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jueves, 21 de octubre de 2010

Los censos y la censura.

Son dos palabras que suenan parecido: "censo" y "censura". ¿Existe acaso una relación entre ambas? La respuesta es un rotundo sí. A primera vista parece complicado en qué pueden relacionarse la censura a la prensa o la censura cinematográfica con el arte de saber cuántos ciudadanos hay en un país, por ejemplo, pero resulta que sí existió relación... en la Antigua Roma. Para eso, debemos retroceder en el tiempo hasta la República Romana (509-31 a.C.). En ella existían patricios (los aristócratas) y plebeyos (bueno... la plebe de toda la vida). Después, aunque las diferencias entre patricios y plebeyos fueron abolidas, la expansión imperial hizo que existieran ciudadanos romanos sometidos a las leyes romanas, y ciudadanos no romanos. Eso hasta que en 212 d.C., Caracalla impuso la ciudadanía romana incluso contra la voluntad de sus súbditos. Pero eso es otra historia. El punto acá es que la sociedad romana bajo la República no era igualitaria, y contemplaba distintas cargas, obligaciones y derechos para las personas, según su estatus. Y aquí es donde entra el problema del censo.

Todos los países desde que la civilización es civilización, han necesitado herramientas para determinar cuánta población poseen. Hay dos razones obvias: en primera, saber cuántos ingresos pueden conseguirse por vía de impuestos (mientras más habitantes, y mientras menos privilegiados exentos de impuestos, más ingresos), y en segunda, saber cuántos hombres pueden ser puestos en pie de guerra, llegado el caso. Hasta el siglo V a.C., dentro de la República Romana, tales atribuciones estaban en mano de los cónsules, pero en dicho siglo fueron creados funcionarios especiales, encargados de hacer las listas de ciudadanos, o sea, el censo. Estos fueron los censores.

Como la legislación romana no era igualitaria, esto permitía imponer como pena para ciertos delitos, el perder los derechos ciudadanos. Entonces, había que tachar el nombre de la persona de la lista de los ciudadanos, labor que por supuesto le correspondía administrativamente al censor. El fundamento era que los derechos cívicos sólo podían corresponderle a personas de moral probada, o de lo contrario la República decaería. Así, la censura se extendió a ciertos delitos, al lujo inmoderado, incluso al descuido y la negligencia, y particularmente a lo que podríamos llamar "decencia" y "buenas costumbres". Como estas actividades implicaban que el censor intervendría, podía calificárselas como "censurables", y de ahí que se diera el salto desde el censo demográfico a la censura como actividad destinada a mantener la moral y las buenas costumbres (cercenando la libertad de expresión, claro, pero nadie dijo que fuera a ser bonito, ¿no?).

En los tempranos tiempos del Imperio, bajo el gobierno de Octavio Augusto (31 a.C. a 14 d.C.), la censura fue absorbida por el poder del Emperador. Hubo algunos intentos de volverla a instaurar, ahora ya no en su faceta demográfica, sino para promover la reforma de las costumbres. En fecha tan tardía como 250, cuando ya todos los ciudadanos del Imperio eran iguales ante la ley (salvo los esclavos, que jurídicamente no eran personas sino cosas), aún el Emperador Decio, empeñado en recobrar las antiguas virtudes cívicas por encima del caos en que el Imperio estaba cada vez más sumergido (y del que, entre los siglos II y V en que el Imperio Romano decayó, ya no se recobraría), nombró a Valeriano como censor. El nombramiento duró tanto como el gobierno de Decio, que como otros Emperadores de su tiempo, tuvo un período deprimentemente corto (249 a 251, en concreto). Muerto Decio, la censura volvió al arcón polvoriento de los recuerdos. Aunque regímenes políticos de variado tipo y calibre, hasta el mismísimo siglo XXI siguen nombrando sus propios censores con el pretexto de "vigilar la decencia y las buenas costumbres"...

domingo, 17 de octubre de 2010

Una entrevista con Horace Gold.

Uno de los personajes más importantes en la Ciencia Ficción de los '50s fue Horace Leonard Gold, abreviado H.L. Gold. Escribió varias novelas de Ciencia Ficción, pero su mayor aporte al género fue haber sido editor de la revista Galaxy. Hasta los '50s, la principal revista del género, la que marcaba la pauta, era Astounding Stories (después rebautizada Astounding Science Fiction), pero tanto Galaxy como F&SF (The Magazine of Fantasy and Science Fiction) asumieron los cambios de orientación del género y tomaron el relevo. Gold fue entonces un hombre clave dentro de una época clave en el desarrollo del género. Lo que no impide que fuera un personaje curioso. La siguiente anécdota la refiere el sin par Isaac Asimov en sus incontinentes Memorias, de manera que cualquier cargo por inexactitud, ya saben a quién propinárselo.

Acudió Isaac Asimov a entrevistarse con él por primera vez en el salón de la casa de Horace Gold. En aquellos años, Asimov le vendía prácticamente toda su producción a ASF, de manera que abrirse mercado a Galaxy era sacar los huevos de una canasta para repartirlo entre varias. La entrevista iba bien, hasta que intempestivamente, Gold se levantó y se fue. Desconcertado, Asimov trató de averiguar con Evelyn Stein, la esposa de Gold, en qué había ofendido al anfitrión, pero ella le dijo que no era así en lo absoluto. Asimov se levantó, pero cuando llegaba a la puerta, sonó el teléfono. Evelyn tomó el auricular, y le dijo a Asimov: "Es para usted". La sorpresa de Asimov fue mayúscula cuando obtuvo la respuesta a sobre quién podría saber que a esas horas estaba visitando a Gold: era el propio Horace Gold. La conversación subsiguiente fue larguísima, con Asimov en el salón de Gold y éste en su propio dormitorio, siempre por teléfono.

