La venganza de Meneses, hombre fatuo y pagado de sí mismo, fue implacable. Con fuerza pública ingresó en el hospital a pesar de que, como establecimiento religioso, tenía el privilegio legal del derecho de asilo. El cadáver del vizcaíno fue llevado a la plaza pública, azotado (¡!) y colgado de la horca (¡¡!!). Mendoza estaba escondido en el hospital, y fue encontrado y arrancado a viva fuerza de allí. El comisario de la Inquisición exigió de inmediato que Mendoza le fuera entregado para ingresarlo a la cárcel pública, y ser juzgado por los tribunales eclesiásticos con los privilegios que a los asilados les reconocía el fuero eclesiástico. Meneses, lejos de recapacitar en su ilegalidad, juzgó que los religiosos estaban complotando en su contra, viendo una enorme conspiración detrás, lo que mirado desde la actualidad no parece ser el caso. Meneses mandó someterle a torturas, pero ni los mayores quebrantos consiguieron que Mendoza dijera otra cosa sino actuar en solitario para liberar a Chile de la peste de Meneses.

Meneses ordenó finalmente enviarlo a la cárcel pública, pero para humillarlo, mandó raparle la barba y la cabeza, y vestirlo de loco. Lejos de desteñir su reputación, sólo consiguió darle un aura de mártir frente al pueblo que odiaba a Meneses como se odia al gobernador más corrupto que padeció Chile en sus dos y medio siglos de dominio hispánico. Un cronista eclesiástico anotó: "tan exhausto y desangrado que algunas personas piadosas le iban sirviendo de cirineos en la pasión de aquel martirio" ("cirineo" por alusión a Simón de Cirene, que según el Evangelio ayudó a Jesucristo a cargar la cruz). Meneses fue lo suficientemente estúpido como para haber exhibido al hechor como loco, y después condenarlo a muerte como si fuera un responsable en su sano juicio. Las campanas de las iglesias tocaron entonces de la manera en que se anunciaba una excomunión: la que las autoridades eclesiásticas fulminaron contra Meneses y contra quien ejecutara al infeliz Mendoza. Pero fue en vano: Meneses mandó que la tropa entrara en la cárcel y ejecutara a Mendoza mediante el garrote. A continuación consiguió una resolución de la Real Audiencia en que se "aconsejó" a la Inquisición el levantar la excomunión sobre Meneses y los suyos. Debido a la decisión mostrada por las tropas adictas a Meneses, el comisario de la Inquisición decidió que tal vez se había pasado un tejo, y con prudencia levantó dicha sanción. Meneses reafirmó aún más su autoridad mandando perseguir a algunos vecinos de Santiago, bajo la sospecha de complicidad con el atentado. Hay algo de ironía en que Meneses debió haberse ido a la cama muy tranquilo, pensando haber escarmentado a sus enemigos, mientras que en el intertanto, el virrey del Perú ya había sido autorizado por doña Mariana de Austria para separar a Meneses de la gobernación y seguirle su correspondiente juicio de residencia. Hay otro resto de amarga ironía en que si Mendoza hubiera esperado algunos meses, hubiera conseguido salvar la vida...

jueves, 13 de diciembre de 2012

Los negocios de Barrabás.


Ya hemos mencionado en Siglos Curiosos que Chile fue el único país que ha tenido el privilegio de ser gobernado por Barrabás. Bueno, por alguien apodado así, que fue Francisco de Meneses Brito, y que como gobernador fue el azote de Chile entre 1664 y 1667. En realidad, la práctica totalidad de los gobernadores españoles del siglo XVII tuvieron una vena de corrupción, y si no la tenían personalmente ellos, sí que la manifestaban sus numerosos subordinados tanto en lo castrense como en la vida administrativa y civil. Pero ninguno llevó tan lejos el peculado como Francisco de Meneses.

En la época, el principal artículo de comercio de Chile era el sebo. Su principal mercado era, por supuesto, el Perú. Y sin embargo, debido a la enorme producción de sebo en Chile, el precio era bastante barato. Meneses y los suyos se olieron el negocio, y so pretexto de mejorar la balanza comercial de Chile, reglamentaron el comercio estableciendo cuotas de venta y fijando precios. Y para asegurarse de que dicha normativa se cumpliera, no se piense mal de la probidad de Meneses y los suyos, ¡oh, por supuesto que no!, el gobernador y los suyos gentilmente compraban el sebo a los productores locales chilenos, y lo enviaban al Perú en expediciones. Ni qué decir, a los productores se les compraba el sebo a un precio moderado y en bajas cantidades, y luego en Perú este mismo sebo se vendía a precio de oro... y la diferencia entre ambos precios iba a parar al bolsillo de Meneses y los suyos, claro está.

Los resultados fueron cataclísmicos. Júzguese que durante el improvisado estanco de Meneses, el precio del sebo subió de seis a siete pesos el quintal, a veintiocho y treinta la misma cantidad. El sebo tenía muchas aplicaciones en la época, y una de las principales era la elaboración de velas. Hablamos de un tiempo en que no existía iluminación eléctrica, de manera que podrá imaginarse lo que significaba estrangular la provisión de sebo para la vida civil y religiosa de la época. Los productores chilenos, por su parte, empezaron a arruinarse por no tener hacia dónde darle salida a su sebo, y recibir por sus escasas ventas una cantidad demasiado escasa de dinero. Los peruanos enviaron cartas e informes a España quejándose de la situación, mientras que Meneses respondía en sus memoriales que las regulaciones sobre el comercio del sebo era para proteger a los pobrecitos (y expoliados) agropecuarios chilenos, permitiéndoles mejorar sus ganancias obteniendo mejores precios por su sebo.

Por supuesto que Meneses no se detuvo ahí. A los capitanes de puerto comenzó a cobrarles permisos para zarpar, además de obligarlos a transportar su propia carga particular. Que el trigo para el ejército fuera objeto de peculado era costumbre durante la Colonia, pero Meneses fue innovador y emprendedor, y comenzó a intervenir en el negocio de las carnicerías de Santiago. Y para cubrirse las espaldas, vendió cargos en el cabildo de Santiago a los parientes de su esposa chilena, doña Catalina Bravo de Saravia, no por una suma determinada sino pagada en cómodas cuotas. Pero aunque Barrabás se había echado al cabildo de Santiago en el bolsillo, no pudo hacer lo mismo con el Obispo de la ciudad. A la larga, fue este enemigo el que consiguió su caída...

domingo, 18 de noviembre de 2012

La generosidad de Diego de Almagro.

Es bien sabido que la construcción del Imperio Español no fue producto de ejércitos bien entrenados enviados por la corona hispánica misma a anexarse tales o cuales territorios, sino de privados que con perfecto espíritu empresarial, reclutaban lo que técnicamente eran tropas mercenarias, invirtiendo sus capitales y sus vidas por supuesto con la esperanza de que los territorios conquistados los harían señores ricos y poderosos. La corona española se limitaba a otorgar permisos y reconocer títulos que, a su vez, le habían sido validados por el Papa en el Tratado de Tordesillas de 1494 (sobre a su vez quien validaba al Papa, mejor no preguntemos por ahora). Que los españoles inventaron la externalización de servicios medio milenio antes que los neoliberales, vaya... El caso es que uno de estos capitanes fue Diego de Almagro, que fue compinche con Francisco Pizarro en la conquista del Imperio Inca en 1532. Y entonces...

