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jueves, 23 de agosto de 2012

Donde los molinos van a descansar.


...en el sentido de disfrutar un tranquilo retiro, entiéndase. Todos sabemos que la estampa viva de Holanda son los campos de tulipanes y los molinos, ¿verdad? Bueno, estuvo a punto de no ser así. Aunque acá en el Tercer... er... el Segundo Mundo y medio nos quejemos de falta de conservación y etcétera, en Europa durante una época tampoco lo hicieron mucho mejor (dejar Europa hecha unos zorros a punta de dos guerras mundiales no es la gran ayuda tampoco). Retrocedamos en el tiempo hasta la Edad de Oro de la República Holandesa. Entre 1568 y 1648 los holandeses libraron una guerra a brazo partido por su independencia respecto del Imperio Español (aquello de poner una pica en Flandes, etcétera), y el impulso y energía que sacaron de ello los llevó a convertirse en la gran potencia industrial y científica del siglo XVII. En la época, en la ribera del río Zaan comenzaron a surgir molinos como setas: puede considerarse esta región como el primer "barrio industrial" del mundo, ya que se aglutinaron nada menos que un millar de molinos de viento. Me imagino a esos adustos puritanos calvinistas discutiendo acerca de la crisis energética, con la salvedad de que un molino es "energía renovable"...

Pero el progreso siguió... bueno, siguió progresando, y los molinos como fuente energética quedaron obsoletos: además, conservarlos era oneroso, y estaban en el camino de las ciudades cada vez más crecientes, y en Holanda muy crecientes por la falta de espacio (Holanda, hoy en día, con sus 496 habitantes por kilómetro cuadrado, es la nación número 24 en densidad poblacional del planeta). De manera que comenzó la demolición maratónica de molinos. Finalmente, en la década de 1920 los vecinos de Zaanstreek se organizaron para rescatar la última veintena de ellos que malamente se las arreglaban para sobrevivir. La asociación que nació de esta iniciativa se encargó de reubicar a varios molinos a orillas del río Zaan. En 1925 nació Zaanse Schans, un museo al aire libre en donde pueden ser visitados estos molinos.

No se crea que los molinos allí relocalizados son solamente para fabricar harina. De Zoeke ("El Buscador"), erigido en 1672, y el primero en ser rescatado (una grúa y un barco movieron sus orondas 18 toneladas, en lo que ciertamente es un prodigio de ingeniería) muele nueces y semillas para fabricar aceite. No es el único: tiene otro compañero aceitero llamado De Bonte Hen ("El grupo variopinto"), construido en 1693 y restaurado en la década de 1970. De Huisman se llama así ("El Especiero") porque muele diversas semillas de especias, y más en concreto, mostaza (hubo una época en que molía... tabaco). De Kat ("El Gato") es el único molino del mundo dedicado a la producción de tinturas y pigmentos, y por alguna razón es el que más me simpatiza del lote. Het Jonge Schaap ("La Joven Oveja") por su parte es un aserradero, aunque como su nombre revela, no es un original: fue construido entre 2005 y 2007, a imitación de uno más antiguo erigido en 1680 y demolido en 1942 (ayudó que antes de ser demolido, un ingeniero tomó algunas medidas y levantó algunos planos, parece ser que por amateurismo y sin que nadie se lo pidiera... por suerte para los restauradores y la posteridad).

Estos vetustos testigos de otros tiempos para Holanda, ya no sólo trabajan sino que además son atracciones turísticas. Alguno que otro es de entrada liberada, y el valor para entrar a los otros es de 3 euros (a cada molino, entiéndase). Y la atracción es potente: cerca de un millón de turistas al año se pasean entre estos supervivientes de la Historia.

domingo, 15 de enero de 2012

Las ciudades jardín de Ebenezer Howard.


Nadie duda de que las ciudades fueron un invento genial para desarrollar la civilización, pero también se transformaron en focos de mucha miseria y malestar. Las ciudades en la Inglaterra industrial del XIX lo fueron en grado sumo. El ministro de culto Andrew Mearns escribió en una ocasión, respecto de los barrios en que rondaba Jack el Destripador: "Cada habitación de esas vecindades podridas y malolientes alberga una familia, a menudo dos. ¡Un inspector sanitario reportó haber encontrado en un sótano al padre, la madre, tres niños y cuatro cerdos!... En otro sitio había una pobre viuda, sus tres hijos y un niño que llevaba muerto 13 días". Un político municipal londinense describió la ciudad como "un tumor, una elefantiasis que alimenta su saturado sistema con la mitad de la vida, la sangre y los huesos de los distritos rurales".

En este clima es que encontramos a Ebenezer Howard. El personaje responde al prototipo de utopista victoriano de finales del siglo XIX. Estudió, se desempeñó en algunos trabajos menores, y viajó por Estados Unidos durante un tiempo, en donde se enamoró del romanticismo de la obra de Walt Whitman y Ralph Waldo Emerson. De regreso en Inglaterra se empleó como taquígrafo de los discursos del Parlamento de Inglaterra, oficio en el que permaneció el resto de su vida. El único escrito que se conserva de él, aparte de los apuntes taquigráficos en comento, es un modesto folleto llamado "Garden Cities of To-morrow" (sí, con guión intermedio en un juego de palabras que significaría "hacia el día de mañana"), publicado por primera vez en 1898, y republicado con su título actual en 1902.