Años antes de esto, Horace Gold había sido combatiente durante la Segunda Guerra Mundial. Y dicha guerra le había dejado serias secuelas mentales, en particular dos: agorafobia y xenofobia. Gold a duras penas salía de su departamento (suponemos que controlaba su trabajo editorial por teléfono), y le tenía un temor morboso a la gente extraña. No era antipatía ni mucho menos: cuando se trataba de hablar por teléfono, Horace Gold podía extenderse por horas y horas, para fastidio de muchos que debían tratar con él y que, seguramente, tendrían en algún minuto u otro que atender otros asuntos de importancia.

Finalmente, debido al enorme sufrimiento que le ocasionaba el tener que salir de casa para trabajar (no el trabajo, que eso lo sufre todo el mundo, sino el tener que abandonar la seguridad del hogar para ir a ese dantesco mundo exterior), en 1961 Horace Gold debió abandonar su trabajo editorial para siempre. El matrimonio con Evelyn Stein acabó en divorcio en 1957, pero de manera curiosa para su condición que le impedía toda vida social, Gold se las apañó para casarse de nuevo. Cargando su agorafobia a cuestas, falleció más de un tercio de siglo después, en 1996, a la provecta edad de 81 años.

jueves, 14 de octubre de 2010

Toda la Humanidad resucitada al mismo tiempo.


Probablemente no sea la más grande saga de novelas de Ciencia Ficción de todos los tiempos, pero la propuesta del Mundo del Río, escrita por Philip Jose Farmer, es bastante interesante por sí misma, y tiene un filón histórico que se puede explotar. La saga se compone de cinco novelas ("A vuestros cuerpos dispersos" en 1971, "El fabuloso barco fluvial" en 1971, "El oscuro designio" en 1977, "El laberinto mágico" en 1980 y "Dioses del Mundo del Río" en 1983), además de algunos libros de cuentos, no todos ellos escritos por Farmer. La premisa es simple, pero rendidora: una misteriosa raza de seres alienígenas, conocidas únicamente como "los Eticos", resucitan a los 36 mil millones de seres humanos que han vivido desde la Prehistoria hasta el siglo XX, en las orillas de un único río. Este se encuentra en un planeta completamente transformado para esos efectos. El propósito para el cual son resucitados es desconocido, y el eje vertebral de las cinco novelas es como una serie de personajes se lanza a la búsqueda de las respuestas respectivas.

No cabe duda de que la idea es una profunda metáfora de la existencia humana. El río ha sido desde siempre un poderoso símbolo literario de la vida. El español Jorge Manrique en el siglo XV escribía sus famosos versos: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir" (Coplas por la muerte de su padre, 3). De manera relacionada, en Madame Bovary un personaje reflexiona: "Por ejemplo, nosotros decía él, ¿por qué nos hemos conocido?, ¿qué azar lo ha querido? Es que a través del alejamiento, sin duda, como dos ríos que corren para reunirse, nuestras inclinaciones particulares nos habían empujado el uno hacia el otro" (segunda parte, Capítulo VIII). El chileno Baldomero Lillo, por su parte, recrea el ciclo del agua en su cuento "Las nieves eternas", la historia de una gotita que "nace" en la montaña y viaja río abajo. Volviendo a la obra de Philip Jose Farmer, resulta que el protagonista principal es Richard Francis Burton, un personaje histórico real, que en la Tierra del siglo XIX se embarcó a la búsqueda de las fuentes del Nilo, el Santo Grial de los exploradores africanos de la época, y que en el Mundo del Río, ya resucitado, parte a la búsqueda de las respuestas en el nacimiento mismo del gigantesco río que recorre a toda la civilización ultraterrena.

Interesantemente, Farmer no cree demasiado en la bondad de la naturaleza humana. Aunque la novela está escrita como un folletín, hasta el punto que puede llegar a pensarse que Farmer en realidad inventó la premisa argumental para darse el gusto de mezclar personajes históricos que de otra manera no hubiera podido juntar unos con otros, en el trasfondo puede olerse un poco la vieja necesidad humana de adquirir poder y riquezas a costa de otros. Los misteriosos alienígenas han dispuesto las cosas de manera tal, que los seres humanos están encajonados en el río, y además no pueden crear tecnología de un estadio superior al Paleolítico. Además, la agricultura no sólo es imposible, sino también innecesaria, porque cada habitante del Mundo del Río tiene un cilindro que, gracias a unos pilones ubicados a porfía en las riberas del río, se recargan diariamente con toda la comida que necesitan. Además, los cuerpos de los resucitados carecen de defectos físicos. ¿Creen ustedes que eso detiene a los habitantes para crearse pequeños feudos e imperios? A la vuelta de algunos años, el entero Mundo del Río de principio a fin está balcanizado en una multitud de micronaciones, e incluso se ha inventado la llamada "esclavitud de los cilindros", en los cuales los más fuertes capturan los cilindros de los más débiles para atiborrarse de comida (manteniendo vivos a los esclavos, eso sí, porque los cilindros vienen "personalizados", y si su dueño o usuario muere, el cilindro se vuelve inútil). Así vemos a personajes como el vikingo Haroldo Dienteazul repitiendo sus saqueos de "su otra vida", o al británico Juan Sin Tierra siempre sediento de poder...

