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jueves, 4 de octubre de 2012

Aceite en el tepidarium.


Una amable lectora me preguntó, hace algunos días atrás, acerca de un detalle de la pintura que actualmente adorna el fondo de este blog Siglos Curiosos. En concreto, ¿qué es lo que sostiene la chica de la pintura con su mano derecha? Para ser absolutamente sinceros, yo ni siquiera había reparado en que la chica estaba sostenido un artefacto de sospechosa forma peneana con su mano derecha, distraído con... bueno... otra clase de atributos que posee la pintura, dejémoslo así. Que hablamos de los calenturientos del Academicismo aquí, la escuela de pintura ésa que so pretexto de recrear la Grecia y Roma clásicas, pintaban desnudos a mansalva que fueran, digamos, aceptables para los estándares morales victorianos de finales del XIX y comienzos del XX. O de cómo hacer porno con pretexto artístico, que es sospecho la razón por la que ha existido desde siempre una íntima asociación entre peli cultureta y chicas en bolas.

Pero dejándonos de ironías, lo justo y preciso para entrar en materia, que el sarcasmo acá en Siglos Curiosos no lo abandonaremos jamás, vamos con la estupenda historia de ese objeto. Partamos diciendo, por si los amables lectores no han llegado a enterarse, que la pintura en cuestión es "El tepidarium" pintada en 1881 por Lawrence Alma-Tadema. Este pintor inglés de origen holandés se inscribió dentro de la corriente de pinturas pequeñoburguesas que se refocilaban en temas culturetas tales como la antigua Grecia, la antigua Roma, el antiguo Egipto, los antiguos celtas, o los medievales musulmanes. El tepidarium es una especie de sauna que existía en la antigua Roma. So pretexto de lo cual, Alma-Tadema hizo lo que los academicistas mejor sabían hacer: pintar un desnudo sexy.

Ahora bien, en el antiguo mundo grecorromano el jabón era ese gran desconocido. Hasta la época imperial por lo menos, en donde parece haberse comenzado a elaborar. Para sustituirlo, los grecorromanos recurrían a los aceites. Y luego, claro, uno queda untado de aceite que de alguna manera hay que sacarlo. Y ahí es donde entra en juego el estrígil. Esta es una barra de metal que sirve para rascar el aceite de la superficie de la piel, y de paso ayuda a retirar junto con dicho aceite las células muertas que se hubieran desprendido en el proceso.

De manera que ésa es la respuesta al misterio: a pesar de que se preste a varios chistes maliciosos, lo que la inocente chica desnuda tiene en sus manos en la pintura de Alma-Tadema es simplemente un estrígil con el cual, en un rato más desde el momento de la pintura suponemos, se sacará el aceite que recubre su lúbrico y bien dotado cuerpo.

jueves, 8 de marzo de 2012

En coma y embarazada.


Existen toda clase de historias allá afuera, y no todas ellas son bonitas. Esta en particular no lo es. El escenario es la ciudad de Nueva York. Todo partió en el año 1985, cuando una chica llamada Kathy, que planeaba estudiar sicología, sufrió un accidente cuando su vehículo patinó sobre el hielo y se estrelló contra un árbol. Como resultado, quedó en coma durante varios años. Todo transcurriría con la triste monotonía de las personas que están años en coma a la espera de qué sucederá con ellas. Hasta que de pronto, en diciembre de 1995, los médicos notaron que su barriga crecía anormalmente. Los médicos lo examinaron todo, incluyendo un posible bloqueo gástrico, hasta que se les ocurrió determinar si por casualidad estaría embarazada... y lo estaba. Con cuatro meses y medio. Estando en coma.

Por supuesto que la única posibilidad era que alguien la hubiera inseminado, de manera que al interior de la clínica comenzó una investigación en toda regla. Algunos compañeros recordaron que un enfermero llamado John Horace, se comportaba de manera sospechosa en la habitación de la paciente. Se le pidió una muestra de saliva, la cual dio como posibilidad de 99,55% que fuera el padre. La corte ordenó en seguida una prueba de sangre, con lo cual se terminó de confirmar el hecho, lo que le acarreó una condena a prisión por 25 años. Su excusa es que había leído en un libro médico, que una mujer en coma, al quedar embarazada, recobraría la conciencia... Parece ser que, por otra parte, el individuo había sido conflictivo en contrataciones anteriores, e incluso un tiempo había actuado como "terapista sexual"...

Pero quedaba la otra parte, la del embarazo. Los médicos prestaron toda la atención posible, aunque más con profesionalismo que con esperanzas, ya que no se esperaba que el niño viviera. De todas maneras todo podía ser posible, ya que se pensaba que una mujer en coma no podía quedar embarazada, y había sucedido. El niño nació finalmente prematuro el 18 de Marzo de 1996, nueve semanas antes de lo esperado, con unos 1200 gramos de peso. Aún así, los médicos anunciaron que su aspecto era saludable, y que tenía posibilidades de vivir. Desafortunadamente, la madre ya no viviría mucho más. Falleció en 1997, por motivos ajenos al embarazo, y sin haber despertado nunca de su coma.

domingo, 21 de agosto de 2011

Cadáveres en óptimas condiciones.