En 1534, el norte de Perú había sido invadido por Pedro de Alvarado, el conquistador de Guatemala que encontraba más provechoso ir a la cacería de tesoros incaicos que permanecer en tierras mayas. Alvarado había sido repelido, pero sus tropas habían quedado varadas en Perú sin un céntimo. Diego de Almagro los acogió bajo su ala, y decidió emplear a estas tropas en la anexión de nuevos territorios: en concreto de Chile. Para que se armaran y vivieran mientras tanto, repartió con ellos una buena cantidad de sus tesoros (bueno, suyos por derecho de depredación sobre las arcas incaicas), a título de anticipo a cuenta de lo que obtendrían si lograban la anexión de Chile y apoderarse de sus riquezas. A tanto llegó su generosidad, que sólo obligó a firmar comprobantes por esos anticipos sólo a aquellos que de buena voluntad lo hicieran.

En 1535 partió finalmente la expedición de Almagro. Eligieron un camino ruinoso que implicó cruzar la cordillera de los Andes, para luego dejarse caer en la zona central de Chile. Mal negocio hicieron. Almagro y los suyos no encontraron ninguna ciudad como las que existían en el Perú, y por supuesto, nada parecido a un tesoro incaico como los de los templos peruanos. Además de eso estuvo la resistencia de los siempre sublevados indios de la región, que libres del yugo incaico, no iban a dejarse caer en un yugo diferente por supuesto. Para 1537 se habían convencido de que lo mejor era regresar. Aunque eso implicara atravesar el ardiente Desierto de Atacama, que como hoy sabemos es el más árido del mundo, pero alguna noticia de eso debían tener por sus informantes quechuas, suponemos.

Y aquí es donde viene el rasgo más asombroso de la generosidad de Diego de Almagro. Para levantar la alicaída moral de las tropas, que habían tenido algunos combates, muchas penalidades, y nada de oro, los reunió a todos y les dio un corto discurso. Y a continuación, cogió las escrituras en que estaban consignadas las deudas por cantidades fabulosas que sus hombres tenían para con él, y las fue rompiendo una por una, "porque nunca deseé dineros ni hacienda sino para darlo". Seguramente fue la mayor liberación de deudas que se vio en toda la conquista hispánica, alcanzando a varias decenas miles de pesos de oro (el peso de oro, por noticia, no es una moneda sino una medida de cantidad de oro, para que se hagan una idea). Y a continuación, volvieron al Perú, en donde Almagro encontraría su destino en una corta guerra civil contra Pizarro, después de la cual sufriría el garrote estando en prisión, para luego su cadáver ser decapitado en la plaza pública, en 1538. Francisco López de Gómara el cronista de indias comenta el gesto de manera muy dolida: "Liberalidad de príncipe más que de soldado; pero cuando murió, no hubo quien le pusiese un paño en su degolladero"...

jueves, 15 de noviembre de 2012

Para hacer florecer Pica.


Pica es una localidad ubicada al norte de Chile, en medio de la Pampa del Tamarugal. Es un oasis famoso por los limones de Pica que se utilizan para la elaboración del pisco sour chileno. De hecho, su nombre viene del quechua y significa "flor en la arena". Y como todos los recovecos de Chile, existen leyendas asociadas a su historia. La siguiente es una que recoge el insigne folclorista chileno Oreste Plath, pero no he podido cotejarla con otras fuentes, de manera que queda a medio camino entre la historia y la leyenda. El lector que sepa algún antecedente más, se agradece el aporte.

Pero al grano. En el siglo XVI, a la llegada de los españoles, Pica era otro de esos cacicazgos sometidos al Imperio Inca. Andando el tiempo, Pica caería bajo la esfera del Virreinato del Perú (Pica, al igual que todo el resto del territorio de Tarapacá, permanecería peruano hasta su conquista militar por parte de Chile durante la Guerra del Pacífico, a finales del siglo XIX). Pero por el minuto, ante la debacle del Imperio Inca, la tribu de Pica puede decirse que alcanzaron la independencia, y la defendieron con armas en la mano contra Diego de Almagro, cuando éste regresaba al Perú después de su malograda expedición por la zona central de Chile. Pero más tarde o más temprano, piquetes de españoles vinieron a establecerse a la región: dadas las circunstancias, era inevitable. Los españoles se apostaron en el vecino oasis de Matilla, con los de Pica observando con suspicacia a los recién llegados.

Uno de esos españoles, llamado Dámaso Morales, se enamoró de la hija del cacique de Pica. A éste, maldita la gracia que le hacía darle su hija a un ezpañó, así es que se fue de negativas. Pero tanto insistió el peninsular, que para sacárselo de encima, el cacique le dijo que le cedería la mano de su hija si hacía florecer el oasis entre Pica y Matilla. Hablamos de la región norte del desierto de Atacama, el más árido del mundo, así es que ya se pueden figurar más o menos lo que significaba el mensaje.

Pero nuestro recio ezpañó, haciendo honor a los machos ibéricos, no iba a dejarse por esa nadería. Había observado que los indios juntaban aguas en unas represas que llamaban cochas. Lo que hizo fue seguir las vetas de agua, y excavarlas hasta crear socavones: la ingeniería europea se anotaba un punto sobre la prehispánica aquí. Con estos trabajos, el español consiguió encauzar una mayor cantidad de agua en el valle, y hacerlo florecer. Al cacique indígena no le quedó más que cumplir su promesa, aunque claro, ahora tenía un valle lleno de vida vegetal en vez de un pedazo de desierto, así es que no se la sacó tan mal. Y de este florecer, Pica habría obtenido su nombre.

domingo, 28 de octubre de 2012

Cuando Rusia vendió buques de guerra a España.


¿Rusia vendiéndole buques de guerra a España? Sí, sí sucedió... Esta es otra de esas extrañas y pintorescas anécdotas relativas a la geopolítica de Europa. Volvamos en el tiempo al año 1817. Napoleón Bonaparte había sido derrotado en toda regla, y los diplomáticos europeos se habían repartido el continente como pedazos de tarta en el Congreso de Viena de dos años antes. De dicho Congreso salió la Santa Alianza, la liga de monarquías europeas (que no de naciones: los de la Santa eran cualquier cosa menos demócratas, por el contrario eran absolutistas de viejo cuño y terror sagrado a tope) que se comprometía a defenderse mutuamente de esos asquerosos inútiles subversivos que amenazaban con traer el gobierno del populacho indecente a nuestras buenas y santas naciones, trastocando nuestro buen y pacífico orden interno otorgado nada menos que por la Voluntad de Dios, etcétera. Es en este clima que se suscitó nuestra historia.