Para quien les interese, digamos que la saga ha sido adaptada en un par de ocasiones a la televisión. En el año 2003 se hizo una peli llamada "El Mundo del Río", que en realidad era el episodio piloto de una serie televisiva que nunca llegó a rodarse. Y en 2009 se rodó una miniserie de cuatro horas de duración. Eso, por si les da flojera bancarse los cinco tomos completos (que en castellano, para terminar la sección informativa, fueron publicados por Editorial Ultramar).

domingo, 10 de octubre de 2010

¿Qué tamaño tiene la Biblioteca de Babel?

Todo aficionado a la Literatura se topa más tarde o más temprano con la larga y adusta sombra del escritor Jorge Luis Borges, conocido también de cariño como "el che ése que mareaba la cachimba escribiendo esas cositas raras de laberintos y tigres y espejos y bibliotecas". Uno de sus cuentos más representativos en cuanto a temática es probablemente "La biblioteca de Babel", que se encuentra en su libro "Ficciones", publicada por primera vez en versión definitiva en 1944, y que desde ya recomiendo vivamente a todo quien no lo haya leído (el cuento y el libro: ambos recomendados). Advierto desde ya que este posteo destripa los detalles del argumento, aunque esto tampoco puede considerarse como un delito capital, porque después de todo, lo que está revestido acá de cuento en realidad es un ensayo filosófico sobre el infinito, sobre la cultura humana, y sobre la naturaleza de nuestro conocimiento sobre el universo y las posibilidades y límites de investigar el mismo, todos temas típicamente borgianos. Pero desde un punto de vista más histórico, nos importa una preocupación algo más terrenal: ¿cuántos libros tiene la dichosa Biblioteca de Babel? ¿De qué tamaño es? ¿Es en verdad tan impresionante como la pinta Borges?

Para quienes no hayan leído el cuento y no le temen a los spoilers: éste trata sobre un universo que es una gigantesca biblioteca. De hecho, éstas son sus palabras iniciales: "El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas". La peculiaridad es que cada galería posee anaqueles en cuatro de sus seis paredes (suponemos que el suelo y el techo no, por razones obvias). En estos anaqueles hay libros. Sus habitantes, después de paciente investigación, arriban a la conjetura (nunca desmentida, eso sí) de que allí están TODOS los libros que pueden ser escritos, ya que están todas las posibles permutaciones entre las distintas letras (22), el punto y la coma, y el espacio en blanco entre palabra y palabra que se cuenta como un signo de puntuación adicional, todas las permutaciones (repito) que es posible imprimir sobre una secuencia de hojas de papel. La situación es desesperante porque la mayor parte de esos libros son galimatías sin sentido (una biblioteca así tendría textos como "ahgfasdfjksdgfgjhsd", por ejemplo, así como cualquier otra combinación absurda pero posible de signos de escritura), mientras que unos poquísimos, por puro azar, deben tener texto inteligible y aprovechable (un poco como la teoría de los mil monos golpeando mil máquinas de escribir). Piénsenlo: en esa Biblioteca existen todos los libros religiosos, existen todas las novelas (sin que importe su longitud, porque si es demasiado larga, existe su Tomo I, su Tomo II, su Tomo III, etcétera), existen todas las Enciclopedias, existe un libro en el cual se cuenta toda la historia de tu vida hasta el día de tu muerte que está por venir y eso sin ningún error (y en realidad más de uno, si consideramos las distintas redacciones posibles), existe un único libro con todas sus páginas en blanco (el espacio es también una "letra", y debe haber un libro en que coincidan todas las letras "espacio"), existe un libro que es el texto exacto de todos los posteos de este blog Siglos Curiosos, existen todos los libros anteriores con todas las erratas de imprenta que sea posible escribir, y además todo eso existe en cualquier idioma que sea posible reducir al alfabeto de veinticinco símbolos que usa la Biblioteca... y existe por supuesto un catálogo de todos los libros de la Biblioteca debidamente indexados, que a su vez es inencontrable porque sería indistinguible de los millones de catálogos falsos que TAMBIÉN deben estar en la Biblioteca... algunos de ellos con apenas una o dos letras erróneas... Y claro, quizás haya un libro de instrucciones para encontrar ese dichoso catálogo, sepultado entre miles de libros de instrucciones ERRÓNEAS para dar con dicho catálogo...

La cuestión es, ¿qué tamaño debería tener una Biblioteca de esas características? Borges nos da algunos datos: "a cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro". Considerando que Borges nos dice que "el número de símbolos ortográficos es veinticinco", y haciendo unas simples multiplicaciones, podemos averiguarlo. Supongamos que trabajamos con los tipos móviles de la imprenta de Gütemberg. Cada renglón acepta 80 de esos tipos de metal. Para el primer hueco tenemos 25 opciones. Para el segundo tenemos otros 25, lo que nos da 625 posibles combinaciones ("aa", "ab", "ac", "ad", etcétera, y luego "ba", "bb"...). Para el tercero tenemos otras 25 posibilidades, que en combinación con las 625 precedentes dan (625 x 25) 15.625 combinaciones (y llevamos apenas los tres primeros signos). O sea, para calcular la cantidad de libros posibles sólo tenemos que averiguar cuántos "25" debemos incluir en nuestra multiplicación. Y eso nos lo da la cantidad de letras totales que puede cobijar un libro. ¿Cuánto es eso? Simple: debemos multiplicar las 80 letras de cada renglón, por los 40 renglones de cada página, por las 410 páginas. Eso nos da la "miseria" de 1.312.000 "huecos", que deberíamos rellenar con los tipos móviles de Gütemberg. Deberíamos tener entonces 1.312.000 tipos móviles de cada signo, sólo para el libro que estadísticamente los debe reunir todos. Entonces, la cantidad de combinaciones posibles es de 25 x 25 x 25 x 25 x 25 ... repitiendo "25" 1.312.000 veces. Ni siquiera voy a intentar poner en números una cifra tan astronómica, no creo que me quepa dentro de los márgenes de un posteo de este blog, y además probablemente sea algo que carezca de sentido.

