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jueves, 29 de noviembre de 2012

¿Propaganda sobre Suez...?


A pesar de ser considerado como uno de los más importantes conflictos del Medio Oriente en el siglo XX, debido a ser jugado por dos potencias claves como Inglaterra y Francia en una de las áreas geopolíticas más sensibles del planeta, la operación militar anglofrancesa para tomarse manu militari el Canal de Suez en 1956, en respuesta a la nacionalización del mismo por el Presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, es también una de las más chapuceras operaciones militares de toda la centuria. No todos los errores militares cometidos aquí merecen abrirse paso hasta Siglos Curiosos (algunos son simplemente lamentables, pero no...curiosos, más o menos como entendemos el concepto en este blog), pero no podemos dejar de elaborar una nota respecto a la terrible estrategia comunicacional de Inglaterra y Francia al respecto. Porque desde la Primera Guerra Mundial que se venía entendiendo de manera sistemática la importancia de la propaganda para desmoralizar al enemigo y convertir a los neutrales en aliados, a pesar de lo cual, el manejo propagandístico en la llamada Guerra del Sinaí, Crisis de Suez o Guerra de Suez, se merece de sobra el calificativo de desastroso.

A resultas de los manejos burocráticos británicos, sumada a la previsión (cumplida después) de que la conflagración sería muy impopular en dos países que estaban a apenas una década de distancia de la Segunda Guerra Mundial, los altos mandos británicos, incluyendo al sesentón y muy enfermo Primer Ministro Anthony Eden, estimaron que era necesario emprender una dura ofensiva propagandística para convencer a los egipcios de dejarse invadir. En la mentalidad de Eden y su gente no podía caber que Nasser privilegiara los intereses nacionales egipcios por sobre la tradicional servidumbre a los intereses coloniales británicos, de manera que se figuraban que Nasser era una especie de tirano sediento de sangre al que los egipcios no apoyarían, y recibirían a los ingleses y franceses como libertadores. En la realidad Nasser podía ser autoritario (los Presidente de Egipto desde el derrocamiento de la monarquía en 1952 tienen mucho de faraones contemporáneos, incluyendo a Nasser, Sadat, Mubarak... tres en casi seis décadas), pero a la vez era muy popular como campeón internacional de la causa tercermundista contra la intervención extranjera, cualquier intervención extranjera, fuere occidental o soviética (aunque la hostilidad occidental a su casquivanería lo llevó a dejarse cortejar un tanto por el Oso Ruso). De ahí que ingleses y franceses decidieran lanzar una campaña propagandística en pleno dentro de Egipto, contando con soliviantar a los egipcios contra Nasser (listo: ya pueden carcajearse a destajo).

A diferencia de los políticos, muchos altos mandos militares juzgaban que la guerra sicológica era una pérdida de tiempo: lanzar folletos sobre territorio enemigo no convencía a nadie, y bombardear las ciudades enemigas reforzaba la moral contra el invasor, no la debilitaba. Contaban con la experiencia de la Segunda Guerra Mundial hablando en favor de esta idea. Pero mandos aún más altos decidieron que la guerra sicológica iba, lo que además daba tiempo para organizar un desembarco rápido y sorpresivo (así como suena: según los británicos, los egipcios tenían que creer que la propaganda iba a caer porque sí, y luego dejarse sorprender por lo que venía después). Para la misión fue destacado un tal Bernard Fergusson. Parece ser que Fergusson se comportó como un soldado impecable, y a pesar de tener dudas sobre la utilidad de la operación, se dedicó a la misma en cuerpo y alma. Se le cedió a él y sus ayudantes una radio en Chipre para lanzar proclamas, y una imprenta para editar folletos. Pero los pilotos de la RAF eran reacios a arriesgar sus vidas en lo que esencialmente era infringir el espacio aéreo egipcio para una operación tan inútil como... lanzar folletos. Aún así, ironías del destino, para lanzar los folletos se había previsto una bomba que estallara a trescientos metros de altura sobre los civiles: lo que pasó es que la bomba, así como buena parte del obsoleto material bélico inglés, falló y estalló a ras de calle, causando una buena mortandad entre los civiles egipcios a quienes supuestamente debía convencerse de la bondad de una invasión británica. Se utilizaron también aviones parlantes para sobrevolar territorio egipcio, pero cuando el avión parlante aterrizó en Adén para repostar combustible, el equipo de megafonía se esfumó misteriosamente y nunca nadie supo de su destino. Fergusson también utilizó la radio para crear programas destinados a los palestinos, llenos de material contra Nasser. Pero aunque los programas eran emitidos en árabe, los palestinos no se dejaron convencer: muchos creyeron percibir un sonsonete judío en la voz de los locutores, y con eso dejaron de hacer caso a la propaganda.

