Historias desopilantes, anécdotas curiosas, rarezas antiguas: bienvenidos a los siglos curiosos.
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jueves, 11 de octubre de 2012
Las anécdotas de Santa Maria sopra Minerva.
Roma está probablemente más trufada de iglesias que de habitantes, y cada una de ellas es una historia y un mundo. Santa Maria sopra Minerva tiene algunas interesantes para contar. Esta es la primera y también única iglesia de estilo gótico que existe en Roma. Su construcción se inició en 1280, sobre las ruinas de otra edificación antigua que fue atribuida a Minerva: de ahí por supuesto lo de "sopra Minerva" ("sobre Minerva", claro está, que para los cristianos, la casta María es mucho más mujer que la sabia, inteligente y también virgen Minerva). Cuando la edificación terminó, el gótico ya había pasado de moda: hablamos de 1453 aquí.
Por supuesto que, siguiendo la tradición, la iglesia se transformó también en sepulcro, en donde encontraron su último descanso varios Papas (incluyendo el de Paulo IV el Papa contrarreformista, a la vanidad de cuya tumba hubo de ser sacrificado un fresco sobre las virtudes y los vicios pintado por Filippino Lippi), así como el pintor Fra Angelico que pertenecía a la orden de los Dominicos que era la encargada de la Iglesia, y la mística Catalina de Siena.
Una de las anécdotas más curiosas relacionadas con esta iglesia, tiene que ver con la estatua de Cristo situada a la izquierda del altar mayor. Esta fue encargada nada menos que a Miguel Angel Buonarroti, que comenzó en 1514, pero cuando en el rostro apareció una veta negra de mármol, la dejó sin terminar. La obra fue tomada entonces por su ayudante Pietro Urbano, quien se puso en la labor a partir de 1519. La intervención del ayudante echó a perder la estatua en varios puntos, a un punto tal que incluso su propio maestro juzgó como imposible de arreglar. Cuando se inauguró el 27 de Diciembre de 1521, a Miguel Angel le pareció tan mala que incluso ofreció una compensación a sus mandantes por la misma. Irónicamente, la estatua se transformó en una de las obras más admiradas de Miguel Angel, debido a la idea de tratar escultóricamente a Cristo como un héroe clásico, desnudo y sin heridas (el taparrabos es un púdico añadido posterior del Barroco, como se evidencia para cualquiera que contemple la estatua).
Finalmente, ya en pleno período Barroco, se destapó la olla acerca del pasado del templo cuando en los jardines del monasterio adosado a la iglesia apareció un obelisco egipcio, en 1665. Se descubrió entonces que el templo antiguo sobre cuyas ruinas estaba construida la Iglesia de Santa Maria no estaba dedicado a Minerva sino a la diosa egipcia Isis... Ni cortos ni perezosos, los monjes instalaron el dichoso obelisco en la plaza frente a la iglesia. Y haciendo gala de mal gusto, llamaron al escultor Bernini a que les esculpiera un elefante para que sostuviera el dichoso obelisco... En fin, terminemos diciendo que en el zócalo del condenado elefante aparece la siguiente inscripción: "...documentum intellige robustae mentis esse solidam sapientiam sustinere" ("Se requiere de un gran entendimiento para soportar el peso de la sabiduría").
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domingo, 7 de octubre de 2012
Historias del Panteón.
Uno de los edificios más representativos de la época grecorromana de la ciudad de Roma es el Panteón. Su nombre curiosamente es griego: "theos" significa dioses, y el prefijo "pan-" significa todos, de manera que el templo se llama "Todos los Dioses". El origen del nombre se ignora, y puede deberse a que había muchas estatuas de dioses en el lugar, o bien a la espectacularidad de su domo, que recordaría a la bóveda celestial en su magnificencia. La cúpula misma es todo un simbolismo: al centro presenta un agujero que deja entrar la luz solar, como símbolo del Sol en el medio del cielo. ¿Alguien se extraña de que fuera consagrado a los emperadores romanos...? La bóveda, dicho sea de paso, fue la desesperación de los arquitectos del temprano Renacimiento que no encontraban cómo replicarla. Finalmente, estudiándola, el talentoso Filipo Brunelleschi encontró las respuestas, y las aplicó para la cúpula de la Catedral de Florencia, en los inicios del siglo XV.
Pero si creen que ahí se acaban las historias del Panteón, se equivocan. Iniciada la Edad Media, el Panteón quedó abandonado e incluso pudo haber sido demolido. El año 609, el emperador bizantino Focas decidió regalárselo al Papa Bonifacio IV, y esto fue su salvación, al precio de ser convertida en la Iglesia de Santa Maria ad Martyres. Hubo daños por terremotos, inundaciones e incluso vandalismo, pero la Iglesia Católica fue solícita con este templo ahora cristiano como nunca lo habría sido con un templo pagano. Lo que no quita algunos expolios posteriores. El emperador bizantino Constante II ordenó que los ladrillos de bronce dorados que ornamentaban el techo fueran transportados a Constantinopla en 663. El Papa Urbano VIII por su parte, ya en pleno siglo XVII (el mismo Papa del juicio a Galileo Galilei, por más señas) mandó fundir las planchas de bronce del tejado del antetemplo para usarlas en el baldaquino de Bernini, en la iglesia de San Pedro... y para fundir los cañones del castillo de Sant'Angelo.