A comienzos del siglo XIX, las Escuelas de Medicina habían desarrollado una siniestra reputación. Nadie dudaba de que el estudio "en terreno", con cuerpos humanos verdaderos, era y es necesario para la formación de un futuro médico. Pero la ley británica exigía enterrar a todos los cadáveres. Los únicos que "escapaban" a este destino eran los cuerpos de los ejecutados, y aún éstos comenzaban a escasear debido a la aplicación más humanitaria de las leyes que se comenzó a hacer en dicha época. Ironía suprema: la humana actividad de darle salud y años de vida a las personas se vio resentida por la humana compasión de ir eliminando progresivamente la pena de muerte. No es raro que en el siglo XIX, los estudiantes de Medicina cobraran fama de rondadores (y cavadores) de tumbas y perturbadores de la paz de los gusanos del cementerio. Y como cualquier actividad humana en que la demanda es alta y la oferta es baja, surgen aquellos avispados que se encargan de crear un mercado negro al respecto. En este caso, los inteligentes fueron dos William: William Burke y William Hare. No fueron los únicos, pero sí fueron los más prominentes, con toda probabilidad.

El descubrimiento fue accidental. Resulta que William Hare se había casado con una viuda que poseía una pensión, y por lo tanto como marido decimonónico que era, se encargaba de regentarla. En esos negocios estaba cuando un pensionista cualquiera se le murió, y recibió entonces una oferta de siete libras por el cuerpo. Entonces, en un rapto de inspiración capitalista y libremercadista, decidió meterse en el novísimo filón del tráfico de cadáveres a la Escuela de Medicina. Pero para ello, lógicamente, debía obtenerlos, y como la gente no suele querer morirse con facilidad, y menos para donar su cuerpo a la ciencia, decidió transformarlos en donantes involuntarios por el expediente de matarlos.

La Escuela de Medicina exigía por supuesto que los cadáveres debían estar en óptimas condiciones, y esto significaba sin heridas ni lesiones de ningún tipo, claro está. Entonces la banda compuesta por William Hare, su esposa, William Burke, y la amante de este último, perfeccionaron un modus operandi destinado a tales efectos. Primero, las mujeres se encargaban de atraer machos recios con sus armas de mujer, y los emborrachaban. A continuación, cuando ya estaban dormidos, entraban los hombres en el asunto: entre los dos inmovilizaban a la víctima, y luego uno se le subía al pecho oprimiéndoselo con la rodilla, luego de lo cual el otro le tapaba la nariz y boca para que no volviera a respirar.

El asunto se destapó cuando accidentalmente una persona descubrió uno de los cuerpos. Interrogados Burke y Hare, ambos cayeron en contradicciones, y fueron llevados a proceso junto con las mujeres involucradas. Las pruebas no eran concluyentes, de manera que el fiscal le ofreció inmunidad a Hare a cambio de traicionar a Burke: de esta manera el primero escapó sin problemas a la justicia (si bien tuvo que exiliarse debido al peligro de linchamiento), mientras que Burke acabó colgado, ejecutado... y diseccionado en una Escuela de Medicina, siguiendo la ley de que estos cuerpos sí que podían ser llevados para los estudiantes, y conservándose su cuerpo para la posteridad y las lecciones de los futuros estudiantes de dicha ciencia, en una irónica volte face del destino. En 1832 se aprobó en Inglaterra una ley que permitió a quien tuviera la posesión legal de un cuerpo humano muerto, entregarlo para su disección, así como prohibiendo el comercio de cadáveres (lucrativo: de las siete libras iniciales, Burke y Hare habían ascendido hasta catorce, el doble, en su última venta) y estableciendo vigilantes en los cementerios. El caso inspiró también varias pelis, incluyendo una con Boris Karloff ("El profanador de tumbas", de 1945). Además, hubo una repercusión en el idioma: el método de matar a una persona por sofocación, presionando la rodilla contra su pecho, en inglés pasó a ser conocida precisamente como "burking".

jueves, 18 de agosto de 2011

La triste matanza de Charles Whitman.

Este será uno de esos posteos tristes que de tarde en tarde tenemos el deber de incluir en Siglos Curiosos. Porque no todas las historias curiosas son alegres y festivas. Esta en realidad se relaciona con una cruel matanza que ocurrió en 1966. La historia principia con Charles Whitman, un ex marine que al momento de los eventos tenía 25 años, estudiaba Ingeniería Mecánica en la Universidad de Texas, y se había dirigido hacia la ingeniería arquitectónica. Su vida personal y su servicio profesional eran intachables, aunque se habían reportado algunos incidentes que lo habían llevado a abandonar tanto a los marines (de manera honrosa, eso sí), como su carrera como ingeniero mecánico.