¿De qué tamaño es la Biblioteca? Si 32 libros llenan un anaquel, y cinco anaqueles llenan un muro, y cuatro muros llenan una galería, entonces debemos calcular que una galería va a estar llena por el resultado de multiplicar 32 x 5 x 4, lo que arroja 640 libros en total por cada galería. O sea, para calcular el tamaño total de la Biblioteca de Babel, "basta simplemente" con tomar la cantidad anterior (los 25 multiplicados por sí mismos 1.312.000 veces) y dividirlos por 640. Aunque va a ser una cifra sensiblemente menor a la otra, aún así tengo el presentimiento de que va a ser monstruosa, y como blog de Historia y no de Matemáticas que es Siglos Curiosos, renuncio siquiera a intentarlo.

Hagamos algunas comparaciones. Según la sección FAQ de la webpage de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, la misma posee "más de 32 millones de libros y material impreso" (traducción del inglés cortesía de su seguro servidor el General Gato). No todo seguramente son libros (deben haber folletos, mapas, etcétera). También hay que considerar otros ¡110 MILLONES! de otros ítemes varios. Todo eso cabe en tres edificios completos, además de otros almacenes y depósitos (siempre según el FAQ de la propia Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos). Sobreestimemos un poco el total y digamos que la Biblioteca del Congreso posee 140 millones de ejemplares entre libros, colecciones, ítemes, etcétera. ¿Qué porción de la Biblioteca de Babel cabría en ese espacio? Para eso basta con calcular cuántas veces debemos multiplicar 25 por sí mismo para sobrepasar la cantidad de 140 millones, y descontar eso de las 1.312.000 veces que debemos multiplicar 25 por sí mismo. Para eso sólo se requiere multiplicar seis veces 25 por sí mismo (el resultado es 244.140.625, no me pidan matemáticas más precisas). Aún nos queda multiplicar 25 por sí mismo nada menos que 1.311.994 veces más. Ni siquiera necesito decir lo aberrantes que son estas cantidades para la imaginación humana.

No por nada, el narrador de la Biblioteca de Babel dice en tono lastimero: "Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací". Modernamente, uno podría decir lo mismo de esa moderna Biblioteca de Babel que es Internet, en la cual, aunque se pase uno la vida entera navegando, no llegará más que a cubrir un porcentaje insignificante de todas las páginas y sitios que son posibles de visitar...

jueves, 7 de octubre de 2010

El hercúleo Antonio de León Pinelo.

Cuando se habla de héroes, tiende a pensarse en conquistadores militares, en científicos, en santos, etcétera. Pero nadie pensaría adjudicarle la etiqueta de "héroe" a un historiador y jurista, o sea, a un ratón de biblioteca especializado en dos disciplinas tradicionalmente consideradas como la aridez en persona. Pero si alguien en la Historia Universal se merece el crédito, ése sea probablemente el jurista español Antonio de León Pinelo (hacia 1595-1660). Antonio de León Pinelo nació probablemente en Valladolid, hacia el año 1595. Dejó un variado ramillete de obras con reflexiones históricas, teológicas y jurídicas: debe recordarse que en el Imperio Español de aquellos tiempos, ambas tres actividades generalmente iban ligadas unas a las otras. Pero la obra que inmortalizó a León Pinelo fue haberse enfrentado a la horripilante maraña conocida con el genérico nombre de "legislación indiana", y haberla reducido a una compilación general que más o menos pudiera ser utilizada.

Cuando el Imperio Español conquistó América, se hizo de golpe con una serie de situaciones geográficas, históricas, demográficas, sociales, políticas y culturales para las cuales la legislación castellana (la de Castilla), a medias basada en las Siete Partidas de Alfonso X (del siglo XIII, o sea, semiobsoletas para la nueva realidad moderna e imperial) y a medias consuetudinaria, era incapaz de proporcionar respuestas. A las prisas y corriendo, la principal arma legislativa utilizada por la Corona fue la "cédula", decretos reales que desde la metrópoli regulaban las situaciones puntuales que se presentaran. El problema se agudizó por la intención de la Corona (como lo declaró explícitamente Felipe II en 1571) de imponer la legislación metropolitana a todas las colonias casi de manera uniforme, algo que bien pronto se reveló como imposible. Ya en 1582 hubo un intento por compilar el cedulario completo de la legislación indiana, intento que terminó abortado.