España, ni qué decirlo, estaba en un estado lastimoso. Había librado una guerra de seis años contra el invasor francés, y aunque habían conseguido que los napoleónicos salieran por pies, en el camino había quedado devastado el país, arruinada la industria, desangrado el tesoro público, y exiliado Francisco de Goya para colmo de males. La escuadra que según un informe de 1796 había alcanzado a las 198 naves, se había resentido sobremanera, por supuesto, en parte por la lucha de las naves contra la superior armada inglesa, y en parte porque en estado de guerra apenas había tiempo o recursos para mantener las naves a flote, o reemplazar las bajas echadas a pique. Y en estas críticas circunstancias, España todavía tenía la misión de salvar su imperio latinoamericano, que ardía en rebeliones desde México hasta Chile. Es en estas circunstancias que los rusos le echaron un cable a los españoles, en concreto a través del embajador Tattischef, lo que se concretó en la adquisición de once naves de guerra que, según el inventario, estaban nuevas y en perfectas condiciones. La negociación fue llevada a cabo por correspondencia de alto nivel entre Fernando VII de España y Alejandro I de Rusia. De tan alto nivel, en efecto, que los últimos en enterarse fueron las buenas gentes del ministerio de marina. La operación fue financiada sacándole una tajada a la indemnización que los ingleses le pagaron a los españoles a cambio de la abolición del comercio de esclavos y el reconocimiento a que las naves españoles se dejaran registrar para el efecto.

Las primeras señales de alarma estallaron cuando las naves recalaron en Londres. La prensa inglesa no tardó en informar que las naves rusas eran básicamente inservibles. Al arribar las naves a Cádiz, comenzó la rumorología en idéntico sentido, pero la Gaceta de Madrid publicó el 28 de febrero de 1818 que las naves estaban en óptimas condiciones y listas para operar, y punto final. El problema es que al momento de la verdad, el grueso de las naves rusas no pudieron siquiera salir de Cádiz, o las que lo consiguieron, regresaron a poco con enormes averías. Al último los españoles se rindieron, y en los años subsiguientes hasta 1823, todas estas naves (bueno, las que seguían en poder de los españoles, como veremos), acabaron desguazadas.

Solamente una de estas naves consiguió la hazaña de llegar hasta el Océano Pacífico. Se trataba de una fragata construida en San Petersburgo en 1813 y llamada Patricio, antes de que en Cádiz fuera rebautizada como Reina María Isabel, en homenaje a la segunda esposa de Fernando VII, doña María Isabel de Portugal, la que incidentalmente, como si una maldición persiguiera a las naves rusas, fallecería a los veintiún años el 26 de Diciembre de 1818, en la entonces riesgosa labor de dar a luz. Para esas fechas, la fragata que homenajeaba a la reina ya no era parte de la escuadra española: en el mes de Octubre anterior se había engarzado en lucha con la entonces todavía novel escuadra chilena, había acabado capturada por los chilenos, rebautizada como "O'Higgins", y peor aún, había sido utilizada en batalla contra otras naves españolas... Por si alguien quiere seguir la cansina historia, en 1826 esta fragata fue vendida al que iba a ser su cuarto dueño, Argentina, pero en ruta hacia Buenos Aires, en el Cabo de Hornos, terminó por irse a pique y descansar en definitiva de su ajetreada historia...

domingo, 23 de septiembre de 2012

Una escuadra para Marcó del Pont.


Casimiro Marcó del Pont fue gobernador de Chile nombrado desde el Imperio Español entre 1815 y 1817, y ha sido quizás uno de los más odiados y detestados cabeza de Ejecutivo en toda la Historia de Chile. Aunque antipático por su convicción de que las medidas represivas terminarían por apagar el espíritu chileno (en realidad sucedió lo contrario, que convenció a los indecisos de volcarse en masa a la causa patriota, hasta entonces popular sólo a medias), hay que tenerle alguna simpatía por lo difícil de su misión, que era no sólo administrar a Chile, sino que defenderlo contra la inminente amenaza que representaba el ejército armándose en Cuyo, al otro lado de la cordillera de Los Andes, y que podía pasar por cualquier punto entre Copiapó y Concepción. A lo cual debe sumársele la escasez de recursos que le afligían, no tanto por las devastaciones de una guerra que había sido más o menos breve, apenas el período de 1813 a 1814, como el sangramiento demográfico que suponía reclutar campesinos para alimentar tropas siempre insuficientes para contener a la creciente marea de guerrilleros.

En este clima, en diciembre arribaron las noticias de que San Martín había arreglado que una expedición pirata zarpara desde Buenos Aires para cruzar el Estrecho de Magallanes e invadir Chile. Marcó del Pont estaba alarmado: carecía por completo de naves para defenderse. Había alistado dos naves decomisadas a unos contrabandistas, el Aguila y el Justiniano, las que se sumaban a una nave de guerra llamada Sebastiana, pero este trío de naves no era ni de lejos suficiente para detener una escuadra invasora compuesta por una fragata, tres corbetas, una goleta, dos bergantines armados, y cuatro transportes con cuatrocientos hombres para desembarcar, además de fusiles para armar a los patriotas que estuvieran esperando con qué meterle balas a los realistas. Si a eso se le sumaba una eventual invasión a través de la cordillera, Marcó del Pont estaba perdido: su única esperanza era parar a la flota en alta mar, antes de que sus efectivos pudieran desembarcar en algún punto sensible del territorio (léase Concepción, porque más hacia el sur, salvo por los enclaves de Valdivia y Chiloé, todavía era territorio mapuche).

El 12 de Diciembre de 1816 entró en el puerto de Valparaíso una fragata española armada con 44 cañones, llamada la Venganza. La acompañaba el Potrillo, un bergantín armado por el gobierno patriota en 1813, y que había sido capturada para los españoles después, y armada para guerra por el mismísimo virrey Abascal en Perú. La expedición había salido de Cádiz el 6 de Mayo de 1816, había arribado a Arica el 8 de Septiembre, había desembarcado tropas que iban a la defensa del Virreinato, y luego había sido enviada para patrullar las costas chilenas en busca de naves enemigas y regresar al Perú si es que no encontraba ninguna (lo que efectivamente había sucedido). En esta expedición de regreso fue interceptada por Marcó del Pont, quien le pidió que se quedara en Valparaíso. El capitán de la Venganza, Tomás Blanco Cabrera, al no haber encontrado rastros de ninguna expedición enemiga, vaciló porque quedarse implicaba desobedecer las órdenes directas del virrey del Perú, pero Marcó del Pont le dijo que las noticias de la expedición enemiga eran ciertas, que Blanco Cabrera tenía sus órdenes al respecto, y al último se hizo responsable el Gobernador mismo de la orden, lo que terminó de convencer al escrupuloso capitán.

Comenzó entonces la preparación de la escuadra de Marcó del Pont. Lo que no estuvo exento de problemas: hubo incluso boches entre oficiales por quedarse a cargo de la Sebastiana. Frente a esto, Marcó del Pont le dio a Blanco Cabrera y a su nave la Venganza la supremacía de la expedición, además de carta blanca para obrar. Financiar la expedición fue otro dolor de cabeza, y Marcó del Pont sangró aún más el tesoro para ello. Trató de reclutar a Francisco Parga, el capitán de una nave mercantil llamada la Bretaña, pero éste, quizás advertido de cómo andaban las cosas, pidió condiciones exorbitantes, las que Marcó del Pont declinó, en conjunto con lamentarse acerca de cuán ingratos son los súbditos del Rey que se niegan a servir a Su Majestad en la hora de necesidad, etcétera. Después de todos estos trances, la flotilla finalmente zarpó hacia el sur a mediados de enero de 1817. En mala hora. Un mes después, el ejército patriota que había cruzado la cordillera de los Andes derrotó a los realistas en Chacabuco, y puso a Marcó del Pont en fuga: para esas fechas, las naves realistas estaban bastante al sur, e imposibilitadas de hacer nada útil. ¿Y la escuadra pirata que había zarpado en el Octubre anterior desde Buenos Aires? Nunca había existido: todo no había sido más que una inteligente maniobra de desinformación promovida por San Martín y su diligentísima red de espionaje, y Marcó del Pont se había tragado la carnada con anzuelo, sedal y caña completos...

jueves, 20 de septiembre de 2012

Códigos de los patriotas de Chile.