De pronto, sin ninguna señal previa, el 1 de agosto de 1966 se subió al último piso de la torre de la Universidad de Texas. Mató al recepcionista con la culata de su rifle. Dos familias que intentaron subir por las escaleras, recibieron disparos a bocajarro. Luego, empezó a disparar hacia la gente abajo, parece ser que sin seleccionar realmente a sus blancos. La primera víctima fue una mujer embarazada, luego cayó su novio cuando trató de ayudarla, luego peatones y el conductor de una ambulancia... A la policía no le quedó más remedio que contestar el fuego con fuego, y abatirlo. El oficial que lo liquidó fue llevado a juicio, por supuesto, pero el veredicto fue de homicidio justificado, y no hubo otras consecuencias. Quedaban atrás 13 muertos y 32 heridos.

Inmediatamente después de sucedido el incidente, la policía llegó hasta la casa de Whitman. La cosa se volvió aún más macabra: se descubrió que a primeras horas del mismo día del tiroteo, Whitman había asesinado a su madre, además de acuchillar a su propia esposa. Además encontraron una nota suicida, en la que Whitman había escrito: "Realmente no me entiendo por estos días. Se supone que soy un joven medianamente razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente he sido víctima de pensamientos extraños e irracionales". Terminaba pidiendo que se le hiciera una autopsia para determinar si algo andaba mal con su cerebro.

Y la autopsia fue efectivamente hecha, sacando a la luz el último giro macabro de la historia. Resulta que se descubrió un tumor del tamaño de una moneda, un glioblastoma, creciendo debajo del tálamo, prácticamente en el centro mismo de la cabeza, y aplastando un órgano llamado amígdala. Los científicos sabían desde los '30s, gracias a la investigación de Heinrich Klüver y Paul Bucy, que la amígdala es un órgano capital en el manejo de las emociones, y por lo tanto el daño contra la misma ocasiona fuertes perturbaciones emocionales y sociales. Los glioblastomas por añadidura son muy rebeldes, y por lo tanto el tratamiento de los mismos es de enorme dificultad, si es que realmente existe alguna posibilidad. Se supone que todos estos factores médicos ayudaron a desencadenar los problemas de Whitman, incluyendo su mayúsculo final: una cruel broma de la naturaleza se había encargado de arruinarle la vida, e indirectamente de promover una masacre entre un montón de gente que tuvo la desgracia de estar a la hora y en el lugar equivocados.

domingo, 14 de agosto de 2011

¿Pierden los leprosos pedacitos de su cuerpo...?


Una cantera inagotable de chistes de humor cruel, al menos antes de la era de lo políticamente correcto, era sobre los leprosos y su cuerpo cayéndose a pedazos. Sin embargo, hasta donde sabía la ciencia médica a mediados del siglo XX, la lepra tiene que ver con la piel, los nervios y los músculos. ¿Cómo era posible que los leprosos pudieran perder pedazos de su cuerpo, incluso miembros enteros...? Cuando el médico Paul Brand fundó en la India la Nava Jeeva Nilayam (Centro de Nueva Vida) para rehabilitar leprosos, a mediados del siglo XX, tuvo ocasión de estudiar el tema. Y descubrió la realidad detrás del mito. Que era mito... a medias.

La explicación médica corriente es que si existía dicha pérdida, se debía a la atrofia muscular inherente a la lepra. Pero esto no convencía a Paul Brand: había examinado a pacientes negativos (enfermos asintomáticos) que se quejaban de haber perdido parte de sus dedos a pesar de que los exámenes sobre tejidos musculares no mostraban síntomas de lepra. La respuesta le llegó casi de casualidad. Un día, lidiando con una llave para abrir un candado oxidado, un niño leproso se ofreció a abrirla, e hizo el trabajo por él, sin el menor esfuerzo. Pero cuando Brand vio sangre en el suelo, le pidió al niño que extendiera la mano, y descubrió con horror que el niño se había rajado la mano con la llave tan profundo, que el hueso al fondo estaba expuesto. Y todo eso sin que el niño se enterara. A Brand entonces le cayó el tejo sobre lo que ocurría: los dedos de los pacientes leprosos sí se encogen y pueden caerse a pedazos, pero no por una consecuencia directa de la enfermedad, sino porque al verse afectados los nervios y perder la sensibilidad y el sentir dolor, los leprosos se herían ellos mismos con agentes externos sin darse cuenta.

Pero como buen científico, Paul Brand debía todavía corroborar su teoría. Observó durante meses a los leprosos del taller de rehabilitación que atendía, y descubrió que en casi todos los casos, había una correlación entre las heridas y eventual pérdida corporal de los pacientes, y los accidentes laborales o de la vida cotidiana. A tales accidentes todos estamos expuestos, pero los sanos reaccionamos esquivando o retirándonos del agente (por ejemplo, retirando un cuchillo que nos corta), y curándonos la herida resultante, todo ello debido al dolor de la herida en sí. Los leprosos, al no sentir dolor, no tenían señal de alarma, y se herían hasta el punto de la automutilación, o dejaban que sus heridas se infectaran, y todo esto sin darse cuenta. Brand tenía conocimientos de carpintería, y esto le ayudó a diseñar herramientas más seguras para que los leprosos sufrieran menos accidentes. También dirigió su atención a los pies: descubrió que las llagas e infecciones en éstos, y la pérdida de dedos inclusive, se debían al calzado. Mientras que las personas normales usan poco o cambian de calzado si éste no es cómodo, alguien sin sensibilidad como un leproso no puede saber si al caminar con un calzado incómodo o inadecuado, se está lastimando, hiriendo e incluso mutilando sus pies. De manera que Brand también diseñó un calzado especial para que éstos pudieran utilizar.