Ya en medio de la guerra, que por cierto fue lanzada el 29 de octubre de 1956, la (des)inteligencia británica les jugó otra mala pasada. Debido a que los invasores querían disminuir al máximo las bajas civiles para que su intervención pareciera una operación de policía contra Nasser, no bombardearon la estación de radio El Cairo, evitando así que cualquier edificio colindante o sus residentes terminaran incinerados bajo fuego enemigo. Ni qué decir que a través de dicha radio, Egipto informó al mundo de las horrendas (y exageradas, claro, que en la guerra no hay santos) atrocidades de los invasores, volviendo a la opinión pública internacional aún más contra Inglaterra y Francia, así como fortaleciendo el ánimo egipcio para resistir. Ante este panorama, los aliados de Inglaterra se preguntaron por qué no se bombardeaba dicha radio, y cuando supieron la razón, Chipre informó que la radio El Cairo estaba... a 25 kilómetros de El Cairo, en pleno desierto. Por supuesto que lo muy verdaderamente siguiente fue enviar un escuadrón de aviones y reducirla a cenizas, pero el daño ya estaba hecho, por supuesto. Es lo que tiene haberse montado una operación bélica del siglo XX con una filosofía geopolítica del XIX: que las operaciones propagandísticas tenían un tufillo a sacadas de otro siglo...

jueves, 22 de abril de 2010

Le pantalon rouge c'est la France!

Prepararse para una guerra implica no sólo diseñar estrategias militares para afrontar al enemigo, sino equipar a las tropas con uniformes, armas y el apoyo logístico necesario para que hagan lo que se espera que hagan (ganar la guerra, leñe). Pero a veces, el tradicionalismo mal entendido juega en contra de esta preparación militar. Un catastrófico ejemplo lo sufrió Francia, relativo a su uniforme militar, durante la Primera Guerra Mundial. A la fecha, el uniforme militar francés era una casaca azul y un pantalón rojo, además de su quepis como gorro. Azul y rojo, huelga decirlo, son los colores patrios de Francia, y los soldados se sentían muy orgullosos de ellos. Y no sólo ellos, sino también los numerosos exaltados nacionalistas que eran una peste sobre la Europa anterior a 1914 (ya vendría la Primera Guerra Mundial a ponerlos en su lugar).

Durante la Guerra de los Balcanes, conflictos militares que fueron preludio a la hecatombe general de 1914-18, el francés Adolphe Messimy observó que los uniformes búlgaros eran de color parduzco, y éstos les proporcionaban un buen camuflaje frente al enemigo. No es que los búlgaros fueran excéntricos: al mismo tiempo los británicos, después de su dura experiencia en la Guerra de los Bóers, habían adoptado un uniforme color caqui, mientras que los alemanes, por su parte, habían cambiado el azul por el gris. La idea del uniforme militar de varios colores (patrios se entiende, claro) databa de los comienzos de los ejércitos nacionales, en que vestirlos con los colores de la nación era una manera de mejorar el esprit de corps. Pero durante el siglo XIX la tecnología militar había avanzado lo suficiente como para que el combate fuera a distancias cada vez mayores, y por lo tanto, la influencia del espíritu de cuerpo tendía a difuminarse, y cobraba mayor importancia que los soldados fueran lo más invisibles que se pudiera, frente al enemigo dispuesto a tirotearlos a la primera ocasión. Adolphe Messimy llegó a ser ministro de guerra en Francia, y en 1912 propuso que se reemplazara el uniforme francés por uno nuevo, de color gris verdoso. Por cierto, dicho sea de paso, Messimy tenía instrucción y carrera militar, la que había dejado para ingresar a la política, por lo que no era precisamente un aficionado en la materia.