Ebenezer Howard postuló por primera vez en el mundo industrial moderno, algunos conceptos que de seguro el amable lector de Siglos Curiosos ya habrá escuchado en otras partes. Su idea era sacar a los habitantes de las urbes densamente pobladas hacia ciudades jardín autosuficientes. Literalmente autosuficientes: vivirían en casas con jardines en el centro, caminarían a trabajar en las fábricas periféricas, y serían alimentados por granjas ubicados en cinturones verdes alrededor, que además obrarían como muros invisibles contención para que la voracidad cementera de la ciudad no se desbocara sobre el pobrecito campo. Cuando una ciudad jardín alcanzara sus cinturones verdes (unos 32.000 habitantes, en la visión de Howard), sería hora de construir la siguiente.

El sueño de Ebenezer Howard resultó contagioso. No pasaron demasiados años antes de que surgiera Letchworth, la primera ciudad jardín según este concepto (construido a pesar de que muchos filántropos interesados, hicieron tira y afloja a cuenta de cuánto profitarían con el valor de la tierra si invertían en dicha localidad...). En 1907, una delegación de 500 esperantistas visitó el pueblo, y el propio Howard les dedicó un soñador discurso... en esperanto, por supuesto. Pero el sueño, muy bonito en tiempos de Howard, ha ido decayendo con los años. Contra la explosión demográfica, nada se ha podido. En 1947, Londres intentó contener su expansión urbana creando un cinturón verde, y lo mismo se hizo en Seúl en 1971. Pero la gente simplemente colonizó espacio más allá de los cinturones verdes, y las ciudades siguieron creciendo. Así, Brasilia fue diseñada en los '60s para que vivieran unas 500.000 personas, rodeados de un lago y un parque, pero medio siglo después, a dicha ciudad se le han sumado otros DOS MILLONES de habitantes más allá de esos límites impuestos a la ciudad. "Los cinturones han tenido el efecto de empujar a la gente más hacia afuera, a veces absurdamente lejos", dice el urbanista e historiador Peter Hall. En definitiva, el único remedio para tener ciudades de un tamaño controlado que pueda ser más o menos habitable, no pareciera pasar por obligar a la gente a vivir dentro de límites prediseñados y ciudades jardín prediseñadas, sino simplemente comenzar a implementar políticas de control de población, en un planeta cada vez más saturado, incluso reventado, de seres humanos multiplicándose de manera indiscriminada.

jueves, 14 de julio de 2011

¿Cientos de prisioneros en la Bastilla...?


Aquí en Siglos Curiosos no somos muy aficionados a las efemérides debido a que si la entrada se lee en un día distinto al correspondiente, a veces años después de la fecha de posteo, la ocasión queda desactualizada. Pero bien podemos hacer una excepción debida a la importancia histórica (más como hito simbólico que como suceso verdaderamente revolucionario) de la Toma de la Bastilla, que acaeció precisamente un 14 de Julio de 1789. De manera que, aquí vamos.

Aunque el acontecimiento asociado al actual Día Nacional de Francia es tan icónico que la fortaleza ha pasado a ser conocida como la Bastilla a secas, en realidad deberíamos referirnos a ella como la Bastilla de París ("Bastille de Paris" en francés), debido a que "bastilla" no es un nombre propio sino genérico: la palabra está relacionada con una antigua palabra provenzal, "bastida", que significa más o menos "fortaleza". En francés, su tipo de edificación se llama "bretèche", y se refiere a una fortaleza medieval de planta cuadrada y rectangular, y con forma que recuerda a una caja de zapatos, sin otras características arquitectónicas relevantes: cualquiera que haya visto un grabado de la "Toma de la Bastilla" sabe de lo que estoy hablando. El nombre completo del edificio en francés es "Bastille Saint-Antoine", que significa literalmente "la Fortaleza de San Antonio", en referencia a la puerta de San Antonio, que la fortaleza debía defender (al este de París en la época medieval, pero hundida dentro del área metropolitana de la ciudad en la actualidad).

La Bastilla adquirió una siniestra fama debido a que se asoció su ciclópea estructura con la temida arbitrariedad del poder real. Recordemos que en la época del Absolutismo, el rey podía enviar órdenes secretas de arresto contra cualquiera (las infames "lettres de cachet"), haciéndoselo desaparecer dentro de la Bastilla como en un Guantánamo cualquiera. Uno de los primeros prisioneros egregios de la Bastilla fue el arquitecto Hughes Aubriot, que construyó, ¿adivinan qué? Exacto, la Bastilla misma, en un extraño caso de justicia poética. Otros prisioneros ilustres fueron Nicolas Fouquet (uno de los candidatos al misterioso Hombre de la Máscara de Hierro), Voltaire y el marqués de Sade. Una vez dentro de la Bastilla podía salirse o no: en algunos casos la prisión era perpetua, pero pese a su siniestra reputación, muchos fueron excarcelados después de cumplir condena.