Quizás el episodio más tenebroso relacionado con el tema, sea el de un chico que acudió a Brand faltándole la tercera parte del dedo índice. El muchacho se había acostado con su dedo intacto, y había despertado sin él. ¿Sería posible que los dedos pudieran caerse con la lepra, después de todo? Brand inspeccionó la cama del chico y el suelo alrededor, convencido de que el pedazo de dedo estaría ahí, si fuere el caso. Pero no estaba: sólo había manchas de sangre. Al verlas con detención, Brand descubrió unas huellas diminutas: las ratas habían conseguido colarse y darse un festín con el dedo del infortunado chico mientras éste dormía, sin que éste por supuesto se diera cuenta en lo absoluto. Paul Brand recurrió entonces a las soluciones de toda la vida, y trajo gatos a la colonia. Y en el equipo que cada paciente recibía al darse de alta, iba incluido un gatito...

Con todo, Brand demostró que en cerca del uno por ciento de los casos, la lepra sí invade los huesos, volviéndolos lo suficientemente quebradizos como para que en efecto puedan separarse. El resultado en este caso es justamente el de la sabiduría convencional sobre la lepra: perder ese pedacito de cuerpo.

jueves, 11 de agosto de 2011

Abogado con las manos deformes.


Durante su prolongada estancia investigando la lepra en la India, uno de los casos más curiosos que debió atender Paul Brand, no desde el punto de vista médico sino social, es el relacionado a un abogado de Calcuta. A mediados del siglo XX la lepra ya no era una condena segura desde el punto de vista médico, ya que existían tratamientos contra ella (siendo una enfermedad provocada por una bacteria, basta con diseñar buenos antibióticos, y la enfermedad puede ser contenida... un gran "basta", por supuesto). Pero en la India, país tradicionalmente pobre debido a su gran población, no todas las personas podían permitirse el costo del tratamiento, y los leprosarios eran por lo tanto casi parte del paisaje.

Pero este abogado de Calcuta, de quien por supuesto no llegó a saberse el nombre, tenía recursos como para pagarse un tratamiento particular contra la lepra. De hecho, se sometió a dicho tratamiento, y la enfermedad remitió. Pero aunque curado por completo de la lepra, quedaban las secuelas. La lepra no sólo ataca la piel, generando unas cicatrices características, sino que las emprende con los músculos y nervios de las extremidades, y como buena enfermedad degenerativa, el resultado es la atrofia progresiva. Aunque curado de la lepra, sus manos seguían atrofiadas, por supuesto, y esto era bien visible para cualquiera que tratara con él... o que litigara con él en un juicio.

Pronto otros abogados, con la petulancia característica en muchos de su oficio, alegaron que era ignominioso para la profesión que un hombre con las manos hechas pedazos defendiera una causa. El hombre incluso fue llevado ante tribunales, para obligarle a abandonar la profesión. Desesperado, éste escribió a Paul Brand, el mayor especialista del mundo en tratamiento de las deformaciones traumatológicas producto de la lepra. Debido a la urgencia del motivo, Paul Brand tomó el riesgo de operar las dos manos simultáneamente en un solo día (por protocolo, las operaciones solía efectuarlas en días consecutivos). Los resultados fueron espectaculares, y de hecho el abogado regresó para defenderse él mismo en la vista de la causa. Cuando se enumeraron los cargos, se puso en pie, y soltó un...

-- ¿Qué deformidades...? --, al tiempo que exhibía triunfante las manos que podían moverse sin problemas. Por supuesto que los cargos fueron levantados.

domingo, 7 de agosto de 2011

Krishnamurti el leproso.


Vaya por delante que este artículo no se refiere a Krishnamurti el famoso líder religioso de comienzos del siglo XX, sino a otro distinto que... listo, con esto perdí a las dos terceras partes de los que arribaron a esta página. ¿Sigue interesado el tercio restante? ¿Sí? Seguimos entonces. Como decía, que ambos personajes (el Krishnamurti mesías y el Krishnamurti que nos ocupa en este posteo) son dos personas distintas, y la relación es puro alcance de nombre. Krishnamurti era un habitante de la India con un historial siniestro: era de buena familia, había recibido buena educación, hablaba varios idiomas, y desempeñaba puestos de responsabilidad, todo eso hasta que fue asaltado por la lepra. Lo perdió todo: no sólo la salud física, por supuesto, sino también la conexión social, porque ya sabemos lo que pasa con alguien cuando se le declara lepra (contrario a la creencia popular, por cierto la lepra tiene una bajísima tasa de contagio).