La propuesta de Messimy fue abucheada masivamente. La prensa le atacó con virulencia. El diario "Echo" de París publicó: "prohibir todos los colores vivos, todo lo que confiere a los soldados su aspecto marcial, es ir contra el gusto francés y contra la función militar". Pero fue en el Parlamento en donde se le asestó al proyecto una estocada mortal, cuando Eugène Étienne (ministro de defensa de Francia en dos ocasiones) dijo: "¿Eliminar los pantalones rojos? ¡Jamás! ¡Los pantalones rojos son la Francia" ("Le pantalon rouge c'est la France!"). Ni el quepis aceptaron cambiar, y los funestos resultados se hicieron presentes en 1914, cuando los alemanes le infligieron horrendas bajas a los franceses, haciendo deporte del dispararle al pajarraco rojiazul. Al final, reluctantemente, los franceses aceptaron cambiar su uniforme por un azul horizonte, que seguía teniendo el color patrio, y que en sí mismo no era un prodigio de camuflaje, pero debido al barro y la suciedad de las trincheras, acababa por cumplir con su cometido de camuflar a los hombres de la sufrida Armée de terre.

El quepis fue otra piedra de tope. Había llegado para reemplazar al chacó, el estridente gorrito cilíndrico de la época napoleónica, y eso debido a que en la conquista de Argelia (1830), el quepis era mucho más fresco, ligero y apropiado para el clima desértico a pleno sol. El quepis se extendió también por otros ejércitos (en Chile, los gorritos ésos que usaron los soldados de la Guerra del Pacífico eran quepis, precisamente). Pero lo que era bueno en el Africa del XIX no lo era en la Europa del XX, en particular después de que creciera el peligro de la metralla en el campo de batalla. Y también durante la Primera Guerra Mundial, y por los mismos motivos que con el uniforme, los franceses tuvieron que tragarse el orgullo nacional, y acabaron por cambiar su uniforme por el casco metálico que asociamos con fuerza mayor a la guerra del siglo XX.

jueves, 15 de abril de 2010

Los verdaderos desactivadores de bomba en Irak.


El siguiente posteo se basa en un artículo aparecido en el diario La Tercera de Santiago de Chile, del Domingo 14 de Marzo de 2010, así es que cualquier inexactitud, ya saben a quién arrojarle... Los desactivadores de bombas han cobrado nueva relevancia pública, ahora que en Marzo de 2010 la peli "The Hurt Locker", de Kathryn Bigelow, fue la gran ganadora de los Premios Oscar, con seis galardones sobre un total de nueve candidaturas. La peli ha despertado pasiones a favor y en contra, pero algunos de los menos convencidos, son justamente los tipos que desactivan bombas, quienes se quejaron de que la peli los retrataba muy mal.

La repartición encargada de la labor de desactivar bombas en terreno enemigo, en lo que al Ejército de los Estados Unidos se refiere, es el EOD (Explosive Ordnance Disposal). A diferencia de lo mostrado en la peli, son equipos de un marcado perfil técnico, que deben interesarse en cosas tales como el álgebra, la química, la física, la geometría y la trigonometría. Además, deben ser capaces de mantener la calma bajo situaciones de tensión extrema. Su labor específica y exacta es ir y desactivar la bomba (o alternativamente, si la bomba ya ha explotado, reconocer el terreno, determinar si hay más bombas en las cercanías, y estudiar el artefacto detonado). O sea, a diferencia de lo mostrado en la peli, su trabajo es cualquier cosa menos dispararle a insurgentes (imaginamos que, en su caso, el equipo marchará con cobertura militar adicional, pero los técnicos del EOD mismo no se involucran en el tiroteo ni en la persecusión de sospechosos). Un contratista declara: "el trabajo de los desactivadores de bombas se centra sobre todo en las rutas principales de suministro, donde buscan trampas explosivas dejadas por los insurgentes". Usualmente esas rutas no suelen ser hostilizadas por la sencilla razón de que, para servir como vías de suministro, deben haber sido previamente aseguradas desde el punto de vista militar (un camino que es vulnerable frente a ataques enemigos, no sirve como vía de suministros, tan simple como eso).

Además, los especialistas generalmente no van a desactivar las bombas por sí mismos. En vez de ello, suelen enviar a robots dirigidos a control remoto. Considerando que casi la mitad de las bombas explotan antes de ser localizadas y desactivadas, es más que una precaución, ya que se les va la vida en ello al equipo táctico. Y si tienen que caminar con el dichoso traje, olvídense de correr con él: la armadura entera pesa cerca de 30 kilogramos.

