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jueves, 24 de mayo de 2012

La masacre de Loos.


Loos fue una de las tantas ciudades del norte de Francia que, durante la Primera Guerra Mundial, quedaron reducidas a apenas poco más que escombros. Para las fuerzas francobritánicas, parecía vital recuperar el bastión de manos alemanas, en ese tan interminable como en definitiva casi inútil empuja que te empuja que con tan macabras consecuencias caracterizó a la conflagración. Finalmente, el ataque quedó agendado para el 25 de Septiembre de 1915. El hombre a cargo era Douglas Haig, un cincuentón yeta que se las arregló para estar presente no sólo en la matanza de Loos, sino también en la Batalla del Somme: no en balde se ganó el apodo de Carnicero Haig, por su eximio talento para ser más peligroso para la salud y la vida de sus tropas que el mismísimo enemigo. En este caso, Haig llegó con una idea "brillante": utilizar tropas novatas para el ataque clave. Cuando otro alto mando le trató de hacer ver que quizás tropas sin mucho entrenamiento y sin nada de experiencia podrían acabar fertilizando el campo de batalla, él respondió con lógica tan impecable como desconcertante: "con el entusiasmo de la ignorancia se abrirán paso a través de las diversas líneas alemanas". Haig pidió dos divisiones británicas completas para su cometido, las que trataron de negárselas una y otra vez, hasta que por uno u otro motivo, no tuvieron más remedio que entregárselas. La suerte estaba echada.

Repasemos un poco la metodología propia de la guerra de trincheras. Como el gran parapeto de los soldados eran la trinchera y el alambre de púas, lo usual era bombardear la posición enemiga tan duramente como se pudiera, a fin de romper la línea defensiva en alguna parte y abrir algún hueco por donde la infantería pudiera meterse. Usualmente no resultaba, o resultaba demasiado caro (por eso la guerra duró cuatro años, por supuesto, y este equilibrio del terror sólo fue roto por la llegada de los primeros prototipos de tanque al campo de batalla), pero era la única manera de forzar al enemigo a través de su línea. Por cierto que los soldados de uno y otro bando habían aprendido: cuando venía una oleada de cañonazos corrían a esconderse en las trincheras, con la esperanza de que no les llegara un proyectil a ellos, y cuando el cañoneo cesaba, corrían a las ametralladoras para barrer al enemigo. Protocolo que, por supuesto, hacía aún más difícil romper la línea enemiga. Esto debería haber sido el procedimiento estándar el 25 de Septiembre de 1915, pero...

En primer lugar, las tropas destacadas para la acción no llevaban ni dos semanas en Francia, y además había escasez de oficiales. Los oficiales del Estado Mayor, por su parte, ni siquiera disponían de mapas a gran escala de la región. El primer día de ataque había resultado infructuoso, pero Haig estaba reservando su arma definitiva, los bisoños, para el ataque estrella del día siguiente, el 26. Pero las piezas humanas de su Doomsday Machine estaban empapadas y sin alimento caliente, además de faltos de sueño. Su inexperiencia permitió engañarlos, diciendo que iban a batir sólo a un ejército desmoralizado que estaba prácticamente en retirada. Mentira cochina, por supuesto. Los británicos habían previsto usar gas cloro (sí, los malvados alemanes no fueron los únicos en tentar la guerra química durante la Primera Guerra Mundial), pero sus inciertos resultados cancelaron los planes (que a veces el gas se ponía veleidoso y se regresaba a las tropas propias, seamos claros). Además, se negaron a una segunda ronda de bombardeos debido a la escasez de proyectiles (palabra clave en toda esta desventura: escasez). En resumen, cuando fue lanzado el ataque, se suponía que tropas sin ningún entrenamiento iban a cruzar a campo abierto a plena luz del sol sin protección de artillería, para tratar de tomarse posiciones alemanas defendidas hasta los dientes, parapetadas detrás de un enredo interminable de alambre de púas. Así de lunático como suena, así de lunático es como se ejecutó. O como se intentó ejecutar, al menos.

Hubo un breve bombardeo de artillería que no sirvió para nada, y luego de cuarenta minutos de silencio, salieron las dos divisiones condenadas al matadero. Un reporte alemán los describe así: "(...) ofreciendo un blanco como nadie antes había podido imaginar o ver. Nunca habían tenido los ametralladores un trabajo tan sencillo ni nunca lo habían realizado con tanta eficacia. Sus disparos barrían de un lado a otro las filas enemigas, incesantemente". Los pocos hombres que conseguían llegar hasta la muralla de alambre (un metro de alto, pero cinco de ancho) tenían tijeras incapaces de cortar un alambre tan grueso, y mientras unos se clavaron y cortaron tratando de cruzarlas, otros recorrieron la línea arriba o abajo tratando de encontrar un hueco. Ni qué decir cuán fácilmente barridos fueron éstos. Los propios alemanes estaban tan desconcertados, que cuando los británicos acertaron por fin a dar toque de retirada de su ataque tan inútil, ni siquiera intentaron ametrallarlos por la espalda. En esa jornada, cerca de 8000 tropas británicas fueron ametralladas, mientras que los alemanes no sufrieron ni una sola baja. Al final, Loos terminó cayendo en manos británicas, pero casi tres semanas después, y a un precio horripilante: por cada baja de los derrotados, hubo dos por parte de los vencedores...

