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jueves, 28 de septiembre de 2006

Enrique el Impotente.


Hay sobrenombres curiosos e irónicos para los reyes de la Historia Universal, pero pocos de ellos son tan sarcásticos u ofensivos como el de Enrique IV de Castilla, mejor conocido como Enrique el Impotente.
A la edad de 15 años, Enrique el Impotente se casó con Blanca de Navarra, hija de Blanca I de Navarra y Juan II de Aragón. No hubo descendencia, y exámenes médicos posteriores acreditaron que ella proseguía siendo virgen. Se le solicitó entonces el divorcio al Papa Nicolás V, quien dictaminó haber hechicería que había evitado la consumación de la boda, y el divorcio fue aceptado.
Hubo entonces un segundo matrimonio con Juana, hermana del rey Alfonso V de Portugal. En este matrimonio nació una hija, llamada también Juana. Pero como Juana la madre había tomado como amante a un caballero, don Beltrán de la Cueva, se sospechó de que la hija no era del rey, sino de don Beltrán. De esta manera, la chica pasó a ser conocida en la historia como Juana la Beltraneja. Quien popularizó el sobrenombre fue Isabel, la media hermana de Enrique el Impotente, quien estaba obviamente interesada en que éste no tuviera descendencia para heredar la corona.
A la muerte de Enrique el Impotente estalló la guerra civil. El ejército de Isabel consiguió derrotar al de Juana la Beltraneja, y aquélla pasó a ser Isabel I de Castilla, la famosa Isabel casada con Fernando que conformó el matrimonio de los Reyes Católicos (la Reina Isabel que apoyó a Cristóbal Colón, por más señas).
¿Era verdaderamente impotente el rey? Parece ser que no. Hasta donde se sabe, hay fuertes sospechas de que Enrique en verdad fuera homosexual. Sobre la verdadera paternidad de Juana la Beltraneja, si su padre era en verdad Juan de la Cueva, o bien el rey Enrique, eso es algo que permanece en el más profundo de los misterios... y probablemente jamás se resuelva.

domingo, 24 de septiembre de 2006

Domiciano el "Domine et deus" ("Señor y dios")

Los Emperadores locos más conocidos son Calígula y Nerón, y gracias a la película "Gladiador", también Cómodo. Sin embargo, en la galería de emperadores locos romanos ocupa también un lugar relevante el Emperador Domiciano, quien gobernó entre 81 y 96.
Los delirios de grandeza de Domiciano eran sencillamente patológicos. Desde Augusto (31 aC a 14 dC), los Emperadores se habían conformado con el sencillo título personal de "princeps civium" ("el primero de los ciudadanos"), para mostrar su adhesión a los valores de la República (en las formas, al menos, que en el fondo no es por nada que la palabra cesarismo es sinónimo de autoritarismo). Pero Domiciano desechó este título, y prefirió llamarse a sí mismo "domine et deus" ("señor y dios").
Su biógrafo Suetonio, en las "Vidas de los doce Césares", menciona algunas crueldades varias de Domiciano: "dio también muerte a Salvio Coceyano por haber celebrado el nacimiento del Emperador Otón, tío suyo; a Mecio Pomposiano, por haber nacido bajo una constelación que, al decir de algunos, auguraba el Imperio, porque llevaba a todas partes con él un mapa del mundo y los discursos de reyes y grandes capitanes, extractados de Tito Livio, porque había, en fin, dado a esclavos los nombres de Magón y Aníbal; a Salustio Lúculo, legado en la Bretaña, por haber permitido que llamasen luculenas unas lanzas de forma nueva; a Junio Rústico, por haber escrito el elogio de Peto Traseas y de Helvidio Prisco y haberles llamado los más virtuosos de los hombres [estos hombres fueron antiguos conspiradores contra Nerón]. Hizo también percer a Helvidio hijo, con el pretexto de que en una representación intitulada París e Ione había censurado el divorcio del príncipe, y a Flavio, primo suyo, porque el día de los comicios consulares el pregonero, después de elegido Sabino, le proclamó, en vez de cónsul, emperador".
En el colmo de su paranoia, Domiciano llegó incluso a poner placas de mármol lustroso en las paredes de su palacio, para poder ver así como en un espejo lo que ocurría a sus espaldas.
También emprendió una dantesca persecusión contra los cristianos.
Finalmente, ya que ni sus propios parientes estaban seguros ante la ola de ejecuciones masivas que azotaba su reinado, Domiciano fue asesinado por un complot en que incluso su propia esposa estaba metida. Corría el año 96.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

