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domingo, 20 de septiembre de 2009

Liándose con la numeración de las regiones de Chile.


La historia de la regionalización de Chile tiene sus estos y sus aquellos. Porque el intento por perfeccionar el sistema ha generado algunas situaciones que, bien miradas, pueden ser calificadas de bochornosas en términos de imagen. Hagamos un breve resumen para explicarnos. Desde que Chile empezó el proceso de autonomía (1810) que remataría en la independencia plena (1818), que surgieron tres grandes regiones: La Serena al norte, Santiago al centro y Concepción al sur. Los dos últimos fueron más importantes porque entre ambas ciudades estaba el grueso de la actividad económica chilena. Hubo varios intentos por organizar el país en más o menos territorios, hasta que se montó una organización por provincias. Esta resultó bastante eficaz porque Chile inició una fuerte expansión territorial (anexión de Magallanes en 1843, de la Araucanía en 1881, del Desierto de Atacama en 1884, de la Isla de Pascua en 1888), y bajo este sistema, era simplemente cuestión de ir creando sucesivas provincias a medida que nuevos territorios debían ser organizados. Las provincias, destaco esto para lo que viene a continuación, tenían nombres, pero no se les había asignado ninguna numeración.

Pero como el sistema fue complicándose (llegaron a existir 25 provincias), durante el gobierno militar de Augusto Pinochet se decidió reformular el sistema entero desde cero. Aprovechando que desde la fijación de sus fronteras definitivas, a caballo entre los siglos XIX y XX, Chile tiene una estructura alargada de norte a sur, segmentaron el país en trece regiones. Y aunque les designaron nombres, con mentalidad típicamente militar les asignaron también un número romano del 1 al 12 (o del I al XII, mejor dicho). Y para hacer más interesante el berenjenal, la Región Metropolitana de Santiago quedó sin número, aunque coloquialmente (no en forma oficial) se la llama la "Región número 13". (Se hizo lugar común llamar "Región XIV" a los chilenos residentes en el extranjero, bastante abundantes desde 1973 por razones de dominio público).

El asunto es que los redactores de la Constitución de 1980 decidieron no hacer alusión a la regionalización, y así darle flexibilidad al sistema, permitiendo que fuera cambiado por ley, en vez de introducir una reforma constitucional. Pero se les fue un detalle. Porque en la primitiva Constitución se creó un sistema que vinculaba los cupos en el Senado a las regiones, y anotaron explícitamente que habrían senadores "en atención a las trece regiones del país". Y listo: ahora, si querían crear o suprimir una región, había que intentar nada menos que una reforma constitucional...

La Constitución se cambió finalmente en el año 2005, suprimiendo la alusión a las "trece regiones", y al año siguiente, en 2006, se crearon dos nuevas regiones: las regiones XIV (Arica y Parinacota) y XV (de los Ríos). Y como hubiera sido un lío cambiar la numeración, el esquema correlativo de numeración de norte a sur se rompió. Porque ahora Chile, de norte a sur, parte con la Región XIV (¡¡!!), y LUEGO viene la Región I (de Tarapacá). Luego vienen todas las regiones en orden, salvo la Región Metropolitana, que sigue sin número (¡aunque debería ser llamada la Región XIII! ¡Ni que quisieran evitar ponerle número por superstición contra el 13!), hasta la Región IX (Araucanía), que da paso a la región XIV (de los Ríos), y luego a la X (de los Lagos), para rematar con las Regiones XI y XII.

Déjenme ser más claro con un ejemplo. ¿Qué opinarían ustedes si leyeran una novela de quince capítulos cuyo primer capítulo se numera 14, sigue con el capítulo 1 (que es el segundo, en realidad), sigue con todos los capítulos desde el 2 hasta el 5, luego viene uno intermedio sin número, siguen los capítulos en numeración correlativa desde el 6 hasta el 9, el siguiente se numera 15, y después siguen los capítulos 10, 11 y 12, y por ninguna parte hay un capítulo numerado como 13...? ¿Acaso no pensarían que ese novelista es en realidad un chapucero...?

jueves, 17 de septiembre de 2009

El baile del período presidencial chileno.


Una de las vergüenzas en la aplicación de la Constitución de 1980, en Chile, es el baile desvergonzado de períodos presidenciales. Sin acercanos a breves períodos de inestabilidad política (1826 a 1831, la Guerra Civil de 1891, y el período semiestable de 1924-1932), y salvando la tan estable como, ejem, poco constitucional dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), en Chile casi todos los Presidentes de la República han conseguido completar sus respectivos períodos. Bajo la vigencia de la Constitución de 1833, el período presidencial era de cinco años, y así fue entre 1831 y 1925. A la vez, este período era reelegible hasta 1871, lo que dio origen a los llamados "decenios" (José Joaquín Prieto en 1831-1841, Manuel Bulnes en 1841-1851, Manuel Montt en 1851-1861, José Joaquín Pérez en 1861-1871). Todos los años en que cambiaba un período presidencial, terminaban en consecuencia en "1" o "6". Esto cambió en 1910 porque Pedro Montt, quien estaba en su cuarto año de Presidencia, falleció en su mandato (según algunos, por un insigne yetador argentino... ya lo referimos en Siglos Curiosos), y a partir de entonces los años de cambio de período presidencial pasaron a estar terminados en "0" o "5"...

