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jueves, 27 de diciembre de 2012

El dientes de sable vegetariano.


¿Un dientes de sable vegetariano? ¿Y para qué quiere dientes de sable, entonces? El más famoso de los "dientes de sable" es el tigre dientes de sable, por supuesto, pero aparte de él, hubo otras especies acreedoras al título. Una de dichas especies es la que aquí nos ocupa. Su nombre científico es Tiarajudens eccentricus, y es... un reptil.

En realidad, el Tiarajudens eccentricus era una especie englobada dentro de los llamados "reptiles con caracteres de mamífero", criaturas relacionadas con los mamíferos (con todo no son antepasados directos, ya que su linaje se extinguió: en realidad son más bien tíos de los actuales mamíferos, que antepasados directos). El reporte del fósil es bastante reciente: fue presentado en sociedad el año 2011.

El caso es que esta criatura era aparentemente inofensiva. Sus incisivos recuerdan a los de un caballo, y los molares a los de una vaca, por lo que es de presumir que era una criatura hervíbora. Los enormes colmillos que se gastaba tenían entonces una función de defensa, contra los depredadores o contra la competencia. Y por cierto, es más de doscientos millones de años anterior al tigre dientes de sable, ya que vivió hace unos 265 millones de años, siendo por tanto incluso anterior a los dinosaurios.

El nombre del Tiarajudens eccentricus deriva de Sepé Tiaraju, un caudillo guaraní de mediados del siglo XVIII. El fósil fue descubierto en Rio Grande Do Sul, en el sur de Brasil.

jueves, 28 de julio de 2011

Errores científicos en la leyenda de la Creación.


A estas alturas del partido, para mucha gente debe resultar cansino repasar los errores científicos de la Biblia. Después de todo, para el grueso de la sociedad que se mueve entre el ateísmo radical y esa afable condición acomodaticia que es el "soy cristiano a mi manera", la Biblia no debe ser leída como una descripción minuciosa de la naturaleza, sino como un texto de enseñanzas morales. Sin embargo, de cara a quienes aún sostienen que la Biblia es un texto científico, hasta el extremo de preferir que sus seres queridos se mueran antes de recibir una salvadora transfusión de sangre, no sobra hacer un repaso de los errores científicos que comete. Sobre la creación, según el texto del capítulo 1 del Génesis, en lo que a este posteo se refiere.

Obviemos que la Biblia reduce la cronología de miles de millones de años a apenas seis días. Partamos con el tema de la luz: la luz fue creada en el primer día (Génesis 1:3). ¿De dónde salió, si no existieron estrellas hasta el cuarto día? Suponiendo que Dios haya inspirado el pasaje, podría referirse entonces a la radiación de fondo del universo, en el período de tiempo en que se enfrió hasta el punto de que su longitud de onda pasó por el espectro visible (en la actualidad su longitud de onda se ha corrido hasta llegar a la radiación de microondas, en donde la pueden captar los radiotelescopios). Sin embargo... el texto bíblico dice que Dios llamó "día" a la luz y "noche" a las tinieblas, lo que descarta esa teoría (en primera, en esa época no había Sol ni Tierra y por tanto no hay movimiento de rotación que pueda marcar la sucesión del día a la noche, y en segunda, en esa época no puede haber existido oscuridad porque el universo mismo debería haber sido literalmente pura luz). Descontemos claro está que cuando fueron creadas la luz y las tinieblas, la Tierra ya preexistía según la Biblia, cuando en realidad, la Tierra surgió DESPUÉS del nacimiento del Sol... lo que aconteció en el cuarto día según la Biblia. Y como última perla: el Sol y la Luna fueron creados de manera conjunta, cuando la ciencia modernamente aceptada señala que el Sol debió nacer primero, la Tierra después, y la Luna al último, producto de una fenomenal colisión cósmica.

La cosa se pone mejor en el segundo día, cuando Dios crea "el firmamento". Desde la óptica de la ciencia moderna, este paso sería innecesario porque el "firmamento" en realidad es el universo, y éste ya existe de antemano. Pero además, resulta que crea el firmamento... para separar las aguas superiores de las inferiores (Génesis 1:7). ¡De manera que la Biblia explica que el cielo es azul porque se trata de un océano celeste retenido por una cúpula transparente! Nótese que, capítulos más adelante, Dios desata el Diluvio Universal abriendo las compuertas del cielo y dejando por tanto ese océano celeste vaciarse en la Tierra (Génesis 7:11). Aparentemente, las estrellas están tachonadas contra la cúpula transparente, porque de otra manera no se explica que no se apaguen. Aunque en tiempos de los escritores bíblicos se suponía que las estrellas visibles eran todas las que existían: faltaba aún para que Galileo Galilei armado de un telescopio demostrara que existen muchas más estrellas, éstas invisibles a la mirada humana desnuda.