La verdadera historia tras "Gladiador"

La película "Gladiador", que dirigió el realizador Ridley Scott en el año 2000, tuvo el mérito de haberle dado nueva vida al venerable cine histórico y cine épico, mejor conocido también con el mote de "cine de romanos". La trama del filme está ambientada a finales del siglo II, pero aunque aparecen algunos personajes históricos, lo cierto es que hay algunos patinazos monumentales respecto del argumento, en lo que a rigor histórico se refiere.

El argumento gira en torno a Máximo, un general romano que como recompensa por sus servicios al Emperador Marco Aurelio, es designado por éste como su sucesor. Enrabiado, su hijo Cómodo decide matar a su propio padre, y apoderarse así del trono. En cuanto a Máximus, por viscisitudes del guión termina como gladiador, comenzando así una carrera ascendente que lo llevará a convertirse en el máximo astro popular de Roma, y por tanto, el único rival digno para Cómodo. Máximo se empeñará entonces en derrocar a Cómodo, para eliminar el Imperio y restaurar la República.

Sin ánimo de criticar negativamente la película, que después de todo es un filme de entretenimiento y no un documental del History Channel, bien vale la pena desde un punto de vista histórico señalar las desviaciones más gruesas con respecto a lo que en verdad pasó:

-- Lejos de querer desposeerlo, Cómodo parece haber sido desde siempre la primera opción de Marco Aurelio para la sucesión. Con esto, Marco Aurelio rompió la tradición que se prolongaba desde Nerva (96-98 dC), según la cual cada Emperador adoptaba como sucesor al más capaz, sin que necesariamente fuera su hijo biológico. Cómodo fue el primer hijo biológico de un Emperador reinante en llegar al trono desde Domiciano (quien sucedió a su hermano Tito en 81, y era hijo de Vespasiano), y lo fue por decisión de Marco Aurelio, no en contra... y pasó lo que pasó (Cómodo fue en verdad un tirano peor que lo descrito en el filme).

-- El asesino de Cómodo no fue general ni gladiador, sino que era el profesor de esgrima del Emperador. Y lo mató por estrangulación. Parece ser, de todas maneras, que el guión original de "Gladiador" contemplaba que su protagonista fuera precisamente este individuo, y viniera del norte de Africa, justamente la región natal del asesino de Cómodo (y en donde Máximo, en la película, inicia su carrera como gladiador).

-- Una vez muerto Cómodo, no sobrevino ninguna clase de gobierno senatorial, sino una sangrienta guerra civil que duró un año. Los conjurados que mataron a Cómodo intentaron darle el gobierno a un senador apellidado Pértinax, pero al poco tiempo éste fue asesinado. Un tal Didio Juliano pagó entonces una crecida suma de dinero por apoderarse del Imperio, pero tres generales, Clodio Albino (en Bretaña), Pescenio Níger (en Siria) y Septimio Severo (en Iliria, actual Yugoslavia) se rebelaron, lo derrocaron, y luego el tercero dio muerte a los otros dos. Con lo que no hubo restauración republicana posible, porque Septimio Severo fue gobernante aún más rudo que Cómodo (aunque también más capaz).

En un detalle, este filme es rigurosamente histórico: Cómodo sí que descendió a la arena de los gladiadores a combatir como uno de ellos. Sentía particular admiración por Hércules, y de ahí que intentara repetir sus hazañas en el Circo Romano. Fue el único Emperador romano en rebajarse de esta manera (es como si hoy en día el Presidente de los Estados Unidos se pusiera a jugar fútbol americano en las ligas profesionales, para que nos entendamos).

domingo, 17 de septiembre de 2006

La rebelión de los acuñadores de moneda.