La Constitución de 1925, por su parte (que no llegó a ser realmente operante sino hasta 1932, en lo que a institucionalidad política se refiere al menos), fijó un período presidencial de seis años. Arturo Alessandri Palma lo completó (era su segundo período presidencial, y lo cubrió desde 1932 a 1938). Sus dos sucesores, por el contrario, fallecieron de causas naturales ejerciendo el mando supremo. A partir de 1946 los sexenios se sucedieron sin interrupción (Gabriel González Videla, el segundo período de Carlos Ibáñez del Campo, Jorge Alessandri y Eduardo Frei), hasta que Salvador Allende fue derrocado en 1973, a mitad de su período.

Una de las primeras labores a que se abocó la Junta de Gobierno fue la creación de una nueva Constitución Política. La Comisión Ortúzar se decantó por un período de ocho años, pero el Consejo de Estado recomendó, por 15 votos y una abstención, seguir con el período presidencial de seis años. A su vez la Junta de Gobierno (o sea, Pinochet y los suyos) desestimaron esto, y el período quedó fijo en ocho años. El primer período iba a ser cubierto por Pinochet mismo, por supuesto, y en vez de haber elecciones en 1988, habría un plebiscito. El plebiscito fue rotundamente negativo para Pinochet (la historia del plebiscito también la referimos en Siglos Curiosos), y se fijó un cronograma para entregar el mando en 1990, no sin antes (primera reforma), rebajar el período presidencial a seis años sin reelección, más un primer período (segundo en realidad) que sería de cuatro años sin reelección. Así, Patricio Aylwin fue Presidente de Chile entre 1990 y 1994.

El cambio creó un enorme desajuste electoral, porque el período de los diputados era (y sigue siendo) de cuatro años, y el de los senadores de ocho, de manera que las elecciones presidenciales y parlamentarias en el sistema antiguo coincidían. Pero cambiando el período presidencial, el cronograma de elecciones se desbarajustó, sometiendo al sistema político chileno desde 1990 a una alta rotativa de elecciones. Para complicar más el panorama, sólo dos Presidentes gobernaron seis años (Eduardo Frei Ruiz-Tagle desde 1994 a 2000, y Ricardo Lagos Escobar desde 2000 a 2006), porque para cuando Michelle Bachelet asumió la Presidencia, otra vez se había rebajado el período a cuatro años... y una vez más sin elección. Por lo que constitucionalmente un Presidente ha gobernado ocho años (Pinochet, desde 1981 a 1988, aunque no entregó el mando en 1989 sino en 1990... y sus siete años anteriores fueron con la Constitución de 1925 suspendida), dos gobernaron seis años (Frei Ruiz-Tagle y Lagos) y dos cuatro años (Aylwin y Bachelet, si completa su período en 2010). ¡Y todo eso en apenas treinta años de Historia Constitucional! Cierto es que Chile es más estable políticamente que muchos países de la región, pero podemos suponer que en democracias más perfeccionadas, no hay tanto baile con la duración del período presidencial. En Estados Unidos, por ejemplo, desde 1800 todos los períodos presidenciales han sido de cuatro años sin excepción...

domingo, 13 de septiembre de 2009

La historia del Señor de Mayo.


Uno de los peores terremotos que ha padecido la ciudad de Santiago de Chile, fue el que se produjo a las diez y media de la noche del 13 de Mayo de 1647. Muchos de los templos y edificios públicos, así como numerosas casas en la ciudad, terminaron en el suelo. La población de Santiago, obviamente atemorizada, se reunió en la Plaza de Armas, y los sacerdotes tomaron la situación en sus manos. Después de todo, para aquella muchedumbre católica, el terremoto era una manifestación de la ira de Dios, por vaya uno a saber qué razones... De esta manera se sacaron a procesión varias imágenes, incluyendo el Crucifijo de los Agustinos, y la imagen de la Virgen del Socorro, traída por Pedro de Valdivia mismo, y que se conservaba en la Iglesia de San Francisco. Como era el uso, los sacerdotes oficiaban también de médicos, y por lo tanto, tuvieron que atender a religiosos y heridos.

En medio de todo esto, los frailes agustinos se congregaron alrededor de la imagen del Señor de la Agonía. Este es un Cristo crucificado, tallado por el agustino Fray Pedro de Figueroa, en algún minuto a comienzos del siglo XVII. La nave en que dicha escultura se encontraba, se desplomó entera, pero de alguna manera, la estatua sobrevivió intacta... y también permanecieron las dos antorchas que lo iluminaban de día y de noche.