Por esos años un doctor llamado Paul Brand estaba haciendo una investigación radicalmente novedosa: antes que él casi todos los epidemiólogos especializados en lepra trataban de investigar antibióticos o contender con la infección a la piel, pero nadie se había preocupado por el efecto de la lepra en los músculos, tendones y huesos (ni el propio Brand, que se vio con el trabajo cuando fue llamado para eso). Brand había descubierto que la atrofia de las manos y pies en los leprosos sigue siempre la misma ruta, y había descubierto que algunos músculos nunca son consumidos por la lepra, y con ello había abierto la ruta para recuperar las manos de los leprosos mediante intervención quirúrgica. Y Krishnamurti fue el primer paciente de lo que en ese tiempo era cirugía experimental. Medio embotado por su catástrofe personal, Krishnamurti aceptó, con fastidio y desdén hacia su propio cuerpo, y por ende sin muchas esperanzas de mejoría.

Las operaciones (porque se requerían más de una) y la fisioterapia subsiguiente tardaron meses. Pero tuvieron éxito: Krishnamurti recuperó sus manos paralizadas por la lepra, y volvió a utilizarlas. Incluso su ánimo mejoró. Se le permitió entonces salir de alta del hospital... para regresar, completamente hundido, dos meses después. Le espetó entonces a Paul Brand que las manos no le servían. Cuando Brand se las examinó y las encontró normales, Krishnamurti le soltó que "no me sirven para MENDIGAR". Resulta que en el mundo exterior, Krishnamurti no obtenía empleo debido a sus manchas de lepra, pero tampoco limosnas porque tenía las manos saludables y no deformadas y por lo tanto no inspiraba piedad o compasión...

Afortunadamente, la historia de Krishnamurti tiene un final algo más feliz que éste. Resulta que de su vida anterior a la lepra, Krishnamurti sabía escribir a máquina. Hacerlo de nuevo con sus manos antes atrofiadas y ahora recuperadas fue otra hazaña, pero lo logró, y pronto empezó a ganarse algún dinero mecanografiando para otros pacientes que les pagaban por sus trabajos. Por supuesto que Paul Brand reflexionó sobre este caso (y otros más en el intermedio), y eso también tuvo su fruto: gracias a la generosa donación de una misionera de 84 años que donó todos sus ahorros (cerca de 500 libras esterlinas), consiguió abrir la Nava Jeeva Nilayam (Centro de la Nueva Vida), organización dedicada específicamente a la rehabilitación de enfermos de lepra, entendida esta rehabilitación social como la otra parte del trabajo que debía hacerse a continuación de la rehabilitación física que implica el tratamiento de la lepra.

domingo, 31 de octubre de 2010

Palabras alrededor de la bilis.

La bilis o hiel, es una secreción del hígado. Es bien conocido su carácter amargo, hasta el punto de utilizársele como el ejemplo clásico de amargura ("se le rompió la hiel", "tiene un temperamento bilioso", etcétera). La palabra bilis deriva del latín bilis, que a su vez deriva del griego χολή ("colé"). Y aquí es donde empieza lo bueno. Partamos con suavidad diciendo que la raíz griega ha seguido en pie dentro del vocabulario médico castellano. Así, el conducto que lleva la bilis al intestino se llama colédoco, la substancia secretada por el intestino delgado que ayuda a verter bilis en la digestión se llama colecistoquinina, los cálculos biliares son colelitiasis, la inflamación de la vesícula producto de esos cálculos es la colecistitis, y la ulterior extirpación quirúrgica de la misma es la colecistectomía.

Pero si se acabara el asunto ahí, éste sería un posteo probablemente aburrido. Sin embargo, si nos volvemos a la Medicina del pasado, a la tenebrosa era de los "Cuatro Humores", nos encontramos con otras sorpresas. Los antiguos creían que existían cuatro humores en equilibrio dentro del cuerpo, y cuando tales humores se salían de dicho equilibrio, sobrevenían las enfermedades (o buena parte de ellas, al menos). Esos fluidos eran la sangre, la flema (el famoso esputo viscoso que acompaña a la tos de las inflamaciones respiratorias), la bilis y la atrabilis o "bilis negra". ¿A qué estado de ánimo asociaban el exceso de bilis? Como la bilis es amarga, les pareció natural asociarlo al temperamento amargo, y así es como la palabra griega "colé" se vertió en el castellano "cólera". Así es que de ahí viene el actual temperamento o carácter colérico, o sea, amargado e irritable.

También con esta raíz etimológica se vincula la enfermedad del cólera. Uno de los síntomas del cólera es la diarrea: de hecho, el cólera mata fundamentalmente por la deshidratación del paciente, por lo que un tratamiento con suero intravenoso salino suele ayudar a la recuperación del paciente. Y este flujo diarreico que es producto del cólera, fue calificado de flujo bilioso, y de ahí el nombre.