Uno de los episodios más sórdidos de la historia del Imperio Romano, lo vivió el emperador Aureliano hacia el año 274. En aquel tiempo, el Imperio Romano vivía un estado prácticamente crónico de guerra civil. El año 235, el emperador Alejandro Severo había sido asesinado, y desde entonces, todos los emperadores subsiguientes habían perecido a manos de algún pretendiente que volvía a ser asesinado por otro pretendiente más, y así sucesivamente.
Este caos había llevado, ente otras cosas, a una devaluación crónica de la moneda. En aquella época, una moneda valía lo que el metal acuñado. Por tanto, para hacer economía y ahorrar, se emitió moneda con porcentajes cada vez menores de oro y plata en la aleación. Esta devaluación llegó hasta a comerse hasta el 98% de la moneda. Galieno, un predecesor cercano de Aureliano, había llevado esta política hasta el ridículo. El resultado es que, en numerosas regiones del Imperio Romano, la economía monetaria se había desplomado, y había regresado al trueque.
El advenimiento de Aureliano en 270 marcó el inicio de la recuperación imperial romana. Este reunificó al Imperio Romano, y emprendió numerosas reformas para sanear las finanzas. Entre ellas estuvo la reforma monetaria, intentando darle una vez más solidez a la moneda, como única manera de salvar la economía imperial.
Pero experimentó una inesperada resistencia: los monetarios, nombre que recibían los acuñadores de moneda. Sucede que en las guerras civiles anteriores, y en el caos subsiguiente, estos desvergonzados habían adoptado la pésima costumbre de trampear aún más la moneda, tomando simplemente el oro y la plata destinados a la acuñación, y llevándoselo para la casa (la plata más que el oro: las monedas de oro debían ser tan puras como se pudiera, porque con ellas se pagaba el impuesto al fisco). Cuando Aureliano prohibió sus exacciones a los monetarios, los acuñadores de moneda, lejos de someterse, se sublevaron. El asunto degeneró incluso en una rebelión armada, con los acuñadores amotinados en el Monte Celio, una de las siete colinas de Roma. Aureliano tuvo que ponerle sitio a dicha colina como si se tratara de un ejército enemigo en toda regla, y cuando los acuñadores cayeron por fin en sus manos, no tuvo piedad: los exterminó sin contemplaciones. O a la inmensa mayoría, al menos. Pero este triunfo le costó cerca de 7000 bajas.
Aureliano triunfó, como en casi todo lo que emprendió, pero no pudo sustraerse al destino de los Emperadores de su época: fue asesinado en 275. Y a pesar de su reforma monetaria, el problema de la moneda depreciada continuaría adelante. Recién Diocleciano, a comienzos del siglo IV, consiguió poner en circulación buena moneda de plata otra vez, y esto al costo de depreciar ahora la moneda de cobre, por lo que el problema siguió sin resolverse...

miércoles, 13 de septiembre de 2006

De cuartetos y orquestas.

En la actualidad, el profano en música clásica puede considerar algo abstracta y artificiosa la manera en que se clasifican las piezas musicales (sonatas, cuartetos, conciertos, etcétera). Así, por ejemplo, puede resultar desconcertante que los conciertos barrocos incluyan a más bien pocos instrumentistas, en comparación a los conciertos románticos del siglo XIX. Pero estas distintas denominaciones y formas musicales han ido evolucionando conforme lo ha hecho la infraestructura propia para los músicos. En los siglos XVII y XVIII, la música clásica era para ser interpretada en salones señoriales, casi como distracción, más o menos como en la actualidad se pone un CD en un reproductor para amenizar una buena conversación, o trabajar con música de fondo. De ahí que predominaran formas musicales con pocos músicos. Las formas musicales con grandes músicos eran la ópera y el oratorio, por su carácter de música para exhibición pública, y aún así tampoco eran orquestas mucho más grandes. En el siglo XIX, después de la Revolución Francesa, surgieron por primera vez las grandes orquestas, para las cuales se componían piezas de mucho mayor tamaño, una evolución que ya venía desde Mozart y Haydn (y antes), y culminará en las ampulosas orquestas románticas con cerca de un centenar de músicos, que es la formación orquestal propia de la actualidad.
Por cierto, algo parecido pasa con las bandas de rock, que son generalmente tres o cuatro amigos que se reunen a tocar música, generalmente en un garage, pero que algunas veces, cuando arman grandes conciertos frente a miles de personas, se dan el lujo de contratar músicos adicionales para tocar ante estadios llenos...

domingo, 10 de septiembre de 2006

Simeón el Estilita.