Pero, y he aquí el detalle extraño, la corona de espinas, hasta el minuto bien ajustada en su cabeza, se le había metido hasta el cuello. Los sacerdotes, obviamente, trataron de restaurar la corona de espinas en su sitio, pero no hubo manera humana de lograrlo. Interpretaron esto entonces como un milagro, y el Señor de la Agonía pasó a ser conocido como el Señor de Mayo.

Al año siguiente, o sea, en Mayo de 1648, el Cabildo de Santiago ordenó que la imagen fuera sacada en procesión. De manera que desde entonces, cada 13 de Mayo, la efeméride del terremoto en cuestión, la imagen es sacada en procesión desde la Iglesia de los Agustinos, hasta la Plaza de Armas. Y esta procesión es la más antigua de cuantas efectúa la Iglesia Católica en Chile.

jueves, 10 de septiembre de 2009

El volantín en la Colonia de Chile.


Para los distinguidos lectores de Siglos Curiosos que no sean chilenos, una explicación previa: "volantín" es como se llama en Chile (y bueno, en otros países también, pero este posteo es sobre Chile) a lo que en otros países hispanohablantes se llama castizamente "cometa". O sea, la lámina de papel pegada a un armazón de cañas (actualmente de maderas finas, claro), que se eleva en el aire por medio de un cordel. El volantín o cometa no es, por supuesto, exclusivo de Chile, ni siquiera de los dominios hispánicos, pero eso no viene al caso ahora. Digamos, para entrar en materia, que en la Colonia (1558-1810), cuando por supuesto no existía ni televisión ni demasiada gente que supiera leer, el volantín era una de las múltiples entretenciones populares en que los niños y jóvenes (y a veces no tan jóvenes) mataban el tiempo.

Se supone que el volantín fue introducido en Chile por los padres benedictinos, ya en el siglo XVIII, y se hicieron muy populares. Por alguna clase de ironía, resultó que los padres franciscanos, no los benedictinos, resultaron con la mejor fama de volantineros... Aunque entre los dominicos destacó como volantinero, según se dice, nada menos que Monseñor Crescente Errázuriz Valdivieso, Arzobispo de Santiago desde 1919 hasta su muerte en 1931 (este Crescente Erráruriz fue, por más señas, además de un importantísimo historiador de la Iglesia Católica en Chile, el hombre que condujo a la misma durante la separación de la Iglesia y el Estado en 1925).

Pero volviendo a la Colonia: el juego se tornó popular, decíamos, con una temporada para niños entre Agosto y Septiembre, y una para adultos e incluso más o menos profesionales en Octubre (meses de primavera en Chile). Pero a veces esta diversión resultó ser no demasiado sana, socialmente hablando. Así, el juego del volantín produjo apuestas, y el ocupar espacios para elevar volantines fue objeto de continuas reyertas. Con fecha 05 de Septiembre de 1796, se dictó un bando de buen gobierno, que ordenaba "que ninguna persona de mayor o menor de edad se atreva a encumbrar un volantín grande ni chico dentro de la traza general de esta capital [Santiago de Chile, se entiende], so pena de seis días de prisión y las demás que el caso y las circunstancias exigieran, sin que esta prohibición se extienda a las cañadas y orillas del río donde la espaciosidad permite el libre uso sin el menor riesgo de esta diversión". A la larga, encumbrar volantines fue una actividad que se practicó en canchas.

Hoy en día, el encumbrar volantines suele asociarse con las Fiestas Patrias, que en Chile se celebran el 18 de Septiembre, y que por tanto, coinciden con la temporada de primavera en que se elevaban de antaño los volantines. Con todo, y así como muchas antiguas tradiciones chilenas, la del volantín parece también ir en franca retirada, desplazada por las diversiones más modernas al alcance de los niños de hoy en día...

domingo, 6 de septiembre de 2009

La fraseología del charqui.


Una de las más típicas frases chilenas es "¡Ojo al charqui!", que se usa tradicionalmente (y por "tradicionalmente" queremos decir cada vez más en desuso, como otras expresiones antiguas) como un reclamo de atención. Así, decirle a alguien "¡Ojo al charqui!" equivale a un "¡Presta atención", y "estar con el ojo al charqui" significa estar pendiente y alerta de las situaciones.

Partamos diciendo que el charqui es la carne que corta en lonjas, se sala y luego se seca al Sol, práctica inmemorial para conservarla en una época en la que, por supuesto, la tecnología de los frigoríficos no pensaba en inventarse todavía. El término es propio de Argentina, Chile, Perú y Bolivia, lo que no es casualidad: la raíz de la palabra es quechua, y por lo tanto, se expandió por todos los antiguos dominios del Imperio Inca. Cuando se va a comer, el charqui se desmenuza y se prepara usualmente en guiso con verduras: es el célebre charquicán (aunque en la actualidad el charquicán, por razones lógicas, suele prepararse con carne molida directamente comprada en la carnicería o supermercado).