Como iglesia que era, el Panteón fue dedicado por supuesto a la función de sepulcro. Cristiano, por supuesto. En fecha tan tardía como el siglo XIX todavía seguía cumpliendo tales funciones: los reyes italianos de finales de centuria fueron enterrados allí. Pero el sepulcro más visitado de los que están al interior del Panteón, es el de Rafael. Su epitafio es ciertamente emotivo: "Ille hic est Raphael, timiut quo sospite vinci, rerum magna parens et moriente mori" ("Aquí yace Rafael, la gran Madre Naturaleza temió ser vencida por él durante su vida y morir con su muerte")...
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domingo, 12 de febrero de 2012
Baptisterios.

Una de las características de las religiones pareciera ser el sacrificio de lo práctico en beneficio del ritual. Ciertos signos o señas se consideran indispensables, y esto obliga a encontrar soluciones a veces un poco rebuscadas para satisfacerlas. La historia de los baptisterios es una de ellas, y así la repasaremos acá en Siglos Curiosos. Partiremos diciendo que el nombre de baptisterio deriva de su conexión con el bautismo. Incluso, el diccionario de la RAE lo permite como sinónimo de la pila bautismal, aunque cuando nos referimos a un baptisterio, solemos referirnos al EDIFICIO en donde se celebra el bautismo. Sí, así es. Hubo épocas en que se construían edificios enteros para bautizar a la gente. ¿Poco práctico? Probablemente.
La práctica de edificar baptisterios comenzó en la época del Emperador romano Constantino, en que el Cristianismo pudo salir a la luz (y fue cooptado por el Imperio con los fines políticos de costumbre, dicho sea de paso). En la época, la ceremonia se celebraba a lo grande, a la manera de Juan el Bautista que sumergía a los bautizados en el río Jordán. A falta de ríos cercanos disponibles para el efecto, los bautizados debían ser sumergidos en piscinas (algunas confesiones cristianas, no la católica eso sí, aún bautizan de esa manera). Para mayor aparato, quien debía bautizar era el obispo en persona para toda su diócesis, y además, los catecúmenos (alumnos en preparación para el bautizo) debían ser educados en alguna parte. Todo eso conspiró para que la primitiva piscina bautismal pasara de ser construida adosada a la catedral, a recibir todo un edificio únicamente para ella. De paso, con estos bautismos públicos se evitaban los posibles abusos que hubiera en los bautismos privados, que podían degenerar en fiestas, y de ahí en vaya uno a saber qué otras actividades, er... poco cristianas. Parece ser que también existía la creencia de que a los no bautizados no les correspondía entrar en la iglesia o catedral propiamente tal, pero vamos a ver si esta idea surgió después como justificación o no. Por cierto, los bautismos en la época se celebraban sólo tres veces al año, de manera que el resto del tiempo, el obispo imponía su sello al baptisterio para que la piscina no se pudiera usar, en prácticas profanas suponemos.
Siguiendo la tradición de enterrar a los muertos cristianos en las iglesias, los baptisterios también empezaron a recibir inhumaciones. La práctica debió extenderse lo suyo, como para que fuera condenada en un concilio celebrado en Auxerre en el año 578, aunque la prohibición no parece haber surtido demasiado efecto. Por cierto, y vaya uno a saber si hay relación por el tema mortuorio, los baptisterios eran construidos de forma octogonal como un simbolismo: cada lado eran los seis días de la Creación, más el séptimo en que Dios descansó, más un octavo para el día del segundo nacimiento que representa el bautismo.
La fiebre de construcción de los baptisterios llegó a su culminación en la segunda mitad de la Edad Media. En esta época se construyeron los que quizás son los dos más famosos: el Baptisterio de Florencia por un lado (nombre oficial: Baptisterio de San Giovanni, que a su vez fue reconstrucción de uno anterior), y el de Pisa por el otro (éste se encuentra en la Piazza de Miracoli, cerca de la Catedral de Pisa, y también de cierta célebre torre inclinada que no necesita ser mencionada, creo yo). La construcción de baptisterios grandes y exhuberantes tenía algo que ver con el exhibicionismo de tipo "yo la tengo más larga" (la capacidad de crédito para gastársela en un edificio como éste, y además la fe religiosa, por supuesto, no se piense mal). Pero la progresiva secularización de la sociedad, y la simplificación del rito religioso producto de los vientos contrarreformistas que soplaron a partir de la segunda mitad del siglo XVI, hicieron que cesara del todo la manía de construir esta clase de edificios. Una lástima desde cierto punto de vista, ya que nadie va a negar la belleza arquitectónica de varios de ellos, más allá de lo aparatoso que sea haberlos construidos en exclusiva para un rito de tipo "una vez en la vida".
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domingo, 18 de diciembre de 2011
De cómo fue culminada la fachada de la Catedral de Milán.

Que la construcción de una catedral gótica era algo lento y laborioso, debido a la grandiosidad del objetivo y lo más o menos rudimentario de los medios técnicos, es algo de todos sabido. Pero además estaban los problemas administrativos varios vinculados a la logística del proyecto. La construcción de la Catedral de Milán principió durante la mejor época de la ciudad, a finales del siglo XIV, cuando la città alcanzó su apogeo político bajo los Visconti. En esa época, las obras marcharon a un ritmo más o menos prudencial, espoleado por la ayuda económica de los burgueses de Milán que la veían como una obra patriótica, y retrasado por el otro con las constantes reducciones presupuestarias ordenadas por el duque de turno (Visconti primero o Sforza después), sacando dinero de la caja de la Fábrica de la Catedral como si de una alcancía para financiar otra clase de necesidades políticas se tratara.