El sargento Eric Gordon ironizó sobre la peli: un desactivador de bombas que sólo utilice una pinza para controlar un artefacto es como que "un bombero entrara a un edificio a apagar un incendio con una botella de agua"...

domingo, 3 de febrero de 2008

El general que le costó la victoria a Grecia.


Pocas veces en la Historia, una guerra ha sido dirigida de manera tan incompetente como la Guerra Greco-Turca de 1919 a 1922. Grecia era independiente desde 1823, del Imperio Otomano, pero se había embarcado en la Primera Guerra Mundial para ampliar sus territorios a costa de los turcos; su ambición máxima era, por supuesto, la "reconquista" de la vieja ciudad griega de Constantinopla (actualmente Estambul), en manos turcas desde 1453. Los Aliados habían prometido a los griegos, a cambio de su apoyo contra el Imperio Otomano, una gran cantidad de territorios. El Imperio Otomano, de hecho, salió gravemente baldado de la Primera Guerra Mundial; Eleuterio Venizelos, Primer Ministro de Grecia, reclamó entonces una gran cantidad de tierras, incluyendo Tracia, la ciudad de Constantinopla, toda la costa de Jonia, y la costa turca hacia el Mar Negro. Los Aliados, reticentes, decidieron que los griegos iban a volver a sus fronteras de preguerra, lo que fastidió tanto a los griegos, que se decidieron a tomar las armas y conquistar por la fuerza aquello que no habían podido en derecho obtener por vía de tratados de paz.

Desgraciadamente, el mando supremo del ejército griego recayó en Georgios Hajianestis, general que cumplía 56 años en 1919 (había nacido en 1863), y si bien era considerado como muy competente de joven, había experimentado un grave deterioro en sus facultades mentales, y era evidente que su nombramiento se debía a puras razones políticas; David Lloyd George, el Primer Ministro de Gran Bretaña, llegó a calificarlo de "algún tipo de débil mental". Sobrepasado por la presión de la guerra, o por simple desequilibrio mental, Hajianestis se limitó a dirigir las tropas griegas desde un yate cómodamente instalado en el puerto de Esmirna, en el que se la pasó postrado por fuertes neuralgias. Creía que sus piernas eran de vidrio o de azúcar, y por ende, no se atrevía a levantarse de su cama ante el temor de romperse nada más pisar el suelo. Para desgracia de Hajianestis, el ejército turco era dirigido por el fiero Mustafá Kemal, AKA "Ataturk", cuya orden militar era de lo más simple: "¡Hacia el Mediterráneo, adelante!". Con enemigo tan resuelto y un comandante supremo tan esquivo con las funciones del mando, la moral griega se hizo añicos. En la Batalla de Dumlupinar, librada entre el 26 y el 30 de Agosto de 1922, y que fue la decisiva, la locura de Hajianestis llegó a su punto cúlmine. En vez de hacer un último esfuerzo y salvar lo insalvable, Hajianestis decidió que estaba muerto, y por lo tanto, se negó a dar órdenes porque, según una lógica impecable, ¿quién iba a obedecer a un cadáver? Los aterrados mandos medios del ejército griego hicieron lo que pudieron, pero infructuosamente.

El mando le fue retirado a Georgios Hajianestis, pero ya era demasiado tarde. La comandancia suprema recayó en el general Tricoupis... quién se enteró de la noticia siendo prisionero: había caído en manos turcas durante la mismísima decisiva Batalla de Dumlupinar que Hajianestis había perdido sin siquiera tratar de librarla. Grecia no pudo conquistar Estambul, que sigue siendo turca hasta el día de escribir estas líneas, ni menos todos los territorios asiáticos que ambicionaba. Por el lado turco, la Batalla de Dumlupinar se transformó en un Día Nacional. En cuanto a Hajianestis, fue llevado a Grecia, sumariamente juzgado, condenado como "esquizofrénico", y ejecutado. Es probable que, a partir de entonces, sus "piernas de azúcar" no le molestaran más...

jueves, 15 de noviembre de 2007

John Rabe el héroe de Nanking.

Durante la salvaje ocupación de Nanking, en que 50.000 soldados japoneses masacraron a 300.000 civiles chinos en el año 1937, hubo héroes que se opusieron a la brutalidad del ejército japonés. Su labor desinteresada consiguió dar refugio a unos 250.000 chinos, en un área de un par de millas cuadradas. Estos héroes fueron la colonia de occidentales que por ese entonces vivían en Nanking, y que conformaban una veintena de personas, entre ellas misioneros, empresarios, médicos y profesores, sin distinción de nacionalidad, puesto que hubo estadounidenses de un país democrático, y alemanes procedentes de la dictadura nazi, trabajando de común acuerdo para impedir uno de los más salvajes holocaustos de todo el siglo XX.