Como en los antiguos solares y haciendas el charqui era la gran y única manera que se tenía para conservar la carne, su conservación era vital, y claro está, también su vigilancia. En una hacienda típica, tanto las bodegas como los establos de los animales solían estar alrededor de la casa principal, y el patrón debía estar, por supuesto, vigilando que ninguno de sus empleados o peones tratara de "hacerlo leso", engañándole y hurtando el charqui a escondidas. De ahí que, según se decía, había que estar "ojo al charqui".

La condición de carne molida que tiene el charqui ya cocinado, dio también origen a otras frases, las cuales, así como el propio charqui, también se baten en retirada del lenguaje popular chileno. "Estar hecho charqui" venía a significar estar completamente molido, bien sea por haber estado trabajando duro una gran cantidad de horas, o simplemente por haber recibido una buena paliza. "Estar con el charqui largo" tiene su sentido de ironía, reemplazando la cara por el charqui, lo que viene a significar estar cariacontecido, aburrido o amurrado.

Una anécdota relacionada tiene que ver con piratas ingleses. Como sucedió sus tantas veces en la Colonia, el pirata británico Bartolomé Sharp asoló las costas de Chile, sucediendo tal cosa en 1680. Su blanco fue la ciudad de Coquimbo, en cuyo saqueo se regodeó por todo lo alto. De ahí salió la expresión de terror "¡Llegó Sharp a Coquimbo!", que con el paso del tiempo terminaría transformada en "¡Llegó charqui a Coquimbo!", que se usó durante mucho tiempo para referirse a las personas bullangueras que se dejaban caer atolondradamente en un lugar y terminaban por revolverlo todo...

jueves, 3 de septiembre de 2009

Chirimoyas y chirimoyos.


Clásica fruta chilena es la chirimoya, que se cría en el árbol del chirimoyo. La "chirimoya alegre" (chirimoya cortada en pedazos, y bañada en abundante jugo de naranja) es uno de los más clásicos postres de la Gastronomía chilena. La zona clásica de las chirimoyas es el Valle de Quillota, aunque con el crecimiento de la competencia en el sector agrario, vamos a ver si aún quedan chirimoyos por ahí... Su nombre científico es Anona Cherimolia, pero su nombre común viene no del Latín, sino del Quechua. "Chiri" significa "frío", y "moyu" se refiere al círculo, circunferencia o rueda. La interpretación más obvia es que la chirimoya en efecto es una fruta redonda y de carne blanca (aunque de cáscara verde), aunque la picaresca chilena ha querido asociarla, a la fruta y al nombre, con los pechos de la mujer...

Pero la chirimoya tuvo también una proyección económica. Como fruta, la chirimoya debe cortarse muy temprano del árbol, cuando aún está verde. Luego, debe envolverse en papel, para que ahí madure. El ingenio popular chileno comenzó a llamar entonces "chirimoyos" a los cheques que no tienen fondos al ser extendidos, pero que eventualmente pueden llegar a tenerlos para el día del cobro: la idea, obviamente, es que el cheque se emite verde, por así decirlo, y va a madurar cuando se cobre. (Por otra parte, aunque en Chile cotidianamente se extienden "cheques a fecha", la ley es clara: todo cheque puede ser cobrado legalmente desde el día de su emisión). Claro está que si el firmante del cheque no tenía fondos en el día de emitirlo, bien puede ser que le guste arriesgarse y se despreocupe de enterar los fondos después en la cuenta corriente, o simplemente se haga el desentendido y desaparezca con lo pagado con el cheque, entonces el chirimoyo nunca va a madurar. Por lo tanto, la expresión "chirimoyo" pasó a designar, del cheque a fecha y probablemente sin fondos, a toda clase de cheques sin fondos, y aún a los cheques falsos... Y siguiendo con la extensión, pasó a llamarse "chirimoyero" al estafador que usa cheques falsos o "chirimoyos" como medio de comisión del delito ("chirimoyero" es inicialmente, el vendedor de chirimoyas).

Hay quienes afirman, quién sabe si con base o no, que la relación fue hecha en Quillota, en donde alguna vez se habría hecho tal estafa comprando chirimoyas. Tales historias, por supuesto, pertenecen a la rumorología popular.

domingo, 30 de agosto de 2009

Productos típicos.