Luego, en el siglo XVI, Milán cayó en manos del Imperio Español, y la Fábrica pasó a ser regida por la burocracia española, que era bienintencionada y empeñosa por un lado, pero lenta, escribánica e inoperante por el otro. Nada de raro que entre los siglos XVII y XVIII, las obras hayan avanzado a paso de caracol. Se trataba de una catedral gótica que seguía edificándose pasado el Renacimiento y luego el Barroco, y entrando en el Neoclasicismo. La fachada misma tardó cerca de 200 años en ser proyectada y construida, entre diversas autorizaciones, marchas y contramarchas, incluyendo el pintoresco incidente con las columnas de Pellegrini que hemos comentado en otro posteo. Entretanto, en 1774, se remató el cimborio, la aguja principal, con una estatua de la Virgen Maria (la "Madonnina"). Con una altura de 108 metros, se prohibió edificar en Milán cualquier edificio que fuera más alto, hasta tiempos bien recientes.
Llegó el siglo XIX, y la cuestión de la fachada aún no estaba resuelta. En el intertanto, Napoleón Bonaparte se paseó más de alguna vez por territorio italiano, anexando el norte del mismo a su imperio. En 1805, Napoleón Bonaparte aspiró a coronarse como rey de Italia, y para ceñir la corona de hierro respectiva, dispuso que la Catedral de Milán sería el escenario. Con su estilo característico, ordenó que la fachada fuera completada de prisa y con un proyecto que costara poco. Con eficacia inusitada, surgió un proyecto de unos proyectistas neoclásicos de apellidos Pollak y Amati, y las obras fueron completadas. El francés consiguió así en poquísimos meses, lo que siglos de administración italiana y española no habían podido.
No es que la Catedral como un todo estuviera lista (la última etapa, que fue la colocación de la puerta principal definitiva, ocurriría recién en... ¡1965! No, no es error de tipografía, no quise escribir 1865, sino mil NOVECIENTOS sesenta y cinco). En el intertanto, milaneses se sintieron un poco insatisfechos de que SU catedral le debiera el remate de la fachada y algunos conceptos arquitectónicos relacionados a dos arquitectos neoclásicos contratados por un francés, de manera que en 1866 convocaron a un concurso para una NUEVA fachada. Cinco siglos después de iniciada la construcción, todavía estaban planificando. Hubo nada menos que 120 proyectos propuestos, y aunque hubo un claro ganador (un tal Giusseppe Brentano, del que no volvió a saberse), triunfó el sentido común, y se dejó la fachada tal y como estaba (aunque no sin conflicto por parte de los buscapleitos de siempre). Pero aún así, los milaneses estuvieron lo suficientemente agradecidos de que Napoleón Bonaparte "apurara los caracoles", por decirlo de manera vulgar, como para colocar en medio del bosque de estatuas rematando las agujas de la catedral, una dedicada al conquistador francés...
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jueves, 15 de diciembre de 2011
Columnas colosales para la Catedral de Milán.

Colosalismo. Qué sería del ego de los arquitectos sin ese concepto. Las catedrales eran edificios laboriosos de construir, y a menudo el paso del tiempo y de las modas arquitectónicas provocaban cambios en los planos. La Catedral de Milán fue un ejemplo egregio de esto. No en balde su construcción comenzó hacia 1385, en plena gloria del gótico, siguió durante el Renacimiento... y dos siglos después, aún inconclusa, su fachada iba camino al Barroco. En esos años, Carlo Borromeo fue nombrado Arzobispo de Milán. Punta de lanza de la Contrarreforma, Borromeo llegó a terremotearlo todo, incluyendo los planos de la Catedral, que juzgaba demasiado góticos para su sensibilidad tempranobarroca. Borromeo era lo suficientemente tardorrenacentista como para preferir una fachada romana en vez de gótica, y actuó en consonancia.
El arquitecto de confianza de Carlo Borromeo era Pellegrino Pellegrini, a quien la Catedral de Milán le debe el baptisterio, el vallado del coro, el coro subterráneo, la sillería, el altar mayor, los seis altares de las naves y la decoración del pavimento y de numerosas vidrieras. Casi nada. Este Pellegrini imaginó una fachada con una gigantesca hilera de columnas corintias, tan altas como las naves laterales, y con una segunda hilera flanqueada por dos obeliscos. Pero Pellegrini debió partir a España en 1585, por encargo de Felipe II, nada menos que para pintar murales en El Escorial, y su idea quedó en nada. Por el minuto.
Salto en el tiempo a la primera década del siglo XVII. Federico Borromeo, primo de Carlo Borromeo, es ahora Arzobispo de Milán. Para que todo quede en familia. El hombre trató de hacer arreglines para que fuera aprobado un proyecto de Francesco Maria Richini, su protegido. Sin éxito. Irritado por el fracaso, Federico Borromeo exhumó un dibujo de Pellegrino Pellegrini que éste había realizado sólo a título personal, y lo impuso como proyecto. Richini apoyó entusiastamente las ideas de su protector, que a lo menos consiguió nombrarle director de obras. El problema es que ebria de grandeza, la dupla de Borromeo y Richini querían que cada columna fuera monolítica, de una sola pieza. Un absurdo logístico, porque llevarlas a Milán por vía fluvial era imposible ya que no existían barcazas capaces de transportar semejante peso o tamaño. Para que las piezas pudieran viajar a través de los canales, era necesario echar abajo siete puentes de piedra y cuatro de madera. Y el transporte por tierra obligaba a derribar edificios que obstaculizaran el camino, así como a reforzar la carretera misma.