Por lo tanto, cuando el pueblo francés estaba exacerbado contra los privilegiados que trataban de sabotear los Estados Generales convocados por Luis XVI para salvar a Francia, volcaron su odio contra ese edificio que era el símbolo de poder. Lo suyo era casi una cruzada de liberación, ya que suponían que iban a encontrarse con numerosos prisioneros. La presencia de una nutrida guarnición (conformada por los "inválidos", o sea, por veteranos de guerra no aptos para el servicio militar activo) parecía confirmarlo. Pero una vez que los parisinos arrollaron a las defensas, le cortaron la cabeza a su gobernador y la pasearon por las calles ensartada en una pica, descubrieron que la cantidad de prisioneros ascendía a... siete. Y de ellos, no se sabe que ninguno fuera estrictamente político: había cuatro falsificadores, un noble, y dos locos. De uno de ellos sólo se pudo conjeturar que era inglés porque aparecía registrado bajo el apellido "White", pero el misterio de su identidad o la razón de su presencia en la Bastilla se perdió para siempre junto con su sano juicio. Uno de los más famosos prisioneros, el autor de escritos obscenos que era el Marqués de Sade ya no estaba presente: había sido transferido a un asilo mental algunos días antes...

jueves, 26 de mayo de 2011

¡Ciudad de México se hunde!


Al momento de escribir estas líneas en Siglos Curiosos, en el año 2011, Ciudad de México con sus cerca de 23 millones de habitantes, es la sexta ciudad en tamaño sobre el planeta (detrás de Tokio, Cantón, Seúl, Delhi, y Bombay, y siendo la más grande de América con un milloncejo sobre Nueva York). Pero por otra parte, la capital de México afronta la gran amenaza que representa... ¡el estarse hundiendo! Porque por una fatalidad histórica y geológica, Ciudad de México está condenada a ser la Venecia de América. Aunque no va a terminar debajo del mar (estar a sobre 2200 metros de su nivel ayuda un poco), sí que las consecuencias podrían ser dramáticas y catastróficas. De hecho, ya lo son, cada vez que la ciudad es azotada por un terremoto.

Repasemos para ponernos en contexto. Antiguamente, la región no era una planicie sino un lago: el Lago Texcoco, alrededor del cual surgieron varias ciudades, y en una de cuyas islas floreció Tenochtitlán, que integrando la Triple Alianza azteca, se transformó en la más importante ciudad de Mesoamérica. Razón de sobra para que los españoles la invadieran, conquistaran y arrasaran, edificando Ciudad de México sobre sus ruinas. Sin embargo, para hacer esto, no tuvieron mejor idea que desecar el lago Texcoco. El problema es que (y esto los españoles no podían saberlo) que el subsuelo entero del área está compuesto de montmorillonita, un silicato arcilloso relativamente raro que presenta una curiosa característica: se hincha con el agua, como si fuera una esponja. El problema es que, desecado el lago (y por lo tanto, detenidas las filtraciones al subsuelo), los mexicanos empezaron a sacar el agua del subsuelo mediante la excavación de pozos. Actividad que se agravó con el crecimiento de la población, en particular desde la oleada industrializadora en la década de 1930, ya que en los siguientes veinte años dicha población pasó de uno a tres millones (haciendo que se utilicen las aguas de los cauces fluviales cercanos... que ya no llegaban a la reserva acuífera del subsuelo). ¿Resultado? Al ir disminuyendo su capa de acuíferos subterráneos, la arcilla del subsuelo se encoge de tamaño, y el peso de los edificios (cada vez menos casas y más rascacielos) hace el resto, compactándola y hundiéndola a una tasa aterradora. Entre 1880 y 1938 el hundimiento fue a razón de cuatro centímetros anuales, pero en los '90s sobrepasó los 7 centímetros anuales, y en 2005 llegó a un récord de 9,2 centímetros (con todo, en 2007 disminuyó a "solamente" 6,1...).

Los resultados son dramáticos. En 1900 se construyó el Gran Canal de Desagüe para sacar agua de lluvia desde la Ciudad de México por un túnel subterráneo (las inundaciones por lluvias en una meseta como la Ciudad de México pueden ser catastróficas). Ya en 1950, la entrada del canal estaba SEIS METROS sobre la ciudad hundiéndose, y ya se habían implementado bombas para alzar el agua. El Palacio de Bellas Artes entregado en 1935, por su parte, en quince años su segundo piso ya estaba a la altura de la calle... ¡que también por su parte se había hundido lo suyo!

No hay dudas de que ser arquitecto o ingeniero en construcción en Ciudad de México es casi para ganarse un galvano al heroísmo. En los '60s, un ingeniero llamado Bernardo Quintana lo explicaba así: "Excavar el suelo para echar los cimientos de alguna obra es algo que destroza los nervios. Apenas empieza uno a cavar, la tierra rezuma y vuelve a llenar el agujero de la noche a la mañana, con lo que se inclinan los edificios vecinos, se hunden las calles hasta una manzana de distancia... y los perjudicados presentan una serie de demandas judiciales. Si se construye una ataguía alrededor de la obra, la tierra sube del fondo casi con la misma rapidez con que logra uno sacarla. Tiene uno pues que construir edificaciones que floten, o edificar sobre pilotes, o hacer ambas cosas"...

jueves, 10 de junio de 2010

La capital de Nueva York no es Nueva York.


Como suena. Si a la gente se le preguntara cuál es la capital de Nueva York, todos dirían, como si fuera la respuesta más obvia del mundo: pues, Nueva York, ¿verdad? Y la respuesta es un rotundo NO. Y no es una pregunta capciosa, tampoco. Porque podría pensarse que estamos hablando de la ciudad de Nueva York, y en ese caso la respuesta sería obvia: Nueva York no puede ser la capital de Nueva York porque una ciudad no puede ser capital de sí misma. Pero por otra parte, debemos recordar que Nueva York es uno de los 50 Estados de la Federación en Estados Unidos. Y el Estado sí debería tener una capital. Que, repetimos, no es Nueva York.