Volviéndose hacia la vida biológica, Dios realiza el sinsentido de crear la vegetación en el tercer día... cuando aún no había Sol que irradiara luz y permitiera hacer la fotosíntesis. Este pequeño desajuste en la tabla cronológica hizo que las plantas permanecieran por tanto un día entero pasando hambre, hasta el cuarto día en que por fin es creado el Sol. También respecto de la vida animal hay algunas incongruencias, ya que la vida de los océanos es creada en el quinto día, y la vida terrestre junto con el ser humano en el sexto, lo que es correcto a rasgos generales... salvo porque las ballenas fueron creadas ANTES que los insectos y presumiblemente que los reptiles, cuando en la historia paleontológica del planeta aparecieron exactamente al revés. Además, resulta que las plantas con flores (angiospermas) fueron creadas dos días ANTES de los animales terrestres, cuando en la realidad surgieron exactamente al revés (muchas plantas con flores no pueden sobrevivir sin insectos que efectúen la polinización cruzada, aunque por dos días...). Un rasgo del texto bíblico sí es interesante: le dedica un día entero a la creación de las bestias marinas, anticipo de lo extensos y mal conocidos que eran y siguen siendo los mares en su profundidad y variedad viviente, en comparación a la mucho más fácil de explorar tierra firme.

jueves, 21 de julio de 2011

El terrible Otto Hauser.


Toda disciplina científica pareciera necesitar un "enfant terrible" que se encargue de revolver las cosas un poco y rompa la costra de academicismo inerte que suele imponerse después de los grandes descubrimientos científicos. A comienzos del siglo XX, en esa por entonces neblinosa área fronteriza que existía entre la Paleontología y la Arqueología, en lo relativo al paso del "hombre primitivo" de Europa a la "civilización", dicho rol fue desempeñado por el paleontólogo suizo Otto Hauser (1874-1932). Hauser se hizo conocido en la época por su carácter arisco y difícil. Quizás algo tuviera que ver el hecho de que una enfermedad de las piernas le tuvo postrado en un lecho hasta los doce años. Era desconfiado, receloso, y alternaba fases de irresolución con fases de una determinación demoníaca. Y sobre todo, se había incubado en él, la ambición y el resentimiento de superar a sus colegas del todo en su propio juego. Eran, por supuesto, malas cartas de presentación para que se le hiciera caso en la comunidad científica.

Su primer hallazgo confirma lo que será la tendencia natural en la vida de Otto Hauser. Tenía 22 años, y sus investigaciones eran sufragadas por su madre, que era de familia acaudalada. Discurrió investigar un campamento romano e hizo una serie de interesantes hallazgos. Hubo quién le saludó con efusión, pero el grueso de la reacción académica fue de desdén. En la época no se consideraba la idea de investigar arqueológicamente a la civilización romana, demasiado próxima a nuestro propio tiempo y demasiado "histórica" para ser "arqueológica". Hauser se resintió de ello, considerando (probablemente con razón) que se le ninguneaba porque había tenido una idea brillante antes que sus colegas más doctos y reconocidos.

Hauser decidió pronto pasarse de la civilización antigua al hombre primitivo europeo, y en 1898 llegó a hacer excavaciones en la Dordoña. En la época, dicha región de Francia, rica en hallazgos, era objeto de un saqueo generalizado, y la malicia de los colegas de Hauser les hizo ver en éste a otro saqueador o "anticuario", como le llamaron. Pero Hauser, con el apoyo de algunos aislados palentólogos como Herman Klaatsch, y siempre respaldado por la fortuna monetaria de su madre, siguió adelante. Hauser fue publicando sus hallazgos, pero tuvo la mala idea de hacerlo en un tono insultante hacia toda la plana mayor de la Paleontología europea: "Lo que nadie ha logrado en equipos de cinco y de diez incluso, lo he conseguido yo totalmente solo. No me arredré ante las dificultades (...) por la misma convicción que tenía yo de la sublime grandiosidad de mi misión; la acometí totalmente solo y la he llevado a cabo". Entre la tormenta de críticas de los paleontólogos contra Hauser, un investigador suizo de apellido Ackermann le dedicaba las siguientes palabras a su objetividad científica: "aparecía enturbiada fuertemente a causa de las nubes de incienso de un culto al yo nada simpático"... Y sin embargo, el paso del tiempo demostró que muchas conclusiones de Otto Hauser respecto a la primitiva civilización europea, y que enmendaban la plana a todo lo aceptado por la academia en ese tiempo, eran correctas. Aunque no todo: el inconveniente de que Hauser defendiera sus ideas más con la porfía del misionero que con la sobriedad del científico, era que no se detenía sobre sus propios errores, tratando de señalar aquellos de los demás...