Esto hubiera disparado el presupuesto de la Fábrica de la Catedral (la institución encargada de su edificación) hasta la bancarrota, pero la suerte fue piadosa. Apenas culminada la fachada, en 1630, empezó a tallarse la primera columna. Pero ésta se rompió sin siquiera haber salido de la cantera. Al poco tiempo, en 1631, Federico Borromeo falleció, y sin el apoyo de su protector, Richini fue echado al viento (no se sientan mal por él: obtuvo varios otros encargos en otras ciudades. Que no eran Milán, claro). El concepto pellegriniano cayó en el olvido, y se volvió a un proyecto que fuera un compromiso híbrido entre el gótico original y el "romano" renacentista posterior.
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jueves, 17 de noviembre de 2011
Enterrados en la Abadía de Westminster.

Uno de los más grandes honores a que puede aspirar un inglés, es ser enterrado en la Abadía de Westminster. Se dice que en el Combate Naval del Cabo San Vicente, el almirante Horatio Nelson gritó que quería "¡la victoria o la Abadía de Westminster!" (traducido: vencedor o muerto con gloria). Los reyes de Inglaterra son enterrados allí, pero también aristócratas, así como artistas o personalidades que han prestado servicios a la Patria. Entre la gente enterrada allí están el explorador africano David Livingstone, los científicos Isaac Newton y Charles Darwin... y por supuesto que existen anécdotas relacionadas con el tema.
Los escritores tienen su propio rincón, aunque sea un poco de chiripa. En el siglo XIV, Geoffrey Chaucer fue enterrado en la Abadía de Westminster. Pero no pesó para ello el haber escrito los "Cuentos de Canterbury", sino el haber sido maestro de obras en la Abadía en ese entonces aún en construcción (reconstrucción, técnicamente). Su tumba fue objeto de una ampliación en el siglo XVI, a tiempo para que a su lado fuera enterrado Edmund Spenser, poeta importante en ese tiempo por chuparle las patitas a la reina Isabel con su poema épico "La reina de las hadas", cuyo título lo dice todo al respecto. Lo que inició la tradición del llamado "Rincón de los Poetas" ("Poet's Corner"), en donde están enterrados Samuel Johnson, Charles Dickens, Rudyard Kipling, etcétera. Aunque no todas las grandes estrellas de la literatura inglesa están aquí, partiendo por Lord Byron (cuya vida escandalosa sólo le valió un reconocimiento en... ¡1969!), o William Shakespeare (enterrado en otra parte, y que se ganó un memorial sólo en 1740). Y también hay alguno que poco tiene que ver con la poesía o la literatura en general... incluyendo al músico, y alemán por añadidura, Georg Friedrich Häendel (aunque todo sea dicho, la mejor parte de su carrera la desarrolló en Inglaterra). Y eso que los músicos tienen el Ala de los Músicos ("Musicians' Aisle") para ellos.
La tumba de Ben Jonson despierta interés por su pequeño tamaño. Se dice que en vida, Jonson le pidió al rey Carlos I (1603-1625), la merced de "18 pulgadas cuadradas de tierra en la abadía de Westminster". Y se la concedieron. En el siglo XIX, al excavarse una tumba cercana, hubo ocasión de inspeccionar los restos de Ben Jonson, y entonces el encargado informó que había sido enterrado en posición vertical...
Y una sobre Winston Churchill. En vida, y probablemente como broma, dijo que no quería ser sepultado en la Abadía de Westminster porque no creía ser del agrado de sus compañeros. Al final, cuando falleció a la provecta edad de 91 años en 1965, Churchill terminó enterrado en un lugar diferente. Lo que no impidió que cerca de la Tumba del Soldado Desconocido en la Abadía de Westminster, en ese mismo 1965, la reina Isabel II descubriera una lápida conmemorativa que dice: "Recordad a Winston Churchill"...
Con todo, desde comienzos del siglo XX, las inhumaciones han sido reemplazadas por la incineración. Es el único medio por el cual se ha podido seguir enterrando gente en una Abadía que, por lo demás, ha obrado como cementerio durante siglos completos, y en donde por tanto la cuestión del espacio se ha tornado tan angustiosa o más que la muerte misma...
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domingo, 13 de noviembre de 2011
Conciliación en la Abadía de Westminster.

La Abadía de Westminster suele ser considerada como un símbolo de conciliación en la historia de Inglaterra. En torno a ella hay algunos gestos simbólicos que reflejan lo mejor del carácter y la política del inglés. Incluso se dice que la Abadía, de la que por cierto nunca se ha encontrado el menor plano de construcción, es una mezcolanza de diversos estilos que, de alguna manera, han confluido en una misma edificación armónica. Sir Gilbert Scott, arquitecto de la época de la reina Victoria, dijo: "La Abadía es una idea francesa expresada en perfecto inglés"...
Algunas anécdotas pueden referir esto. Es sabido por ejemplo que la tumba de David Livingstone, el insigne explorador africano, está en el interior de la Abadía. La figura de Livingstone es polémica porque unos alaban su espíritu intrépido y su afán de incrementar los horizontes del conocimiento humano, geográfico en este caso, mientras que otros lo ven como un símbolo del imperialismo, por no hablar de su entusiasmo por propagar la fe cristiana entre los paganos salvajes. Pero esto no quita que durante la Descolonización, la Abadía de Westminster saludara amigablemente la independencia de las colonias británicas enarbolando al lado del pabellón inglés, la bandera de la nación recién independizada. Al independizarse Nigeria, Kenia y Malawi, la ceremonia comenzó con el himno tradicional inglés ("God Save the Queen"), para terminar con el himno nacional del país naciente.