A comienzos del siglo XVII, Antonio de León Pinelo abordó la ímproba tarea. A diferencia de otras tareas semejantes, que se trabajaron más o menos en comisión, León Pinelo lo hizo casi en solitario (podemos suponer que con algún asistente al menos, o de lo contrario no se explica cómo diablos llegó a tener éxito). El encargo se lo hizo el Consejo de Indias en 1624, y empleó diez años de su vida en la faena. A la fecha, León Pinelo hubo de revisar nada menos que ¡¡¡400.000!!! cédulas reales, las cuales, en un trabajo de diez años, dejó reducidas a apenas 11.000. Saquemos algunas cuentas. Digamos que trabajó solo, e invirtió sólo ocho años en leer las cédulas (ya no digamos en hacer una segunda selección, etcétera). Si le consideramos trabajando todos los días, domingos, feriados incluidos, sin darse un solo día de descanso, sin haber interrumpido su labor por enfermedad o por alguna otra causa, resulta que habría estado trabajando leyendo (sólo leyendo) algo más de 130 cédulas al día, día tras día, monótonamente, durante casi 3000 jornadas. Esto da una idea de lo hercúleo que fue la tarea del heroico León Pinelo. Las 11.000 cédulas que integraron la obra definitiva representan menos del tres por ciento del material de trabajo contra el cual León Pinelo debió lidiar (si asumimos que leyó 130 cédulas al día durante ocho años, un tres por ciento representa más o menos tres o cuatro cédulas aprovechables al día, y todo el resto a la basura).

Desgraciadamente, la consabida inepcia burocrática del Imperio Español hizo que los alcances de la obra de León Pinelo fueran más bien limitados. La obra quedó lista en 1635, pero la versión revisada en cuatro volúmenes fue publicada recién en 1681 (León Pinelo llevaba a la sazón su par de décadas muerto). Huelga decir que en el casi medio siglo intermedio, un aluvión de nuevas cédulas habían sido dictadas, sin otro nuevo intento de sistematización. La última intentona se produjo en los albores del siglo XIX, por iniciativa de Carlos IV de España, y aunque hubiera llegado a buen puerto, hubiera sido inútil, porque la independencia de Latinoamérica estaba ya empezando a aparecer en el horizonte.

domingo, 3 de octubre de 2010

Mayas pendencieros.

Durante mucho tiempo, se creyó que los mayas eran la gente más pacífica del mundo, una especie de sabios y tranquilos iluminados que crearon una civilización próspera y pacífica, en la que las guerras y la violencia eran algo desconocido e inexistente. Un poco más, y eran el paraíso terrenal en forma de civilización. Hoy en día sabemos que las cosas no eran tan sencillas, y que los mayas sí conocieron las guerras. Y los sacrificios humanos, dicho sea de paso (para escándalo de los que consideraron a "Apocalypto" como aberrante en ese plano).

A pesar de que los europeos reportaron ruinas mayas desde el siglo XVIII, los mayas tomaron carta de naturaleza en la historiografía recién en el XIX, cuando empezaron a aparecer uno tras otro los grandes centros ceremoniales tragados por la selva. En ese entonces, hubo varias razones para ver a los mayas como un pueblo "ahistórico". En primer lugar, no habían registros históricos suyos porque los españoles habían quemado cuanto códice se les puso a tiro, y además la escritura maya era incomprensible (Champollion, el que descifró los jeroglíficos egipcios, al menos había tenido una paleta multilingüe, uno de cuyos idiomas era el bien conocido griego, lo que le facilitó significativamente el trabajo). Y en segunda, pesaba sobre ellos el mito romántico de ser una civilización "primitiva", y por lo tanto, era poco probable que tuvieran guerras dignas de ese nombre, así como Occidente tiene a un Carlomagno o a un Napoleón. Ha sido con el laborioso proceso de descifrado de la escritura maya, y la reconstrucción de sus listados y genealogías de reyes a través de sus estelas de piedra, que ahora sabemos un poco más sobre el tema, y por supuesto, lo que sabíamos sobre los mayas estaba equivocado en ese punto: al parecer, el estado político natural de los mayas era más la guerra que la paz...

El historiador Jared Diamond adelanta una interesante explicación, que vuestro seguro servidor el General Gato consigna aunque no ha podido cotejarla más allá. Diamond atribuye la razón de esto no sólo a una geografía accidentada, sino también a la alimentación. En efecto, la alimentación maya era terriblemente pobre en proteínas, y fuertemente dependiente del maíz, ambas cualidades más acentuadas que en la dieta de "cereales y carne" clásica del mundo eurasiático. Súmesele que los mayas no tenián grandes bestias de carga, y el cuadro está completo. Porque para alimentar a sus tropas, debían acarrear grandes cantidades de grano a hombros de porteadores. Y los porteadores, desde luego, también comían parte del grano porque no se iban a alimentar con forraje como los caballos. Mientras más lejos fuera la expedición militar maya, o mientras más durara la guerra, más fracción del alimento porteado debía quedar para el porteador, y por lo tanto menos grano quedaba para las tropas. Esta falla fundamental en la logística de la guerra hizo que las campañas militares mayas fueran muy costosas, y por tanto las ocupaciones militares breves y dificultosas, por lo que ninguna gran ciudad maya consiguió consolidar un gran imperio a su alrededor. De ahí que los mayas nunca hayan pasado de ser politicamente un mosaico de principados y ciudades estados, sumidos por lo tanto en una anarquía internacional a la cual nunca pudieron sobreponerse.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El carbón y el día de los ratones.


La minería del carbón (casi cualquier forma de minería, en realidad) ha sido desde siempre una actividad durísima. No en balde, en la Antigüedad, uno de los suplicios clásicos para los condenados era enviarlos como esclavos a las minas. Aunque hombres legalmente libres, los mineros del carbón en Lota, en el sur de Chile, no la pasaban mucho mejor, esforzándose en jornadas de trabajo inauditamente largas (hasta 14 horas diarias) por sueldos de hambre, y ello, en un trabajo de alto riesgo debido a los accidentes y derrumbes. No es raro entonces que se desarrollaran algunas peculiares supersticiones entre los mineros del carbón de Lota, como defensa psicológica contra la incertidumbre.