Quizás una anécdota permita comprender mejor la pasión de Otto Hauser por sus investigaciones prehistóricas. Hauser viajaba periódicamente a Berlín, y en la Potsdamer Platz (una importante plaza pública de la ciudad) compraba un gran ramo de flores. Luego se dirigía al Museo de Etnología para visitar los ataúdes de vidrio en el cual descansaban sendos esqueletos, que el propio Hauser había desenterrado e investigado en las localidades de Le Moustier y Combe-Capelle. Una vez frente a ellos, depositaba el ramo de flores sobre el vidrio, y se quedaba en respetuoso silencio ante aquellos cavernícolas por un instante. En una actividad como la ciencia, acostumbrada a tratar su objeto de investigación como eso precisamente, como objetos, una devoción tan personal es, como mínimo, algo infrecuente...

domingo, 7 de noviembre de 2010

¿Elefantes prehistóricos o romanos?


Hoy en día, detalles más o detalles menos, tenemos una bastante preclara idea de cómo evolucionó la vida en la Tierra, y para enterarse de los detalles, basta con sintonizar algún canal científico, en donde los programas sobre fósiles, y más recientemente con infografías de dinosaurios vivos, son parte de la parrilla programática y muy populares. Pero a mediados del siglo XVIII las cosas eran muy diferentes. Se pensaba que el mundo había existido apenas 6000 años, que todos los seres vivientes habían salido del molde el primer día de la Creación, y que la única catástrofe planetaria había sido el Diluvio Universal. En este contexto, era fácil que las acertadísimas deducciones de Conyers, un comerciante inglés de la época, pasaran ignoradas y desapercibidas.

Mr. Conyers era anticuario y farmacéutico. Como parte del giro de su negocio, Conyers vendía marfil que salía de por ahí o por allá. Se asumía que el marfil provenía de unicornios gigantes o de dragones, y nadie se lo cuestionaba mayormente, pero cuando Conyers anunció que no eran de tales bestias míticas, sino de elefante, se hizo la burla general. Conyers se había hecho con una partida, y debido a que los precios estaban bajos y no era muy razonable vender amuletos de unicornio (de hecho, ya no se engarzaban en oro o plata, sino en hierro), los guardó. Y mientras tanto, los estudió. ¡Grande fue su sorpresa cuando en la partida descubrió lo que parecía ser una roca tallada, quizás un hacha de piedra! ¡Y más grande aún cuando descubrió que, en efecto, el marfil provenía de elefantes! Todo esto resultaba difícil de creer para el vulgo. Después de todo, cada londinense sabía que los unicornios y dragones existían en los páramos británicos, pero un elefante... un elefante en Inglaterra... ¿quién podría creer eso? ¿Y como un caballero inglés podría haber usado un hacha de piedra, en vez de una buena espada de metal?

Bagford, un amigo de Conyers, le sugirió entonces que aceptara, o al menos fingiera aceptar, que dichos huesos y esa hacha no eran de la Prehistoria, sino del período romano. La historia sería la siguiente: los romanos habrían tomado las Islas Británicas por asalto montados en elefantes, y algún fiero bretón, sin materiales para construir un hacha salvo piedra, les habría plantado cara combatiendo a los invasores.

A la larga, Conyers tenía razón. El marfil que había aparecido pertenecía a elefantes prehistóricos, y lo mismo el hacha de piedra. Pero la investigación paleontológica iba a tener que recorrer un largo camino antes de llegar a una conclusión tan revolucionaria.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Espectros de los ordovicos y los silures.

Uno de los más dramáticos eventos en la Historia de la Tierra, no demasiado conocido porque no intervienen dinosaurios, pero no por ello menos dantesco en cantidad bruta de muertos, es la llamada Extinción Masiva del Ordovícico-Silúrico, que se produjo aproximadamente hace 450 millones de años. No es la peor de todas, pero en cantidad de especies extintas no tiene nada que envidiarle a la extinción masiva más conocida, que es la KT (Cretácico-Terciario, la clásica de los dinosaurios, vamos). De hecho, es la segunda extinción masiva de especies marinas conocida, cerca de un 60% del total, lo que es bastante si se considera que en la época, TODA la vida animal o vegetal estaba confinada en los mares (el récord absoluto lo tiene la Extinción del Pérmico-Triásico, hace unos 250 millones de años, aunque en esa época la vida ya se había abierto camino hacia la superficie terrestre).

Desde un punto de vista etimológico, tiene su gracia que una de las cinco mayores extinciones masivas en la historia terrestre reciba su nombre de los dos períodos geológicos mencionados (el Ordovícico y el Silúrico, ambos partes del Paleozoico, conocido en los manuales antiguos como Era Primaria). Resulta que la Paleontología de la primera mitad del siglo XIX, cada vez más dispuesta a aceptar que la Tierra debía ser más vieja que los 6000 años bíblicos, comenzaba la dificultosa labor de periodizar la historia terrestre. Como la investigación científica estaba confinada en la época a los fósiles y sedimentos de Europa, las rocas mejor investigadas del período Primario (actual Paleozoico) eran las de Gales, en Inglaterra. De esta manera, cuando quisieron buscar nombres, se volvieron al nombre antiguo de Gales (Cambria), para bautizar lo que actualmente es el Período Cámbrico.