En realidad, si en la fecha actual un Presidente de los Estados Unidos decidiera corregir el mapa administrativo de su país, relocalizaría la capital de Nueva York en Nueva York precisamente, que no por nada es la ciudad más importante del Estado, y por fuerza tiene que serlo, siendo también probablemente la ciudad más importante del mundo, entre otras cosas porque importantísimos aportes a la cultura mundial como Woody Allen o "Sex and the City" han salido de allí. Pero no es la capital por razones históricas, y he aquí donde entroncamos con Siglos Curiosos. Porque Nueva York no fue la primera ciudad que surgió en el territorio que actualmente es el Estado de Nueva York. Ese honor, el primer asentamiento europeo en la región, le corresponde a Albany. La ciudad de Albany fue colonizada en fecha tan temprana como 1540, si bien fue recién en 1624 que, por obra de los holandeses, Albany pasó a ser sede permanente de colonos europeos (si bien bajo los holandeses se llamaba Beverwyck). Albany (bueno, Beverwyck) no es sólo la más antigua ciudad de la zona, sino también el más antiguo asentamiento que actualmente sobrevive, de los que alguna vez integraron las Trece Colonias. Pero su nombre actual data de 1664, cuando los ingleses adquirieron dichas tierras de manos holandesas. En esas fechas pasaron a manos inglesas tanto Nueva York como Albany (ambas holandesas). Y en honor de Jacobo Estuardo (príncipe en ese entonces, y futuro rey Jacobo II de Inglaterra a partir de 1685), Nueva Amsterdam fue rebautizada como Nueva York, y Beverwyck como Albany. La razón: Jacobo Estuardo ostentaba los títulos tanto de Duque de York como de Duque de Albany, en Inglaterra.

Y ahora viene lo más interesante de todo, que es la razón del predominio de Albany sobre Nueva York en la época colonial. El asunto es que ambas ciudades se fundaron en el Río Hudson. Pero mientras que Nueva York era el puerto de la desembocadura, Albany se fundó en el punto más interior al cual los colonos podían arribar navegando Hudson arriba. En esa época, recordemos, los barcos tenían un calado insignificante en comparación a los grandes cargueros actuales, a los cuales les sería imposible no sólo remontar el Hudson, sino casi cualquier otro río del mundo. Por lo tanto, Nueva York se transformó en apenas un lugar de paso y un punto que era forzoso colonizar para proteger la ruta comercial, pero ésta iba desde Holanda hasta Albany, y siendo Albany la terminal (el punto en el cual las mercancías pasaban a la ruta terrestre, controlada por supuesto por los indígenas), es obvio que prosperó más Albany que Nueva York.

Pero esto cambió en la época de la independencia y en tiempos inmediatamente posteriores, en que los yankis pasaron a controlar las rutas terrestres, y por lo tanto, Albany como puesto de intercambio comercial perdió importancia. Al mismo tiempo, la industrialización a mansalva llevó a las ciudades a necesitar mano de obra barata, y aquí es donde Nueva York le cobró ventaja a Albany, que por estar río adentro, recibía apenas las goteras de las oleadas de inmigrantes que desembarcaban en Nueva York, y que ahí se quedaban. En 1857, Nueva York se transformó en la tercera ciudad del planeta en alcanzar el millón de habitantes (después de Londres y París, y no demasiado después que ellas), y el resto es historia. Pero aunque desplazada, y después engullida por el voraz crecimiento de Nueva York (en el fondo una única gran ciudad que va desde Nueva York hasta Washington), por pura inercia administrativa Albany siguió conservando un sitial de privilegio que en los hechos hacía tiempo que había perdido. Y así es como llegamos a una actualidad en la que, de una manera quizás un tanto fantasmagórica, Nueva York no es la capital de Nueva York...

domingo, 24 de mayo de 2009

Bombardeos y el pasado de Londres.

El objetivo declarado de Adolfo Hitler a la hora de autorizar una serie interminable de bombardeos por parte de la Luftwaffe contra suelo inglés, era doblegar la moral y quebrantar el espíritu inglés, haciéndolo entonces presa fácil de una invasión anfibia. No tuvo éxito en este empeño (en vez de desmoralizarse, los londinenses resistieron la guerra con tesón aún mayor), pero de todas maneras, le prestó una contribución tan valiosa como involuntaria, a las investigaciones arqueológicas.

El Londres de 1940 era todavía uno soñolientamente victoriano, y las bombas echaron abajo muchos edificios y callejuelas de aquel tiempo. Como suele suceder, la catástrofe fue aprovechada con posterioridad para emprender un ambicioso programa de construcciones que era, a la vez, una actualización a las necesidades urbanísticas del siglo XX. Esto implicaba edificios más grandes y pesados, y con cimientos más sólidos, y esto obligó a la vez, a explorar el subsuelo de Londres, debajo de los cascotes y las ruinas.