En la actualidad, en un supermercado cualquiera, aparecen a veces "productos exóticos" o "productos típicos" de otros países, como hortalizas o carnes de determinados animales o mariscos, en contraposición a los productos corrientes de todos los días. Pocos se detienen a pensar que determinados productos en realidad proceden de una región única del planeta, y que después el cultivo de la planta o la importación del animal respectivo, los hizo mundiales (eso, y la invención de los frigoríficos también). Así:

El tomate, la papa, el maíz, la quinoa, el chocolate, la vainilla, y el pavo, ninguno de ellos era conocido fuera de América antes del siglo XVI. Lo mismo ocurre con la práctica de mascar chicle o "goma de mascar", que es propia de Mesoamérica. O el fumar tabaco (tiene su gracia que Tolkien, medievalista profundo, pinte a sus hobbits como buenos fumadores de tabaco en pipa, cuando esto no existía en la Edad Media europea...).

En Europa, por su parte, frutas como las naranjas y los damascos eran originalmente desconocidos. El damasco llegó desde Oriente por la Ruta de la Seda, en la época helenística o romana, y se cultivó en Turquía. Las naranjas, por su parte, eran originarias de la India, y todavía en algunos idiomas (el alemán, por ejemplo) la etimología del nombre recuerda su origen oriental: y no entraron a Europa sino hasta que arribaron por el comercio marítimo con los musulmanes en el siglo XI. El té, cultivado inicialmente en China y Japón, y en la actualidad verdadera bebida nacional inglesa, fue desconocido en Europa hasta el siglo XVII, y sus primeros cargamentos se vendieron a precio de oro.

Las gallinas y los cerdos son chinos, y pasaron hacia Occidente con bastante dificultad (con todo, ya la Biblia prohibía la ingesta de cerdos a los hebreos, en el otro extremo de Asia). Todavía existen en algunas regiones de la jungla asiática, gallinas salvajes llamadas "bankivas".

Los caballos, por su parte, eran desconocidos en el Antiguo Egipto hasta la invasión de los hicsos, en el año 1.600 a.C. aproximadamente. Los hicsos eran indoeuropeos, procedentes de Asia Central, y allí fue donde se domesticó el caballo por primera vez.

El dromedario, animal tan identificado con el Desierto del Sahara, fue introducido allí recién en la época romana. Antes de eso, sólo existía en el Desierto de Arabia.

Todo eso, para que usted aprecie lo desabastecido que hubiera estado un supermercado romano, en relación a uno moderno, si es que en esa época hubieran existido éstos...

jueves, 27 de agosto de 2009

Anecdotario de la pizza.


La pizza tiene una larga y colorida historia. Como otros productos culinarios, es difícil rastrear sus orígenes, en particular porque la simplicidad de su fórmula básica (una base de masa con ingredientes horneados encima) permiten que pueda haber sido descubierta o redescubierta varias veces en forma independiente a lo largo de la Historia. Se ha dicho que los ejércitos de Darío el Grande, por ejemplo, la consumían. Pero la primera mención a la pizza como tal parece ser la de un manuscrito en la ciudad de Gaeta, en el sur de Italia, que data del año 997. La palabra pizza parece derivar del Latín "pinsere", que significa "presionar", pero otras teorías señalan conexiones de la misma con el Griego, con el Italiano Antiguo, e incluso con el Antiguo Alemán o el Arameo (algunos la relacionan así con el pan "pita").

La verdadera pizza es, por supuesto, la napolitana. La Unión Europea, en fecha reciente, decidió estipular una serie de condiciones para establecer que una pizza es "napolitana auténtica": no debe tener más de 35 centímetros de diámetro, la corteza no debe tener más de dos centímetros de grosor, debe incluir no cualquier tomate sino el de la variedad marzano, éste debe ser aplicado en forma espiral sobre la pizza... Pero eso no impidió que los inmigrantes italianos en Estados Unidos, a finales del siglo XIX, además de llevar la Mafia, importaran la pizza al país del Tío Sam, y los estadounidenses, siempre ávidos de hacer negocio, crearon sus propias variedades, y de paso inventaron el negocio de las cadenas de comida rápida en forma de pizzerías.

Pero la pizza napolitana no ha perdido un ápice de su prestigio. En 1997, un grupo de separatistas militantes del norte de Italia intentaron, como una manera de reivindicarse, lanzar un boicot contra la pizza. La respuesta del sur fue despreciativa en grado sumo: "Déjenlos comer polenta". En el norte de Italia es enormemente apreciada la polenta, una papilla de maíz que es considerada generalmente como pobre desde un punto de vista culinario. La paradoja es que Nápoles, la patria de la pizza, que es considerada la más famosa especialidad gastronómica italiana al lado de las pastas, es también una de las regiones más pobres de Italia, y en general el sur es más pobre que el industrializado (y empolentado) norte...

domingo, 23 de agosto de 2009

Giuseppe Verdi incursiona en el remake.

¿Quién dice que la industria del cine inventó el remake? En pleno siglo XIX, Giuseppe Verdi le daba al concepto de remake sin tapujos. Pero, eso sí, hizo remakes de sí mismo. Como Dimmu Borgir regrabando por segunda vez su "Stormblast". En fin. Y para no quedarse, Verdi no hizo el chiste una vez, sino dos. Eso, si no contamos con algunas otras obras suyas que no llegó tan lejos como para hacerles remakes, pero que sí afinó un poco por aquí y por allá después del estreno, cambiando algunos pasajes, pero conservando lo grueso, y lo más importante: el nombre.