Ahora bien, pronto hubo que inventarse más nombres para los períodos, y como parecía cómodo el sistema adoptado, los dos períodos siguientes al Cámbrico recibieron su nombre de dos tribus galesas, precisamente: el Ordovícico de los ordovicos, y el Silúrico de los silures. Los ordovicos vivían en el norte de Gales y los siluros en el sur, y los historiadores romanos refieren el apetito de ambas tribus por la guerra. En los hechos, durante el siglo I después de Cristo, los romanos trataron de entrar a Gales por la fuerza, y si bien lograron conquistar y pacificar la región (más o menos), esto les costó lo suyo, y los ordovicos y siluros nunca aceptaron la romanización sino de mala gana, sólo para sacudírsela a la primera ocasión. Cuando cayó el Imperio Romano, Gales recayó en la barbarie como si nunca los romanos hubieran estado allí.

Yendo un poco más lejos en la etimología, nos encontramos con que la palabra "ordo-wik" puede estar emparentada con el irlandés "ord" y el galés "gordd", que significa martillo. "Silo", por su parte, vendría significando "semilla" en galés. Quizás ambas tribus, conocidas por la fiereza de sus guerrillas contra los romanos, se habrían sentido más que satisfechas de saber que por un capricho de la Historia de la Ciencia, los nombres de ambas acabarían insertas nada menos que en uno de los más importantes eventos de extinción masiva en la Historia de la Tierra completa...

domingo, 27 de diciembre de 2009

Los peregrinos fósiles de Beringer.

A comienzos del siglo XVIII, el mundo científico, conformado en muchos casos por aficionados más llenos de entusiasmo que de otra cosa, empezó a interesarse en el problema de aquellas extrañas piedras con formas de órganos y aún seres vivientes: los fósiles. Como no se suponía que existieran criaturas extintas aparte de las ahogadas por el Diluvio Universal (la Biblia seguía siendo el principal libro sobre Historia de la Tierra), y además aparecían allí donde no debían (esqueletos de peces en las altas montañas, etcétera), nadie pensaba que aquellas hubieran sido criaturas ancestrales. En vez de eso, se pensaba que distintos procesos netamente físicos moldeaban la piedra misma y le daban formas que a nosotros las personas nos parecían de tal o cual animal.

Un catedrático de Historia Natural en la Universidad de Würzburgo, llamado Johann Bartholomew Beringer, reclutó a sus alumnos para acompañarles en sus búsquedas de restos fósiles. Beringer tuvo la enorme suerte de que empezaron a aparecer fósiles a porfía en torno suyo. Estos eran rarezas increíbles, tales como ranas apareándose, arañas atrapando moscas, lagartijas o insectos extraños... Lleno de entusiasmo, Beringer no reparó en que, muy probablemente, de haber sorprendido el Diluvio Universal a las dichosas arañas, éstas hubieran dejado de copular en el acto, así como también las arañas papando moscas hubieran abandonado tales menesteres para ocuparse en no morir ahogadas. Beringer estaba emocionado: ¿acaso no estaba viendo a la mismísima fuerza vital engendrando a partir de la roca? En la época todavía se creía en la generación espontánea, y no se asentaba en la ciencia el principio de que "todo ser viviente proviene de otro ser viviente". Por lo tanto, la idea de que Beringer estuviera parado sobre una cantera de rocas cobrando lentamente vida a impulsos de la fuerza vital, o como se llamara ésta, no sonaba en lo absoluto descabellada.

Las sorpresas empezaron a tornarse cada vez más sorprendentes, valga la redundancia. Apareció un sol petrificado, una media luna... ¡Incluso apareció una tabla con caracteres hebreos! Beringer, insensible a cualquier otra consideración, publicó sus conclusiones en un libro llamado "Lithographiæ Wirceburgensis", en 1726, decorándolo con bellas ilustraciones de sus rocas cobrando vida. Aquello estaba llegando demasiado lejos, así es que ahora, a manera de aviso, apareció otro fósil con el nombre de Beringer. Beringer vaciló, y finalmente descubrió la verdad. Sus preciosos fósiles no eran sino artesanías en barro cocido que sus propios estudiantes cocían y secaban, para luego enterrar en los lugares que después serían excavados. Todos los hallazgos de Beringer, y todas las conclusiones publicadas en su bello libro, no eran más que una broma estudiantil que se había salido de control.