Los más avezados que entiendan un poco de griego quizás hayan descubierto el paso siguiente. Mencioné una bilis amarilla y una bilis negra. La bilis amarilla es responsable del temperamento colérico. ¿Y la bilis negra...? Ya que en griego la palabra negro es "μέλας" ("melas"), como en melanina por ejemplo (el pigmento que le da un tono oscuro a la piel), ya pueden ir sumando: μελαγχολία ("bilis negra") se traduce al castellano como "melancolía". Es decir, el exceso de bilis amarilla ocasionaba desagrado, irritación y amargura, y el exceso de bilis negra originaba depresión, desánimo y apatía. Pensándolo bien, es una suerte que la Medicina haya salido de esos tiempos cavernarios, y las depresiones se traten con métodos un poco más ajustados a la etiología del mal.

domingo, 5 de abril de 2009

Dorar la píldora.


En la actualidad, ser vendedor de farmacias implica poco más que ir del mesón de atención a la estantería para retirar una caja con una cantidad de pastillas con un compuesto químico rigurosamente dosificado, previa entrega de receta médica (sin querer faltarle el respeto a los trabajadores del rubro, claro está... me refiero a los del mesón de atención, no a los barones dueños del oligopolio, también claro está). Consecuencias de la globalización y de haber puesto el negocio farmacéutico en manos de grandes transnacionales de carácter planetario que trabajan con innumerables patentes de investigación. El viejo arte farmacéutico de elaborar los remedios en la misma farmacia, hoy en día se encuentra disponible tan solo en lugares con "recetario magistral", e incluso éstos parecieran ir desapareciendo.

Como decíamos, antaño en las boticas (los antecedentes de las farmacias), los remedios se preparaban prácticamente a pedido. El médico despachaba la receta, y una vez recibida ésta en la farmacia, el farmacéutico debía elaborar las píldoras prácticamente a pulso. Antes, los compuestos químicos que debían ingresar al cuerpo tenían tan mal sabor como hoy en día, y por ende los farmacéuticos adoptaron la costumbre de dorar las píldoras que fabricaban para sus clientes, echándoles alguna substancia dulce encima, a fin de que no se sintiera el gusto del remedio por debajo. Hoy en día muchas pastillas vienen desde la fábrica con una recubierta de buen sabor por este motivo, pero en esa época, era parte del trabajo del farmacéutico el bañarlas en alguna substancia dulce y crear una costra con ella poniéndola al fuego (dorándola).

De ahí que haya nacido la expresión "dorar la píldora", que saltó al léxico popular, y se utiliza todavía hoy, para referirse de manera metafórica al eximio arte de suavizar una mala noticia, de extraerle a una persona cauta o desconfiada algún favor o beneficio, o de proponer un negocio o asunto turbio de manera que no despierte sospechas. Por supuesto, en su acepción original y farmacéutica, los propósitos de "dorar la píldora" eran mucho más sanos y más honestos. Quizás así es como evoluciona la sociedad, después de todo...

domingo, 20 de julio de 2008

La mala salud de Napoleón.

En la Historia Universal, la mala salud de Napoleón Bonaparte llega a ser legendaria. Podría parecer algo sorprendente en un hombre que lideró sin parar casi un cuarto de siglo de guerras, pero en realidad, bien mirado, el desgaste de tantas conflagraciones militares y preocupaciones gubernamentales jugaron un destacado papel en tumbar la salud napoleónica.

Apenas tenía 28 años, sus problemas digestivos empezaron a manifestarse. Padecía de estreñimiento crónico, y desarrolló hemorroides. A esas alturas recién estaba en la Campaña de Italia (1797). También sufría fuertes migrañas, y con el tiempo desarrollaría cólicos, cálculos, y según piensan algunos, una úlcera péptica. Napoleón mismo era persona de malísimos hábitos alimenticios, entre ellos tragar la comida sin masticar demasiado, y además creía que el descanso era para los débiles, lo que en vez de mejorarlo, lo hundió aún más. Poco después, en la Campaña de Egipto (1798-1799) parece haber contraído una esquistosomiasis, mal que se transmitía por las aguas contaminadas, y que siendo acumulativo en el tiempo, causa graves males urinarios.

Diez años después, hacia 1807, Napoleón Bonaparte había conseguido tumbar a Prusia y Austria, y sólo Rusia e Inglaterra se le resistían. Pero diez años de fatigas y preocupaciones empezaban a hacerle mella. Engordó visiblemente. Además, su temperamento se hacía cada vez más intratable, y su velocidad de pensamiento disminuía. Esto tuvo dos consecuencias: en primer lugar empezó a cometer errores garrafales, y en segundo, debió aprender a delegar en sus generales. En varias batallas decisivas padeció dolencias igualmente decisivas: en Borodino (la ganó en 1812) sufrió achaques urinarios, en Bautzen (la ganó en 1813 aunque sin poder capitalizar el triunfo) comió compulsivamente y luego vomitó, y en Leipzig (también 1813, y la perdió) estaba aletargado y somnoliento. Y en la decisiva Batalla de Waterloo, parte importante de su derrota se debió a un violento ataque de hemorroides que le impidió montar a caballo y le causó enormes dolores: tenía apenas 46 años. Y le quedaban sólo seis años adicionales de vida.