La primera vez fue con "Los lombardos", como se suele conocer a lo amigo a la obra "I lombardi alla prima crociata" ("Los lombardos a la Primera Cruzada"). Esta había sido la cuarta ópera de Verdi, y había sido estrenada en Italia en 1843, con gran éxito de público, aunque esto tenía salero: resulta que los italianos se lo tomaron como un himno nacionalista, en que los chicos buenos eran los lombardos, y los malvados sarracenos eran un símbolo soterrado de los austríacos que en esa época dominaban todo el norte de la península. Pero cuando llegó a Francia, se encontró con que quizás el motivo nacionalista dejara fríos a los franceses. De manera que cambió cosas por aquí y por allá, afrancesando la obra, y estrenándola en 1847 como "Jérusalem". Pasó como ocurre con los remakes yankis de pelis europeas o asiáticas: la segunda versión resultó inferior a la primera, y los franceses no la recibieron mal, pero tampoco es que le cobraran cariño. Hoy en día, sólo los melómanos de pro conocen a Verdi hasta "Los lombardos", y sólo los más aguerridos llegan a acordarse de este remake verdiano.

Pero Verdi no aprendió. En 1850 estrenó "Stiffelio". La obra fue recibida con frialdad por los italianos. No ayudó demasiado que la trama versara sobre un pastor protestante metido con la esposa de otro, lo que obviamente (era el siglo XIX, recordemos) encendió la ira de los muy católicos italianos. Giuseppe Verdi se había quedado con la espina pasada, y reformateó completamente la obra, aunque conservando el argumento, si bien suavizándolo para que esta vez la censura fuera más benévola. La maniobra dio resultados, y "Aroldo" fue recibida con mayor entusiasmo. Aunque, por alguna razón que se me escapa (tampoco es que conozca yo en forma tan acabada la obra verdiana), con el tiempo ni "Stiffelio" ni "Aroldo" pasaron a formar parte de los Top Ten en materia de representaciones verdianas, ni siquiera en la doctísima Europa...

Ni qué decir que en ese ameboideo concepto que es el "conocimiento general", Giuseppe Verdi no es recordado hoy en día por ninguna de estas óperas, sino por la gran tríada que conforman sus "Rigoletto", "El trovador" y "La traviata".

jueves, 20 de agosto de 2009

Un poquito de inspiración para Giuseppe Verdi.


Hace una tonelada de tiempo atrás comentábamos en Siglos Curiosos que las gentes criticonas del cine de Hollywood por no tener ninguna idea original, suelen ignorar que el latrocinio de obras literarias para buscar escenificaciones es asunto de larga data, y que no pocas de las más importantes Operas son en realidad adaptaciones literarias, así como muchas pelis clásicas son también lo mismo. Y para abundar un poco más en el tema, centrémosnos en Giuseppe Verdi, sin lugar a dudas con Richard Wagner uno de los dos más grandes colosos de la Opera, y de los titanes de la Música Selecta en general, pero cuya operografía está compuesta de cualquier cosa, excepto de historias originales (bueno, eso es asunto no de Verdi, sino de sus libretistas, que los compositores de Opera no solían componer sus propios libretos). Hagamos, pues, un censo:

-- "Oberto" (1839). Probablemente original.

-- "Un giorno di regno" (1840). Basada en una obra teatral de Alexandre Vincent Pineu-Duval.

-- "Nabucco" (1842). Más o menos inspirada en la Biblia.

-- "I Lombardi alla primera crociata", a lo amigo llamada "Los lombardos" (1843). Basada en un poema épico de Tomasso Grossi.

-- "Ernani" (1844). Basada en el "Hernani" de Víctor Hugo.

-- "I due Foscari" (1844). Basada en una novela histórica de Lord Byron.

-- "Juana de Arco" (1845). Sí, esta ópera italiana es sobre el personaje histórico francés, pero según quiénes, mediatizado por un drama histórico del alemán Friedrich von Schiller... (su libretista lo negó, empero, todo sea dicho).

-- "Alzira" (1845). Basada en una obra teatral de Voltaire.

-- "Attila" (1846). Basada en una obra teatral de Zacharias Werner.

-- "Macbeth" (1847). ¿Necesito mencionar que el autor de la obra original era William Shakespeare, inspirado a su vez por hechos de la historia escocesa...?

-- "I masnadieri" (1847). Ahora sí indubitablemente basada en Friedrich von Schiller.

-- "Jerusalén" (1847). Remake de Verdi por Verdi: nueva versión de "Los lombardos".

-- "El corsario" (1848). Basado en el poema épico de Lord Byron.