Humillado, Beringer recurrió a todo su dinero para comprar la edición completa de su obra, y destruirla. Como suele ocurrir, algunos tomos escaparon de la purga, y gracias a ellos se conoce el contenido físico de la obra en la posteridad. También se conservaron algunas de las llamadas "piedras mentirosas". Incluso, a sabiendas de que todo era un fraude monumental, hubo espacio para que en 1767 se lanzara una segunda edición del dichoso libro (humillación suprema que Beringer, fallecido en 1740, no alcanzó a ver). Toda la investigación paleontológica en masa, no sólo la de Beringer, se desacreditó, y durante mucho tiempo nadie volvió a preocuparse por el tema de los fósiles. Hasta que la curiosidad pudo más, y la investigación, a las últimas, siguió.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La demencial nummulosfera de Randolph Kirkpatrick.

Una de las teorías científicas más demenciales del siglo XX, sin lugar a dudas es aquella postulada por Randolph Kirkpatrick, y que suele ser conocida como la "nummulosfera". En breves palabras, esta teoría postula que TODAS las rocas fueron creadas por unos bichos llamados nummulites. Semejante despropósito viola todas las leyes geológicas conocidas, por lo que cabe preguntarse qué llevó a Kirkpatrick (que era estudioso de las esponjas, y además... ¡nada menos que Conservador del Museo Británico!) a plantear con toda seriedad científica una hipótesis tan aberrante. La historia es, más o menos, la siguiente.

Los nummulites son criaturas fósiles del tipo de los foraminíferos (un tipo de criatura ameboides que secretan conchas, y cuyas versiones modernas y vivientes forman parte del plancton de los mares). Su forma lenticular les dio su nombre, ya que "nummulus" significa "monedita" en latín (comparte raíz etimológica con la palabra "numismática", que es la disciplina que estudia las monedas). El historiador romano Estrabón vio estos fósiles en Egipto, y creyó erróneamente, aunque de buena fe, que eran lentejas petrificadas procedentes de las raciones de los esclavos que construyeron las pirámides. Los nummulites eran conocidos en la época de Randolph Kirkpatrick, pero el problema es que él, por lo demás investigador honesto y cabal, empezó a ver nummulites en todas partes. Incluso en rocas ígneas, que según es bien sabido, no contienen fósiles (las rocas ígneas se forman directamente de la lava líquida, y por lo tanto, es imposible que un fósil se conserve en ellas). Kirkpatrick, borracho de nummulites, acabó llegando a la conclusión más obvia y evidente bajo esos parámetros: que absolutamente TODAS las rocas eran en realidad nummulites fosilizados. Lo que había pasado, según Kirkpatrick, es que no existiendo depredadores capaces de comerse las conchas de los nummulites, éstas se habían acumulado en el fondo de los mares, y el calor de la Tierra las había fundido hasta convertirlas en las rocas modernas. Incluso pensaba que, al ser estrujados y fundidos, fueron empujados hacia arriba, convirtiéndose en los meteoritos... ¡de manera que los meteoritos también estaban hechos de conchas de animales unicelulares terrestres! Al último, llegó a creer que los nummulites eran nada menos que la estructura misma de la vida, su arquitectura o esencia fundamental... Sus, ehm... "resultados"... fueron publicados en un tratado llamado "La nummulosfera: Un recuento del origen orgánico de las llamadas rocas ígneas y las arcillas rojas abisales" ("The Nummulosphere: An Account on the Organic Origin of so-called Igneous Rocks and of Abyssal Red Clays"), en el año 1912, que por supuesto le atrajo las rechiflas y cuchufletas de todos los científicos e investigadores serios del mundo.

Hoy en día sabemos donde estuvo la trampa en que cayó Randolph Kirkpatrick. Por un lado su Eozoon (nombre que le dio a los nummulites, y que en griego significa "criatura del amanecer") en realidad no existe. Las famosas formas lenticulares que descubrió, en realidad eran producto de reacciones inorgánicas: calor y presión. En segundo lugar, el propio Kirkpatrick parece haberse obsesionado con la teoría hasta límites increíbles: "En ocasiones, me ha sido necesario examinar un fragmento de roca con la máxima minuciosidad durante horas antes de poder convencerme de que había visto todos los detalles arriba mencionados" (o sea, los nummulites fosilizados). Si había estado horas y horas viendo una misma roca buscando con desesperación que aparecieran los dichosos nummulites, no es de extrañar que al final terminaran compareciendo... dentro de su afiebrada imaginación.