Entre 1814 en que la expedición del general español Mariano Osorio derrotó a los patriotas chilenos, y 1817 en que el Ejército de Los Andes derrotó al gobierno realista en la Batalla de Chacabuco, un rol esencial en la lucha por la independencia fue jugado por los guerrilleros. Estos fueron la resistencia contra las exacciones de los realistas en contra de los patriotas, y ayudaron a voltear los ánimos de los indecisos hacia la causa patriota, la que durante la llamada Patria Vieja (1810-1814) nunca había sido excesivamente popular más allá de los círculos santiaguinos. El más popular de estos guerrilleros e insurgentes fue Manuel Rodríguez, pero no fue de ninguna manera el único, aunque el más legendario debido a sus métodos.

Pero no hablaremos de éste ahora, sino de los peculiares códigos empleados por los guerrilleros. Parte importante de los guerrilleros era dar golpes selectos en contra de las fuerzas realistas para demostrar que eran gigantes con pies de barro, pero otra parte era propagar noticias favorables a los patriotas, para saltarse los medios de comunicación oficiales del gobierno, en particular un diario santiaguino llamado la Gaceta del Gobierno, fundado por Mariano Osorio durante su período como gobernador (1814-1815). Para esto, los guerrilleros debieron construirse una red de comunicaciones a prueba de realistas. Y eso implicaba, por supuesto, encriptar las comunicaciones. Algo que no podía hacerse de manera demasiado compleja debido a que muchos guerrilleros eran bandidos reclutados para la causa, y por lo tanto apenas manejaban las primeras letras, menos iba a pedírseles que retuvieran códigos criptográficos en la cabeza. Los códigos a utilizar debían ser entonces sencillos.

La solución a la que recurrieron estos guerrilleros fue sencilla. Simplemente, utilizaron palabras claves. De esta manera, quien leyera el mensaje y no estuviera en el secreto, vería solo un texto de interpretación algo rara, pero por otra parte nada que pudiera resultar incriminatorio para el portador. Así, "lluvias" significaba expedición, mientras que "nueces" se refería a soldados de infantería, "pasas" a soldados de caballería, y "uvas", soldados de artillería. "Higos" y "papas" eran victorias peruanas y derrotas españolas, respectivamente. Mientras que "tabaco" significaba eventual protección de ingleses. Sólo cabe preguntarse el cacao que sería cada mensaje al mezclar todos estos elementos... Los códigos parecen haber funcionado bien, empero, y de hecho sólo llegaron a ser descubiertos en años bastante posteriores a la Independencia, gracias al rescate de la correspondencia de gentes involucradas en el ajo, tanto en Cuyo desde donde el general San Martín aprestaba el ejército patriota para el cruce de Los Andes, como en las haciendas mismas de Chile.

domingo, 9 de septiembre de 2012

El juicio de residencia de Barrabás.


Ya hemos mencionado anteriormente en Siglos Curiosos que Chile tuvo el privilegio increíble de ser gobernado por... Barrabás. Bueno, no el Barrabás bíblico, por supuesto, sino por el ínclito Francisco de Meneses, cuyas tropelías y desmanes en su breve período como gobernador (1664 a 1668, aunque destituido de derecho a fines de 1667) hicieron bueno su sobrenombre. Ya hemos referido la trifulca que armó el susodicho nada más en su llegada a Chile, y para no desteñir, con trifulca también salió del cargo (cuando llegó el nuevo gobernador, Meneses básicamente intentó fugarse de Santiago a Concepción para usar el ejército de Arauco en un autogolpe de estado). Meneses fue apresado, y entonces comenzó el tema del juicio de residencia. Por si el amable lector no conoce o no recuerda el dato, el juicio de residencia era el procedimiento por el cual los altos funcionarios hispánicos debían entregar cuentas de su administración, y en donde por supuesto se exponían a que los perjudicados con la misma le demandaran, incluyendo la posibilidad de recobrar bienes que el gobernador hubiere confiscado para sí. Figúrense lo que significó el juicio de residencia para Barrabás... bueno, no se lo figuren, acá lo escribiremos con algún detalle.

En realidad, el juicio se complicó debido a que Meneses había creado un buen grupo de parciales durante sus tres años, con los consabidos métodos del que defrauda a tutiplén la hacienda pública, claro está. Y estos partidarios estaban muy interesados en que Meneses saliera bien librado, porque de lo contrario ellos mismos deberían restituir lo mal habido. Pero los perjudicados por Meneses eran tantos, que durante los siguientes tres años el caso Meneses ocupó toda la atención de los notables chilenos. Para evitar males mayores, el visitador Lope Antonio de Munive dispuso que Meneses fuera trasladado a Córdoba, en la región de Tucumán (entonces, recordemos, dependiente de la gobernación de Chile). Un fraile de la época nos deja esta perla sobre el alcance de la corrupción de Meneses y sus acólitos: "Hallábase con un millón de hacienda: no había en todo el reino de Chile, oro, plata, alhajas ni cosa preciosa que ya no parase en su poder. Su caballeriza se valoraba en cincuenta mil ducados: los frenos y estribos de plata los despreciaba por comunes y los mandaba labrar de oro: sus vajillas eran inestimables por lo rico y abundante". Exagerado, sin duda, pero da una buena idea de la impresión que el pillaje de Meneses dejó en sus sufridos gobernados.

En paralelo al juicio de residencia de Meneses, se le siguió otro a don Angel de Peredo, quien había desempeñado la gobernación de Chile de manera interina ANTES que Meneses, pero que aún no había sido sometido a residencia porque Meneses se había ensañado persiguiéndole con desprecio de toda legalidad. Peredo había sido un gobernador intachable y su juicio de residencia, que duró un año, terminó también ANTES que el de Meneses: fue recompensado con la gobernación de Tucumán, en donde fallecería algunos años más tarde, muy querido de sus gobernados. Camino a Tucumán, la expedición de Peredo debía cruzarse con la de Meneses, que el intertanto era llevado desde Córdoba a Santiago: consiguió Meneses a última hora que su ruta se desviara, para no sufrir la humillación de pasar en cadenas frente a su antiguo perseguido. Mientras tanto, Munive hacía lo imposible por embargar cuanto bien mal habido estuviera en poder de los partidarios de Meneses: se afirma que a tanto llegaban las exacciones, que el monto de estos embargos casi paralizó la vida económica nacional de Chile. El rigor de la persecusión fue morigerado por las influencias de los amigos de Meneses, y en particular de la familia de su esposa, doña Catalina Bravo de Saravia, que podía mover muchas influencias en Santiago. Meneses por su parte fue enviado a Arica primero, a Lima después, y a Trujillo al último, lugar en donde se le permitió a su esposa reunirse con él. Meneses falleció en esta última ciudad en 1672, el mismo año en que su causa judicial llegó al Consejo de Indias: pasaría aún otra década antes de que el Consejo de Indias terminara de procesar el expediente de Meneses (que estuviera muerto y por lo tanto fuera un tanto inoficioso aplicarle pena de cárcel, no significa que no debiera seguirse el juicio en atención al destino de los bienes e indemnizaciones que correspondieran al respecto).