Otro ejemplo es el de Isabel I (¡que la segunda no ha muerto al momento de escribir estas líneas, vamos!) y su hermanastra María Tudor. Ambas eran hijas de Enrique VIII, pero de diferentes esposas. Cuando María Tudor heredó el trono, no perdió mucho tiempo en mandar a Isabel a encerrar en la Torre de Londres. Como precaución. Además, María Tudor era católica, e Isabel era anglicana. Y sin embargo, las tumbas de ambas se encuentran dentro de la misma cripta dentro de la Abadía de Westminster, con la siguiente inscripción: "Compañeras ambas en el trono y en la tumba, aquí descansamos dos hermanas, en la esperanza de la Resurrección". En la misma capilla, por cierto, reposan también los restos de María Estuardo, prima de ambas... decapitada por orden de la mencionada Isabel.
Y para terminar, una que habla a las claras sobre el típico carácter conciliador inglés. En vida, Sidney Webb fue un prominente político e intelectual socialista, y ya se sabe que los socialistas y la Iglesia (Anglicana, en este caso) no suelen llevarse bien. Pero al fallecer en 1947, hubo presiones para enterrar a Webb en la Abadía, lo que no era de agrado de los encargados porque el hombre en vida no se había caracterizado por ser religioso. Pero la esposa de Webb, Beatrice, que había fallecido en 1943, sí que lo era. De manera que en atención a que el matrimonio había trabajado en estrecha colaboración en vida, bien podía considerarse que había espíritu cristiano en la obra de Sidney Webb por influjo de su esposa, de manera que la autorización fue finalmente concedida, y ambos fueron enterrados en la Abadía.
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jueves, 10 de noviembre de 2011
Una Abadía y una lucha dinástica.

La historia de la invasión de Guillermo el Conquistador contra Inglaterra en 1066, está ligada de manera culebronesca a la Abadía de Westminster, uno de los más importantes símbolos religiosos y políticos ingleses. Aunque ya existía una edificación más temprana en el lugar, la Abadía misma debió esperar hasta el siglo XI. En dicho siglo un joven príncipe anglosajón llamado Eduardo estaba exiliado en Normandía, y había hecho votos de peregrinar a Roma si es que llegaba a obtener el trono de Inglaterra. O así dice la leyenda, al menos. Cuando lo obtuvo, decidió que cumplir el voto era algo un poco pesado, así es que manera muy comprensiva, y también conveniente para ambos, por qué no, la Iglesia autorizó el cambio de votos, y Eduardo se comprometió en vez de la peregrinación, a construir la Abadía de Westminster.
Este monarca se tiene bien ganado el sobrenombre de Eduardo el Confesor por el carácter piadoso que describe la anécdota, pero dejó un serio problema: parece que su escrupulosidad religiosa alcanzaba incluso al ámbito sexual, habiendo por tanto hecho votos de castidad. Esto quiere decir que cuando murió en 1066, no dejó descendencia, y por lo tanto, se abrió un período de guerra civil en Inglaterra. Por cierto, uno podría bien decir que Eduardo el Confesor resistió hasta ver a la Abadía de Westminster consagrada, y después se relajó y falleció en paz, porque murió en la primera semana de enero de 1066: la Abadía había sido consagrada el 28 de diciembre de 1065.
La Abadía de Westminster es conocida por ser aquélla en donde casi todos los monarcas ingleses han sido coronados, pero esto abre una duda: ¿quién fue el primer monarca allí coronado? El primer monarca en asumir el poder después de la consagración de la Abadía fue Haroldo, un anglosajón que era cuñado de Eduardo el Confesor (hermano de Edith, esposa del monarca, aunque como dijimos, el matrimonio no fue nunca consumado). Además, los nobles parecen haber ido a rendir pleitesía al recién coronado Haroldo a Westminster, por lo que si hay un lugar lógico en donde debió ser la coronación, es la Abadía recién consagrada. Pero no existen testimonios históricos sobre el tema, y por lo tanto, la cuestión es un misterio.
El caso es que Haroldo afrontó la invasión de otros dos pretendientes, uno de ellos danés y el otro nada menos que Guillermo el Conquistador de Normandía. A la larga, Haroldo fue vencido y muerto en la Batalla de Hastings. Guillermo el Conquistador se apoderó del trono, y se hizo entonces coronar como rey de Inglaterra en la Navidad de ese agitado 1066 que se había abierto con la muerte de Eduardo el Confesor (y a casi un año cabal de la consagración de la Abadía de Westminster). Ocurrió entonces una desafortunada anécdota. Resulta que después de la coronación, los súbditos anglosajones aclamaron en su idioma al monarca recién coronado (supongo que para ellos cualquier monarca era bueno, en tanto hubiera uno solo y no guerra civil). Los caballeros normandos, que hablaban francés, se pusieron nerviosos, y decidieron que era una rebelión, cargando entonces contra la masa, montados en sus caballos. En la ocasión, la Abadía recibió el primero de varios estropicios que iba a sufrir en su longeva historia: los belicosos caballeros quemaron los portones para poder cargar mejor. En adelante, y durante un par de siglos, normandos y anglosajones iban a estar destinados a no entenderse, aunque a la larga, de ahí iba a surgir el actual pueblo inglés... Interprétese esto como se quiera.