Es obvio que la aplastante caída del Imperio Napoleónico se debe a un conjunto de factores, incluyendo el delicado equilibrio internacional de las superpotencias de su época. Sin embargo, estando todo el poder concentrado en un solo hombre, el que este hombre estuviera cada vez más enfermo y achacoso contribuyó lo suyo a su desplome. En cierto sentido, Napoleón Bonaparte fue el abuelito lejano de los actuales ejecutivos de grandes multinacionales que se conectan 24 horas al día en su trabajo, hasta que revientan...

domingo, 24 de junio de 2007

El destino final de Vesalio.

El gran salto conceptual que significó la obra de Andreas Vesalio para la Medicina, es algo que ya comentamos en un posteo anterior de Siglos Curiosos. Pero no dijimos nada sobre su destino posterior, lo que le aconteció después de haber publicado su monumental "De humani corporis fabrica" ("De la fábrica del cuerpo humano"), en 1543.
Por haberse atrevido a enmendarle la plana a Galeno, el antiguo médico romano que era literalmente la Biblia de los médicos hasta el siglo XVI, Vesalio sufrió toda clase de ataques. Uno de los más enconados enemigos de Vesalio fue, por descontado, su antiguo profesor de Medicina, Jacobus Sylvius, quien probablemente se sintió amenazado en su calidad de académico de primera por su joven discípulo que le estaba superando; había sido profesor de uno de los más brillantes médicos de todos los tiempos, y aún así no tuvo empacho en llamarle loco.
Molesto por todo el escándalo a su alrededor, Andreas Vesalio se resolvió a marcharse de Italia, abandonando su puesto en la Universidad de Padua (en ella, algunos años después, y dicho sea de paso, se hará un puesto Galileo Galilei). Le habían ofrecido un puesto como médico en la corte española, por lo que se dedicó a las labores más bien pedestres, considerando su genio, de tratar la gota de Carlos V, y después los males de su hijo y sucesor Felipe II. Radicado en Bruselas primero y en Madrid después, tuvo tiempo de enriquecerse, y ejerció así para los reyes de España durante veintiún años.
Parecía que Vesalio había encontrado por fin recompensa a sus merecimientos, pero a finales de su vida emprendió la peregrinación a Tierra Santa. El motivo es desconocido, pero la leyenda negra insiste que chocó de frente con la Santa Inquisición, que le habría condenado a muerte por sus experimentos anatómicos. Felipe II le habría conmutado la pena por la de peregrinar a Jerusalén, lo que dados los precarios medios para viajar de aquel tiempo, era simplemente dilatar lo inevitable. En efecto, Vesalio enfermó gravemente durante el viaje, fue desembarcado en una isla griega (Zante, frente a Corinto), y de él nunca se volvió a saber, así es que se lo da por presumiblemente muerto. Un trágico destino para alguien que en la Medicina alcanzó tanta importancia como revolucionario, como su contemporáneo Nicolás Copérnico en la Astronomía.

jueves, 24 de mayo de 2007

La muerte de Francis Bacon.

Francis Bacon, científico, ensayista y político de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, tuvo un fallecimiento de lo más peregrino. Fue, para que seamos exactos, víctima de su curiosidad científica. Y al igual que su coleguete René Descartes, fue el frío quien le jugó una mala pasada.
Un día cualquiera del año 1626, comenzó a caer nieve sobre Londres. Francis Bacon decidió que era una estupenda oportunidad para investigar la acción del frío para retrasar la descomposición de los cadáveres. De esta manera, se dedicó la tarde a los menesteres de enterrar un pollo muerto en la nieve. Desafortunadamente para él, el frío intenso obró lo suyo, y Bacon se ganó una buena gripe. Debido a su avanzada edad (65 años), la gripe se complicó y se convirtió en pulmonía, la que le costó la vida unos días después. En cuanto al pollo que Bacon enterró, nada se sabe sobre él.
Puede decirse, por tanto, con su miga de ironía, que Francis Bacon murió por culpa de enterrar un pollo en la nieve.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Los gatos y la Peste Negra.

Los gatos han sufrido las más diversas famas. Es sabido que los antiguos egipcios los consideraban dioses, pero en otros tiempos, los gatos han pasado a ser considerados los compañeros naturales de brujos y hechiceras. Esta mala reputación, avalada por la Iglesia Católica, llevó a la muerte de cientos de estos animalitos, acusados injustamente de ser criaturas del demonio, ya que se suponía que Satanás se encarnaba en éstos para aconsejar a sus diabólicos adláteres.

Pero la Europa de la Edad Media pagó muy cara su ignorancia. La Peste Negra de 1348, que se extendió por dos o tres años aproximadamente, se llevó consigo a la cuarta parte de la población europea, 25 millones de habitantes de los 100 que por ese entonces habitaban el continente, lo que representa en las familias extendidas de la época, a más de un muerto por núcleo familiar.