Una de estas supersticiones es el "día de los ratones". Los mineros de Lota dedicaron el día de San Agustín como un homenaje a estos roedores que, huelga decirlo, se las arreglaban también para meterse al interior de las minas. Sucede que en las minas de carbón, el peor peligro de todos es el gas grisú, llamado también el "viento negro", que al escaparse, puede crear enormes explosiones dentro de la mina. Ahora bien, como el gas grisú es más pesado que el aire, tiende a irse a la parte baja de la mina, por lo que los primeros afectados son precisamente los ratones. De ahí, por la gratitud hacia esos bichos que daban aviso de la presencia del gas grisú, les dedicaron la festividad.

En el día de los ratones, ningún minero debía trabajar. El que lo hacía, rezaba la superstición, se exponía a serios peligros. Los ratones, por ejemplo, se echaban encima de la ropa del incrédulo y las emprendían con ella.

Hoy en día, el mineral de Lota se encuentra cerrado. Fue clausurado en 1997 por el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle porque los costos de producción superaban al precio de venta de ese carbón en el mercado. Para la posteridad, la infernal vida en el mineral de Lota quedó plasmada en uno de los mejores trabajos literarios chilenos, el libro de cuentos "Sub-Terra" de Baldomero Lillo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

El hombre del Teatro de la Victoria.


Cuando se piensa en "el terremoto de 1906", generalmente se alude al que azotó a San Francisco, en Estados Unidos, en aquel año, y que ha sido algunas veces llevado incluso al cine. Pero entre 1905 y 1907, el planeta entero fue asolado por varios terremotos: los hubo en Honsiú (Japón), Colombia, las Islas Aleutianas, Nueva Guinea, Sinkiang (en China)... y también Valparaíso, en Chile, que es el lugar de nuestra presente anécdota. Por cierto, todos los terremotos mencionados sobrepasaron los 8 grados en la Escala de Richter.

Uno de los grandes orgullos del patrimonio arquitectónico de Valparaíso era el Teatro de la Victoria. Construido por el ingeniero Eduardo Fehrman, era considerado el colmo del refinamiento y del buen gusto. Antes del terremoto, el último tenor que había cantado había sido Antonio Paoli, uno de los más reputados en el mundo, y se le habían pagado nada menos que la (para ese entonces) portentosa suma de un millón de pesos.

Se consideraba a la construcción tan sólida, que se la creía a prueba de terremotos, y de hecho no poca gente buscaba cobijo allí en caso de movimiento telúrico. Y sin embargo el 16 de Agosto, cuando aconteció el terremoto, fue una de las primeras construcciones en venirse abajo. Aunque la siguiente crónica periodística en realidad es una especie de arrebato lírico, da buena cuenta del ánimo de la época por esto: "Fue la ruina más admirada en los días que siguieron a la catástrofe (...) No tenía nada que envidiarles a las más famosas ruinas de Italia y otros países de gran cultura, a las que acuden los viajeros impenitentes como el Coliseo Romano".

Finalmente, se resolvió que lo más práctico era demoler las ruinas. De manera que le aplicaron a los escombros una carga de dinamita, el 21 de Agosto, o sea, cinco días después del sismo. Un artículo periodístico de la época señala lo que sucedió entonces: "Cuando éstos volaron, quedó al descubierto un individuo, que estaba vivo y sano, pero hecho un esqueleto. Había estado enterrado ciento doce horas sin ningún alimento". No hay razón para suponer que el periodista mienta o exagere, pero la historia sigue siendo desconcertante: al pobre hombre no sólo se le desplomó encima un teatro que se consideraba inexpugnable, sino que además es liberado de los escombros encima suyo por una carga de dinamita que no le causa ningún daño de consideración...

jueves, 23 de septiembre de 2010

Ernesto Barros Jarpa y su sandwich.


El "Barros Jarpa" es el nombre que recibe en Chile el sandwich de jamón y queso caliente. Por motivos obvios se le llama también "aliado". Su historia es una especie de segunda parte o secuela del "Barros Luco", cuyo origen ya referimos en Siglos Curiosos.

Sin duda le resultaría curioso a don Ernesto Barros Jarpa ser mejor conocido por un sandwich, que como el diplomático de alturas que fue en el Chile del siglo XX. No sólo era un ameno profesor de Derecho Internacional, sino además pertenecía a la Academia Chilena de Historia. Siendo Ministro de Relaciones Exteriores y contando con apenas 26 años, envió en 1921 un cable al Perú sobre el problema de Tacna y Arica (en manos de Chile desde el Tratado de Ancón, que puso fin a la Guerra del Pacífico en 1884, aunque el Tratado estipulaba que se debería haber celebrado un plebiscito diez años después para decidir el destino de ambas ciudades). Las relaciones estaban rotas desde la llamada Guerra de Ladislao, un incidente político que devino en internacional. Barros Jarpa simplemente preguntó si no sería lo mejor celebrar el plebiscito desde luego. Los peruanos se quedaron de una pieza: ¿dónde estaba la trampa de los chilenos? Consultaron a Estados Unidos, que había sido nombrado como árbitro en el Tratado. Y los estadounidenses respondieron que Barros Jarpa estaba en lo correcto (aún así el plebiscito no se celebró, y el asunto se zanjó después por el Tratado de Lima de 1929, dejando Tacna para Perú y Arica para Chile).