-- "La battaglia di Legnano" (1849). Basado en una obra de Joseph Méry llamada... ¡"La bataille de Toulouse"! Convenientemente italianizada, suponemos.

-- "Luisa Miller" (1850). ¡Friedrich von Schiller al rescate otra vez!

-- "Stiffelio" (1850). Basada en una obra teatral de Emile Souvestre y Eugène Bourgeois.

-- "Rigoletto" (1851). Basada en una obra de Víctor Hugo otra vez (se dice que éste se disgustó tanto con el resultado, que consiguió demorar seis años su estreno en Francia, aunque después con el tiempo cambiaría de opinión).

-- "Il trovatore" (1853). Basado en la obra teatral del mismo nombre, del españolísimo Antonio García Gutiérrez.

-- "La traviata" (1853). Basada en la famosa "Dama de las camelias" de Alejandro Dumas (el hijo, no el padre).

-- "Las vísperas sicilianas" (1855). Acá la historia es un poco enrevesada. El libreto fue escrito por Eugène Scribe y Charles Duveyrier, pero para que la compusiera Gaetano Donizetti. Como Donizetti murió sin terminarla, se lo enviaron a Verdi. Años después, basados en los apuntes de Donizetti, su obra fue terminada, de manera que sobre este mismo libreto hay dos óperas distintas...

-- "Simón Bocanegra" (1857). Basado en una obra teatral del español Antonio García Gutiérrez... otra vez.

-- "Aroldo" (1857). Segundo autoremake verdiano, esta vez de "Stiffelio".

-- "Un baile de máscaras" (1859). Aunque basado en el asesinato del rey Gustavo III de Suecia, parece que la fuente original es una obra teatral (para variar) de Eugène Scribe.

-- "La fuerza del destino" (1862). Basada en "Don Alvaro, o la fuerza del sino", obra seminal del Romanticismo español, por el Duque de Rivas (aunque inspirándose en una obra anterior de Friedrich von Schiller, para que todo quede en familia...).

-- "Don Carlos" (1867). Basado en Friedrich Schiller... again.

-- "Aída" (1871). ¡Al fin! Una obra absolutamente original.

-- "Otello" (1887). Basado, después de varias décadas, en William Shakespeare.

-- "Falstaff" (1893). Basado, por tercera y última vez, en William Shakespeare.

Si han tenido la paciencia suficiente para leer hasta acá sin haberse saltado nada, pueden apreciar que Giuseppe Verdi (o mejor dicho, sus libretistas) adaptaron obras teatrales a destajo, quizás porque en ellas ya venía hecha la estructura dramática, y tan difícil no era entonces cambiar aquí y allá. Y que el favorito es, de lejos, el alemán Friedrich Schiller, que se murió con apenas 45 años, o si no, cuánto más no habría escrito para que le siguieran saqueando. Hay tres adaptaciones de William Shakespeare, y también adaptaciones de autores españoles. Y además, Verdi cuenta no con uno, sino con ¡dos! remakes de obras propias. Además, aparte de sus incursiones en Shakespeare, su brevísimo paso por el asunto bíblico, y algo más por ahí, casi todos sus adaptados son autores del Romanticismo, sea inglés, francés o alemán... Y por alguna razón, casi nada de Romanticismo italiano, pese a que Verdi era admirador profundo del escritor romántico italiano Alessandro Manzoni, y bien podía haberle retribuido con una adaptacioncita, ¿no?

domingo, 16 de agosto de 2009

La insólita caída del Fuerte Douaumont.


Lo que a continuación referiré, parece una historia de Chuck Norris, o alguna de esas americanadas que el cine de Hollywood vende de tarde en tarde. Pero sucedió en la Primera Guerra Mundial. En lo más álgido de la guerra de trincheras, en que ganar un palmo más o menos de terreno era empresa poco menos que imposible. Una de las posiciones claves para la línea de la Triple Entente en Francia era el Fuerte Douaumont: era una posición sólida y un nido de cañones de 75 y de 155 mm, que había quedado más o menos al socaire, con una treintena o cincuentena de hombres defendiéndolo, más o menos, debido a una falla en los servicios de comunicaciones. La orden de enviar más personal que reforzara el fuerte había sido dada, en efecto, pero en alguna parte de la cadena de comunicaciones interna del ejército francés, la orden se perdió, y el fuerte quedó abandonado con la guarnición que en ese minuto tenía.

Los alemanes, por su parte, sabiendo del valor estratégico del Fuerte Douaumont, ordenaron el 25 de Febrero de 1916 al 24° Regimiento de Brandenburgo, que avanzara hacia el Fuerte. El trabajo del sargento Kunze y la patrulla de diez hombres a su cargo, era abrir paso a las tropas de avanzada, removiendo obstáculos tales como alambres de púa y similares. En estos menesteres, llegaron casi a las inmediaciones del Fuerte. Kunze ordenó entonces hacer una breve inspección del mismo. Formaron una torreta humana para treparse por la tronera de uno de los cañones, y Kunze mismo, acompañado de dos de sus hombres, se infiltró en el interior y empezaron a recorrer los pasillos. Apenas se toparon con los cuatro artilleros franceses encargados del cañón de 155 mm., los arrestaron. Cuando salieron a un patio, los prisioneros se las arreglaron para escapar, pero Kunze, en vez de dispararles, se dirigió a un barracón en donde se encontró con una veintena de oficiales franceses: sin perder la serenidad, los arrestó y trancó la puerta por afuera.