Y en esta exploración, se dio un salto de gigante en la arqueología de la Inglaterra romana. Hasta la fecha, las investigaciones efectuadas en la Londinium romana, sobre el Londres inglés, habían sido bastante poco provechosas, debido a lo impracticable de realizar excavaciones en medio de un asentamiento urbano que, para remate, era la capital de un imperio que se extendía por la cuarta parte de la tierra continental del planeta. Pero entonces, con medio Londres en ruinas, a nadie le molestaba que se pudieran hacer hallazgos y explorar concienzudamente. El hallazgo más interesante fue, en una calle londinense que es un resabio del antiguo camino romano que cruzaba toda Gran Bretaña, las ruinas de un templo dedicado al dios Mitra. Esto le permitió a los arqueólogos entender mucho mejor cómo era la vida en los tiempos de la Inglaterra romana, en la Londinium original. ¡Es muy poco probable que Hitler tuviera en mente tales consecuencias para sus magníficos planes de conquista mundial!

jueves, 21 de mayo de 2009

El suelo de Londres en Manhattan.


Durante milenios, las leyes de la urbanística dictaban que si una ciudad era arrasada por completo (incendio, saqueo, demoliciones, terremoto, etcétera), había que apisonar bien los escombros, que solían ser de adobe, y construir una nueva ciudad encima. A veces, a lo largo de los milenios, estas ciudades que empezaban en el llano, terminaban construyendo colinas de una altura bastante apreciable, de tanto montar una ciudad sobre otra. Es el caso de Troya, por ejemplo, o el de Jericó. Incluso en fecha tan reciente como la Segunda Guerra Mundial, los alemanes optaron por reconstruir todo el Hamburgo demolido por las bombas, simplemente arrasando las ruinas y construyendo encima.

Pero el destino de las ruinas londinenses fue ligeramente distinto. Parte importante de la resistencia de Inglaterra contra los nazis provenía del incontable manantial de suministros que las naves mercantes de Estados Unidos llevaban, cruzando un Océano Atlántico repleto de submarinos alemanes. Pero resulta que las naves necesitaban lastre para emprender el viaje de regreso, y ese lastre no lo iba a proporcionar la industria inglesa, cuyas exportaciones, por razones comprensibles, había caído a cero, considerando que todo el esfuerzo manufacturero nacional estaba concentrado en fabricar pertrechos militares y lo que fuera más esencial para la supervivencia de la población. El único material que tenían a mano las naves mercantes estadounidenses para usar en su viaje de regreso, eran los cascotes urbanos que quedaban en Londres y otras ciudades después de los bombardeos de los Stukas. Así es como parte importante del suelo y las ahora demolidas construcciones inglesas, emprendieron una curiosa peregrinación hacia el oeste, a través del Océano Atlántico, hasta ser echadas como una nueva costa, en la orilla del East River, en la costa de Manhattan...

domingo, 14 de diciembre de 2008

Las anacrónicas defensas de París.


Que la mentalidad militar es proclive al conservadurismo, no es un secreto para nadie. Esto es lógico si se considera que en la inmensa mayoría de los ejércitos, los ascensos y promociones son por edad, y por lo tanto, cuando se llega hasta el alto mando, ya se es un viejo mañoso acostumbrado a "los buenos y viejos tiempos". Los franceses tuvieron algo de eso cuando fortificaron media línea fronteriza con la Línea Marginot, pero se negaron obstinadamente a defender las Ardenas, con las consecuencias que son bien conocidas. Pero en fin, eso es otra historia.

En la pasada anterior de los alemanes por París, en 1870 (en la guerra de 1914-18 no llegaron a tomarla), las tropas prusianas se enfrentaron a otro falible infalible sistema de defensa francés. Gobernaba Luis Felipe de Orléans (1830-48), y en aquellos años en que se debilitaba el Imperio Otomano, Francia (al igual que las restantes potencias europeas) barajaban muy seriamente la posibilidad de una guerra para marcar las respectivas esferas de influencia europeas. Por ende, entre 1840 y 1844, Luis Felipe ordenó fortificar París, en prevención de que Prusia o Austria fuera a tentar una invasión armada contra suelo francés. Siguiendo la doctrina clásica del bastión, que para ese entonces tenía unos venerables 200 a 250 años de antigüedad, París fue rodeado con una serie de terraplenes que deberían impedir o al menos retrasar todo lo posible el acceso del enemigo.

Los dichosos terraplenes tuvieron sólo una ocasión de probar cuánto valían. Cuando las tropas prusianas pusieron sitio a París, en 1871, éstos contribuyeron notoriamente a la defensa... Pero por otra parte, dentro de París (en el radio de los terraplenes) no había alimento suficiente para abastecer a toda la ciudad, y pronto ella debió capitular por el hambre, por lo que los bastiones, si bien militarmente cumplieron con su finalidad, terminaron siendo inefectivos. En los siguientes años, en que el París de la Belle Epoque experimentó un crecimiento urbanístico brutal, los famosos terraplenes, inútiles en tiempos de paz, allí se quedaron porfiadamente, impidiendo que ésta creciera, casi como una muralla medieval. Finalmente, para hacerle espacio a la ciudad, no quedó más remedio que echar abajo éstos, cosa que ocurrió ya bien empezado el siglo XX, después de la Primera Guerra Mundial. Era una buena idea, quizás, pero un tanto anacrónica ya en pleno siglo XIX...

domingo, 30 de noviembre de 2008

¿Torta de matrimonio, o máquina de escribir...?