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jueves, 14 de julio de 2011
¿Cientos de prisioneros en la Bastilla...?

Aquí en Siglos Curiosos no somos muy aficionados a las efemérides debido a que si la entrada se lee en un día distinto al correspondiente, a veces años después de la fecha de posteo, la ocasión queda desactualizada. Pero bien podemos hacer una excepción debida a la importancia histórica (más como hito simbólico que como suceso verdaderamente revolucionario) de la Toma de la Bastilla, que acaeció precisamente un 14 de Julio de 1789. De manera que, aquí vamos.
Aunque el acontecimiento asociado al actual Día Nacional de Francia es tan icónico que la fortaleza ha pasado a ser conocida como la Bastilla a secas, en realidad deberíamos referirnos a ella como la Bastilla de París ("Bastille de Paris" en francés), debido a que "bastilla" no es un nombre propio sino genérico: la palabra está relacionada con una antigua palabra provenzal, "bastida", que significa más o menos "fortaleza". En francés, su tipo de edificación se llama "bretèche", y se refiere a una fortaleza medieval de planta cuadrada y rectangular, y con forma que recuerda a una caja de zapatos, sin otras características arquitectónicas relevantes: cualquiera que haya visto un grabado de la "Toma de la Bastilla" sabe de lo que estoy hablando. El nombre completo del edificio en francés es "Bastille Saint-Antoine", que significa literalmente "la Fortaleza de San Antonio", en referencia a la puerta de San Antonio, que la fortaleza debía defender (al este de París en la época medieval, pero hundida dentro del área metropolitana de la ciudad en la actualidad).
La Bastilla adquirió una siniestra fama debido a que se asoció su ciclópea estructura con la temida arbitrariedad del poder real. Recordemos que en la época del Absolutismo, el rey podía enviar órdenes secretas de arresto contra cualquiera (las infames "lettres de cachet"), haciéndoselo desaparecer dentro de la Bastilla como en un Guantánamo cualquiera. Uno de los primeros prisioneros egregios de la Bastilla fue el arquitecto Hughes Aubriot, que construyó, ¿adivinan qué? Exacto, la Bastilla misma, en un extraño caso de justicia poética. Otros prisioneros ilustres fueron Nicolas Fouquet (uno de los candidatos al misterioso Hombre de la Máscara de Hierro), Voltaire y el marqués de Sade. Una vez dentro de la Bastilla podía salirse o no: en algunos casos la prisión era perpetua, pero pese a su siniestra reputación, muchos fueron excarcelados después de cumplir condena.
Por lo tanto, cuando el pueblo francés estaba exacerbado contra los privilegiados que trataban de sabotear los Estados Generales convocados por Luis XVI para salvar a Francia, volcaron su odio contra ese edificio que era el símbolo de poder. Lo suyo era casi una cruzada de liberación, ya que suponían que iban a encontrarse con numerosos prisioneros. La presencia de una nutrida guarnición (conformada por los "inválidos", o sea, por veteranos de guerra no aptos para el servicio militar activo) parecía confirmarlo. Pero una vez que los parisinos arrollaron a las defensas, le cortaron la cabeza a su gobernador y la pasearon por las calles ensartada en una pica, descubrieron que la cantidad de prisioneros ascendía a... siete. Y de ellos, no se sabe que ninguno fuera estrictamente político: había cuatro falsificadores, un noble, y dos locos. De uno de ellos sólo se pudo conjeturar que era inglés porque aparecía registrado bajo el apellido "White", pero el misterio de su identidad o la razón de su presencia en la Bastilla se perdió para siempre junto con su sano juicio. Uno de los más famosos prisioneros, el autor de escritos obscenos que era el Marqués de Sade ya no estaba presente: había sido transferido a un asilo mental algunos días antes...
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jueves, 18 de febrero de 2010
La decisión de mudarse a Versalles.

Una de las decisiones capitales en el gobierno de Luis XIV, fue mudarse a Versalles. La motivación es bastante obvia. En la década anterior, la monarquía había pasado graves apuros debido a la rebelión de la Fronda... bueno, en realidad dos rebeliones, la primera de ellas un alzamiento del populacho de París, y la segunda promovida por la nobleza. Ambas Frondas se escudaban en el descontento que generaba el gobierno del Cardenal Mazarino (favorito de Luis XIV, y verdadero poder efectivo de Francia), pero más en lo profundo, y en particular en la Fronda de los nobles, estaba presente el intento de éstos por imponerse a una Corona cada vez más centralizada, y que por supuesto, significaba restarle poder, privilegios y prerrogativas a éstos. Ambas Frondas habían sido ahogadas en sangre, pero Luis XIV no estaba dispuesto a seguir permaneciendo en París, a merced de nuevos disturbios.
De esta manera, cuando Mazarino murió en 1661 y Luis XIV pudo tomar efectivamente las riendas del Estado, una de sus primeras decisiones fue sacar el Gobierno de París. Eligió para ello un pabellón de caza en las afueras de la ciudad, concretamente la diminuta aldea de Versalles (en la época Versalles estaba fuera de París, pero con el crecimiento urbano de la ciudad a partir del siglo XIX, ahora es en realidad un barrio más de la Ciudad Luz). Luis XIV iba a mandar desecar los pantanos, y construir allí un nuevo Palacio, el Palacio de Versalles precisamente, que sería a la vez una residencia real con toda la ampulosidad que el poder regio necesita para promoverse, y por la otra, una base de operaciones para un Gobierno eficiente y centralizado, un Estado moderno en el más amplio sentido de la palabra.
