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jueves, 21 de julio de 2011

El terrible Otto Hauser.


Toda disciplina científica pareciera necesitar un "enfant terrible" que se encargue de revolver las cosas un poco y rompa la costra de academicismo inerte que suele imponerse después de los grandes descubrimientos científicos. A comienzos del siglo XX, en esa por entonces neblinosa área fronteriza que existía entre la Paleontología y la Arqueología, en lo relativo al paso del "hombre primitivo" de Europa a la "civilización", dicho rol fue desempeñado por el paleontólogo suizo Otto Hauser (1874-1932). Hauser se hizo conocido en la época por su carácter arisco y difícil. Quizás algo tuviera que ver el hecho de que una enfermedad de las piernas le tuvo postrado en un lecho hasta los doce años. Era desconfiado, receloso, y alternaba fases de irresolución con fases de una determinación demoníaca. Y sobre todo, se había incubado en él, la ambición y el resentimiento de superar a sus colegas del todo en su propio juego. Eran, por supuesto, malas cartas de presentación para que se le hiciera caso en la comunidad científica.

Su primer hallazgo confirma lo que será la tendencia natural en la vida de Otto Hauser. Tenía 22 años, y sus investigaciones eran sufragadas por su madre, que era de familia acaudalada. Discurrió investigar un campamento romano e hizo una serie de interesantes hallazgos. Hubo quién le saludó con efusión, pero el grueso de la reacción académica fue de desdén. En la época no se consideraba la idea de investigar arqueológicamente a la civilización romana, demasiado próxima a nuestro propio tiempo y demasiado "histórica" para ser "arqueológica". Hauser se resintió de ello, considerando (probablemente con razón) que se le ninguneaba porque había tenido una idea brillante antes que sus colegas más doctos y reconocidos.

Hauser decidió pronto pasarse de la civilización antigua al hombre primitivo europeo, y en 1898 llegó a hacer excavaciones en la Dordoña. En la época, dicha región de Francia, rica en hallazgos, era objeto de un saqueo generalizado, y la malicia de los colegas de Hauser les hizo ver en éste a otro saqueador o "anticuario", como le llamaron. Pero Hauser, con el apoyo de algunos aislados palentólogos como Herman Klaatsch, y siempre respaldado por la fortuna monetaria de su madre, siguió adelante. Hauser fue publicando sus hallazgos, pero tuvo la mala idea de hacerlo en un tono insultante hacia toda la plana mayor de la Paleontología europea: "Lo que nadie ha logrado en equipos de cinco y de diez incluso, lo he conseguido yo totalmente solo. No me arredré ante las dificultades (...) por la misma convicción que tenía yo de la sublime grandiosidad de mi misión; la acometí totalmente solo y la he llevado a cabo". Entre la tormenta de críticas de los paleontólogos contra Hauser, un investigador suizo de apellido Ackermann le dedicaba las siguientes palabras a su objetividad científica: "aparecía enturbiada fuertemente a causa de las nubes de incienso de un culto al yo nada simpático"... Y sin embargo, el paso del tiempo demostró que muchas conclusiones de Otto Hauser respecto a la primitiva civilización europea, y que enmendaban la plana a todo lo aceptado por la academia en ese tiempo, eran correctas. Aunque no todo: el inconveniente de que Hauser defendiera sus ideas más con la porfía del misionero que con la sobriedad del científico, era que no se detenía sobre sus propios errores, tratando de señalar aquellos de los demás...

Quizás una anécdota permita comprender mejor la pasión de Otto Hauser por sus investigaciones prehistóricas. Hauser viajaba periódicamente a Berlín, y en la Potsdamer Platz (una importante plaza pública de la ciudad) compraba un gran ramo de flores. Luego se dirigía al Museo de Etnología para visitar los ataúdes de vidrio en el cual descansaban sendos esqueletos, que el propio Hauser había desenterrado e investigado en las localidades de Le Moustier y Combe-Capelle. Una vez frente a ellos, depositaba el ramo de flores sobre el vidrio, y se quedaba en respetuoso silencio ante aquellos cavernícolas por un instante. En una actividad como la ciencia, acostumbrada a tratar su objeto de investigación como eso precisamente, como objetos, una devoción tan personal es, como mínimo, algo infrecuente...

2 comentarios:

Galo Nomez dijo...

De hecho, Galileo sufrió un inconveniente similar. Cuando su tesis sobre el sistema heliocéntrico ya generaba un consenso universal, pasando a ser incluso protegido del Papado, entra en un conflicto con un grupo de investigadores jesuitas por su teoría de las mareas. Ocurre que el planteamiento de los religiosos estaba correcto -el fenómeno se produce por influencia de la Luna-, mientras que Galileo afirmaba que se debía a los movimientos de rotación y/o traslación de la Tierra. Ambas partes comparecieron en un debate, y la manera insultante y despectiva conque Galileo se refirió a sus contrincantes, acabó por inclinar a la audiencia en favor de éstos, permitiendo iniciar el bochornoso proceso de la Inquisición

General Gato dijo...

No me extraña. Galileo tenía un temperamento demasiado ígneo para su propio bien. Con todo, el juicio a Galileo debe ser entendido sobre el trasfondo de la contemporánea Guerra de los Treinta Años, frente a la cual la Iglesia Católica se sentía obligada a dar muestras de perfecta ortodoxia para legitimarse como martillo de los protestantes. Quizás en otro contexto geopolítico, el asunto Galileo hubiera podido ser saldado con consecuencias mucho menores, o acaso con ninguna.

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