La costumbre de quemar a los gatos tuvo mucho que ver con la rápida propagación del mal. Hoy en día, el sospechoso más seguro de haber desatado la Peste Negra es un bacilo llamado Yersinia Pestis, cuyo vector natural, o sea, el medio de transmisión al hombre, es la pulga de la rata. ¿Y quién mantenía a raya la población de ratas en la Europa de la Edad Media? Con los gatos sobreviviendo como mejor podían a las razzias de la Iglesia Católica, nadie. Para peor, cuando estalló la Peste, no pocos opinaron que aquello era asunto de brujas, y las quemas de gatos recrudecieron, con lo que el problema se hizo incluso peor. He ahí las funestas consecuencias de maltratar a los pobres y vilipendiados gatos.

Este posteo está dedicado a la memoria de la gata Espíritu (n. 5-X-1995, f. 3-X-2006). A partir del próximo posteo, Siglos Curiosos vuelve a su especial sobre la América Precolombina.

jueves, 29 de junio de 2006

Los (disculpables) errores de Galeno.

Durante toda la Edad Media, la Medicina se enseñaba según el manual de Galeno, un romano del siglo II d.C. que llegó a ser médico de cabecera del Emperador Marco Aurelio. Como en esa época la enseñanza consistía en aprenderse lo que el maestro decía de memoria, nadie se había cuestionado mayormente si lo que aparecía en Galeno concordaba o no con la realidad. Hasta que los nuevos aires del Renacimiento, en el siglo XVI d.C., llevaron a algunos médicos a descubrir que las concordancias entre Galeno y la naturaleza no eran todo lo exactas que hubieran sido deseables para atender la salud de los pacientes.
El golpe de gracia a Galeno se lo propinó Andreas Vesalio, quien encontró de pronto la explicación a los errores que Galeno había cometido de manera un tanto inexplicable, toda vez que si se hubiera tomado la molestia de disecar un cuerpo humano, hubiera descrito las cosas de manera un tanto diferente. El suizo Vesalio un día cualquiera contempló en la Universidad de Basilea (en Suiza) el esqueleto de un gorila... ¡y descubrió que se ajustaba perfectamente a las descripciones de Galeno!
Hoy en día se sabe que Galeno, en la Antigua Roma, tuvo que ceñirse seguramente a la prohibición que existía de disecar cuerpos humanos. Por tanto, su mejor fuente de información era alguna clase de animal que se pareciera al ser humano, sin ser una persona propiamente tal: un gorila, por supuesto. Hizo entonces pasar sus observaciones sobre los gorilas como hechas sobre humanos, por lo que pasó entonces más de algún desliz, habida cuenta de que si bien el gorila y el ser humano se parecen bastante, hay más de algún aspecto en donde sus anatomías son distintas, aparte de las derivadas de las dimensiones corporales de cada especie.
Con su observación de que Galeno había trabajado sobre antropoides superiores y no sobre humanos, Vesalio terminó con el imperio de milenio y medio de médicos obtusos que trataban de ajustar la naturaleza a Galeno, en vez de Galeno a la naturaleza, e inició así la Medicina moderna. Sintomáticamente su trabajo máximo, "De humani corporis fabrica" ("De la fábrica del cuerpo humano") fue publicado en 1543, el mismo año en que Copérnico emprendía una revolución similar en la Astronomía.

domingo, 26 de marzo de 2006

¡¡Escorbuto!!

Una de las peores amenazas que debían afrontar los marinos antiguos, era la del escorbuto. Este es una enfermedad carencial, provocada por la falta de vitamina C. A los tres o cuatro meses de zarpar un navío, aparecían los primeros casos, debido al agotamiento de las reservas de frutas y verduras frescas. Los médicos los detectaban de inmediato: inflamación de las piernas, aliento fétido, inflamación y sangrado de encías. Después, la boca del paciente se inflamaba y gangrenaba, cayéndose todos los dientes uno por uno. Esta espantosa agonía duraba un mes entero, y culminaba en la muerte. Y como las vitaminas no eran conocidas, no se sabía qué ocasionaba la enfermedad que para ellos era un misterio completo.

El escorbuto barría a veces tripulaciones completas. Uno de los casos más desastrosos se produjo en una expedición holandesa en 1595, la flota Eerste Schipvaart. Cuando esta flota arribó a Madagascar, la enfermedad había dado cuenta de literalmente media tripulación. Un par de años después, cuando la expedición llegó a su destino, en uno de los barcos no habían hombres sanos suficientes para echar el ancla.

Curiosamente, sí se sabía que el jugo de limas y limones era muy efectivo para combatir el escorbuto. Incluso había médicos que lo prescribían como remedio. Pero tales víveres solían acabarse rápido. Además, tampoco se sabía por qué funcionaba dicha solución (es porque tienen vitamina C, pero eso lo sabemos ahora). Uno de los primeros que tomó el toro por las astas fue Horacio Nelson, el insigne almirante inglés que perdió la vida mientras hacia añicos la escuadra napoleónica en Trafalgar (1805). Nelson se preocupó siempre de que en sus buques hubiera abundante limón y repollo (otra gran fuente de vitamina C), factor que ayudó a darle superioridad a su flota.

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