A pesar de éstas y otras anécdotas que hacen de Ernesto Barros Jarpa un nombre ilustre, en la cultura popular se lo asocia al sandwich, como dijimos, y también al traje "barros jarpa". En la década de 1920, la moda era el chaqué, calificado por Barros Jarpa como "una prenda con faldones". En una tertulia con Carlos Noel, a la sazón Embajador de Argentina en Chile, idearon su propia rebelión estilística. Y entre varios se pusieron de acuerdo para llegar a una cena, vestidos todos los varones con chaqueta negra y pantalón rayado. Esta prenda, muy rebelde para la moda de la época y muy anticuada para la nuestra, se impuso fácilmente, y llevó el nombre de quien la impulsó en primer lugar.

Respecto del sandwich, su historia es peregrina. Ya existía el Barros Luco, que consiste en queso caliente con carne, cuando de pronto, en el Club de la Unión, debieron habérselas con una veda de carne. De manera que reemplazaron la carne por el jamón, y siendo Barros Jarpa un político conocido, cambiaron el nombre de "Barros Luco" a "Barros Jarpa"... (El alcance de apellidos no es casual: Ernesto Barros Jarpa y el Presidente Ramón Barros Luco eran efectivamente parientes). Pero Ernesto Barros Jarpa, según testimonia el periodista Hernán Millas, le confesó: "yo prefiero el Barros Luco"...

domingo, 19 de septiembre de 2010

Presidentes chilenos y apellidos extranjeros.


A pesar de que el castellano es el idioma oficial de Chile, y el más hablado (con la excepción de algunos reductos que usan el mapudungun o el kunza), lo cierto es que si quieres llegar a la Presidencia de Chile, un buen mecanismo para ello es tener apellido extranjero, ojalá de origen francés, alemán o inglés. Lo interesante es que esto en el siglo XIX no era así: de todos los Presidentes que gobernaron entre 1831 y 1920, sólo tres de ellos no tenían apellidos en castellano. Para colmo era el mismo apellido porque pertenecían a la misma familia: los Montt (Manuel Montt, Jorge Montt y Pedro Montt). Con Arturo Alessandri (1920-1925 primer período, 1932-1938 el segundo) aparece el primero de apellido italiano en la nómina. Habrá otro más: el hijo de Arturo Alessandri, el "cachorro de León", que es Jorge Alessandri y gobernará entre 1958 y 1964. Los tres presidentes radicales (1938-1952) serán todos de apellido castellano, y lo mismo pasará con el regreso de Carlos Ibáñez del Campo al poder entre 1952 y 1958.

Pero a mediados del siglo XX, las tornas de volvieron. Entre 1958 y 2010, o sea, los ocho Presidentes que gobernaron en los 52 años precedentes a la asunción de Sebastián Piñera, hubo tan solo dos de ellos con apellido castellano en el Palacio de la Moneda, y de ellos sólo Ricardo Lagos completó su período (el otro es Salvador Allende, que fue derrocado por una insurrección armada contra la legalidad, en 1973). Entre ambos suman nueve años, o sea, algo más del 17% de ese período. Del resto, un mismo apellido alemán se repite (Eduardo Frei Montalva, y después su hijo Eduardo Frei Ruiz-Tagle). Ricardo Lagos es en efecto el único de los cuatro Presidentes de la Concertación (1990-2010) que tenía apellido castellano. Para los cotejos, la evidencia:

-- JORGE ALESSANDRI RODRÍGUEZ (1958-1964) - Italiano.
-- EDUARDO FREI MONTALVA (1964-1970) - Alemán (los Frei son de origen suizo).
-- SALVADOR ALLENDE GOSSENS (1970-1973) - Castellano (con todo, su segundo apellido es extranjero: por parte materna es nieto de un inmigrante belga).
-- AUGUSTO PINOCHET UGARTE (1973-1990) - Francés.
-- PATRICIO AYLWIN AZÓCAR (1990-1994) - Inglés (estrictamente hablando, anglosajón).
-- EDUARDO FREI RUIZ-TAGLE (1994-2000) - Alemán (hijo del anterior Frei).
-- RICARDO LAGOS ESCOBAR (2000-2006) - Castellano.
-- MICHELLE BACHELET JERIA (2006-2010) - Francés.
-- SEBASTIÁN PIÑERA ECHEÑIQUE (2010-¿?) - Castellano.

El resultado son dos alemanes, dos franceses (irónicamente, una de las cuales sufrió torturas en la presidencia del otro), un italiano y un inglés. En un país mayoritariamente castellanohablante, resulta que seis de ocho presidentes en 52 años son de primer apellido extranjero, y uno de los restantes tiene un segundo apellido extranjero. Así es que si eres chileno y quieres optar a la Presidencia, ya puedes estar yendo al Servicio de Registro Civil e Identificación y pedir que te cambien el apellido de Pérez a Perry, Pernaut, Pettersson o Perrini...

jueves, 16 de septiembre de 2010

¡La primera Presidenta de Chile es mapuche!


Bueno, en la ficción al menos. Porque en la realidad, sabemos que la primera Presidenta de Chile era aria caucásica de raza blanca. Repasemos. En Marzo de 2006 asumió doña Michelle Bachelet Jeria como Presidenta de Chile, y gobernó hasta el terremoteado cambio de mando de Marzo de 2010. Como su apellido la denuncia, su ancestro por línea paterna no es hispano de pura cepa sino un inmigrante francés, como es la tónica de varios Presidentes de Chile. Bachelet no es por supuesto la primera mandataria a nivel mundial de sexo femenino, pero eligiéndola, Chile tuvo el honor de ganársela a Estados Unidos, país que suele dárselas de liberal y de avanzada, y que en 2008, entre preferir a la mujer o al negro, se quedó con el negro (saliera quien saliera, el chiste de humor políticamente incorrecto estaba servido).