La leyenda de Simeón el Estilita no deja de ser peregrina. Vivió este monje en Siria, en el siglo V d.C. Recordemos que en ese tiempo, el Imperio Romano estaba cayéndose a pedazos, así es que había un muy comprensible sentido de espiritualidad y de búsqueda de Dios en el ambiente, como refugio contra las inclemencias mundanas de ese tiempo. Los monasterios florecían por todo Oriente, y los monjes que huían del mundo para salvarse en el interior de sus murallas eran legión.

Simeón fue uno de estos monjes. En su acedrada búsqueda de espiritualidad, se sometió a mortificaciones increíbles, incluso no comer ni beber nada durante los cuarenta días de Cuaresma (así dice la leyenda, al menos). Con ello despertó la envidia de otros monjes, quienes lo hostilizaron tanto, que Simeón emigró al desierto.

Como con todos estos sucesos había ganado fama de hombre santo, Simeón se vio pronto molestado por los peregrinos que acudían a él en busca de consejo. Pero Simeón, sintiéndose distraído de esta manera de las preocupaciones celestiales, comenzó a cambiar de refugio. Mientras más huía, más le buscaba la gente, porque más santo parecía por querer retirarse del mundo. Finalmente, decidió refugiarse arriba de una columna ("stylos", en griego, de donde deriva su apodo). Se subió a ella y se amarraba los pies por las noches para no caer durante el sueño. Estuvo así una buena cantidad de años, y no sólo cobró fama definitiva de santo, sino que además, fundó todo un movimiento de imitadores que también intentaron alcanzar la santidad por homólogos medios, hasta el punto que había parajes en donde se habían reunido comunidades de monjes dando el pintoresco espectáculo de ver varias columnas, y sobre cada una de ellas un hombre. Todavía en el siglo XIX había estilitas en existencia en Europa Oriental.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Endulzando la Historia.


En la actualidad existe una amplia gama de endulzantes y edulcorantes que hacen más brillante y bonita la vida. Pocos se detienen a pensar que, hasta hace relativamente pocos siglos atrás, el darle dulzor a un postre o a un pastel era algo bastante más complicado.
El endulzante mejor conocido por los pueblos antiguos era la miel, el producto de la abeja. A tanto llegaba su valor, que la Tierra Prometida que Dios reservó a los hebreos según la Biblia era llamada "la tierra en donde mana la leche y la miel", como una manera de alabar sus bondades naturales.
Los antiguos germanos, por su parte, eran ávidos devoradores de la llamada hidromiel. Esta no era sino vino normal y corriente, convenientemente mezclado con miel. Según los germanos, los propios dioses, con Odín a la cabeza, ingerían este brebaje.
Fue en el siglo XII, más o menos, cuando se esparció desde Oriente el secreto del azúcar. La propia palabra "azúcar" es de procedencia árabe, lo que es indiciario de su origen. En aquella época, el azúcar era un lujo destinado a los más nobles: el pueblo bajo y campesino debía seguir recurriendo a la miel. El método clásico de procesamiento era el prensado de las mismas (la imagen corresponde a una de estas prensas, en la Sicilia de 1600).
Pero el azúcar comenzó a ganar la partida una vez que las carabelas ampliaron los mercados mundiales, y enormes extensiones de terreno fueron destinadas en los trópicos al cultivo de la caña de azúcar. Y más modernamente, la industria química desarrolló el mercado de los edulcorantes artificiales. En medio de todo este panorama, cuesta recordar que durante aproximadamente cinco milenios y más, la miel reinó sin contrapeso posible para llevar dulzura a la vida de las personas.

domingo, 3 de septiembre de 2006

¿Eran los egipcios maniáticos de la muerte?