Uno de ellos fue John Rabe, el "Oskar Schindler de Nanking" (1882-1949). Trabajaba para Siemens en China, y era el líder del Partido Nazi local. Fue él quien organizó la zona internacional de seguridad, usando para eso las embajadas, la Universidad de Nanking, y también las propiedades de las cuales era dueño. Asimismo, haciendo valer su calidad de prominente miembro nazi (Alemania y Japón ya eran aliados por ese entonces), se encaró con las autoridades japonesas, pidiéndoles que detuvieran la masacre, aunque sin resultados. Dejó un testimonio de primera mano, en un diario que llevó en aquellos tiempos, y que tiene unas 1.200 páginas.

Su destino posterior fue inmerecido. Regresó a Alemania en 1938 e intentó denunciar las atrocidades que había presenciado en Nanking. Pero la Gestapo lo detuvo, porque Japón y Alemania eran aliados, y por lo tanto, Rabe había ayudado a un país enemigo. Después de la Segunda Guerra Mundial no le fue mejor; rusos y británicos lo interrogaron, y John Rabe pidió ser desnazificado. Obtuvo lo que pedía, pero el juicio respectivo lo dejó en quiebra. Pero entonces, al enterarse de su apretadísima situación económica, los sobrevivientes de Nanking tuvieron un extraordinario gesto humanitario: organizaron la recolección de dinero y comida para su salvador, y le enviaron una pensión cada mes. Esto duró hasta que en 1949 los comunistas llegaron al poder. De todas maneras, Rabe ya no necesitó más ayuda: falleció un mes después, de un ataque al corazón. John Rabe, uno de los más grandes héroes humanitarios de todo el siglo XX, tenía 66 años.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Iris Chang contra la verdad oficial sobre Nanking.

La masacre de Nanking había sido uno de los episodios más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. Hubiera quedado así quizás, de no ser por la paciente labor de la historiadora Iris Chang, quien arrojó nueva luz sobre el tema. Pero el precio a pagar por ello fue el más alto posible: la investigadora sobrevivió apenas por un tiempo a su propia investigación.

Iris Chang nació en Estados Unidos en el año 1968. Sus padres eran inmigrantes taiwaneses, y sus abuelos maternos escaparon por los pelos de la masacre de Nanking. De ahí su curiosidad por el tema, encontrándose con que de dicha masacre, no parecía haber registro alguno, en comparación por ejemplo con el genocidio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. De manera que, titulada como periodista, inició su propia investigación. Lo que encontró en el transcurso de ella, fue una serie de horrores que nada tienen que envidiarle a las atrocidades perpetradas por los asirios o los nazis. La propia Chang empezó a verse afectada por la investigación.

El libro fue publicado en 1997, y desató una tormenta. Porque los chinos querían normalizar sus relaciones con los japoneses, y los japoneses olvidar sus propios crímenes de guerra. Además, Iris Chang hace la sugestión de que Estados Unidos contribuyó a crear un manto de impunidad sobre estos crímenes de guerra, a cambio de la información que Japón pudiera proporcionar sobre sus experimentos realizados en el campo de la guerra bacteriológica, con prisioneros de guerra chinos precisamente. Numerosos nacionalistas japoneses agresivos se lanzaron contra el libro de Iris Chang, negando todos aquellos eventos. Particularmente críticas resultaron las sugestiones abiertas de Iris Chang, de que Japón debía pedir públicamente perdón por sus crímenes contra la Humanidad. Iris Chang se vio envuelta en una vorágine de supervivientes y verdades oficiales que la llevó lentamente a la depresión. El 09 de Noviembre de 2004, Iris Chang salió de su casa conduciendo su automóvil, y a poca distancia se pegó un tiro de pistola en la cabeza. Tenía 36 años, y fue llamada "la última víctima de Nanking".

jueves, 8 de noviembre de 2007

La Masacre de Nanking.