La idea no era nueva. Mazarino, quien había tenido que lidiar con los insurrectos, había barajado en su minuto trasladar el gobierno a la fortaleza de Vincennes. Pero la idea disgustaba a Luis XIV. En primer lugar no le parecía digno de su gobierno (ni de su vanidad) tener que esconderse detrás de muros en su propio país. En segundo lugar, estaba organizando a marchas forzadas un nuevo y moderno ejército, y con éste tendría el poder necesario para evitar ataques contra su Palacio. Con todo, la mudanza fue criticada. Colbert, el eficaz y meticuloso ministro de finanzas de Luis XIV, lo consideraba un derroche de dinero que en nada ayudaba a "la grandeur de la France". Escribía Colbert: "Versalles está hecho para la diversión, París para la gloria, y el rey están en manos de dos hombres que lo conocen casi únicamente en Versalles, es decir, en el placer y la diversión, y no conocen su necesidad de gloria". Estos "dos hombres" a los que alude Colbert, eran Le Vau el arquitecto, y Le Nôtre el jardinero...
Con todo, a la larga, la decisión de mudarse a Versalles ayudó notablemente a la eficiencia gubernamental, así como al fasto monárquico, y por lo tanto, fue una piedra angular de la consolidación del Absolutismo en Francia. No en balde, en Octubre de 1789, cuando en los inicios de la Revolución Francesa se comenzó a trabajar en la creación de una Monarquía Constitucional que limitara el poder real, una de las primeras amenazantes demandas de la plebe fue que Luis XVI se mudara de regreso desde Versalles a París...
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jueves, 15 de octubre de 2009
Le Nôtre el jardinero de Versalles.

André Le Nôtre (1613-1700) fue sin lugar a dudas una de las más reputadas personalidades en la Francia de Luis XIV. Nada mal... para un jardinero. Aunque no uno cualquiera. Le Nôtre fue el hombre responsable de que los jardines del Palacio de Versalles tuvieran su aspecto definitivo. Como una muestra, digamos que antes de Le Nôtre estaban de moda los jardines a la italiana. Después de Le Nôtre se pusieron de moda los jardines "à la française". El propio Le Nôtre, después de un viaje a Italia, había dicho: "Los italianos no poseen jardines como los nuestros; ignoran absolutamente el arte de realizarlos"...
Le Nôtre fue un descubrimiento de Nicolás Fouquet, el inefable superintendente de finanzas de Mazarino. A partir de 1857, Le Nôtre empezó a trabajar para él. Pero cuando Mazarino murió y Fouquet cayó en desgracia, en 1661, y a sabiendas Luis XIV de que Fouquet gustaba rodearse con lo mejor, no perdió tiempo en reclutar al jardinero. De esta manera, Le Nôtre se vio de cabeza trabajando nada menos que en Versalles, que por esos años recién empezaba a ser levantado sobre los pantanos que antes había en el lugar.
Obviamente, los encargos a Le Nôtre se hicieron interminables. Así, se vio trabajando para el duque de Orléans, para el Gran Condé, para Colbert, para Madame de Montespan (la amante del rey), para el ministro de guerra Louvois... Además, Luis XIV lo contaba casi como parte del inventario, así es que arreglaba lo que podríamos llamar su "préstamo" como gracia a monarcas extranjeros ansiosos de tener jardines "a la francesa". En 1662, Le Nôtre prestó servicios a Carlos II de Inglaterra. En 1698, como parte de los arreglos de paz entre Luis XIV y Guillermo III de Inglaterra, tuvo que volver a ese país a prestar servicios...
De Le Nôtre se afirma que una vez Luis XIV, deseoso de ennoblecer a su producto nacional en materias de jardinería, le habría preguntado por el blasón que deseaba, y Le Nôtre habría respondido que sólo deseaba un escudo con "tres caracoles sobre una hoja de col"... Esta anécdota puede ser cierta o falsa, y de ser cierta, puede ser por auténtica modestia, o bien por un cauto sentido de la prudencia. En cualquier caso, es sabido que los ingresos anuales de Le Nôtre se empinaban a cerca de 30.000 libras anuales. Comparativamente, una persona con una renta de apenas 500 libras anuales, ya podía considerarse como de buena posición económica...
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jueves, 8 de octubre de 2009
El Coliseo después del Imperio Romano.

El Coliseo es uno de los más representativos edificios del Imperio Romano. Quizás ayude el que todavía esté a la vista. Bueno, parte de él, al menos, que el tiempo y los saqueadores han hecho lo suyo con el pobre. El Coliseo fue edificado en el año 72, e inagurado en el año 80. Los juegos de gladiadores anteriores, incluidos los que se ven en las pelis de cristianos vs. paganos ambientadas en tiempos de Nerón ("Quo Vadis", etcétera), sucedieron principalmente en otro recinto distinto, el Circo Máximo (Nerón gobernó de 54 a 68). Aún así, Nerón dejó su rastro: el Anfiteatro Flavio, como era llamado por haber sido construido por el Emperador Flavio Vespasiano, estaba cerca de una estatua colosal de Nerón, de 20 metros de altura.