Egipto es quizás una de las culturas más asociadas al tema de la muerte. Es bien conocida la relación de este pueblo con los muertos. Como vivían en el desierto, se daban perfecta cuenta de que los cuerpos conservados en sequedad no se descomponían. Por tanto, diseñaron todo un sistema de creencias basado en la inmortalidad del alma. También es conocida la complejidad de los rituales de entierro de los egipcios, en particular en las clases pudientes que podían pagarse esos lujos. El cuerpo del difunto era sumergido en una solución salina a base de natrón, un compuesto que los químicos llaman carbonato de sodio. Allí debía permanecer 70 días, un número mágico porque tal era la cantidad de días que Sotis (la estrella Sirio) desaparecía en el horizonte. Previo a esto, se le sacaban las vísceras, y se depositaban en unos pequeños jarrones llamados cánopes. Luego, cuando el cuerpo estaba bien seco, se lo envolvía en vendas: nacía así una flamante nueva momia. Y no vale la pena insistir sobre el arte de la construcción de tumbas: las más conocidas son las famosísimas pirámides, pero también existen otros modelos que fueron populares de acuerdo a la época, como por ejemplo la mastaba (una especie de recinto rectangular) y el hipogeo (una tumba subterránea). Todo esto ha inspirado truculentas historias en donde los faraones maniáticos construen enormes pirámides, o de momias que vuelven a la vida y se ponen a recorrer las calles de Londres para encontrar el camino a casa, y de paso cumplir las maldición de rigor para quienes profanen la tumba del faraón...
Y sin embargo, toda esta visión de los egipcios como un pueblo que vivía más en la ultratumba que en la vida terrenal, es eminentemente falsa. Los modernos arqueólogos saben bien que los egipcios eran un pueblo amante de la vida, como cualquier otro, y sabían sacarle mucho partido a la misma. ¿Cómo es entonces que nos construimos una imagen tan fúnebre de los egipcios?
Sucede que los egipcios hacían su vida en torno al Río Nilo y construían sus casas en materiales perecederos, como paja, adobe y madera, por lo que la inundación anual del río a lo largo de sucesivos años tenía que barrer cualquier rastro de su vida en tales lugares. En cambio, las tumbas faraónicas estaban emplazadas en lugares bien secos, como el Valle de los Reyes, o bien en pleno desierto, como las pirámides de Gizah (las más altas de todas), y además, estaban construidas en un material casi indestructible, comparativamente hablando, como es la piedra. Resultado: las tumbas sobrevivieron más o menos incólumnes al paso del tiempo (descontada la acción de los saqueadores de tumbas), mientras que los edificios de la vida cotidiana egipcia desaparecieron.
¿Y cómo sabemos entonces que los egipcios no eran tan fanáticos dle los ritos mortuorios como pensábamos? Simplemente porque una de las más hermosas costumbres de los antiguos egipcios era enterar a los faraones con maquetas y representaciones en pequeña escala de vida cotidiana egipcia. En ellos se ve un pueblo alegre, optimista y lleno de vida, con sus campesinos, pescadores, panaderos, médicos y taberneros. Todo esto está refrendado por las inscripciones y papiros egipcios, que dan cuenta de la actividad mercantil de la época. Así que los egipcios no eran un pueblo tan macabro como el cine serie B del antiguo Hollywood nos ha querido hacer creer.

miércoles, 30 de agosto de 2006

La coincidencia de Aljubarrota.


La Batalla de Aljubarrota decidió los destinos de Castilla y Portugal. Y se libró la tarde del 14 de Agosto de 1385 (es decir, algunos añitos después del asuntillo de la muerte de Inés de Castro, que posteamos previamente).
En la época, la península ibérica era aún un caldillo de reinos: Castilla, Aragón, Navarra, Portugal, Granada... Y salvo el caso de Granada, gobernado por la Dinastía musulmana Nazrí, todas las dinastías cristianas se mezclaban unas con otras. Al fallecer el rey Fernando I de Portugal, éste carecía de hijos herederos varones. Pero sí tenía una hija, llamada Beatriz; y esta Beatriz de Portugal estaba casada con el rey de Castilla. Este se relamió pensando en una anexión dinástica de Castilla y Portugal, pero los portugueses se opusieron resueltamente. No pasó mucho tiempo antes que las cortes portuguesas se reunieran en Coimbra, y le dieran el trono a otro pretendiente, a un hijo natural del rey Pedro I de Portugal, y por tanto, hermanastro natural del fallecido rey Fernando (este es el mismo Pedro de la historia de Inés de Castro).
Como el rey de Castilla se viera chasqueado, invadió militarmente Portugal. La batalla decisiva se libró en Aljubarrota. Los portugueses, asesorados por expertos militares ingleses, tomaron una suave colina y se atrincheraron en ella. Los castellanos no quisieron atacar de inmediato, pero como el ejército invasor estaba desmoronándose por el cansancio y la falta de moral, el rey castellano ordenó una carga. Como otras batallas del siglo XIV, resultó un desastre: la caballería castellana fue atascada por las trincheras y los obstáculos naturales, y desorganizada, y cuando la infantería castellana se movió, la infantería portuguesa la hizo polvo. El resultado posterior no fue una batalla sino una masacre. Y Portugal siguió siendo independiente, bajo la flamante nueva dinastía, la Dinastía de Avis, hasta que la extinción de la misma en 1580 haría recaer el trono en manos españolas, finalmente... (aunque sólo por 60 años).
No hemos dicho aún el nombre de los reyes en esa disputa, porque tal es la coincidencia cósmica de la batalla. El campo de batalla de Aljubarrota debe ser el único, en la historia universal, en que se han enfrentado dos reyes que no sólo coinciden en el nombre, sino también en la numeración: Juan I de Portugal, contra Juan I de Castilla.