Con todo, a pesar de estos desvaríos, Randolph Kirkpatrick también consiguió algún acierto modesto. Sus estudios sobre la Merlia, un tipo de esponja presente en la Isla de Madeira, le llevaron a un hallazgo asombroso (bueno, asombroso para todos aquellos que se apasionen por esas criaturas quietas y calladas que son las esponjas marinas): las esponjas en comento creaban sus espículas (sus agujas que le sirven de esqueleto interno y le dan estructura) a partir de sílice, pero también de calcio, como los corales. Para la sabiduría biológica de 1910, esto era aberrante (¿una esponja que haga lo mismo que un coral...?). Las conclusiones de Kirkpatrick fueron arrumbadas y olvidadas porque nadie quería creerle una sola palabra al investigador que había publicado ideas tan irresponsables como la famosa nummulosfera. Pero en la década de 1960, investigando los resquicios en los arrecifes de coral, los buzos científicos se encontraron con nuevos y variadísimos ecosistemas. Y en esos ecosistemas, adivinaron, estaban las famosas esponjas medio coralinas que Kirkpatrick había predicho. Hoy en día, se aceptan las esponjas coralinas como parte del mundo viviente, y se le da a Randolph Kirkpatrick el crédito por haber sido el primero en dar el chivatazo, por más que debido a sus ideas raritas sobre el origen de las rocas, nadie le haya hecho en su tiempo el menor caso.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El Diablo contra Georges Cuvier.


Georges Cuvier (1769-1832) fue uno de los más destacados naturalistas de comienzos del siglo XIX. Entre otros méritos, desarrolló los estudios de Anatomía comparada entre fósiles, e impuso la idea de que las criaturas antiguas podían en efecto llegar a extinguirse. Descubrió el primer fósil de pterodáctilo del que se tenga noticia, así como una bestia marina reptiliana, el mosasaurio, y tuvo la muy certera intuición, que se confirmaría después de su muerte, de que antes del predominio de los mamíferos, había existido una época en la que el planeta había sido dominado por los reptiles. Con todo, no se libró de cometer algunos errores, el peor de los cuales fue ser un antievolucionista convencido. Para Cuvier, los fósiles eran restos de animales prehistóricos, vale, pero no habían evolucionado, sino que habían sido barridos por catástrofes sucesivas en la historia terráquea.

En su mentalidad, Cuvier se mantenía más o menos apegado a la idea de Creación. Para él, las especies sobre la Tierra surgían y se mantenían inmutables en el tiempo, hasta que un cataclismo las barría. Observó que las partes de distintos animales se correspondían, y formuló así una "ley de la correlación". Según Cuvier, un animal con cuernos y casco siempre tendrá dentadura de hervíboros, y si tiene uñas y garras, necesariamente tendrán dientes de carnívoro. Esta idea, llevada al extremo, es como mínimo un poco complicada, pero Cuvier con esto adelantó la noción de que podemos saber si un fósil pertenecía a un hervíboro o un carnívoro mirándole los dientes, y en general, de que podemos saber cosas sobre el comportamiento y costumbres del animal observando su anatomía. Con esto, creía estar amarrando al Reino Animal, y cerrando la puerta a cualquier clase de evolución. Después de todo, si los animales permanecen dentro de sus respectivas correlaciones porque es su forma natural, es imposible que cambien con el tiempo.

Un buen día, un grupo de estudiantes decidió gastarle una broma. Uno se vistió de diablo y se puso cuernos, además de zapatos con suela en forma de casco. Con ese disfraz se metió a la casa de Cuvier, mientras el resto se quedaba afuera, esperando el resultado. El disfrazado se acercó a Cuvier, que estaba durmiendo, y le gritó cerca del oído:

- ¡Despierta, hombre de las catástrofes! ¡Soy el Diablo, y vengo a comerte!

A sabiendas de que era alguna clase de broma, o simplemente demasiado adormilado para asustarse, Cuvier replicó:

- ¿Quieres comerme? Es imposible. Tienes cuernos y pezuñas. Según la ley de las correlaciones, eres hervíboro.

Y se vuelta sobre su cama para seguir durmiendo. Los estudiantes, mientras tanto, al escuchar esto, descargaron una gran ovación.

Por cierto, como ya explicamos en Siglos Curiosos, la imagen del Diablo fue confeccionada a partir del dios griego Pan, que tenía patas de macho cabrío, esto es, de un hervíboro. Entonces, la afirmación de Cuvier no iba tan desencaminada...

jueves, 12 de noviembre de 2009

El misterio del mammotowakost.

A comienzos del siglo XVIII, era casi un dogma de fe que la naturaleza no podía cambiar. Y todo lo que en el registro geológico pudiera aparecer fuera de lugar, solía explicarse con el Diluvio Universal, ya que el único texto sobre la Historia de la Tierra que existía como digno de crédito, era la Biblia. Por eso, el descubrimiento de una nueva bestia debía tomar a los nativos de la época, como mínimo, por sorpresa. Pero esta historia principia en otro punto muy diferente: en la Batalla de Poltava, librada en 1709, y que significó el fracaso del último intento de Suecia por invadir Rusia (¡así, como suena, hubo una época en ser sueco la llevaba en el mapa europeo!). Los rusos tomaron numerosos prisioneros suecos, y los enviaron desterrados a Siberia y Tartaria. De tales regiones, los que consiguieron sobrevivir regresaron con toda clase de noticias sobre dichas regiones y sus habitantes. Y entre esas noticias, venían los relatos sobre una extraña nueva bestia: el "mammotowakost"...