Ahora sí entrando en la materia de este posteo en Siglos Curiosos, lo cierto es que en la novelística chilena ya había aparecido al una Presidenta mujer. Hablamos de la novela "La Luna para el que la trabaja" de Carlos Ruiz-Tagle. La obra fue publicada por Pineda Libros en agosto de 1973 (¡un mes antes del golpe de estado!), y es una especie de sátira del gobierno de la Unidad Popular (el capítulo "Venceremos" refiere el lanzamiento de un cohete con dicho nombre, que fue el eslogan de la Unidad Popular, lanzamiento que acaba fracasado, por no hablar del mismo título, paráfrasis del clásico lema socialista "la tierra para el que la trabaja"). Puede ser considerada como una novela, aunque en estricto rigor son una serie de relatos independientes, escritos en distintos estilos (cuento propiamente tal, cartas, partes policiales, etcétera), con un hilo conductor central, que son los esfuerzos de Chile por lanzar su propia carrera espacial. No existe por lo tanto un personaje central, aunque la mencionada Presidenta se acerque a dicho rol por protagonizar, o al menos ser mencionada, en varios relatos.

El personaje en cuestión no tiene apellido francés como Bachelet, sino mapuche: se llama Pastora Catrileo. Al comienzo vive en medio del mundo campesino mapuche, lugar en el que se instalan los laboratorios de la carrera espacial. Como el propósito del novelista es hacer sátira y no exégesis mitológica, no proporciona mayores datos sobre la carrera de Pastora Catrileo. Sin embargo, puede inferirse que, después de trabajar en la parte técnica de la carrera espacial chilena (que entre tanto lanza satélites artificiales e incluso coloca astronautas en órbita), deriva hacia la política, y acaba siendo elegida Presidenta de la República. El último capítulo es dedicado a los funerales de Pastora Catrileo, más o menos infiriéndose que habría fallecido en funciones.

Por supuesto que no debe tomarse esta novela como profética porque no era su intención predecir cómo iba a ser el futuro, pero tiene enjundia que en la ficción haya sido una castiza Pastora Catrileo, y en la realidad una extranjerizante Michelle Bachelet, la primera Presidenta de Chile. Sin embargo, en algo sí acertó la novela: se mencionan los funerales de Pastora Catrileo como apoteósicos, y se la llega a denominar Madre de la Patria Nueva, lo que es reminiscente de la alta popularidad que tuvo Michelle Bachelet como mandataria, en particular al dejar el cargo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La enfermedad de Juan Antonio Ríos.


Nadie dice que la vida de un caricaturista político es fácil. Se supone que el caricaturista político debe incordiar a los políticos, criticarlos y ponerlos en ridículo, para bajarlos de su pedestal y hacerlos más humanos. Pero por otra parte, eso supone mantener un delicado equilibrio entre la crítica humorística y el ataque personal. Coke, el destacadísimo caricaturista chileno (seudónimo de Jorge Délano) mantuvo siempre la saludable línea de hacer humor siempre con la política, es decir, con la vida pública de los políticos, y no ponerse a escarbar en su vida privada, actitud muy responsable si se considera que era el editor de "Topaze", la más importante revista de humor político chilena entre las décadas de 1930 y 1970 (y probablemente de todos los tiempos). Con todo, aún así no pudo evitar una amarga metida de pata con el Presidente Juan Antonio Ríos.

Juan Antonio Ríos pertenecía al Partido Radical, y fue elegido Presidente de la República en 1942, reemplazando a Pedro Aguirre Cerda, quien también era radical, y había fallecido en ejercicio del cargo. "Topaze", fiel a su tradición de darle sobrenombres a los Presidentes, lo llamó "Don Mandantonio". El hombre de confianza de éste, para los asuntos internos, era Camilo Ramírez, cuyo cargo era ser Intendente del Palacio (del Palacio de la Moneda, la sede de Gobierno, se entiende), y que por azares del destino, era cuñado de Coke. Empezó a circular el rumor de que Juan Antonio Ríos estaba enfermo, y por lo tanto Coke, con diligencia, le preguntó a Camilo Ramírez qué tanto de cierto había en eso.

-Don Juan Antonio goza de excelente salud- afirmaba siempre el interpelado, cambiando el giro de la conversación, y con esto, Coke se daba por satisfecho. Pero como los rumores crecían, Coke aprovechó el filón para retratar a Don Mandantonio aquejado de una "enfermedad política", dibujándolo incluso en su lecho de enfermo. También empezó a retratarlo con el vientre cada vez más abultado, con alguna clase de misteriosa intuición. Porque lo cierto es que, en efecto, Juan Antonio Ríos estaba desarrollando un tumor maligno en su interior. Y lo desarrolló hasta el punto en que la noticia por fuerza hubo de hacerse pública.

-¡Cómo es posible que no me hayas dicho la verdad!- increpó entonces Coke a su cuñado. -¡Tu excesiva reserva me ha hecho incurrir en un equívoco que ha resultado de pésimo gusto!

-Era un secreto de Estado que me estaba vedado revelarte- dijo el compungido Camilo Ramírez. -Cuando yo te veía dibujar esas caricaturas sentía deseos de romperlas, pero había hecho un juramento que me sellaba la boca y me paralizaba las manos.

Al tiempo falleció Juan Antonio Ríos. Camilo Ramírez llegó a la casa de Coke con los ojos llorosos, y dijo:

-Era todo un hombre y así también supo morir.

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