domingo, 27 de agosto de 2006

Muere primero y reina después.


¿Leyenda o realidad? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero no podíamos dejar de reproducir una historia tan conocida, como la de Inés de Castro, la mujer que hubo de reinar después de morir...

Transcurría el siglo XIV. Inés de Castro esta era una dama castellana que viajó a Portugal, acompañando a su prima, que contrajo matrimonio con Pedro. Este Pedro era nada menos que el heredero a la corona de Portugal. Tan fuerte fue la pasión desatada entre Inés y Pedro, que pronto la prima murió de rabia durante el parto (así aseguran las crónicas, por lo menos).

El problema es que Inés estaba emparentada con una poderosa familia que hacía sombra en Castilla y en Portugal, y por tanto era una amenaza al mismísimo rey. Se ignora si Alfonso IV, el rey de Portugal, consintió en atentar contra Inés de Castro, pero lo cierto es que tres caballeros portugueses la emboscaron y apuñalaron sin piedad alguna.

La venganza de Pedro fue terrible. Reza la leyenda que, apenas instalado como rey Pedro I de Portugal, mandó exhumar el cadáver de Inés y obligó a los cortesanos a besar la mano de la muerta, entronizándola como reina. En cuanto a los asesinos, uno pudo escapar, pero los otros dos fueron martirizados arrancándoles el corazón: uno por el pecho y el otro por la espalda. En cuanto a Pedro e Inés, éste ordenó que la tumba propia fuera construida frente a la de Inés: así, cuando ambos se levantaran de sus sepulcros en el día del Juicio Final, lo primero que verían sería el uno a la otra...

jueves, 24 de agosto de 2006

La más grande asesina en serie de la historia.

El récord indiscutible de asesinatos en manos de un psycho-killer pertenece a una mujer, lo que no deja de ser curioso, habida cuenta de que se asocia al asesino en serie con un perfil más... digamos... masculino. El personaje en cuestión es Erszébet Báthory, mejor conocida por la traducción al inglés de su nombre: Elizabeth Bathory.

Se afirma de ella que pertenecía a la nobleza húngara, pero esto, en una época en donde los nacionalismos estaban harto mal definidos, es inexacto. Nació y vivió en Hungría, pero a su vez estaba emparentada con Esteban Báthory, nada menos que rey de Polonia, al tiempo que formaba parte de esa nebulosa entidad política que era el Imperio Habsburgo. Desde pequeña mostró una cierta tendencia a ser taciturna, lo que se agravó con algunas malas influencias familiares. Un matrimonio no particularmente desgraciado, pero sí algo conflictivo (en particular por los recelos del marido ante las peregrinas alteraciones psicóticas de la mujer), sumada a la tiranía de una suegra hábil en el arte de amargarse la vída a sí misma y a los demás, ayudaron a terminar de trastornarle la cabeza.

Erszébet, mujer culta e instruida en una sociedad en donde sus congéneres femeninas apenas sabían leer y escribir, se aburría de lindo ante una suegra que le impedía toda diversión. Descubrió entonces que tomar doncellas, forzarlas a tener relaciones lésbicas, y clavarles alfileres para hacerlas retorcerse de dolor, era una efectiva manera de descargar tensiones. Este deporte se fue agravando con el paso del tiempo, pero en su condición de mujer noble, pudo reunir una pequeña corte o camarilla que se encargó de buscar víctimas ente las chicas pobres de los alrededores. Mientras duró el brutal régimen de terror de la condesa Báthory, los alrededores de su castillo en muchos kilómetros a la redonda llegarían prácticamente da despoblarse de mujeres.