Aunque el Imperio Romano de Occidente cayó en el año 476, esto fue en realidad más un hito constitucional que un verdadero cambio de época, ya que los habitantes de aquel tiempo no despertaron al día siguiente diciendo "¡Guau, pasó la Antigüedad y entramos en la Edad Media!". Al revés, la vida cotidiana siguió más o menos como siempre, sin grandes quiebres, y de hecho el Coliseo se siguió utilizando como centro de espectáculos. Después de todo, era un componente integral del "panem et circenses" ("pan y circo") para mantener quietas a las masas, y eso venía bien tanto a los Emperadores romanos como a los usurpadores que se apoderaron de Italia después. Fue recién hacia 523, ya en pleno reinado del ostrogodo Teodorico, que los espectáculos en el Coliseo cesaron por completo. Con todo, suponemos que estos espectáculos eran harto más incruentos que los sanguinarios juegos de gladiadores de la época clásica, los cuales habían sido definitivamente abolidos en el año 404, probablemente por el cambio de sensibilidad del público, influido ahora por la creciente marea del Cristianismo.
Durante la Edad Media, en que la sociedad italiana era demasiado pobre para organizar espectáculos de altura, el Coliseo cayó finalmente en desuso. Pero, aunque mudo testimonio de una época ya ida, seguía estando ahí, como un fantasma del pasado. Ya en pleno siglo VIII, el historiador (¡británico!) Beda el Venerable da testimonio de una profecía: "Mientras el Coliseo exista, Roma existirá; cuando el Coliseo se desmorone, Roma también se desmoronará, cuando Roma desaparezca, el mundo también perecerá". Quién sabe si por ese temor supersticioso, o simplemente por flojera respecto a qué hacer con la estructura, el Coliseo se quedó ahí porfiadamente durante toda la Edad Media, sin que nadie le prestara el mayor caso.
La ironía suprema es que los sufrimientos mayores del Coliseo empezaron a manos de la Iglesia Católica (que por supuesto despreciaba a los símbolos paganos del pasado), pero en su etapa menos cristiana y más renacentista y neopagana. En efecto, necesitada de materiales de construcción a bajo costo para edificar su portentosa nueva Basílica de San Pedro, en el siglo XVI, los Papas se dirigieron sin escrúpulos al Coliseo y extrajeron cuanto material pudieron de él, dándole su actual forma semiderruida, mil años después de que cayera el Imperio Romano. Quizás por esto se dijo de Donato Bramante, el primer arquitecto de la Basílica de San Pedro, aquel verso burlesco: "Donato Bramante, maestro arruinante"... Recién en 1744, los Papas volvieron a fijarse en el Coliseo, y ordenaron su conservación, aunque no por admiración a la antigua cultura grecorromana (pagana, recordemos), sino por motivos píos: se instaló una cruz de bronce en medio de la arena, para recordar a los mártires cristianos que allí se habían dejado la vida en testimonio de lo que consideraban como la verdadera fe. Y así es como, maltrecho y todo, el Coliseo llegó hasta nuestros días...
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jueves, 24 de enero de 2008
Porfirogénetas.

Varios Emperadores y Emperatrices del Imperio Bizantino lucieron el título de "Porfirogéneta". El más famoso es, probablemente, Constantino VII Porfirogéneta (913-950, aunque en dos reinados separados por el de Romano I Lecapeno entre 920 y 944), pero aparte de éste, hay varios otros Porfirogénetas. Este título se ha traducido como "nacido en la púrpura", aunque quizás una traducción más exacta sería "nacido en el pórfido" (en todo caso, para los clasicistas afectos a la fuente original, la palabra griega es Πορφυρογέννητος). La explicación es la siguiente.
Dentro del recargadísimo ceremonial del Imperio Bizantino, se estilaba que la Emperatriz diera a luz en una cámara especial, la llamada Cámara de Pórfido, también llamada Habitación del Amor. Esta se encontraba dentro del Palacio Imperial de Constantinopla. Como su nombre lo indica, estaba recubierta enteramente por (cuando decimos enteramente, nos referimos a literalmente todo: paredes, suelo y techo) losas de una piedra llamada pórfido. El pórfido es una roca rojiza que combina varios atributos muy apreciados por los constructores imperiales de muchas culturas, partiendo por su dureza, superior a la del granito, y siguiendo por su color, que por coincidencia, es muy similar al de la púrpura, el carísimo tinte con el cual se teñían las vestimentas de los nobles y aristócratas. Cubrir una habitación completa con losas de pórfido era entonces no sólo un rasgo de lujo, sino un signo de realeza.
Los principitos que nacieran en esta habitación (y que, requisito adicional, fueran hijos del Emperador y de la Emperatriz, y que ambos estuvieran unidos en matrimonio y no fueran por tanto simples concubinos), por lo tanto, eran tan especiales, que recibían el calificativo de "nacidos en la púrpura", como una manera de decir que habían nacido en la realeza: de ahí lo de Porfirogénetas. Hasta aquí, dirán ustedes, esto no es la gran cosa, porque en todas épocas y lugares hay príncipes que nacen cómodamente arrullados en una cuna de oro. Sin embargo, debe recordarse que el Imperio Bizantino no se caracterizaba por su estabilidad política y era, entre otras cosas, el imperio de los golpes de estado, que hubo un sinfín de dinastías gobernantes, y que por tanto, ya era un signo de capacidad no sólo gobernar lo suficiente para conseguir que naciera un heredero en la dichosa Cámara de Pórfido, sino que además éste consiguiera alzarse a la corona bizantina, una vez que el progenitor del porfirogéneta hubiera fallecido...
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