El arte italiano es considerado por lo regular como uno de los más icónicos del mundo, en particular por su fase renacentista, pero en todo hato de ganado hay ovejas negras y en todo taller artístico hay adefesios, como el que ahora nos ocupará. En 1885 comenzaron las obras para la edificación del monumento conmemorativo dedicado a Víctor Manuel II de Italia, en la Piazza Venezia de la ciudad de Roma. Víctor Manuel II de Piamonte había sido entronizado rey de su reino, con capital en Turín, en 1849, y promovía los valores liberales que apoyaban los derrotados rebeldes de la Revolución de 1848. Gracias a la gestión de su eficientísimo ministro, el Conde de Cavour, Víctor Manuel II se había transformado en el rey de una Italia unificada, pudiendo trasladar su capital a Florencia en 1865, y finalmente a Roma en 1870, cuando ésta fue conquistada a Pío IX, el último Papa que gobernó los Estados Pontificios.

Víctor Manuel II falleció en 1878, y fue sucedido por su hijo Umberto I. Bajo el reinado de éste, comenzó la edificación del monumento conmemorativo en cuestión. Fue levantado en mármol de Brescia, de un blanco resplandeciente. En el monumento se levantó una estatua ecuestre de bronce dorado, que posee el récord de ser la mayor de su tipo en el siglo XIX, ya que tiene una altura de ¡12 metros! (debe ser también la más pesada, con sus 50 toneladas...). En el monumento está el "altare della patria" ("altar de la patria"), así como la tumba del soldado desconocido, que en el protocolo italiano es de visita obligada para los visitantes de Estado que sean extranjeros. La inaguración, un tanto precipitada, fue hecha en 1911, pero fue bajo el gobierno de Benito Mussolini, en 1927, que por fin se le dio término a las obras en el monumento.

La maledicencia italiana tendría entonces ocasión para ensañarse, siempre entre dientes, con el monumento de marras, detestado además de por ser considerado un símbolo mussoliniano, también por obstruir la vista del Foro Romano. Ver el monumento es encontrarle razón a los epítetos que se le han puesto: la "macchina da scrivere" ("máquina de escribir"), la torta de matrimonio, la "dentiera" (la "dentadura postiza")... ¡No en balde Italia fue el país de origen del célebre Pasquino!

jueves, 3 de julio de 2008

Nahalal la pionera.


Todos los asentamientos urbanos tienden a parecerse, porque responden a la necesidad de cada habitante de utilizar por sí un pedazo de suelo y explotar los recursos naturales disponibles, creando trazados urbanos de manera muchas veces casi anárquica, salvo que haya un gobierno central planificándolo todo desde el origen. Por eso, comunidades como Nahalal, uno de los primeros asentamientos hebreos en la Palestina del siglo XX, son en principio extrañas por su cuidadosa planificación urbanística. He aquí una breve historia de Nahalal.

Nahalal estuvo poblada desde la época bíblica, gracias a una posición privilegiada en las rutas caravaneras palestinas. Pero con el correr de los siglos, fue desplazada por una comunidad árabe cercana, llamada Mahlul. En 1921, un grupo de pioneros sionistas arribó hasta Nahalal, y refundó la ciudad moderna que es conocida ahora.

Nahalal es el primer "moshav ovdim", un tipo de asentamiento que se basa en el respeto a la propiedad privada, si bien se concibe ésta con una mentalidad igualitaria, como un vehículo para la prosperidad de la comunidad como un todo, y no para el enriquecimiento personal (por su énfasis en la propiedad privada, el moshav se diferencia del mucho más conocido kibbutz, tipo de asentamiento en que la propiedad es derechamente colectiva). Por eso, en vez de recurrir al clásico trazado de damero, su ciudad está diseñada como un centro con radios concéntricos, como las ruedas de una bicicleta. Al centro estaban los edificios compartidos (graneros, cobertizos, etcétera). Alrededor estaban las casas. El diseño radial hacía (y hace) que todos los ciudadanos tengan acceso directo a esos bienes.

La idea funcionó bien durante años. Sin embargo, en los '90s, la comunidad entró en crisis. Los habitantes de Nahalal empezaron a comerciar con su producción, y eso llevó al enriquecimiento de algunos y el debilitamiento del espíritu colectivo. Por otra parte, el diseño radial hace complicado expandir los límites de la ciudad, ya que cada nuevo círculo complica el transporte de un punto a otro del pueblo. En qué desembocará esto, y si Nahalal podrá seguir funcionando bajo los principios que lo hicieron un poblado próspero en primer lugar, es algo que ya no pertenece a los Siglos Curiosos sino al Futuro Curioso, nos tememos.

domingo, 29 de junio de 2008

La casa subterránea de Luke Skywalker.

Quienes hayan visto la primera peli de "La guerra de las galaxias" (o sea, las cuatro quintas partes de la Humanidad), recordarán que la granja de Luke Skywalker estaba bajo tierra. Esto no fue un set de estudio ni un decorado de tramoya. En verdad, la película fue rodada en una casa subterránea. El lugar se llama Matmâta, se encuentra en Tunicia, y tiene su propia historia.