Cuando uno piensa en las atrocidades de las guerras desde una perspectiva histórica, uno tiende a recordar pueblos como los aztecas o los asirios. Y sin embargo, en el mundo moderno siguen haciéndolo bastante bien. Aparte de los horrores de los campos de concentración, uno de los más espantosos episodios del siglo XX se vivió en lo que suele llamarse la Masacre de Nanking, o también la Violación de Nanking (Rape of Nanking, en inglés). La historia es la siguiente.

El 13 de Diciembre de 1937, las tropas japonesas ingresaron en la ciudad de Nanking (actual Nanjing), en el curso de la invasión que el Imperio Japonés lanzó contra China antes de la Segunda Guerra Mundial. Durante ocho semanas, 50.000 soldados japoneses masacraron a 300.000 civiles en la ciudad, con métodos de la peor brutalidad. Los niños eran lanzados al aire para que se ensartaran en las bayonetas. Algunas personas fueron enterradas en el suelo hasta la cintura, para después ser aplastadas por los tanques. Hubo prisioneros que fueron utilizados para que los soldados japoneses practicaran en ellos el uso de las bayonetas. Uno de los episodios más controvertidos (aunque hay quien pone en duda su historicidad) es un concurso organizado para determinar quién decapitaba primero a espada limpia a 100 prisioneros. Mujeres desde lactantes a abuelas, más de 80.000 en total, fueron sometidas a violaciones masivas; y les cortaban los senos, a la par que los hombres eran castrados. En el caso de las mujeres embarazadas, las desmembraban y arrancaban el feto; en algunos casos eran violadas después, y asesinadas a continuación, a bayonetazos. Los padres fueron forzados a violar a sus hijas, bajo amenaza de matar a otros miembros de la familia, y lo mismo los hijos a sus madres. Los monjes con voto de celibato fueron obligados a violar mujeres, tan solo para diversión de los japoneses. Algunos pocos "afortunados" consiguieron salvarse simulando estar muertos, algo más o menos simple entre las montañas de cadáveres.

Aunque había una gruesa colonia occidental en Nanking, al empezar los bombardeos casi todos ellos abandonaron la ciudad, excepto 22. Unidos en un improvisado Comité Internacional para la Zona de Seguridad de Nanking, la colonia occidental contribuyó a salvar las vidas de al menos 50.000 chinos que allí encontraron refugio (quizás fueron más, y hay estimaciones de hasta 250.000). Más remarcable aún, en un hito que los honra como seres humanos, es que no hubo distinción de ideologías: sacerdotes estadounidenses trabajaron mano a mano con altos jerarcas nazis en el objetivo mancomunado de combatir los horrores que se vivían en las calles de Nanking.

¿Por qué tanto ensañamiento contra la población china? La historiadora Iris Chang señala varias razones. Por un lado, apunta que Nanking habría sido un laboratorio en donde habrían preparado a los soldados japoneses para sentir odio contra los pueblos no japoneses, y así incrementar su brutalidad durante la guerra. También habría influido el trato brutal que los superiores del ejército japonés aplicaban a la tropa, y que permitieron a éstos hacer aflorar toda su rabia contenida durante años, en contra de víctimas civiles indefensas. Y también apunta al rol de la propaganda nacionalista: ésta afirmaba que los chinos eran inferiores a los japoneses, incluso subhumanos, que el destino manifiesto de Japón era controlar toda Asia, y que por lo tanto, los actos de brutalidad contra la población china estaban legitimados, porque después de todo, los chinos no eran seres humanos con los cuales hubiera una obligación moral de respeto.

Después de la guerra, el Tribunal de Tokio juzgó al general Iwane Matsui bajo el cargo de crímenes contra la Humanidad, por los hechos de la Masacre de Tokio. Fue condenado, y ahorcado en 1948. Sin embargo, revisando antiguos archivos, la historiadora Iris Chang ha destacado que Matsui estaba enfermo en aquellos días, y que probablemente fuera el Príncipe Asaka, de la Casa Imperial japonesa, quien estuviera a cargo, y por lo tanto fuera el responsable directo. Sin embargo Asaka sólo prestó testimonio ante el Tribunal, y nada más, y eso tan solo para negar los hechos; había un pacto previo entre Hirohito y Douglas McArthur, de que ningún miembro de la Familia Real iba a ser llevado a juicio. El precio de la impunidad, según Iris Chang: Japón debería entregar a Estados Unidos el resultado de todas sus investigaciones realizadas sobre la guerra biológica, efectuadas en prisioneros en los campos de concentración de China durante la guerra.

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