Al poco rato llegó el Lugarteniente Radtke con sus tropas. Los hombres de Kunze avisaron a Radtke de lo que estaba pasando, pero cuando éste se apersonó, ya el sargento tenía la situación resuelta. Kunze, Radtke y otros oficiales más aprovecharon entonces, luego de consolidar la ocupación, para merendarse una bien ganada cena, con las provisiones del Fuerte. En toda la jornada, no se había disparado un solo tiro, y la única baja registrada fue un soldado alemán que se hirió la rodilla por error.

Como el Fuerte Douaumont ocupaba una posición clave dentro de la región clave de Verdún, los franceses tuvieron que abocarse de inmediato a la tarea de recapturarlo, o de lo contrario probablemente los alemanes aprovecharían la cuña para quebrar la línea defensiva francesa. Desde Mayo comenzaron las operaciones para ello, con una serie de asaltos frustrados. Fue finalmente el heroísmo del Regimiento de Infantería Colonial de Marruecos el que consiguió la hazaña, el 24 de Octubre de 1916, pero a un precio exhorbitante: la friolera de 10.000 vidas perdieron las tropas francesas en revertir lo que Kunze había logrado sólo con un par de hombres y armado con un vulgar rifle.

jueves, 13 de agosto de 2009

Detener al Goeben.


La guerra es el reino de la falta de certezas. Los militares deben tomar decisiones complicadas, con falta de antecedentes, muchas veces con órdenes imprecisas o ambiguas. Y estando en juego las vidas de hombres, incluso la de quien comanda, no pocas veces los comandantes optan por el camino fácil de no arriesgarse a la batalla. Esto parece haber ocurrido con Ernest Troubridge en la Primera Guerra Mundial. Tipo querido, no demasiado engreído, Troubridge seguramente era simpático como superior, pero no el mejor individuo para liderar una guerra. Veamos.

El 30 de Junio de 1914, el Almirante Milne en Malta recibió órdenes un poco confusas de parte del Almirantazgo. Se le advertía que la guerra se avecinaba, que Alemania había recibido un ultimátum, y que prestara atención al crucero alemán Goeben, que viajaba con el Breslau, un crucero de bolsillo que le servía de escolta. El almirante alemán Souchon iba a Constantinopla, y bien sabía que apenas pasara la medianoche caería el ultimátum, y los británicos le atacarían, de manera que le puso prisa a sus dos naves. Los únicos que podían interceptarlos era una flotilla de cuatro cruceros acorazados, comandados por Ernest Troubridge, y que estaban apostados allí para vigilar la entrada al Mar Adriático.

A comienzos de Agosto, Troubridge recibió instrucciones de avanzar contra el Goeben, siempre respetando aquello de no atacar a fuerzas superiores. Sus cuatro naves eran cada una inferiores al Goeben, pero entre todas sumaban 3165 kilogramos de potencia de fuego de costado, con cañones de 23 cms, frente a los 3100 que sumaban los cañones de 28 cms del Goeben. En lo único que los británicos eran inferiores, es que su blindaje era de 15 centímetros, frente a los 28 del crucero de combate. Con todo, aún así existía posibilidad, si no de hundir al Goeben, por lo menos de causarle daños suficientes como para impedirle seguir operando en el Mediterráneo. Troubridge enfiló para atacar al Goeben, pero en la noche, una conversación con Fawcet Wray, el capitán de banderas, le convenció de que el ataque era del todo inútil. Con lo que el Goeben siguió adelante con sus operaciones sin siquiera tener que defenderse en batalla...

Troubridge fue llevado a corte marcial, por supuesto, en Noviembre de 1914. Su abogado defensor convenció a la corte marcial, utilizando las instrucciones dadas a Milne, de que Troubrigde obedecía escrupulosamente las órdenes porque el Goeben era técnicamente la única fuerza superior existente en el Mediterráneo, y gracias a ello consiguió que lo exculparan. Aunque su honor militar nunca se recuperó, sin importar que alegara en juicio que estaba conflictuado entre su "deseo natural de luchar" y el cumplimiento de las órdenes que supuestamente le impedían hacerlo... En cuanto al Goeben, no sólo consiguió escapar al cerco británico y causarle interminables pesadillas a los británicos en el Medio Oriente, sino que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, además de a la Segunda... Y fue desguazado recién en 1960, 49 años después de haber sido botado a las aguas.

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