Es bien sabido que Tunicia es parte del Desierto del Sahara. En dichas tierras se instalaron desde antiguo, explotando los oasis, las tribus bereberes. Nadie sabe muy bien cómo empezaron a construir asentamientos subterráneos, pero muchos suponen que desde la época cartaginesa o romana, algunas tribus egipcias habrían sido enviadas allí para exterminar a todo bereber rebelde. Para controlar mejor la región, estas tribus habrían optado por abandonar la tradicional construcción sobre la superficie, y se habrían escondido en macizos de piedra blanda, que podía excavarse.

Las casas de Matmâta son así una especie de grandes socavones subterráneos, abiertos a la superficie, que sirven de patio común para la colectividad, la que se aloja en habitaciones subterráneas con salida a dicho patio común; algunas de esas habitaciones son destinadas a despensa o para el ganado. Las ventajas de vivir así son varias. En primer lugar, no tienen que preocuparse por conseguir materiales de construcción, algo vital en un medio tan poco hospitalario como el desierto, en donde lo único que abunda es arena y mala bilis. En segundo lugar, el patio subterráneo crea un microclima de sombra que hace más soportable el calor del Sahara. Además, tienen protección contra las tormentas de arena. Y militarmente mejora mucho la defensa, porque una construcción de ese tipo no ofrece un perfil definido en el desierto, por lo que no puede ser detectado desde lejos por un invasor casual.

Las comunidades subterráneas de Matmâta permanecieron casi ignoradas para el mundo occidental, hasta que una desafortunada casualidad las reveló. En 1967 un evento climático altamente inusual en el Desierto del Sahara, a saber una lluvia torrencial que duró 22 días, anegó todas las comunidades. El gobierno de Tunicia envió entonces gente para evaluar el daño y construir nuevas construcciones, encontrándose con la sorpresa de que existían pobladores bereberes completamente escondidos, a quienes nadie había encontrado antes, viviendo de esa manera. Inmediatamente les construyeron casas sobre la superficie, pero los bereberes se negaron a abandonar sus cavernas tradicionales. Por lo que siguieron ahí hasta el día de hoy, con el valor añadido del turismo. El cual se vio aún más potenciado cuando, una década después, el cineasta George Lucas eligió dicho sitio como locación para su nueva película de Ciencia Ficción, "La guerra de las galaxias". Y es que para la gente de la época, dichos moradores de las arenas debieron haber parecido casi como alienígenas en medio del siglo XX...

domingo, 6 de abril de 2008

Las gigantescas murallas de Siracusa.


Desde que los asentamientos campesinos crecieron hasta convertirse en ciudades, una de las estrategias más utilizadas por los señores de dichas ciudades para defenderlas fue la erección de un muro alrededor. Los constructores de muros debían lidiar con un doble problema: si el muro era muy chico, estrecharía el desarrollo de la ciudad, y si era muy grande, se elevaría desmesuradamente la planilla de pagos de los centinelas apostados en labores de vigilancia del perímetro amurallado. La solución generalmente era entonces un muro más bien pequeño, lo que tenía el inconveniente de que en tiempos de asedio, la ciudad solía ser rendida por el hambre, ya que los campos de cultivo quedaban fuera del muro, y por lo tanto, indefensos.

La ciudad de Siracusa optó por el camino inverso, y decidió construir un muro que no solo cubriera a la ciudad, sino también los campos y sembradíos. Siracusa era la más grande colonia que los griegos habían instalado en Sicilia, la isla del sur de Italia, y había prosperado a pesar de vérselas al sur con el temible enemigo que era el Imperio Cartaginés. Pero el momento de mayor peligro, Siracusa lo vivió entre 414 y 413 a.C., cuando una expedición militar ateniense estuvo a punto de cortar el abastecimiento de agua de Siracusa, construyendo un muro de mar a mar (Siracusa estaba, y sigue estando, en una pequeña península de la isla de Sicilia). Años después, aún preocupado por esto, el tirano Dionisio I de Siracusa optó por extender las murallas de Siracusa hasta la meseta de Epipolae, en donde los siracusanos habían construido antaño el Castillo Eurialo, un fuerte militar para su propia defensa. Las murallas, erigidas entre 403 y 398 a.C., fueron probablemente las más imponentes de todo el mundo Mediterráneo (22 kilómetros de largo, aproximadamente), e impidió que ninguna otra fuerza sitiadora consiguiera poner a Siracusa bajo asedio por tierra.

Desafortunadamente para Siracusa, los costos de una muralla como ésta eran onerosos, y además, no impedían que la ciudad siguiera siendo vulnerable desde el mar. En el siguiente siglo y medio, al sur creció el poder de Cartago, y al norte el de Roma, y ambas potencias chocaron en la Primera Guerra Púnica. Roma era una potencia militar terrestre, pero para hacer frente a la amenaza de las naves cartaginesas, debió armarse de una flota. El resultado es que Roma conquistó toda Roma, aunque Siracusa siguió invicta. De momento. Porque a pesar de todos los esfuerzos de los siracusanos, incluyendo a su ciudadano más ilustre, el inventor Arquímedes, Siracusa era una presa demasiado preciada para dejarla escapar, y en 214 a.C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, y con todo el poder de un imperio militar que se extendía por toda Italia, los romanos asediaron la ciudad. Las imponentes murallas siracusanas hicieron otra vez lo suyo, y en 212 a.C., Siracusa seguía resistiendo. Pero los romanos recurrieron al engaño, según se dice, y los siracusanos abrieron una puerta para dejar pasar a una legación de paz (según otra versión, los siracusanos desatendieron la defensa, debido a un festival en honor de la diosa Artemisa). Abierta la puerta, los romanos cargaron contra ella, desbordaron el muro, y finalmente tomaron la ciudad.

domingo, 23 de marzo de 2008

Wall Street y los bulevares franceses.