La primera noticia que se dio sobre el dichoso mammotowakost fue dada por un capitán de caballería de apellido Kagg, en 1722. Posteriormente un agrimensor llamado Tabbert von Strahlenberg dio nuevas referencias. Este, reuniendo declaraciones de científicos de San Petersburgo, además de traficantes de pieles cosacos, declaró que todo el marfil ruso y chino procedía del mammotowakost. Eso hoy en día nos parece una obviedad (se sabe que el elefante sólo vive en Africa y la India, o en los zoológicos, en la actualidad), pero en ese tiempo de extensas áreas mundiales inexploradas, era toda una noticia. Lo curioso es que nadie había visto a ningún mammotowakost vivo: sólo aparecían sus esqueletos... a veces, detalle gore éste, con pedazos de carne podrida y huesos ensangrentados. Un médico y botánico alemán de apellido Messerschmidt había testimoniado que la bestia "tenía pelos largos como una cabra y que, posiblemente, era el behemoth bíblico", idea lógica en un mundo dominado por las concepciones cosmológicas de la Biblia. El tal Messerschmidt había hecho su hallazgo enterrado en la nieve, recorriendo el río Indigirka en 1724, en una expedición de exploración natural auspiciada por el Zar Pedro el Grande (el mismo que occidentalizó Rusia y prohibió las barbas).

Los científicos se tomaron las noticias con sorna. Linneo, el más grande naturalista de su tiempo, autor de la clasificación de las especies que sirve de base a la actual, los descartó como simples piedras fosilizadas que por pura coincidencia guardaban resemblanza con huesos de algún tipo. En cuanto a los huesos ensangrentados y etcétera, esos debían ser chismes y exageraciones de nativos supersticiosos. Además, la investigación paleontológica no podía ser apoyada por nativos supersticiosos que, al no ver ningún mammotowakost vivo, habían llegado a la conclusión de que eran criaturas del inframundo, que acarreaban la enfermedad y la muerte sobre todos aquellos quienes tuvieran la desgracia de toparse con un esqueleto entero en su camino. Finalmente, en 1803, empezó a circular en Europa el dibujo de un cadáver encontrado en un bloque de hielo, en 1779, en el Río Lena, y que en 1801 había empezado a deshielarse. La existencia del mammotowakost ahora era incontrovertible, aunque por motivos comprensibles, los investigadores se referían a él simplemente con la abreviación "mamut"...

El famoso mamut, en efecto, era un gigantesco elefante prehistórico con pelo, que pobló Siberia durante la Era Glaciar. Los restos habían quedado congelados en la nieve, y los relatos de huesos carcomidos y ensangrentados tienen su lógica, si se considera que al deshielarse algunos cadáveres congelados de mamuts por accidente, sirvieron de opípara comida a los siempre hambrientos lobos de la estepa. Hay quien calcula que la tercera parte del marfil que circula en los mercados mundiales viene del mamut siberiano. Todas las tallas de marfil chinas, son de mamut siberiano. Y de marfil de mamut siberiano fue confeccionado el gran trono de marfil del Khan de la Horda de Oro, que rigió a Rusia durante la Edad Media. Y ni los artesanos chinos ni los talladores mongoles parecían pensar que se las estaban viendo nada menos que con restos fósiles de miles de años de antigüedad...

domingo, 8 de noviembre de 2009

Y los antiguos pecadores en realidad eran...

Johann Jakob Scheuchzer no podía imaginarse (y de haberlo sabido, quizás hubiera espumeado de impotencia) que sus desvelos por probar como ciertas las palabras de la Biblia, iban a terminar por pavimentar el camino a la investigación paleontológica moderna. Scheuchzer (1672-1733) escribió una serie de tratados históricos, pero también fue un naturalista convencido, que hizo algunas interesantes expediciones geológicas. Como mucha gente de su tiempo, se tomaba las palabras de la Biblia de manera casi literal, y hombre creyente como era, encaminaba sus esfuerzos a probar que el relato bíblico era una vívida y certera descripción de la Historia de la Tierra.