Lo peor vino cuando, a consecuencias de un infausto accidente, Erszébet "descubrió" que la sangre de las doncellas jóvenes la hacía verse más joven. Montó entonces una verdadera industria de faenamiento de doncellas, desangrándolas y bañándose en su sangre, lanzando gritos como una loca posesa.

A pesar de sus esfuerzos por disimular la larga serie de perversiones sexuales, torturas y asesinatos de doncellas, los rumores corrieron. Aunque intentó mover influencias entre sus parientes, todo fue en vano. Su camarilla fue limpiamente capturada y condenada a la hoguera, en tanto que ella fue recluida de por vida en una habitación tapiada, con sólo una tronera para la ventilación, y una rendija para pasarle la comida. Murió tres años después, el 21 de agosto de 1614, algo superada la cincuentena. Durante los cerca de treinta años que duró su macabro imperio de terror, llevó un diario de vida en donde anotó minuciosamente los vejámenes y torturas que llevó a cabo; gracias a ello conocemos el número total de sus víctimas: 616 mujeres.

domingo, 20 de agosto de 2006

Safo y las lesbianas.

Lesbiana es una chica a quien le gustan otras chicas. Sin embargo, la historia del nacimiento de la palabra es algo menos conocida.
Originalmente, los lesbianos eran los habitantes de la isla griega de Lesbos. En la Antigüedad, Lesbos era una de las más importantes islas del Mar Egeo. Hacia el siglo VI a.C. floreció allí una poetisa llamada Safo, quien probablemente vivió en Mitilene, la ciudad más importante de Lesbos.
Sobre Safo misma, es poco lo que se sabe. Se la supone de familia noble. Se cree que estuvo enamorada, de amores desgraciados, de un tal Faón, del que tampoco nada se sabe. Lo que sí parece seguro, es que Safo se rodeó de una pequeña corte de chicas, con las cuales también se dedicaba a las artes poéticas.
Safo perteneció a una época en que la poesía griega comenzaba a desvincularse de los viejos temas heroicos a la manera homérica. La antigua edad agraria de señores feudales luchando entre sí cedía paso a una pujante sociedad comercial, y los poetas estaban adaptándose a la situación. La poesía de Safo, por esto, se refiere a cuestiones más mundanas que los viejos temas de Homero sobre los dioses y héroes, o de Hesíodo sobre la vida campesina. La poesía de Safo, así como de su contemporáneo Anacreonte, respira una sensualidad nueva.
Muchas poesías de Safo son, por tanto, ambiguas. Habla en ellos de sus amigas y discípulas, pero lo hace con tanta pasión, que uno puede buenamente preguntarse si de verdad eran sólo amigas, o si Safo había hecho suya la costumbre masculina griega de la homosexualidad... La maledicencia antigua lo da por sentado, y de ahí que se comenzara a hablar de las chicas de Lesbos, o lesbianas, como de "chicas liberales", por decirlo de alguna manera, y de ahí quedó el apelativo (además de que, a veces, como una figura literaria de exquisita erudición, hay quien habla de las "artes sáficas" para referirse a la práctica del lesbianismo).
De Safo no conservamos casi nada. Lo poco que se salvó para la posteridad, fue quemado por orden de la Iglesia Católica.
Para que el lector mismo decida, aquí va un texto escrito por Safo, de los pocos que se han podido rescatar:
"De veras, quisiera morirme. Al despedirse de mí llorando, me musitó las siguientes palabras: "Amada Safo, negra suerte la mía. De verdad que me da mucha pena tener que dejarte." Y yo le respondí: "Vete tranquila. Procura no olvidarte de mí, porque bien sabes que yo siempre estaré a tu lado. Y si no, quiero recordarte lo que tu olvidas: cuantas horas felices hemos pasado juntas. Han sido muchas las coronas de violetas, de rosas, de flor de azafrán y de ramos de eneldo, que junto a mí te ceñiste. Han sido muchos los collares que colgaste de tu delicado cuello, tejidos de flores fragantes por nuestras manos. Han sido muchas las veces que derramaste bálsamo de mirra y un ungüento regio sobre mi cabeza."

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