¿Qué tienen en común los anchos y espaciosos bulevares franceses, y la calle Wall Street en Nueva York? La respuesta: etimológicamente, ambas recuerdan el hecho de haber sido alguna vez el límite de la ciudad. La explicación es la siguiente.

En las megalópolis modernas, el perímetro urbano clásico y preindustrial de las ciudades ha sido varias veces sobrepasado (por no hablar de que varias ciudades antiguas separadas se han ido unificando en grandes conurbaciones). De este modo, las calles que eran la frontera de la ciudad, en la actualidad están enclavadas en el interior de las mismas. Antaño, en los tiempos medievales o modernos, cuando las ciudades crecían a paso de caracol, los habitantes de las mismas llamaban a las calles con los nombres más obvios posibles. De ahí que las calles fronterizas de la ciudad se llamaran coloquialmente la Calle del Muro, o algo así, porque todas las ciudades de la época, y esto hasta la Revolución Industrial, eran rematadas con murallas.

En Nueva York, la primitiva empalizada que protegía a los colonos ingleses de los ataques indígenas era precisamente la Calle del Muro, la actual Wall Street. En Londres, esto también es visible en la calle llamada London Wall (literalmente "Muralla de Londres"), la cual rememora al muro que los romanos construyeron para defender a Londinium, hace la friolera de dos milenios atrás. Existe también en Londres el Barbicane Estate, hoy en día importante barrio comercial y financiero, y cuyo nombre alude a las barbacanas que protegían al Londres medieval (una barbacana es básicamente un puesto de avanzada o una galería fortificada).

La conexión con los bulevares es un poco más lejana. Hoy en día, la palabra bulevar tiene reminiscencias a las anchas avenidas del París de la Belle Epoque, con caballeros vestidos de levita paseando a damas ataviadas con guantes y quitasol. Sin embargo, esta imagen de París data apenas desde los tiempos de Napoleón III (Emperador entre 1852 y 1870), que remodeló por completo el centro de París. Antes de Napoleón III, París era una ciudad de callejuelas estrechas, más propio de las aventuras de los Tres Mosqueteros o de "Los miserables" de Víctor Hugo. Y el término "boulevard" ya existía en lo urbanístico, porque ésta, en francés, significa precisamente "fortificación"...

jueves, 20 de marzo de 2008

Udaipur la inexpugnable.


Si hubiera que elaborar el ranking con las ciudades históricas más inexpugnables (por medios militares, se entiende), la ciudad indostánica de Udaipur debería ocupar uno de los lugares más prominentes. Nunca esta ciudad pudo ser tomada por medios militares. Ni el Imperio Mogol de la India, ni su sucesor el Raj Británico, consiguieron la hazaña de conquistarla, y permaneció virtualmente independiente hasta su anexión a la moderna India, en 1947.

Lo curioso es que a pesar de ser la ciudad más inexpugnable de la región rajputa, la capital del reino de Mewar no estaba allí, sino en la vecina ciudad de Chittor (llamada actualmente Chittorgargh, que puede traducirse como "Fuerte Chittor"). Chittor era una ciudad fuertemente amurallada, pero terminó cayendo en 1568, bajo el asedio de Akbar, el Emperador mogol que inaguró la edad de oro de los mogoles en la India. Akbar prohibió a los príncipes rajputas de Mewar reinstalarse en Chittor o fortificarla, y por lo tanto, éstos optaron por desplazarse a Udaipur.

A la larga, una medida que se suponía era tendiente a aplastar el poder de los rajputas de Mewar, en realidad los benefició. Ubicada en las estribaciones montañosas del oeste de la India, Udaipur es básicamente un agujero en el suelo. El fondo del valle es tierra fértil, rodeado por un anillo de montañas casi inexpugnable. Los rajaes de Udaipur sólo tuvieron que crear algunas murallas por aquí y por allá, cercando los espacios abiertos entre montaña y montaña, y quedaron perfectamente cercados. El toque maestro fue la creación, dentro del perímetro, de lagos artificiales que proveyeron de agua a Udaipur. El resultado es que dentro del perímetro montañoso, Udaipur era una fortaleza que contaba con su propia provisión de alimentos y agua, y por tanto no podía ser reducida por hambre y sed, mientras que fuera del perímetro, cualquier ejército sitiador debería enfrentarse a ambas calamidades, ubicados los dominios de Mewar como lo estaban en plena cordillera.

Auranzgeb, el biznieto de Akbar, intentó acabar con el poder de Udaipur, así como su bisabuelo había hecho lo propio con el de Chittor. Y fracasó miserablemente. De esta manera, el gran éxito de Akbar le aseguró al reino de Mewar virtualmente medio milenio de existencia adicional. En 1911, cuando la capital del Imperio Británico de la India fue trasladada de Calcuta a Delhi, los señores de la guerra de Udaipur fueron los únicos que no fueron a rendir pleitesía al virrey en su nuevo asentamiento. En 1947 se integraron a la India, únicamente bajo su propio consentimiento, y pasaron a formar parte del estado de Rajastán.

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