En 1705 rondaba cerca de las colinas de Altdorf, en las cercanías de Nüremberg, cuando de pronto hizo un hallazgo sensacional. Rondando las cercanías de la colina que servía de patíbulo a la ciudad de Altdorf, dio con algunos huesos, en apariencia vértebras. Quizás alguien antaño los hubiera visto, y los hubiera confundido con los huesos de algún ahorcado. El caso es que Scheuchzer recogió los huesos, que en realidad eran piedras (fósiles, aunque en esa época todavía el tema no se entendía bien), y creyó tener en sus manos uno de los hombres anteriores al Diluvio. Anunció su descubrimiento urbi et orbi, pero la comunidad científica le miró con desdén. En ese tiempo se conocía bien la existencia de los fósiles, no se crea que no, pero se le atribuía esto a la "vis plastica", a formaciones caprichosas de la naturaleza sin otro significado. El golpe de gracia vino cuando Johann Jakob Baier analizó los dichosos huesos, y anunció que... ¡eran huesos de pescado!

Pero Scheuchzer no cejó. Poco después, cayó en sus manos, por obra de un cantero de la ciudad de Öningen, en Baden, otro esqueleto distinto. El entusiasmo de Scheuchzer acabó por convencer a todos de que era el esqueleto de un ser humano, un "antiguo pecador" que había perecido en tiempos anteriores al Diluvio. Su tratado fue llamado con el colorido título de "Un verdadero y extraño monumento de las estirpes humanas malditas del primer mundo", y salió publicado en 1726. En cuanto al esqueleto, fue vistosamente llamado "Homo diluvii testis" ("Evidencia del hombre del Diluvio"). Scheuchzer estaba equivocado, por cierto, pero al menos hay que atribuirle el mérito de poner de una vez por todas el tema de los fósiles encima de las polvorientas mesas científicas de comienzos del siglo XVIII.

Scheuchzer murió sin llegar a saber la verdad. Su primer fósil no era un viejo pecador, pero tampoco un pescado. En realidad, según se determinó después, eran vértebras de un... ¡ictiosaurio!, una especie de reptil acuático parecido a los delfines de hoy en día. En cuanto al fósil de la cantera, el error era incluso más grotesco, a la luz de nuestros conocimientos de hoy en día: tampoco era un viejo pecador. En 1812 se determinó que no era otra cosa, sino una gigantesca especie, hoy en día extinta... de salamandra.

domingo, 23 de diciembre de 2007

¿Quién fue Lucy?

Muchas chicas a lo largo de la Historia se han llamado Lucy, incluyendo por supuesto a la prota de "I Love Lucy", a Lucy Liu, a Lucy Pinder, y a Lucy Westenra, la lúbrica amiga de la prota del "Drácula" de Bram Stoker. Pero la más antigua, y quizás la más famosa de todas, vivió en Africa, hace la friolera de 3.200.000 años atrás.

Hoy en día, los científicos nadan en una relativa abundancia de fósiles homínidos y prehomínidos, pero la situación era muy distinta en los '70s. Por eso, cuando un grupo de paleontólogos que trabajaba en el Valle de Afar (Etiopía) encontró, el 24 de Noviembre de 1974, aproximadamente el 40% del esqueleto de un Australopiteco Afarensis, pudieron considerarse de fiesta. El fósil recibió el nombre código de AL 288-1, pero pronto los paleontólogos, demostrando sentido del humor, empezaron a referirse cariñosamente a AL 288-1 con el apodo de "Lucy", porque en aquellos días la banda sonora del grupo expedicionario estaba compuesta entre otras por la canción "Lucy in the Sky with Diamonds", de The Beatles, y que reproducían a porfía en una cinta de audio.

Inmediatamente empezaron los misterios alrededor de Lucy. Donald Johanson, uno de sus codescubridores, llegó a la conclusión de que es una hembra, debido a la estructura de su pelvis, congruente con una mamífera capaz de parir pequeños lucitos. Pero incluso este dato básico ha sido controvertido. Así, Peter Schmid y Martin Häusler, desde su cátedra en la Universidad de Zürich, propusieron que Lucy fue en realidad un macho. La airada respuesta de Owen Lovejoy, y del propio Donald Johanson, se basa en la creencia aún no plenamente confirmada de que los australopitecos habrían presentado un fuerte dimorfismo sexual, con machos notoriamente más grande que las hembras; Johanson dijo al respecto: "Si Lucy era un macho, imagina lo pequeña que serían las hembras de la especie" (Lucy mide apenas 110 centímetros, algo más de un metro de altura).

Si incluso este hecho simple ha sido controvertido, pueden imaginarse lo que ha costado ubicar a Lucy dentro del árbol genealógico humano. Porque algunos convierten a su especie, el Australopiteco Afarensis, en progenitor de casi todos los restantes australopitecos y homínidos, incluyendo al Homo Sapiens, mientras que otros lo consideran una rama evolutiva abordada, que en último caso conduciría al Australopiteco Robustus y al Australopiteco Boisei. Lucy podrá ser uno de los más valiosos hallazgos arqueológicos de todos los tiempos, pero en apariencia también es una chica, y por tanto, es esperable que siga guardando más de algún misterio por mucho tiempo...

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