
En la época de Sheshonq (siglo X a.C.), el antiguo esplendor de Egipto era cosa pasada. Hacia 1190 a.C., Egipto había librado una mayúscula guerra por su supervivencia, contra la invasión de los llamados Pueblos del Mar, y si bien había conservado su independencia, cayó en una enorme postración política, más acentuada aún cuando falleció el Faraón Ramsés III, hacia 1155 a.C. En un ambiente de clara anarquía política, los libios encontraron las puertas abiertas para emplear sus talentos de bárbaros en las arenas desérticas, como mercenarios a soldada de las distintas facciones. Sheshonq era descendiente de uno de estos libios, y de hecho era sobrino del Faraón Osorcón I (992-986 a.C.), que sí era libio.
Sheshonq hizo una gran carrera militar, y aunque no es claro cómo llegó al poder, sí se sabe que no tenía otro vínculo familiar con su antecesor Psausanes II, que ser padrino de su hija Maatkare. De hecho, con él principia la dinastía XXII. Como buen militar, impuso el orden sobre Egipto (más o menos), y una vez con las manos libres, emprendió varias campañas militares contra Palestina. La Biblia recuerda bien todo esto (menciona a Sheshonq con el nombre hebraizante de Sisac). Primero, cuando Jeroboam se alzó contra Salomón, instigado por el profeta Ajías de Silo, Sheshonq le prestó refugio (Primero de Reyes 11:40). Luego de que murió el Rey Salomón, Jeroboam regresó a Palestina y lideró la rebelión de los jefes israelitas contra el trono de Roboam, hijo de Salomón y heredero a la corona hebrea. Sucedió como lo había previsto Sheshonq: el Reino Hebreo se partió en dos (el rebelde y victorioso Jeroboam al norte como rey de Israel, el "legítimo" Roboam al sur como rey de Judá), y Jeroboam consumó la división política montando un santuario religioso en Dan, que fuera paralelo al de Jerusalén.
Con esto, Sheshonq tuvo el camino pavimentado. Jerusalén estaba atenazada entre Egipto al suroeste e Israel al norte, y Sheshonq se sintió con las manos libres para intervenir militarmente en Palestina. Invadió Jerusalén y saqueó tanto el Templo de Jerusalén como el Palacio Real (Primero de Reyes 14:25). De esta manera, Sheshonq consiguió que el equilibrio político en Palestina girara desde los hebreos a los egipcios. Cuando Sheshonq falleció, Egipto era una nación grande y poderosa; no tanto como en sus días clásicos, en que sus tropas habían pasado sin problemas por toda Palestina y Siria, pero desde luego mucho más fuerte de lo que había sido antaño.
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