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jueves, 14 de enero de 2010

Chile niega el asilo político a un liberal colombiano.


Uno de los más vergonzosos episodios de la por otra parte nunca demasiado lucida historia diplomática chilena, lo protagonizó (a su pesar, todo sea dicho) don Julio Barrenechea en el año 1952. Julio Barrenechea es mejor conocido (es un decir, en realidad, porque hoy en día poquísimos lo leen, si es que alguien) por haber ganado el Premio Nacional de Literatura en 1960. Pero ocho años antes, se desempeñaba como Embajador de Chile en Colombia. Eran años turbulentos en Colombia por aquella época. Era Presidente don Laureano Gómez, de tendencia ultraconservadora, que tenía a gala poseer un retrato afectuosamente firmado y dedicado nada menos que por Francisco Franco. Con un Presidente así, es lógico que los liberales, por mucha mayoría que fuesen por sobre los conservadores, las tenían que pasar muy mal.

En Abril de 1952, ante la Embajada de Chile, el liberal Saúl Buitrago Fajardo pidió asilo político. Había sido jefe del liberalismo en la localidad de Yacopi, había sido diputado, su vida estaba amenazada, y la policía, además de incendiar su farmacia y su casa vecina, había asesinado a su padre y a su hermana. Durante un tiempo había resistido al Gobierno como guerrillero, pero después había depuesto las armas, decepcionado de la lucha armada como método político. Julio Barrenechea hacía memorias (frente al periodista Hernán Millas, que da testimonio de esto en su libro "Habráse visto") de que Buitrago eligió a Chile entre varias opciones debido a que su Himno Nacional dice "Y o la tumba serás de los libres, o el asilo contra la opresión"... El asilo para Buitrago fue pedido por Alfonso López, Eduardo Santos y Carlos Lleras Restrepo, titanes pesados de la República de Colombia: todos ellos habían sido en su turno Presidentes, nada menos. Julio Barrenechea había concedido cinco asilos, y con éste concedió el sexto, en calidad de provisorio mientras consultaba con la Cancillería de Chile.

Laureano Gómez se indignó, dijo que Chile le estaba concediendo asilo a un bandolero, y envió a la policía para cercar la Embajada. Irónicamente, el propio gobierno de Laureano Gómez en aquel tiempo le había dado asilo al peruano Víctor Haya de la Torre, y como la por entonces dictadura peruana había amenazado a Colombia, los colombianos habían recurrido a la Corte Internacional de Justicia de La Haya para que "amparase el sagrado derecho de asilo"... ¡Lo que el colombiano Laureano Gómez consideraba bueno para sí frente a los peruanos, no estaba dispuesto a concedérselo a los chilenos! Julio Barrenechea, como Embajador ante Colombia, conocía esta situación, y sabía que jurídicamente podía darse la pelea. Pero su superior, el Canciller chileno Eduardo Yrarrázabal Concha, que era conservador (derechista, entendámosnos) simpatizaba con Laureano Gómez, o bien simplemente se acobardó, y envió un cable brutal, por el cual ordenaba a Julio Barrenechea echar a Buitrago de la Embajada al día siguiente.

Julio Barrenechea, en un gesto que lo honra, envió entonces su propio cable a Gabriel González Videla, a la sazón Presidente de Chile: "Inhumana actitud vuestro Gobierno al negar asilo concedido por mí, provisionalmente, a un guerrillero colombiano, es incompatible con conciencia pueblo chileno, tradición nuestra Cancillería y mis personales convicciones. En consecuencia, renuncio indeclinablemente a continuar representándolo como Embajador ante Gobierno de Colombia". Para los no enterados en Historia de Chile, es bueno recordar que González Videla había sido elegido Presidente con el apoyo de los comunistas en 1946, y luego los había traicionado indignamente, poniéndolos fuera de la ley y abriendo campos de concentración en su contra a través de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia.

Por supuesto que apenas salió de la Embajada, Buitrago fue arrestado por la policía colombiana. Murió semanas después, asesinado en prisión, por el clásico expediente de montar en escena una fuga. En cuanto a Julio Barrenechea, cargó hasta el último con el dolor de haberle fallado a alguien que había confiado en él. Refiere el mismo Hernán Millas haberle escuchado decir: "Pudo escoger cualquiera otra embajada. Buscó la chilena, porque la creyó la más humana, la de mejor fianza. Resultó antesala de la muerte"...

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