
Cuando uno piensa en físicos, tiende a imaginarse señorones de lentes con una eterna tiza para sus pizarrones de madera cargados de respetables ecuaciones (aunque generalmente sin un buen sentido de la moda... eso es aparte). Pero después de la revolución hippie, más de algún físico decidió desmelenarse un poco, pegándose el viaje con algunas dosis de LSD, y volcándose a la filosofía oriental. Los coletazos de su actividad se prolongaron durante décadas, incluso hasta el día de escribir estas líneas.
La Física en los '70s estaba esclerotizada. Las grandes revoluciones físicas se habían producido fundamentalmente en la primera mitad del siglo XX, pero luego había venido la Segunda Guerra Mundial primero y la Guerra Fría después, y con ellas el estancamiento. Porque la industria armamentística creció a niveles exhorbitantes, y esto significó que el Gobierno de Estados Unidos estuvo dispuesto a financiar la investigación física sólo en cuanto pudiera redundar en armamento o en cohetes espaciales. La atrevida física teórica e imaginativa de Einstein, Bohr o Schrödinger dio paso así a cohortes de físicos hundidos en hileras interminables de aburridos cálculos de trayectorias de cohetes balísticos o resistencias de metales, dejando de lado a la Física Teórica. Además, las relaciones con universidades extranjeras para intercambiar datos se tornó mucho más compleja: después de todo, muchos de esos datos eran ahora secretos de Seguridad Nacional al final del día.
Pero en la Universidad de Berkeley, un grupo de físicos se rebeló, y decidió abrirse hacia... ¡el hippismo! ...en busca de ideas teóricas que fueran nuevas y frescas. En mayo de 1975, se reunieron por primera vez en lo que llamaron el Grupo de Física Fundamental. Que no era un espacio de conferencias con podios o sillas, sino un espacio con pizarras... y cristales de cuarzo de los de altas energías (cósmicas, suponemos), masajistas, tinas de agua tibia para relajarse, dosis de LSD a la mano, material para contactarse con los muertos... Y pizarrones y tizas, por supuesto, que el asunto no era pretexto para divertirse a costa del presupuesto para I+D, sino crear un entorno que favoreciera el desarrollo de cuanta locura se les ocurriera. Por cierto, uno de esos físicos, Fritjof Capra, publicó en 1975 un libro de un título muy revelador en su hippismo: "El Tao de la Física".
Fue esta hornada de físicos la que desempolvó a la Mecánica Cuántica, por ese entonces una rama prácticamente abandonada de la Física en términos de volumen de investigación, y la trajo de regreso a la primera línea de su disciplina. Aún así, parece ser que la propuesta más revolucionaria del grupo vino ya en los tempranos '80s, y fue el "teorema de la no clonación", según el cual no se pueden crear copias idénticas de un estado cuántico arbitrario. Las consecuencias son importantísimas: si un paquete de información está encriptado a nivel cuántico, como ocurre con algunas señales enviadas por medios electrónicos, entonces sería imposible de reproducir, y por lo tanto, sería un medio de comunicación absolutamente seguro y a prueba de hackers. Fue propuesto por William Wootters, Wojciech H. Zurek y Dennis Dieks. Pero otros físicos tuvieron otros caminos más... extraños. Incluyendo los que terminaron definitivamente vinculados a la investigación del fenómeno OVNI, o a la importación a Estados Unidos de hierbas tibetanas. Y es que haber hecho Física de una manera tan poco convencional como no se veía desde los tiempos de Arquímedes sumergido en su tina, es algo que necesariamente debe haber dejado huella en ellos...