6 comentarios:

Galo Nomez dijo...

Lo peor de todo es que estos desastres de la Primera Guerra Mundial, en lugar de apaciguar los ánimos belicistas, los incentivaron. Incluso buena parte de los científicos y artistas vanguardistas que se consagraron en el periodo intermedio entre las dos grandes conflagraciones, se inclinaron a ver de un modo positivo toda esta destrucción, suponiendo que ella pondría fin al mundo caduco y dogmático tradicional que tanto detestaban. En fin: fue necesaria una mortandad aún mayor y dos bombas atómicas para pensar en eso que algunos llaman derechos humanos.

Martín dijo...

Bueno, qué se podía esperar de los generales de la primera guerra mundial, que más que generales parecían imbéciles con charreteras... Por ejemplo, una máxima militar bastante antigua dice que cuando ya te rechazaron de una posición, no se debe atacarla por segunda vez (y menos una terecra o cuarta). ¿Y qué hicieron TODOS los ejércitos de esa guerra? Sí, acertaron: atacar una y otra vez el mismo punto donde los habían barrido con anterioridad. El historiador John Laffin escribe que en esta guerra, el oficio de general devino en carnicero (igual que el individuo Haig que sale aquí).

PD: casi el único militar de la Gran Guerra que demostró talento fue el alemán von Lettow-Vorbeck, que se rindió en África Oriental después del armisticio alemán (cosas de las comunicaciones de la época). Su historia - y la de sus soldados - es bastante curiosa, podría tener un lugar aquí...

Iakob dijo...

Toda la Primera Guerra Mundial está llena de matanzas sin sentido como éstas, Verdún, el Somme, Gallipolli... Desgraciadamente, la tecnología militar iba muy por delante de la aptitud y los conocimientos de los oficiales, demasiado veteranos en muchos casos, ¡había oficiales en el ejército británico que ya habían combatido en la guerra de Crimea (1853-56)! Se limitaban a aplicar las mismas tácticas habituales hasta el siglo XIX, grandes masas de infantería lanzadas unas contra otras, sin darse cuenta de el efcto de las nuevas armas, las ametralladoras, la artillería moderna, los gases tóxicos, los tanques...

General Gato dijo...

A GALO NOMEZ: Depende del lado. La Triple Entente vencedora no quiso enredarse en otro conflicto bélico a escala paneuropea, y ahí tienen a Chamberlain con su política de apaciguamiento a Hitler. Los países sucesores de los imperios perdedores, por su parte, estaban tan asfixiados que no tenían mucho que perder entregándose a caudillos, duches, fiurers, padrecitos stalin y demases. O eso se creyeron, y después...

A MARTÍN: Desconozco por completo al señor von Lettow-Vorbeck, y a falta de una fuente fiable, me temo que ese posteo tendrá que esperar. Aunque su historia debe ser una gozada de desentendimiento bélico, me imagino.

A IAKOB: El historiador británico Arnold J. Toynbee argumenta que el gran salto en la tecnología militar y la producción industrial en masa se produjo después de 1870, y coincidentemente, en esa época con la imposición de la Pax Bismarckiana, no hubo guerras de envergadura en Europa (salvo el eterno polvorín de los Balcanes), y todos los conflictos fueron en la periferia del mundo (los bóxers, los bóers, Cuba, etcétera). Por eso es que una generación después, cuando estalló lo de 1914, nadie estaba realmente preparado para entender lo que de verdad significaba esa nueva guerra. Lo que no quita la incompetencia a todos los niveles que hubo, porque por Bastet, si soy político y tengo a una manada de generales incompetentes... ¡les doy el sobre azul a todos, hago correr los mandos hacia arriba, y me traigo gente con más experiencia reciente en el campo, leñe! Justo la diferencia de lo que ocurrió para la segunda ronda, cuando en Alemania jubilaron a todos los vejetes con el senil de Hindenburg a la cabeza, mientras que en el frente aliado tenían como comandante supremo a Gamelin...

Martín dijo...

Me salgo un poco del tema, para insistir con el alemán... Si entendí bien su expresión general, hubo un grandísimo desentendimiento por parte de los 130 generales que combatieron a Von Lettow (mejor sería decir que perdieron contra él), y como ya dije, hay varias curiosidades en su historia, con decirte que la primera batalla que libró, en Tanga (vaya nombre), también se conoce como "la batalla de las abejas"...

General Gato dijo...

Ya me picó el bicho de la curiosidad. Habrá que hacerse un tiempo para investigar al susodicho.

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