Digamos para terminar algunas palabras sobre la familia de Meneses. Doña Catalina Bravo de Saravia era mucho más joven que Meneses, y le sobrevivió incluso hasta ver el cambio de siglo, viviendo con sus hijos de manera bastante desahogada en Lima. Uno de sus hijos salió astilla del mismo palo: Francisco de Meneses y Saravia. Nacido en Chile en 1666 o 1667, fue nombrado corregidor de Riobamba en la provincia de Quito. Para tapar sus exacciones y defraudaciones huyó a España, en donde valiéndose de sus relaciones y encanto personal obtuvo el cargo de Presidente de la Real Audiencia en Bogotá, lo que motivó nuevas acusaciones de corrupción. Sus dos hermanos, Fernando de Meneses y Bravo de Saravia y Alonso de Meneses y Bravo de Saravia, por su parte, ya bajo la administración de los Borbones, llegaron a ser gobernadores de Yucatán...

jueves, 6 de septiembre de 2012

¡Barrabás Gobernador de Chile!


Muy despreciado y despreciable tiene que ser una persona para que en un medio tan profundamente católico como el Chile colonial, y aún el resto del Imperio Español, el mote que le acompañe desde joven sea "Barrabás". Y éste era el apodo que se había ganado con sus... er... barrabasadas, don Francisco de Meneses. Este hombre había hecho carrera en el ejército español, y combatido en Italia y Flandes, ganándose en este último lugar el aprecio de don Juan José de Austria. En 1663 recibió el nombramiento como Gobernador de Chile. En mala hora para Chile. La pura crónica de su llegada ya es una historia de ésas que solemos postear por acá en Siglos Curiosos.

Los mayores avatares de la peripecia fueron causados, era que no, principalmente por el carácter arrogante e impetuoso del personaje de marras. Meneses estaba obsesionado con que el capitán y el armador de la nave querían hacer contrabando, cosa que podría ser verdad o podría ser que no, habida cuenta de las condiciones del, ehm, "comercio" "legal" marítimo de la época. Partieron el 12 de Abril a Buenos Aires, y por el camino, Meneses se las arregló para hacer del crucero un infierno para todos, refregándole a todo el mundo que no le hacían suficientes honores como su rango exigía.

El 27 de Julio arribaron a Buenos Aires. Entonces, Meneses se emperró en quedarse a bordo de la nave, dispuesto a llegar a Chile vía Estrecho de Magallanes. La idea era muy mala, porque en la época Cuyo era todavía parte de Chile, y por lo tanto arribar a Santiago por la pampa argentina era una buena manera de conocer tales tierras que después eran un tanto descuidadas por los gobernadores de Santiago, y además porque el Estrecho de Magallanes tenía y tiene reputación de navegación difícil. Ni la acción combinada del Obispo de Buenos Aires y del Gobernador de Tucumán consiguieron convencer a Meneses. La situación adquirió ribetes dramáticos cuando Meneses se puso tan pesado, que la nave no tuvo otro remedio sino que zarpar con él, a lo que la artillería de tierra replicó disparando sobre la misma. Para insistir en lo obvio: los cañones de costa le disparaban a la nave que llevaba al futuro gobernador de Chile... por desobediente. La nave acabó varada en un banco de arena, y Meneses debió desembarcar con la cola entre las piernas. Por el momento.

Una vez en tierra, Meneses resultó tan complicado y pendenciero, que las autoridades de Buenos Aires le pusieron una guardia a su alrededor, supuestamente por protección, pero en realidad por arresto domiciliario. Después de su partida, ahora sí que por tierra, el 1 de Diciembre llegó a San Luis de Tucumán, ciudad argentina en la actualidad pero que en esa época era la ciudad (o poblacho más bien, hablamos de 1663 después de todo) más oriental del territorio chileno. Allí, aunque estaba prácticamente en un caserío, se hizo recibir de inmediato como Gobernador de Chile, aunque por supuesto aún no había jurado según protocolo. El 13 de Diciembre alcanzaba Mendoza, y allí dictó sus primeros actos de gobierno, dando patente del atolondramiento que iba a ser el resto de su gobernación. Finalmente, el 23 de Enero de 1664 entró en Santiago de Chile, pero gracias a una triquiñuela administrativa, consiguió obrar como gobernador en pleno sin pasar por lo que él parecía considerar la humillación de tener que prestar juramento de su cargo ante el Cabildo de Santiago, como correspondía por procedimiento. Se inició así una gobernación cargada de anécdotas muy sabrosas para la posteridad, pero muy desafortunadas para la pobre Gobernación de Chile, que debió soportar a semejante personaje con santa paciencia (y a veces no tan santa y no tan paciencia) hasta 1667. Baste decir por ahora que la cantidad de cargos que le levantaron con ocasión de su juicio de residencia fue tal, que al fallecimiento del susodicho en 1672 todavía no había recibido sentencia.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El escándalo de la fragata Scorpion.


Uno de los más sonados escándalos en la historia chilena que involucran abuso de autoridad (y de ésos hay una tonelada), es probablemente el relacionado con el de la fragata Scorpion, en los años inmediatamente anteriores a la independencia. De hecho, este escándalo ayudó en gran medida a catalizar los sentimientos patrióticos en la gente, debido a que en medio del ajo estaba nada menos que el Gobernador de Chile, a la sazón Francisco Antonio García Carrasco. En la época, el contrabando era una actividad muy lucrativa en las costas del Imperio Español debido a las restricciones comerciales impuestas por la metrópoli, sumadas a la pujanza del comercio francés e inglés, buscando abrirse nuevos mercados, aunque fueran un mercado negro. Por otra parte, parece ser que más allá de sus actividades ilegales, Tristán Bunker el capitán de la Scorpio era un hombre de honrar sus compromisos. La fragata Sorpion navegó varias veces los mares australes como ballenero, pero a la larga terminó abandonando debido a que habían mayores beneficios en el contrabando. El contacto en Chile era Enrique o Henry Faulkner, un médico afincado en Quillota, de origen inglés o estadounidense a según la fuente. Bunker y sus armadores ingleses arreglaron entonces el envío de un contrabando por ochenta mil libras esterlinas en paños y telas de hilo (sí, ésas cosas se contrabandeaban en aquellos años). En 1808, la nave emprendió un viaje de tres meses desde Plymouth en Inglaterra hasta Topocalma, en la costa de Colchagua en Chile. Una vez arribado, Bunker mandó llamar a Faulkner desde Quillota a Topocalma, para concretar la transferencia del contrabando. El correo fue un hacendado local llamado José Fuenzalida Villela, quien jugó a dos bandas: mandó avisar a Faulkner, en efecto, pero también avisó a un funcionario español llamado Francisco Antonio Carrera.

Resultó entonces que entre los tres (Faulkner el comprador, Fuenzalida el hacendado y correo, y Carrera el funcionario) se coaligaron para hacerle una quitada a Bunker. El pretexto era que, estando la Scorpio en actividades de contrabando, podía hacerse presa de la nave y su contenido... sin pagar por el mismo, claro. Para ganar tiempo mientras sus compinches se movilizaban a Colchagua, Fuenzalida le dijo a Bunker que sacara la Scorpio a mar abierto y navegara un poco más, e incluso le ofreció algunas vacas para que los marinos se alimentaran por un tiempo. Bunker, sin sospechar lo que se le venía encima, aceptó de buena fe. En paralelo, para asegurar el golpe, Carrera envió a Fuenzalida con cartas oficiales para entrevistarse nada menos que con el Gobernador de Chile, Francisco Antonio García Carrasco, quien de esta manera también quedó metido en el complot. García Carrasco debió apurarse en echar a andar la quitada porque en el intertanto la autoridad aduanera a cargo de Manuel Manso se había dado cuenta de que andaba una fragata sospechosa dando vueltas. Si la aduana intervenía, era obvio que la quitada se iba al diablo. A tanto llegó el doblez, que cuando Fuenzalida empezó a experimentar algunos escrúpulos de conciencia, sin querer retirarse del proyecto pero al menos dejarle algo a Bunker por su corrección en los tratos, entre los otros conjurados empezaron a darle pistas falsas para dejarlo fuera de la operación, a pesar de que el propio Fuenzalida la había financiado en su mayor parte de su propio peculio.

El golpe finalmente se concretó el 13 de Octubre, fecha en que la Scorpion arribó a Quilimarí para concretar finalmente la entrega del contrabando, contra el cual se cargaría la fragata con plata y cobre. Los metidos en la conjura consiguieron convencer a Bunker, que algo sospechaba, de que todo marchaba perfectamente, lo hicieron bajar a tierra, y le ofrecieron una opípara cena. Una vez allí se suscitó un griterío. Un testigo presencial citado por el historiador Diego Barros Arana dijo: "El capitán se levantó de su asiento, pero inmediatamente recibió una puñalada por la espalda. (...) Bunker, aunque herido, alcanzó a salir afuera para ganar los botes, pero fue alcanzado y asesinado. Entonces fue desnudado, y amarrándole un lazo a una de sus piernas fue arrastrado a corta distancia y arrojado a un hoyo que parecía hecho a propósito para él. A mí me parecía que todavía daba señales de vida, y quise acercarme a él, pero no me lo permitieron. Yo pude ver esto a la luz de cuatro faroles y del fuego de una fogata". Varios marineros de la Scorpion fueron masacrados, y la nave remitida a Inglaterra.

La cosa se puso fea cuando Manuel Manso, como encargado de la aduana, determinó que estando España e Inglaterra bajo armisticio, no correspondía la presa de la Scorpion como nave enemiga sino apenas su comiso. Con esto, se iba al traste la maniobra de los conjurados para apoderarse del contrabando. García Carrasco hizo entonces valer su condición de Gobernador de Chile y dando un golpe de autoridad, sin consultar a administración o tribunal alguno, declaro por sí la presa, y se repartió la misma entre los apresadores. El escándalo fue mayúsculo: mientras que los hechores materiales estuvieron en un tris de ser linchados en las calles de Valparaíso a los gritos de "¡Asesinos!", en Santiago los notables empezaron a moverse para que los tribunales aclararan el enredo y establecieran responsabilidades. Cuando la noticia llegó a España, el gobierno estaba radicado en la Junta de Cádiz, que apoyó las acciones de García Carrasco, basadas en un oficio del propio Gobernador... hasta que llegaron informaciones paralelas por parte de los vecinos de Santiago e incluso desde el mismísimo gobierno de Inglaterra. Por desgracia, cuando la Junta de Cádiz dio la orden de restituir los bienes mal habidos, ya era el 23 de Abril de 1811, y el Gobierno de España ya no tenía injerencia en los asuntos de Chile, que a la sazón estaba en manos de la Junta de Gobierno. Para cuando los españoles reconquistaron Chile en 1814, muchos de los involucrados ya se habían puesto a buen recaudo tanto ellos como el botín. Menciona don Augusto Poblete Solar en su obra sobre Quillota ("Quillota: Sus escritores, su pasado y su gente"), que Faulkner llegó a ocupar la Gobernación de Quillota en 1823, y que en 1844 se compró un fundo llamado Santa Teresa...

jueves, 15 de septiembre de 2011

Culebrón de un historiador chileno.


¿Quién dice que la vida de un historiador tiene que ser aburrida? A la de Vicente Carvallo y Goyeneche no le faltan ingredientes para su propia teleserie. Vicente Carvallo y Goyeneche es considerado el último de los grandes historiadores que produjo el Chile del período colonial, y de hecho, fue soldado en la frontera con los mapuches. Valdiviano de origen, nació en 1742. Aunque abrazó la carrera de las armas, no pudo continuarla por su carácter: era jugador, mujeriego y díscolo.

Pero por otra parte, era un hombre siempre interesado en la lectura, y por lo tanto de gran cultura. Esto lo aprovechaba para escribir sermones por encargo de los frailes y los clérigos, con cuyos ingresos conseguía financiar las calaveradas que, probablemente sobre decirlo, lo tenían de manera permanente al borde de la bancarrota. O de cómo financiar las actividades del Diablo haciéndole trabajos a Dios...

El caso es que hacia 1780 se dio a escribir una gran obra histórica sobre Chile. Para su "Descripción Histórico-Geográfica" no sólo incorporó material de cronistas anteriores, sino que incorporó sus propias averiguaciones en la documentación que pudo consultar en los cabildos. Terminado su trabajo de investigación en Chile, Carvallo y Goyeneche pidió autorización a la corte de Madrid para viajar hasta allá y consultar los archivos reales, en busca de más información sobre Chile. La corte le concedió la autorización en 1791. Pero para desgracia del historiador, en la época el gobernador de Chile era Ambrosio O'Higgins, antiguo superior al mando de Carvallo y Goyeneche que conocía su carácter indisciplinado y mantenía una franca enemistad con él, y que temeroso de que éste aprovechara su viaje a Madrid para intrigar en la corte en su contra, se negó a darle autorización para el viaje.

¿Creen ustedes que eso iba a detener a Carvallo y Goyeneche? Por supuesto que no. Su remedio fue cortejar a una viuda rica y añosa llamada Mercedes Fernández, con quien contrajo rápido matrimonio. Luego del cual, por supuesto, se fugó desde Chile dejando atrás a la afligida viuda y llevándose los dineros de la misma. Furia redoblada del Gobernador y del mismísimo Rey, que ordenaron su captura inmediata. Pero Carvallo y Goyeneche se las arregló en la corte para lograr el perdón real, y pudo seguir sus investigaciones en España, aunque por desgracia no obtuvo el acceso a los archivos. Finalmente se radicó en Buenos Aires, ciudad en la que fallecería en 1816. Con todo, su opus magna permaneció inédita durante más de medio siglo, hasta ver la luz finalmente en tres tomos publicados en 1875 y 1876...

domingo, 28 de agosto de 2011

Francisco de Vitoria el anticolonialista.


Los pensadores españoles del siglo XVI por supuesto que no podían permanecer ajeno al enorme cambio histórico que significó la conquista de América, y los distintos conflictos que esta conquista presentó. En este medio, el teólogo Francisco de Vitoria (hacia 1492 - 1546) fue uno de los más importantes promotores del derecho de gentes, y un enorme crítico de la colonización española, al menos en sus grados más extremos.

Para entender el pensamiento y la mentalidad de Vitoria, primero hablemos de los argumentos clásicos para justificar la legitimidad de la conquista de América. En la Edad Media, se entendía que la legitimidad arrancaba de Dios, que la había delegado en el Imperio Romano (y el Sacro Imperio Romano Germánico, continuador del anterior según lo consideraba el derecho medieval europeo) y la Iglesia Católica, para que rigieran el mundo entero en su nombre. Ese era el marco jurídico que había tenido en mente la Bula Intercaetera de 1493, documento legal por el cual el Papa había repartido el mundo no europeo en dos esferas de influencia, una para España y la otra para Portugal. Por lo tanto, la conquista de América era aceptable si se emprendía contra paganos que se resistían a la evangelización, y además tenían instituciones que eran incompatibles con el Imperio. Vitoria criticó ácidamente este concepto del "dominium universal", porque en su concepto, el dominio romano no fue objeto de ninguna legitimación divina, sino obra de la violencia y la astucia. Por lo mismo, argumenta Vitoria, el Papa no tiene injerencia legítima alguna en los asuntos temporales. De esta manera, Vitoria desmonta la autoridad universal que se arrogaban tanto el Emperador como el Papa. La bula de 1493, según Vitoria, sólo autorizaba al Emperador a enviar misioneros piadosos que predicaran el cristianismo o se ofrecieran a los líderes locales como consejeros, sin poder para tocar sus bienes o modificar sus instituciones.

Respecto de este punto, debemos tener en cuenta que Vitoria tiene una visión que hoy día llamaríamos de "tolerancia multiculturalista" respecto a los indígenas. Los defensores del imperialismo español se basaban también en la imperfección (según ellos) de las instituciones indígenas. O sea, invadirlos, derrocar a sus reyes y someterlos a la esclavitud de hecho que era el trabajo de encomiendas, era hacerles un favor porque significaba llevarles las instituciones hispánicas, que eran mejores y superiores. Contra esto, Vitoria argumenta que los indígenas no son inferiores ni "esclavos por naturaleza", sino miembros de la comunidad humana por pleno derecho. Y habiendo instituciones en que "el orden está establecido y mantenido", y que tienen "magistraturas, leyes, cuerpos de oficios, cambios", etcétera, además de una religión propia (pagana, pero propia), atacarlos en realidad es pillaje y saqueo sin más. También ataca el argumento común de que en tierras de indios había bienes insuficientemente explotados, y la conquista permitiría que esos bienes fueran explotados y favorecieran la economía y las finanzas (¿qué dirían si ustedes tuvieran una casa que no ocupan ni arriendan por el motivo que sea, y que basándose en eso, un cualquiera se introdujera y dijera que le pertenece porque se está perdiendo? Piénsenlo un minuto). Tampoco acepta el argumento de la evangelización porque la conversión por la violencia es nula, e incluso resulta sacrílego "acercarse a los misterios bajo el único influjo del temor servil". Vitoria opone al "derecho de sangre" el "derecho de lugar", lo que significa no sólo que se opone a que los nativos sean conquistados por los españoles por la violencia, sino también se opone a la expulsión de los judíos y moriscos de España.

Lo cierto es que, a pesar de sus buenas intenciones, Vitoria no tuvo mayor éxito en parar la maquinaria bélica española, que de hecho se impuso casi sin contrapeso sobre todos los grandes poderes desde el Río Bravo hasta la Patagonia. Pero sus argumentos quedaron, y algunos de los problemas teológicos, jurídicos y éticos que Vitoria abordó y debatió, por desgracia siguen siendo bastante actuales (¿a alguien le suena eso de que es legítimo invadir a otro pueblo porque sus instituciones no son lo suficientemente buenas o porque alguien tiene que explotar sus recursos...?).

jueves, 25 de agosto de 2011

Luces y sombras de Bartolomé de las Casas.


Fray Bartolomé de las Casas es probablemente uno de los personajes más característicos del siglo XVI español. Ha pasado a la Historia como un idealista e incluso casi como un precursor de lo que podríamos llamar "derechos humanos". Al menos el derecho de gentes le debe no poca cosa. Y sin embargo, también ha sido cuestionado en más de algún respecto.

Nacido en 1474, llegó a Santo Domingo con unos 28 años, en 1502. Allí, contra lo que cabría esperar, Bartolomé de las Casas no tuvo mayor empacho en participar en la explotación del oro. Porque las Casas no fue exactamente un tipo entregado a su causa desde el primer día, y el proceso mental y emocional por el cual fue compadeciéndose de la suerte de los indios salvajemente explotados por los españoles, fue algo lento. Sus primeros escritos, de hecho, no aparecen sino hasta 1514. Y saltó a la defensa de los derechos de los indios únicamente después de haber probado varias prudentes soluciones "de compromiso", y verlas fallar una detrás de otra.

Con todo, no puede desconocérsele que cuando abrazó la causa, las Casas se movió por ella. En tiempos en que cruzar la Mar Océana no era precisamente un paseo de fin de semana, emprendió doce viajes de ida y de regreso para presentarse ante la Corte de España por un lado y para defender a los indios en terreno por el otro. En sus libros denunció abiertamente las atrocidades que los españoles cometían contra los indios, aunque es probable que cargara las tintas, ayudando a crear la famosa "leyenda negra" de la conquista. Le arrancó también a Carlos V unas leyes para proteger a los indios y moderar el rigor y la arbitrariedad de las encomiedas, aunque éstas llegaron en 1543, o sea, cuando ya la mayor parte del daño contra los nativos estaba hecho, y poblaciones enteras habían sido arrasadas.

Como obispo de Chiapas, Bartolomé de las Casas aplicó en terreno su enconada defensa de los indios, enemistándose con colonos y gobernadores por igual. Sin embargo esto, que debería enaltecerlo como persona, queda manchado por un baldón: para proteger a los indios, propuso la importación de mano de obra negra desde Africa. El razonamiento es que los africanos eran más grandes y robustos que los indios, y por lo tanto soportarían mejor el trabajo físico. Es cierto que la labor de las Casas ayudó a morigerar las atrocidades contra la población india de América, pero a cambio, ayudó a introducir la nueva atrocidad de la trata de negros en el continente...

jueves, 7 de octubre de 2010

El hercúleo Antonio de León Pinelo.

Cuando se habla de héroes, tiende a pensarse en conquistadores militares, en científicos, en santos, etcétera. Pero nadie pensaría adjudicarle la etiqueta de "héroe" a un historiador y jurista, o sea, a un ratón de biblioteca especializado en dos disciplinas tradicionalmente consideradas como la aridez en persona. Pero si alguien en la Historia Universal se merece el crédito, ése sea probablemente el jurista español Antonio de León Pinelo (hacia 1595-1660). Antonio de León Pinelo nació probablemente en Valladolid, hacia el año 1595. Dejó un variado ramillete de obras con reflexiones históricas, teológicas y jurídicas: debe recordarse que en el Imperio Español de aquellos tiempos, ambas tres actividades generalmente iban ligadas unas a las otras. Pero la obra que inmortalizó a León Pinelo fue haberse enfrentado a la horripilante maraña conocida con el genérico nombre de "legislación indiana", y haberla reducido a una compilación general que más o menos pudiera ser utilizada.

Cuando el Imperio Español conquistó América, se hizo de golpe con una serie de situaciones geográficas, históricas, demográficas, sociales, políticas y culturales para las cuales la legislación castellana (la de Castilla), a medias basada en las Siete Partidas de Alfonso X (del siglo XIII, o sea, semiobsoletas para la nueva realidad moderna e imperial) y a medias consuetudinaria, era incapaz de proporcionar respuestas. A las prisas y corriendo, la principal arma legislativa utilizada por la Corona fue la "cédula", decretos reales que desde la metrópoli regulaban las situaciones puntuales que se presentaran. El problema se agudizó por la intención de la Corona (como lo declaró explícitamente Felipe II en 1571) de imponer la legislación metropolitana a todas las colonias casi de manera uniforme, algo que bien pronto se reveló como imposible. Ya en 1582 hubo un intento por compilar el cedulario completo de la legislación indiana, intento que terminó abortado.

A comienzos del siglo XVII, Antonio de León Pinelo abordó la ímproba tarea. A diferencia de otras tareas semejantes, que se trabajaron más o menos en comisión, León Pinelo lo hizo casi en solitario (podemos suponer que con algún asistente al menos, o de lo contrario no se explica cómo diablos llegó a tener éxito). El encargo se lo hizo el Consejo de Indias en 1624, y empleó diez años de su vida en la faena. A la fecha, León Pinelo hubo de revisar nada menos que ¡¡¡400.000!!! cédulas reales, las cuales, en un trabajo de diez años, dejó reducidas a apenas 11.000. Saquemos algunas cuentas. Digamos que trabajó solo, e invirtió sólo ocho años en leer las cédulas (ya no digamos en hacer una segunda selección, etcétera). Si le consideramos trabajando todos los días, domingos, feriados incluidos, sin darse un solo día de descanso, sin haber interrumpido su labor por enfermedad o por alguna otra causa, resulta que habría estado trabajando leyendo (sólo leyendo) algo más de 130 cédulas al día, día tras día, monótonamente, durante casi 3000 jornadas. Esto da una idea de lo hercúleo que fue la tarea del heroico León Pinelo. Las 11.000 cédulas que integraron la obra definitiva representan menos del tres por ciento del material de trabajo contra el cual León Pinelo debió lidiar (si asumimos que leyó 130 cédulas al día durante ocho años, un tres por ciento representa más o menos tres o cuatro cédulas aprovechables al día, y todo el resto a la basura).

Desgraciadamente, la consabida inepcia burocrática del Imperio Español hizo que los alcances de la obra de León Pinelo fueran más bien limitados. La obra quedó lista en 1635, pero la versión revisada en cuatro volúmenes fue publicada recién en 1681 (León Pinelo llevaba a la sazón su par de décadas muerto). Huelga decir que en el casi medio siglo intermedio, un aluvión de nuevas cédulas habían sido dictadas, sin otro nuevo intento de sistematización. La última intentona se produjo en los albores del siglo XIX, por iniciativa de Carlos IV de España, y aunque hubiera llegado a buen puerto, hubiera sido inútil, porque la independencia de Latinoamérica estaba ya empezando a aparecer en el horizonte.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Recibir el pago de Chile.


Del sentimiento de amor y odio que muchos chilenos sienten por Chile, una de las más curiosas expresiones populares es la que habla de "recibir el pago de Chile", o del "pago de Chile" a secas. Recibir el pago de Chile es simplemente sufrir la ingratitud de quienes han recibido un servicio provechoso, no sólo siendo ignorados o ninguneados, sino incluso castigándoles y maltratándoles cuando se puede prescindir de sus valiosísimos servicios. Recibió Bernardo O'Higgins el pago de Chile, cuando después de tantos servicios prestados a la Patria durante su independencia y su gobierno, los aristócratas lo enviaron al exilio y jamás le permitieron volver. Y creen sufrir el pago de Chile muchos políticos que se amargan de que las cosas no se hagan exactamente como ellos quieren porque otras gentes se les oponen... Como suele ocurrir, no hay claridad sobre el origen de la expresión, y a falta de una, hay dos teorías sobre su génesis.

La primera de ellas se remonta a los tiempos de la administración colonial hispánica. Estando Chile ubicado en la periferia del Imperio Español, los pagos muchas veces se retrasaban, los cobros se rechazaban, y las alegaciones no tenían fruto alguno. Empezó así a hablarse de la "paga del Rey". Pero cuando se produjo la independencia, las cosas no anduvieron mejor con la burocracia estatal, en parte por lo extensísimo y accidentado del nuevo territorio a gobernar, y en parte por pura y simple desidia gubernamental. De manera que el "pago del Rey" se transformó en el "pago de la Patria", y de ahí pasó a ser "el pago de Chile".

Pero el historiador Benjamín Vicuña Mackenna consigna otra versión. El dicho se habría originado en Lima, capital del Virreinato del Perú, al cual debía sujetarse administrativamente la Capitanía General de Chile. En ese tiempo Chile era la frontera misma del Imperio y no había más allá nada que no fueran los combativos mapuches. Además, a diferencia de la rica y señorial Lima, capital del Virreinato adornada con los ojos de sus hermosas damas limeñas, las ciudades chilenas no eran más que bucólicos villorrios en los cuales nunca sucedía absolutamente nada de comento. Y para colmo, la soldada llegaba tarde, mal y nunca. Dentro de la esfera militar, Chile era así el lugar de castigo al cual enviar a todo aquel que resultara demasiado incómodo en Lima, y pronto cualquier militar que se saltara repetidas veces la disciplina o tuviera la mala ocurrencia de meterse con la hija del que no debía, acababa recibiendo "la paga de Chile", o sea, enviado al peor destacamento posible dentro de la jurisdicción del Virreinato...

domingo, 7 de septiembre de 2008

Apuntes sobre la siesta colonial chilena.


Muchas veces se ha detallado la vida de Chile bajo la férula española (1541-1810) como una especie de larga "siesta colonial". Y en verdad mucho había de cierto en ello. En Chile no había demasiada actividad de ningún tipo, ni cultural, ni económica, y apenas existía el arte de la visita social, las reuniones en las casas, o las escapadas a las ramadas a bailar zamacueca. Chile entero estaba en manos de un puñado de latifundistas que, por cierto, vivían en el más completo de los ocios. De ahí que se extendió la costumbre de la siesta colonial. Los viajeros extranjeros que visitaron a Chile durante el siglo XIX, se quedaban asombrados de que, entre las dos y las cinco de la tarde, no circulara absolutamente nadie por las calles de Santiago. Algo que podría justificarse si Chile tuviera un clima cálido y tropical como el de Brasil o el Caribe, pero con su clima templado, un tanto lluvioso y más bien frío... En aquellos años, era lugar común afirmar que en la hora de la siesta sólo los perros y los ingleses andaban por la calle.

Y no es la única expresión lexicológica que quedó en el vocabulario chileno para la posteridad. En aquellos años no se usaban pantalones, sino que fieles a la usanza aristocrática del Antiguo Régimen, los varones usaban calzas apretadas. Como la siesta después del almuerzo era larga, usualmente se quitaban las calzas. De ahí viene la expresión "dormir a calzón quitado", como sinónimo de tener un sueño profundo e imperturbable. Otra expresión quizás también nacida de aquí es la de "dormir a pierna suelta", esto es, dormir sin calzas.

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